May 03

Los autores irreverentes… o no tanto

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, El gabinete del dr. Mantell.
Etiquetas: , , , , , 3/05/2011

Tras tanto clásico (Real Madrid C. F. – F. C. Barcelona) despistante mas escasamente deslumbrante, por parte de ambos contendientes, y a la espera del último y más importante de los encuentros, ya va tocando el retorno a la vida real. Y nunca, como en este momento, ha sido tan palpable la atmósfera ficticia del fútbol. Cuatro son muchos partidos y, si el fútbol es siempre un espectáculo dramático, en esta miniserie se perciben varios aspectos narrativos que refuerzan este carácter teatral, que tan bien han representado Alves y Busquets. Hay una evolución de personajes, incluso, y hemos visto al héroe envilecerse y al villano adquirir trazas de doliente humanidad. Si hace unas semanas el Barça debía ganar por el bien del fútbol, se han vuelto las tornas y el Real Madrid, si bien no alcanza a representar la excelencia deportiva (con Mourinho es imposible), pone rostro estupefacto al Juego Limpio que reclaman los organismos futbolísticos, aunque no les guste y no hagan nada por conseguirlo. El cruce de denuncias, parte relevante de esta intensa película (no falta ni un Al Pacino vociferando y sobreactuando ante el jurado), se ha saldado con más injusticia, más dramatismo y más daño a este espectáculo que un día surgió del deporte. Vuelvo a recomendar la lectura de Juego sucio, y qué certero Declan Hill al advertir el poco ánimo de responsables y aficionados a la hora de reconocer que el fútbol está corrompido hasta lo más hondo; ahora bien, sigue pareciéndome imposible apagar la tele y alejar de mí este fraude tan flagrante en el que el vencedor está decidido de antemano. Lo intentaré pero, Mr. Hill, no puedo prometer nada.

Y ahora vamos con libros, que también tienen alguna importancia.

Los escritos irreverentes, de Mark Twain

Él no creyó que se pudiera publicar, y su hija Clara no creyó que debiera publicarse, pero hete aquí la sátira bíblica de Mark Twain, y hasta bien traducida al castellano por gentileza de Gabriela Bustelo y Enrique Redel, editor de la magnífica Impedimenta. Los escritos irreverentes no son un conjunto uniforme sino, pese a los esfuerzos de Bernard DeVoto (responsable de la primera edición en inglés que sigue Impedimenta) un irregular amasijo de textos paródicos que padece esta situación tanto como disfruta de la rutilante inteligencia de su creador.

No podía faltar, en la obra del gran satírico de un siglo eminentemente puritano, la demoledora burla de las flagrantes incoherencias religiosas; mas, bien por temor a la reacción del público o por dedicación insuficiente, alumbró Twain una obra inacabada, fragmentaria y, a ratos, mediocre. Por pasar ya el mal trago, el libro se estructura en tres partes (sin contar con la correcta Introducción a cargo de la traductora) de longitud, aspecto y alcance desigual: “Las cartas de Satán desde la Tierra”, “Los apuntes de la familia de Adán” y “Carta desde el Cielo”, siendo la mediana la medianía, a excepción de “La autobiografía de Eva”. Referida ya la sección que podemos esquivar, sin más explicaciones (fíense de mi criterio o pierdan el tiempo, a su elección), pasemos a las partes que hacen pertinente esta traducción y la presencia del título en los catálogos editoriales más allá de la celebridad del autor.

Satán, un personaje tantas veces simpático aunque tan sólo sea por llevar la contraria, es bajo la pluma de Twain un sarcástico subalterno de Dios, primo lejano del Usbek de Montesquieu. Ha viajado a la Tierra para conocer de primera mano el último capricho del Señor: el hombre. Desde nuestro mundo escribe cartas a sus colegas arcángeles, sin perder comba a la hora de burlarse de las prácticas y creencias piadosas del hombre, desde la recreación de un Cielo carente de todos los placeres humanos pero abundante en tormentos, a su idea de Dios, un ser que les fustiga con incansable crueldad pero a quien ellos se resisten a culpabilizar y, por el contrario, idealizan en la forma benéfica que todos conocemos. Es la pieza más demoledora y explícita del conjunto, en la que el recurso a la lógica presta argumentos al ángel caído, que mantiene el pasmo página tras página ante la tozuda ingenuidad humana.

