Dic 24

La magia está en los libros

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 24/12/2008

La ilusión de todo padre es aparecerse como un mago ante sus hijos. Eso, al menos hasta cierta edad, no es difícil porque desean ser crédulos. Y, mientras eso dure, su entorno es para ellos un mundo mágico. Ir hasta el parque es una excursión, a la playa un viaje alucinante. Una simple sábana entre dos sillas, un palacio encantado. Pero la magia real ayuda mucho. La posesión de objetos mágicos es un punto a favor de los padres, que ayuda a dar consistencia a esa mirada infantil. Y nada hay más mágico que un libro, pues en ellos reside toda la magia del mundo. No nos referimos a un libro de hechizos, sino a un libro hechizado, hechizado con el embrujo más poderoso: el del ingenio humano.

 

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Dic 23

Roderick Gordon y Brian Williams: Profundidades

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , , , 23/12/2008

Cuando Will Burroughs partió en pos de su padre desaparecido, ni remotamente podía imaginar que su búsqueda le fuera a llevar tan lejos. Profundidades, el segundo tomo de la exitosa saga Túneles llevará al joven Will y a su inseparabe Chester hasta las profundas soledades del planeta, lugar habitado por los “coprolitas”, una raza humanoide que los colonos tratan con absoluto desprecio. Pero allí abajo hay mucho más: plantas asesinas, renegados de la Colonia, soldados de élite styx o más bien carniceros dedicados al exterminio de todo lo que se les cruza en el camino. Y, mientas Will trata de sobrevivir mientras continúa la búsqueda, los repulsivos styx están preparando su venganza sobre los odiados Seres de la Superficie, que no sospechan nada de lo que ocurre bajo sus pies.

 

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Dic 22

Ana Cristina Herreros: Libro de monstruos españoles

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 22/12/2008

Nuestros monstruos están en peligro. Ya nadie se acuerda de ellos, ni les teme. Iker Jiménez no les dedica ni un minuto de su tiempo. Sólo en el norte se les presta algo de  atención pero, ¿miedo? Ya ninguna doncella teme que el cuélebre le arrastre al fondo del mar, ni temen que las moras les roben las boronas recién cocidas. Los monstruos están enfermos de olvido. Durante incontables años, los monstruos han servido para explicar las zonas de sombra en el conocimiento inmediato del hombre sencillo. Las desapariciones en los caminos, o de niños; los objetos que caen sin que aparentemente nadie los toque, o los crujidos de una casa en la noche. Todo aquello que es nombrado, identificado, puede ser dominado. Pero es muy difícil que, conociendo el funcionamiento meteorológico de la atmósfera se la pueda dominar; ahora, si es un ser hasta cierto punto “de carne y hueso” el que decide dónde descarga la pedriza, las probabilidades aumentan. Ante la aparente imposibilidad de domeñar lo intangible, se recurre a lo tangible.

 

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Dic 21

Heinz Janisch: Una nube en mi cama

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 21/12/2008

¿Si te encontraras un gorila en un árbol, qué le pedirías? Exacto, ayuda para los deberes. Y luego quizá escucharías con él la trompetita de los peces, en un mar anaranjado. Porque, a ojos de un niño lo imposible es lo más natural, lo natural es aburrido y es divertido lo impensable. Heinz Janisch e Isabel Pin nos lo recuerdan en el delgado pero suculento Una nube en mi cama, editado por Lóguez. Todo comienza cuando a una niña, vestida de rojo y verdes medias, le visita una nube en su habitación. Este suceso, que rompe con el flujo natural de las cosas, provoca una oleada de pensamientos que los adultos entendemos como poéticos pero que para un niño es, simplemente, lenguaje.

