Dic 15

Némesis, de Philip Roth

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , 15/12/2011

Parece que me ha mirado un tuerto, nada me sale bien. Siempre estoy cansado. He recuperado unas grasas que sólo debí perder. Mi ordenador, después de un rato de uso, huele a chamusquina. Tampoco ganamos al Barça. Ana Botella será mi alcaldesa. No entiendo la poesía latina, ni qué tiene de bueno (excepto Las metamorfosis, Catulo y poco más). He olvidado aquello.  Sigo sin controlar eso.  No llamo a mis amigos. La mente está embotada, ella sabrá. Por favor, que me mire un águila, un lince me vale también.

La impresión general ante la obra reciente de Philip Roth es la de un autor en decadencia. Un autor en sus años provectos que, aun con mucho que decir todavía (la experiencia del envejecimiento, de la disolución, de la proximidad de la muerte) ve agotada su capacidad creativa y no alcanza a plasmar ese material reflexivo y emocional de manera literariamente imponente, como antaño. Un autor que, a pesar de ello y puesto en la balanza junto con sus contemporáneos suele salir airoso, tan corto se escribe ahora o tan bien lo hace, a pesar de todo, el anciano, o ambas; mas, si debe pesarse con su yo pasado, sale indefectiblemente derrotado, ampliamente derrotado. La contravida, La mancha humana, Pastoral americana, El animal moribundo, El mal de Portnoy, Operación Shylock o El teatro de Sabbath no han tenido competencia desde que en 2004 publicara La conjura contra América (que tampoco es su mejor obra, aunque es bien sólida). Hasta Némesis (que, debe decirse, tampoco es su obra maestra).

En Némesis volvemos a “su” Newark natal (pero es una Newark literaria, recuérdese, y es bien triste tener que recordarlo) durante un caluroso verano de los años cuarenta, cerca del final de la II Guerra Mundial, en el que se declara una epidemia sin precedentes de poliomielitis. La polio, como la tos ferina, fueron enfermedades terribles, como puede constatar cualquiera preguntando a sus abuelos. A la mía le causaban verdadero pavor, pese a estar ya erradicadas en el primer mundo. Y a los habitantes de Newark les provocaba semejante reacción. Conforme los niños van enfermando y van siendo conectados a “pulmones de acero” y finalmente muriendo, la población entera va sumiéndose en la desesperación y la locura. Pues, por añadidura, la ignorancia respecto de este mal era casi absoluta: no sabían curarla, pero tampoco cómo se transmitía y por tanto cómo podían evitar el contagio. Se culpaba al aire maloliente que el viento traía de las granjas de cerdos de una población cercana, o a los gargajos de los enfermos (la atmósfera antisemita de la época se plasma en la visita de una pandilla de italianos al barrio judío, con la ingenua intención de transmitirles la polio, que entonces en el barrio italiano, más pobre, causaba estragos, y entre los judíos todavía no), o se culpaba a los perritos calientes del bar, o al exceso de ejercicio físico, o al apretón de manos que exigía quien en España habría sido “el tonto del pueblo”.

Roth, como es habitual en su mejor producción economiza medios, se sirve de los recursos más tradicionales y, aparentemente, escribe una novela sencilla (aunque no deja de atisbarse la tramoya), y lo es en la superficie. Aquí el narrador es uno de esos niños enfermos, que al cabo de los años se encuentra con quien fuera su monitor de verano en la escuela, un héroe para aquellos niños. Éste le narra a él, y él a nosotros, cómo lidió con la enfermedad y finalmente la contrajo. Indudablemente, el narrador ya adulto (no es ninguno de los célebres de Roth) pone bastante material literario, no cabe imaginar que Bucky, como efectivamente apodaban a este héroe atlético pero corto de vista, narrara los hechos de la manera en que los leemos. Aquí la interposición de este narrador aleja el punto de vista y permite un relativo enjuiciamiento de los hechos y de las acciones y decisiones (¡ay, las decisiones!) del protagonista, al precio de restar inmediatez al relato. En la obra reciente de Philip Roth no hemos de esperar una estética de vanguardia, ni un empleo audaz de recursos novedosos (aunque en el pasado sí lo hizo mejora cuanto más sobrio), sino la residencia permanente en un universo propio (con Newark y Nueva York como capitales), la reelaboración, según la experiencia de la edad, de unos temas fijos (la necesidad del sexo, la enfermedad y muerte, los males de una sociedad en exceso vigilante y represiva, la impotencia y exposición del ser humano) y un oficio literario fuera de toda duda (de las veintidós mejores novelas estadounidenses entre 1980 y 2005 nada menos que seis son suyas).