“La autobiografía de Eva” es la parte salvable de una sección acertadamente denominada “Apuntes”, sin que por ello se libre de la fragmentariedad. En ella no sólo se burla de la lógica, ciencia que acababa de utilizar para aniquilar los postulados de la religión cristiana, sino también de la ciencia y del machismo que deja a la mujer en casa, con la pata quebrada. Ella y su marido no son sólo los primeros humanos, también (necesariamente) los primeros científicos, si bien su método es aún imperfecto y concluyen que el agua está formada por átomos de hidrógeno, oxígeno y leche. Aunque el objetivo dde Twain sigue siendo desnudar la incoherencia religiosa y el mito del Edén, al reseñar la sorpresa de la pareja original cuando descubren, en el curso de una de sus investigaciones, que los leones y los tigres son carnívoros, sólo que en el Paraíso están obligados a atiborrarse “de fresas y cebollas”, que no terminan de sentarles bien del todo.

Remata el conjunto una curiosa e hilarante carta celestial que la burocracia angelical dirige a Abner Scofield, “comerciante de carbones”. En ella se le informa del estado de sus cuentas morales con el cielo, con los premios y concesiones que el Cielo tiene con quien parece un buen cristiano (un “cristiano profesional”, de hecho). Se trata de una pieza brillante de paródico estilo administrativo, que centra ahora sus dardos no en la religión, sino en el falso creyente que pretende servirse de la oración para obtener ventajas y beneficios. Sin embargo, como toda sátira, esta carece de toda intención reformista. La sátira se destina al correligionario, que es quien puede reírse con esas bromas, pero carece de efecto sobre el blanco de las saetas. Nadie que sea objeto de burla, aunque tal burla tenga un objeto educativo, va a reconocerse en ella, y por ello el esfuerzo de Twain fue inútil, o en todo caso onanista. Twain afiló su ironía con el tajador de la lógica, pero ante la lógica la religión interpone el muro infranqueable de la Fe. Así pues, la obrita de Twain es ilustrada, pero no irreverente, porque en materia de religión no cabe la irreverencia, ni la blasfemia, si no las lleva a cabo un creyente insatisfecho.

Ficha del libro en Impedimenta

Cordero, de Christopher Moore

La nueva novela de Moore, que narra los años desconocidos u oscuros de Jesús (entre su nacimiento y su muerte, como se sabe) es francamente divertida. Todas las novelas de Moore son sólo eso, francamente divertidas. Pero me gusta el efecto que produce un hombre adulto y barbado riéndose a carcajadas, en un lugar público, con un libro en la mano. Si hay un acto inconformista que uno pueda hacer sin jugarse el pescuezo, es este.

La irreverencia de Moore se reduce a meterse con los ángeles (o con uno de ellos), pero eso ya lo ha hecho antes (El ángel más tonto del mundo); en cambio, su imagen de Jesús es bastante convencional, aunque aprenda artes marciales y faquirismo. La anécdota de la novela es el viaje de Jesús y su mejor amigo Colleja a Oriente en pos de una respuesta a una pregunta muy humana: ¿para qué estoy aquí? El irreverente, de los dos, es Colleja, quien es resucitado en nuestra época para que escriba su Evangelio, dado lo insatisfactorio de los cuatro aprobados por la Iglesia (Evangelios canónicos). Pero no vaya a esperar el lector un Jesús libidinoso, violento o, como sostienen algunos, terrorista (zelote); ni siquiera es el Jesús de los Evangelios apócrifos, casado y con hijos (aunque sí tiene hermanos).

Concentrando la irreverencia en Colleja, Morre escribe una novela irreverente que deja a salvo a Jesús de Nazaret, no tanto a las iglesias que dicen representarlo, y crea en el fiel amigo de Cristo un personaje entrañable, no tan gilipollas como le consideran los demás y superlativamente gracioso. Como el mismo autor reconoce, no pretende inducir la duda en las convicciones de nadie, no espera que ocurra y, si ocurre, no será tanto culpa suya como del lector inseguro de su fe. Lector que haría bien en tomarse esto como un buen chiste bien contado, porque no hay mucho más, aunque se le pudiera pedir.

