Jun 12

Lope, Calderón y Shakespeare se citan en Alcalá

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 12/06/2008

El Festival Clásicos en Alcalá comienza hoy en la antigua Complutum. Si hace algunos años el mundo del teatro lamentaba la escasa atención que recibían los clásicos, no sólo por parte de las instituciones, también por parte de un público absolutamente desinteresado, hoy tenemos tres tazas en forma de festivales, temporadas y compañías que, desde muy diversos enfoques, recuperan la obra de nuestros áureos dramaturgos.

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Nov 10

Rey Lear homenajea a Shakespeare… y a Cervantes

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , , , , , , , , 10/11/2007

No llegan a ser vidas paralelas, pero casi. Los dos literatos más grandes de todos los tiempos coincidieron temporalmente, casi geográficamente y según muchos eruditos, se complementan de tal modo que sólo con El Quijote y las principales piezas teatrales de Shakespeare se abarcaría la totalidad del ser humano, y sería superfluo leer más. Según Harold Bloom, “la influencia concertada de Cervantes y Shakespeare define el curso de la literatura occidental posterior”, de modo que leyendo a Dickens, a Kafka o a Javier Marías, estamos leyendo, a través de tan egregios intermediarios, la obra de los dos monstruos del barroco. Es improbable que se llegaran a conocer, aunque tal posibilidad sirvió a Anthony Burguess para su deliciosa Encuentro en Valladolid y, en los cines -y evidentemente inspirándose en ésta-, a Inés París para su Miguel y William.

Sin embargo, es sabido que Shakespeare leyó a Cervantes -aunque el ilustre manco seguramente no leyó al inglés-. La prueba de ello es la Historia de Cardenio (comprar libro), escrita junto al dramaturgo menor John Fletcher, que se creyó perdida durante mucho tiempo hasta que el trabajo del hispanista Charles David Ley desveló que se escondía tras la comedia, firmada por Lewis Theobald, Doble falsedad. La traducción al castellano data de 1987, publicada por José Esteban, pero ha sido este año cuando la Royal Shakespeare Company ha dado por correcta la versión de Ley y ha aceptado la Historia de Cardenio como parte del corpus shakespeariano. Shakespeare tuvo en sus manos la traducción del Quijote de Thomas Shelton en 1612 y, un año después, aparecía el Cardenio en unos documentos, aunque no se sabe si se llegó a representar.

La obrita es poco más que una curiosidad. Lo que nos ha llegado, por azarosas veredas, es un borrador o texto mutilado, al que faltan algunos diálogos y en el que la acción es demasiado apresurada. Dice Ley en la Introducción que se aprecia la mano de Shakespeare al principio y al final, mientras que las páginas centrales corresponderían a Fletcher. Habrá que esperar una edición crítica más amplia que desvele a qué mano corresponde cada estrofa y qué añadidos corresponden a Theobald o a otros. Pero, por ahora, el Cardenio evoca algo casi fantástico, una suerte de comunión entre dos genios que permite imaginar lo que habría sido una relación más fluida si hubieran nacido en un siglo posterior, o si, como sugiere Burguess se hubieran conocido. O ya, pasando a teorías realmente estrambóticas que aprovechan los diez días de diferencia entre sus respectivos óbitos, ¡quizá fueran la misma persona!

Rey Lear -por cierto, no está de más recordar que Don Quijote y El rey Lear se publicaron el mismo año, 1605- no sólo ha decidido reeditar el Cardenio, sino que, continuando con su homenaje postcentenario, recupera el breve ensayo de Cesáreo Fernández Duro La cocina del Quijote (comprar libro), ampliado con Todas las recetas compiladas por Miguel López Castanier. Según Fernández Duro -uno de esos buenos escritores que el tiempo y la desidia han sepultado sin razón- “¡idea del mismísimo demonio es considerar a Cervantes cocinero!”, pero Don Quijote está lleno de comida, y también de hambre, pues el propio Caballero de la Triste Figura “colocaba entre los más grandes trabajos de la caballería el andar por despoblados sin cocinero y pasar los más de los días en flores por vengar desaguisados”.

Ni los golpes ni el alejamiento de su amada: el privarse del placer de la comida -a Sancho le basta tener la Panza llena- es el origen de la locura. En la siempre grata lectura de la magna obra cervantina van apareciendo nombres tan sugerentes como los duelos y quebrantos, típico plato manchego a base de sesos de cordero y productos de la matanza, o arroz meloso sin trabajo o ternera asada en salsa de oruga -si les pica la curiosidad culinaria, ya saben, a la librería-. López Castanier ha tenido que “bucear en el recetario antiguo”, habiendo “aligerado grasas y cocciones, traducido palabrería antigua y puesto al día aquello que debía serlo, en especias o lo que hiciera falta”. Así, la edición de Rey Lear ha quedado francamente bien. En esta cuidada edición, al delicioso texto de Fernández Duro se añaden las suculentas recetas de López Castanier y grabados de muy diversos autores y épocas, relativos a las escenas de papeo -o falta del mismo- del Quijote.

