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	<title>El dinosaurio que estaba allí &#187; literatura decimonónica</title>
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	<description>Lecturas, pasiones y recuerdos de un cerebro reptil</description>
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		<title>Rey Lear homenajea a Shakespeare&#8230; y a Cervantes</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Nov 2007 22:49:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nuño Vallés</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>No llegan a ser vidas paralelas, pero casi. Los dos literatos más grandes de todos los tiempos coincidieron temporalmente, casi geográficamente y según muchos eruditos, se complementan de tal modo que sólo con <em>El Quijote</em> y las principales piezas teatrales de <strong>Shakespeare</strong> se abarcaría la totalidad del ser humano, y sería superfluo leer más. Según <strong>Harold Bloom</strong>, “la influencia concertada de <strong>Cervantes</strong> y Shakespeare define el curso de la literatura occidental posterior”, de modo que leyendo a <strong>Dickens</strong>, a <strong>Kafka</strong> o a <strong>Javier Marías</strong>, estamos leyendo, a través de tan egregios intermediarios, la obra de los dos monstruos del barroco. Es improbable que se llegaran a conocer, aunque tal posibilidad sirvió a <strong>Anthony Burguess</strong> para su deliciosa <em>Encuentro en Valladolid</em> y, en los cines -y evidentemente inspirándose en ésta-, a <strong>Inés París</strong> para su <em>Miguel y William</em>.</p>
<p>Sin embargo, es sabido que Shakespeare leyó a Cervantes -aunque el  ilustre manco seguramente no leyó al inglés-. La prueba de ello es la <em>Historia de Cardenio</em> (<a href="http://www.elconfidencial.com/cache/2007/11/10/www.libreriacastellana45.es/anadir_carrito.asp?cod=47985" target="parent"><strong><span style="text-decoration: underline;">comprar libro</span></strong></a>), escrita junto al dramaturgo menor <strong>John Fletcher</strong>, que se creyó perdida durante mucho tiempo hasta que el trabajo del hispanista <strong>Charles David Ley</strong> desveló que se escondía tras la comedia, firmada por <strong>Lewis Theobald</strong>, <em>Doble falsedad</em>. La traducción al castellano data de 1987, publicada por <strong>José Esteban</strong>, pero ha sido este año cuando la <a href="http://www.elmundo.es/2007/05/24/cultura/2127645.html" target="parent"><strong><span style="text-decoration: underline;">Royal Shakespeare Company</span></strong></a> ha dado por correcta la versión de Ley y ha aceptado la <em>Historia de Cardenio</em> como parte del corpus shakespeariano. Shakespeare tuvo en sus manos la traducción del <em>Quijote</em> de <strong>Thomas Shelton</strong> en 1612 y, un año después, aparecía el <em>Cardenio</em> en unos documentos, aunque no se sabe si se llegó a representar.</p>
<p>La obrita es poco más que una curiosidad. Lo que nos ha llegado, por  azarosas veredas, es un borrador o texto mutilado, al que faltan algunos  diálogos y en el que la acción es demasiado apresurada. Dice Ley en la  Introducción que se aprecia la mano de Shakespeare al principio y al  final, mientras que las páginas centrales corresponderían a Fletcher.  Habrá que esperar una edición crítica más amplia que desvele a qué mano  corresponde cada estrofa y qué añadidos corresponden a Theobald o a  otros. Pero, por ahora, el <em>Cardenio</em> evoca algo casi fantástico,  una suerte de comunión entre dos genios que permite imaginar lo que  habría sido una relación más fluida si hubieran nacido en un siglo  posterior, o si, como sugiere Burguess se hubieran conocido. O ya,  pasando a teorías realmente estrambóticas que aprovechan los diez días  de diferencia entre sus respectivos óbitos, <a href="http://rafaminu.blogspot.com/2007/01/cervantes-y-shakespeare-eran-la-misma.html" target="parent"><strong><span style="text-decoration: underline;">¡quizá fueran la misma persona!</span></strong></a></p>
