Nov 02

I Want to be British: Solar, de Ian McEwan

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, K-Saurus.
Etiquetas: , , , 2/11/2011

Ahora lo sé. El infierno, ese no-lugar que tanto ha inquietado a la humanidad desde que la Iglesia católica diera con la tecla que garantizaba su futuro; ya sé lo que es. Consiste en llevar un automóvil, buscando un hueco en el que aparcar, esto es, descansar. No hay prisión mayor. No puedes dejarlo en cualquier parte, porque una policía verdaderamente atenta te obligará a retirarte, aunque te hayas escondido, siendo especialmente brusca si lo has hecho. Con cada vuelta que das a la llameante manzana, sabes que decrecen tus oportunidades, porque es menos probable que alguien se marche y deje su plaza al vehículo que, entre impaciente, atemorizado e iracundo, conduces. No hay escape, no hay perspectiva de salvación. Un tormento eterno. Y, entonces, un destello intermitente, unas ruedas que rompen a rodar justo delante tuyo. Sólo era, esta vez, el purgatorio.

Qué rabia, rabia, dan los narradores británicos. Qué bien lo hacen, los cabrones. Los demás sólo pueden envidiarles, porque ellos están en el secreto y la suya es una organización que no admite iniciados. Sencillamente se es uno de ellos. Nadie puede hacerse narrador británico.

Pensaba en esto mientras leía otro de mis muchos libros postergados, Solar, de Ian McEwan. Su apellido es de origen escocés, pero él no lo es. Es inglés, la raza aria de los narradores británicos. Y sí, la forma de narrar de un narrador británico es una forma de totalitarismo, porque (valga la redunciancia) totalizan las virtudes narrativas y las acaparan y privan de ellas a quienes, por lo que fuere, sufren la desgracia de no ser británicos. Joder. Coño.

Es verdad, no hay que nacer inglés, basta con criarse en la isla del té de las cinco. Los hay que nacen en la India y son narradores británicos. Algunos hasta tienen la ocurrencia de nacer en Nagasaki, y a pesar de ello, también pertenecen a la cofradía. Perdón: son de la cofradía. Ello nos lleva a sospechar que el veneno, o virus, capaz de alterar su ADN, se contagia durante los años de formación, que es una cuestión educativa. Puede ser. Pienso en la educación que he recibido o padecido. Claro, siendo español es muy difícil ser narrador británico. Ni siquiera los angloaburridos lo consiguieron, porque se dejaban influenciar y estaban muy satisfechos de confesarse influídos, pero cada uno resultó ser un poco de su casa y otro poco de sí mismo. Ya sabemos algo: ser español te impide ser un narrador británico. Pero esta hipótesis no informa acerca del tema que nos preocupa: cómo lo hacen para narrar como lo hacen.

A ver, ellos como yo nos hemos criado leyendo a Enid Blyton, y a Dickens de mayores. Seguramente, ellos también se han contaminado leyendo a franceses y a norteamericanos. ¿Entonces? Como español, es difícil no sentir la tentación de achacar la lectura de españoles e hispanoamericanos como causa de nuestra incapacidad para ser narradores británicos. Pero a los franceses, que sólo se leen entre ellos y a los británicos en secreto, les ocurre lo mismo. Los pobres sólo pueden ser narradores franceses. Eso les vale, como a nosotros, para escribir bien, cuando lo hacen, pero nada más. Y los ingleses leen el Quijote, bien directamente, bien a través de otros, pero ello no les perturba en lo absoluto. De hecho, probablemente los narradores británicos brotan de Cervantes, antes que de Shakespeare.

Volvemos a Solar, para encontrarnos esa novela total, fabulosa, que sólo desde una perspectiva estética cerrada puede ser juzgada como anticuada. Narrada en tercera persona, según un esquema estructural y cronológico tradicionales, con algunas alteraciones ocasionales poco llamativas y una concesión en el punto de vista, al hacer equisciente a ese narrador. Maneja temas actuales, como el cambio climático o el envejecimiento (literariamente, es lo que se puede decir un tema de moda), y en un nivel inferior el poder de los medios y la frialdad de la ciencia, mientras que en capas profundas nos encontramos con una acendrada crítica social y una valoración de la existencia humana, lo que vienen siendo los temas capitales de la literatura, junto con el amor, también presente. En fin, lo normal. Se ha dicho que es una novela humorística, pero maldita la gracia. Hay algún sketch macabro, muy propio del autor, pero eso es todo lo que encontramos próximo a la comicidad.

En cuanto que narrador británico, y además inglés, McEwan es capaz de plasmar narrativamente una visión del mundo en la que todo tiene profundidad, relieve, textura. Hasta los personajes más nimios, aquellos que aparecen un instante antes de desaparecer entre bastidores, parecen tener un rico pasado y una personalidad definida. Es decir, no nos dicen nada de ellos, pero como con las personas con las que nos topamos en situaciones semejantes, en la vida real, sabemos, estamos seguros, de que ellos también son individuos plenos, personas o seres humanos de pleno derecho.

En Solar, seguimos al doctor Beard, eminente físico, premio Nobel, burócrata aburrido y mujeriego impenitente. No es un antihéroe, es un villano siempre a punto de recibir su merecido, aunque no le faltan desgracias. Así, uno de los personajes le suelta: “Te mereces casi todo lo que te ha sucedido. Así que jódete”. La construcción de este fascinante villano, por encima de la flemática ironía marca de la casa, o del ritmo vivo, o de la reflexión a contracorriente, es lo que hace de esta novela tan sabrosa, tan interesante y tan sugestiva. Sin Michael Beard y sus lorzas, su inmoralidad, su torpeza y su mala suerte, Solar sería una obra errática, con episodios excéntricos y fatuos y hasta resabida. Pero con él es un novelón. Todo cobra sentido, viveza e interés, y hasta nos creemos que sedujera a una mujer con poesía y con el viejo truco de averiguar sus aficiones y afecciones. Hasta aceptamos el cierre rocambolesco y forzado. Porque todo eso le ocurre a Beard.

Es un truco de magia miserable, y maravilloso. Propio de un narrador británico. Qué bien lo hacen. Cómo lo hacen. Cabrones.