Como no hay dos sin tres, Rey Lear visita La casa de Shakespeare (comprar libro), con nada menos que don Benito Pérez Galdós como enviado especial. El librito, que se lee en un suspiro y con gran deleite, evoca la visita del ilustre veraneante santanderino, en septiembre de 1889, a Stratford-on-Avon. En fecha tan temprana, Galdós se siente “uno de los pocos, si no el único español, que ha visitado aquella Jerusalén literaria”. En estas páginas le vemos postrarse -a él, tan grande- con humildad ante el gran genio de Shakespeare, sintiendo una hondísima emoción en la cocina donde “el dramaturgo pasaba largas horas de las noches de invierno contemplando las llamas del hogar”, o ante la tumba del poeta, en la Holy Trinity Church de Stratford.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial

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Ene 26

Shakespeare al desnudo: Cuento de invierno

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 26/01/2007

Alguien debería investigar, si no se ha hecho ya, la razón por la cual tantas obras del autor inglés se representan desarrolladas en el siglo XIX. No sólo en teatro, también en cine -El sueño de una noche de verano o Hamlet- la burguesía y las cortes decimonónicas con su sobrecargada estética se encargan de sostener la abundante verbosidad y los temas humanos, tan humanos, que cubren los textos shakesperianos. En esta versión de Un cuento de invierno el vestuario es propio de las cortes europeas del XIX, pero la escena se ha despojado de todo aditamento hasta el punto de mostrar todas las interioridades del teatro, sus muros de hormigón, los tejemanejes de la tramoya… Víctima de un minimalismo exagerado, la creación de atmósferas se carga sobre algunos elementos de atrezzo -escasos- y, especialmente, al juego de luces y brumas que no siempre logran un protagonismo suficiente.

La adaptación del texto -que no es uno de los mejores de Shakespeare, precisamente- ha sido inteligente. Se ha desbrozado bien para adecuarlo a la escasez de recursos y conseguir una duración apropiada para los tiempos que corren, sin haber perdido parte alguna de importancia. La lista de personajes se ha acortado, invirtiendo el sexo de algún personaje -un digno Julio Salvi como médico en vez de Paulina, más bruja que médico- y redistribuyendo los roles relevantes entre los personajes supervivientes. Así, la soberbia Carolina Lapausa es Mamilio, que actúa como narrador de la obra en un giro muy hábil de José Sanchís Sinisterra. En cambio, no queda clara la muerte de Antígono al faltarnos el oso y este hecho y la narración de El bobo quedan desligados.

Otro de los giros de la adaptación es convertir a Leontes en rey extranjero, en vez de serlo Herminone. El aspecto negativo de ello es restar verosimilitud a la acción pues, si Leontes es rey consorte, ¿cómo se atreve a juzgar a la reina? Mucho nos tememos que, de ser cierta la traición, al burlado no le quedaría más que tragar carros y carretas, para no ver comprometida su inestable posición. Pero, como contrapartida positiva, ello nos permite disfrutar de una excelente interpretación de Will Keen con su acento inglés, su -fingida- dificultad para encontrar los términos adecuados, en definitiva, su dificultad para comunicarse con quienes le rodean. Hay una brecha real de comunicación entre el rey y sus súbditos y consejeros, pues su forma de interpretar como delito las acciones de su esposa es totalmente única como se ve a lo largo de toda la representación. El rey queda solo, impotente, desgraciado, abrasado por los celos y esa radical angustia la transmite Keen magníficamente. No obstante, quizá gesticula en exceso pues, a pesar de todo, no deja de ser el rey de Sicilia y eso requiere aplomo. Mas el personaje que compone exhala humanidad y logra que, pese a su inicial crueldad el espectador sienta un punto de compasión y aprecio.

