Abr 14

El mundo bajo los párpados, de Jacobo Siruela

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , , , 14/04/2011

Siempre están ocurriendo cosas, eso es indudable, pero pareciera que en este comienzo de 2011 se han acumulado hechos históricos como para una buena temporada. Y no me refiero sólo a la sobreabundancia de Clásicos, que arrancan este sábado, sino a las revueltas libertarias del mundo árabe (a las que no estamos prestando la atención debida) y al maremoto de Japón o al Anuncio de Zapatero. Si el mundo se termina el año próximo, como dicen los mayas, debe estar entrenándose para la inusitada actividad que deberá acometer en apenas unos meses. Mientras el fin llega me inquietan más mis crisis intrahistóricas, mi inadecuada gestión del tiempo; me lo advirtieron, que los bebés no aman la literatura, pero no lo creí suficientemente. Ahora lo pago con angustia, pero de alguna extraña manera compensa. El misterio de la paternidad.


El mundo bajo los párpados

Todos tenemos uno, o dos, sueños recurrentes, que se nos presentan bajo apariencias diversas mientras dormimos o durante la vigilia. Soñamos con ese objeto o esa persona que nos obsesiona, con ese recuerdo lejano, ya casi olvidado, con ese futuro que no, no puede ser verdad. Estamos familiarizados con los sueños, porque todos, más o menos, soñamos. Sin embargo, nuestra conciencia moderna tiende a menospreciarlos. Nos han enseñado que los sueños vienen a ser los pedos de la digestión del cerebro, que, como el déjà vu, consisten meramente en errores del sistema nervioso y no dicen apenas nada de lo que somos, o de lo que nos rodea. Pero no siempre fue así. Los sueños guiaron los pasos de los imperios del pasado, y son conocidos los casos de científicos que soñaron la respuesta a sus problemas, como Kekulé; muchos individuos en el mundo antiguo y no tan antiguo se guardaban de dar un paso sin antes haberlo soñado, pues los sueños eran mensajes divinos que había que atender necesariamente, porque los dioses no hablan solo por parlotear, como un familiar al teléfono.

El mundo bajo los párpados es un ensayo que acerca información por lo general de difícil acceso, iniciando el recorrido precisamente en el olvido general del sueño como vía de conocimiento de la naturaleza humana. Renombrados autores, desde George Steiner o Walter Benjamin hasta Borges, han pedido una historia de los sueños que, sin embargo, está por hacer (y no es lo que se propone Siruela, sino más concretamente una “fenomenología de los sueños”); y eso que ya Hegel decía que “si reuniéramos los sueños de un momento histórico determinado veríamos surgir una exactísima imagen del espíritu de ese periodo” (p. 14). Material para acometer tal empresa abunda, nada más hay que reparar en la extensa bibliografía manejada por el autor, pero el problema es de índole epistemológica: no se concede al sueño derecho a formar parte de las fuentes del conocimiento.

Estamos dejando de lado uno de los caminos junto con la experiencia sensible, las emociones y la razón, de acercarnos a la complejidad de lo real y, especialmente, a nuestra propia complejidad. Así pues, los sueños vendrían a ser una ventana, durante largos años ciega, a nuestro interior y, a través de ahí, a la vastedad del cosmos. Hoy sabemos (creemos) que el universo es multidimensional y que el tiempo puede ser simultáneo, y eso no son fantasías cuartomilenarias de locos o necios o estafadores, sino “verdades” de la ciencia más avanzada. Y el mundo onírico tiene algo que decir al respecto. En la parte cuarta del ensayo Siruela hace referencia a los sueños premonitorios, uno de los fenómenos oníricos que todos queremos probar por cuanto tiene de fantástico y misterioso (y todos querríamos que Hipnos dictara los números del Euromillón, pero resulta que no funciona así). La precognición onírica está abundantemente documentada, pero el racionalismo grosero ha insistido en arrinconarla bajo el epígrafe de “hechos debidos al mero azar”. Sin embargo, grandes cabezas como la de Schopenhauer o la de Jung reconocieron que se daban con suficiente asiduidad como para intentar, al menos, explicar su existencia. Los sueños premonitorios informan acerca de la estructura del tiempo, si queremos creerlo.