 

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Dic 20

J. K. Rowling: Los cuentos de Beedle el Bardo

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 20/12/2008

Desde siempre, los cuentos han dado a sus maravillados oyentes, o lectores, coordenadas morales que les ayudaban a convertirse en miembros de pleno derecho del grupo. Era difícil, en esas épocas pasadas, recibir un mínimo de educación de otro modo y los cuentos cumplían esa función demostrando que la inteligencia narrativa ocupa un lugar principal en la estructura cognitiva del ser humano. Y, si esto ocurre entre los muggles, lo mismo pasa entre los magos. Albus Dumbledore, uno de los más poderosos de nuestra época, se paseaba con un gastado ejemplar de Los cuentos de Beedle el Bardo, un personaje del siglo XV autor de algunos de los cuentos más célebres entre los niños magos. Dumbledore le regaló su incunable a Hermione Granger, quien vertió las runas al inglés, para luego ser J. K. Rowling quien lo publicara en el mundo muggle.

 

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Dic 19

Oscar Wilde: El ilustre cohete

Escrito en El gabinete del dr. Mantell, El museo.
Etiquetas: , , , , , , , , 19/12/2008

Los clásicos son una solución ideal para las editoriales. No hay que pagar derechos –a no ser que estemos ante clásicos contemporáneos-, mantienen una demanda constante y dan lugar a lucimiento editorial, porque en este caso más que nunca el valor añadido es la calidad de la edición. Así, cada año por estas fechas varias casas editan nuevas versiones de la Canción de Navidad de Charles Dickens. En 2008 Blume y Mare Nostrum han realizado su apuesta mas, aunque sea una edición de la pasada temporada, el grueso volumen de Edhasa Cuentos de Navidad de Charles Dickens se mantiene en lo alto pues, además de la célebre novela gótico-navideña, incluye los otros relatos pascuales del gran novelista inglés del XIX, Las campanas, El grillo del hogar, El hechizado y La batalla de la vida, acompañados de ilustraciones originales de la época.

 

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Dic 22

La Navidad es de los niños

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , , , , , , , , 22/12/2007

La Navidad es de los niños, pero nunca hay que olvidar al que llevamos dentro. Como un cachorro curioso asoma cuando pasamos ante un escaparate repleto de juguetes, o en un parque de atracciones, o en Navidad. Ese niño interior es el que habrá de guiarnos a la hora de escoger un título que regalar a los jóvenes lectores, o de apuntar en la lista de peticiones para sus Majestades de Oriente. Esta selección es obra de nuestros niños interiores; son algunas de las historias que nos habría gustado haber leído hace algún tiempo. Algunas no nos las encontramos antes, otras sencillamente no habían sido escritas. Pero todas ellas son maravillosas aventuras para alimentar la imaginación de los más y los menos jóvenes, ahora que es Navidad, y la Navidad es de los niños.

Obras de Charles Kingsley, Roderick Gordon y Brian Williams, Jordi Sierra i Fabra y Diana Wynne Jones.

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Ene 01

Arthur Conan Doyle: El signo de los cuatro

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , , , , 1/01/2005

Cada mirada vuelta atrás, es decir, hacia los clásicos, resulta un ejercicio de asombro. Asombro por muchos motivos, entre ellos una vigencia en las formas especialmente en las obras de género. Las formas del relato de misterio las dejó ya sentadas Poe, y Conan Doyle se aplicó en no salirse nunca del camino marcado pues era suficientemente efectivo. Tanto, que las más modernas tramas policíacas siguien contando con crímenes enigmáticos, sin solución aparente, pero que a través de una investigación lógica y científica, terminan por revelar los más inopinados secretos. Ahí tenemos a los CSI, o a mi predilecto Monk, adalides respectivamente de la investigación científica y lógico-deductiva. Pero esto comenzó a tener verdadero éxito con Sherlock Holmes, protagonista de El signo de los cuatro, novela policíaca que, aunque hoy nos pueda parecer algo ingenua, sigue conservando todo el sabor del buen género negro y que, además, preludia un subgénero: el de la persecución fluvial al más puro estilo Corrupción en Miami (aunque en lanchas de vapor, pelín más lentas).