Ficha del libro en Anagrama.

Entrevista con el autor.

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Oct 27

Ejército enemigo, de Alberto Olmos

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , 27/10/2011

Ordenando notas hasta las tantas, escribiendo aún más tarde. Mi cerebro ya no está para estos trotes, por eso escribí tanto. Es imposible resumir a las tres de la madrugada: ¿cómo lo hacía en la universidad? ¡Ay juventud, brevísimo defecto!

Ayer terminé de releer Trenes hacia Tokio. Puede que no sea la mejor novela de Alberto Olmos (signifique eso lo que signifique), pero sigue siendo mi preferida. Hay novelas que me gustan y olvido y novelas que me disgustan y olvido y novelas que me dejan indiferente y olvido (la mayoría), pero muy pocas me emocionan y recuerdo. Trenes hacia Tokio está entre estas últimas. Está entre mis novelas preferidas, así, en bruto. Ejército enemigo me gusta, a ratos me emociona (aún es pronto para olvidarla o recordarla); no está entre mis novelas preferidas, aunque eso sólo me importe a mí.

Los lectores de Juan Mal-herido recordarán que amenazó, tiempo ha, con escribir una novela. Pues es ésta. Como sabrán esos mismos lectores, Alberto Olmos no es sino la máscara que Mal-herido se calza para salir al mundo exterior sin armar (demasiado) alboroto. Él es un hikikomori confeso, radical; y su aspecto es inquietante, como el de los villanos de las películas de chinos.

Al final escribió su novela, que no ha resultado pornográfica, aunque su narrador, Santiago, consuma buena parte de sus energías ya no tan juveniles en sites porno (como es sabido, por encima de los treinta sólo los escritores son jóvenes, mientras los futbolistas ya son ancianos; Santiago es publicista). No por ello Ejército enemigo va a circular por nuestras librerías en paz, pues es posible que vean, en manifestaciones y asambleas, pancartas con el rostro público de su autor tachado junto al de banqueros, especuladores y políticos. Es pura elucubración, claro. Pero es verdad que ha soliviantado a algunos de nuestros rebeldes con causa, si bien su dardo tenía como objetivo a quienes carecen de ellas (o quizá a todos y yo me dejé llevar por la bondad). Si no lo creen, lean algunos de los comentarios que le han dejado en su blog. Alberto Olmos ha preferido publicarlos, aunque podría haberlos dejado flotando en el limbo digital, nadie lo habría sabido. Juan Mal-herido no deja comentar en su blog; él es descortés y grosero, pero no se le puede partir la cara.

El lema de la novela, la frase que sirve de eje a la acción superficial del relato, escuece. “La solidaridad ha fracasado”. En estos días la prensa ha exhibido el rostro de un joven estudiante italiano, de buena familia, al que han convertido en emblema de los disturbios ocurridos en Roma durante una manifestación de indignados. Daniel, amigo de Santiago, parece un presagio del fulano incendiario, aunque con una fortuna bien distinta. A Er Pelliccia lo han detenido, sí, pero en cambio se ha hecho famoso, ya puede trabajar para Berlusconi seguramente sin menoscabo de su ideología. En cambio, Daniel es brutalmente asesinado. Daniel había cambiado tras una conversación con Santiago, fulminado por la sentencia mencionada, proferida un poco a la ligera: esa metamorfosis le encaminará hacia a la muerte (más bien apresurará su paso). Poco a poco la zarza de la culpa enraíza y engancha en Santiago y la muerte de Daniel es el detonante de una serie de cambios en su anodina y deprimente existencia, paralela a la de su propio barrio: ambos se descomponen al paso, mas no para renacer como algo distinto, sino en todo similar a lo anterior.

Si con El estatus Alberto Olmos demostró su capacidad para narrar una intriga psicológica, con Ejército enemigo, que puede acometer una trama detectivesca. Es lo que se dice un autor versátil. Relacionando todas sus novelas, la similitud del narrador más reciente con el primero, aquél de A bordo del naufragio, parece evidente y así se ha señalado. Es la rabia. La rabia, sin embargo, nunca ha abandonado a Alberto Olmos. Juan Mal-herido rabia siempre, hasta cuando lee algo que le gusta. David, narrador de Trenes hacia Tokio, también rabiaba, aunque algo menos: le podía la melancolía y la desidia. La rabia motiva a Santiago y le conecta con su barrio, con la tierra, es su enlace telúrico: “Ver la tierra, ver que nuestras vidas se desarrollaban a ciegas a la tierra, ver de lo que estaba hecho mi barrio, de lo mismo de lo que estaba hecho el asentamiento de una tribu salvaje, de lo mismo de lo que estaba hecho un campo de batalla, de tierra y de rabia (…). La rabia nos había traído la tierra” (p. 138).

Tierra y rabia; tribu. Este párrafo alude a una suerte de naturaleza literaria, cierta autenticidad que recopiló y editó en Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder. Literatura en estado adánico, por elaborar, el germen de la literatura. A bordo del naufragio era así, un discurso incontenible, genuino. En Trenes hacia Tokio se contuvo un poco, con el tipo de contención que un karateka aplica a su pierna en una Mawashi geri. En El talento de los demás, en la distancia, encuentro demasiado empeño literario (eso es algo distinto de “voluntad de estilo”; por otra parte, quizá me falle la memoria). El estatus es pura contención. Es su mejor novela. Redonda, perfecta, una obra maestra (esa expresión vacía). Y Ejército enemigo tiene defectos: le sobra crónica, ensayo, cita… y vuelve a ser salvaje, tanto como una estampida de búfalos que se tomara un respiro de vez en cuando. ¿Es un paso atrás desde El estatus? Lo cierto es que tiene un buen puñado de páginas de auténtica literatura, con algunos de los mejores momentos de su obra: los dedicados a su barrio, en especial la persecución final, obra de un gran narrador y no sólo de un gran escritor: “Yo no podía oír otra respiración que la mía, ese aire que tomaba y devolvía, que tramitaba y desechaba, lúbrico y penúltimo”(P230).