Ficha del libro en La Factoría de Ideas

Los escritos irreverentes, de Mark Twain

Él no creyó que se pudiera publicar, y su hija Clara no creyó que debiera publicarse, pero hete aquí la sátira bíblica de Mark Twain, y hasta bien traducida al castellano por gentileza de Gabriela Bustelo y Enrique Redel, editor de la magnífica Impedimenta. Los escritos irreverentes no son un conjunto uniforme sino, pese a los esfuerzos de Bernard DeVoto (responsable de la primera edición en inglés que sigue Impedimenta) un irregular amasijo de textos paródicos que padece esta situación tanto como disfruta de la rutilante inteligencia de su creador.

No podía faltar, en la obra del gran satírico de un siglo eminentemente puritano, la demoledora burla de las flagrantes incoherencias religiosas; mas, bien por temor a la reacción del público o por dedicación insuficiente, alumbró Twain una obra inacabada, fragmentaria y, a ratos, mediocre. Por pasar ya el mal trago, el libro se estructura en tres partes (sin contar con la correcta Introducción a cargo de la traductora) de longitud, aspecto y alcance desigual: “Las cartas de Satán desde la Tierra”, “Los apuntes de la familia de Adán” y “Carta desde el Cielo”, siendo la mediana la medianía, a excepción de “La autobiografía de Eva”. Referida ya la sección que podemos esquivar, sin más explicaciones (fíense de mi criterio o pierdan el tiempo, a su elección), pasemos a las partes que hacen pertinente esta traducción y la presencia del título en los catálogos editoriales más allá de la celebridad del autor.

Satán, un personaje tantas veces simpático aunque tan sólo sea por llevar la contraria, es bajo la pluma de Twain un sarcástico subalterno de Dios, primo lejano del Usbek de Montesquieu. Ha viajado a la Tierra para conocer de primera mano el último capricho del Señor: el hombre. Desde nuestro mundo escribe cartas a sus colegas arcángeles, sin perder comba a la hora de burlarse de las prácticas y creencias piadosas del hombre, desde la recreación de un Cielo carente de todos los placeres humanos pero abundante en tormentos, a su idea de Dios, un ser que les fustiga con incansable crueldad pero a quien ellos se resisten a culpabilizar y, por el contrario, idealizan en la forma benéfica que todos conocemos. Es la pieza más demoledora y explícita del conjunto, en la que el recurso a la lógica presta argumentos al ángel caído, que mantiene el pasmo página tras página ante la tozuda ingenuidad humana.

La autobiografía de Eva” es la parte salvable de una sección acertadamente denominada “Apuntes”, sin que por ello se libre de la fragmentariedad. En ella no sólo se burla de la lógica, ciencia que acababa de utilizar para aniquilar los postulados de la religión cristiana, sino también de la ciencia y del machismo que deja a la mujer en casa, con la pata quebrada. Ella y su marido no son sólo los primeros humanos, también (necesariamente) los primeros científicos, si bien su método es aún imperfecto y concluyen que el agua está formada por átomos de hidrógeno, oxígeno y leche. Aunque el objetivo dde Twain sigue siendo desnudar la incoherencia religiosa y el mito del Edén, al reseñar la sorpresa de la pareja original cuando descubren, en el curso de una de sus investigaciones, que los leones y los tigres son carnívoros, sólo que en el Paraíso están obligados a atiborrarse “de fresas y cebollas”, que no terminan de sentarles bien del todo.

Remata el conjunto una curiosa e hilarante carta celestial que la burocracia angelical dirige a Abner Scofield, “comerciante de carbones”. En ella se le informa del estado de sus cuentas morales con el cielo, con los premios y concesiones que el Cielo tiene con quien parece un buen cristiano (un “cristiano profesional”, de hecho). Se trata de una pieza brillante de paródico estilo administrativo, que centra ahora sus dardos no en la religión, sino en el falso creyente que pretende servirse de la oración para obtener ventajas y beneficios. Sin embargo, como toda sátira, esta carece de toda intención reformista. La sátira se destina al correligionario, que es quien puede reírse con esas bromas, pero carece de efecto sobre el blanco de las saetas. Nadie que sea objeto de burla, aunque tal burla tenga un objeto educativo, va a reconocerse en ella, y por ello el esfuerzo de Twain fue inútil, o en todo caso onanista. Twain afiló su ironía con el tajador de la lógica, pero ante la lógica la religión interpone el muro infranqueable de la Fe. Así pues, la obrita de Twain es ilustrada, pero no irreverente, porque en materia de religión no cabe la irreverencia, ni la blasfemia, si no las lleva a cabo un creyente insatisfecho.

