Abr 15

Tango para un copiloto herido, de David Torrejón

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , , 15/04/2010

Cuando hoy asistimos a una competición de automovilismo, sea la F1 de Alonso o el rally de Sordo, el espectador vive con la intriga de la victoria, mas no hace mucho era otra la mayor inquietud. Ayrton Senna fue el último grande en caer durante una carrera, pero ni mucho menos el único. Uno de los personajes históricos que aparecen en la tercera novela de David Torrejón, Tango para un copiloto herido, convulsionó a la España de los cincuenta con su fatal accidente en las Mille Miglia. La muerte del entonces celebérrimo Fon de Portago dio al traste con dicha carrera italiana, mientras que la Panamericana, que tan importante papel juega en la novela, había dejado de celebrarse años atrás por el elevado número de muertos y heridos que se producían en ella. Fue “una era heroica del automovilismo, naufragada para siempre en las costas del pasado” (p. 229).

El detonante de la acción novelesca es la desaparición de un mecánico español, Dionisio Lorenzo, copiloto del piloto uruguayo Ernesto Schneider, descendiente de alemanes y rico heredero, tras sufrir ambos un aparatoso accidente durante la disputa de la V Carrera Panamericana en 1954. Al mismo tiempo que desaparece el mecánico, a miles de kilómetros hace lo propio su esposa embarazada en el Uruguay. Ambos se esfuman sin dejar rastro, hasta que, muchos años después, el que podría ser el hijo de ambos inicia su búsqueda. La novela juega con una serie de hechos históricos, en apariencia inconexos, y un personaje que los une, Dionisio, posible padre de José, quien recurre a Ulises López de Ayala, un muy particular detective, para encontrarle o, al menos, confirmar su paternidad. Esa parte histórica, ampliamente documentada, es un recorrido por el siglo XX y algunos de sus momentos cumbre, desde nuestra Guerra Civil y la II Guerra Mundial, la posguerra española y la europea, el rutilante medio siglo en Hispanoamérica, la Carrera Panamericana, el exilio nazi, hasta hoy.

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Abr 10

Cuando sepas que nunca… de María Sirvent, y Olive Kitteridge, de Elizabeth Strout

Escrito en El museo, Zarpazo de velociraptor.
Etiquetas: , , , , 10/04/2010

Publica ahora El Aleph un par de novelas que ponen su atención, aunque de manera diversa, en lo cotidiano. Literatura que prescinde de grandes conflictos, de grandes tragedias, porque el día a día tiene su propia fuerza dramática y porque, sin necesidad de Circes ni Escilas ni cantos de sirena, toda vida pasa por momentos de gran intensidad emocional que son también susceptibles de ser tratados literariamente.

El debut de María Sirvent, tras el largo y sugerente título de Si supieras que nunca he estado en Londres, volverías de Tokio, presenta la más ordinaria de las situaciones: la vida de oficina. En ella, Ágata intenta, por todos los medios, que la echen. Sigue enamorada de su ex, a quien escribe correos que nunca envía y que constituyen el cuerpo del relato. Es asediada por un seductor de oficina, por el que siente una mezcla de atracción y asco, reflejo de las emociones que siente por sí misma.

Por su parte, Strout elige para su Olive Kitteridge -Premio Pulitzer 2008- el gran estilo, en consonancia con la gran literatura norteamericana del siglo XX, para describir las vidas de los habitantes de Crosby, un pueblecito de la costa de Maine, tan literaria. Sin embargo, su acercamiento a lo cotidiano es más relativo pues, aun reconociendo la peculiaridad y la violencia de las sociedades rurales estadounidenses, ocurren demasiados hechos extraordinarios -Olive y su marido Henry son tomados como rehenes; una familia vive encerrada en su casa por años, desde que su hijo asestara veintinueve puñaladas a una mujer; casi todos los personajes tienen un familiar próximo suicidado-. Esos hechos fuera de lo común, sin embargo, desarrollan sus consecuencias en el día a día, poniendo a prueba a los personajes, los muchos personajes de esta novela coral, construida como un agregado de relatos unidos por Olive Kitteridge y su familia.

