Echo de menos en la película Alatriste la Torre Dorada recortándose en el occiduo perfil madrileño, como báculo señero de un imperio en el que el sol aún no se ponía, pero declinaba. No podía ser de otro modo, porque en los años en que se desarrolla la película -más aún que los libros- la luz [...] [...more]
Echo de menos en la película Alatriste la Torre Dorada recortándose en el occiduo perfil madrileño, como báculo señero de un imperio en el que el sol aún no se ponía, pero declinaba. No podía ser de otro modo, porque en los años en que se desarrolla la película -más aún que los libros- la luz se va trocando en tiniebla mientras los ánimos decaen y las esperanzas se pierden. Viene a nuestro pensamiento el debatido asunto de la decadencia, que nunca fue tan claro como entonces, ni siquiera en el postrer imperio romano. Pues si en 1588 Felipe II perdía su gran flota, sin que se produjeran para la Corona más consecuencias que un leve disgusto y unas oraciones -por supuesto, los familiares de los fallecidos padecieron mucho más-, desde 1637 los desastres se van sucediendo ya sin posibilidad de recuperación, agotada España como estaba económica, anímica, política y militarmente.
Tras los éxitos de Nördlingen y Corbie las perspectivas para España eran halagüeñas. Eliminado el peligro sueco y con los tercios a las puertas de París, parecía que los hechos refrendaban el incombustible aliento español. Pero en 1637 Breda, la de las lanzas, era recuperada por Federico Enrique de Nassau. Dos años más tarde, Oquendo perdía la ya escuálida flota en las Dunas. Y luego: sublevaciones en Cataluña y Portugal y derrotas en Rocroi o Lens… Las raíces de la decadencia pueden rastrearse todo lo profundo que se quiera, siempre habrá algún hecho o decisión que apoye la teoría. Lo cierto es que, como dice sir John Elliot, España era un gigante con pies de barro; con la que estaba cayendo, el gigante no podía tenerse en pie mucho tiempo. Lo sorprendente es que aguantara tanto, y si lo hizo fue gracias al tesón y el empecinamiento de hombres como Diego de Alatriste y Tenorio, personaje ficticio pero no demasiado, pues hubo muchos alatristes, y éste sólo es uno de ellos.
Conocemos las aventuras de uno de aquellos soldados de intachable moral, siempre y cuando aceptemos como moral el código por el que se regían. Ese soldado, el capitán Contreras -que aparece como personaje y amigo de Alatriste en los libros de Pérez-Reverte-, dejó una imponderable memoria de su vida que quizá no fue escrita con el talento de un Quevedo, pero que perdura como testimonio antropológico de uno de aquellos aventureros que dominaron el mundo e imprimieron su carácter a todo el continente europeo. El imperio se sostuvo mientras hubo hombres como éstos. Luego sólo restaron vagabundos y pedigüeños, como amargamente lamentaban las autoridades. Claro que debemos agradecer a esas mismas autoridades la extinción de contreras y alatristes, que fueron doblando la rodilla rendidos de cansancio y desesperanza en los lejanos campos de batalla de Europa.
En la película podemos ver, bastante bien recreada, la derrota de Rocroi; fue la primera ocasión de relieve en la que los tercios fueron superados en campo abierto, en parte por la torpeza de su general Melo, en parte por la acusada decadencia de la caballería española. Antaño nutrida por lo más granado de la nobleza, empapada de los ideales de honra, por aquellos años ya no era ni la sombra de sí misma, tampoco tácticamente. La dejación de responsabilidades por parte de los aristócratas es una de la múltiples causas de la decadencia; después de todo, Dios no había querido que aquellas dignidades se desangraran lejos de sus palacios pues, como le dice Guadalmedina al capitán, “ni siquiera en la guerra somos iguales”. En Rocroi se ve claro: la falta de ‘cabezas’, una de las eternas quejas de Olivares, se hace patente y la falta de dirección competente arrastra a los soldados a la muerte y, en la península, a la ruina a todos los súbditos en general.
No obstante, pocos advertían el declinar del poderío español, dentro o fuera de España. Richelieu sí creyó en su victoria, fiado en la solidez del rocoso Estado francés frente a la fragilidad de la duna hispánica. Olivares también lo advertía en sus cartas y memoriales, aunque debido a su estilo quejumbroso y declamatorio no es seguro que lo creyera. No, el pueblo español seguía confiado, en fecha harto tardía como 1640, en la invencibilidad de la monarquía católica, como leemos en los Avisos de Pellicer. Se aferraban a pálidos éxitos como la ruptura del cerco a Fuenterrabía cuando deberían haber advertido, por un lado, la facilidad con que Francia reconstruía sus ejércitos tras sus derrotas y, por otro, la incapacidad logística de España para atacar al país vecino, como ya se vio en 1637, cuando Fernando de Austria tuvo que retirarse invicto y con París al alcance de su mano.
España llevaba cien años manteniendo guerras estériles, guerras que jamás podría ganar; y todo hombre avisado, incluidos los gobernantes, lo sabía. Enviaron a los alatristes y contreras a morir a Flandes -“iluminada por un sol negro”- o Alemania para mantener la honra -“sin Flandes no hay nada”-, a costa de la sangre de los combatientes y el sudor de los súbditos. Se descuidó la marina y se ignoraron las Indias, concebidas como la gran mina que debía surtir de moneda a la Corona aunque, conforme nos acercamos al s. XVIII, cada vez menos metales llegaban a la península y viajaban directamente al extranjero, a sostener las tropas de nuestros enemigos. Nunca tuvo dinero el Estado sino que lo tuvo comprometido de antemano para el pago de asientos. Y con una economía inoperante la reforma del resto de órdenes, también obsoletos, era imposible.
Alatriste y quien magníficamente lo interpreta, Viggo Mortensen, encarnan el ocaso de un mundo, como antes lo hizo Stephen Boyd en La caída del imperio romano. Mortensen pone rostro a la decadencia de toda una weltanschauung, pues no de otra cosa se trata. En la quiebra del entorno del capitán vemos un reflejo, a pequeña escala, de lo que ocurre en la grande; la degeneración física de María de Castro; la desaparición de los compañeros de batallas y aventuras -magnífico Echanove, renqueando en soledad mientras los versos quevedianos hielan el ánimo del espectador-; la degeneración moral de Íñigo; y por fin, la guerra. Los cabellos del capitán se cubren de nieve, y las cicatrices proliferan en su piel como en el corazón de una España, debilitada por agresiones externas, sí, pero más sin duda por sus propias vilezas.
“Si sales de esta, cuanta lo que fuimos”, le dice Copons a Íñigo en una memorable escena. El capitán Alatriste acaba de rechazar la oferta de una rendición honrosa: “agradezco sus palabras, pero este es un tercio de españoles”. Esto lo dice con un poco de recochineo, porque alemanes e italianos habían huido con el rabo entre las piernas y porque eso es lo que se esperaba de aquellos hombres, porque eso fue lo que hizo España una vez tras otra hasta que ya no le quedaron fuerzas. Todo por mantener la honra, y sin embargo perdieron la honra y la vida, así como el respeto que pocos años antes todo el orbe les guardaba. España se sacrificó en aras de una ideología que le exigía dicho sacrificio. En Flandes se puso el sol. Y los austrias españoles, que habían ligado su imperio a la conservación de la herencia de sus antepasados, desaparecieron en la noche de la historia dejando tras de sí una desolación que costó mucho superar.
Original, aquí