May 28

Los borrachos de mi vida, de Nuria Labari

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, El museo.
Etiquetas: , , 28/05/2009

Mostrarse frío y aun cruel, oponer siempre el espejo deformador es fácil, sólo hay que dejarse llevar. Buscar los pequeños gestos de dulzura, de esperanza, es mucho más dífícil, y al artista muchas veces lo aproxima al descrédito. Este es el gran mérito de Nuria Labari a la hora de componer estos relatos que se mueven en el universo cotidiano de la búsqueda del amor, de la realización personal, de la raigambre. Esa mirada delicada, pero no por ello temerosa –sino por el contrario más valiente– permite a la autora observar la vida cotidiana y encontrar leyes, no por evidentes más fácilmente visibles, como que los divorcios duran toda una vida o que la tristeza, en algunos estados de decaimiento, puede resultar un premio, o que hay quien es tan pobre que ni siquiera puede permitirse el miedo.

Los personajes de este fresco pueden ser cualquiera de nosotros, y esa empatía, que acerca al lector a las criaturas, hace aún más de agradecer la ternura del narrador, la suave textura de la escritura, en la cual el lector se siente comprendido y aun mimado. Y eso a pesar de lo poco que nos ayuda el entorno, material o inmaterial: “cuando abortas cuatro veces ni siquiera una rayita se difumina un poco con el paso de los días para que resulte más sencillo deshacerse al menos de uno de los plásticos”. Mas los personajes de Labari encuentran dentro de sí una fuerza secreta, la misma que pese a la anodina sucesión de los días nos hace levantarnos cada mañana: a veces la costumbre, otras la esperanza.

Ficha del libro en Lengua de Trapo

Publicado originalmente en El Confidencial

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Abr 08

Sergio Chejfec, Miguel-Anxo Murado y António Lobo Antunes

Escrito en El T-rex que viene, El museo, Zarpazo de velociraptor.
Etiquetas: , , , 8/04/2009

 

Finsbury Park. Fuente:librodearena.comUn artista del mundo flotante. Mis dos mundos, Sergo Chejfec.

Sin duda se trata de un título sumamente interesante que nos descubre a un autor notable que escribe en nuestra lengua y que, no obstante, nunca había sido publicado en España. Lo cual nos vuelve a hacer reflexionar sobre esta situación (que cambia lentamente) en la que el mundo hispanohablante vive culturalmente de espaldas a sí mismo. De todos modos, Chejfec es distinto a todos. Además de vivir al margen de la vida literaria –que nada tiene que ver con la literatura–, su escritura tiene mucho de germánica y muy poco de narrativa. Esta es una novela para lectores fascinados por los recovecos del pensamiento en cierto modo hegeliano, que se despliega y desenvuelve.

La fiebre, señora del mundo. El sueño de la fiebre, Miguel-Anxo Murado.

Quién no ha asistido asombrado a las fantasías de la fiebre, esas figuraciones del cerebro alterado por la enfermedad y el hervor, que se viven como una pesadilla de especial intensidad y de la que nos vemos incapaces de despertar. La calentura es mucho más que un aumento anormal de la temperatura del cuerpo, y más que una mera alteración del estado natural de consciencia. La fiebre está cargada de recuerdos y “tiene ese poder de evocar porque nos lleva al mismo rincón oscuro en el que estuvimos de niños, de jóvenes, de adultos. La fiebre es un lugar”.

El mal es insistir en el estilo. Mi nombre es Legión, António Lobo Antunes.

La narrativa de António Lobo Antunes tiene dos preocupaciones esenciales: la experiencia literaria de la violencia y la consecución de un estilo propio. Huelga decir que hace tiempo que cumplió ambos objetivos con creces, pero puede que haya entrado en su Caribdis particular, en la que el estilo fagocita tramas y personajes. Esta es la sensación que deja su última novela, Mi nombre es Legión, en la que el estilo Lobo Antunes, que ciertamente es ya un patrimonio para la cultura portuguesa, copa el relato de modo absoluto, ahogando al resto de elementos narrativos.

