Nov 13

El caballo amarillo, de Boris Savinkov

Escrito en El gabinete del dr. Mantell, El museo.
Etiquetas: , , , , 13/11/2009

Impedimenta reedita, traducido por primera vez del ruso –Andreu Nin lo hizo en 1931, pero desde el francés–, El caballo amarillo. Diario de un terrorista ruso, una suerte de memorias disfrazadas de novela escritas por el asesino revolucionario Boris Savinkov en 1917, durante su exilio en París. Allí, Apollinaire se refería a él como “notre ami l’assassin”, y es que, ante todo, Savinkov fue eso, un asesino, que narra en esta breve novela, estructurada con la apariencia de un diario, por un lado los preparativos para el asesinato del gobernador general de Moscú, el Gran Duque Sergei Alexandrovich –magnicidio acaecido el 4 de febrero de 1905, en la novela el 18 de agosto–, y por otro el “amor” adúltero del protagonista por Yelena.

Propangando la anarquía

La ideología, para George –trasunto de Savinkov; Nin consideraba esta novela un retrato “de cuerpo entero”, mientras que para James Womack, traductor y prologuista de esta edición, es una “caricatura de sí mismo”–, es menos que secundaria. George/Savinkov mata sin motivo, mata por matar, por la acción de matar, y por la muerte: “El amor no existe en el mundo, ni la paz, ni la vida. Sólo existe la muerte. La muerte constituye tanto nuestro halo de santidad como nuestra corona de espinas” (p. 108). La obra entera, que es en esencia una indagación –sin conclusiones– en la propia personalidad, trata de decirle al autor quién es en realidad. Pero los devaneos de George no llevan a lugar alguno. George es un psicópata que se ha topado con la vía revolucionaria y hace uso de ella para sus propios fines, para probarse, como Raskolnikov, y encontrarse.

De ahí la acusación de Vania: “Tú piensas que eres el superhombre. Y te crees que has encontrado la piedra filosofal, el secreto de la vida. Pero eso no es más que el camino de Smerdiakov” (p. 57). George está lejos de sus compañeros terroristas –y de toda la humanidad, dada su falta absoluta de emociones: “Existe una barrera entre ellos y yo. Es una frontera infranqueable. Y es una espada carmesí” (p. 183)–, porque, mientras que su vida se reduce a la lucha (p. 175) y la muerte (p. 73), porque no reconoce ley alguna (p. 85, p. 135), ellos abrazan diversos motivos emocionales para llevar los bolsillos repletos de bombas y balas.

Así, Fiodor se hace revolucionario por envidia; Heinrich por ingenuidad juvenil; Vania por fanatismo; y Erna por amor –motivos espurios que denotan el escepticismo de Savinkov hacia la Revolución, el mismo que siente hacia el amor y que se manifiesta con Yelena, con quien encuentra la horma de su zapato: padece una psicopatía tan sólida como la suya-.

George es, sin embargo, mucho más pragmático. Los revolucionarios están convencidos de la necesidad de la revolución. Pero en el ambiente no flota esa necesidad. Y es que los revolucionarios no son lamarckistas (“la necesidad crea el órgano”) sino darwinistas (“el órgano crea la necesidad”). George es más que consciente de ello: “No sé por qué no se debe matar. Y nunca entenderé por qué es bueno hacerlo en nombre de la libertad, pero no en nombre de la autocracia” (p. 27).

El caballo amarillo es el retrato nihilista de un psicópata, que encuentra en el asesinato su conexión con la realidad. La calidad literaria de la obra es indudable; desde el perfilado de los personajes, henchidos de vida en apenas unas pinceladas, al decorado, igualmente pintado con sutileza, pero especialmente el ritmo, que no se ve estorbado siquiera por las peroratas teológicas de Vania –la presencia apabullante de San Juan, tanto del Evangelio como del Apocalipsis, aportan una textura mítica y frofética que enriquece el relato-, hacen de la narración una lectura absorbente. Luego será el lector el que deba decidir si un asesino debe ser leído –la eterna cuestión de la moralidad de la literatura-, y si sus (sin)razones pueden interesarle.