La fenomenología del sueño muestra casos numerosos de sueños premonitorios, pero también de sueños compartidos y de de sueños inspiradores. Ello “nos sumerge en una especie de <<realidad poética>> que borra los límites habituales del mundo” (p. 28). El escéptico, sin embargo, tiene todas las armas del mundo contra esta aseveración. Por cada Cromwell que soñó, de niño, que sería rey de Inglaterra, un millar de Smiths también lo soñaron (pero, al seguir de herrero toda su vida, nunca trascendió); por cada dios que contó en sueños a Aníbal la gran estrategia de su ataque, diez generales le aconsejaron que informara de sus planes a las tropas como si hubiera soñado, a fin de que lo tuvieran en mayor consideración. A pesar de todo, ante un cambio de paradigma (que se viene esperando desde hace cien años pero no termina de llegar) el escéptico, es decir el inamovible, suele disponer de los mejores arsenales para acabar repitiendo la hazaña de Saigón. Siruela, en la línea de Jung y de otros autores citados en el libro, propone iluminar de nuevo el mundo con una luz quizá espectral, pero perfectamente natural en cuanto que surge de nuestro yo más íntimo (y con la que los antiguos se alumbraron sin menoscabo). “Sin embargo, nuestra cultura extrovertida vuelve la espalda a este hecho y deja que la inmensa riqueza que atesora la noche se pierda en la intempestiva sombra del olvido” (p. 64).

El volumen consta de cinco partes, pero a donde parece querer llegar el autor es a la última. La muerte es el territorio ignoto por antonomasia, el lugar inaccesible que todos quieren explorar, eso sí, con billete de retorno. Desde los tiempos más antiguos se asocia el dormir y el morir; así, en la mitología griega el sueño (Hipnos) y la muerte (Tánato) son gemelos, subterráneos y vecinos. A todos nos ha asaltado alguna vez la inquietud ante un rostro dormido, por la semejanza del durmiente con el muerto. Y es que el sueño (como el orgasmo, la petite mort, léase a Julius Evola si hay valor) es, analógicamente, un “morir en vida”, algo que formaba parte de la experiencia vital de los antiguos y les facilitaba el tránsito hacia el más allá.

“La huida constante de la muerte es la evidencia más sangrante del fracaso existencial del mundo moderno. El gran espíritu extrovertido, impulsor de las más brillantes conquistas del conocimiento, contrasta vivamente con la falta de sentido que se respira en todo el mundo que ha creado, y el punto en el que confluyen todas las coordenadas de esa dolorosa pérdida de significado se condensa en la ansiedad que produce esperar la muerte. Sin una visión espiritual de nuestra condición perecedera, la vida gira ciegamente sin eje. Los sueños del ego crecen, se multiplican, y se hacen tan grandes y ocupan tanto lugar que no dejan ningún espacio de silencio para iniciar siquiera un diálogo con nuestro ser interior, que se encuentra en la otra orilla, allí desde donde brotan los mitos, los sueños y las experiencias íntimas con la otredad. Vestigios de una consciencia opaca, subyacente y atemporal. Nada de lo que cuenta ésta ofrece la más mínima certidumbre empírica, sin embargo, está llena de sentido, pues proclama una verdad interior que sólo el alma puede entender” (p. 307).

Las ideas expuestas en El mundo bajo los párpados me han resultado tan impactantes como sugerentes. Por un lado me resisto a abandonar posturas que reconozco como sencillamente cómodas. Es cierto que la ciencia deja espacios ignotos en donde no puede ofrecer respuesta. No obstante, ha acreditado su capacidad de responder a las inquietudes del ser humano, ocupando progresivamente los viejos agujeros, mientras en su expansión va creando nuevas oquedades que, temporalmente, se rellenan con otras explicaciones. Por otro lado, la necesidad emocional de encontrar un “algo más” a la realidad, que comparto, se ve satisfecha con la propuesta no dogmática ni fantástica, sino racional, flexible y equilibrada, que Jacobo Siruela desgrana en este ejercicio de erudición e ilusión que no puedo menos que recomendar a toda mente inquieta y no monolítica.