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Mar 26

Lev Tolstói: El padre Sergio

Escrito en El gabinete del dr. Mantell.
Etiquetas: , , 26/03/2009

 

Lev Tolstói por Ilia Efimovich Repin. Fuente: WikipediaTenía pensado un artículo comparando El padre Sergio con su Confesión, del mismo modo que con Los cosacos tracé líneas hacia los Diarios. Pero como eso ya lo ha hecho, y muy bien, Almudena Guzmán en ABC, pues me la envaino y procuraré en el futuro ser más rápido y que sean otros los que tengan que abrirse la cabeza buscando un enfoque original. No obstante sigo poseído por la fiebre parangonera (que transmite el mosquito de Auerbach). Así que, recordando sus memorias noveladas, Infancia, Adolescencia, Juventud, me vinieron a la nuez (recuerden mi reptiliana condición) dos personajes de la niñez de Tolstói, el peregrino Grisha, cargado de cadenas, y la abnegada criada Natalia Sávishna. Ambos personajes me recuerdan, mucho, al padre Sergio y a su ángel redentor, Páshenka.

Grisha es un peregrino, de ésos tan habituales en las novelas rusas, que recorren los caminos confiando en su santidad como sostén, no sólo moral, sino también físico. Los ricos les alojan, y así aparece Grisha en la vida de Tolstói, a la sazón un niño de diez años. El peregrino pasa unos días en la dacha familiar, en la aldea de Petróvskoie, invitado por la madre. Los niños quedaron  muy impresionados por su aspecto: “un hombre de unos cincuenta años, con el rostro pálido y picado de viruelas, el cabello largo, canoso, y una barba rala y rojiza. Era tan alto que para cruzar la puerta no sólo tenía que agachar la cabeza, sino doblar el cuerpo. Estaba vestido con algo raído parecido a un caftán y a una sotanilla; sostenía en la mano un enorme cayado, con el que golpeó el suelo con todas sus fuerzas al entrar. Frunció el ceño y, abriendo desmesuradamente la boca, se echó a reír del modo más horroroso y antinatural. Era tuerto y la pupila, cubierta por una nube, saltaba incesantemente y añadía a su rostro -feo de por sú- una expresión aún más repugnante” (Infancia. Ed. Alianza, pág. 35. Trad. de Víctor Andresco).

Tan impresionados quedaron, que decidieron esconderse en un armario para espiarle y ver, por sí mismos, las cadenas que se rumoreaba llevaba el santón enrolladas alrededor de su cuerpo. Entonces el joven Tolstói observó la pura fe del peregrino, que clama, como el padre Sergio durante su retiro, “¡Perdóname, Señor, enséñame lo que debo hacer…; enséñame lo que debo hacer, Señor!”, y manifiesta que “la impresión y el sentimiento que despertó en mí no desaparecerán de mi memoria”. No desapareció, a juzgar por lo que leemos en El padre Sergio, sus constantes súplicas de socorro a Dios ante las coacciones de la lujuria y la zapa de la duda.

Kurskaya korennaya por Iliá Repin. Fuente: Wikipedia

En cuanto a Páshenka, era una niña algo boba aunque seguramente más por falta carácter que por falta de intelecto, de la que Kasatski, junto con muchos otros niños, se reía. Mas luego descubre en ella la verdadera fe, el auténtico servicio a Dios a través del servicio al prójimo. Enseñanza por la que, obviamente, también se empeñó Tolstói, su perenne empeño por redimir al campesinado ruso. Por su parte, la Natalia Sávishna de su infancia, “no vivía más que para el bienestar de los señores (…). No sólo no hablaba de sí misma, sino que, al parecer, ni pensaba en su existencia. Todo en su vida era amor y sacrificio”.

Es interesante leer el artículo Tolstoi: El hermano mayor de Dios, pues rara vez se lee una versión tan crítica (quizá excesivamente virulenta y agresiva) de alguien generalmente alabado por su grandeza moral y su humanismo. Se le interpreta como ególatra, vanidoso y exhibicionista, algo que encaja muy bien con el padre Sergio, que es igual hasta su definitiva transformación. Tolstói, entonces, conocería el camino pero no cómo seguirlo. En el cuento, Tolstói escribe sus propios conflictos espirituales, se retrata en un Kasatski que, en todo cuanto emprende, busca el reconocimiento y el halago público. En ambos, la existencia es una permanente lucha contra el sentimiento de culpa, contra el orgullo aferrado a su naturaleza.