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Abr 01

Dublinesca, de Enrique Vila-Matas

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 1/04/2010

Uno pensaría ya desde la primera página, si fuera ladino, y dada la pelea entre Vila-Matas y su antigua casa que le ha empujado a un nuevo sello editorial –antes, Anagrama; ahora, Seix-Barral- , que Samuel Riba, protagonista de Dublinesca, es un álter ego de Jorge Herralde. La novela, páginas después, da pistas que podrían confirmarlo, como ese catálogo tan prestigioso que al editor de la ficción ha terminado por sustituirle su propia biografía, y que cuenta con un puñado de nombres efectivamente pertenecientes a la lista de Anagrama. Sin embargo, la novela, tomada como un todo, lo desmiente -al igual que el autor en las entrevistas en las que, inevitablemente, ha sido interrogado al respecto-. En esta novela hay mucha autobiografía, más de lo habitual en Vila-Matas, y Riba puede presentar algunos caracteres externos de Herralde, pero por dentro es el autor y está sometido a la misma inquietud literaria que éste.

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Mar 18

Azul ruso, de Patricia Esteban Erlés

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 18/03/2010

En el mundo hay dos tipos de personas: de perros y de gatos -además hay una minoría de acuario, de lagarto, de serpiente y aun de tarántula; es cierto, también los hay “amascóticos”-. Patricia Esteban Erlés es una persona de gatos, aunque dedique su nuevo libro de cuentos, Azul ruso, también a sus perros, para que no haya peleas.

Un azul ruso es, como cualquier gatuno sabe, una raza con un pelaje espeso y suave, de color de plata vieja, con una apariencia aristocrática, si bien es uno de los felinos domésticos más cariñosos. En el colofón del volumen se anota la coincidencia de su impresión con el aniversario de la fiesta en la que el zar Alejandro II regaló a la zarina una pareja de esta raza, llamados Kniaz Oleg y Dama Petrovna. Unos antecedentes de categoría para un animal esencialmente literario.

Desde el gato con botas al Church de Stephen King, pasando por Beppo, Plutón o el Gato de Chesire, la literatura está repleta de gatos. Con nombre de polemista romano, Felis silvestris catus, es el tótem de la literatura, como se ha encargado de señalar Antonio Burgos, pero también lo es de la nueva física y aun de las artes plásticas. Los perreros estamos en desventaja, a pesar de Argos, Colmillo Blanco y Flush -y, por volver al maestro del terror contemporáneo, el baboso y terrorífico Cujo-. La potencia del gato como elemento narrativo queda, en este volumen, confirmada; hay gatos por doquier, protagonistas, secundarios y de atrezzo. Hay hombres que devienen gatos -no es una novedad la metáfora del gato por el hombre- y gatos reverdecidos -“Criptonita”- como paso intermedio hacia la iguana -“Mudanza”-.

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Mar 12

El camino sin final. Adiós a Miguel Delibes

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: , , , 12/03/2010

La muerte de los escritores no es diferente de la de cualquier otra persona. Los hay que desaparecen por sorpresa, como Francisco Casavella, y otros que se van despidiendo poco a poco, como otro Francisco, Ayala, y hoy Miguel Delibes. Pero los escritores no son sólo personas, son también personajes. También hay muchas maneras de ser personaje. Se puede ser al estilo de Cela, llamativo y zumbón, o discreto y entrañable, como don Miguel.

Donde empieza la persona, termina el personaje. Yo no puedo compartir las emociones de sus amigos y su familia, porque no lo conocí, no conocí a la persona. En mí no puede desencadenar las mismas emociones de pérdida. Yo conocí al personaje, el trasunto cultural de la persona que lentamente paseaba por Valladolid y recibía el cariño de sus habitantes; un cariño que a don Miguel incomodaba, pero que acogía educadamente. Yo conozco al personaje, y lo aprecio sinceramente, mas no de manera diferente a como aprecio a otro don Miguel, muy anterior en el tiempo -la persona-. Ambos, como tantos otros, Cela incluso, son personajes de biografía, y hasta ahí puedo llegar emocionalmente.

No puedo llorar a un escritor, no me es posible. Ni con Salinger, ni con Updike ni con don Miguel. Tampoco con Calderón o Galdós, ni con Mishima o Kafka. Porque todos ellos, a quienes conozco y conocí, siguen ahi, esperando que les llame. Puedo seguir dialogando con ellos de la misma manera, da lo mismo que su trasunto físico viviera en el siglo XIII, o que ni siquiera hollara la tierra jamás, como Homero, o que haya muerto hace unas horas. Yo sólo soy un lector.