Ficha del libro en Impedimenta

Publicado originalmente en El Confidencial

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Mar 26

Lev Tolstói: El padre Sergio

Escrito en El gabinete del dr. Mantell.
Etiquetas: , , 26/03/2009

 

Lev Tolstói por Ilia Efimovich Repin. Fuente: WikipediaTenía pensado un artículo comparando El padre Sergio con su Confesión, del mismo modo que con Los cosacos tracé líneas hacia los Diarios. Pero como eso ya lo ha hecho, y muy bien, Almudena Guzmán en ABC, pues me la envaino y procuraré en el futuro ser más rápido y que sean otros los que tengan que abrirse la cabeza buscando un enfoque original. No obstante sigo poseído por la fiebre parangonera (que transmite el mosquito de Auerbach). Así que, recordando sus memorias noveladas, Infancia, Adolescencia, Juventud, me vinieron a la nuez (recuerden mi reptiliana condición) dos personajes de la niñez de Tolstói, el peregrino Grisha, cargado de cadenas, y la abnegada criada Natalia Sávishna. Ambos personajes me recuerdan, mucho, al padre Sergio y a su ángel redentor, Páshenka.

Grisha es un peregrino, de ésos tan habituales en las novelas rusas, que recorren los caminos confiando en su santidad como sostén, no sólo moral, sino también físico. Los ricos les alojan, y así aparece Grisha en la vida de Tolstói, a la sazón un niño de diez años. El peregrino pasa unos días en la dacha familiar, en la aldea de Petróvskoie, invitado por la madre. Los niños quedaron  muy impresionados por su aspecto: “un hombre de unos cincuenta años, con el rostro pálido y picado de viruelas, el cabello largo, canoso, y una barba rala y rojiza. Era tan alto que para cruzar la puerta no sólo tenía que agachar la cabeza, sino doblar el cuerpo. Estaba vestido con algo raído parecido a un caftán y a una sotanilla; sostenía en la mano un enorme cayado, con el que golpeó el suelo con todas sus fuerzas al entrar. Frunció el ceño y, abriendo desmesuradamente la boca, se echó a reír del modo más horroroso y antinatural. Era tuerto y la pupila, cubierta por una nube, saltaba incesantemente y añadía a su rostro -feo de por sú- una expresión aún más repugnante” (Infancia. Ed. Alianza, pág. 35. Trad. de Víctor Andresco).

Tan impresionados quedaron, que decidieron esconderse en un armario para espiarle y ver, por sí mismos, las cadenas que se rumoreaba llevaba el santón enrolladas alrededor de su cuerpo. Entonces el joven Tolstói observó la pura fe del peregrino, que clama, como el padre Sergio durante su retiro, “¡Perdóname, Señor, enséñame lo que debo hacer…; enséñame lo que debo hacer, Señor!”, y manifiesta que “la impresión y el sentimiento que despertó en mí no desaparecerán de mi memoria”. No desapareció, a juzgar por lo que leemos en El padre Sergio, sus constantes súplicas de socorro a Dios ante las coacciones de la lujuria y la zapa de la duda.

Kurskaya korennaya por Iliá Repin. Fuente: Wikipedia

En cuanto a Páshenka, era una niña algo boba aunque seguramente más por falta carácter que por falta de intelecto, de la que Kasatski, junto con muchos otros niños, se reía. Mas luego descubre en ella la verdadera fe, el auténtico servicio a Dios a través del servicio al prójimo. Enseñanza por la que, obviamente, también se empeñó Tolstói, su perenne empeño por redimir al campesinado ruso. Por su parte, la Natalia Sávishna de su infancia, “no vivía más que para el bienestar de los señores (…). No sólo no hablaba de sí misma, sino que, al parecer, ni pensaba en su existencia. Todo en su vida era amor y sacrificio”.

Es interesante leer el artículo Tolstoi: El hermano mayor de Dios, pues rara vez se lee una versión tan crítica (quizá excesivamente virulenta y agresiva) de alguien generalmente alabado por su grandeza moral y su humanismo. Se le interpreta como ególatra, vanidoso y exhibicionista, algo que encaja muy bien con el padre Sergio, que es igual hasta su definitiva transformación. Tolstói, entonces, conocería el camino pero no cómo seguirlo. En el cuento, Tolstói escribe sus propios conflictos espirituales, se retrata en un Kasatski que, en todo cuanto emprende, busca el reconocimiento y el halago público. En ambos, la existencia es una permanente lucha contra el sentimiento de culpa, contra el orgullo aferrado a su naturaleza.