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Mar 11

La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons

Escrito en El gabinete del dr. Mantell, El museo.
Etiquetas: , , , 11/03/2010

Si es usted devoto lector de Cumbres borrascosas -o cualquier otro relato paramero y meteorológico-, Lejos del mundanal ruido o la obra de David Herbert Lawrence, mejor no siga leyendo. Porque, en esta divertida novela, Stella Gibbons emprende la cervantina tarea de aniquilar a la novelística romántica y bucólica, por medio de una ácida parodia y, ni la familia Brönte, ni Thomas Hardy, ni el autor de Hijos y amantes -éste por motivos diferentes, su supuesta misoginia-, entre muchos otros, salen bien parados. Como periodista obligada a lidiar tantas veces con los egos hinchados de los escritores más o menos de moda, más o menos prestigiosos, Gibbons dispone su venganza mediante un relato que, como debe ser, cuenta con todos los ingredientes del género a desmantelar, desordenados y alterados en sus proporciones, para lograr algo que, sin dejar de ser lo mismo, es bastante diferente.

La protagonista, Flora Poste, es una digna representante de la frívola aristocracia británica, capaz de zamparse con deleite una tartaleta de manzana con verduras -y con eso está todo dicho-. Acaba de perder a sus padres, lo que no tiene demasiada importancia porque apenas los conocía, siempre estaban viajando. Más relevante resulta el hecho de que no eran tan ricos como creía, y la pobre hija de Robert Poste hereda una ridícula renta y ninguna propiedad. Sin embargo, Flora no es una heroína llorona; su vida está regida por los pensamientos y directrices éticas del abate Fausse-Maigre, y siguiendo los sabios consejos de su obra -que Flora carga siempre consigo- El sentido común de índole superior, resolverá iniciar una vida de parásita, alojándose en casa de aquellos parientes que la acepten.

Escribe a varios, pero finalmente resuelve alojarse con los Starkadder de Sussex. Frente a sus otras opciones únicamente espantosas, ésta le parece, al menos, interesante; y porque algo le hicieron a su padre, Robert Poste -relacionado con una cabra viva o muerta-; y porque Flora tiene algunos “derechos”, aunque ignora cuáles sean. Además, según le asigna su amiga la señora Smiling, Flora tiene “el complejo de Florence Nightingale más repugnante que he visto en mi vida” (p. 36), pues imagina que “alguno de mis parientes está metido en algún lío o sufre alguna desgracia, y resulta que yo puedo echar una mano” (p. 36). Y ése es el argumento de la novela: Flora tratará de ordenar la vida en la deprimente y tétrica granja de Cold Comfort.

Una galería de personajes geniales, imborrables, caracterizados en función de sus excesos y peculiaridades más cerriles, como Meriam, sujeta anualmente a “los desastrosos efectos de la abundancia de los perfumes de parravirgen en las noches de verano demasiado largas” (p. 111); Amos, el predicador escatológico que evita cuidadosamente llamar a Flora por su nombre y prefiere los circunloquios como “pobre pecadora miserable que te arrastras por el fango”; Elfine, la asilvestrada doncella extraída de la novelística romántica, y que termina cambiando la poesía por el Vogue -“la atmósfera de ‘pajarillos silvestres revoloteando alrededor de una ninfa’ que envolvía a Elfine como un vapor pestilente” (p. 199); o la terrible tía Ada Doom, que vio “algo sucio en la leñera”, cuando no era mayor que un pajarillo, que marcará el destino familiar de manera ineluctable.

La hija de Robert Poste es una novela con varios estratos. El lector elige cuán hondo excavará, aunque para llegar a los más profundos necesitará un gran conocimiento de la novelística inglesa del XIX y de principios del XX, pues el texto está repleto de guiños y parodias. Se burla de algo tan ajeno al espíritu narrativo inglés como es la frase ampulosa y emperifollada, porque “tengo en mente a todos esos miles de personas que, al contrario que yo, desempeñan labores vulgares y sin sentido en oficinas, en tiendas y en sus hogares, y que no siempre están seguras de si una frase es literatura o bien una simple estupidez”; para facilitar las cosas, señala con asteriscos -dos o tres, según su calidad- aquellos fragmentos especialmente “literarios”, es decir, retorcidos, retóricos y recargados.

