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	<title>El dinosaurio que estaba allí &#187; tercios</title>
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	<description>Lecturas, pasiones y recuerdos de un cerebro reptil</description>
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		<title>Los españoles, ¡qué chulos!</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Oct 2010 22:47:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nuño Vallés</dc:creator>
				<category><![CDATA[El dinosaurio que estaba allí]]></category>
		<category><![CDATA[historia de España]]></category>
		<category><![CDATA[Pierre de Bourdeille]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Me las prometía muy felices.  Leer <em>Guerra y paz</em> con  un bebé en la barriga (no como los caníbales, encima) me hizo creer que podría repetirlo. Bien sea porque fue sólo casualidad o porque los mamones sólo se relacionan con las obronas de la historia de la literatura, con <em>Alba Cromm</em>, que sí, que finalmente me ateví, con la revista-novela de Vicente Luis Mora no lo tuve tan fácil. Y eso que no está nada mal; ya escribiré algo extenso más adelante, cuando mis obligaciones me permitan ordenar pensamientos y notas. Durante un mes no he podido hacer nada más que mecer un cuerpecillo de casi cuatro kilos, apretando los dientes para no rendirme antes que ella, para comenzar con pie firme la senda de la paternidad. Y uno piensa en las juvermamás y las supermamás y los megapapás, que también debe haberlos, o en general en esos tipos sobrehumanos que, por ejemplo, escriben buenas novelas sin dejar de leer y reseñar, acudir a congresos, responder entrevistas y vivir, además. Y no encuentro qué es lo que falla, cómo consiguen estirar ese tiempo que suponemos el mismo para todos y yo no, si es que renuncian a algo para mí insospechado o si han vendido su alma en términos mejores. Saber negociar, al final el éxito en la vida se reduce a eso.</p>
<p><strong>Bravuconadas de los españoles</strong></p>
<p><img class="alignright" style="margin-left: 5px; border: 0px;" src="http://i54.tinypic.com/21c8aqb.jpg" alt="" width="200" height="324" />Los españoles somos chulos. Gallitos. No tanto quizá como italianos o franceses, pero lo somos siempre que tenemos ocasión y rechazamos el papel de víctimas (nuestro favorito). Antes de la magnífica actual generación de futbolistas de la absoluta, hubo otra, no menos excelente en su juego (aunque ahora la hayamos olvidado, por su derrota) que, fantasmeando, se burló de la selección francesa, aún capitaneada por Zidane. Venían de fascinar en la fase de grupos del Mundial 2006, mientras que los gabachos paseaban sus achaques con más pena que gloria. Parecían una víctima propicia, un oso beodo. Luego, como sabemos, nos tocó volver a casa llorando, humillados. No menos célebre fue el &#8220;chorreo&#8221; del infame ex-presidente del Real Madrid por cuyo nombre no quiero preguntar a Google.</p>
<p>El ámbito deportivo se presta a alardes fatuos, como los de los boxeadores, con su juego de mirada de lobo previo al combate, que es sin duda la parte más emocionante de este deporte: ¿cómo pueden no reírse? (el boxeo mejora muchísimo en la gran pantalla, al contrario que el fútbol). Pero no es el único. Tenemos más que recientes las bravatas de nuestros presidentes electos, desde las ingenuas de Zapatero a las canallescas del canallesco Aznar (quien por cierto ha alcanzado ayer el segundo puesto en la <a href="http://www.foreignpolicy.com/articles/2010/10/01/bad_exes?page=0,1" target="_blank">lista de ex-presidentes mundiales cutres y viles</a>, elaborada por la revista Foreign Policy). Eurovisión lo ganamos cada año, hasta que el mutuo rascarse en la espalda de los eslavos deshace la fantasía. Y no olvidemos al hispánico <em>&#8220;latin lover</em>&#8220;, el fantasma amatorio por execelencia que, como Othar, allá por donde pasa no vuelve a crecer la hierba: cinco sin sacarla. Don Juan sólo hubo uno, aunque el italiano Casanova aportara sus encantadoras ensoñaciones al catálogo de jactanciosos de la historia.</p>
<div class="wp-caption aligncenter" style="width: 485px"><img src="http://i53.tinypic.com/dz875.jpg" alt="" width="475" height="264" /><p class="wp-caption-text">Algunas de las leonerías más célebres las protagonizaron los Tercios destinados en Flandes.</p></div>