En Elegía escribió que “la vejez no es una batalla, es una masacre”, y en Némesis encontramos una ampliación del aforismo. Aquí son masacrados los niños y los jóvenes como Bucky, que no fue aceptado por el ejército pero es un portento físico y un hombre querido y admirado por la comunidad por su valentía, su nobleza y su determinación. Sin embargo, frente a la enfermedad todo se desmorona, también el héroe, que huye de la ciudad a un campamento en el que trabaja su novia, un edén de paz, salud y vida natural, tan lejos de los pulmones de acero que mantienen vivos a los niños de Newark. Acostumbrado a sobreponerse a cualquier revés, Bucky sucumbe ante la imparable potencia de la enfermedad, y lo hace, a partir de ese momento, ante la culpa tanto como ante la polio. He aquí la raíz más profunda de la literatura de Roth, la indefensión del ser humano frente a los hechos, ya sea una enfermedad sin cura o la vejez o una sociedad que decide arrinconar a uno de sus miembros. El individuo puede indignarse, sentirse humillado, enloquecer; puede luchar, enfrentarse, combatir; pero, finalmente, será destruido. También puede rendirse, recluírse, arrinconarse por propia decisión. El optimismo de La conjura contra América ha desaparecido.

Aun con una dosis tal de pesimismo, Némesis supone la recuperación de Philip Roth, que vuelve a dar con un relato capaz de sostener su reflexión y un personaje capaz de fijarla, encarnarla, vivirla y sufrirla de modo memorable. Bucky no es Kepesh ni Zuckerman ni Portnoy, pero casi los alcanza en su condición de héroe trágico, abatido y aniquilado por un rival al que no podía vencer.

Palabra de Javier Avilés (El lamento de Portnoy)

“No sé si he sacado alguna experiencia positiva de la lectura de Némesis. Pero sigo a Zenón y contemplo la gran obra de Roth.”

(Es claro que disentimos en cuanto a la valoración de esta novela, pero el experto en Roth es él, no yo: háganle más caso, siempre.)

Palabra de Rafael Narbona (El Cultural)

“Nos encontramos con el mejor Philip Roth, narrador ágil e intuitivo, capaz de crear personajes y ensartarlos en una trama donde no hay elementos innecesarios ni digresiones que afecten a la unidad del relato.”

Palabra de José María Guelbenzu (Babelia)

“El narrador se descubre a media novela y será decisivo -muestra de la gran sabiduría narrativa de Roth a estas alturas de su vida de escritor- para poder elevar el relato a su mayor altura y poder exponerlo en toda su dimensión trágica.”

Palabra de Silvia Bardelás (El lector perdido)

“Se ve al autor construyendo, manejando el suspense, buscando soluciones, colocando una imagen que arregla un exceso de discurso, utilizando el diálogo para informar. Es difícil entender que Roth haya sido encumbrado como autor universal.”

(Sin desperdicio. Hay que enviársela al Roth, contiene valiosos consejos que le permitirán adecentar su obra y acercarse, al fin, al Nobel.)

Palabra de Juan Marqués (La tormenta en un vaso)

“Su grandeza está en el modo en el que aborda un tema que a otro novelista aparentemente más ambicioso le habría llevado a una novela mucho más gruesa, poliédrica y generalista.”

(El subrayado es mío.)

Palabra de José Lasaga (El imparcial)

“Me atrevería a sugerir que hay un hilo conductor que unifica sus cuatro últimas novelas. Es como si después de haber examinado el valor y sentido de las vidas humanas en su existencia histórica, por ejemplo, en la Trilogía americana, hubiera dado un paso más para adentrarse hacia la desnudez de esas mismas vidas haciendo que sus personajes se enfrenten con las fuerzas últimas que las gobiernan desde su nacimiento: por supuesto, el envejecimiento y la muerte en Elegía (2006) (…); el azar que golpea a ciegas y destruye una vida, no importa lo inmerecido que resulte (Indignación, 2008); la vejez como causa de disolución de la confianza en sí [en uno] mismo (…) (La humillación, 2009) y finalmente esta Némesis (2010), crónica de una “venganza” (…).”

Palabra de Eduardo Lago (El País)

“Llegó octubre de 2010, volvió a sonar su nombre, como cada otoño, entre los candidatos al Nobel. Una vez más, no se le concedió. Lo que sí llegó con la puntualidad de siempre fue una nueva novela, Nemesis, y con ella la sorpresa. A Roth le queda mucho por decir.”