Sherlock Holmes es uno de los grandes héroes de la ficción, de todos los tiempos y de todo el mundo. Y, no obstante, se me hace un personaje desagradable, tan frío y altanero, aunque solitario y seguro de sí mismo como un Sam Spade (que, sin embargo, tenía ese punto irónico y socarrón que al severo Holmes le falta). Es un digno representante de la sociedad a la que perteneció, la sociedad que se creó bajo los auspicios de Victoria I de Inglaterra, una reimpresión de Isabel I, ambas más o menos vírgenes, más o menos gruñonas y más o menos desquiciadas. La sociedad victoriana muestra sus sombras más claramente en Dickens, y en el mundo de Sherlock Holmes aparecen veladas pero encarnadas en el personaje. Los de Dickens pueden ser bien verdugos, símbolo de los defectos de la sociedad, bien víctimas; pero en Holmes se cruzan los defectos y las virtudes de la sociedad que marcaría los derroteros del siglo XX: es un adalid de la ciencia, la tecnología y la lógica, en las que muestra una confianza sin fisuras, pero al mismo tiempo carece de verdaderos sentimientos (en apariencia), se comporta cruelmente con quienes le rodean (e incluso con quienes le profesan sincero afecto, como Watson, al que desprecia e insulta muchas veces), es un engreído, etc. En este relato, y para sorpresa de muchos, se desvela además como un yonqui adicto a la cocaína. La afición a las drogas fue una de las señas de la época, no en vano los ingleses desataron una guerra en China por el control del mercado del opio, y no olvidemos que la heroína fue un invento de la época (de Bayer, creo) para ayudar a los soldados de la Gran Guerra (de ahí su nombre) a superar la adicción a los mórficos (que se les administraban para calmar el dolor, pero muchos eran adictos ya antes, para superar dolores menos físicos). El propio Conan Doyle era adicto a la cocaína inyectada en los años de publicación de la novela (1889-1890), y aprovecha para utilizar al personaje para mantener un diálogo consigo mismo y con la sociedad acerca de esta afición. Aunque en esta ocasión parece que la droga resulta victoriosa, no volverá a aparecer en posteriores relatos protagonizados por Holmes (como no apareció en el anterior, Estudio en escarlata).

Este es uno de los datos acerca de Holmes que lo humanizan, muestran un lado frágil, apenas insinuado, que quizá es lo que nos permite admirar al héroe, en principio tan distante, con tantos aires de superioridad. Su método es imponente, pero eso resulta insuficiente para erigir una estatua en su honor y convertir un edificio de la auténtica Baker Street en un Museo Sherlock Holmes. Holmes necesita la estimulación de la droga para no derrumbarse, pero no sólo se sustenta de ciencia (en este caso, química), necesita también de afecto. Watson, su amigo del alma, opera como contrapunto aparente (en Conan Doyle, como gran escritor que es, todo son apariencias, insinuaciones) lleno de humanidad, de limitaciones, fascinado por el detective; y sin embargo Holmes necesita más a Watson que éste a aquél. Holmes necesita reconocimiento público, aunque generalmente demuestre desprecio: sin las narraciones de su amigo doctor (siempre «inexactas»), los clientes no irían a solicitarlo, ni tendría el reconocimiento de las autoridades (la policía suele arrogarse en sus informes el éxito en las misiones), pero también lo necesita por su propio ego, porque aunque se siente especial, ¿qué sería de él si los demás no lo supieran? De forma más egoísta, las comunes habilidades de Watson hacen parecer las suyas más deslumbrantes. Así, a través de detalles, insinuaciones, y rapsodias interpretadas virtuosamente en las cuatro cuerdas de un violín, vemos a un ser humano donde antes sólo había héroe. Un hombre que necesita esconderse para poder mantenerse a salvo pero que, gracias a la amistad infalible de Watson, permanece firmemente adherido al mundo que tanto teme.