Con tanto búfalo, patada y tribu rabiosa podríamos dudar de que Alberto Olmos tenga su corazoncito. Léase Trenes hacia Tokio: lo tiene. Pero no malgasta sensibilidad. El mundo que retrata Ejército enemigo (una novela en la que la realidad se puede mascar, nada que ver con el experimento centroeuropeo de El estatus) está hipersensibilizado, y para hablar de ello se interpone Santiago, un personaje al que identificamos como un caníbal ya en la primera página. Reconoceremos su ácida voz, que no su biografía: tiene el mismo timbre que el narrador innominado de A bordo del naufragio, pero ahora ostenta nombre y apellidos, y hasta pasado. Lo que no está tan claro es que tenga futuro, aunque la novela termina con algo que parece (o he querido que parezca) un destello de esperanza, algo inédito en la obra de Olmos (quizá no tanto: Yuka y Moe le dan a David chocolate de compromiso, pero ésta es esperanza para el mundo; yo me refiero a esperanza para el personaje).

Volviendo a Santiago, es un gilipollas (Alberto Olmos dice que es un hijo de puta; también David de Trenes dice serlo, pero no es verdad). Erotómano, narcisista, cobarde, ingenioso, cínico (“Nunca aportas nada. Sólo quemas”, p. 20, Daniel a Santiago), paranoico (los narradores de Alberto Olmos lo son, por hikikomoris). Para medir cuán odioso puede ser, piénsese en su oficio: es el encargado de llenar nuestras cuentas de correo de anuncios absurdos e innecesarios (es decir: de anuncios). Dice: “Me gusta que mis expectativas de éxito sean casi indistinguibles de mis posibilidades de fracaso” (p. 21).

En ese (este) mundo hipersensibilizado, “la solidaridad ha fracasado” porque “la solidaridad es una forma de ocio, una ficción para el puro entretenimiento de personas con mucho tiempo libre” (p. 77). Quien ha de acarrear cajas sin chistar porque, de otro modo, su familia se muere de hambre, no puede permitirse sentarse tres días en una plaza inventando consignas ni acampar con refugiados a cien mil kilómetros de casa. Aquí se concreta uno de los temas capitales de la narrativa de Olmos, la hipocresía, ahora la de quienes rellenan su vacío con las desgracias ajenas (como en El talento de los demás eran las camarillas de “talentosos” que usan la literatura como excusa de su abulia).

Otra preocupación de Olmos, que ocupa aquí largas páginas, es la modernidad. El ser moderno. Es célebre su artículo Por qué no leer a los clásicos, en el que defendía su lectura, pese a lo que diga el título, pero anteponiendo la obra más contemporánea, aquella que dialoga con el presente (pero los clásicos lo son porque, pese a su vejera, aún nos hablan a los lectores de hoy; de otro modo, pese a los intentos de resucitarlos al estilo von Frankenstein, se olvidan). En Trenes hacia Tokio se citaban artefactos tecnológicos al uso en el País del Sol Naciente, pero que al lector español casi le sonaban a ciencia ficción. En Ejército enemigo la reflexión sobre cómo nos ha cambiado internet, en concreto nuestros conceptos de intimidad y pudor, se hace a través del hábito pornógrafo de Santiago, de su inserción en redes sociales (una de invención olmesca, pero no descabellada, ChatChinko; la perturbadora ChatRoulette) y de su obsesión acosadora, al intentar reventar los correos electrónicos de sus conocidos.

Esta preocupación por la modernidad también se observa en el lenguaje. Su habitual cuidado estilístico, la excelencia de su sintaxis y la riqueza de su expresión le han valido el reconocimiento de Ricardo Senabre en sus entrañables codas gramaticales. En este aspecto, Ejército enemigo no es diferente al resto de su obra, si bien sí se aprecia un perfeccionamiento progresivo del que ésta más reciente se beneficia. Nunca le ha temblado el pulso a la hora de escribir términos urbanos, contemporáneos, quizá perecederos, cuando tantos escritores toleran sólo lo inmanente. Creo que Alberto Olmos es el único escritor del mundo que ha empleado el término colajet en una novela: lo he comprobado en Google Books, si me equivoco es su culpa. Este atrevimiento entra ahora en ebullición: mailmarketing, in, on, cool, fashion, friki, trendy, postpunk, putting edge, trash, bukake, bondage, forward, nickname, microblog, photolog, start ups, newsletter, MDMA, raccord, prepa, strapon, denim, storytelling, hoodie, asl, teoría queer, sin olvidarnos de las consabidas marcas (Nike, Adidas, Converse, Reebok). Por supuesto, el asunto de la solidaridad es tan actual como que se ha desbordado después de haber sido escrita la novela.

Sin embargo, los temas apuntados me parecen superficiales; no que hayan sido tratados superficialmente, sino que me parece encontrar otro más íntimo y permanente, la soledad. Santiago es, ante todo, un solitario. Quizá el más radicalmente solitario sea el narrador de A bordo del naufragio, pero los narradores de Alberto Olmos son solitarios, padecen soledad, y quizá de ahí la rabia y el cinismo y el atrincheramiento. Como la psicología no es lo mío, lo dejaré aquí, no sin antes apuntar un lamento de Santiago, página 102: “Su intimidad muerta puede a mi intimidad viva”.

Este larguísimo ensayo ha llegado a su fin (debo comprarme unas tijeras mentales).

Actualización, 1 de noviembre de 2011: Me dices que habiéndome gustado y emocionado, no parece que me haya hecho pensar. Que una buena novela debe hacer reflexionar, y nada he dicho sobre eso.  Es obvio que una novela que plantea temas candentes como ésta excita el pensamiento, y no es necesario ser muy explícito al respecto. Ya has visto el papiro que me ha salido siendo muy general, como para ir concretando. Cuando me encarguen la edición crítica, sólo entonces, lo haré.

Como habrás leído por ahí, se trata de una novela polémica en el plano reflexivo que  propone un replanteamiento de lo que entendemos como conciencia social, solidaridad y, aunque el movimiento no existía cuando la novela se escribió,  de la indignación popular suscitada por la crisis. Sin duda,  son éstas cuestiones sobre las que he estado día a día, no he necesitado leer Ejército enemigo para caer en ello, como tampoco tú, aunque es posible que las ideas expuestas te provoquen rechazo, al contrario que a mí, que soy parcialmente coincidente (mejor hacer algo que nada, sean cuales sean los motivos que mueven a la acción; la calidad de esos motivos puede afectar a la valoración de los actos). Quizá sí debí aclarar que las reflexiones “políticamente incorrectas” de la novela pueden producir, antes que un debate, un repliegue del lector. Como cuando tocas a un caracol. Pero eso no es culpa del autor, cuya misión es plantear la cuestión, no resolverla.

