Nov 25
Daniel Kehlmann: La medición del mundo
Escrito en El museo.
Etiquetas: Alexander von Humboldt, Carl Friedrich Gauss, Daniel Kehlmann, literatura alemana, literatura y ciencia25/11/2006
El ser humano siempre ha llenado su espacio de señales orientadoras, bien en un plano físico -miliarios, cruceros, balizas-, bien en un plano intelectual -mitos, sistemas filosóficos o teológicos, teorías científicas-. La medición y ordenación del mundo es una de las grandes labores de la humanidad, no sólo en cuanto a su practicidad sino, y especialmente, en cuanto a su valor intrínseco existencial. Si es difícil responder a la pregunta por nuestro origen, e imposible decir a dónde vamos, no lo es situarnos en el presente espacio-temporal y saber, al menos, dónde estamos. La historia de la cartografía desde los grabados de Bedolina hasta la moderna fotografía por satélite es una suerte de cómic que ilustra el desarrollo del conocimiento humano y sus herramientas de medición e interpretación del mundo. Y en esta historia, Gauss y Alexander von Humboldt suponen un capítulo de relieve tanto por sus aportaciones como, especialmente, por su condición paradigmática en cuanto ‘mundimensores’.
La novela de Daniel Kehlmann -y que viene avalada nada menos que por el exigente Reich-Ranicki – toma a estos dos personajes históricos como motivo para un cuadro en el que se representa el contexto intelectual de la Alemania ilustrada. La ciencia se encontraba entonces en un momento de ingenuidad infantil, con todo el campo por explorar –todo el mundo por medir- y sin haber sufrido aún desengaño serio alguno. Ambos presentan la insaciable necesidad de medir su entorno, porque “medir era un arte excelso, insistió Humboldt. Una responsabilidad que no podía tomarse a la ligera”, y “había que ser tan preciso que la irrupción del desorden fuera imposible”. De la misma manera que los mitos hablaban de la victoria de la razón -los dioses- sobre el caos -los titanes-, la medición del mundo desterraba para siempre el desorden de la ignorancia. Así, desconocer la medida exacta de un campo o la altura precisa de una colina “ofendía la razón y le inquietaba”, porque “las cifras desterraban el desorden, incluso el de la fiebre”.
Ahora bien, más allá de la narración del célebre viaje de Humboldt o de las explicaciones matemáticas de Gauss, Kehlmann profundiza en los personajes, en los que destaca su humanidad. Su composición psicológica es magnífica, y bastan las siete páginas del primer capítulo para presentar y definir a los personajes por sus actitudes, creando un nudo emocional que difícilmente se va a romper hasta que acabe la novela –quizá ni entonces se rompa-. La medición del mundo es también la peripecia humana de estos dos genios, de su inevitable y descorazonadora separación de la sociedad humana, bien porque van unos pasos por delante, o bien porque, en su ancianidad, se han quedado rezagados.
El lector padece con Gauss cuando empieza a advertir que la velocidad de su pensamiento se va ajustando a la de sus interlocutores, o con Humboldt cuando sus ayudantes miden con mayor precisión el Volga. Kehlmann emplea con solvencia las iteraciones para marcar el contraste entre el vigor juvenil de sus personajes y su provecta decadencia; buen ejemplo de ello es el paralelismo de Humbold con el avezado -y decrépito- montañero don Ramón Espelde, durante el ascenso al Jorullo y el posterior de la montaña magnética de Visokaya Gora.
Las vidas de ambos, físicamente opuestas, intelectuamente tan próximas; uno nómada, no ha vivido en el mismo lugar más de seis meses seguidos, el otro decididamente sedentario, cualquier viaje le afecta a la salud. Pero ambos afrontan los problemas del conocimiento desde la libertad, descargados de axiomas y prejuicios. Ambos revolucionaron la ciencia de su época, aunque a un alto precio porque “lo habían traído al mundo con una inteligencia que imposibilitaba casi cualquier rasgo de humanidad, a una época en la que cualquier empresa era difícil, esforzada y sucia. Habían querido burlarse de él” (p. 71).
Resulta fascinante leer los nombres de Gauss y Humboldt -ambos-, como los de Kant, Goethe, Daguerre, Franklin, La Mettrie, Herder o Schiller, en un entorno vivo, más allá de la fría tumba de las historias de la filosofía y de la ciencia. Aunque los personajes no siempre se topen con ellos, sabemos que están ahí, en alguna parte y que, tomando el carruaje más próximo, podríamos solicitar una visita de cortesía.
Esta novela, de aparente sencillez, es extraordinariamente profunda y compleja, desde su estructura al diseño de los personajes. Pese a algunos despistes, como la ilocalizable fuente árabe de Aranjuez, el autor profesa un gran respecto por el lector, no sólo por la cuidada documentación, también por los juegos intelectuales que propone y que provocan la tentación de cotejar la narración con biografías.
Kehlmann ha seguido con fidelidad el dictado aristotélico de divertir deleitando, tramando realidad y ficción con suma habilidad, haciendo que lo difícil parezca fácil y mezcla con maestría, sin costuras visibles, la biografía con el relato de viajes, el ensayo, el relato intelectual, la oratoria o el realismo mágico -pese al cientificismo de los protagonistas, creen en fantasmas y Humboldt asegura haberse criado entre ellos y saber cómo tratarlos-, añadiendo gotas de ironía metaliteraria -habla de “novelas que acababan convirtiéndose en cuentos mendaces porque el autor vinculaba sus patrañas a los nombres de personajes históricos” (p. 163)- todo ello sazonado con una deliciosa melancolía y escrito con un estilo tan vivo y claro que genera en el lector imágenes nítidas, como si estuviera viendo una película. Y sin olvidar los diálogos, justamente alabados. Una lectura deliciosa, en definitiva.





