<p>Si creemos que esto es algo nuevo, propio de un país pequeño rodeado de otros mayores, habremos errado. Ya en el siglo XVI, cuando éramos la principal potencia de Europa, o lo parecíamos, éramos célebres por nuestras bravuconadas. Tanto, que un caballero francés, un aventurero curioso y parlanchín, ocupó el tiempo muerto de una convalecencia (muy largas e inciertas, en la época) en redactar un anecdotario de las &#8220;rodomontadas&#8221; que a aquellos españoles dominadores había escuchado. Pierre de Bourdeille, Señor de Brantôme, no era un buen escritor y sí tan bravucón y fardón como sus desapercibidos protagonistas. Y a pesar de ello, si hemos de creerle, debía tener una abundantísima obra, por suerte o por desgracia perdida en buena parte, aunque se conservan unas cuantas. Su celebérrima obra, <em>Rodomontades et jurements des Espagnols, </em>carece por completo de orden y concierto, pero recoge algunas de las jactancias de los soldados de los tercios que la Monarquía tenía repartidos por toda Europa.</p>
<div class="wp-caption aligncenter" style="width: 485px"><a href="http://cvc.cervantes.es/actcult/salon_reinos/"><img src="http://i51.tinypic.com/2wmf02x.jpg" alt="" width="475" height="342" /></a><p class="wp-caption-text">El postinero Conde-Duque de Olivares pergeñó una de las más afortunadas petulancias de nuestra historia: el Salón de Reinos.</p></div>
<p>Boudeille no esconde la admiración que él, como tantos otros personajes (ilustres o no) de la época, sentía por los soldados españoles. Y eso es porque, las más de las veces, sus bravuconadas eran sostenidas por hechos, y así da crédito a la guarnición que, cercada sin esperanza, advierte a sus sitiadores que mientras queden ladrillos habrá que comer y no se rendirán. Sin embargo, y aunque Brantôme comienza su librito señalando a los españoles como a los más bravucones, leeremos enseguida cómo los franceses no se quedan atrás, ni los italianos, en cuanto a &#8220;rodomontadas&#8221;. Este es un término que extrae del <em>Orlando enamorado</em>, en su personaje de Rodomonte, un temerario de libro, por partida doble) y que más que a simples chulerías, alude a valentonadas ingeniosas, perspicaces o cumplidas.</p>
<p><a href="http://www.altera.net/nueva/libros/bravuconadas.htm"><img class="alignleft" style="margin-right: 5px; border: 0px;" src="http://i53.tinypic.com/2ai4v48.jpg" alt="" width="200" height="304" /></a>En castellano tenemos dos ediciones, al menos dos recientes. Una, la que áun se puede encontrar &#8220;fácilmente&#8221; (todo lo sencillo que resulta hallar un título con más de tres meses de edad) en las librerías, es la de Áltera, a cargo de Pío Moa. Por mi parte desconfío del señor Moa, como desconfío siempre de quien salta de un extremo al otro obviando todos los medios; estaré siendo injusto, seguramente, pero la verdad es que no me importa. Esta versión tiene una clara intención política, pues con ella el conservador ensayista pretende demostrar la hispanicidad de algunos pueblos hoy discrepantes (y es cierto que los vascos del libro se proclaman españoles, pero no recuerdo exactamente si ello ocupa dos o tres líneas del total). Prefiero la más vieja de Mosand, probablemente inencontrable excepto en <a href="http://www.iberlibro.com/servlet/SearchResults?kn=Mosand&amp;sts=t&amp;tn=Gentilezas+y+bravuconadas+de+los+espa%F1oles&amp;x=0&amp;y=0" target="_blank">Iberlibro</a>, si bien su aparato de notas es algo molesto, pues explica cada hecho histórico mencionado, desde el minúsculo y olvidado al mayúsculo y famosísimo.</p>
<p>No creo que los bravucones de Brantôme nos sirvan para conocernos mejor, pues mucho ha llovido desde entonces y ya no ocupamos el mismo lugar en el mundo que en el XVI. Nuestros objetivos vitales son otros y nuestra relación con nuestros vecinos muy diferente, por fortuna. Mas nada de lo ocurrido deja de tener incidencia sobre lo que nos sucede ahora. Y la verdad es que algunas de las bizarrías de aquellos valentones tienen su gracia.</p>
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<div class="wp-caption aligncenter" style="width: 485px"><img src="http://i53.tinypic.com/dz875.jpg" alt="" width="475" height="264" /><p class="wp-caption-text">Algunas de las leonerías más célebres las protagonizaron los Tercios destinados en Flandes.</p></div>
<p><a href="http://cvc.cervantes.es/actcult/salon_reinos/"><img src="http://i51.tinypic.com/2wmf02x.jpg" alt="" width="475" height="342" /></a></p>
</div>
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		<title>William S. Maltby: El gran Duque de Alba</title>
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		<pubDate>Sun, 28 Oct 2007 22:46:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nuño Vallés</dc:creator>
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		<category><![CDATA[biografía]]></category>