Entrevista con Alberto Olmos (El Cultural de El Mundo)

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Nov 08

Una nueva esperanza

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, K-Saurus.
Etiquetas: , , , , 8/11/2010

Escribía hace algún tiempo, cuando comenzó el estallido de los e-Reader, ahora realimentado con la irrupción del Tablet PC -especialmente el iPad de Apple-, que el e-book acabaría matando al escritor, al menos al escritor profesional, y mucho antes caerían las editoriales. A menos, escribía, que se inventara algo como el Spotify… Bueno, pues ya está aquí. Se llama 24symbols, es un proyecto español y estará listo en la primavera del año próximo.

Para entender cómo funciona, lo primero es conocer un poco a su modelo musical, Spotify. Se trata de una aplicación sueca para la audición de música vía streaming, es decir, sin descargar el tema a su ordenador, lo que limita la posibilidad de copia -pero no lo impide-. Este programa, gratuito o de pago a nuestra elección, funda su catálogo en acuerdos con las discográficas -podemos escuchar desde un aria de Schubert al último éxito de Lady Gaga-, por lo que es legal en todo caso, si bien algunos músicos han pedido que no se incluya su obra en la base. No es la panacea que va a resolver todos los problemas a la industria, pero es una brillante idea que ahora salta al mundo del libro, como antes lo hizo al audiovisual con Voddler -refrenen sus ansias, aún no está disponible en castellano-.

24symbols ofrecerá libros digitales para todo tipo de soporte, desde un ordenador de sobremesa hasta un móvil, a condición de que el aparato disponga de conexión a internet. Habrá, como en sus modelos, una versión gratuita con publicidad “contextual y no intrusiva” -¿como en las revistas?- y otra premium que, además de librarnos de las molestas cuñas, permitirá continuar leyendo off line. El precio de la suscripción aún está por decidir, pero calculan que cada trimestre cueste lo mismo que un libro en papel, unos dieciocho euros, seis por mes.

La claves del proyecto van a ser dos. Por un lado la distribución de soportes que, en España, aún va algo retrasada. Además, precisamente el aparato mejor diseñado para la lectura, el e-Reader basado en tinta electrónica, es el que presenta más problemas de compatibilidad, aunque solventarlos sólo parece cuestión de tiempo, conforme mejoren su conexiones a internet.

La segunda clave será la amplitud y profundidad de su catálogo. Spotify cuenta con una lista enorme de canciones contemporáneas, pero en cuanto a música clásica el aficionado puede quedar algo decepcionado. Es posible que a 24symbols le ocurra algo parecido, pues no dependen de ellos mismos sino de las titulares de los derechos de las obras, las editoriales. Éstas, monstruos pesados con una inercia genética enorme, llevan manteniendo un modelo de negocio que no ha cambiado en siglos, ni aún con la irrupción del libro digital, pues proyectos como Libranda reiteran la práctica editorial histórica: la venta del libro como objeto, ya sea analógico o digital.

Proyectos como este van en la dirección acertada. Internet ha llegado para quedarse y la industria cultural no puede quedarse cruzada de brazos confiando en que no es más que una moda pasajera y que todo volverá solo a su cauce previo. Y todo lo que sabíamos del consumo y del latrocinio y de su ética y su moral ha cambiado radicalmente, no porque los cínicos que defienden la piratería manejen argumentos válidos, ni porque la industria que se presenta como víctima no haya enseñado sus vergüenzas y abusos, en los que persevera con el mismo cinismo. Si 24symbols funciona, el escritor que quiera ganarse la vida escribiendo podrá seguir haciéndolo, y quien quiera colgar sus contenidos bajo etiquetas como Creative Commons, Copyleft o cualquier otra, no se ve perjudicado en modo alguno. Y el usuario verá aumentada considerablemente la oferta cultural, aunque no tenga acceso a todo en cualquier circunstancia.

Hoy nos movemos en un entorno saturado de publicidad, contra lo que nos advertían los maestros de la ficción distópica. Internet es un claro ejemplo, en el que la publicidad es agresiva y muchas veces hasta delictiva. Sin embargo, parece ser la respuesta a todos nuestros problemas. Pero eso será tema para otra ocasión. Mientras reflexiono sobre ello, me sentaré a esperar una invitación para 24symbols, que tengo ganas de catarlo.

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Ago 04

Cervantes y las despedidas de soltero

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: , , 4/08/2010

Gusta decir que don Miguel condensa las esencias patrias, que es el orgullo de los españoles. Su vida viajera permite señalar, en tantas poblaciones, la “Casa de Cervantes”, aunque en ella sólo residiera un tiempo breve o sólo estuviera de paso. Por supuesto, su obra no se lee, no se leen los clásicos, aburridos y anquilosados. Bueno, se lee el Día del Libro, pero cada lector sólo se aplica sobre un trocito del Quijote. Más, si de la obra cumbre de las letras españolas se habla más que se lee, menos aún son leídas otras menores, incluso fallidas, como La Galatea o Los trabajos de Persiles y Sigismunda, piezas de géneros extintos, tan difíciles de tomar en serio como la novela pastoril o la bizantina. Otra de las olvidadas, Viaje del Parnaso, ha tenido la fortuna de reverdecer en manos de Eduardo Vasco y la Compañía Nacional de Teatro Clásico; una de las mejores veladas teatrales que recuerdo.

