Jun 18

Mirar al agua y El tesoro de Sierra Madre

Escrito en El T-rex que viene, El museo.
Etiquetas: , , , 18/06/2009

 

witkin1La creación como motivo. Mirar al agua. Javier Sáez de Ibarra

 

Todo libro, de cualquier género, que tenga que ver con el arte contemporáneo, debe empezar por el principio: el pasmo del espectador y un principio de entendimiento. Así ocurre en Mirar al agua, Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, que arranca con el relato que da nombre al conjunto y en el que el misterio del arte y del amor se funden para principiar una respuesta al divorcio existente entre el hombre común y el arte de nuestra época. Y es que, como destacó el jurado, no es muy habitual en nuestras letras el diálogo con las artes plásticas, como sin embargo sí lo es en las anglosajonas. El propio autor lo anuncia en uno de los lemas del libro –por otra parte muy cargado de éstos, todos significativos y orientativos-, una cita de Iván de la Nuez: “el arte le ofrece a la literatura la posibilidad de continuar, desde otras perspectivas, sus labores narrativas o sus tareas como cartero de la sabiduría. El choque entre ambos ámbitos producirá seguramente una nueva poética del siglo que empieza”…

 

La quimera del oro. El tesoro de Sierra Madre. B. Traven.

 

 

Hay novelas condenadas a sobrevivir por mor de sus descendientes fílmicos, que gozan de un mayor reconocimiento y, a veces, de una mejor factura. El caso más conocido es Lo que el viento se llevó, pero El tesoro de Sierra Madre es igualmente prototípico. La gran película de John Huston es uno de los clásicos del cine norteamericano de la edad dorada -y uno de los últimos- y, en muchos aspectos, supera a la novela de Bruno Traven, un escritor inquieto y enigmático que siempre huyó de la celebridad y el reconocimiento sembrando de pistas falsas su biografía y cambiando periódicamente de seudónimo -su nombre real es desconocido-…

 

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Jun 04

Incombustible Philip Roth

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 4/06/2008

Philip Roth, que cumplió 75 años el pasado mes de marzo, publicará una nueva novela, la vigésimoquinta, el próximo otoño. La novela, que se titulará Indignation, ya cuenta con ficha en Amazon y, según Variety, sus derechos para el cine ya tienen propietario: Scott Rudin, productor de filmes como No es país para viejos, Closer o Las horas, entre muchas otras.

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May 27

‘Los tres cerditos’ cumplen 75 años

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 27/05/2008

Tal día como hoy, hace tres cuartos de siglo, Walt Disney estrenaba la versión animada del cuento Los tres cerditos. Como solía hacer el genio ¿almeriense?, adaptó un cuento del folclore europeo, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, aunque las versiones ‘oficiales’ se remontan al siglo XVIII. Los fabuladores de la época explotaron bien la naturaleza moral del relato, que avisa sobre los perjuicios de la pereza y la imprevisión.

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Oct 20

Virginie Despentes: Teoría King-Kong

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 20/10/2007

Es posible que el nombre Virginie Despentes les suene poco, quizá algo más la adaptación al cine de su novela, Baise Moi (Fóllame), un filme bastante mediocre cuya única virtud era la de ofrecer algo de porno disfrazado de reflexión antimachista y que reflejaba la actitud vengativa de la autora -con motivo, eso sí-. En ese sentido, aunque con mayor interés, desarrolla Teoría King Kong, un ensayo onanista -“ser Virginie Despentes me parece un asunto más interesante que ningún otro” en el que se presenta como una “proletaria de la feminidad” y lo hace con la soltura del cantautor millonario que sigue componiendo baladas para los oprimidos.