Sobre el libro:

Elegido entre los diez mejores libros 2010 de la revista “Qué leer”.
Elegido en segundo lugar en el apartado de ensayo de los mejores diez del 10, de “Babelia”, El País.
En séptimo lugar en la lista de los destacados de 2010 del periódico Reforma de México.

El mundo bajo los párpados, Jacobo Siruela, ed. Atalanta. 352 págs., 23 €


Imaginatio vera

14×22
Cartoné
352 págs
23,00 euros

Elegido entre los diez mejores libros 2010 de la revista “Qué leer”.

Elegido en segundo lugar en el apartado de ensayo de los mejores diez del 10, de “Babelia”, El País.

En séptimo lugar en la lista de los destacados de 2010 del periódico Reforma de México.

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Dic 21

Aritmofobia (El juego de la ciencia, de Carlo Frabetti)

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: , , , , 21/12/2009

Más que al coco, al monstruo de debajo de la cama o al sacamantecas, el temor más extendido entre los niños es el miedo a las matemáticas. No deja de ser sorprendente, en una civilización que debe buena parte de su desarrollo a los números, este pavor, que Carlo Frabetti denomina “aritmofobia”. Lo hace en su último libro -que en realidad no es tal, pero lo es, sin dejar de no serlo-, El juego de la ciencia. Aunque se refiere a los adultos y, más aún, a una actitud “cultural” -en realidad, “anticultural”- de todo nuestro mundo occidental.

Cubierta de El juego de la cienciaSi bien desde que se nos enseñan los primeros rudimentos del conocimiento se insiste en la importancia del número y la vida numérica, es cierto que queda fuera del ámbito de la cultura. La cultura es el arte, la literatura, la historia, en fin, todo aquello susceptible de ser narrado o preguntado en una partida de Trivial Pursuit. Las matemáticas, entonces, quedan del lado de los saberes prácticos, como la cocina o la ebanistería, donde ocupa la cúspide.

La ciencia matemática es un saber práctico, tanto como teórico. Se estudian matemáticas para algo, para hacer algo con ellas. La cultura, por el contrario, se obtiene por su valor intrínseco. ¿Es realmente así? Cuando de niños aprendemos las operaciones básicas, se nos señala su utilidad cotidiana; cuando, algo más creciditos, nos ilustran acerca de operaciones complejas, como cálculo probabilístico o trigonometría, la practicidad de estos conocimientos está ligada a posibilidades laborales o de progresión en los estudios. Sin embargo, no se dan razones por las que haya que conocer el esfumato de Leonardo, el monólogo de Segismundo o la fecha de las Navas de Tolosa. Son saberes valiosos, y punto.

Ello lleva a una separación bastarda entre “ciencias” y “letras”, saberes mutuamente excluyentes y hostiles entre sí. El de “letras” difícilmente reconocerá la importancia de la geometría fractal -al margen de sus representaciones plásticas- y el de ciencias negará rotundamente que el conocimiento de las Partidas de Alfonso X, en cuanto código normativo extinto, sea relevante. Por eso, individuos híbridos como Frabetti, tanto en su faceta narrativa como ensayística o periodística, son tan necesarios. Esa fractura debe ser reparada, porque es absurda, porque es nociva.

Ya no estamos en una época en la que un individuo pueda acaparar todo el conocimiento humano. El último de esos individuos, según dicen los anglosajones, fue John Stuart Mill -aunque en realidad este tipo de ser humano no existió jamás, ni puede existir; y, en el sentido que se le da a la expresión, seguramente fue Goethe-. Pero eso no quiere decir que podamos rechazar parcelas tan amplias, y relevantes, del mundo. Porque “quienes dan la espalda al pensamiento cuantitativo se pierden nada menos que la posibilidad de leer el Libro del Universo, que como dijo Galileo, y antes que él Leonardo, está escrito en el lenguaje de los números” (p.58).