Aunque no sea leído, nadie osa despreciar a don Miguel, Príncipe de las Letras, genio irrenunciable de la cultura española. Sin embargo, no lo fue hasta que así lo decidieron los ingleses que fueron, hay que reconocérselo, los primeros en advertir la grandeza literaria de Don Quijote. Aquí no era más que una novela de risas, y la risa, en España, resulta que no es seria. Algún rescoldo de esa amargura católica queda aún; un rescoldo presto a inflamarse, por otro lado: reír es rastrero, propio de la chusma. La gente seria, por supuesto, no ríe -o lo hace en la intimidad, sin ofender a nadie-. Sin embargo, ¿representan Cervantes o don Quijote y Sancho los valores de la sociedad española actual? ¿Tenemos razones para sentirnos orgullosos de don Miguel y de su obra?

Personalmente, me cuesta entender el orgullo ajeno, o la vergüenza ajena. Aunque los sienta. Pero no los entiendo. Supongo que tendrá que ver con alguna forma de empatía, con un error en su gestión psíquica. ¿Qué tuve yo que ver con el hallazgo de un nuevo continente? ¿Y con la victoria de Lepanto? ¿Con la redacción de Don Quijote? ¿Con el triunfo de la selección de fútbol en Sudáfrica? ¿Cómo voy a estar orgulloso de algo en lo que no tuve parte, si acaso beneficio? -Me convierte eso en aprovechado-. Y, al contrario, no me avergüenzo de los crímenes de Pizarro, ni de la tontuna de Fernando VII, o la intromisión de Rouco Varela en la vida civil española. Tengo mis responsabilidades al respecto, por supuesto. Debo conocer ese pasado en el que no tuve parte, pero sí beneficio o perjuicio. Soy, sin duda, consecuencia del viaje de Colón, de la tradición cultural en la que se inserta la obra cervantina, de la necedad del Rey Felón, y debo oponerme a las injerencias de cualquier religión en la vida civil, pública. Pero sentimientos como el orgullo o la vergüenza están fuera de lugar.

¿Y Cervantes? Admirarlo es suficiente. Me es más próximo que Shakespeare, a quien puedo leer a través del filtro de la traducción, a durísimas penas directamente. Más próximo que Dostoievski o Kafka, vedados en su lengua original -intenté aprender alemán, para leer El proceso; no funcionó: todo idioma con declinaciones debería ser prohibido o reformado, autoridades de la UNESCO-. Algo hay del mundo que retrata Cervantes que me es más familiar que una atmósfera petersburguesa, aunque las emociones de Lear o Raskólnikov o los Sutpen sean comunes a todo tiempo y lugar -de ahí que la literatura, por encima de Babel, sea universal-. Pero que el alcalaíno sea modelo de españoles… En su época ya era un resto del pasado, un soldado gentilhombre como los que empezaban a extinguirse, diezmados en los campos de batalla europeos, americanos y oceánicos -sin olvidar la miserable y ruin España de la época, de hambre y enfermedad-, su número ya insuficiente como para garantizar una nueva generación.

Uno de los sucesos más inesperados de la vida de don Miguel ocurre en su juventud, recién llegado a Madrid: Cervantes se bate en duelo con un tal Antonio de Sigura, lo hiere de gravedad y se ve perseguido por la justicia. Se ignora el motivo concreto, si tuvo que ver con sus orígenes plebeyos -su padre no era hidalgo, su madre sí- o con la ligereza moral de su hermana doña Andrea. En cualquier caso, un lance de honor, algo tan habitual en la época, en cualquier sociedad del Antiguo Régimen o de cualquiera de sus regímenes hermanos. Una sociedad muy tribal, todavía -como lo es la nuestra aún en los núcleos menores, aún en los dados en grandes urbes-. Una sociedad del honor y la vergüenza. Nada que ver con la actual. No es una degeneración, ni un avance. Es lo que es, dictado por las condiciones, tanto materiales como históricas. Hoy, los españoles que se dicen herederos de aquéllos -y en verdad lo son- persiguen ser humillados, ofendidos, vilipendiados y explotados. No es un proceso aislado, no es local. Pero lo hacen. Se dejan disfrazar y encadenar en sus despedidas de soltero, o van a programas de televisión donde son objeto de burla, de mofa y befa que decía don Pantuflo Zapatilla de Felpúdez. Con el único acicate de ser objeto de la mirada ajena, como un niño pequeño, al que no le importa su rostro arrasado en llanto y mocos si consigue que los adultos fijen en él su atención. Porque, no es eso tan sano de reírse de uno mismo: es reírse con los que se ríen de uno. Matices, dirán.

A pesar de los siglos pasados, una sociedad más inmadura. Puede que por haber renacido a finales del siglo XX, abolido al fin el Antiguo Régimen de las tribus, la honra y los duelos a espada. Pero en el que el individuo, al menos, conservaba un ápice de dignidad y se permitía defenderla.

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Dic 21

Aritmofobia (El juego de la ciencia, de Carlo Frabetti)

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: , , , , 21/12/2009

Más que al coco, al monstruo de debajo de la cama o al sacamantecas, el temor más extendido entre los niños es el miedo a las matemáticas. No deja de ser sorprendente, en una civilización que debe buena parte de su desarrollo a los números, este pavor, que Carlo Frabetti denomina “aritmofobia”. Lo hace en su último libro -que en realidad no es tal, pero lo es, sin dejar de no serlo-, El juego de la ciencia. Aunque se refiere a los adultos y, más aún, a una actitud “cultural” -en realidad, “anticultural”- de todo nuestro mundo occidental.

Cubierta de El juego de la cienciaSi bien desde que se nos enseñan los primeros rudimentos del conocimiento se insiste en la importancia del número y la vida numérica, es cierto que queda fuera del ámbito de la cultura. La cultura es el arte, la literatura, la historia, en fin, todo aquello susceptible de ser narrado o preguntado en una partida de Trivial Pursuit. Las matemáticas, entonces, quedan del lado de los saberes prácticos, como la cocina o la ebanistería, donde ocupa la cúspide.

La ciencia matemática es un saber práctico, tanto como teórico. Se estudian matemáticas para algo, para hacer algo con ellas. La cultura, por el contrario, se obtiene por su valor intrínseco. ¿Es realmente así? Cuando de niños aprendemos las operaciones básicas, se nos señala su utilidad cotidiana; cuando, algo más creciditos, nos ilustran acerca de operaciones complejas, como cálculo probabilístico o trigonometría, la practicidad de estos conocimientos está ligada a posibilidades laborales o de progresión en los estudios. Sin embargo, no se dan razones por las que haya que conocer el esfumato de Leonardo, el monólogo de Segismundo o la fecha de las Navas de Tolosa. Son saberes valiosos, y punto.