Pero yo, hoy, no he sufrido pérdida alguna. Si acaso, puedo sentir la picazón de la codicia, porque Miguel Delibes no escribirá más, no habrá nuevos libros suyos. En ese sentido, es el final del camino. Mas yo siempre podré encontrar al Delibes que conocí. Sólo tengo que dirigirme a la estantería y tomar El hereje, El camino, 377A, El príncipe destronado… Puedo charlar de naturaleza, de religión, del amor, de las cosas de las que hablan los buenos amigos. Siempre tenemos conversaciones diferentes, él siempre tiene algo nuevo que decirme, aunque parece que está ahí aburrido, rodeado de libros que seguramente no le parecen la mejor compañía.

Para nosotros el camino sigue y puedo pedir a don Miguel que me acompañe; con él vienen Pedro, el Nini, Quico, Gervasio de Lastra, Cipriano Salcedo, Paco el bajo y mi amigo de la infancia, el Mochuelo. Para un lector, el camino carece de final; la biblioteca es su camino y, deambulando por ella, quizá me encuentre a don Miguel, dando su paseo.

Ficha de don Miguel en la editorial Destino, con toda su obra, aquí.

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Feb 25

La piel afilada, de Josan Hatero

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 25/02/2010

Tras siete años de silencio, desde Tu parte del trato, Josan Hatero -criatura de la factoría de Constantino Bértolo- vuelve con un libro diferente, una exploración lúdica de las diferentes formas de amar -con clases tan extrañas como el amante narcoléptico, el amante Bartleby que preferiría no amar, o los amantes berlineses, separados por un espeso muro- y, con ello, de la identidad del hombre a través del sexo. Sus lectores, con hábitos de coleccionista de rarezas -aunque parece haberle llegado el momento de salir de su guarida-, encontrarán en este volumen un motivo de éxtasis, tanto por ser su obra más acabada, como por su propia condición de muestrario.

El misterio de la identidad es la gran investigación de la humanidad desde que el primer cromañón advirtiera no sólo que era distinto al resto de animales de su entorno, sino también diferente de sus compañeros de grupo, incluso de sus hermanos. La ciencia ha ofrecido su abanico, insuficiente, de respuestas; la religión, la mitología y la filosofía, el suyo. La literatura ha hecho lo propio, casi como único empeño común en un arte tan variado y rico, y Josan Hatero aporta su granito con este bestiario de amantes, este empeño por desvelar la identidad del hombre a través de las diferentes formas de tocar una piel; el sexo como un sónar que nos devuelve por rebote nuestra propia imagen.

La evolución de Hatero desde Biografía de la huida en cuanto a la escritura es notable, pero sus preocupaciones se mantienen: las relaciones de pareja, en las que el sexo tiene una importancia vital -si bien no siempre es así, y algunas categorías de amantes identificadas por el Recopilador así lo confirman-. Es más maduro, más irónico, y ésta, una obra que “nace del deseo de escribir un libro diferente, ajeno a modas, tendencias y, especialmente, a lo que había escrito hasta ese momento. Un libro que reivindicara el placer de la lectura sin recurrir a la coartada de un argumento o al desarrollo de personajes; en el que el lenguaje no estuviera al servicio de la idea, sino que fuera la idea misma” -de la entrevista al autor en el blog El síndrome Chéjov-. El lector se sorprenderá buscando su casilla, encasillando a otros, amantes conocidos o por conocer, se topará fascinado con los rostros femeninos de Montse Bernal -que no merece tener el nombre tan escondido- y deleitándose con esta búsqueda que no aspira a respuesta alguna.

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Feb 22

Del dinosaurio a la hormiga: Por favor, sea breve 2

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , , 22/02/2010

Todo comenzó con el dinosaurio. No es que no hubiera nada antes, pero el dinosaurio era grande y verde, y llamó la atención de todos. Sin embargo, parece que le quieren extinguir por segunda vez: “Sucede que el dinosaurio está ya en el Parnaso y ha dado origen al reino de la hormiga. Hormigas, hormigas por todas partes, movedizas, dinámicas, textos diminutos que ya no se pueden contar”, (p. 8). El dinosaurio ha hecho el viaje cervantino, entonces, y su nicho literario lo ocupa la nueva criatura que ha identificado Clara Obligado, quien con la primera antología Por favor, sea breve (Páginas de Espuma, 2001) señalara al enorme monstruo que, aunque parsimoniosamente aplastaba los edificios y calles de la ciudad de la literatura, permanecía ajeno a los focos y objetivos de la mayoría.