Aunque El juego de la ciencia es un libro interesantísimo por muchos motivos, a mí me parece que la aritmofobia es el gran enemigo a batir. Y soy reo de ella, lo he sido siempre. Me resulta reconfortante que Frabetti culpe al sistema educativo, pero no puedo menos que reconocer mi porción de responsabilidad. Los animales se paralizan ante las amenazas, pero el ser humano tiene el deber de enfrentarse a sus miedos, y vencerlos. Mas, no sólo es por orgullo de especie dominante. El conocimiento de la ciencia -y la ciencia también entra con letra- está lleno de momentos satisfactorios, de misterios tan emocionantes como los que pueden saltar mientras exploramos un viejo archivo.

Quizá la mayor dificultad sea idiomática: la ciencia se escribe en ese idioma tan imponente que son las matemáticas, que tan diferente es de nuestra lengua materna. Por fortuna, toda lengua puede ser aprendida -la lengua de la ciencia, como la lengua del arte, incluso la lengua de los chinos-. Y,como sabemos, otra de las asignaturas que más hostilidad produce es la del segundo idioma; como las matemáticas, se estudia poco y se aprende mal. ¿Será cierto que la causa de todo es la mala disposición del sistema educativo?

¿Que por qué El juego de la ciencia es un libro y no lo es? Esto es una tontería, es un libro, un sólido compuesto de celulosa, gomas y tinta, con páginas, cubiertas; con letras, con números. Pero tiene, también, una existencia incorpórea, digital. El juego de la ciencia es la columna que Carlo Frabetti tiene en Público (http://blogs.publico.es/ciencias/tag/frabetti), cuyos primeros 44 artículos se han recogido en un volumen, aunque “No creo que tenga mucho sentido publicar recopilaciones de artículos periodísticos, y menos aún si todos proceden de un mismo periódico y están disponibles en su página web”. Para felicidad de su editor, Frabetti no sólo encuentra innecesario el libro, sino que da las indicaciones necesarias para leerlo gratis.

Entonces, ¿por qué aceptó publicarlo? La respuesta la he hallado en la página 51; dijo Isaac Asimov que el dispositivo de lectura ideal debía: consumir la menor cantidad de energía posible, activarse con la mirada, adaptarse automáticamente al ritmo de lectura del usuario, ser barato, ser fácilmente transportable, resistir los golpes, etc. Es decir, el libro. De la misma manera que es absurda la guerra de los sexos, o la guerra de las ciencias y las letras, lo es la guerra entre internet y el libro. Sólo son formas de lo mismo.

El juego de la ciencia, Carlo Frabetti. Lengua de trapo, Madrid, 2009. 208 páginas, 18,60 €.

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May 28

El rival de Prometeo, de Sonia Bueno y Marta Peirano (eds.)

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 28/05/2009

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Y las máquinas heredarán la tierra. El rival de Prometeo. Sonia Bueno y Marta Peirano (eds.).

Dice el más famoso proverbio chino que tomemos precauciones ante nuestros deseos, porque podríamos verlos cumplidos. Desde tiempos inmemoriales el hombre anhela construir otros hombres, al margen del placentero método natural, por medios mecánicos. Esta antología de textos, que recoge ensayos, artículos y relatos, recorre el camino que el hombre ha seguido desde el siglo XVII para irse aproximando, lo más posible, a la consecución de un doble artificial, con todas las implicaciones filosóficas que ello tiene. No obstante, antes de ese momento el autómata ya figuraba entre los intereses del ser humano. Homero ya los mencionaba al servicio de Hefesto en La Ilíada; egipcios y griegos mostraron gran interés en las aves autómatas; y el tesoro de Chin Shih Hueng Ti contenía una orquesta mecánica. Ambas tradiciones, la aviaria y la musical, se sintetizarían en el gran constructor de autómatas del siglo XVIII, Vaucanson (págs. 39 a 53). Pueden encontrar una breve historia de los autómatas aquí.