Ello lleva a una separación bastarda entre “ciencias” y “letras”, saberes mutuamente excluyentes y hostiles entre sí. El de “letras” difícilmente reconocerá la importancia de la geometría fractal -al margen de sus representaciones plásticas- y el de ciencias negará rotundamente que el conocimiento de las Partidas de Alfonso X, en cuanto código normativo extinto, sea relevante. Por eso, individuos híbridos como Frabetti, tanto en su faceta narrativa como ensayística o periodística, son tan necesarios. Esa fractura debe ser reparada, porque es absurda, porque es nociva.

Ya no estamos en una época en la que un individuo pueda acaparar todo el conocimiento humano. El último de esos individuos, según dicen los anglosajones, fue John Stuart Mill -aunque en realidad este tipo de ser humano no existió jamás, ni puede existir; y, en el sentido que se le da a la expresión, seguramente fue Goethe-. Pero eso no quiere decir que podamos rechazar parcelas tan amplias, y relevantes, del mundo. Porque “quienes dan la espalda al pensamiento cuantitativo se pierden nada menos que la posibilidad de leer el Libro del Universo, que como dijo Galileo, y antes que él Leonardo, está escrito en el lenguaje de los números” (p.58).

Aunque El juego de la ciencia es un libro interesantísimo por muchos motivos, a mí me parece que la aritmofobia es el gran enemigo a batir. Y soy reo de ella, lo he sido siempre. Me resulta reconfortante que Frabetti culpe al sistema educativo, pero no puedo menos que reconocer mi porción de responsabilidad. Los animales se paralizan ante las amenazas, pero el ser humano tiene el deber de enfrentarse a sus miedos, y vencerlos. Mas, no sólo es por orgullo de especie dominante. El conocimiento de la ciencia -y la ciencia también entra con letra- está lleno de momentos satisfactorios, de misterios tan emocionantes como los que pueden saltar mientras exploramos un viejo archivo.

Quizá la mayor dificultad sea idiomática: la ciencia se escribe en ese idioma tan imponente que son las matemáticas, que tan diferente es de nuestra lengua materna. Por fortuna, toda lengua puede ser aprendida -la lengua de la ciencia, como la lengua del arte, incluso la lengua de los chinos-. Y,como sabemos, otra de las asignaturas que más hostilidad produce es la del segundo idioma; como las matemáticas, se estudia poco y se aprende mal. ¿Será cierto que la causa de todo es la mala disposición del sistema educativo?

¿Que por qué El juego de la ciencia es un libro y no lo es? Esto es una tontería, es un libro, un sólido compuesto de celulosa, gomas y tinta, con páginas, cubiertas; con letras, con números. Pero tiene, también, una existencia incorpórea, digital. El juego de la ciencia es la columna que Carlo Frabetti tiene en Público (http://blogs.publico.es/ciencias/tag/frabetti), cuyos primeros 44 artículos se han recogido en un volumen, aunque “No creo que tenga mucho sentido publicar recopilaciones de artículos periodísticos, y menos aún si todos proceden de un mismo periódico y están disponibles en su página web”. Para felicidad de su editor, Frabetti no sólo encuentra innecesario el libro, sino que da las indicaciones necesarias para leerlo gratis.

Entonces, ¿por qué aceptó publicarlo? La respuesta la he hallado en la página 51; dijo Isaac Asimov que el dispositivo de lectura ideal debía: consumir la menor cantidad de energía posible, activarse con la mirada, adaptarse automáticamente al ritmo de lectura del usuario, ser barato, ser fácilmente transportable, resistir los golpes, etc. Es decir, el libro. De la misma manera que es absurda la guerra de los sexos, o la guerra de las ciencias y las letras, lo es la guerra entre internet y el libro. Sólo son formas de lo mismo.

El juego de la ciencia, Carlo Frabetti. Lengua de trapo, Madrid, 2009. 208 páginas, 18,60 €.

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Oct 22

Los viejos revolucionarios y sus olvidados méritos: Generación Mao, de Xinran Xue

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 22/10/2009

Generación Mao es una colección de entrevistas con la que la célebre periodista china Xinran, afincada en Londres, quiere dejar “un testamento a la dignidad de las vidas de la China moderna” (p. 19). No quiere que los jóvenes chinos olviden que “las posibilidades de la China contemporánea se han hecho realidad únicamente gracias a los sacrificios y los esfuerzos de sus antepasados” (p. 31).

Setenta aniversario del final de la Larga MarchaLos entrevistados son unos personajes tan extraordinarios como sencillos que vivieron los años de la Revolución, desde la Larga Marcha hasta la muerte de Mao Zedong, y que además han asistido a los cambios acaecidos desde entonces en la sociedad china. Personajes, generalmente pobres -los protagonistas de esa época eran casi todos campesinos y obreros, por mandato del Partido-, pero también técnicos e intelectuales que conocieron las más duras condiciones de vida. Un viaje por la China de hoy con los ojos puestos en la China de ayer.

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Oct 15

Alegoría de la sociedad multicultural: En la cocina, de Monica Ali

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 15/10/2009

Como los viejos autores del XIX, Monica Ali tenía la intención de escribir una novela que fuera un esquema de la escala social vigente y que a la vez que representación fuera crítica pues, como afirma uno de los personajes, hay más verdad en la ficción que en todos los libros de ciencia juntos. Encontró en un hotel, de lujo necesariamente decadente, el paradigma que buscaba. La imagen de la torre de Babel es ya un lugar común a la hora de referirse a la hostelería; y en la cocina del hotel Imperial, aunque el idioma no es en principio un problema, la diversidad de puntos de vista, de historias personales y de abanicos de emociones hacen difícil -aunque no imposible- la convivencia.

