Mar 07

Alberto Olmos: Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder

Escrito en El T-rex que viene, El museo.
Etiquetas: , , , 7/03/2009

adanhomerLa literatura debe reinventarse constantemente, como Osiris, divinidad solar que moría cada día para renacer al siguiente. De igual modo, la novela lleva muriéndose más de un siglo, pero reaparece constantemente con formas nuevas, de tal modo que debería incluirse en su definición su carácter de ave fénix. Aunque, en realidad, la novela, la literatura en general, goza de buena salud; es la teoría la que, no pudiendo seguirla, la declara muerta y al fin debe reconocer que está viva y debe reconstruir sus doctrinas con los nuevos materiales: tarde, porque la novela, la literatura, ya ha mudado y viste plumajes nuevos.

En el guardapolvo de Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder, nuevo trabajo de Alberto Olmos -de quien ya hemos reseñado aquí Trenes hacia Tokio, El talento de los demás y Tatami-, aparece una bomba a punto de explotar (simula el mensaje de error de un Macintosh). Esa bomba es la que golpea a la teoría, que tendrá que enviar a sus TEDAX a desactivar este engendro que no se sabe si es literatura, ni quién es su autor; no es identificable la trama, ni el estilo. De lo que es la novela tradicional sólo podemos reconocer la existencia de unos personajes que, de todos modos, no tienen más relación entre sí que el medio donde publican sus textos, internet. Porque Alberto Olmos ha compuesto una novela de la que sólo ha escrito la Nota y los Créditos, y el material narrativo lo ha copypasteado de internet.

¿Quién es el autor? (Alberto Olmos respondió a esa pregunta solicitando una foto de grupo). Autores son todos, y el resultado es común. No se puede, como en un libro de cuentos colectivo, desgajar a uno de los autores y evaluarlo de manera independiente. La autoría de Olmos ha consistido en un entretejer textos que no son propios para componer un fresco coral –con la técnica evidente del collage- que es casi una novela-río, si bien internet es más un océano (pero hasta los océanos tienen sus ríos), donde el curso central es el ordenador de Olmos, en donde confluyen los diversos arroyos y corrientes. De algún modo es una actualización de La colmena, con una serie de personajes que discurren en paralelo, sin llegar ahora a rozarse.

Olmos ha concebido la obra “del texto a la textura”: lo que ha buscado es dotar de textura web a las historias de los personajes Eritrea, Supercrisis, Jeepster o el propio Olmos, que son personajes porque su existencia es digital y, ahora, de papel -Olmos entra en la novela a través de los correos electrónicos de su amigo Héctor-. Aportan texturas los textos robóticos, el spam, la nube de tags que copia o la encuesta de la bitácora Moleskine literario. Así pues lo relevante de esta novela no es el estilo, aunque no es indefinible, sino la textura y la estructura. Una estructura que obedece, como confiesa el editor en la Nota, a una “sana anarquía” y a su “curiosidad emocional” -no es difícil reconocer las semejanzas entre la amargura de Eritrea y la del protagonista innominado de A bordo del naufragio, la primera novela de Olmos-. El material lo ha ordenado (su “confesión de cookies”) partiendo de su propio blog, Hikikomori, y progresando “en círculos concéntricos”, como un DJ, inspirándose en el trabajo musical de The Avalanches, grupo australiano que compuso en 2000 el disco Since I Left You a partir de samples de muy diversos artistas (estrategia que copió luego Craig Armstrong para la banda sonora de Moulin Rouge).

Son textos provocadores, de una rebeldía a la antigua usanza, la que tatuaba con espray el desasosiego existencial o el rechazo profundo a las convenciones políticas y sociales en las paredes de la ciudad antes de los ridículos grafos. Es rabia desatada, que “es lo que promueve internet”. Es literatura en un estadio adánico, original (y por tanto es auténtica, no mera imitación del hipertexto). Muchos de estos materiales son los que, tradicionalmente, el escritor reelabora luego para dar lugar al relato común. Aquí quedan expuestas sus entrañas, como un Centro Pompidou literario. Son textos que obedecen a la necesidad íntima de expresión, la que siempre ha impelido a los escritores. Y de ese modo enlazan con la tradición.

¿Es literatura? Algunos ejemplos del libro lo son claramente, o tienen antecedentes claros en el diario, la columna periodística, el relato tradicional o la poesía. Otros, como los tweets o los SMS, quizá están más alejados de lo que comúnmente se entiende por literatura. Es el conjunto lo que resulta ser decididamente literario; pues no siempre el material que compone la obra literaria lo es, y sin embargo no cabe duda del carácter del producto final. Aquí es difícil desentrañar lo referencial, lo puramente literario, sin que importe realmente eso: “Lo literario está en el papel donde se imprime”.  Lo que queda a quien lea Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder es que en internet puede encontrar literatura valiosa; aunque,  de momento, el papel sigue dando prestigio (homologando, según Constantino Bértolo, editor de Caballo de Troya). A ver cuánto dura eso.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial…

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Mar 01

Kindle Killed de Writer Star

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: , , , 1/03/2009

 

Hablan por mi boca Fobos, Bali y Quentin Beck. El fondo del saco del alma, la parte que no ve la luz y no quiere verla. Leo la euforia que producen los avances tecnológicos en torno al libro, especialmente el Kindle de Amazon, el súper libro, el Aleph que se compra por 300 dólares y nos hace invulnerables al látigo de la ignorancia. Lo leo y me aterro. Se va cumpiendo aquello que avanzó el raro de Iván Illich, de que la pantalla se comería al libro. La tinta digital (e-ink) es el veneno que faltaba. Vale, admitámoslo, un aparato basado en la tinta electrónica, capaz de contener toda nuestra biblioteca deseada, los miles de libros que queremos leer, es la panacea del lector que, además, cuenta con la potencia del hipertexto. Y la aparición del Kindle de Amazon puede ser el golpe definitivo: “el primer dispositivo que rompe la maldición del libro electrónico y lo convierte en algo que desplazará a la lectura de libros físicos en un segmento significativo de usuarios en los próximos pocos años” (Enrique Dans). No puedo negar que el libro electrónico favorece al lector. Lo hace. Al escritor, que parece una parte relevante en esto de la literatura, lo matará.

