May 03
Los autores irreverentes… o no tanto
Escrito en El dinosaurio que estaba allí, El gabinete del dr. Mantell.
Etiquetas: Christopher Moore, Impedimenta, La Factoría de Ideas, literatura humorística, Mark Twain, religión3/05/2011
Tras tanto clásico (Real Madrid C. F. – F. C. Barcelona) despistante mas escasamente deslumbrante, por parte de ambos contendientes, y a la espera del último y más importante de los encuentros, ya va tocando el retorno a la vida real. Y nunca, como en este momento, ha sido tan palpable la atmósfera ficticia del fútbol. Cuatro son muchos partidos y, si el fútbol es siempre un espectáculo dramático, en esta miniserie se perciben varios aspectos narrativos que refuerzan este carácter teatral, que tan bien han representado Alves y Busquets. Hay una evolución de personajes, incluso, y hemos visto al héroe envilecerse y al villano adquirir trazas de doliente humanidad. Si hace unas semanas el Barça debía ganar por el bien del fútbol, se han vuelto las tornas y el Real Madrid, si bien no alcanza a representar la excelencia deportiva (con Mourinho es imposible), pone rostro estupefacto al Juego Limpio que reclaman los organismos futbolísticos, aunque no les guste y no hagan nada por conseguirlo. El cruce de denuncias, parte relevante de esta intensa película (no falta ni un Al Pacino vociferando y sobreactuando ante el jurado), se ha saldado con más injusticia, más dramatismo y más daño a este espectáculo que un día surgió del deporte. Vuelvo a recomendar la lectura de Juego sucio, y qué certero Declan Hill al advertir el poco ánimo de responsables y aficionados a la hora de reconocer que el fútbol está corrompido hasta lo más hondo; ahora bien, sigue pareciéndome imposible apagar la tele y alejar de mí este fraude tan flagrante en el que el vencedor está decidido de antemano. Lo intentaré pero, Mr. Hill, no puedo prometer nada.
Y ahora vamos con libros, que también tienen alguna importancia.

Los escritos irreverentes, de Mark Twain
Él no creyó que se pudiera publicar, y su hija Clara no creyó que debiera publicarse, pero hete aquí la sátira bíblica de Mark Twain, y hasta bien traducida al castellano por gentileza de Gabriela Bustelo y Enrique Redel, editor de la magnífica Impedimenta. Los escritos irreverentes no son un conjunto uniforme sino, pese a los esfuerzos de Bernard DeVoto (responsable de la primera edición en inglés que sigue Impedimenta) un irregular amasijo de textos paródicos que padece esta situación tanto como disfruta de la rutilante inteligencia de su creador.
No podía faltar, en la obra del gran satírico de un siglo eminentemente puritano, la demoledora burla de las flagrantes incoherencias religiosas; mas, bien por temor a la reacción del público o por dedicación insuficiente, alumbró Twain una obra inacabada, fragmentaria y, a ratos, mediocre. Por pasar ya el mal trago, el libro se estructura en tres partes (sin contar con la correcta Introducción a cargo de la traductora) de longitud, aspecto y alcance desigual: “Las cartas de Satán desde la Tierra”, “Los apuntes de la familia de Adán” y “Carta desde el Cielo”, siendo la mediana la medianía, a excepción de “La autobiografía de Eva”. Referida ya la sección que podemos esquivar, sin más explicaciones (fíense de mi criterio o pierdan el tiempo, a su elección), pasemos a las partes que hacen pertinente esta traducción y la presencia del título en los catálogos editoriales más allá de la celebridad del autor.
Satán, un personaje tantas veces simpático aunque tan sólo sea por llevar la contraria, es bajo la pluma de Twain un sarcástico subalterno de Dios, primo lejano del Usbek de Montesquieu. Ha viajado a la Tierra para conocer de primera mano el último capricho del Señor: el hombre. Desde nuestro mundo escribe cartas a sus colegas arcángeles, sin perder comba a la hora de burlarse de las prácticas y creencias piadosas del hombre, desde la recreación de un Cielo carente de todos los placeres humanos pero abundante en tormentos, a su idea de Dios, un ser que les fustiga con incansable crueldad pero a quien ellos se resisten a culpabilizar y, por el contrario, idealizan en la forma benéfica que todos conocemos. Es la pieza más demoledora y explícita del conjunto, en la que el recurso a la lógica presta argumentos al ángel caído, que mantiene el pasmo página tras página ante la tozuda ingenuidad humana.