El chef Gabe lo cree tener todo bajo control. La cocina es pura ciencia, química, física, arroja resultados fiables cuando se manejan los ingredientes adecuados y se reproducen las condiciones necesarias. Está satisfecho con el ambiente multicultural y multiétnico de Londres y de su propio mundo, la cocina del restaurante del hotel Imperial. Gabe, que cree apreciar la perfección por encima de todo, que acude a clichés a la hora de discutir con su padre moribundo y su abuela senil acerca de la xenofobia que profesan -que es más una forma de nostalgia-, apenas ha rascado en la superficie, tanto de aquello que le rodea, como de su familia o de sí mismo.

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Sep 24

Vienen por doquier: Por tierra, mar y aire, de Robert D. Kaplan

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 24/09/2009

Durante dos años, el periodista Robert D. Kaplan dio la vuelta al mundo al lado de todas las ramas del poderosísimo ejército de los Estados Unidos de América, la nueva fuerza imperial desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Que Estados Unidos es el “imperio” es algo repetido hasta la saciedad, especialmente por algunos dirigentes más o menos bananeros de hispanoamérica. Cabría imaginar que a los norteamericanos les desagradaría tal acusación, del mismo modo que los españoles de los siglos dorados ponían todo su empeño en referirse a sí mismos como “la Monarquía”, rechazando -sólo en el nombre- toda asignación imperial. Pero no es así. El discurso de Kaplan, que podemos asimilar al discurso del Pentágono -que no facilita permisos de convivencia con sus muchachos alegremente-, reconoce la posición imperial de Estados Unidos de manera explícita. Los yanquis lo reconocen y actúan en consecuencia, algo que no va a cambiar mucho a pesar de la elección de Barack Obama -Kaplan sugiere, aunque el libro lo escribió antes del ascenso a la Casa Blanca del primer afroamericano, que con líderes “pacifistas” lo único que cambia es la presencia mediática de sus actividades, más silenciosas-.

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Mar 07

Alberto Olmos: Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder

Escrito en El T-rex que viene, El museo.
Etiquetas: , , , 7/03/2009

adanhomerLa literatura debe reinventarse constantemente, como Osiris, divinidad solar que moría cada día para renacer al siguiente. De igual modo, la novela lleva muriéndose más de un siglo, pero reaparece constantemente con formas nuevas, de tal modo que debería incluirse en su definición su carácter de ave fénix. Aunque, en realidad, la novela, la literatura en general, goza de buena salud; es la teoría la que, no pudiendo seguirla, la declara muerta y al fin debe reconocer que está viva y debe reconstruir sus doctrinas con los nuevos materiales: tarde, porque la novela, la literatura, ya ha mudado y viste plumajes nuevos.

En el guardapolvo de Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder, nuevo trabajo de Alberto Olmos -de quien ya hemos reseñado aquí Trenes hacia Tokio, El talento de los demás y Tatami-, aparece una bomba a punto de explotar (simula el mensaje de error de un Macintosh). Esa bomba es la que golpea a la teoría, que tendrá que enviar a sus TEDAX a desactivar este engendro que no se sabe si es literatura, ni quién es su autor; no es identificable la trama, ni el estilo. De lo que es la novela tradicional sólo podemos reconocer la existencia de unos personajes que, de todos modos, no tienen más relación entre sí que el medio donde publican sus textos, internet. Porque Alberto Olmos ha compuesto una novela de la que sólo ha escrito la Nota y los Créditos, y el material narrativo lo ha copypasteado de internet.

¿Quién es el autor? (Alberto Olmos respondió a esa pregunta solicitando una foto de grupo). Autores son todos, y el resultado es común. No se puede, como en un libro de cuentos colectivo, desgajar a uno de los autores y evaluarlo de manera independiente. La autoría de Olmos ha consistido en un entretejer textos que no son propios para componer un fresco coral –con la técnica evidente del collage- que es casi una novela-río, si bien internet es más un océano (pero hasta los océanos tienen sus ríos), donde el curso central es el ordenador de Olmos, en donde confluyen los diversos arroyos y corrientes. De algún modo es una actualización de La colmena, con una serie de personajes que discurren en paralelo, sin llegar ahora a rozarse.

Olmos ha concebido la obra “del texto a la textura”: lo que ha buscado es dotar de textura web a las historias de los personajes Eritrea, Supercrisis, Jeepster o el propio Olmos, que son personajes porque su existencia es digital y, ahora, de papel -Olmos entra en la novela a través de los correos electrónicos de su amigo Héctor-. Aportan texturas los textos robóticos, el spam, la nube de tags que copia o la encuesta de la bitácora Moleskine literario. Así pues lo relevante de esta novela no es el estilo, aunque no es indefinible, sino la textura y la estructura. Una estructura que obedece, como confiesa el editor en la Nota, a una “sana anarquía” y a su “curiosidad emocional” -no es difícil reconocer las semejanzas entre la amargura de Eritrea y la del protagonista innominado de A bordo del naufragio, la primera novela de Olmos-. El material lo ha ordenado (su “confesión de cookies”) partiendo de su propio blog, Hikikomori, y progresando “en círculos concéntricos”, como un DJ, inspirándose en el trabajo musical de The Avalanches, grupo australiano que compuso en 2000 el disco Since I Left You a partir de samples de muy diversos artistas (estrategia que copió luego Craig Armstrong para la banda sonora de Moulin Rouge).

Son textos provocadores, de una rebeldía a la antigua usanza, la que tatuaba con espray el desasosiego existencial o el rechazo profundo a las convenciones políticas y sociales en las paredes de la ciudad antes de los ridículos grafos. Es rabia desatada, que “es lo que promueve internet”. Es literatura en un estadio adánico, original (y por tanto es auténtica, no mera imitación del hipertexto). Muchos de estos materiales son los que, tradicionalmente, el escritor reelabora luego para dar lugar al relato común. Aquí quedan expuestas sus entrañas, como un Centro Pompidou literario. Son textos que obedecen a la necesidad íntima de expresión, la que siempre ha impelido a los escritores. Y de ese modo enlazan con la tradición.