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Dic 30

Ring Lardner Jr.: Me odiaría cada mañana

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 30/12/2006

Estamos ante unas memorias atípicas. Lo son no sólo por su escaso volumen, unas 250 páginas, sino porque en ellas el autor habla menos de sí mismo que de otros y de la época que le tocó vivir. Además, dedica escaso texto a justificarse y menos aún a venganzas particulares. Así las cosas, ¿qué interés podrían tener unas memorias que dejan de lado los habituales juegos de la autoexculpación y el desquite, que deja guardados los trapos sucios propios y ajenos en el cajón? -alguno airea, sin embargo-. Ring Lardner compone el retrato de una edad, si no dorada, sí brillante, que por extremismos políticos se malogró. En estas memorias se refleja cómo una sociedad puede llegar a corromperse hasta hacer de la libertad y de la democracia una farsa; y todo ello contado con una ironía sutil y elegante, y con la rara satisfacción de encontrarse a las puertas de la muerte con los deberes hechos y nada que reprocharse.

El autor fue acusado, en 1947, de pertenecer al Partido Comunista de EE. UU. por el Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC). Lardner perteneció, de hecho, a dicho partido, pero su concepción del comunismo difería radicalmente de que Stalin implantaba a machamartillo en aquellos años. Esto es importante tenerlo en cuenta para valorar adecuadamente la pertinencia de su respuesta a la inquisición del comisionado: “Podría responder, pero si lo hiciera me odiaría cada mañana”. Para él, el comunismo -más valdría decir socialismo- era más fiel a los postulados que los padres de la nación americana plasmaron en la Constitución de 1788 -con sus enmiendas de 1791, tan importantes o más que el texto básico- que la deriva capitalista que llevó a su país a la Gran Depresión, primero, y a la oligocracia empresarial, después.

El socialismo debería ser la continuación natural de la Revolución americana, para conseguir por fin realizar el ideal de justicia social. Otra razón mediante la cual justifica su filiación comunista es su conocimiento de la URSS anterior a la IIª Guerra Mundial, antes de las deportaciones masivas, las persecuciones y el fin de la esperanza soviética. Consideraba por todo ello que EE. UU. estaba mejor preparado que Rusia para alcanzar este objetivo por vías no traumáticas, debido a la experiencia democrática que al segundo le faltaba. Sin embargo, la sociedad americana degeneró hasta llegar a su punto más bajo con la HUAC a partir de los años cuarenta. Este es un claro ejemplo, espléndidamente apuntado en este libro, de cómo la democracia puede pervertirse hasta quedar relegada al plano de la apariencia, de la sombra en la pared de la caverna.

Con un estilo risueño e irónico, Lardner va revelando todo el cinismo de un proceso que en muchos tramos nos recordará al narrado por Franz Kafka: los testigos se tornan en acusados por acogerse a sus derechos fundamentales. En aquellos años, la valiente sociedad que fue la americana se volvió una sociedad aterrada que recurrió a una forma encubierta de dictadura. Los norteamericanos no volvieron inocentes de las ruinas de la Alemania nazi, pero afortunadamente la enorme masa crítica y la inercia democrática de una gran nación impidió, por el momento, el desastre total. A quienes se juzgó que amenazaban el carácter eterno de Estados Unidos se les aplicaron códigos tribales y no democráticos, toda vez que la sociedad había perdido la confianza en unas leyes que, creían, ya no les protegían suficientemente.

Así, el castigo más cruel que padecieron los Diez no fue la cárcel, sino la exclusión social: fueron degradados al nivel de parias, y su nombre se convirtió en una lacra. Como expresa el autor, con lúcido humor: “En Hollywood, la gente se desvivió por nosotros: unos pocos para expresar su apoyo, la mayoría para evitar nuestra presencia” (p. 24). Y ni aún así se consiguió silenciar a una generación mal llamada “perdida”. Muchos de ellos, a través de guiones encubiertos, consiguieron varios óscares. Es una de las más dolorosas paradojas del arte: en ambientes de opresión y angustia surgen los mejores creadores y la criba es más exigente. Quienes sobrevivieron -artísticamente- a la HUAC, a la lista negra, a la persecución de la Legión Católica de la Decencia, lo hicieron por su talento y tenacidad, mientras que los menos dotados abandonaron.