Ficha: El padre Sergio. Trad. Bela Martinova. Rey Lear. 112 págs. 9,95 €

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Mar 14

Álvaro Pombo: Virginia o el interior del mundo

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 14/03/2009

 

pomboCualquier pombista que se precie recordará de inmediato, apenas haya abierto la última novela de Álvaro Pombo (Santander, 1939), a la tía Nines y a su Indalecio de Donde las mujeres. Ese mismo amor enfermo que atrapa y encierra y condena –y libera, distingue y autentifica–. O reconocerá el retiro de Virginia en Campogiro como primo del de Juan Campos en La fortuna de Matilda Turpin –e identificará a la propia Virginia con la Isabel de la Hoz de Una ventana al norte–. Cualquier pombista que se precie encontrará tantas y tantas imágenes, personajes –Gabriel, la abuela–, situaciones, conversaciones familiares; y recursos estilísticos, narrativos; y reflexiones, y trasiegos filosóficos. Y Santander, que aquí se llama Santander con todas las letras y toda la evocación de una época ya cerrada, perdida y olvidada –asistimos en esta novela a su disolución–.

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Dic 06

Cristina Cerrada: La mujer calva

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 6/12/2008

Más que acostumbrada a llevarse galardones literarios, Cristina Cerrada se mete ahora en el bolsillo del XIV Premio Lengua de Trapo de Novela, uno de los que suele garantizar la calidad del ganador, aunque en este caso sea “de la casa”. El premio de Pote Huerta siempre vale la pena; el año pasado, con La lavandera de Pepe Monteserín, alcanzó un nivel difícil de igualar, y no lejos queda esta novela sobre la soledad y la renuncia a la libertad.

 

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Sep 27

Alberto Olmos: Tatami

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 27/09/2008

El novelista y exprofesor de español para japoneses Alberto Olmos no ha tenido un aterrizaje brusco en el planeta literario, del estilo de Nocilla Dream o Llámame Brooklyn, pero con ya cinco novelas a sus espaldas es uno de los `jóvenes narradores´ –ese concepto tan laxo– más sólidos y reconocidos de nuestro país. Si con A bordo del naufragio resultó finalista del prestigioso premio Herralde, su consagración llegó hace dos años con Trenes hacia Tokio, donde plasmaba sus experiencias niponas tras tres años de permanencia en el país del sol naciente. Luego llegaría El talento de los demás, su novela más ambiciosa y conseguida –aunque sin el encanto de Trenes– y que logró gran aceptación entre la crítica.

La presente novelita, o novela corta por su extensión y características, cuenta una anécdota simple y en apariencia anodina: una recién licenciada –Olga– vuela a Japón para impartir allí clases de español y su compañero de asiento –Luis–, que casualmente hizo muchos años el mismo viaje –¿iniciático?–, decide contarle su historia, que le revela como un voyeur perturbado y grumoso, aunque en esencia inofensivo. Sin embargo, cada página ahonda más y más en la psicología de Luis, pues el voyeurismo es sólo un canal para llegar al fondo, los mecanismos basales del sexo y la radical soledad del ser humano, el caldo primigenio del que surge todo lo demás.

Y es que Tatami, de concepción sencilla, de ambición moderada, no puede evitar erigirse sobre unas profundas raíces que ya germinaron en la obra anterior de Olmos. Luis, el protagonista de esta historia es muy similar en cuanto a su soledad radical a los aturdidos antihéroes de A bordo del naufragio y de Trenes hacia Tokio, y Olga no es muy diferente; es también una solitaria, que se ampara en su responsabilidad y su enorme busto para guardar las distancias –de ahí su virginidad, que espera perder en el Japón, donde nadie la conoce y donde espera no arraigar–.

Olmos despliega su talento de narrador, su profundidad y oficio de gran escritor y Tatami, como el bolso de Mary Poppins, contiene mucho más de lo que a simple vista cabría imaginar. Se puede entender además como una reflexión metaliteraria, sin abandonar las formas y recursos del relato tradicional, por cuanto podemos experimentar el poder cautivador de la ficción bien urdida –pues Luis es un consumado narrador–. De nada sirve a Olga repetirse una vez y otra que no quiere oír más, que no le interesa lo que Luis le está contando, que su desprecio es demasiado intenso. Al final, sigue reclamando su relato y queda atrapada en él a más largo plazo de lo que es capaz de imaginar. Las experiencias de Luis la han contaminado ya irrevocablemente: es el poder de la palabra, el poder de la narración.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial

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Feb 23

Ian McEwan: Chesil Beach

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 23/02/2008

Especialmente desde la publicación de Expiación, recientemente adaptada al cine, Ian McEwan se ha convertido en el cabecilla de su generación y está considerado, por muchos, el mejor escritor británico vivo. Luego vino Sábado, que no fue tan unánimemente aceptada pero que no deja de ser una magnífica respuesta al golpe que supuso el ataque a las Torres Gemelas. Chesil Beach, su nueva novela, es bien distinta de ambas, pero al mismo tiempo y como no podía ser de otro modo, comparte algunas semejanzas. Al igual que Sábado, la acción se concentra en unas pocas horas, comenzando in medias res, en la noche de bodas de una pareja cualquiera, con algunas analepsis para poner al lector en antecedentes; y como Expiación, se aleja del presente para contar una historia imperecedera.