Los libros arden en el patio de Alonso Quijano.

Según Javier Celaya (editor de Dosdoce.com; uno de tantos Gmork de este Devorador que es el libro electrónico; otros son Michael Hart o Kevin Kelly), con el libro digital el autor recibe el 80% de los ingresos. No está nada mal, contando con que los ingresos pueden ser nulos -otros no son tan optimistas; José Antonio Millán tiene un artículo excelente a este respecto en su blog, donde señala un porcentaje menor: entre el 30 y el 40 %-. La mayor parte de nada sigue siendo la mayor parte, diría Pangloss. Más aún, este leibniziano editor considera que, frente a la esperable piratería, “hay tecnología suficiente para proteger la obra”. Eso mismo debían pensar las discográficas, antes de arrancarse los pelos a puñados. En su análisis, pierden sólo los intermediarios entre el tándem autor-editor y el lector, pero este dinosaurio, que es más de Heguesías que de Leibniz, ve la irrefrenable muerte del editor -sí, me atrevo a contradecir a Jason Epstein- y la más que posible del autor, aunque con matices. Escribir sólo escribirá aquél que lo desee por encima de todo, y siempre y cuando cuente con una forma de ingresos alternativa a la escritura, porque nadie -o sólo alguno- paga por lo que puede obtener gratis. Sólo aquellos que admitan escribir en sus ratos libres -nos perderíamos a Flaubert- o que vivan de rentas se podrían permitir la escritura. Esto vuelve a beneficiar al lector, o al menos no le perjudica más de la cuenta. Pero a muchos posibles escritores les refrena y limita, quizá de manera definitiva.

Portable Content

En cuanto a la posible desparición del libro de papel, dudo mucho que esto llegue a ocurrir. Pasará que el libro tradicional se convertirá en un objeto de lujo, de coleccionista, para enamorados no tanto de la lectura como del ente libro. Para quienes disfrutan de su olor y tacto tanto como de su lectura. Pero está claro que, conforme las generaciones se hagan progresivamente más geek, el papel se irá restringiendo cada vez más a círculos elitistas. Hablemos también de precios. Un ebook cuesta, para quien decida pagarlo, unos 9 dólares (Amazon). El mismo libro, el tradicional objeto de papel, barniz, cola, cartón e hilos, unos 12 dólares. La diferencia no es mucha -aunque hay casos en los que es mucho más barato-, pero con el ebook el soporte lo pone el comprador. Y, al margen de valoraciones personales, vuelve a aparecer el fantasma de Drake y sus modernos seguidores: el ebook puede estar accesible por nada. ¿Para qué pagar cuando puedo no hacerlo? Porque no hay diferencia alguna entre el libro electrónico sisado y el pagado, a diferencia del libro tradicional, que es algo sólido que ninguna versión pirática puede ofrecer.

Otro aspecto negativo es que el libro entra en la dinámica de renovación y obsolescencia informáticos. Cada dispositivo sólo lee algunos archivos, luego éstos cambian y el aparato, carísimo, deja de ser útil (Miguel Ángel Criado, diario Público). La aparición de nuevos soportes deja fuera de juego a los anteriores. El ordenador, sapientísimo y vertiginoso, que aún no hemos terminado de pagar, ya está viejo y no tolera el nuevo ingenio de Bill Gates. Y sin embargo la edición Príncipe del Quijote aún se puede leer, si te la dejan. Incluso la piedra de Rosetta se puede leer, si el lector sabe algo de griego; y tiene más de dos mil años, mientras que mis caducos disquetes hace tiempo que pasaron a peor vida.

Biblioteca del Trinity College (Fuente: http://artedfactus.wordpress.com)

Está claro que el libro electrónico no sólo es posible: ya está aquí, y viene para quedarse y hacernos la vida imposible. Pero, señores editores, no se suiciden. No colaboren con el régimen de Barbanegra y, de paso, entreguen a los honrados escritores a Grendel, que los va a dejar mondos y ni las plumas va a escupir. ¿Hay alguna esperanza? En mi opinión, Spotify ha sido un paso asombroso en lo referente a la música. Con Spotify se vuelve innecesaria la descarga ilegal de música. Sólo falta que haya algo parecido para cine y, quizá, libros, para que la piratería reciba un duro golpe. Porque confiamos en la naturaleza humana, bondadosa y cándida, en que prefiere “hacer lo correcto” -como en las series yanquis- antes que rapiñar. Espero que mi maestro Heguesías no se enfade por este arranque roussoniano.