¿Es literatura? Algunos ejemplos del libro lo son claramente, o tienen antecedentes claros en el diario, la columna periodística, el relato tradicional o la poesía. Otros, como los tweets o los SMS, quizá están más alejados de lo que comúnmente se entiende por literatura. Es el conjunto lo que resulta ser decididamente literario; pues no siempre el material que compone la obra literaria lo es, y sin embargo no cabe duda del carácter del producto final. Aquí es difícil desentrañar lo referencial, lo puramente literario, sin que importe realmente eso: “Lo literario está en el papel donde se imprime”.  Lo que queda a quien lea Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder es que en internet puede encontrar literatura valiosa; aunque,  de momento, el papel sigue dando prestigio (homologando, según Constantino Bértolo, editor de Caballo de Troya). A ver cuánto dura eso.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial…

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Mar 01

Kindle Killed de Writer Star

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: , , , 1/03/2009

 

Hablan por mi boca Fobos, Bali y Quentin Beck. El fondo del saco del alma, la parte que no ve la luz y no quiere verla. Leo la euforia que producen los avances tecnológicos en torno al libro, especialmente el Kindle de Amazon, el súper libro, el Aleph que se compra por 300 dólares y nos hace invulnerables al látigo de la ignorancia. Lo leo y me aterro. Se va cumpiendo aquello que avanzó el raro de Iván Illich, de que la pantalla se comería al libro. La tinta digital (e-ink) es el veneno que faltaba. Vale, admitámoslo, un aparato basado en la tinta electrónica, capaz de contener toda nuestra biblioteca deseada, los miles de libros que queremos leer, es la panacea del lector que, además, cuenta con la potencia del hipertexto. Y la aparición del Kindle de Amazon puede ser el golpe definitivo: “el primer dispositivo que rompe la maldición del libro electrónico y lo convierte en algo que desplazará a la lectura de libros físicos en un segmento significativo de usuarios en los próximos pocos años” (Enrique Dans). No puedo negar que el libro electrónico favorece al lector. Lo hace. Al escritor, que parece una parte relevante en esto de la literatura, lo matará.

Los libros arden en el patio de Alonso Quijano.

Según Javier Celaya (editor de Dosdoce.com; uno de tantos Gmork de este Devorador que es el libro electrónico; otros son Michael Hart o Kevin Kelly), con el libro digital el autor recibe el 80% de los ingresos. No está nada mal, contando con que los ingresos pueden ser nulos -otros no son tan optimistas; José Antonio Millán tiene un artículo excelente a este respecto en su blog, donde señala un porcentaje menor: entre el 30 y el 40 %-. La mayor parte de nada sigue siendo la mayor parte, diría Pangloss. Más aún, este leibniziano editor considera que, frente a la esperable piratería, “hay tecnología suficiente para proteger la obra”. Eso mismo debían pensar las discográficas, antes de arrancarse los pelos a puñados. En su análisis, pierden sólo los intermediarios entre el tándem autor-editor y el lector, pero este dinosaurio, que es más de Heguesías que de Leibniz, ve la irrefrenable muerte del editor -sí, me atrevo a contradecir a Jason Epstein- y la más que posible del autor, aunque con matices. Escribir sólo escribirá aquél que lo desee por encima de todo, y siempre y cuando cuente con una forma de ingresos alternativa a la escritura, porque nadie -o sólo alguno- paga por lo que puede obtener gratis. Sólo aquellos que admitan escribir en sus ratos libres -nos perderíamos a Flaubert- o que vivan de rentas se podrían permitir la escritura. Esto vuelve a beneficiar al lector, o al menos no le perjudica más de la cuenta. Pero a muchos posibles escritores les refrena y limita, quizá de manera definitiva.

Portable Content

En cuanto a la posible desparición del libro de papel, dudo mucho que esto llegue a ocurrir. Pasará que el libro tradicional se convertirá en un objeto de lujo, de coleccionista, para enamorados no tanto de la lectura como del ente libro. Para quienes disfrutan de su olor y tacto tanto como de su lectura. Pero está claro que, conforme las generaciones se hagan progresivamente más geek, el papel se irá restringiendo cada vez más a círculos elitistas. Hablemos también de precios. Un ebook cuesta, para quien decida pagarlo, unos 9 dólares (Amazon). El mismo libro, el tradicional objeto de papel, barniz, cola, cartón e hilos, unos 12 dólares. La diferencia no es mucha -aunque hay casos en los que es mucho más barato-, pero con el ebook el soporte lo pone el comprador. Y, al margen de valoraciones personales, vuelve a aparecer el fantasma de Drake y sus modernos seguidores: el ebook puede estar accesible por nada. ¿Para qué pagar cuando puedo no hacerlo? Porque no hay diferencia alguna entre el libro electrónico sisado y el pagado, a diferencia del libro tradicional, que es algo sólido que ninguna versión pirática puede ofrecer.

Otro aspecto negativo es que el libro entra en la dinámica de renovación y obsolescencia informáticos. Cada dispositivo sólo lee algunos archivos, luego éstos cambian y el aparato, carísimo, deja de ser útil (Miguel Ángel Criado, diario Público). La aparición de nuevos soportes deja fuera de juego a los anteriores. El ordenador, sapientísimo y vertiginoso, que aún no hemos terminado de pagar, ya está viejo y no tolera el nuevo ingenio de Bill Gates. Y sin embargo la edición Príncipe del Quijote aún se puede leer, si te la dejan. Incluso la piedra de Rosetta se puede leer, si el lector sabe algo de griego; y tiene más de dos mil años, mientras que mis caducos disquetes hace tiempo que pasaron a peor vida.

Biblioteca del Trinity College (Fuente: http://artedfactus.wordpress.com)

Está claro que el libro electrónico no sólo es posible: ya está aquí, y viene para quedarse y hacernos la vida imposible. Pero, señores editores, no se suiciden. No colaboren con el régimen de Barbanegra y, de paso, entreguen a los honrados escritores a Grendel, que los va a dejar mondos y ni las plumas va a escupir. ¿Hay alguna esperanza? En mi opinión, Spotify ha sido un paso asombroso en lo referente a la música. Con Spotify se vuelve innecesaria la descarga ilegal de música. Sólo falta que haya algo parecido para cine y, quizá, libros, para que la piratería reciba un duro golpe. Porque confiamos en la naturaleza humana, bondadosa y cándida, en que prefiere “hacer lo correcto” -como en las series yanquis- antes que rapiñar. Espero que mi maestro Heguesías no se enfade por este arranque roussoniano.

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