Ficha: El padre Sergio. Trad. Bela Martinova. Rey Lear. 112 págs. 9,95 €

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Mar 25

Lev Tolstói: Los cosacos

Escrito en El gabinete del dr. Mantell.
Etiquetas: , , 25/03/2009

 

joven-tolstoiHemos leído Guerra y paz, Anna Karenina, La muerte de Ivan Illich o Sonata a Kreutzer, las obras mayores -junto con Resurrección y Hadyi Murad- de ese gran novelista que fue Lev Tolstói, la cara de la literatura rusa -la cruz es Fíodor Dostoyevski-. Hemos visto a Greta Garbo como Karenina, a Mel Ferrer como el príncipe Andrei Bolkonsky. Hemos leído, o visionado, la obra de Tolstói y, haciéndolo, hemos conocido a Tolstói mismo, pues buena parte de su obra es autobiográfica, como lo es la de todo autor que se precie. En el plazo de un mes ha sido reeditadas dos obras quizá menores, pero no por ello menos relevantes, profundamente íntimas, Los cosacos, obra de juventud, y El padre Sergio, obra de madurez. La primera expresa sus anhelos de libertad y los vicios de la lujuria que la estorban, junto con los males de la sociedad corrupta; la segunda, el ansia de espiritualidad y, de nuevo, la lujuria hostigadora y condenadora: “Tengo la impresión de que predominan en mí tres pasiones insanas: el juego, la lujuria y la vanidad”.

Los cosacos fue publicada finalmente en 1863 pero fue escrita tiempo antes, aunque no de manera continua, durante su vida militar. Tolstói sirvió primero en el Cáucaso, el escenario de la novela, y luego en el Danubio, durante la terrible guerra de Crimea en la que obtuvo honores. Los paralelismos entre el Olenin de la novela y Tolstói son abundantes. La novela comienza con la despedida del protagonista de sus camaradas de parranda, en Moscú. Olenin ha elegido un destino militar en el Cáucaso, la frágil frontera sur del imperio, siempre amenazada por los abreks, nómadas insumisos. Pero, al mismo tiempo, pretende escapar de una vida vacía, vulgar y rastrera, la vida de un “joven ocioso”, aunque en realidad huye de sus muchas deudas, de una mujer a la que no ama y no sabe amar y de su propia inanidad. En las salvajes estepas, donde cabalgan libres los cosacos -aunque es una forma de libertad que habría que cubrir de matices-, aspira a encontrar el estímulo que despierte la grandeza que habita, dormida, en su interior.

No se sintió atraído por la vida militar el gran escritor. Su padre había llegado a teniente coronel, y en cierto modo era obligado seguir este camino. Lo hizo primero su hermano Nikolái, quien servía en las inestables fronteras del Cáucaso, amenazadas en el XIX como en la Edad Media por los pueblos de las estepas. A la edad de veintitrés años acompaña a su hermano a la guerra, aunque no como soldado, eso vendría después. Huye de las numerosas deudas de juego que deja en la capital, deudas que irán aumentando durante su vida militar. Anota en su diario personal el 7 de julio de 1854, refiriéndose a sí mismo en una distante tercera persona: “Se exilió en el Cáucaso para huir de las deudas y, sobre todo, de sus hábitos”.

La caballería cosaca. Fuente: Art and Faith.

Durante ese viaje en trineo que lo aleja de la civilización, Olenin se pregunta por su incapacidad de amar. Lo vemos reflejado en el diario el 8 junio de 1851, época en la que el autor viajaba hacia el Cáucaso: “No sé a qué llaman los hombres amor. Si el amor es lo que he leído y he oído decir que es, entonces no lo he sentido jamás”; y el 19 de octubre de 1852: “El amor no existe. Existe una necesidad carnal de comunicación y una necesidad racional de un compañero para la vida”. Tales son los pensamientos de ambos “ociosos”. El viaje a la frontera es, para ambos, un viaje interior, una búsqueda de sí mismos que, finalmente, sólo resolverá el alter ego físico, consagrando su vida a la escritura aunque, como es sabido, nunca renunciará del todo a su destino mesiánico en la sociedad rusa. La novela opone la vida licenciosa que lleva Olenin en Moscú -20 de marzo de 1852: “A lo largo del diario se ve una idea principal y un deseo: librarme de la vanidad que me asfixiaba y que arruinaba todos los placeres, y buscar los medios para librarme de ella”- y la vida sencilla, salvaje y libre de los cosacos. Que, sin embargo, también le está vedada porque él mismo no es puro, debido a su lujuria, algo de lo que Tolstói se queja constantemente en su diario, lamentándolo, como de la afición al juego (que no comparte con su personaje).

