Alguien debería investigar, si no se ha hecho ya, la razón por la cual tantas obras del autor inglés se representan desarrolladas en el siglo XIX. No sólo en teatro, también en cine -El sueño de una noche de verano o Hamlet- la burguesía y las cortes decimonónicas con su sobrecargada estética se encargan de [...] [...more]
Alguien debería investigar, si no se ha hecho ya, la razón por la cual tantas obras del autor inglés se representan desarrolladas en el siglo XIX. No sólo en teatro, también en cine -El sueño de una noche de verano o Hamlet- la burguesía y las cortes decimonónicas con su sobrecargada estética se encargan de sostener la abundante verbosidad y los temas humanos, tan humanos, que cubren los textos shakesperianos. En esta versión de Un cuento de invierno el vestuario es propio de las cortes europeas del XIX, pero la escena se ha despojado de todo aditamento hasta el punto de mostrar todas las interioridades del teatro, sus muros de hormigón, los tejemanejes de la tramoya… Víctima de un minimalismo exagerado, la creación de atmósferas se carga sobre algunos elementos de atrezzo -escasos- y, especialmente, al juego de luces y brumas que no siempre logran un protagonismo suficiente.
La adaptación del texto -que no es uno de los mejores de Shakespeare, precisamente- ha sido inteligente. Se ha desbrozado bien para adecuarlo a la escasez de recursos y conseguir una duración apropiada para los tiempos que corren, sin haber perdido parte alguna de importancia. La lista de personajes se ha acortado, invirtiendo el sexo de algún personaje -un digno Julio Salvi como médico en vez de Paulina, más bruja que médico- y redistribuyendo los roles relevantes entre los personajes supervivientes. Así, la soberbia Carolina Lapausa es Mamilio, que actúa como narrador de la obra en un giro muy hábil de José Sanchís Sinisterra. En cambio, no queda clara la muerte de Antígono al faltarnos el oso y este hecho y la narración de El bobo quedan desligados.
Otro de los giros de la adaptación es convertir a Leontes en rey extranjero, en vez de serlo Herminone. El aspecto negativo de ello es restar verosimilitud a la acción pues, si Leontes es rey consorte, ¿cómo se atreve a juzgar a la reina? Mucho nos tememos que, de ser cierta la traición, al burlado no le quedaría más que tragar carros y carretas, para no ver comprometida su inestable posición. Pero, como contrapartida positiva, ello nos permite disfrutar de una excelente interpretación de Will Keen con su acento inglés, su -fingida- dificultad para encontrar los términos adecuados, en definitiva, su dificultad para comunicarse con quienes le rodean. Hay una brecha real de comunicación entre el rey y sus súbditos y consejeros, pues su forma de interpretar como delito las acciones de su esposa es totalmente única como se ve a lo largo de toda la representación. El rey queda solo, impotente, desgraciado, abrasado por los celos y esa radical angustia la transmite Keen magníficamente. No obstante, quizá gesticula en exceso pues, a pesar de todo, no deja de ser el rey de Sicilia y eso requiere aplomo. Mas el personaje que compone exhala humanidad y logra que, pese a su inicial crueldad el espectador sienta un punto de compasión y aprecio.
Y eso que, como reza el programa -que por otra parte no es muy recomendable leer-, Un cuento de invierno da poca cancha al humor y mucha al drama, y el personaje de Leontes es cruel y violento. Poca gracia puede hacernos el trato que le dedica a Hermione, o el suicidio del hijo. Aunque el autor, mediatizado por el público al que se dirige -este es un Shakespeare un tanto cascado-, incluye bromas y bailes y un final feliz al más puro estilo de Hollywood que Sinisterra tiene el acierto de disipar y adecuar a la inteligencia de un espectador actual. A pesar de ello, el trío cómico consigue dibujar una sonrisa en el público y arrancarle más de una carcajada. La presencia de Balbino Lacosta, con un personaje tan agradecido como Autólico, sabe a poco. En cambio, Lucía Jiménez, aunque de una arrebatadora belleza española, aún tiene que encontrar su talento y no logra en ningún momento cogerle el pulso a sus personajes.
Con estos componentes, la directora Magüi Mira no consigue hacer levantar el vuelo de una representación entretenida y, por momentos, divertida, pero en la que los elementos no terminan de encajar. Irregular, la obra merece la pena especialmente por el trabajo de Keen y el descubrimiento de Lapausa y por ser un aceptable pasatiempo para una tarde de invierno.