Por otro lado, un rápido apunte acerca del título de la obra. El signo «cuatro» es tradicionalmente misterioso, mágico. Los indios lakota agrupan todo cuanto existe en cuartetos: las plantas están formadas de raíz, tallo, hojas y frutos; sobre la tierra hay sol, luna, cielo y estrellas; los animales de clasifican en aquellos que se arrastran, aquellos que vuelan, los que caminan a cuatro patas y los que lo hacen sobre dos; y el tiempo, días, noches, lunas y años. El «4» representa a lo que existe. Cuatro eran también los elementos constitutivos de la realidad para Empédocles (tierra, agua, aire, fuego), en la que fue la elaboración más refinada de la teoría presocrática de los elementos. No estoy ducho en elementos mágicos, pero tanto la mística siux como la presocrática (eran más místicos que filósofos) nos sugieren una atmósfera cabalística o alquímica, un mundo en el que los números tienen «algo más», un secreto poder, un significado oculto, una clave para entender el sentido de la existencia y de lo que pueda haber más allá de ella. Desconozco la biografía de Conan Doyle hasta el punto de saber si era dado a los arcanos, como sí lo fue, por ejemplo, Victor Hugo, pero parece que, en este caso, la única magia capaz de mover el mundo es la ambición, o quizá el amor. La respuesta, en la novela.

Léelo en Cuanto y por qué tanto…

Sherlock Holmes es uno de los grandes héroes de la ficción, de todos los tiempos y de todo el mundo. Y, no obstante, se me hace un personaje desagradable, tan frío y altanero, aunque solitario y seguro de sí mismo como un Sam Spade (que, sin embargo, tenía ese punto irónico y socarrón que al severo Holmes le falta). Es un digno representante de la sociedad a la que perteneció, la sociedad que se creó bajo los auspicios de Victoria I de Inglaterra, una reimpresión de Isabel I, ambas más o menos vírgenes, más o menos gruñonas y más o menos desquiciadas. La sociedad victoriana muestra sus sombras más claramente en Dickens, pero en el mundo de Sherlock Holmes aparecen veladas pero encarnadas en este personaje. Los personajes de Dickens pueden ser bien verdugos, símbolo de los defectos de la sociedad, bien víctimas; pero en Holmes se cruzan los defectos y las virtudes de la sociedad que marcaría los derroteros del siglo XX, es un adalid de la ciencia, la tecnología y la lógica, en las que muestra una confianza sin fisuras, pero al mismo tiempo carece de verdaderos sentimientos (en apariencia), se comporta cruelmente con quienes le rodean (e incluso con quienes le profesan sincero afecto, como Watson, al que desprecia e insulta muchas veces), es un engreído, etc. En este relato, y para sorpresa de muchos, se desvela además como un yonqui, adicto a la cocaína. La afición a las drogas fue una de las señas de la época, no en vano los ingleses desataron una guerra en China por el control del mercado del opio, y no olvidemos que la heroína fue un invento de la época (de Bayer, creo) para ayudar a los soldados de la Gran Guerra (de ahí su nombre) a superar la adicción a los mórficos (que se les administraban para calmar el dolor, pero muchos eran adictos ya antes, para superar dolores menos físicos). El propio Conan Doyle era adicto a la cocaína inyectada en los años de publicación de la novela (1889-1890), y aprovecha para utilizar al personaje para mantener un diálogo consigo mismo y con la sociedad acerca de esta afición. Aunque en esta ocasión parece que la droga resulta victoriosa, no volverá a aparecer en posteriores relatos protagonizados por Holmes (como no apareció en el anterior, Estudio en escarlata). Este es uno de los datos acerca de Holmes que lo humanizan, muestran un lado frágil, apenas insinuado, que quizá es lo que nos permite admirar al héroe, en principio tan distante, con tantos aires de superioridad. Su método es imponente, pero eso resulta insuficiente para erigir una estatua en su honor y convertir un edificio de la auténtica Baker Street en un Museo Sherlock Holmes. Holmes necesita la estimulación de la droga para no derrumbarse, pero no sólo se sustenta de ciencia (en este caso, química), necesita también de afecto. Watson, su amigo del alma, opera como contrapunto aparente (en Conan Doyle, como gran escritor que es, todo son apariencias, insinuaciones) lleno de humanidad, de limitaciones, fascinado por el detective; y sin embargo Holmes necesita más a Watson que éste a aquél. Holmes necesita reconocimiento público, aunque generalmente demuestre desprecio: sin las narraciones de su amigo doctor (siempre «inexactas»), los clientes no irían a solicitarlo, ni tendría el reconocimiento de las autoridades (la policía suele arrogarse en sus informes el éxito en las misiones), pero también lo necesita por su propio ego, porque aunque se siente especial, ¿qué sería de él si los demás no lo supieran? De forma más egoísta, las comunes habilidades de Watson hacen parecer las suyas más deslumbrantes. Así, a través de detalles, insinuaciones, y rapsodias interpretadas virtuosamente en las cuatro cuerdas de un violín, vemos a un ser humano donde antes sólo había héroe. Un hombre que necesita esconderse para poder mantenerse a salvo pero que, gracias a la amistad infalible de Watson, permanece firmemente adherido al mundo que tanto teme.