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		<description><![CDATA[En un día como hoy, hace quinientos años, nacía Fernando Álvarez de Toledo, el Gran Duque de Alba. Una figura con brillantes luces y ominosas sombras, que en el norte de Europa representa algo así como un Hitler renacentista, y en España a un héroe del imperio. No obstante, nadie había intentado ver quién había [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En un día como hoy, hace quinientos años, nacía <strong>Fernando Álvarez de Toledo</strong>, el Gran Duque de Alba. Una figura con brillantes luces y ominosas sombras, que en el norte de Europa representa algo así como un <strong>Hitler</strong> renacentista, y en España a un héroe del imperio. No obstante, nadie había intentado ver quién había realmente tras esa estampa mítica hasta que, en 1983, el profesor <strong>William S. Maltby</strong> acometió esa tarea. Luego han venido otros, como <strong>Henry Kamen</strong> y, ahora, <strong>Manuel Fernández Álvarez</strong> -con su estilo animoso y personalista (<a href="http://www.eldinosaurioqueestabaalli.com/wp-admin/www.libreriacastellana45.es/anadir_carrito.asp?cod=48071" target="parent"><strong><span style="text-decoration: underline;">comprar libro</span></strong></a>)-, que sin embargo no han podido superar el trabajo del norteamericano. Éste incluye aspectos sociales y políticos que los de Kamen y F. Álvarez obvian y, aunque deja de lado la vida íntima del duque -que F. Álvarez demuestra que no es incognoscible como sostiene Maltby en su Prefacio-, la visión que ofrece es mucho más amplia.</p>
<p><a title="William S. Maltby: El gran Duque de Alba" href="http://www.elconfidencial.com/cache/2007/10/29/55_viene_duque.html" target="_blank">Seguir leyendo&#8230;</a>
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		<title>La costumbre de vencer</title>
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		<pubDate>Fri, 31 Aug 2007 22:02:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nuño Vallés</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Desde que se estrenara Alatriste hace ahora un año, las editoriales han aprovechado el tirón del cine, como suele ser habitual, para disponer una batería de libros relacionados, bien con el periodo histórico, bien directamente con los ejércitos ‘imperiales’ españoles como protagonistas. No suelen faltar títulos referidos a los famosos tercios, que aparecen como un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde que se estrenara <em>Alatriste</em> hace ahora un año, las editoriales han aprovechado el tirón del cine, como suele ser habitual, para disponer una batería de libros relacionados, bien con el periodo histórico, bien directamente con los ejércitos ‘imperiales’ españoles como protagonistas. No suelen faltar títulos referidos a los famosos tercios, que aparecen como un goteo constante; ahora, quizá no sean tan famosos como pensamos. En <em>Técnicas bélicas del mundo moderno</em> (Libsa) apenas se les presta atención -como si en una historia militar del s. XX no se juzgase necesario aludir al ejército estadounidense-, si bien precisamente por ello tiene cierto interés al ofrecer una visión general del resto de ejércitos europeos del momento.</p>
<p><a title="La costumbre de vencer" href="http://www.elconfidencial.com/cache/2007/09/01/48_costumbre_vencer_tercios_librerias.html" target="_blank">Seguir leyendo&#8230;</a>
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		<title>Juan Carlos Losada: Los generales de Flandes</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Feb 2007 22:49:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nuño Vallés</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Juan Carlos Losada]]></category>
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		<description><![CDATA[Aunque el interés por el pasado imperial de España nunca ha decaído, a la sombra del gran personaje de Arturo Pérez-Reverte la popularidad de los siglos XVI y XVII ha cobrado un renovado vigor. A los recientes estudios de Kamen o Elliot se une ahora Los generales de Flandes del historiador militar Juan Carlos Losada. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Aunque el interés por el pasado imperial de España nunca ha decaído, a la sombra del gran personaje de <strong>Arturo Pérez-Reverte</strong> la popularidad de los siglos XVI y XVII ha cobrado un renovado vigor. A los recientes estudios de <a href="http://www.elconfidencial.com/ocio/indice.asp?id=3616" target="parent"><strong><span style="text-decoration: underline;">Kamen o Elliot</span></strong></a> se une ahora <em>Los generales de Flandes</em> del historiador militar <strong>Juan Carlos Losada</strong>. Se trata de una historia de la guerra de Flandes, la sangría de hombres y dinero que fue el principio del fin de la en apariencia omnipotente monarquía hispánica, articulada en torno a las casi desconocidas figuras de los dos grandes generales italianos al servicio de los Habsburgo españoles. En <strong>Alejandro Farnesio</strong> y <strong>Ambrosio Spínola</strong> se representó la cruel comedia de la grandeza hispánica, que ahogaba la brillantez de unos pocos con la mediocridad de los muchos.</p>