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La novela está construida con los recuerdos y experiencias y conversaciones que atesoró durante aquel exilio voluntario a la frontera, durante aquella huida hacia su interior -diario, 12 de junio de 1851: “Sigo buscando  no sé qué estado de ánimo, un punto de vista sobre las cosas, un modo de vida que no puedo ni encontrar ni definir”-. La construye con los relatos de Yepishka, su casero, que en la novela se convertirá en el tío Yéroshka: 10 de agosto de 1851: “La personalidad de Marka, quien en realidad se llama Luká, es tan interesante y tan típicamente cosaca que vale la pena ocuparse de ella. Mi casero, Yepishka, un anciano de la época de Yermólov, un cosaco sinvergüenza y bromista, lo llamó Marka en virtud de que, como él dice, son tres los apóstoles: Lucas, Marcos y Nikita mártir, y da igual uno que otro”.  Lukashka se convertirá también en personaje de la novela, conservando el nombre, al igual que Márenka, a la que conoce en Goriachevodsk y se convierte en la Mariánka, que descubre la amargura del amor a Olenin.

En cualquier caso, creo que es un error considerar que Tolstói apreciara o admirara a los cosacos. Tolstói no quiere ser cosaco y de ahí el fracaso del sueño romántico de Olenin. Valoraba de ellos algunas actitudes, algunos valores, pero en general muestra claro desprecio por un pueblo cruel y bárbaro. Es su vida en la naturaleza, su cercanía a la tierra, lo que valora. Tolstói quería y admiraba a los campesinos y su condición telúrica, su abnegación, su austera sencillez. La quería para sí, al tiempo que de alguna manera la despreciaba; no podía desprenderse de su espíritu de clase, aunque también era consciente de lo despreciable que era, y así lo manifestaba. La contradicción es común entre los grandes hombres y uno de los motores del arte, y el motor de Tolstói, basado en el sentimiento de culpa derivado de estas y otras contradicciones -como su lujuria y su recato-, era uno muy potente.

Los cosacos por Scheloumoff. Fuente: George's Pictures

Estoy de acuerdo con Guillermo Urbizu en que Los cosacos nos devuelve el antiguo, puro placer de la lectura. Es lo primero que pensé cuando hube leído el primer capítulo de la novela, El fugitivo. Es esa ingenuidad narrativa del joven Tolstói, que prefigura al enorme autor de la Karenina, esa ingenuidad fascinante que sobrevivió a las posteriores correcciones y que era connatural al texto. Anota en su diario: “Corregí Los cosacos: terriblemente débil. Seguramente al público por eso le gustará”. Expresión que contiene un ligero desprecio por sus lectores, que sin embargo perciben esa debilidad y la aprecian; sí, es su debilidad la que hace de Los cosacos una lectura deliciosa, que se disfruta, salvando las distancias, como el cine de serie B que se entrega, desnudo y simplicísimo, al espectador.

Ficha: Los cosacos. Ed. Atalanta. 232 págs. 19 €.

Nota: las citas del Diario(1847-1894) se han extraído de la edición de Acantilado, traducida por Selma Ancira.

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Jul 28

Leonid Andréyev: Risa roja

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 28/07/2006

Hay autores y obras a los que el tiempo va dejando atrás. Solemnes éxitos y aciertos que los lectores relegan a sombríos estantes que terminan por cubrirse de polvo hasta que un hallazgo afortunado o una iniciativa aislada recuperan las brillantes palabras del autor perdido. La iniciativa de ARCA ha desempolvado esta y otras obras que gozaron de gran predicamento durante nuestra Edad de Plata y que incomprensiblemente habían sido dejadas de lado por las nuevas generaciones de lectores.

Llamado “el apóstol de las tinieblas” por los tonos sombríos de su prosa, desesperanzada y morbosa, Leónidas Andreyev es uno de los últimos grandes autores de la Rusia prerrevolucionaria. De familia campesina, se empeñó en estudiar y conoció el hambre y la desolación, experiencias que le sirvieron para elaborar sus primeros relatos, aunque sin éxito. Poco a poco éste le fue llegando hasta conocer fama y reconocimiento internacionales –Neruda comenzó firmando con un seudónimo extraído de su obra, Sacha-, pero ello no cambió su punto de vista del mundo en que vivía. Su obra reproduce el estado de desolación, escepticismo y frustración de la Rusia finisecular, una Rusia enferma y decadente que estaba al borde del enfrentamiento civil. Sin embargo, Andreyev no comulgaba con las nuevas tesis comunistas y tuvo que exiliarse a Finlandia, donde falleció hambriento, solo y olvidado como en sus comienzos.

Su éxito literario tuvo, sin embargo, otra faz. Reconocido por su capacidad para remover conciencias, se le criticó su excesiva morbosidad –de la que en esta novela tenemos cumplidos ejemplos- y la desesperanza que transmite. Por otro lado, desde la crítica marxista le atacó duramente por su rechazo de la Revolución. No obstante, está narrando el fin de un mundo, y la solución de Lenin a la crisis no la pudo ver sino como un horizonte de tinieblas.