“La autobiografía de Eva” es la parte salvable de una sección acertadamente denominada “Apuntes”, sin que por ello se libre de la fragmentariedad. En ella no sólo se burla de la lógica, ciencia que acababa de utilizar para aniquilar los postulados de la religión cristiana, sino también de la ciencia y del machismo que deja a la mujer en casa, con la pata quebrada. Ella y su marido no son sólo los primeros humanos, también (necesariamente) los primeros científicos, si bien su método es aún imperfecto y concluyen que el agua está formada por átomos de hidrógeno, oxígeno y leche. Aunque el objetivo dde Twain sigue siendo desnudar la incoherencia religiosa y el mito del Edén, al reseñar la sorpresa de la pareja original cuando descubren, en el curso de una de sus investigaciones, que los leones y los tigres son carnívoros, sólo que en el Paraíso están obligados a atiborrarse “de fresas y cebollas”, que no terminan de sentarles bien del todo.
Remata el conjunto una curiosa e hilarante carta celestial que la burocracia angelical dirige a Abner Scofield, “comerciante de carbones”. En ella se le informa del estado de sus cuentas morales con el cielo, con los premios y concesiones que el Cielo tiene con quien parece un buen cristiano (un “cristiano profesional”, de hecho). Se trata de una pieza brillante de paródico estilo administrativo, que centra ahora sus dardos no en la religión, sino en el falso creyente que pretende servirse de la oración para obtener ventajas y beneficios. Sin embargo, como toda sátira, esta carece de toda intención reformista. La sátira se destina al correligionario, que es quien puede reírse con esas bromas, pero carece de efecto sobre el blanco de las saetas. Nadie que sea objeto de burla, aunque tal burla tenga un objeto educativo, va a reconocerse en ella, y por ello el esfuerzo de Twain fue inútil, o en todo caso onanista. Twain afiló su ironía con el tajador de la lógica, pero ante la lógica la religión interpone el muro infranqueable de la Fe. Así pues, la obrita de Twain es ilustrada, pero no irreverente, porque en materia de religión no cabe la irreverencia, ni la blasfemia, si no las lleva a cabo un creyente insatisfecho.
Ficha del libro en Impedimenta
Cordero, de Christopher Moore
La nueva novela de Moore, que narra los años desconocidos u oscuros de Jesús (entre su nacimiento y su muerte, como se sabe) es francamente divertida. Todas las novelas de Moore son sólo eso, francamente divertidas. Pero me gusta el efecto que produce un hombre adulto y barbado riéndose a carcajadas, en un lugar público, con un libro en la mano. Si hay un acto inconformista que uno pueda hacer sin jugarse el pescuezo, es este.
La irreverencia de Moore se reduce a meterse con los ángeles (o con uno de ellos), pero eso ya lo ha hecho antes (El ángel más tonto del mundo); en cambio, su imagen de Jesús es bastante convencional, aunque aprenda artes marciales y faquirismo. La anécdota de la novela es el viaje de Jesús y su mejor amigo Colleja a Oriente en pos de una respuesta a una pregunta muy humana: ¿para qué estoy aquí? El irreverente, de los dos, es Colleja, quien es resucitado en nuestra época para que escriba su Evangelio, dado lo insatisfactorio de los cuatro aprobados por la Iglesia (Evangelios canónicos). Pero no vaya a esperar el lector un Jesús libidinoso, violento o, como sostienen algunos, terrorista (zelote); ni siquiera es el Jesús de los Evangelios apócrifos, casado y con hijos (aunque sí tiene hermanos).
Concentrando la irreverencia en Colleja, Morre escribe una novela irreverente que deja a salvo a Jesús de Nazaret, no tanto a las iglesias que dicen representarlo, y crea en el fiel amigo de Cristo un personaje entrañable, no tan gilipollas como le consideran los demás y superlativamente gracioso. Como el mismo autor reconoce, no pretende inducir la duda en las convicciones de nadie, no espera que ocurra y, si ocurre, no será tanto culpa suya como del lector inseguro de su fe. Lector que haría bien en tomarse esto como un buen chiste bien contado, porque no hay mucho más, aunque se le pudiera pedir.
Ficha del libro en La Factoría de Ideas
Los escritos irreverentes, de Mark Twain
Él no creyó que se pudiera publicar, y su hija Clara no creyó que debiera publicarse, pero hete aquí la sátira bíblica de Mark Twain, y hasta bien traducida al castellano por gentileza de Gabriela Bustelo y Enrique Redel, editor de la magnífica Impedimenta. Los escritos irreverentes no son un conjunto uniforme sino, pese a los esfuerzos de Bernard DeVoto (responsable de la primera edición en inglés que sigue Impedimenta) un irregular amasijo de textos paródicos que padece esta situación tanto como disfruta de la rutilante inteligencia de su creador.
No podía faltar, en la obra del gran satírico de un siglo eminentemente puritano, la demoledora burla de las flagrantes incoherencias religiosas; mas, bien por temor a la reacción del público o por dedicación insuficiente, alumbró Twain una obra inacabada, fragmentaria y, a ratos, mediocre. Por pasar ya el mal trago, el libro se estructura en tres partes (sin contar con la correcta Introducción a cargo de la traductora) de longitud, aspecto y alcance desigual: “Las cartas de Satán desde la Tierra”, “Los apuntes de la familia de Adán” y “Carta desde el Cielo”, siendo la mediana la medianía, a excepción de “La autobiografía de Eva”. Referida ya la sección que podemos esquivar, sin más explicaciones (fíense de mi criterio o pierdan el tiempo, a su elección), pasemos a las partes que hacen pertinente esta traducción y la presencia del título en los catálogos editoriales más allá de la celebridad del autor.
