Estamos ante unas memorias atípicas. Lo son no sólo por su escaso volumen, unas 250 páginas, sino porque en ellas el autor habla menos de sí mismo que de otros y de la época que le tocó vivir. Además, dedica escaso texto a justificarse y menos aún a venganzas particulares. Así las cosas, ¿qué interés [...] [...more]
Estamos ante unas memorias atípicas. Lo son no sólo por su escaso volumen, unas 250 páginas, sino porque en ellas el autor habla menos de sí mismo que de otros y de la época que le tocó vivir. Además, dedica escaso texto a justificarse y menos aún a venganzas particulares. Así las cosas, ¿qué interés podrían tener unas memorias que dejan de lado los habituales juegos de la autoexculpación y el desquite, que deja guardados los trapos sucios propios y ajenos en el cajón? -alguno airea, sin embargo-. Ring Lardner compone el retrato de una edad, si no dorada, sí brillante, que por extremismos políticos se malogró. En estas memorias se refleja cómo una sociedad puede llegar a corromperse hasta hacer de la libertad y de la democracia una farsa; y todo ello contado con una ironía sutil y elegante, y con la rara satisfacción de encontrarse a las puertas de la muerte con los deberes hechos y nada que reprocharse.
El autor fue acusado, en 1947, de pertenecer al Partido Comunista de EE. UU. por el Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC). Lardner perteneció, de hecho, a dicho partido, pero su concepción del comunismo difería radicalmente de que Stalin implantaba a machamartillo en aquellos años. Esto es importante tenerlo en cuenta para valorar adecuadamente la pertinencia de su respuesta a la inquisición del comisionado: “Podría responder, pero si lo hiciera me odiaría cada mañana”. Para él, el comunismo -más valdría decir socialismo- era más fiel a los postulados que los padres de la nación americana plasmaron en la Constitución de 1788 -con sus enmiendas de 1791, tan importantes o más que el texto básico- que la deriva capitalista que llevó a su país a la Gran Depresión, primero, y a la oligocracia empresarial, después.
El socialismo debería ser la continuación natural de la Revolución americana, para conseguir por fin realizar el ideal de justicia social. Otra razón mediante la cual justifica su filiación comunista es su conocimiento de la URSS anterior a la IIª Guerra Mundial, antes de las deportaciones masivas, las persecuciones y el fin de la esperanza soviética. Consideraba por todo ello que EE. UU. estaba mejor preparado que Rusia para alcanzar este objetivo por vías no traumáticas, debido a la experiencia democrática que al segundo le faltaba. Sin embargo, la sociedad americana degeneró hasta llegar a su punto más bajo con la HUAC a partir de los años cuarenta. Este es un claro ejemplo, espléndidamente apuntado en este libro, de cómo la democracia puede pervertirse hasta quedar relegada al plano de la apariencia, de la sombra en la pared de la caverna.
Con un estilo risueño e irónico, Lardner va revelando todo el cinismo de un proceso que en muchos tramos nos recordará al narrado por Franz Kafka: los testigos se tornan en acusados por acogerse a sus derechos fundamentales. En aquellos años, la valiente sociedad que fue la americana se volvió una sociedad aterrada que recurrió a una forma encubierta de dictadura. Los norteamericanos no volvieron inocentes de las ruinas de la Alemania nazi, pero afortunadamente la enorme masa crítica y la inercia democrática de una gran nación impidió, por el momento, el desastre total. A quienes se juzgó que amenazaban el carácter eterno de Estados Unidos se les aplicaron códigos tribales y no democráticos, toda vez que la sociedad había perdido la confianza en unas leyes que, creían, ya no les protegían suficientemente.
Así, el castigo más cruel que padecieron los Diez no fue la cárcel, sino la exclusión social: fueron degradados al nivel de parias, y su nombre se convirtió en una lacra. Como expresa el autor, con lúcido humor: “En Hollywood, la gente se desvivió por nosotros: unos pocos para expresar su apoyo, la mayoría para evitar nuestra presencia” (p. 24). Y ni aún así se consiguió silenciar a una generación mal llamada “perdida”. Muchos de ellos, a través de guiones encubiertos, consiguieron varios óscares. Es una de las más dolorosas paradojas del arte: en ambientes de opresión y angustia surgen los mejores creadores y la criba es más exigente. Quienes sobrevivieron -artísticamente- a la HUAC, a la lista negra, a la persecución de la Legión Católica de la Decencia, lo hicieron por su talento y tenacidad, mientras que los menos dotados abandonaron.
A excepción del capítulo penúltimo, en el que su crítica a la religión -cristiana- la lleva a cabo mediante argumentos demagógicos y en gran medida falaces -cuando le habría bastado recurrir a su propia experiencia vital para realizar una crítica legítima-, se trata de una lectura apasionante que, además de la política, incluye anécdotas del cine de los años cuarenta, una necesaria defensa del guionista y el recuerdo de su propio padre, Ring Lardner senior, quien fue uno de los grandes periodistas y cuentistas del primer tercio del siglo XX -pueden leer una antología de sus relatos en A algunos les gustan frías, Acantilado, 1995-. Tampoco se puede obviar la deficiente corrección que ha sufrido el texto – Barataria debería darle un repaso antes de la próxima reimpresión-.
Es de gran interés, para finalizar, advertir la semejanza entre aquella situación de crisis social con la situación presente, no sólo en EE. UU. ¿Es posible que haya nuevas listas negras? El autor cree que no, pero se sorprende por el “retorno de lo irracional a nuestra vida política y social en forma de fundamentalismo religioso”, ya antes del 11-S. Otros autores, como Kurt Vonnegut en otras atípicas memorias recientes, no lo ven tan claro y denuncian lo avanzado de un proceso que, de nuevo, puede levantar el espíritu de la caza de brujas.
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