Por otro lado, un rápido apunte acerca del título de la obra. El signo «cuatro» es tradicionalmente misterioso, mágico. Los indios lakota agrupan todo cuanto existe en cuartetos: las plantas están formadas de raíz, tallo, hojas y frutos; sobre la tierra hay sol, luna, cielo y estrellas; los animales de clasifican en aquellos que se arrastran, aquellos que vuelan, los que caminan a cuatro patas y los que lo hacen sobre dos; y el tiempo, días, noches, lunas y años. El «4» representa a lo que existe. Cuatro eran también los elementos constitutivos de la realidad para Empédocles (tierra, agua, aire, fuego), en la que fue la elaboración más refinada de la teoría presocrática de los elementos. No estoy ducho en elementos mágicos, pero tanto la mística siux como la presocrática (eran más místicos que filósofos) nos sugieren una atmósfera cabalística o alquímica, un mundo en el que los números tienen «algo más», un secreto poder, un significado oculto, una clave para entender el sentido de la existencia y de lo que pueda haber más allá de ella. Desconozco la biografía de Conan Doyle hasta el punto de saber si era dado a los arcanos, como sí lo fue, por ejemplo, Victor Hugo, pero parece que, en este caso, la única magia capaz de mover el mundo es la ambición, o quizá el amor. La respuesta, en la novela.

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Ene 01

Roald Dahl: Historias extraordinarias

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 1/01/2005

Hay libros de verano, aunque no siempre coincidan con los aparecidos en catálogos con dicha etiqueta; son libros que, quizá, evocan lecturas de infancia o adolescencia, recuerdos gratos del nacimiento lector, del descubrimiento de la literatura. Y hay autores que pueden ser singularmente veraniegos, aunque no lo hayan pretendido. A mí me ocurre todo esto con Roald Dahl, el autor inglés que «inventó» a los gremlins, una célebre fábrica de chocolate, o bien nos hizo estremecer con sus relatos de suspense, muchos de los cuales adaptó Hitchcock para su serie de TV. Mi primer contacto con Roald Dahl fue a finales de un curso de la ya olvidada EGB, en clase de inglés; debía ser junio, por lo que sólo tendríamos clases de mañana y las tardes las pasaríamos en la playa o el muelle (puede que pescando, puede que escrutando la salida de los colectores de la ciudad). Era un relato muy intenso que teníamos que traducir, la experiencia de un hombre que estaba en el trópico y, al despertar de una siesta, descubría que tenía, enroscada sobre su estómago, dormida, una serpiente, probablemente una mamba.