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Nov 15

Christian Salmon: Storytelling

Escrito en El T-rex que viene, El museo.
Etiquetas: , , 15/11/2008

Cuando George Bush Jr. se alzó con la victoria electoral sobre un rival intelectualmente superior como Al Gore, en Europa se pensó inmediatamente en la América profunda y su atraso. Cuando repitió victoria frente a John Kerry, la incredulidad aumentó y comenzaron a buscarse zonas oscuras y conspiraciones. Pero lo que pocos advirtieron era que “Dobleuve” era un candidato mucho más capacitado que los dos demócratas derrotados. Y que a Europa apenas había llegado el runrún de algo que en Estados Unidos estaba ya bien establecido y diversificado: el storytelling, el concepto de moda en marketing, manegement, política y prensa, utilizado por las grandes empresas, por el ejército y, claro, por los presidentes norteamericanos desde Reagan. Los demócratas vieron, después de Kerry, dónde estaba su error: se habían limitado a dar listas de problemas y soluciones, mientras su rival contaba historias que envolvían al público en una atmósfera de irrealidad en la que él se erigía como garante de la libertad y la seguridad y guardián de las esencias americanas. Y el público respondió.

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Jul 25

Eric G. Wilson: Contra la felicidad

Escrito en El museo, Zarpazo de velociraptor.
Etiquetas: , , , 25/07/2008

“La tristeza nos concilia con la realidad. Nos arroja al fluir de la vida. Nos coloca en el borde afilado de la experiencia (p. 46). La mayor tragedia es vivir sin tragedia. Abrazar la felicidad es odiar la vida. Amar la paz es aborrecer el ser” (p. 50). Aunque nos priva del análisis de la sociedad norteamericana contemporánea, en el presente ensayo Eric G. Wilson cuenta sus conclusiones: la búsqueda de la felicidad a toda costa, por cualquier medio, es su gran mal, pues crea individuos alienados, narcotizados, divorciados de la realidad, alimentados de abstracciones. Como en la caverna de Platón, el hombre contemporáneo se alimenta de sombras en la pared. Este discurso parece muy influido por la literatura distópica –Un mundo feliz, Fahrenheit 451- … o quizá es la sociedad estadounidense la que ha derivado hacia las construcciones de pesadilla de Huxley y Bradbury.

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Jul 05

Vicente Luis Mora: Pasadizos

Escrito en El T-rex que viene, El museo.
Etiquetas: , , , , , 5/07/2008

A Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970) todo aquél que tenga que ver con la cultura en internet, o que quiera atisbar lo que está ocurriendo en el nuevo canal de difusión de ideas que es la red –ya consolidado para muchísmo tiempo- tiene que leérselo, es una necesidad, al margen de que no se esté de acuerdo con él, aún en teorías principales como la referida a la narrativa mutante.

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Ago 26

Retrato del héroe anónimo. United 93

Escrito en El museo.
Etiquetas: , 26/08/2006

El 11 de septiembre de 2001, cuatro aviones despegaron de distintos aeropuertos estadounidenses. Eran unos pocos entre varios miles, en nada distintos aparentemente a cualquier otro, pero en sus pasajes se encontraban varios fanáticos religiosos con un perverso propósito: impactar aquellos aparatos contra varios lugares simbólicos de Nueva York y Washington, y hacer ver al mundo que existía una guerra soterrada, y que esta guerra podía aparecer en el umbral de los hogares de quienes se sentían por completo alejados del conflicto. Era un acto de venganza, así como un acto propagandístico y un acto de fe -de una mal entendida fe-. Tres de aquellos grupos de secuestradores lograron sus objetivos, como bien sabemos, conmocionando al mundo. El cuarto falló, por motivos que aún nos resultan desconocidos. Esta película nos introduce en aquel United Airlines 93 que cayó a tierra en Shanksville, Pennsylvania, lejos del Capitolio, donde Ziad Jarrah debía estrellarlo.

Como se sabe, hay dos teorías al respecto. Una de ellas se inscribe en la línea conspiratoria, tan de moda actualmente para explicar cualquier hecho confuso, a saber, el vuelo 93 de United fue derribado por cazas de la Fuerza Aérea. El director Peter Greengrass ha optado en cambio por la versión oficial, más amable y también más potente dramáticamente, que convierte a los pasajeros de dicho avión en héroes, al haberse rebelado contra sus secuestradores aferrándose a la única posibilidad que había de salvar la vida. Perspectiva opuesta a la de su excelente trabajo Bloody Sunday, película que precisamente desmontaba la versión oficial del gobierno británico respecto de los hechos acaecidos en Derry aquel fatídico 30 de enero de 1972. Cabe preguntarnos, pues, si esta película es sincera o si es una versión cobista de los hechos.

La respuesta no es sencilla. Por una parte tenemos a un director inglés, no estadounidense, generalmente comprometido y contestatario y que fue el promotor del proyecto. Por otra parte, la película deja bien claro, en varios tramos, su oposición a la teoría extraoficial y conspiratoria, especialmente en los rótulos que se insertan al concluir el filme y que tienen la evidente intención de eximir de responsabilidades al ejército norteamericano y a su comandante en jefe. Tampoco debemos obviar que el 11-S afectó mucho más profundamente a la conciencia anglosajona que a la europea. Ni que, al fin y al cabo, la versión oficial es la más plausible, dado que hay que hacer un sinnúmero de concesiones lógicas para hacer funcionar la alternativa, mientras que el mito del héroe anónimo, del ciudadano heroico, está plenamente vigente en el idearium estadounidense.