Satán, un personaje tantas veces simpático aunque tan sólo sea por llevar la contraria, es bajo la pluma de Twain un sarcástico subalterno de Dios, primo lejano del Usbek de Montesquieu. Ha viajado a la Tierra para conocer de primera mano el último capricho del Señor: el hombre. Desde nuestro mundo escribe cartas a sus colegas arcángeles, sin perder comba a la hora de burlarse de las prácticas y creencias piadosas del hombre, desde la recreación de un Cielo carente de todos los placeres humanos pero abundante en tormentos, a su idea de Dios, un ser que les fustiga con incansable crueldad pero a quien ellos se resisten a culpabilizar y, por el contrario, idealizan en la forma benéfica que todos conocemos. Es la pieza más demoledora y explícita del conjunto, en la que el recurso a la lógica presta argumentos al ángel caído, que mantiene el pasmo página tras página ante la tozuda ingenuidad humana.
“La autobiografía de Eva” es la parte salvable de una sección acertadamente denominada “Apuntes”, sin que por ello se libre de la fragmentariedad. En ella no sólo se burla de la lógica, ciencia que acababa de utilizar para aniquilar los postulados de la religión cristiana, sino también de la ciencia y del machismo que deja a la mujer en casa, con la pata quebrada. Ella y su marido no son sólo los primeros humanos, también (necesariamente) los primeros científicos, si bien su método es aún imperfecto y concluyen que el agua está formada por átomos de hidrógeno, oxígeno y leche. Aunque el objetivo dde Twain sigue siendo desnudar la incoherencia religiosa y el mito del Edén, al reseñar la sorpresa de la pareja original cuando descubren, en el curso de una de sus investigaciones, que los leones y los tigres son carnívoros, sólo que en el Paraíso están obligados a atiborrarse “de fresas y cebollas”, que no terminan de sentarles bien del todo.
Remata el conjunto una curiosa e hilarante carta celestial que la burocracia angelical dirige a Abner Scofield, “comerciante de carbones”. En ella se le informa del estado de sus cuentas morales con el cielo, con los premios y concesiones que el Cielo tiene con quien parece un buen cristiano (un “cristiano profesional”, de hecho). Se trata de una pieza brillante de paródico estilo administrativo, que centra ahora sus dardos no en la religión, sino en el falso creyente que pretende servirse de la oración para obtener ventajas y beneficios. Sin embargo, como toda sátira, esta carece de toda intención reformista. La sátira se destina al correligionario, que es quien puede reírse con esas bromas, pero carece de efecto sobre el blanco de las saetas. Nadie que sea objeto de burla, aunque tal burla tenga un objeto educativo, va a reconocerse en ella, y por ello el esfuerzo de Twain fue inútil, o en todo caso onanista. Twain afiló su ironía con el tajador de la lógica, pero ante la lógica la religión interpone el muro infranqueable de la Fe. Así pues, la obrita de Twain es ilustrada, pero no irreverente, porque en materia de religión no cabe la irreverencia, ni la blasfemia, si no las lleva a cabo un creyente insatisfecho.































Escribe a varios, pero finalmente resuelve alojarse con los Starkadder de Sussex. Frente a sus otras opciones únicamente espantosas, ésta le parece, al menos, interesante; y porque algo le hicieron a su padre, Robert Poste -relacionado con una cabra viva o muerta-; y porque Flora tiene algunos “derechos”, aunque ignora cuáles sean. Además, según le asigna su amiga la señora Smiling, Flora tiene “el complejo de Florence Nightingale más repugnante que he visto en mi vida” (p. 36), pues imagina que “alguno de mis parientes está metido en algún lío o sufre alguna desgracia, y resulta que yo puedo echar una mano” (p. 36). Y ése es el argumento de la novela: Flora tratará de ordenar la vida en la deprimente y tétrica granja de Cold Comfort.


Confesaba el tristemente desaparecido escritor chileno que incumplía adrede algunos puntos de las bases, en especial aquel que exige novedad al relato. Bolaño enviaba el mismo cuento a varios premios y la condición de estos queda revelada en que nunca fue descubierto: hasta el último gran escritor iberoamericano fue ignorado muchas veces por los incorruptibles jueces. Fernando Iwasaki, más comedido, recomienda en el Decálogo del concursante consuetudinario que cierra este volumen de cuentos que el temporero literario puede meramente escribir “un cuento que sea como una «célula madre» literaria que puedas clonar para cada concurso” (p. 155).