<p><a title="Juan Carlos Losada: Los generales de Flandes" href="http://www.elconfidencial.com/ocio/indice.asp?id=4140" target="_blank">Seguir leyendo&#8230;</a>
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		<title>Alatriste, el héroe del ocaso</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Sep 2006 16:14:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nuño Vallés</dc:creator>
				<category><![CDATA[El museo]]></category>
		<category><![CDATA[Arturo Pérez-Reverte]]></category>
		<category><![CDATA[historia de España]]></category>
		<category><![CDATA[literatura y cine]]></category>
		<category><![CDATA[tercios]]></category>
		<category><![CDATA[Viggo Mortensen]]></category>

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		<description><![CDATA[Echo de menos en la película Alatriste la Torre Dorada recortándose en el occiduo perfil madrileño, como báculo señero de un imperio en el que el sol aún no se ponía, pero declinaba. No podía ser de otro modo, porque en los años en que se desarrolla la película -más aún que los libros- la luz [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Echo de menos en la película Alatriste la Torre Dorada recortándose en el occiduo perfil madrileño, como báculo señero de un imperio en el que el sol aún no se ponía, pero declinaba. No podía ser de otro modo, porque en los años en que se desarrolla la película -más aún que los libros- la luz se va trocando en tiniebla mientras los ánimos decaen y las esperanzas se pierden. Viene a nuestro pensamiento el debatido asunto de la decadencia, que nunca fue tan claro como entonces, ni siquiera en el postrer imperio romano. Pues si en 1588 Felipe II perdía su gran flota, sin que se produjeran para la Corona más consecuencias que un leve disgusto y unas oraciones -por supuesto, los familiares de los fallecidos padecieron mucho más-, desde 1637 los desastres se van sucediendo ya sin posibilidad de recuperación, agotada España como estaba económica, anímica, política y militarmente.</p>
<p>Tras los éxitos de Nördlingen y Corbie las perspectivas para España eran halagüeñas. Eliminado el peligro sueco y con los tercios a las puertas de París, parecía que los hechos refrendaban el incombustible aliento español. Pero en 1637 Breda, la de las lanzas, era recuperada por Federico Enrique de Nassau. Dos años más tarde, Oquendo perdía la ya escuálida flota en las Dunas. Y luego: sublevaciones en Cataluña y Portugal y derrotas en Rocroi o Lens&#8230; Las raíces de la decadencia pueden rastrearse todo lo profundo que se quiera, siempre habrá algún hecho o decisión que apoye la teoría. Lo cierto es que, como dice sir John Elliot, España era un gigante con pies de barro; con la que estaba cayendo, el gigante no podía tenerse en pie mucho tiempo. Lo sorprendente es que aguantara tanto, y si lo hizo fue gracias al tesón y el empecinamiento de hombres como Diego de Alatriste y Tenorio, personaje ficticio pero no demasiado, pues hubo muchos alatristes, y éste sólo es uno de ellos.</p>
<p>Conocemos las aventuras de uno de aquellos soldados de intachable moral, siempre y cuando aceptemos como moral el código por el que se regían. Ese soldado, el capitán Contreras -que aparece como personaje y amigo de Alatriste en los libros de Pérez-Reverte-, dejó una imponderable memoria de su vida que quizá no fue escrita con el talento de un Quevedo, pero que perdura como testimonio antropológico de uno de aquellos aventureros que dominaron el mundo e imprimieron su carácter a todo el continente europeo. El imperio se sostuvo mientras hubo hombres como éstos. Luego sólo restaron vagabundos y pedigüeños, como amargamente lamentaban las autoridades. Claro que debemos agradecer a esas mismas autoridades la extinción de contreras y alatristes, que fueron doblando la rodilla rendidos de cansancio y desesperanza en los lejanos campos de batalla de Europa.</p>