Si algo se le puede achacar a este filme, es su inhibición crítica. No cabe como excusa la proximidad de los hechos ni el dolor que se les supone, pero no hay intención crítica en él, sino que es meramente un homenaje a las víctimas del vuelo 93. Para entender el alcance de esta perspectiva hay que conocer la mentalidad anglosajona y, más concretamente, norteamericana. En toda civilización hegemónica funciona un particular mito heroico que encarna sus virtudes anheladas; así tenemos el Aquiles kalós kaí agathós, el aventurero español, el ilustrado francés o el gentleman británico. El mito heroico estadounidense tiene un carácter más moderno que los anteriores, enraizado como está en el espíritu democrático fundacional de la nación norteamericana. Para ésta, embebida del concepto de igualdad pero también del concepto de mérito, cada ciudadano es un héroe virtual; lleva dentro de sí las virtudes de valor y sacrificio, y esta potencia se debe actualizar en los momentos difíciles. Su civilización encuentra su ánimo y virtud en esta concepción del ciudadano, y sobre ella se sostiene psicológicamente.

No obstante, para un europeo, esta película no deja de tener sus propios valores. Pues no sólo es una gran película, bien filmada, bien interpretada y con un sólido guión; Peter Greengrass ha intentado escapar del tono sentimental del cine estadounidense, sin que por ello le falte a la película un fuerte componente emotivo. En parte se lo debemos al método de trabajo seguido en pos de un mayor verismo, sin diálogos escritos -sólo sencillas indicaciones-, y en parte a la competencia de los actores, un puñado de desconocidos que supieron encontrar dentro de sí las emociones extremas sin las cuales la película se habría ido a pique. El equipo al completo trató de acercarse a un imposible, que las imágenes de la ficción se solaparan con las imágenes reales, y ello a través de un meticuloso proceso de documentación que les llevó a entrevistar tanto a los familiares de las víctimas como a técnicos competentes y políticos hasta obtener una versión creíble y correcta de los hechos.

Y todo esto sin olvidar los méritos del director, uno de los más originales del panorama actual, capaz de afrontar proyectos serios con éxito, como Bloody Sunday, y proyectos comerciales con seriedad, como las aventuras del agente Bourne. Provinente del mundo del documental, ha encontrado un estilo claro y directo, sin artificios evidentes pero muy efectivo, en el que la manipulación de las emociones del espectador se logra mediante un apabullante realismo dramatizado. Dice el director que “si la película que he rodado es auténtica y poderosa, se justificará por sí sola ante los espectadores. De no ser así, habré fracasado”. Es razonablemente auténtica y es tremendamente poderosa, con un ritmo narrativo acertado, algo imprescindible cuando los hechos narrados son ya conocidos por el público, y una intensidad que clava al espectador en su asiento. Greengrass hace un cine sin posibilidad de recurrir a la sorpresa, pero de tal forma que la sorpresa es la película misma.

Original, aquí

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Jun 01

Hombres a la carta

Escrito en El museo, K-Saurus.
Etiquetas: , 1/06/2005

El feminismo es un fenómeno vario y complejo, mucho más de lo que a primera vista parece, y que ha tenido más éxito de lo que algunas mujeres quieren admitir y menos de lo que muchos hombres perciben. No quiero decir que el esfuerzo o la lucha haya terminado, ni mucho menos; tampoco me ha gustado nunca la expresión «guerra de los sexos», porque si de verdad la hubiese, todos seríamos unos desgraciados y me resisto a que así sea. Al menos, más de lo que ya lo somos por otras razones. Me gusta creer que el otro sexo, como el nuestro, es más bien cálido y acogedor. Y que, si se está en guerra, mejor que sea contra alguien en concreto que contra todo un sexo o identidad sexual.

Voy a centrarme en el éxito del feminismo, pero como soy hombre, me disculparán las féminas si lo hago desde una perspectiva masculina. Aparte de que nos sintamos amenazados, cosa evidente y natural, porque antes los competidores eran hombres, es decir, conocíamos al adversario porque era como nosotros, y ahora, además de tener más competidores (en número), los tenemos incomprensibles, no sabemos por dónde pueden salir ni qué piensan… A parte de que la mujer, con sus roles conquistados, nos amenace o nos haga sentir amenazados, decía, ha adquirido un poder con el que quizá no contaba y nosotros, mucho menos.

Hay algo que las mujeres hacen muy bien y los hombres, no es que lo hagan peor, es que no suelen hacerlo: tomar decisiones. Pues bien, la mujer ha tomado decisiones sobre cómo quiere que seamos los hombres y esto es deslumbrante e inesperado. Con anterioridad, la buena esposa («la perfecta casada») debía reunir una serie de caracteres más impuestos por el lugar que ocupaba que por una decisión de sus dominadores masculinos. La mujer callada, hacendosa, obediente, que todavía reclaman algunos grupos (masculinos y también femeninos), venía impuesta por la forma de la organización social. Pero los hombres actuales, si quieren recibir algo de las mujeres actuales, tienen que reunir una serie de requisitos que, al menos a primera vista, no parecen impuestos por la organización social, que tampoco ha cambiado mucho para los hombres, sino que esos requisitos son requeridos por las mujeres. El metrosexual y el más nuevo «metrosentimental» o como quiera que se llame, son creaciones femeninas, resultado de una serie de decisiones femeninas que han cambiado la forma de ser y comportarse (sobre todo esto último) de muchos hombres.

Los hombres siguen haciendo una vida semejante a la que llevan casi un siglo haciendo. Son las mujeres las que han cambiado, no sólo su forma de vivir sino también ellas mismas, claro. Mas, al tomar posiciones en un mundo de hombres, no sólo se han masculinizado en parte (el otro día vi a una mujer escupir en plena calle, un gargajo sonoro y plástico; por favor, mejor que no nos copiéis ciertas cosas), sino que también han feminizado el entorno, en un proceso de clara ósmosis. El hombre actual, al feminizarse, quizá haya mejorado en algunos aspectos (por ejemplo, el sentimental), pero en muchos otros no se ve la mejora (dejando de lado el hecho de que, en la mayoría de los casos, el«nuevo hombre» es un actor).