Y eso que, como reza el programa -que por otra parte no es muy recomendable leer-, Un cuento de invierno da poca cancha al humor y mucha al drama, y el personaje de Leontes es cruel y violento. Poca gracia puede hacernos el trato que le dedica a Hermione, o el suicidio del hijo. Aunque el autor, mediatizado por el público al que se dirige -este es un Shakespeare un tanto cascado-, incluye bromas y bailes y un final feliz al más puro estilo de Hollywood que Sinisterra tiene el acierto de disipar y adecuar a la inteligencia de un espectador actual. A pesar de ello, el trío cómico consigue dibujar una sonrisa en el público y arrancarle más de una carcajada. La presencia de Balbino Lacosta, con un personaje tan agradecido como Autólico, sabe a poco. En cambio, Lucía Jiménez, aunque de una arrebatadora belleza española, aún tiene que encontrar su talento y no logra en ningún momento cogerle el pulso a sus personajes.

Con estos componentes, la directora Magüi Mira no consigue hacer levantar el vuelo de una representación entretenida y, por momentos, divertida, pero en la que los elementos no terminan de encajar. Irregular, la obra merece la pena especialmente por el trabajo de Keen y el descubrimiento de Lapausa y por ser un aceptable pasatiempo para una tarde de invierno.

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Dic 30

William Shakespeare: Ricardo 3º

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 30/12/2006

Cuando falta un buen texto que llevarse a la escena siempre se puede recurrir a los clásicos. Es una tentación comprensible y muchas veces sale bien, y da lugar a representaciones loables pues, afortunadamente, los clásicos lo son porque conservan una potencia dramática fácil de explotar, si se respetan sus elementos esenciales. También es fácil caer en la tentación de actualizar el texto, con los riesgos que conlleva -la obra suele venir cuadrada- pero también, con las infinitas posibilidades que el talento permite, se puede lograr revitalizar al vetusto autor, ponerlo al día y ofrecer al público un espectáculo más adecuado a su sensibilidad y, por ello, más capaz de tocar su fibra emocional y remover su conciencia. En definitiva, cuando se opta por adaptar un clásico hay que hacerlo bien o ni siquiera el nombre coronado de Shakespeare puede salvar los muebles.

Desgraciadamente, esto último le ocurre a la adaptación que Álex Rigola trae al Teatro Español; la obra no termina de funcionar, los elementos no consiguen encajar y el resultado es tedioso. Su germen es harto interesante, sin embargo. Partiendo de la tragicomedia Ricardo III intenta radiografiar y criticar la sociedad contemporánea, en la que la violencia se ha convertido en un hecho aceptado, que forma parte de la educación y el ocio del individuo. Se inspira, y he aquí lo más sugerente del proyecto, en los hechos terribles del instituto Columbine de 1999, por todos conocidos. Ricardo sería como aquellos adolescentes, productos necesarios de una sociedad que consume armas de forma totalmente natural, con la violencia como una parte estructural más. Así, pregunta el director, “¿es Ricardo más culpable que la sociedad que lo ha educado?”.

A lo largo de la obra, Ricardo destaca su deformidad y en su primer parlamento ya advierte que, como le han sido negados los placeres consiguientes a la belleza, “he decidido demostrar que soy perverso / y odiar los frívolos placeres de estos tiempos”, eligiendo la violencia y la crueldad como forma de venganza o rebelión. El original shakesperiano no iba por ahí, sino que reflexionaba en torno a la ambición desmedida y descontrolada -al tiempo que legitimaba a la dinastía Tudor, cuyo acceso al trono logró derrocando a Ricardo III y que vivía momentos difíciles por la esterilidad de la reina-. Rigola deconstruye el drama original y añade y sustituye elementos intentando mantener la potencia dramática de Shakespeare y desarrollando la historia en un after-hours de un pueblo norteamericano, e introduciendo elementos contemporáneos como pistolas –aunque las siguen llamando espadas y dagas-, música rock o drogas. De hecho, el original queda tan disfrazado que, para recordarnos que Ricardo 3º parte de una obra de Shakespeare, muestra un par de retratos suyos y llena la escena de shakespeares con más pinta de Angus Young que de poetas ingleses del XVII.

El resultado es sumamente inestable. Original, pero frágil y excesivo. Rigola no sabe si optar por la farsa -aunque con un humor chabacano y poco exigente- o por el drama, y termina por adoptar una resolución salomónica: parte de comedia y parte de drama, sin solapamientos ni dobleces. Los actores se encuentran perdidos y capean el temporal como pueden; su interpretación es despegada, cansada. Sólo se puede destacar, en el plano negativo, a Pere Arquillué quien por su papel protagonista soporta más peso que sus compañeros y disimula peor el cansancio acumulado. La obra tendrá su público, evidentemente. Un público joven, que puede ver reflejado en la escena ingredientes de su ocio y vida cotidiana, que encontrará divertido su humor gamberro y desenfadado, pero que difícilmente conservará en su memoria esta representación, ni sentirá removida su conciencia.

Dirección: Álex Rigola.

Producción: Teatre Lliure.

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