Ahora, nueve años después, una segunda antología, ya no de dinosaurios sino de hormigas -la evolución es un proceso imparable- viene a dar cuenta de “la última creación, de lo que se está haciendo ahora, en este minuto” (p. 7). Esta colección de textos menguantes hasta la extinción (El fantasma, p. 223) tiene la virtud, entre muchas, de “priorizar textos que sirven como presentación de creadores casi ignotos” (p. 10). Así, junto a saurios consagrados como José María Merino, Ana María Shua, Luis Mateo Díez o Raúl Brasca, hormiguean los Diego Muñoz Valenzuela, Inmaculada Porcel, David Roas, Carola Aikin, para mí algunos de esos ignotos pero deslumbrantes autores.

Dinosaurios u hormigas. Microrrelato, minicuento, minificción. Este es un género que no se decide en cuanto a su nombre, que no se decide en cuanto a su identidad. Sólo sabe que es más o menos breve, pero no se aclara en cuánto. Es un género que, como el Quijote, tiene más páginas “sobre” que “de”. Quizá por eso tenga tantos conflictos de personalidad, con tantos matasanos explorándole. Si ahora ya sabemos que da igual lo que una novela sea, ¿por qué no reconocerle esa condición proteica? Este género “por naturaleza, tiene la ventura o presenta el dilema de no dejarse enjaular”, (p. 9). Y sin embargo, tantos y tantos furtivos persiguen a este dinosaurio u hormiga que no se deja emborrachar.

La literatura es literatura, y lo otro es trabajo de carnicero. Ahora, a veces es difícil resistirse a tomar el cuchillo platónico y separar las cosas por sus junturas naturales. El microrrelato incita a eso, también. Como en un juego de descarte, el lector de dinosaurios u hormigas marca y discrimina no sólo sus preferidos, sino también aquellos que son lo que dicen ser de otros que son otra cosa, poemas, reflexiones, chistes, ocurrencias. En toda antología, hasta en las mejores, en esta también, los hay. Impostores, minitextos ladinos que visten la capa del microrrelato, con méritos diferentes a los del cuento, como Hacerse el muerto de Andrés Neuman. Pero si la antóloga se hubiera puesto tozuda con las doctrinas teóricas, habría privado al lector de reflexiones interesantes y atisbos de profundidad que son también literatura.

Algunos textos me hacen pensar en una nueva etiqueta: ossobuco, solomillo, microfilosoficción. No alcanzan con su sustancia narrativa a ser relatos, pero tampoco son reflexiones estáticas. En la antología hay alguno especialmente bueno, como Narciso (María Inés Mogaburu, p. 163). ¿Ven? No puedo evitar tomar el cuchillo y despedazar. Es una tentación terrible. Como la de aplastar una hormiga que pasa junto a nuestro pie. Eso me recuerda uno de los textos de la antología, La hormiga en el asfalto (José María Merino, p.79). Nunca hay que confiarse.

El pensamiento no es una amenaza, nunca lo es, y para el microrrelato tampoco. Ahora, el género se enfrenta a un enemigo temible, que domina esta época en la que florecen dinosaurios u hormigas: el ingenio. Tantos y tantos aspirantes a microrrelatos son meros chispazos de ingenio, y si bien el ingenio está muy bien en una reunión de amigos, a la literatura debe exigírsele más. A este demonio contemporáneo se le tributa demasiado favor en este mundo apresurado, falto de genio, bien porque su hermano menor le asfixió, bien porque el primogénito se ahogó solo.

Gracias a estas amenazas, reales o no, y a lo esquiva que es siempre la auténtica literatura, la lectura de cualquier libro de microrrelatos, antología o no, adquiere la emoción de la búsqueda. Si, como dice la antóloga, la red sólo puede echarse una vez, este es un río cuyo fondo está sembrado de botas. Pero eso sólo nos pone más hambrientos y hace que, una vez pescado el dinosaurio o la hormiga, nos resulte más sabroso. Aquí hay piezas de lo más suculentas: los seis, que van de la página 100 a la 105, los que componen el subgénero del microrrelato quijotesco (págs. 114, 128), Agujero negro de José María Merino, (p. 97), Las que miran hacia atrás de Pía Barros, (p. 111)… “Para terminar, un consejo para el lector goloso, para la lectora ávida: de la misma manera que no conviene atiborrarse con los bombones de una caja, es mejor leer los textos de uno en uno, lentamente, paladeando matices y diferencias. Este ‘diminuto remolino de palabras’ pide, como el poema, una lectura reposada”, p. 10.