Una de las consecuencias nefastas de la toma de decisiones femenina ha sido convertir al hombre en un esclavo del mercado cosmético. Si lo positivo habría sido que la mujer, al dejar de ser un objeto decorativo, hubiera abandonado las prácticas maquilladoras del disfraz, el efecto negativo es que hombres y mujeres, hoy, compiten por decorar el ambiente con sus potingues, sus nalgas de silicona, los labios inyectados y las pestañas postizas. En vez de liberarse el sexo femenino, ha decidido que el masculino sea también esclavizado. Y eso nos puede llevar a preguntarnos quién ha tomado realmente las decisiones, si las personas o el mercado. Y si pensásemos que el metrosexual y el metrosentimental son creaciones del mercado, más que de las mujeres, se nos cierra un poco la esperanza, porque también podríamos pensar, la revolución feminista, ¿fue fruto del esfuerzo de una serie de mujeres y hombres que lucharon por un ideal, por la justicia, o fue acaso resultado del mercado en expansión, que necesitaba fagocitar nuevas criaturas? Espero que no, quiero que no haya sido así.

Léelo en Cuanto y por qué tanto..

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May 01

La humanización del paisaje

Escrito en El museo, K-Saurus.
Etiquetas: , 1/05/2005

Siempre se ha dicho que, en tiempos de los romanos, la Península estaba cubierta de árboles y que una ardilla podría haberla recorrido de un extremo al otro sin bajarse. Ni que decir tiene que la ardilla, hoy, se habría pegado un solemne batacazo en nuestro suelo desertizado, justo antes de que una familia tradicional y dominguera le pase por encima para ir a hacerse la paellita a un paraje natural todavía no arrasado. Los niños tendrán luego por sobremesa el apedreo a las hermanas de la viajera frustrada, como han hecho en el Retiro, donde no queda ni una (Edito, 2010: aún quedan algunas supervivientes.), dando fe este hecho de la barbarie que aún nos guía en nuestro país europeo y plural. Lo cierto es que, pese a todo, el paisaje boscoso y romano no nos resulta familiar en absoluto, estamos más acostumbrados a las interminables llanuras desnudas de la Meseta que tanto gustaban a nuestros noventayochistas y por las que deambuló don Alonso Quijano hace ya cuatrocientos años, viendo gigantes y ejércitos que los demás no eran capaces de ver y que ahí siguen, esperando a que otro vuelva a fijar la vista en ellos y, así, recobren la vida que mantienen en suspenso.

La pobre ardilla, obligada a vivir en el fondo del mar, junto a una piña, y rodeada de extrañas criaturas.

Hay, sin embargo, modernos gigantes contra los que algunos claman y que no son sino molinos. Muchas montañas y llanuras se han visto erizadas de altas espigas blancas que con un fuerte susurro alteran lo que desde hace tiempo habían sido horizontes vacíos y silenciosos. Llevamos años exigiendo soluciones para la carestía de energía, que dentro de poco nos costará la salud y quizá la existencia con sus humos y vertidos fuliginosos, y hemos encontrado una que no satisface a todos. Claro que era de esperar, nada gusta por igual a una especie tan variopinta como la humana que tiene un cerebro capaz de evaluar de múltiples formas un mismo suceso y ofrecer incontables interpretaciones diferentes. Eso ha llevado a nuestra época a contaminarse de una enfermedad que ya aterraba a Platón hace 2500 años, la opinión. Ésta es más bien un síntoma, pero bastante grave como para ponernos en guardia. Porque opinar está bien, es indicio de libertad, pero tampoco debemos olvidar que no todas las opiniones tienen el mismo peso ni el mismo valor. Las personas tienen el derecho inalienable de expresar sus opiniones, pero este derecho no se transfiere a las opiniones mismas, las cuales quedan expuestas a la crítica, el descrédito y el desprecio. Pensemos en las opiniones de Hitler y descubriremos que sólo nos provocan justísimo desprecio (excepto, quizá, para ciertos chalados que, por cierto, sólo son valientes con los ancianos y los desvalidos).

Los molinos tienen enemigos, pero encuentro que los hay con razones y sin ellas. Algunos viven cerca de ellos y padecen un suplicio comparable al que se padece en las grandes ciudades con los ruidos. Su bramido les vuelve locos. Otros observan como las aspas golpean y matan a las aves que no consiguen verlas. Ambas quejas me parecen lícitas, porque todos tenemos derecho a estar tranquilos en nuestras propias casas, cómo no (recordadlo, amigos del botellón, amigos del claxon, fabricantes de camiones de basura). Los molinos deben irse a otra parte. Por otro lado, quizá bastaría con pintar las aspas de un color brillante para que las aves pudieran verlas, y ordenar los molinos dejando pasillos.

Sin embargo, hay una crítica que me irrita de verdad porque la considero vana opinión por no suficientemente pensada, y es aquella que sostiene que los gigantes destruyen el paisaje y que éste es un bien que a todos pertenece. Vaya por delante que el paisaje es un bien y que pertenece a todos. Pero donde yo discrepo es en el punto en el que los gigantes lo destruyen. El paisaje, como la energía, no se destruye, sino que se transforma. Se transformó la isla de Manhattan cubierta de árboles en un bosque bien diferente que atrae a millones de visitantes cada año para observar su belleza (sobre todo de noche).