No es fortuito que haya elegido el comienzo de los años 60 para ubicar la -escasa- acción. McEwan bucea en el fondo de miedo y horror que subyace a las relaciones humanas y lo hace en un momento de quiebra, en el momento preciso. Porque justo antes las convenciones eran tan sólidas que no cabía plantearse la mayor parte de las cuestiones que traen de cabeza a Florence y Edward, y poco después los tabúes ya se han roto y las relaciones se viven de una manera más abierta, y aunque el mismo miedo siga existiendo resulta menos claro. En Chesil Beach narra el desencuentro entre dos personajes a quienes les “dolía terriblemente que su noche de bodas no fuera simple cuando su amor era tan obvio” (p. 104).

En esta novela, pese a su brevedad, McEwan habla demasiado -y es uno de sus escasísimos defectos, quizá el único-; aunque resulta patente, escribe que lo que les separa es “Su personalidad y su pasado respectivos, su ignorancia y temor, su timidez, su aprensión, la falta de un derecho o de experiencia o desenvoltua, la parte final de una prohibición religiosa, su condición de ingleses y su clase social, y la historia misma. Poca cosa en definitiva” (p. 109). El narrador omnisciente revela los pensamientos y emociones más íntimos de unos personajes atenazados por sus propios miedos, por la ignorancia de los miedos del otro y por la insalvable barrera de incomunicación que se alza entre ambos. La desasosegante impotencia a la hora de comunicarse, porque “Aún no se había inventado un lenguaje para el caso” (p. 157) -y probablemente nunca ocurra-, les conduce por caminos diferentes a velocidades crecientes, y el narrador se muestra comprensivo, pero inmisericorde.

McEwan siempre lo es, golpea al lector, y golpea duro. No importa lo inocente que parezca el relato, porque bajo la plácida apariencia de una pareja que se mira tímidamente mientras cena late el fantasma de los miedos cotidianos, los más terribles porque resultan ineludibles, todo ser humano ha de pasar esa prueba. Florence y Edward “Apenas se conocían y nunca se conocerían por culpa del manto de cuasi silencio amigable que acallaba sus diferencias y les cegaba tanto como les ataba” (p. 164), y ese juego entre repulsión y atracción es, una vez más, el motor de su novela. Es lo que Florence siente por su padre, lo que siente por el cuerpo de su marido.

Chesil Beach es una novela redonda, menos ambiciosa que Expiación o Sábado, pero narrada con una tensión asfixiante que sólo se relaja durante las analepsis y que recuerda los momentos más sofocantes de Amor perdurable o Niños en el tiempo, cuando los personajes, abandonados a su suerte por aquellos a quienes aman, padecen con toda crudeza la soledad y la impotencia que les lleva al límite se su propia cordura.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial

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Dic 15

Yasunari Kawabata: El rumor de la montaña

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 15/12/2007

Como en muchas de las novelas del premio Nobel de 1968, Yasunari Kawabata, la vejez y sus problemas ocupan un lugar temático central. Shingo, el viejo que escucha el rumor de la montaña, tiene ésta y otras premoniciones de muerte, mientras trata de afirmar los pies sobre su frágil memoria. Entretanto, su mundo se desmorona; pertenece a la generación anterior a la II Guerra Mundial, y sus compañeros de escuela y universidad van desapareciendo lentamente.

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Ene 13

Germán Temprano: Un día cualquiera

Escrito en El museo.
Etiquetas: , 13/01/2007

Paula, al final de su vida, cree reencontrarse con su auténtico amor de juventud y ello genera una avalancha de recuerdos que la sitúa cara a cara con su pasado, con el fracaso y los llantos que dejaron vacía su alma, cubierta de polvo -el autor desarrolla una brillante alegoría, un anciano como una casa vacía-. En su viaje vertical a la edad anciana, Germán Temprano se ve acompañado por otros escritores que, últimamente, han dirigido su atención hacia una etapa de la vida poco tratada literariamente: John Coetzee, Philip Roth o Vila-Matas. En un primer mundo envejecido, ya no es el joven que observa a distancia al anciano, o éste que recuerda su juventud y despertar a la vida. La edad provecta se ha convertido en sujeto de reflexión narrativa, incluso por parte de autores jóvenes como Temprano -nacido en 1962-.