Una soberbia y amarga ironía, que cristaliza en las respuestas de Flora a sus rurales primos y al señor Mybug -trasunto de D. H. Lawrence- y lo esperpéntico de las situaciones permiten que, aún renunciado a la prospección “arqueoliteraria”, la novela se lea con fruición. Gibbons, que se consideraba “una principiante en el más encantador, difícil y perverso de todos los oficios”, se propuso divertir, y lo logró holgadamente; tan holgadamente que acabó escribiendo verdadera literatura, de esa que se asienta en la memoria y se recuerda con emoción.

Ficha del libro en Impedimenta

Publicado originalmente en El Confidencial

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Mar 04

Neutralia, de Evelyn Waugh

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 4/03/2010

Llega al fin la traducción de esta novelita que Evelyn Waugh escribiera en 1946, una vez digerido el gran éxito de Retorno a Brideshead -mejor el libro que la serie, mejor la serie que la película- y que parte de un viaje que el novelista hiciera a España, ese mismo año, invitado al III Centenario de Francisco de Vitoria, en calidad, suponemos, de católico célebre en un entorno hostil.

Conviene recordar que Waugh no era un buen viajero; cargaba, como cuenta Miguel Sánchez Ostiz en el prólogo de Una educación incompleta (Libros del Asteroide, 2007), con todos sus prejuicios de clase que, en el caso del autor de Los seres queridos, eran muchos. Su visión de España no es positiva, y no tiene que ver sólo con su rechazo de la dictadura, sino más bien con su conocido esnobismo. No obstante, muestra cierta conmiseración hacia Neutralia, la dictadura mediterránea -que no se corresponde exactamente con España, a pesar de todo, sino que es un “conglomerado”- en la que transcurre buena parte de la acción de la novelita: “Ha sufrido todo mal concebible que un estado pueda heredar. Guerras dinásticas, invasiones extranjeras, sucesiones disputadas, colonias sublevadas, sífilis endémicas, suelo empobrecido, intrigas masónicas, revoluciones, restauraciones, cábalas, juntas, pronunciamientos, liberaciones, constituciones, golpes de estado, dictaduras, asesinatos, reformas agrarias, elecciones populares, intervención extranjera, cancelación de préstamos, inflaciones de moneda, sindicatos, masacres, incendios, ateísmo, sociedades secretas… Complétese la lista, introdúzcanse tantas miserias personales como se desee, y se encontrará todo en los tres últimos siglos de historia neutraliana” (p. 28).

A ese país va a parar el oscuro profesor de clásicas de un colegio inglés cualquiera, Scott-King, “el viejo Scottie; toda una institución escolar, cuyas lamentaciones precisas y ligeramente nasales sobre la decadencia moderna inspiraban constantes parodias” (p. 25). El protagonista, que no llega a ser un trasunto del autor, teme, al igual que éste, la deriva que toma el mundo de la posguerra. El mundo moderno surgido al terminar la Segunda Guerra Mundial está haciendo tambalearse el bien erigido edificio de la civilización occidental, de raigambre británica, y que Waugh advertía en el avance del socialismo, y Scott-King, en la decadencia de los estudios clásicos, al encontrarse cada año con menos alumnos:  “Los padres ya no están interesados en formar al hombre completo. Quieren preparar a sus chicos para empleos en el mundo moderno” (p. 107).

Léelo completo en El Confidencial…

Llega al fin la traducción de esta novelita que Evelyn Waugh escribiera en 1946, una vez digerido el gran éxito de Retorno a Brideshead -mejor el libro que la serie, mejor la serie que la película- y que parte de un viaje que el novelista hiciera a España, ese mismo año, invitado al III Centenario de Francisco de Vitoria, en calidad, suponemos, de católico célebre en un entorno hostil.

