Formación celebérrima y de culto, La Fura dels Baus lleva agitando al público de todo el globo desde 1979. Espectáculo tras espectáculo, desde el ya mítico Accions, el ‘lenguaje furero’ ha ido consolidándose y el grupo asentándose en unos parámetros estilísticos y estéticos muy definidos y reconocibles entre actores y espectadores, con el objetivo debasados [...] [...more]
Formación celebérrima y de culto, La Fura dels Baus lleva agitando al público de todo el globo desde 1979. Espectáculo tras espectáculo, desde el ya mítico Accions, el ‘lenguaje furero’ ha ido consolidándose y el grupo asentándose en unos parámetros estilísticos y estéticos muy definidos y reconocibles entre actores y espectadores, con el objetivo debasados en la fusión de muy diversos elementos y técnicas, además de en la interacción alcanzar ese mito de la representación que es el espectáculo total. No obstante, tras veinticinco años de funciones, el modelo parecía agotado e incapaz de agitar ya a nadie más que superficialmente, con impactos poco duraderos y de escaso calado intelectual. En su búsqueda del espectáculo total se habían quedado en el mero espectáculo. Sólo restaba constatar su decaimiento o dejarlo en mero bache creativo.
Estrenado nada menos que en Japón, Metamorfosis es una libre interpretación del inagotable relato escrito por Franz Kafka en 1912; en esta ocasión La Fura se ha ceñido más al espíritu del texto que en XXX, su versión libérrima de La filosofía del tocador del Marqués de Sade, beneficiándose con ello de las virtudes de la obra original. Cabe, pues, añadir una interpretación más a la lista de Corngold, aunque en realidad haya tantas como lectores y, en este caso, espectadores. Única novela publicada en vida por Kafka, es también su obra más conocida y un enigma para hermeneutas y críticos que han buscado en ella claves y sentidos sin alcanzar, afortunadamente, un consenso. Es difícil que la desdicha de Gregorio Samsa deje de generar una reacción en el lector, aunque sea meramente de índole emocional, de ahí la universalidad del relato.
¿Quién puede ser Gregorio Samsa en el siglo XXI? ¿Por qué se encierra en su concha? Kafka no lo dice, y los autores se aferran a ello para erigir un drama existencialista cargado de detracción hacia el conformismo de la sociedad contemporánea. La especificidad de cada individuo resulta alienada por las convenciones de la masa; cabe entonces luchar por las propias convicciones, sumarse a la corriente o, en este caso, rehuir y enclaustrarse, en una concha o, como los hikikomori nipones, en la habitación. El dormitorio se convierte, para estos trastornados adolescentes, en el caparazón donde se sienten a salvo del horror que les acosa en el exterior. El mundo no les interesa o les aterra o ambas cosas; un rechazo recíproco fuerza la ruptura –que no es total, mantienen un hilo de comunicación a través del ordenador o la televisión- y comienza así el proceso de deshumanización que regresa a Gregorio a la condición de animal.
Esta involución es un recurso manido por La Fura. Sus actores trepan por el escenario, comen carne cruda, gruñen y gesticulan. Las emociones propias del ser humano se borran, vencida la razón y con la solidaridad en franca debilidad. La dejación de los padres y, posteriormente, de la hermana Grete, hunden a Gregorio en el abismo de la animalidad. Su familia no se explica la metamorfosis; lo entenderían si hubiera sido consecuencia de una experiencia bélica pero, a él ¿qué le ha ocurrido? Su vida parece totalmente normal y no son capaces de ver que puede haber muy diversos tipos de guerra. El cuerpo de Gregorio se consume y, como dice su amigo, cuando el envase se estropea, el interior se corrompe. Corrompido e incomprendido, “tu sufrimiento no nos sirve de nada” le espeta el padre. Nada le han hecho, son inocentes. La vida debe continuar.
Gregorio es un elemento extraño en el cuerpo social y, cuando esto ocurre, se forma un quiste. Éste puede permanecer ahí para siempre, o infectarse y entonces debe ser extirpado. Los pies quieren música, ansían danzar y ese quiste es un estorbo terrible. La Fura dels Baus ha quierido expresar, por un lado, la angustia del individuo sometido a las tensiones y exigencias de la sociedad urbana presente y, por otro, lo inane de la colectividad. Ésta ha optado por hacer de tripas corazón y bailar, salir de camping o al cine, renunciando a comprender y reprimiendo los conflictos hasta donde le es posible. La solución, pues La Fura ofrece una, generosamente, a los espectadores, es romper con todo y optar por la vía creativa y liberadora. Este progresista horizonte choca con el fondo ideológico conservador del que parten: el miedo como motor de la existencia humana.
Aparte de un par de estridencias en el desarrollo argumental propias de su afán provocador, pocos puntos negativos se le pueden achacar a este espectáculo. La Fura se ha reencontrado con el teatro, y ha salido ganando. La escenografía simbólica y sugerente, el uso del vídeo y las microcámaras y una adecuada banda sonora refuerzan el mensaje del texto y suponen además un valor añadido que enriquece sobremanera la representación. Empleando todos los recursos que nuestra época pone a su alcance han sabido recrear una historia potente, visualmente impactante, maravillosamente interpretada por el quinteto protagonista y que, esta vez sí, logra transmitir un contenido al margen de un continente que no se corrompe. Era un bache.