<p><img src="http://www.elconfidencial.com/fotos/tendencias/cocina_20071110.jpg" alt="" align="right" />Rey Lear -por cierto, no está de más recordar que <em>Don Quijote</em> y <em>El rey Lear</em> se publicaron el mismo año, 1605- no sólo ha decidido reeditar el Cardenio, sino que, continuando con su homenaje <em>postcentenario</em>, recupera el breve ensayo de <strong>Cesáreo Fernández Duro</strong> <em>La cocina del Quijote</em> (<a href="http://www.elconfidencial.com/cache/2007/11/10/www.libreriacastellana45.es/anadir_carrito.asp?cod=47770" target="parent"><strong><span style="text-decoration: underline;">comprar libro</span></strong></a>), ampliado con <em>Todas las recetas</em> compiladas por <a href="http://www.latabernadeliria.com/" target="parent"><strong><span style="text-decoration: underline;">Miguel López Castanier</span></strong></a>. Según <a href="http://www.cervantesvirtual.com/FichaAutor.html?Ref=5370&amp;portal=33" target="parent"><strong><span style="text-decoration: underline;">Fernández Duro</span></strong></a> -uno de esos buenos escritores que el tiempo y la desidia han sepultado  sin razón- “¡idea del mismísimo demonio es considerar a Cervantes  cocinero!”, pero <em>Don Quijote</em> está lleno de comida, y también de  hambre, pues el propio Caballero de la Triste Figura “colocaba entre  los más grandes trabajos de la caballería el andar por despoblados <em>sin cocinero</em> y pasar los más de los días en flores por vengar desaguisados”.</p>
<p>Ni los golpes ni el alejamiento de su amada: el privarse del placer  de la comida -a Sancho le basta tener la Panza llena- es el origen de la  locura. En la siempre grata lectura de la magna obra cervantina van  apareciendo nombres tan sugerentes como los duelos y quebrantos, típico  plato manchego a base de sesos de cordero y productos de la matanza, o  arroz meloso sin trabajo o ternera asada en salsa de oruga -si les pica  la curiosidad culinaria, ya saben, a la <a href="http://www.libreriacastellana45.es/descripcion_libro.asp?cod=47770" target="parent"><strong><span style="text-decoration: underline;">librería</span></strong></a>-.   López Castanier ha tenido que “bucear en el recetario antiguo”,  habiendo “aligerado grasas y cocciones, traducido palabrería antigua y  puesto al día aquello que debía serlo, en especias o lo que hiciera  falta”. Así, la edición de Rey Lear ha quedado francamente bien. En esta  cuidada edición, al delicioso texto de Fernández Duro se añaden las  suculentas recetas de López Castanier y grabados de muy diversos autores  y épocas, relativos a las escenas de <em>papeo</em> -o falta del mismo- del <em>Quijote</em>.</p>
<p><img src="http://www.elconfidencial.com/fotos/tendencias/casa_20071110.jpg" alt="" align="left" />Como no hay dos sin tres, Rey Lear visita La casa de Shakespeare (<a href="http://www.elconfidencial.com/cache/2007/11/10/www.libreriacastellana45.es/anadir_carrito.asp?cod=47481" target="parent"><strong><span style="text-decoration: underline;">comprar libro</span></strong></a>), con nada menos que don <strong>Benito Pérez Galdós</strong> como enviado especial. El librito, que se lee en un suspiro y con gran  deleite, evoca la visita del ilustre veraneante santanderino, en  septiembre de 1889, a Stratford-on-Avon. En fecha tan temprana, Galdós  se siente “uno de los pocos, si no el único español, que ha visitado  aquella Jerusalén literaria”. En estas páginas le vemos postrarse -a él,  tan grande- con humildad ante el gran genio de Shakespeare, sintiendo  una hondísima emoción en la cocina donde “el dramaturgo pasaba largas  horas de las noches de invierno contemplando las llamas del hogar”, o  ante la tumba del poeta, en la Holy Trinity Church de Stratford.</p>
<p><a title="Rey Lear homenajea a Shakespeare... y a Cervantes" href="http://www.elconfidencial.com/cache/2007/11/10/79_especial_shakespeare_demas.html" target="_blank">Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial</a>