Conviene recordar que Waugh no era un buen viajero; cargaba, como cuenta Miguel Sánchez Ostiz en el prólogo de Una educación incompleta (Libros del Asteroide, 2007), con todos sus prejuicios de clase que, en el caso del autor de Los seres queridos, eran muchos. Su visión de España no es positiva, y no tiene que ver sólo con su rechazo de la dictadura, sino más bien con su conocido esnobismo. No obstante, muestra cierta conmiseración hacia Neutralia, la dictadura mediterránea -que no se corresponde exactamente con España, a pesar de todo, sino que es un “conglomerado”- en la que transcurre buena parte de la acción de la novelita: “Ha sufrido todo mal concebible que un estado pueda heredar. Guerras dinásticas, invasiones extranjeras, sucesiones disputadas, colonias sublevadas, sífilis endémicas, suelo empobrecido, intrigas masónicas, revoluciones, restauraciones, cábalas, juntas, pronunciamientos, liberaciones, constituciones, golpes de estado, dictaduras, asesinatos, reformas agrarias, elecciones populares, intervención extranjera, cancelación de préstamos, inflaciones de moneda, sindicatos, masacres, incendios, ateísmo, sociedades secretas… Complétese la lista, introdúzcanse tantas miserias personales como se desee, y se encontrará todo en los tres últimos siglos de historia neutraliana” (p. 28).Llega al fin la traducción de esta novelita que Evelyn Waugh escribiera en 1946, una vez digerido el gran éxito de Retorno a Brideshead -mejor el libro que la serie, mejor la serie que la película- y que parte de un viaje que el novelista hiciera a España, ese mismo año, invitado al III Centenario de Francisco de Vitoria, en calidad, suponemos, de católico célebre en un entorno hostil.

Conviene recordar que Waugh no era un buen viajero; cargaba, como cuenta Miguel Sánchez Ostiz en el prólogo de Una educación incompleta (Libros del Asteroide, 2007), con todos sus prejuicios de clase que, en el caso del autor de Los seres queridos, eran muchos. Su visión de España no es positiva, y no tiene que ver sólo con su rechazo de la dictadura, sino más bien con su conocido esnobismo. No obstante, muestra cierta conmiseración hacia Neutralia, la dictadura mediterránea -que no se corresponde exactamente con España, a pesar de todo, sino que es un “conglomerado”- en la que transcurre buena parte de la acción de la novelita: “Ha sufrido todo mal concebible que un estado pueda heredar. Guerras dinásticas, invasiones extranjeras, sucesiones disputadas, colonias sublevadas, sífilis endémicas, suelo empobrecido, intrigas masónicas, revoluciones, restauraciones, cábalas, juntas, pronunciamientos, liberaciones, constituciones, golpes de estado, dictaduras, asesinatos, reformas agrarias, elecciones populares, intervención extranjera, cancelación de préstamos, inflaciones de moneda, sindicatos, masacres, incendios, ateísmo, sociedades secretas… Complétese la lista, introdúzcanse tantas miserias personales como se desee, y se encontrará todo en los tres últimos siglos de historia neutraliana” (p. 28).

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Ene 21

Una revolución pequeña, de Juan Aparicio Belmonte

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 21/01/2010

Juan Aparicio BelmonteLa cuarta novela de Juan Aparicio-Belmonte vuelve a dar la vuelta al mundo, y no en un sentido geográfico. El suyo es un realismo, casi costumbrismo, muy peculiar, que encontraba expresión en su aclamada anterior novela, El disparatado círculo de los pájaros borrachos: “si la realidad hoy en día es un disparate, toda novela realista tendrá que ser disparatada” (p. 127; Lengua de Trapo, 2006).

El autor ha hecho del humor disparatado su sello, que no se imprime sobre chistes vacíos sino sobre un fondo de crítica social centrada en el sistema judicial y penitenciario, así como en las peculiaridades políticas nacionales. Así ocurre en esta novela, Una revolución pequeña, en la que el abogado inocente acaba en prisión, los jueces asesinan… un mundo novelesco que subvierte la mirada convencional sin dejar de reseñar fielmente la realidad, aunque sea a través de los espejos deformantes del humor.

Léelo completo en El Confidencial…

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Nov 03

El viaje íntimo de la locura, de Roberto Iniesta

Escrito en Mirada de troodon.
Etiquetas: , , , 3/11/2009

Parece que El viaje íntimo de la locura fuera un libro fantasma: muchos creen en él -y lo han comprado o pretenden hacerlo-, pero pocos lo ha leído. Por lo menos, eso es lo que aparece en la red. Y sería injusto perseverar en esta actitud reverencial aunque pasiva, porque la primera novela de Roberto Iniesta, el alma de Extremoduro, no está nada mal. Por mi parte, llevaba algún tiempo sin escucharlos pues, aunque en sus últimos discos había algunos temas memorables -me encanta Stand By- estaba un poco cansado de tanta luna y tanta flor, y algo de eso hay aquí, en la novela -más sol que luna-.