Inspirada por el desastre militar de 1905, Risa roja es una auténtica obra antibelicista. No encontramos en ella imágenes de aterradora belleza ni poéticas escenas de heroísmo, tan habituales en relatos y filmes pretendidamente pacifistas -la wagneriana escena de Apocalypse Now, por ejemplo-. Desde la primera página percibimos que estamos ante los balbuceos de un loco, y la atmósfera de locura se irá haciendo más intensa, casi sólida, hasta dejar al lector sin aliento. No hay resquicio a la esperanza: “En la humanidad no hay más que una razón, y esa empieza a embotarse” (p. 71). La guerra, percibida como un hecho biológico, terminará por anegar el mundo y destruirlo. Los hombres la llevan en su interior y no hay escapatoria posible. Una galería de personajes caídos, de mentes derrotadas y degenerados en lo más bajo que el hombre de la ilustración puede devenir, trenes y trenes cargados de locos y carros negros que se llevan a los muertos, configuran este relato que, como un cepo, se cierra sobre el lector, asfixiándolo.

¿Qué es la risa roja que da nombre a la novela? Es la carcajada de los demonios que acechan al hombre desde su interior, que los enloquece y lanza a la furia criminal. Es la “trágica aurora” de un mundo que se avecina (el trágico siglo XX): “…en aquel bulto pequeño, rojo y manando sangre, perduraba una sonrisita, una risa sin dientes, una risa roja. Conocía yo aquella risa roja. Buscaba y la encontré, aquella risa roja. Ahora comprendía qué había en todos aquellos cuerpos mutilados, rotos, extraños. Era la risa roja. Estaba en el cielo, en el sol, y pronto se correría por toda la tierra aquella risa roja” (p. 34). Es la locura de la guerra, un virus que se extiende inexorablemente por el frente enloqueciendo a los combatientes: “¿Muchos heridos?, le pregunté. Muchos locos, más que heridos” (p. 48).

Luego, la locura infecta la retaguardia. Los médicos, en vez de atender a los heridos, se suicidan. Los ejércitos se enfrentan a sí mismos, causando gran mortandad y llenando los hospitales de orates desmembrados -lo que hoy se denomina, batiendo todas las marcas del sarcasmo militar, “fuego amigo”-. En uno de estos enfrentamientos cainitas, provocados por el caos y la locura, cae herido de gravedad el narrador de la primera parte. Es atendido por un médico tan loco como él, que pretende formar un ejército de locos para acabar definitivamente con ese mundo agonizante que ya no comprende y que sólo ve reverberante de risa roja. Este médico tiene algunos de los parlamentos más sobrecogedores de la novela, bien sobre los locos que vagan salvajes por retaguardia (p. 60), bien sobre su propia locura homicida, el ejército de locos, mutilados, tuertos y desmembrados, su ejército de monstruos y de parias que deberá reducir el país a ruinas en una suerte de justicia definitiva: “Yo declaro a nuestra patria un manicomio” (pp. 59-62).

El virus contagia también las poblaciones de Rusia, alejadas del frente. El hermano del soldado narra su muerte, y la soledad en que deja su hogar mientras la risa roja estremece la ciudad. El soldado había renunciado a entender, mas no a dejar constancia del horror; en cambio, al hermano le obsesiona la guerra “como un enigma indescifrable” y se asoma al abismo de la locura: “Eso no me asusta, perder el juicio paréceme a mí algo honrado, como la muerte del centinela en su puesto” (p. 81). Espeluznantes pesadillas acosan las mentes de los hombres, mientras todo se va llenado de muerte, muertos que escriben cartas a muertos, que asisten a fiestas, que brotan del suelo hasta inundar el mundo de los vivos. La risa roja todo lo inunda: “una niebla de sangre envuelve la tierra, cegando los ojos, y yo empiezo a pensar que, efectivamente, se acerca el momento de la universal catástrofe. La locura viene de allá, de esos campos rojos de sangre, y yo siento en el aire su fría respiración”.

A través de una prosa dolorosa y doliente, Andreyev fabrica una atmósfera del horror bélico como sólo los más grandes pueden lograr. No se limitó el autor a escribir la crónica de un conflicto concreto sino que, animado por el puro aliento literario, elabora un relato atemporal y hasta profético, un verdadero lamento de desesperación, capaz de voltear conciencias y recordarnos la crueldad que el hombre es capaz de desatar porque, en realidad, el mal habita dentro de cada uno de nosotros.

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