Ficha de la novela en la editorial Mondadori

Entrevista con Philip Roth (El País)

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Feb 15

La humillación, de Philip Roth

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 15/02/2010

Se ha vuelto un lugar común, cuando aterriza en España una nueva obra de Philip Roth -en torno al comienzo de la primavera, aunque los lectores más intrépidos habrán leído antes la edición en inglés-, buscar comparaciones y concluir que se trata de “obra menor” de un autor enorme. Es inevitable. Tras La mancha humana, Pastoral americana o El animal moribundo todo parece pequeño, aún La conjura contra América o Elegía. Y sin embargo Philip Roth sólo puede medirse con la medida Roth, y las obras breves de los últimos años, que a la vez son intensas, compactas, tienen poco de enanas si las medimos con la misma vara que al resto.

Ahora bien, La humillación viene precedida por una considerable polémica que desató tras su publicación en Estados Unidos, donde el sexo, que en esta novela es explícito y morboso, mueve mucho dinero y también a muchas agrupaciones aburridas -otra forma de mover dinero-, a las que se sumaron algunas feministas superficiales que, cegadas por lo sexualmente turbio -y aparentemente falocrático- del relato, fueron incapaces de entender lo que se les estaba diciendo.

Esta novela es una extensión de aquel aforismo memorable de la espléndida Elegía, “la vejez no es una batalla, la vejez es una masacre”, idea que impulsa buena parte de la obra rothiana desde El animal moribundo. La humillación narra la masacre que la edad comete en el cuerpo -su espalda siempre doliente, sin remedio; sus células testiculares ochocientas veces divididas- y la psique de Simon Axler, de sesenta y cinco años, un actor de teatro “encerrado en el papel de hombre privado de sí mismo, de su talento y de su lugar en el mundo, un hombre detestable que no era más que el inventario de sus defectos” (p. 15). Su actuación y fracaso en el Kennedy Center es el Día D, hora 0 que inicia su desmoronamiento completo. “Sí, el impredecible cambio total y el poder que tiene” (p. 26).

La novela, que es una tragedia que sigue la estructura clásica -y lo que tiene de truculento evoca los mismos ecos-, tiene un segundo acto, “La transformación”, en el que se encuentra con Pegeen Stapleford, hija de unos antiguos amigos compañeros de profesión, veinticinco años menor que él y lesbiana. Ese es un inesperado reencuentro con la vida: “Axler recordaba su imagen de bebé pegada al pecho materno. Tenía una presencia vibrante, era firme, sana, estaba rebosante de energía, y de pronto él dejó de tener la sensación de que, sin su talento, se hallaba solo en el mundo” (p. 64). De pronto, olvida que la vejez es una masacre y se convence de que es una batalla, una batalla de la que puede salir victorioso.

“La reconstrucción de una vida tenía que empezar por alguna parte, y para él había empezado por su enamoramiento de Pegeen Stapleford, que, de manera sorprendente, era la mujer apropiada para realizar la tarea” (p. 133). Axler se aferra a esa esperanza, a esa fuerza vital. El sexo -¿redentor?- entre ambos prende la chispa de un fuego fatuo. A pesar de las advertencias de una Pitia furiosa, se aferra a esa fuente de vida, se siente Pigmalión. Pero Pegeen  es una de esas personas-escorpión de existencia caótica, que necesitan de ranas para seguir adelante y que, al igual que en la fábula, no pueden traicionar su naturaleza venenosa; como toda tragedia, La humillación culmina en un tercer acto apoteósico, que cierra, unifica y realza una obra que comienza atolondrada, avanza errabunda, y finalmente exhibe las claves de su grandeza.

Publicado originalmente en: El Confidencial

Ficha en Mondadori

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Oct 08

¿Quién se merece el Nobel de Literatura?

Escrito en El T-rex que viene, El museo.
Etiquetas: , , , 8/10/2008

Puede echarse en falta a César Aira, a Miguel Delibes, a Enrique Vila–Matas, a mil, y eso que hay que ceñirse a los vivos. Pero no existe un premio justo, aunque sí los haya injustos. Injusto fue darle el Nobel a Winston Churchill, a Toni Morrison o a Octavio Paz, aunque de esta otra anti–lista se podrían tachar todos y escribirse algunos nuevos. Y es que esto de los premios es puro subjetivismo y un salto sin red. Citemos los tres primeros concedidos por la Academia Sueca: Sully Prudhomme (1901), Theodor Mommsen (1902), Bjørnstjerne Bjørnson (1903). Que levante la manita quien haya leído algo de estos autores, o siquiera que les suene su nombre –por no hacernos los listos, confirmamos haber recurrido a Wikipedia, como todos–. El siguiente año se lo llevó nuestro José de Echegaray, que es un señor con nombre de calle –o al revés– donde en otro tiempo se iba en busca de consuelo. Pero ya tampoco lo lee nadie.