Por el título -creo que inadecuado- y por la ilustración de la cubierta -es a un retrete a lo que se asoma el hombre del pelo enhiesto- uno podría imaginar que estamos ante un producto de la época que va de Rock transgresivo a Agíla, pero en el interior se desarrolla, como no podía ser de otro modo -la novela comenzó a escribirse en 2003-, una historia del ciclo de Canciones prohibidas en adelante. Es decir, de la época de las flores y las lunas, y no de las prisiones y las sobredosis. Pero este es, ante todo, un Robe auténtico, con el mismo fondo de siempre, el mismo mobiliario mental -algo tosco pero sólido, de madera noble- y el mismo ansia de expresar su mundo interior con esa rabia que a veces logra calmar la poesía.

El viaje íntimo de la locura

Ahora bien, nada más comenzar la lectura, a la altura del Prólogo, me invaden las sospechas. Las vísceras le van bien a las letras musicales, especialmente cuando son acompañadas por guitarras contundentes, pero no a la literatura que es, ante todo, contención.

Robe insiste en no desvelar la trama, y no seré yo quien lo haga. Hay que respetar los deseos del autor, aunque es cierto que, cuando lanza al público su obra, “aunque es parte de él, una vez que sale de sí, se aleja de su esencia como un hijo de un padre” (p. 220; aunque Robe se refiere, en las páginas del libro, a un zurullo), si es que lo tuvo alguna vez. Comprendo el sentimiento del novelista y haré lo que pueda por apoyarle en tan vano empeño. Sólo diré que el protagonista, don Severino, es un notario de provincias, chapado a la antigua, que habita las rutinas tanto como ellas le habitan en él, pero cuyo mundo comienza a cambiar cuando su despertador le falla -y para adquirirlo ya acometió un cambio-. Será ese tan sólo el principio de los trastornos, cuya suma arroja como resultado un viaje, que es el cuerpo de la novela. En algunos momentos me recuerda a Héctor Servadac, más que a Cinco semanas en globo. También tiene mucho de Robinson Crusoe, aunque resulta evidente y explícito. Es un viaje al interior de don Severino, aunque adopte una forma ambigüa y descabellada; pero es que el pobre notario llevaba toda la vida tratando de ignorarse, y no le va a ser fácil llegar al quid de sí mismo.

Las sospechas no cuajan. Robe lidia con la prosa narrativa tentando, aventurando, y comete errores de principiante: se repite, se explica en exceso -más al comienzo de la novela-, se expresa intencionadamente de manera rebuscada, y desarrolla en exceso subtramas accesorias; el manejo del ritmo es correcto, casi sin altibajos, pero se resiente de ello. De todos modos, los defectos técnicos no disminuyen el efecto que la novela ejerce sobre el lector, porque cuando hay cabeza, todo lo demás importa menos. El principal es que lo entretiene; El viaje íntimo es una novela divertidísima, irónica, con momentos muy buenos de humor. El otro es que, arrastrado por un personaje tan entrañable como don Severino y, participando de su metamorfosis, el lector se debe formular una serie de preguntas de índole moral -Roberto Iniesta podrá ser un inmoral, pero en absoluto es un amoral-. La lección, sin embargo, resulta inasumible.

El Robe de siempre, el autor de las letras de Extremoduro -uno de los grandes letristas de hoy-, aparece en fogonazos, en escenas como las del ataque aéreo al Papa y a la Reina de Inglaterra o en los monólogos de la lombriz -a mi juicio, un postizo que sólo aporta risa- y en las familiares reflexiones tan castizas como certeras que abundan en sus canciones. Esa sinceridad que le hace más artista que muchos otros con la cabeza llena de doctrina. O cabría decir, más adecuadamente, artesano; seguro que, por añadidura, le gusta más. No cuesta mucho imaginarle trabajando la prosa con mimo, raspándola, haciéndose callos en los dedos al tiempo que la materia va adoptando la forma que le impone su paciencia, aunque a veces ésta se le escape. A ver si le ha cogido gusto al oficio y, con mimbres más sólidos, vuelve a ofrecernos un fragmento de su íntima locura.

La cita:

“[Las primaveras se le escurrían] como si tuviera flojo el esfínter por donde se nos escapa el tiempo” (p. 18).

La ficha:

El viaje íntimo de la locura, Roberto Iniesta. El hombre del saco, Muxica, 2009. 310 páginas, 19 €.