Aquella ardilla prerromana vio un paisaje que hoy nos resulta ajeno por completo, porque el paisaje se ha ido humanizando progresivamente desde que los primeros humanos hicieron su aparición. Los gigantes que dominan las cumbres en el norte de Burgos, unos de los más atacados, se dice que estropean un panorama natural. Pero no ver la humanización de esos terrenos es muestra de miopía; las cumbres, a esa altitud, deberían estár coronadas con bosquetes de abedules, pero en el pasado los ganaderos y pastores los talaron y quemaron para crear los ricos pastos de montaña a los que en verano subían reses y rebaños; hay caminos, redes eléctricas, antiguas minas, senderos y pistas, cabañas y otras construcciones… El hombre lleva en la península mucho tiempo, tanto que ha pisado cada centímetro de terreno y convertido la pradera en sembrado y el bosque en prado. El paisaje del que hablan es el suyo, el de sus recuerdos o su añoranza, y es comprensible que deseen mantenerlo intacto, pero el beneficio que todos podemos obtener no puede pararse en sentimentalismos. Y no estamos hablando de un beneficio económico, es mucho más; esos molinos son la garantía o parte de la garantía de nuestro futuro colectivo.

El paisaje, todo el globo, es humano. Hemos alcanzado y transformado casi todo el planeta. No sé si debemos mostrar orgullo por ello, si es motivo de orgullo, pero quizá un poco sí. Tenemos defectos, cometemos errores, pero también tenemos la capacidad de resolverlos (bueno, quizá Bush no). Somos asimismo capaces de crear belleza, y de encontrarla, no sólo en lo que creamos, también en lo que es netamente natural… y el paisaje es creación nuestra, sólo que lo hemos olvidado. Quizá podamos encontrarla en los campos de blancas espigas, entre los gigantes o molinos que vuelven a erguirse en nuestra geografía.

Léelo en Cuanto y por qué tanto…

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Feb 20

De traiciones y sueños

Escrito en El museo, K-Saurus.
Etiquetas: , , 20/02/2005

Mientras escribo estas líneas, los españoles estamos votando si queremos ser civilizados europeos o cafres africanos, como hemos sido hasta ahora. En caso de votar “SÍ” (pronúnciese como un gemido, con una í muy larga y una s muy siseante), nos situaremos, por primera vez, a la cabeza de Europa. Seremos la locomotora continental, pero no a la prosaica manera germana, esto es, económica, sino a la más lírica, que es el estilo de España: seremos la cabeza espiritual de Europa, seremos nosotros quienes les demos la constitución al votar ssssiiií en el día de hoy, ya sólo pueden seguirnos. Ahora bien, en caso de que elijamos “NO” (pronúnciese seco y ceñudo, cortante, no estamos para fiestas ni sutilezas), una vez más habremos dado la espalda a la modernidad, porque España es diferente y persevera en su particularidad, aunque ésta sea brutal y salvaje, o puede que precisamente por eso. Porque, ¿no es así como nos lo han planteado nuestros queridos políticos? ¿no se trata de decir sí o no a Europa?

Pues parece ser que no, que esto iba de otra cosa. Resulta que había un texto, que regalaban con el periódico (qué no regalan, todo va a parar al mismo sitio), y que resultaba ser un “TRATADO por el que se establece una CONSTITUCIÓN para EUROPA”. Era sobre eso que debíamos opinar, pero sin leerlo, que nuestras cabecitas no dan para tanto y, además, nuestros partidos ya nos dicen lo que debemos votar, es decir, ssssiiií. Que para qué pensar, si ya lo hacen ellos por nosotros, y están precisamente para servirnos, para eso les pagamos. A fin de cuentas, no importa de qué fuera este referéndum o consulta popular, sólo debe importarnos lo que ellos nos dicen, que votemos ssssiiií, para mayor gloria de España y de sus gobernantes.

En ésta ocasión, y no es novedad, me siento insultado. Porque me dicen que no tengo que leer el Tratado, porque me dicen lo que tengo que votar, porque me plantean el problema en términos engañosos y me reprenden por advertirlo. Ésta semana, mi admirado Toni Gasset programó una de esas películas que quedan para siempre en la memoria, y que era muy adecuada para esta situación. Una casa de locos, se titulaba, y no era otra cosa que una metáfora de lo que es Europa, un sanatorio, pero un sanatorio alegre. Y yo pienso, aquellos europeos que compartían piso en Barcelona, como lo hacen tantos y tantos, ¿necesitan una Constitución? ¿O quizá obraban como si ya estuvieran sujetos a una?

No quiero decir que Europa esté mejor sin ella, es necesaria, pero ¿es ésta? ¿Ésta es la que queremos los que compartimos éste piso viejo y moderno? Creo que ésta es la que quieren los políticos y los grandes empresarios, y nadie más. Europa es otra cosa, como ésta campaña debió ser otra cosa. Esta Constitución no refleja lo que somos los europeos, los que verdaderamente estamos construyendo el proyecto de una Europa unida, y que no son los políticos, sino los ciudadanos: quienes viajamos y vivimos en otros países y recibimos a otros europeos y nos interesamos por sus ciudades y sus territorios, por su pasado y su presente, los que no pensamos ya tan localmente, y sentimos un poco “de otra manera”, y no nos resulta tan raro ver un rubiales requemado, los que miramos hacia el futuro y no vemos fronteras sino un único continente de ciudadanos libres, suficientemente iguales, y respetuosos con todos aquellos que, no hace tanto, eran nuestros enemigos. Y un apunte local: España será mucho más europea no cuando altere sus horarios de comidas, o de sueño, ni siquiera cuando se vuelva educada y menos sucia, sino, por ejemplo, cuando deje de pensar en Gibraltar como un trozo de tierra robado por la pérfida Albión.