Por favor, sea breve 2. Edición de Clara Obligado. Páginas de espuma. 224 págs. 15 €.

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Feb 18

Electrónica para Clara, de Guillermo Aguirre

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 18/02/2010

Galardonada con el XV Premio Lengua de Trapo de Novela, Electrónica para Clara ha suscitado el interés inmediato de un círculo de escritores con gusto por lo arriesgado; unas coordenadas en las que se mueve la editorial dispensadora del premio, de lo que hemos dado una muestra aquí con títulos como Una revolución pequeña, La mujer calva -su predecesora en estos laureles- o la imprescindible El estatus. Quizá no estemos, en esta ocasión, ante una obra redonda, pero sí interesante; una obra que brilla por las virtudes de su búsqueda más que por sus hallazgos, aunque también los haya.

Jonás, narrador y protagonista, trata de resolver una pregunta fundamental; dos, quizá: “¿quién es Clara? ¿quiénes somos nosotros?”. Clara es su amor, su desamor y su condena, la mujer que le abandonó, reapareció casada con su mejor amigo, le olvidó, le recordó y que, finalmente, silenciada -“Quieta y muda, distante como las sombras humanas que quedaron impresas en las paredes de Hiroshima después de la catástrofe” (p. 42)- por un suceso traumático que sólo se revela hacia el final de la novela, es objeto tanto de sus cuidados -la cuida como el viejito a la viejita, con la misma ternura- como de sus cadenas. Hay en toda la novela una atmósfera de horror, de thriller psicológico, motivada por ese gran secreto que sólo lo es para Jonás y la tozuda mudez de Clara, prisionera de las atenciones y cuidados de su enamorado custodio.

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Ene 21

Una revolución pequeña, de Juan Aparicio Belmonte

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 21/01/2010

Juan Aparicio BelmonteLa cuarta novela de Juan Aparicio-Belmonte vuelve a dar la vuelta al mundo, y no en un sentido geográfico. El suyo es un realismo, casi costumbrismo, muy peculiar, que encontraba expresión en su aclamada anterior novela, El disparatado círculo de los pájaros borrachos: “si la realidad hoy en día es un disparate, toda novela realista tendrá que ser disparatada” (p. 127; Lengua de Trapo, 2006).

El autor ha hecho del humor disparatado su sello, que no se imprime sobre chistes vacíos sino sobre un fondo de crítica social centrada en el sistema judicial y penitenciario, así como en las peculiaridades políticas nacionales. Así ocurre en esta novela, Una revolución pequeña, en la que el abogado inocente acaba en prisión, los jueces asesinan… un mundo novelesco que subvierte la mirada convencional sin dejar de reseñar fielmente la realidad, aunque sea a través de los espejos deformantes del humor.

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Ene 11

B, de Alberto Santamaría

Escrito en El T-rex que viene, El museo.
Etiquetas: , , , 11/01/2010

B“Acaba de aparecer un nuevo libro. Lo he titulado B y es un libro en prosa. Tal vez sea una novela”. Eso nos dice el poeta y crítico Alberto Santamaría, padre de la criatura. Se refiere a ello como algo “nuevo”, y lo es, no sólo en el sentido de “efímero ocupante del escaparate de una librería”, sino en el de “experimento”, una forma muy personal de narrar no muy alejada de su obra poética precedente. Es nuevo porque es su primera obra narrativa. Es nuevo porque se distingue de la narrativa general, no por aportar técnicas o estructuras novedosas, sino la mirada única del autor -algo que parece inevitable, pero no lo es-. El argumento es tan breve como la misma obra: B habla ante una cámara; se confiesa, pero no se explica, sino que narra aleatoriamente fragmentos de su vida, sabedor de que la muerte lo acecha. No como a cualquiera, en un horizonte indeterminado o lejano, sino presente: la muerte es su compañera desde que su hermano le disparara -¿accidentalmente?- en la rodilla. “La bala, como una cápsula terrorista, esparcirá por tu cuerpo todo su veneno”.

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