Las editoras ponen el punto de partida en la doctrina cartesiana de la naturaleza dual del hombre: el cuerpo es una máquina perfecta, asimilable a un reloj o a un sistema hidráulico, pero animada por el principio divino del alma. Aunque no es cierto que el origen de la concepción mecanicista de la naturaleza humana esté en Descartes (págs. 31 a 38), la buena actitud propagandística del pensador francés, y su escasa inclinación a consignar el origen de sus ideas hacen de su obra foco recurrente de inspiración y referencia. A partir de ahí triunfó en la cultura popular el mito del relojero excelente que vende su alma al diablo para poder dotar de humanidad a su androide. El profesor Spalanzani de E. T. A. Hoffmann (págs. 151 a 207) es un claro ejemplo, pero muchos otros autores lo utilizaron, como Julio VerneEl maestro Zacarías–, Nathaniel Hawthorne –El artista de lo bello–, o Herman MelvilleEl campanario–. Por supuesto, no hay pecado mayor que la soberbia de equipararse a la divinidad y el precio es altísimo, como bien pudo comprobar Víctor Frankenstein. De todos modos, se necesita del concurso del Mal para alcanzar a Dios. El hombre, por ahora, es capaz de diseñar máquinas maravillosas, pero el aliento vital corresponde dárselo a seres sobrehumanos. Esto cambiará, aunque a La Mettrie (págs. 57 a 66) en su tiempo nadie le hizo caso.

El “pato cagón” (págs. 50 a 53) y el Turco (págs. 75 a 144) son sin duda los autómatas –no de ficción– más célebres de la historia. Y ambos resultaron ser un fraude. Aunque el Pato de Vaucanson era una máquina formidable, que graznaba, caminaba, aleteaba y comía, su principal reclamo –y motivo del chiste de Voltaire– era su capacidad para digerir y defecar el maíz que comía. Y el Turco era una figura capaz de vencer al ajedrez a casi cualquiera, incluyendo a Napoleón (págs. 123 a 126, con descripción de la partida) y a Benjamin Franklin –aunque el “Pequeño Cabrón” era un regular ajedrecista–. El Pato engañó a muchos, el Turco a bastantes menos, entre ellos a Edgar Allan Poe, que escribió un largo artículo refutando la autenticidad de las cualidades ajedrecísticas del muñeco (págs. 77 a 120). Y es que no es lo mismo cagar que pensar, si bien la mayor parte de los pensamientos no difieran mucho de… Del mismo modo que Vaucanson rellenaba el depósito fecal de su pato para que diera la impresión a los espectadores de un proceso digestivo, el Turco era operado, de manera ingeniosa, por algunos de los campeones de ajedrez de la época. Las tripas del Turco eran como el banquillo del Chelsea: el lugar que los mejores querían ocupar, pese al poco lustre.

Aunque hubo autómatas reales entonces, y maravillosos, como los músicos de Vaucanson, los más célebres –y ambiciosos– eran pura prestidigitación. Y es que las capacidades mecánicas del hombre no estaban del todo desarrolladas. El rechazo al Turco, además, era sintomático. El pensamiento se consideraba una exclusiva capacidad humana, y los autómatas sólo podían aspirar a simular una apariencia física de hombres. Pero poco a poco cunde la idea de que el ser humano no es más que una máquina hipercompleja, resultado de una larguísima evolución biológica –más las transformaciones sobrevenidas durante la vida, que no son poca cosa–. Ello hace rebrotar el temor existencial que provocaba el Turco: si somos mera maquinaria, por muy compleja que esta sea, ¿dónde queda el libre albedrío y la singularidad del hombre?

En el autómata, entonces, el hombre ve a su doble, ve “lo siniestro” (Freud, págs. 209 a 233). Se ve a sí mismo, o como se querría ver. Si el autómata no es equiparable, bien sea por su falta de autoconsciencia, de inteligencia o de calor, se refuerza “la complejidad e inaccesibilidad de nuestra propia condición”. Pero si el robot es igual a nosotros, si cumple con el test de Turing (págs. 317 a 361), se desencadena un problema existencial: en nada somos distintos de un cristal, de una ameba, de un reptil. De mi teléfono móvil. No somos algo único en la naturaleza. El ensayo toma aquí un rumbo nuevo pero igualmente siniestro: el camino hacia la máquina no ya igual que el hombre, sino mejor. El camino hacia la Singularidad (págs. 363 a 392), la pérdida total del control del hombre. El hombre, a pesar de todo, confía en dominar a criaturas más poderosas y perfectas que él, que sólo es frágil carne; ese es el intento de Isaac Asimov con sus Leyes de la Robótica (pag. 315). Sin embargo, demuestra Vinge que, con la aparición de la máquina autoconsciente entramos en un estado de Singularidad que escapa a nuestro control, así como a toda previsibilidad. Parece entonces que, el día en que nuestros sueños se cumplan, devendrán en pesadilla.