Esta campaña ha revelado muchas cosas. Nada nuevo, por otro lado, pero creo que se han dado tanta prisa que, al final, se han perjudicado. Me refiero a los políticos, todos ellos. Cuando el voto joven llevó a ZP a la Moncloa, le pedimos, casi con lágrimas en los ojos, “Zapatero, no nos falles”. Pero yo siento que nos ha fallado (ya tantas veces), que ha abogado por una Constitución en la que no cree (o, por la ideología que suponemos a su partido, no debería creer) solamente para ceñirse laureles junto a sus colegas europeos. La traición del Partido Popular duele menos, porque ellos sí creen en ella (de hecho la hicieron), porque en su código está el desprecio a la ciudadanía y, aunque no lo dicen con palabras, lo dicen con hechos. ZP, me siento dolido, porque no eres el Quijote que necesitábamos, porque me has hecho ver que aún soy un ingenuo.

Lee el original en Cuanto y por qué tanto..

Pues parece ser que no, que esto iba de otra cosa. Resulta que había un texto, que regalaban con el periódico (qué no regalan, todo va a parar al mismo sitio), y que resultaba ser un “TRATADO por el que se establece una CONSTITUCIÓN para EUROPA”. Era sobre eso que debíamos opinar, pero sin leerlo, que nuestras cabecitas no dan para tanto y, además, nuestros partidos ya nos dicen lo que debemos votar, es decir, ssssiiií. Que para qué pensar, si ya lo hacen ellos por nosotros, y están precisamente para servirnos, para eso les pagamos. A fin de cuentas, no importa de qué fuera este referéndum o consulta popular, sólo debe importarnos lo que ellos nos dicen, que votemos ssssiiií, para mayor gloria de España y de sus gobernantes.

En ésta ocasión, y no es novedad, me siento insultado. Porque me dicen que no tengo que leer el Tratado, porque me dicen lo que tengo que votar, porque me plantean el problema en términos engañosos y me reprenden por advertirlo. Ésta semana, mi admirado Toni Gasset programó una de esas películas que quedan para siempre en la memoria, y que era muy adecuada para esta situación. Una casa de locos, se titulaba, y no era otra cosa que una metáfora de lo que es Europa, un sanatorio, pero un sanatorio alegre. Y yo pienso, aquellos europeos que compartían piso en Barcelona, como lo hacen tantos y tantos, ¿necesitan una Constitución? ¿O quizá obraban como si ya estuvieran sujetos a una? No quiero decir que Europa esté mejor sin ella, es necesaria, pero ¿es ésta? ¿Ésta es la que queremos los que compartimos éste piso viejo y moderno? Creo que ésta es la que quieren los políticos y los grandes empresarios, y nadie más. Europa es otra cosa, como ésta campaña debió ser otra cosa. Esta Constitución no refleja lo que somos los europeos, los que verdaderamente estamos construyendo el proyecto de una Europa unida, y que no son los políticos, sino los ciudadanos: quienes viajamos y vivimos en otros países y recibimos a otros europeos y nos interesamos por sus ciudades y sus territorios, por su pasado y su presente, los que no pensamos ya tan localmente, y sentimos un poco “de otra manera”, y no nos resulta tan raro ver un rubiales requemado, los que miramos hacia el futuro y no vemos fronteras sino un único continente de ciudadanos libres, suficientemente iguales, y respetuosos con todos aquellos que, no hace tanto, eran nuestros enemigos. Y un apunte local: España será mucho más europea no cuando altere sus horarios de comidas, o de sueño, ni siquiera cuando se vuelva educada y menos sucia, sino, por ejemplo, cuando deje de pensar en Gibraltar como un trozo de tierra robado por la pérfida Albión.

Esta campaña ha revelado muchas cosas. Nada nuevo, por otro lado, pero creo que se han dado tanta prisa que, al final, se han perjudicado. Me refiero a los políticos, todos ellos. Cuando el voto joven llevó a ZP a la Moncloa, le pedimos, casi con lágrimas en los ojos, “Zapatero, no nos falles”. Pero yo siento que nos ha fallado (ya tantas veces), que ha abogado por una Constitución en la que no cree (o, por la ideología que suponemos a su partido, no debería creer) solamente para ceñirse laureles junto a sus colegas europeos. La traición del Partido Popular duele menos, porque ellos sí creen en ella (de hecho la hicieron), porque en su código está el desprecio a la ciudadanía y, aunque no lo dicen con palabras, lo dicen con hechos. ZP, me siento dolido, porque no eres el Quijote que necesitábamos, porque me has hecho ver que aún soy un ingenuo.

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Ene 01

Ian McEwan: Sábado

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 1/01/2005

Con esta novela, el escritor británico varía un tanto el rumbo que marcaban obras anteriores. Muy dado a lo macabro (es apodado Ian Macabro), aquí tal actitud expresionista queda diluída en la frialdad científica del trabajo del neurocirujano que es Perowne, el protagonista. Al mismo tiempo, la ironía se pierde por el camino, y es una pérdida importante en cuanto que la ironía es la salsa de la narrativa inteligente y culta. En la línea de otras obras de la narrativa anglosajona, como el Ulises de Joyce o La señora Dalloway de Woolf, McEwan sitúa la acción en un periodo muy breve, concentrando así la crónica de sucesos en un único día, un sábado que podría presentarse como el tranquilo día de descanso tras una larguísima semana entre quirófanos, pero que ya de madrugada se tuerce: un avión envuelto en llamas hace su aparición en los cielos de Londres. Perowne se ha despertado a una hora inusual, sin motivo aparente, y la condensación de hechos infrecuentes le lleva a conclusiones infrecuentes (para él, un racional y metódico exponente de la tradición científica, personaje semejante al protagonista de Amor perdurable). Es una novela que tiene como referente el 11-S y la guerra de Irak (ese sábado es el día de las manifestaciones en contra de la invasión) y el primer pensamiento del protagonista se refiere a un atentado terrorista.