 

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Jun 04

Incombustible Philip Roth

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 4/06/2008

Philip Roth, que cumplió 75 años el pasado mes de marzo, publicará una nueva novela, la vigésimoquinta, el próximo otoño. La novela, que se titulará Indignation, ya cuenta con ficha en Amazon y, según Variety, sus derechos para el cine ya tienen propietario: Scott Rudin, productor de filmes como No es país para viejos, Closer o Las horas, entre muchas otras.

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Mar 01

Philip Roth: Sale el espectro

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 1/03/2008

Él se marcha. Se va para siempre”. Así concluye Sale el espectro, la última novela de Philip Roth y la postrera, se supone, de su heterónimo más interesante, Nathan Zuckerman. La gran creación de Roth es ahora un anciano de setenta años, impotente e incontinente cuya portentosa memoria empieza a ajarse. Ya en 2001, su otro “espejo”, Kepesh, se enfrentaba a la decrepitud y al acabamiento de forma bastante similar en El animal moribundo, pero más recientemente era el narrador innominado de Elegía quien se encontraba de frente con la mortalidad. Por su parte, Zuckerman ha afrontado, cree que exitosamente, la muerte social. Durante diez años ha vivido en el retiro de los Berkshires –uno de esos mágicos topoi literarios, como nuestra calle Huertas-, como antes lo hicieron Melville o Hawthorne o su maestro E. I. Lonoff.

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Nov 24

Philip Roth: El profesor del deseo

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 24/11/2007

Como aperitivo antes de que, en febrero, veamos impresa la última novela de Philip Roth, Mondadori reedita El profesor del deseo, segunda obra de la ‘Trilogía Kepesh’ -después de El pecho, también en Mondadori, y antes de El animal moribundo, en Alfaguara, que se hará película el año próximo, dirigida por Isabel Coixet y protagonizada por Ben Kingsley y Penélope Cruz-. En palabras de Baumgarten, ese personaje que habría sido Kepesh de no haber cedido a las presiones sociales, El profesor del deseo es “su investigación de las hipocresías, las beaterías y el aburrimiento del mundo literario y la tradición humanista”. David Kepesh, el narrador-protagonista de El profesor del deseo, es “un joven formal, solitario, más bien refinado, consagrado a la literatura europea y a los estudios lingüísticos” para quien los grandes escritores son los “arquitectos de mi mente” -en especial Chéjov y Kafka-. Pero, para los problemas que se le presentan, el mundillo académico e intelectual no es parte de la solución, sino parte del problema.

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Ene 01

Philip Roth: Elegía

Escrito en El museo.
Etiquetas: , 1/01/2006

De qué extrañas maneras percibimos los humanos la muerte. Dicen los ‘expertos’ que los animales sí entienden que morir es algo natural; por eso era tan fácil cazar bisontes, no huían, no se asustaban cuando un compañero se desplomaba falto de vida. Los humanos, sin embargo, percibimos la muerte como una injusticia, aunque este concepto sea inaplicable al caso, dado que se trata de un hecho necesario y universal y no exclusivamente humano ni dependiente de una decisión -pero en algunos casos sí-. Así pues, quizá lo que percibimos como injusticia no sea el hecho de morir, sino la inanidad de la vida vivida. Esta es una de las tenebrosas reflexiones que despliega Philip Roth en Elegía, sucinta novela de consumación -por oposición a la Bildungsroman mucho más común-.

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Ene 01

Philip Roth: La conjura contra América

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 1/01/2006

Otro de los eternos aspirantes al premio Nobel, Philip Roth vuelve a deslumbrarnos con una novela que inaugura un nuevo capítulo en su ya dilatada y variada carrera literaria. Roth ha sabido moverse entre diversos géneros novelísticos, desde el drama urbano hasta la novela policíaca, pasando por la comedia y la fantasía, y ahora la ucronía o historia virtual. En la Conjura, Roth elucubra acerca de lo que habría ocurrido si los republicanos estadounidenses hubieran presentado, en 1940 al célebre piloto Lindbergh como candidato presidencial. La historia ficción, historia virtual o ucronía es un subgénero muy de moda, tanto en narrativa como en historiografía (y cómic: la serie What if…? de Marvel). ¿Y si un personaje carismático como el piloto del Espíritu de San Luis se hubiera enfrentado al no menos carismático Franklin Delano Roosevelt? ¿Y si hubiera ganado? Aunque existen dudas acerca de su verdadera posición ideológica ante el nazismo hitleriano, no cabe duda que Lindbergh coqueteó con el fascismo, llegando a aceptar una relevante condecoración, y tampoco cabe duda que el héroe resultó un activista antisemita, involucrado con la asociación América Primero.

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