Ficha del libro en Impedimenta

Publicado originalmente en El Confidencial

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Abr 30

No siempre lo peor es cierto; La torre de Hanói; Órbita

Escrito en El T-rex que viene, El museo.
Etiquetas: , , , , 30/04/2009

lastimaNi malos ni buenos, sino todo lo contrario. No siempre lo peor es cierto. Carmen Iglesias

“Los hombres hacen la historia en unas condiciones, pero la hacen ellos mismos”. En esta frase se condensa buena parte del sentido de este volumen grueso pero no denso -en el sentido de intragable-. Hace referencia a la voluntad del hombre, porque la historia se compone de pequeñas elecciones que se hacen cada día a muy diversos niveles, y que determinan el futuro…

 

La realidad matemática. La torre de Hanói. Carlo Frabetti

La torre de Hanói es un juego basado en las matemáticas, que además da nombre a la última novela de Carlo Frabetti, autor italiano afincado en España y que escribe en castellano habitualmente. Siendo miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York, no es extraño que las matemáticas formen una parte importante de su experiencia literaria. Y en este volumen toman cuerpo de novela…

Literatura de hoy. Órbita. Miguel Serrano.

En el libro de relatos del zaragozano Miguel Serrano, Órbita, las matemáticas aparecen casi en cada relato, bien la reformulación del álgebra, bien la prueba de la existencia de Dios -demostrable mediante las matrículas de los automóviles de un pueblo oscense y una clave dada por la Ministra de Agricultura durante un sueño-; y si no es la ciencia o sus manifestaciones -un contestador automático o la consistencia eléctrica del alma-…

 

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Abr 23

El número con letra entra

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 23/04/2009

 

numberLetra y número, espartanos rebanando atenienses, comunistas envenenando con isótopos a capitalistas. Enemigos naturales. O quizá no tanto, al menos en el caso de letras y números, de literatura y matemáticas. Contra la separación aparentemente natural entre “ciencias” y “letras”, esa dispersión que todos hemos sufrido en algún momento de nuestra vida educativa, resulta que es artificial y hasta dañina. Últimamente el maridaje entre literatura y matemáticas vive un momento editorial dulce, tanto en publicaciones como en lectores…

El corazón de los números. Pasiones, piojos, dioses… y matemáticas. Antonio J. Durán.

Entre las mejores obras de divulgación matemática de este año está sin duda esta de Antonio J. Durán, catedrático de Análisis Matemático y ejemplo de hombre de ciencias volcado en las letras (es autor, además, de dos novelas, y también ha escrito sobre las matemáticas en tiempos de Cervantes). En este entretenido ensayo, en el que realiza una buena gestión del misterio y del interés, pretende “alumbrar las más recónditas profundidades de la naturaleza humana” mediante la “la confrontación del mundo abstracto de las matemáticas y el mundo emocional donde moran quienes las descubren”.

 

Las matemáticas como inspiración poética. La soledad de los números primos. Paolo Giordano.

El debutante Paolo Giordano es otro de esos científicos –es físico– metidos a hacer literatura, y no hay que pasar muchas páginas de su exitosa novela para darse cuenta de que lo hace más que bien. En él, la ciencia no aparece en la forma de citas eruditas, sino como sustancia poética del relato. Para ello ha elegido el caso de los primos gemelos, números primos adyacentes pero no contiguos, pues entre ellos se ubica un número par. Este caso matemático obra como excelente metáfora de la soledad entre los seres humanos…

 

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Feb 12

Por qué usted querría cumplir años hoy. 12 de febrero, la fecha de los grandes hombres

