Oct 05
Los españoles, ¡qué chulos!
Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: historia de España, Pierre de Bourdeille, tercios5/10/2010
Me las prometía muy felices. Leer Guerra y paz con un bebé en la barriga (no como los caníbales, encima) me hizo creer que podría repetirlo. Bien sea porque fue sólo casualidad o porque los mamones sólo se relacionan con las obronas de la historia de la literatura, con Alba Cromm, que sí, que finalmente me ateví, con la revista-novela de Vicente Luis Mora no lo tuve tan fácil. Y eso que no está nada mal; ya escribiré algo extenso más adelante, cuando mis obligaciones me permitan ordenar pensamientos y notas. Durante un mes no he podido hacer nada más que mecer un cuerpecillo de casi cuatro kilos, apretando los dientes para no rendirme antes que ella, para comenzar con pie firme la senda de la paternidad. Y uno piensa en las juvermamás y las supermamás y los megapapás, que también debe haberlos, o en general en esos tipos sobrehumanos que, por ejemplo, escriben buenas novelas sin dejar de leer y reseñar, acudir a congresos, responder entrevistas y vivir, además. Y no encuentro qué es lo que falla, cómo consiguen estirar ese tiempo que suponemos el mismo para todos y yo no, si es que renuncian a algo para mí insospechado o si han vendido su alma en términos mejores. Saber negociar, al final el éxito en la vida se reduce a eso.
Bravuconadas de los españoles
Los españoles somos chulos. Gallitos. No tanto quizá como italianos o franceses, pero lo somos siempre que tenemos ocasión y rechazamos el papel de víctimas (nuestro favorito). Antes de la magnífica actual generación de futbolistas de la absoluta, hubo otra, no menos excelente en su juego (aunque ahora la hayamos olvidado, por su derrota) que, fantasmeando, se burló de la selección francesa, aún capitaneada por Zidane. Venían de fascinar en la fase de grupos del Mundial 2006, mientras que los gabachos paseaban sus achaques con más pena que gloria. Parecían una víctima propicia, un oso beodo. Luego, como sabemos, nos tocó volver a casa llorando, humillados. No menos célebre fue el “chorreo” del infame ex-presidente del Real Madrid por cuyo nombre no quiero preguntar a Google.
El ámbito deportivo se presta a alardes fatuos, como los de los boxeadores, con su juego de mirada de lobo previo al combate, que es sin duda la parte más emocionante de este deporte: ¿cómo pueden no reírse? (el boxeo mejora muchísimo en la gran pantalla, al contrario que el fútbol). Pero no es el único. Tenemos más que recientes las bravatas de nuestros presidentes electos, desde las ingenuas de Zapatero a las canallescas del canallesco Aznar (quien por cierto ha alcanzado ayer el segundo puesto en la lista de ex-presidentes mundiales cutres y viles, elaborada por la revista Foreign Policy). Eurovisión lo ganamos cada año, hasta que el mutuo rascarse en la espalda de los eslavos deshace la fantasía. Y no olvidemos al hispánico “latin lover“, el fantasma amatorio por execelencia que, como Othar, allá por donde pasa no vuelve a crecer la hierba: cinco sin sacarla. Don Juan sólo hubo uno, aunque el italiano Casanova aportara sus encantadoras ensoñaciones al catálogo de jactanciosos de la historia.

Algunas de las leonerías más célebres las protagonizaron los Tercios destinados en Flandes.
Si creemos que esto es algo nuevo, propio de un país pequeño rodeado de otros mayores, habremos errado. Ya en el siglo XVI, cuando éramos la principal potencia de Europa, o lo parecíamos, éramos célebres por nuestras bravuconadas. Tanto, que un caballero francés, un aventurero curioso y parlanchín, ocupó el tiempo muerto de una convalecencia (muy largas e inciertas, en la época) en redactar un anecdotario de las “rodomontadas” que a aquellos españoles dominadores había escuchado. Pierre de Bourdeille, Señor de Brantôme, no era un buen escritor y sí tan bravucón y fardón como sus desapercibidos protagonistas. Y a pesar de ello, si hemos de creerle, debía tener una abundantísima obra, por suerte o por desgracia perdida en buena parte, aunque se conservan unas cuantas. Su celebérrima obra, Rodomontades et jurements des Espagnols, carece por completo de orden y concierto, pero recoge algunas de las jactancias de los soldados de los tercios que la Monarquía tenía repartidos por toda Europa.

El postinero Conde-Duque de Olivares pergeñó una de las más afortunadas petulancias de nuestra historia: el Salón de Reinos.
Boudeille no esconde la admiración que él, como tantos otros personajes (ilustres o no) de la época, sentía por los soldados españoles. Y eso es porque, las más de las veces, sus bravuconadas eran sostenidas por hechos, y así da crédito a la guarnición que, cercada sin esperanza, advierte a sus sitiadores que mientras queden ladrillos habrá que comer y no se rendirán. Sin embargo, y aunque Brantôme comienza su librito señalando a los españoles como a los más bravucones, leeremos enseguida cómo los franceses no se quedan atrás, ni los italianos, en cuanto a “rodomontadas”. Este es un término que extrae del Orlando enamorado, en su personaje de Rodomonte, un temerario de libro, por partida doble) y que más que a simples chulerías, alude a valentonadas ingeniosas, perspicaces o cumplidas.
En castellano tenemos dos ediciones, al menos dos recientes. Una, la que áun se puede encontrar “fácilmente” (todo lo sencillo que resulta hallar un título con más de tres meses de edad) en las librerías, es la de Áltera, a cargo de Pío Moa. Por mi parte desconfío del señor Moa, como desconfío siempre de quien salta de un extremo al otro obviando todos los medios; estaré siendo injusto, seguramente, pero la verdad es que no me importa. Esta versión tiene una clara intención política, pues con ella el conservador ensayista pretende demostrar la hispanicidad de algunos pueblos hoy discrepantes (y es cierto que los vascos del libro se proclaman españoles, pero no recuerdo exactamente si ello ocupa dos o tres líneas del total). Prefiero la más vieja de Mosand, probablemente inencontrable excepto en Iberlibro, si bien su aparato de notas es algo molesto, pues explica cada hecho histórico mencionado, desde el minúsculo y olvidado al mayúsculo y famosísimo.
No creo que los bravucones de Brantôme nos sirvan para conocernos mejor, pues mucho ha llovido desde entonces y ya no ocupamos el mismo lugar en el mundo que en el XVI. Nuestros objetivos vitales son otros y nuestra relación con nuestros vecinos muy diferente, por fortuna. Mas nada de lo ocurrido deja de tener incidencia sobre lo que nos sucede ahora. Y la verdad es que algunas de las bizarrías de aquellos valentones tienen su gracia.
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