A excepción del capítulo penúltimo, en el que su crítica a la religión -cristiana- la lleva a cabo mediante argumentos demagógicos y en gran medida falaces -cuando le habría bastado recurrir a su propia experiencia vital para realizar una crítica legítima-, se trata de una lectura apasionante que, además de la política, incluye anécdotas del cine de los años cuarenta, una necesaria defensa del guionista y el recuerdo de su propio padre, Ring Lardner senior, quien fue uno de los grandes periodistas y cuentistas del primer tercio del siglo XX -pueden leer una antología de sus relatos en A algunos les gustan frías, Acantilado, 1995-. Tampoco se puede obviar la deficiente corrección que ha sufrido el texto – Barataria debería darle un repaso antes de la próxima reimpresión-.

Es de gran interés, para finalizar, advertir la semejanza entre aquella situación de crisis social con la situación presente, no sólo en EE. UU. ¿Es posible que haya nuevas listas negras? El autor cree que no, pero se sorprende por el “retorno de lo irracional a nuestra vida política y social en forma de fundamentalismo religioso”, ya antes del 11-S. Otros autores, como Kurt Vonnegut en otras atípicas memorias recientes, no lo ven tan claro y denuncian lo avanzado de un proceso que, de nuevo, puede levantar el espíritu de la caza de brujas.

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Sep 02

Alatriste, el héroe del ocaso

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 2/09/2006

Echo de menos en la película Alatriste la Torre Dorada recortándose en el occiduo perfil madrileño, como báculo señero de un imperio en el que el sol aún no se ponía, pero declinaba. No podía ser de otro modo, porque en los años en que se desarrolla la película -más aún que los libros- la luz se va trocando en tiniebla mientras los ánimos decaen y las esperanzas se pierden. Viene a nuestro pensamiento el debatido asunto de la decadencia, que nunca fue tan claro como entonces, ni siquiera en el postrer imperio romano. Pues si en 1588 Felipe II perdía su gran flota, sin que se produjeran para la Corona más consecuencias que un leve disgusto y unas oraciones -por supuesto, los familiares de los fallecidos padecieron mucho más-, desde 1637 los desastres se van sucediendo ya sin posibilidad de recuperación, agotada España como estaba económica, anímica, política y militarmente.

Tras los éxitos de Nördlingen y Corbie las perspectivas para España eran halagüeñas. Eliminado el peligro sueco y con los tercios a las puertas de París, parecía que los hechos refrendaban el incombustible aliento español. Pero en 1637 Breda, la de las lanzas, era recuperada por Federico Enrique de Nassau. Dos años más tarde, Oquendo perdía la ya escuálida flota en las Dunas. Y luego: sublevaciones en Cataluña y Portugal y derrotas en Rocroi o Lens… Las raíces de la decadencia pueden rastrearse todo lo profundo que se quiera, siempre habrá algún hecho o decisión que apoye la teoría. Lo cierto es que, como dice sir John Elliot, España era un gigante con pies de barro; con la que estaba cayendo, el gigante no podía tenerse en pie mucho tiempo. Lo sorprendente es que aguantara tanto, y si lo hizo fue gracias al tesón y el empecinamiento de hombres como Diego de Alatriste y Tenorio, personaje ficticio pero no demasiado, pues hubo muchos alatristes, y éste sólo es uno de ellos.

Conocemos las aventuras de uno de aquellos soldados de intachable moral, siempre y cuando aceptemos como moral el código por el que se regían. Ese soldado, el capitán Contreras -que aparece como personaje y amigo de Alatriste en los libros de Pérez-Reverte-, dejó una imponderable memoria de su vida que quizá no fue escrita con el talento de un Quevedo, pero que perdura como testimonio antropológico de uno de aquellos aventureros que dominaron el mundo e imprimieron su carácter a todo el continente europeo. El imperio se sostuvo mientras hubo hombres como éstos. Luego sólo restaron vagabundos y pedigüeños, como amargamente lamentaban las autoridades. Claro que debemos agradecer a esas mismas autoridades la extinción de contreras y alatristes, que fueron doblando la rodilla rendidos de cansancio y desesperanza en los lejanos campos de batalla de Europa.