Dahl fue un gran viajero, conocía bien los trópicos y en más de una ocasión ha escrito sobre las mambas. Para quien no las conozca, son unas serpientes venenosísimas, las más peligrosas que hay en tierra. Las hay verdes y negras, pero ambas tienen ciertas peculiaridades: pueden morder repetidas veces (la mayor parte de las serpientes agotan su veneno con un mordisco) y persiguen a sus presas. Su mordedura es mortal en cuestión de minutos, por lo que no hay antídoto, y además habitan en los árboles, dejándose caer de vez en cuando sobre viajeros incautos. Todo ello hace de estos reptiles el ser, probablemente, más desagradable del mundo (después del mosquito, se la tengo jurada), aunque también hay que reconocer a la mamba cierta belleza y elegancia. Así que dicho lo dicho, podemos imaginarnos perfectamente lo que podría sentir un tipo que, al despertar viese a una mamba tumbada sobre su tripita, y temiendo que un movimiento suyo, o un ruido ajeno a su acción, viniera a despertarla.

Roald Dahl es un maestro del suspense, como reconoció el otro maestro del suspense inglés, Hitchcock. Y es, además, un portento de imaginación, como reconoció el imaginativo Disney. Pero nuestro autor no necesitó de padrinos tan renombrados para hacerse célebre, le bastó con tales cualidades y un pulso narrativo magistral. Escribía obras para niños, con las que muchos se han criado, y también para adultos, con las que muchos se han tensionado. Historias extraordinarias pertenece a este segundo grupo, aunque tiene algunos toques infantiles. Afortunadamente, los buenos lectores saben que esa frontera entre la narrativa infantil y la narrativa para adultos es difusa, y puede cruzarse (en más de un sentido), como ocurre con el fenómeno Potter (que, aprovecho para decirlo, va perdiendo fuelle con cada libro). El primer relato es claramente infantil, porque los protagonistas son un niño y una tortuga, pero el adulto es invitado de manera hábil, dado que el narrador lo es. Un adulto puede razonar cosas que el niño sólo siente, y este relato es una buena ocasión para reflexionar sobre nuestra relación con el mundo animal (y, además, desde una posición más amable que la del cuento anteriormente descrito), y también sobre nuestra relación, como ex-niños, con los aún-niños. No son temas baladís, sino que forman parte de una cosmovisión compleja que en Dahl se mantiene firme a lo largo de toda su obra, infantil y adulta.

Ahora bien, no esperemos sermones. Como todo buen narrador, y siguiendo a Conrad, Dahl sólo escribe la mitad del libro, nos apunta los temas y los viste de humanidad para que los lectores puedan, si lo desean, reflexionar. Y si no, al menos habremos pasado un buen rato, animados no sólo por la humanidad del relato, no sólo por la imaginación vertida, sino también por el ya destacado pulso narrativo, que muchas veces es lo que nos hace seguir adelante. Esta es una cualidad normalmente despreciada por la crítica, y aún por el público esnobizado por la crítica. Y, sin embargo, es la vida de toda narración, más que las ideas vertidas o que la imaginación empleada. Los narradores ingleses son consumados maestros, y Dahl no traiciona su tradición (aunque era medio escandinavo, según creo).

Los siguientes relatos varían, de lo infantil a lo adulto, desde el relato bélico con evocación de El principito (es una sensación mía) al reportaje periodístico o la narración autobiográfica con solución inesperada aunque genial. Estos relatos son medicina, por su sencillez, frescura y originalidad. Uno se siente recompuesto, bajo el sol ya robusto de junio, de las penurias de un largo y seco invierno. Si bien Roald Dahl no será un descubrimiento para nadie, porque es de sobra conocido, no está demás redescubrirlo de vez en cuando, como a los buenos escritores. Y, ¿qué mejor momento que el verano? Así como en invierno apetece redescubrir a Dickens, en otoño a Kafka o en primavera a Mishima (sigo hablando de mí, cada cual tendrá organizado el año a su manera), en verano quizá podamos hacerlo con Dahl, o con Dumas, o Ferlosio, o Julio Verne…

Lee el original en Cuanto y por qué tanto…

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