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Oct 08

Manual del temporero literario: España, aparta de mí esos premios, de Fernando Iwasaki

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 8/10/2009

Toda localidad española tiene ya, junto a las fiestas del patrón, el dulce típico y el tipo popular -el tonto’l pueblo-, la convocatoria de su premio literario como una de las circunstancias señeras de la vida comunitaria. Certámenes cuya superfluidad es lugar común, tanto como las obras que premian, tantas veces firmadas por parientes de los jueces o de miembros del consistorio. Mas, como ya sabíamos por Roberto Bolaño, para muchos escritores son el pan de cada día, y no conviene, cuando se trata de sobrevivir, andarse con miramientos.

Cubierta de España, aparta de mí esos premiosConfesaba el tristemente desaparecido escritor chileno que incumplía adrede algunos puntos de las bases, en especial aquel que exige novedad al relato. Bolaño enviaba el mismo cuento a varios premios y la condición de estos queda revelada en que nunca fue descubierto: hasta el último gran escritor iberoamericano fue ignorado muchas veces por los incorruptibles jueces. Fernando Iwasaki, más comedido, recomienda en el Decálogo del concursante consuetudinario que cierra este volumen de cuentos que el temporero literario puede meramente escribir “un cuento que sea como una «célula madre» literaria que puedas clonar para cada concurso” (p. 155).

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Nov 22

Javier Serrano: Papá, el niño también es tuyo

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 22/11/2008

Sudor, temblores… Así reaccionan muchos hombres ante el rostro de felicidad contenida que suelen ofrecer las mujeres cuando anuncian su preñez. Por supuesto, esto es un cliché. Uno moderno, pero cliché. A muchos les hace una ilusión tremenda saber que van a ser padres. Y ya no está tan claro que cojamos al crío como si de porcelana china se tratase. Muchos se manchan las manos, literalmente, cuando es necesario refrescar al bebé. Pero otros siguen restringiendo su relación paterno-filial a ámbitos tradicionales, como el ocio o el castigo. A veces la iniciativa de alejamiento procede del progenitor; otras, es la progenitora la que marca el territorio, porque el bestia de su compañero “no sabe” o “no le interesa”.

 

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Jul 05

Enrique Jardiel Poncela: Novísimas aventuras de Sherlock Holmes

Escrito en El gabinete del dr. Mantell, El museo.
Etiquetas: , , , 5/07/2008

Bastantes años después de que Conan Doyle, harto ya de su criatura Sherlock Holmes, decidiera dejarlo cuidando a las abejas en Sussex, Jardiel Poncela se lo encontró en un parque londinense. Había ido a que le plancharan un sombrero, según cuenta, cuando Holmes le contrató de ayudante, pues el doctor Watson, su gran amigo y compañero, había fallecido en 1929.

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Jun 28

Miguel Ángel González: El trabajo os hará libres

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 28/06/2008

Arbeit macht frei, El trabajo os hará libres, era la sardónica inscripción con que la crueldad nazi acogía a sus esclavos condenados judíos. La única liberad que encontraron fue la absoluta libertad de la muerte, y a quienes pudieron sobrevivir, el trabajo sólo les reportó un horror que les habría de acompañar el resto de sus vidas. Que la novela de Miguel Ángel Rodríguez (Madrid, 1982) tenga tal expresión por título hace pensar que, como ganadora del ‘I Premio de Novela Corta de Humor José Luis Coll’, la sonrisa que provoca es más bien fría. Y así es; más que graciosa es irónica y más aún, mordaz.

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Nov 03

Ariel Magnus: Un chino en bicicleta

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 3/11/2007

Tras ser declarado culpable de haber incendiado varias mueblerías, el chino Li llamado ‘Fosforito’ y ‘el chino expiatorio’ secuestra a uno de los testigos, Ramiro Valestra, para que le ayude a encontrar a los auténticos pirómanos. Esta es la excusa de la que se vale el argentino Ariel Magnus para sumergirse en el barrio chino de Buenos Aires, en el Bajo de Belgrano. Allí conocerá a argenchinos, chinos auténticos, japoneses que pasan por chinos y toda una colección de personajes a cual más excéntrico. No es habitual que un occidental tenga acceso a los interiores de una comunidad tan cerrada como la china, y eso coloca a Ramiro en una posición inmejorable para cotejar con la realidad los muchos prejuicios que llevó consigo a su peculiar prisión; prejuicios que, día a día, se van desmoronando.

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