Escrito en El museo, K-Saurus.
Etiquetas: , , , , 12/02/2009

darwinboyfriendSi usted nació tal día como hoy, reciba una doble enhorabuena, porque esta es una fecha muy especial. No todos los días se cumplen dos siglos del nacimiento de dos de los seres humanos más influyentes de la historia: Abraham Lincoln y Charles Darwin. Como escribía David R. Contosta en Rebel Giants, ambos personajes mantuvieron vidas paralelas, mucho más próximas de lo que jamás habría soñado Plutarco. Fueron gigantes que se enfrentaron a algunos de los prejuicios más fuertemente asentados de su tiempo, y resultaron vencedores. En el campo de la política, Lincoln estableció definitivamente la unidad de los Estados Unidos al tiempo que ponía en práctica algunos aspectos de la Constitución que eran meras palabras sobre el papel. Darwin, por su parte, elaboró una teoría que no sólo iba a transformar el campo de la biología, sino que ejercería una poderosa influencia en la filosofía, la política, la teología y muchos otros ámbitos del saber humano contemporáneo.

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May 03

Antoni Casas Ros: El teorema de Almodóvar

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 3/05/2008

El mito del filósofo autodidacta, muy en boga en determinadas estapas de la historia del pensamiento –Abentofail, Gracián, incluso Defoe–, consiste en considerar al hombre como un compendio de todas las potencias, que no necesita de la sociedad para desarrollarlas pues encuentra los estímulos en su propio espíritu. Algo de esto hay en El teorema de Almodóvar, una breve y condensada novela que reflexiona sobre el individuo aislado, privado de –casi– todo contacto social. Mas, no por haberse extraviado en una isla desierta, sino por haber sufrido un accidente de tráfico que le causa terribles cicatrices en el rostro y una apariencia monstruosa. Pero Casas Ros –personaje, narrador y autor– no desarrolla, como Hayy Ibn Yaqzan, los condicionamientos, conocimientos y actitudes de la sociedad, sino una personalidad propia, “desplazada”, pues “Cuando no se puede hacer nada, la sensibilidad se exacerba y abre otro territorio, menos preciso” (p. 15).

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Abr 19

Ole Martin Hoystad: Historia del corazón

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 19/04/2008

Los labios no son los únicos músculos –orbicular, risorio, cigomático…– relacionados con los sentimientos; de hecho, la cultura europea identifica a uno como fuente de toda emoción: el corazón. O así era hasta que la neurociencia comenzó a identificar las partes del cerebro responsables de las emociones.

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Jun 16

Álvaro Pombo: Vida de San Francisco de Asís

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 16/06/2007

De la mano de una de las mejores plumas de nuestras letras, el santo más new age cobra una nueva dimensión, más allá de la religión. Para ello, el último Premio Planeta relata la vida del fundador de la Orden Franciscana desde la perspectiva de los primeros seguidores del santo que, como aquellos elegidos por Jesucristo, eran pobres e indoctos y de humide condición. Subtitulado “Una paráfrasis”, ofrece ciertamente una visión nítida y didáctica del renovador y todavía fresco mensaje franciscano, pertinente en el siglo XIII como en el XXI, o quizá más ahora. La importancia de su mensaje, que ha suscitado el interés de numerosos intelectuales -tambien fue biografiado por Chesterton-, radica en su profunda humanidad, así como en su naturalismo y su fidelidad al mensaje original de Cristo.

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Jun 16

Marion Copeland: Cucaracha

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 16/06/2007

Seguramente, todos hemos despachurrado alguna sin sentir el menor remordimiento, es más, con alivio, con satisfacción. No en vano, la cucaracha es “la menos querida de las criaturas” (p. 73), que simboliza lo insalubre y lo ruin. Es por ello que “la cucaracha es el animal emblemático para todos los humanos que se ven relegados a las catacumbas de la cultura pese a sus cualidades y virtudes” (p. 106), de ahí que los artistas y poetas underground la tengan como musa y modelo. Aunque este es un punto de vista netamente occidental, donde representa la lucha por superar la situación de naturaleza, la incivilización, la suciedad y la enfermedad, otras culturas no lo hacen así, como las culturas mesoamericanas, que asociaban a las curianas con el maíz sagrado y la consideraban “uno de los poderes primordiales del ciclo natural” (p. 153).

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