En la película podemos ver, bastante bien recreada, la derrota de Rocroi; fue la primera ocasión de relieve en la que los tercios fueron superados en campo abierto, en parte por la torpeza de su general Melo, en parte por la acusada decadencia de la caballería española. Antaño nutrida por lo más granado de la nobleza, empapada de los ideales de honra, por aquellos años ya no era ni la sombra de sí misma, tampoco tácticamente. La dejación de responsabilidades por parte de los aristócratas es una de la múltiples causas de la decadencia; después de todo, Dios no había querido que aquellas dignidades se desangraran lejos de sus palacios pues, como le dice Guadalmedina al capitán, “ni siquiera en la guerra somos iguales”. En Rocroi se ve claro: la falta de ‘cabezas’, una de las eternas quejas de Olivares, se hace patente y la falta de dirección competente arrastra a los soldados a la muerte y, en la península, a la ruina a todos los súbditos en general.

No obstante, pocos advertían el declinar del poderío español, dentro o fuera de España. Richelieu sí creyó en su victoria, fiado en la solidez del rocoso Estado francés frente a la fragilidad de la duna hispánica. Olivares también lo advertía en sus cartas y memoriales, aunque debido a su estilo quejumbroso y declamatorio no es seguro que lo creyera. No, el pueblo español seguía confiado, en fecha harto tardía como 1640, en la invencibilidad de la monarquía católica, como leemos en los Avisos de Pellicer. Se aferraban a pálidos éxitos como la ruptura del cerco a Fuenterrabía cuando deberían haber advertido, por un lado, la facilidad con que Francia reconstruía sus ejércitos tras sus derrotas y, por otro, la incapacidad logística de España para atacar al país vecino, como ya se vio en 1637, cuando Fernando de Austria tuvo que retirarse invicto y con París al alcance de su mano.

España llevaba cien años manteniendo guerras estériles, guerras que jamás podría ganar; y todo hombre avisado, incluidos los gobernantes, lo sabía. Enviaron a los alatristes y contreras a morir a Flandes -“iluminada por un sol negro”- o Alemania para mantener la honra -“sin Flandes no hay nada”-, a costa de la sangre de los combatientes y el sudor de los súbditos. Se descuidó la marina y se ignoraron las Indias, concebidas como la gran mina que debía surtir de moneda a la Corona aunque, conforme nos acercamos al s. XVIII, cada vez menos metales llegaban a la península y viajaban directamente al extranjero, a sostener las tropas de nuestros enemigos. Nunca tuvo dinero el Estado sino que lo tuvo comprometido de antemano para el pago de asientos. Y con una economía inoperante la reforma del resto de órdenes, también obsoletos, era imposible.

Alatriste y quien magníficamente lo interpreta, Viggo Mortensen, encarnan el ocaso de un mundo, como antes lo hizo Stephen Boyd en La caída del imperio romano. Mortensen pone rostro a la decadencia de toda una weltanschauung, pues no de otra cosa se trata. En la quiebra del entorno del capitán vemos un reflejo, a pequeña escala, de lo que ocurre en la grande; la degeneración física de María de Castro; la desaparición de los compañeros de batallas y aventuras -magnífico Echanove, renqueando en soledad mientras los versos quevedianos hielan el ánimo del espectador-; la degeneración moral de Íñigo; y por fin, la guerra. Los cabellos del capitán se cubren de nieve, y las cicatrices proliferan en su piel como en el corazón de una España, debilitada por agresiones externas, sí, pero más sin duda por sus propias vilezas.

“Si sales de esta, cuanta lo que fuimos”, le dice Copons a Íñigo en una memorable escena. El capitán Alatriste acaba de rechazar la oferta de una rendición honrosa: “agradezco sus palabras, pero este es un tercio de españoles”. Esto lo dice con un poco de recochineo, porque alemanes e italianos habían huido con el rabo entre las piernas y porque eso es lo que se esperaba de aquellos hombres, porque eso fue lo que hizo España una vez tras otra hasta que ya no le quedaron fuerzas. Todo por mantener la honra, y sin embargo perdieron la honra y la vida, así como el respeto que pocos años antes todo el orbe les guardaba. España se sacrificó en aras de una ideología que le exigía dicho sacrificio. En Flandes se puso el sol. Y los austrias españoles, que habían ligado su imperio a la conservación de la herencia de sus antepasados, desaparecieron en la noche de la historia dejando tras de sí una desolación que costó mucho superar.

Original, aquí

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