<p>En la película podemos ver, bastante bien recreada, la derrota de Rocroi; fue la primera ocasión de relieve en la que los tercios fueron superados en campo abierto, en parte por la torpeza de su general Melo, en parte por la acusada decadencia de la caballería española. Antaño nutrida por lo más granado de la nobleza, empapada de los ideales de honra, por aquellos años ya no era ni la sombra de sí misma, tampoco tácticamente. La dejación de responsabilidades por parte de los aristócratas es una de la múltiples causas de la decadencia; después de todo, Dios no había querido que aquellas dignidades se desangraran lejos de sus palacios pues, como le dice Guadalmedina al capitán, “ni siquiera en la guerra somos iguales”. En Rocroi se ve claro: la falta de ‘cabezas’, una de las eternas quejas de Olivares, se hace patente y la falta de dirección competente arrastra a los soldados a la muerte y, en la península, a la ruina a todos los súbditos en general.</p>
<p>No obstante, pocos advertían el declinar del poderío español, dentro o fuera de España. Richelieu sí creyó en su victoria, fiado en la solidez del rocoso Estado francés frente a la fragilidad de la duna hispánica. Olivares también lo advertía en sus cartas y memoriales, aunque debido a su estilo quejumbroso y declamatorio no es seguro que lo creyera. No, el pueblo español seguía confiado, en fecha harto tardía como 1640, en la invencibilidad de la monarquía católica, como leemos en los Avisos de Pellicer. Se aferraban a pálidos éxitos como la ruptura del cerco a Fuenterrabía cuando deberían haber advertido, por un lado, la facilidad con que Francia reconstruía sus ejércitos tras sus derrotas y, por otro, la incapacidad logística de España para atacar al país vecino, como ya se vio en 1637, cuando Fernando de Austria tuvo que retirarse invicto y con París al alcance de su mano.</p>
<p>España llevaba cien años manteniendo guerras estériles, guerras que jamás podría ganar; y todo hombre avisado, incluidos los gobernantes, lo sabía. Enviaron a los alatristes y contreras a morir a Flandes -“iluminada por un sol negro”- o Alemania para mantener la honra -“sin Flandes no hay nada”-, a costa de la sangre de los combatientes y el sudor de los súbditos. Se descuidó la marina y se ignoraron las Indias, concebidas como la gran mina que debía surtir de moneda a la Corona aunque, conforme nos acercamos al s. XVIII, cada vez menos metales llegaban a la península y viajaban directamente al extranjero, a sostener las tropas de nuestros enemigos. Nunca tuvo dinero el Estado sino que lo tuvo comprometido de antemano para el pago de asientos. Y con una economía inoperante la reforma del resto de órdenes, también obsoletos, era imposible.</p>
<p>Alatriste y quien magníficamente lo interpreta, Viggo Mortensen, encarnan el ocaso de un mundo, como antes lo hizo Stephen Boyd en La caída del imperio romano. Mortensen pone rostro a la decadencia de toda una weltanschauung, pues no de otra cosa se trata. En la quiebra del entorno del capitán vemos un reflejo, a pequeña escala, de lo que ocurre en la grande; la degeneración física de María de Castro; la desaparición de los compañeros de batallas y aventuras -magnífico Echanove, renqueando en soledad mientras los versos quevedianos hielan el ánimo del espectador-; la degeneración moral de Íñigo; y por fin, la guerra. Los cabellos del capitán se cubren de nieve, y las cicatrices proliferan en su piel como en el corazón de una España, debilitada por agresiones externas, sí, pero más sin duda por sus propias vilezas.</p>
<p>“Si sales de esta, cuanta lo que fuimos”, le dice Copons a Íñigo en una memorable escena. El capitán Alatriste acaba de rechazar la oferta de una rendición honrosa: “agradezco sus palabras, pero este es un tercio de españoles”. Esto lo dice con un poco de recochineo, porque alemanes e italianos habían huido con el rabo entre las piernas y porque eso es lo que se esperaba de aquellos hombres, porque eso fue lo que hizo España una vez tras otra hasta que ya no le quedaron fuerzas. Todo por mantener la honra, y sin embargo perdieron la honra y la vida, así como el respeto que pocos años antes todo el orbe les guardaba. España se sacrificó en aras de una ideología que le exigía dicho sacrificio. En Flandes se puso el sol. Y los austrias españoles, que habían ligado su imperio a la conservación de la herencia de sus antepasados, desaparecieron en la noche de la historia dejando tras de sí una desolación que costó mucho superar.</p>
<p>Original, <a title="Alatriste, el héroe del ocaso" href="http://www.elconfidencial.com/ocio/indice.asp?id=2930" target="_blank">aquí</a>
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