Perowne regresa a la cama y, pronto, su esposa despierta. Otra constante en la obra de McEwan es la dicotomía círculo interno-círculo externo. La familia, el matrimonio y, como máxima expresión de intimidad, el sexo, son la salvación, la protección ante la perversidad del mundo. Pero dicha perversidad y la violencia que lo acompaña siempre, aparecerá; siempre amenazan con quebrar el reducto de felicidad del hogar, siempre irrumpen bien en la forma de un avión en llamas, un enfermo mental, un globo descontrolado, una muerte, una guerra o la posibilidad de una guerra… El terror tiene muchos rostros, y muchas estrategias. Podemos verlo desde la tradicional mentalidad cristiana, el diablo intentando corromper al creyente, tratando de penetrar en la esfera de la fe para romper la débil unión del alma humana con la esencia divina. En Sábado, McEwan vuelve sobre esa angustia, atea en su caso, pero equivalente a la religiosa: angustia ante lo irracional, ante la amenaza del caos sobre el orden, la seguridad, la felicidad.

El protagonista tiene dos hijos, y los tres juntos mantienen actitudes distintas ante las manifestaciones de protesta. El padre observa con molestia y desagrado las riadas de gente, le parecen demasiado alegres y no cree que haya motivo para organizar festejos para protestar. Además, él creía en lo mismo que ellos, pero tras conocer a un exiliado iraquí varía su opinión. Quizá el mundo necesite que le extirpen un cáncer y aunque puede que la guerra no sea la mejor solución, parece que algo hay que hacer. Su hijo, prometedor músico, está de acuerdo con las tesis de los manifestantes, pero no participa porque se ha levantado demasiado tarde y luego tiene un ensayo. La hija, prometedora poetisa, tampoco participa del evento (está regresando a Inglaterra desde Francia) pero cree fieramente en el mensaje de las manifestaciones, hasta el punto de discutir agriamente con el padre. De este cuadro sólo falta el convencido pro-invasión, pues Perowne se mantiene en la ambigüedad, como el propio autor, según confiesa (en el momento de escribir la novela).

Un elemento curioso de la obra de McEwan es que, en determinados tramos, y en esta novela de manera acusada, critica con ferocidad la literatura. Lo hace desde la mente científica de sus personajes, y no olvidemos que McEwan es uno de los pocos novelistas que introducen la ciencia en la narración de manera natural, como un componente más de la cultura humana. Así, defiende con encono el punto de vista científico de la realidad y critica la visión fantasiosa e ingenua de parte de la producción literaria que vive al margen del desarrollo de la cultura científica que, de manera evidente, caracteriza nuestra civilización. ¿Quiere decir esto que la literatura, y en concreto la ficción literaria, es una producción menor del intelecto humano? La respuesta, que no voy a dar, se encuentra en el último tramo de la novela.

Tenemos así un puñado de referencias que nos ayudan a estructurar esta atípica novela. Atípica para el escritor que la ha parido, pero no tanto si buscamos un movimiento general en las letras contemporáneas. Estamos viviendo una época de resurrección de la novela de ideas, de la novela cuasifilosófica, de la narración entremezclada con el ensayo: Sebald, Marías, etc. La narración pierde en pureza pero gana en complejidad, exige una disposición diferente por parte del lector, y ofrece una forma distinta de entretenimiento, un entretenimiento apoyado en el juego intelectual y erudito antes que en la dinámica de las acciones. Se dirige a un público más culto, con mayor disciplina de lectura y dispuesto a meterse en los fárragos intelectuales del autor. A muchos les parecerá una perversión de la novela, como ya ha ocurrido antes. A otros quizá nos guste, siempre y cuando se trate de una obra bien construida, trabajada, documentada y que no relegue a los personajes a meras elucubraciones abstractas (el gran peligro de este tipo de narración). McEwan ofrece un estilo cada vez más refinado, una documentación exhaustiva que el lector agradece como una muestra de respeto (que no se da siempre en la literatura presente), la construcción novelesca de un consumado narrador y unos personajes formados con pericia, dado que las novelas de este autor avanzan mediante las interrelaciones entre sus personajes, más que por hechos o sucesos (el ejemplo más logrado, Amsterdam). Sábado nos presenta una ocasión para reflexionar sobre el mundo que nos ha tocado vivir, sobre la responsabilidad del ciudadano en las decisiones de los políticos que ha aupado al poder, sobre la literatura misma y sobre la condición humana, el tema por antonomasia de la literatura. Perowne es un hombre que tiene en sus manos el órgano que rige lo más íntimo de nuestra existencia, el cerebro; cualquier alteración en vida o antes de esta (la genética, la espada de Damocles que sobre todos nosotros pende) distorsiona el mundo y nos aleja de los demás.

Comparemos la vida familiar casi perfecta del protagonista con su contrario, aquejado de corea, con una existencia familiar rota (más que rota, inexistente) y el delgado hilo que lo sujeta a la sociedad a través del uso de la violencia. Pensar, a veces, da miedo, y McEwan juega a aterrarnos en cada una de sus novelas.

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