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Nov 11

Victoria de Stefano: Lluvia

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 11/11/2006

Desde el último cuarto del pasado siglo hasta hoy se ha consolidado una corriente literaria elitista -y por ello denostada por algunos- integrada por escritores fascinados por la literatura que nutren su obra de otras -literatura retroalimentada-. Escritores que han sido absorbidos por el espíritu del libro hasta lograr la síntesis total con él, como le ocurre a nuestro Vila-Matas. Ahora Candaya nos trae desde Venezuela a una autora que es allí una institución, pero que aquí es una completa desconocida. Con la cantidad de obras y autores mediocres que cruzan el charco -en ambas direcciones-, es increíble que esta autora, de cuya capacidad percibimos aquí sólo un atisbo, haya sido relegada tanto tiempo. Victoria de Stefano (1940), nacida italiana aunque pronto emigrada al país caribeño, es licenciada en filosofía -y eso se percibe claramente en su prosa- y es un claro ejemplar del desarraigo intelectual americano del siglo XX, pues parte de su vida la ha pasado en el exilio.

Toda su obra está caracterizada por el “apego a una labor que es su razón de ser” (p. 13, Ednodio Quintero), algo que ya trató en El lugar del escritor. Lluvia, novela del año 2002, “es una formidable escenificación del mundo del escritor” (p. 16); es la historia de su propia construcción: “Justamente estaba dándole vueltas a un relato en el que se describía un día, parecido o igual a éste, acoplándose a sus impresiones ópticas y auditivas tanto como a las marcas olfativas almacenadas en su cerebro, y el cuento se llamaría Aguacero, o tal vez Lluvia, dos títulos más bien escuetos a imitación de los que los pintores les ponían a sus cuadros como para no hacerse culpables de abusar de la gramática expresando más de lo que se habían propuesto realizar con sus medios ordinarios”. (pp. 32-33).

Lluvia está repleta de lúcidas reflexiones acerca del proceso de la escritura, pues de lo que se trata es de la disección de una escritora mediante un corte: cuando aparece el jardinero José, que irrumpe en el proceso creativo y da inicio a la narración. José existe porque hay novela y la novela existe porque José llama a su puerta, porque llueve y el coche se le ha averiado. A partir de ahí, lo exterior y lo interior se desarrollan, aunque a distancia: la agonía del Suizo, la poda del níspero, la andanzas de P., el pasado de José, o la naturaleza viva y vital ocurren al otro lado del cristal desde el que Clarice ve llover -declarado homenaje a Clarice Lispector, pues la autora se siente ser “Miss Moore, Miss Dickinson, Miss Barret, Miss Emily Brontë” (p. 37), escritoras que no quisieron dejar de ser mujeres y sobrevivir al intento de síntesis-. El hogar toma así forma de refugio donde se desarrolla la vida interior de la escritora; la ‘habitación del escritor’ de Virginia Woolf, como refugio y mirador privilegiado frente a la lluvia, metáfora de la violencia, y la crueldad que están fuera y amenazan con entrometerse.

“En el arte de la escritura es donde mejor se revela la interconexión del yo del mundo con el sujeto ampliado del conocimiento progresando. Sin pausa y sin centro” (p. 102). Mediante la escritura, logra la síntesis de vida y literatura, ambos son recuerdos suyos por igual. Desfilan así por las páginas de Lluvia multitud de escritores, pintores, músicos y filósofos, en el estilo de novela onomástica que tanto gusta a algunos lectores avezados a quienes llenará de imágenes, pero que dejará sensación de abandono al primerizo. Esta es la virtud y el defecto de esta obra de reducidas dimensiones pero de amplia dimensión, especialmente recomendable para aquellos que han sentido alguna vez en sus carnes el aguijón de la literatura; al resto quizá les parezca tedioso.

Para dirigirse a este target lector emplea una prosa precisa, conceptual y elegante; detallista, puntillosa, afila cada hecho, gesto, emoción o pensamiento, por nimio que sea pues Clarice/Victoria es “propensa a ver más cosas de las que había en las cosas” (p. 25) y porque “la belleza es como un lente grande aplicado a una cosa pequeña” (p. 143). La belleza de las cosas sencillas sobre las que recae su mirada compasiva, ya sea un colibrí o un vagabundo al que también teme, son las que nutren, además de la literatura misma, estas páginas que necesitan de un lector muy determinado y exigente. Mención aparte merece la cuidada edición de Candaya, prologada por Ednodio Quintero, con una hermosa cubierta de Francesc Fernández.

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