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		<title>Stephen Crane: La roja insignia del valor</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Oct 2007 22:24:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nuño Vallés</dc:creator>
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		<category><![CDATA[literatura antibelicista]]></category>
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		<description><![CDATA[La Guerra de Secesión estadounidense es uno de los conflictos bélicos que más obra artística ha suscitado, al menos en cantidad. Norte y Sur (Elizabeth Gaskell), Lo que el viento se llevó (Margaret Mitchell), Cold Mountain (Charles Frazier) o Ángeles asesinos (Michael Shaara) son algunas de ellas, más o menos mediocres -aunque cosecharan algunos premios [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La Guerra de Secesión estadounidense es uno de los conflictos bélicos que más obra artística ha suscitado, al menos en cantidad. <em>Norte y Sur </em>(<strong>Elizabeth Gaskell</strong>), <em>Lo que el viento se llevó </em>(<strong>Margaret Mitchell</strong>), <em>Cold Mountain </em>(<strong>Charles Frazier</strong>) o <em>Ángeles asesinos </em>(<strong>Michael Shaara</strong>) son algunas de ellas, más o menos mediocres -aunque cosecharan algunos premios Pulitzer-, que además contaron con adaptación a la pantalla, pequeña o grande. Lo que sí acostumbran es a recaudar su buena cantidad de dinero, a mostrarse conciliadoras, abundantes y literariamente ambiciosas y grandilocuentes. Menos célebre en cambio es la breve novelita de <strong>Stephen Crane</strong>, de una intensidad apabullante -es recomendable leerla en una tarde, de un tirón; tanto su extensión como el ritmo narrativo lo permiten y acompañan-, para nada engolada sino, por el contrario, sencilla en la expresión pero contundente, como si fuera una crónica bélica real.</p>
<p><a title="Stephen Crane: La roja insignia del valor" href="http://www.elconfidencial.com/cache/2007/10/13/83_otras_novedades.html" target="_blank">Seguir leyendo&#8230;</a>
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		<title>Eça de Queiroz: Alves &amp; C.ª</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Jan 2007 23:19:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nuño Vallés</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Muy apreciado por los portugueses, Eça de Queiroz es un autor escasamente leído en España. Apenas suenan Los Maia o, más por la adaptación cinematográfica que por el libro, El crimen del padre Amaro. Es nuestra triste costumbre de darle la espalda a Portugal desde la ‘traición’ de 1640. Y, sin embargo, nada tiene que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Muy apreciado por los portugueses, <strong>Eça de Queiroz</strong> es un autor escasamente leído en España. Apenas suenan <em>Los Maia</em> o, más por la adaptación cinematográfica que por el libro, <em>El crimen del padre Amaro</em>. Es nuestra triste costumbre de darle la espalda a Portugal desde la ‘traición’ de 1640. Y, sin embargo, nada tiene que envidiar a los grandes autores realistas del XIX, a <strong>Galdós</strong> o <strong>Dickens</strong> o <strong>Balzac</strong>. Un buen ejemplo de su categoría lo tenemos en esta olvidada joyita, <em>Alves &amp; C.ª</em>, deliciosamente ligera, original e inteligente. Constituye una muestra de realismo muy avanzado, tendente al trazo mínimo; Eça de Queiroz ha despojado el texto de las farragosas descripciones físicas, psicológicas y geográficas habituales de esta corriente, aproximándose al impresionismo.</p>
<p><a title="Eça de Queiroz: Alves &amp; C.ª" href="http://www.elconfidencial.com/ocio/indice.asp?id=3935" target="_blank">Seguir leyendo&#8230;</a>
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		<title>Arthur Conan Doyle: El signo de los cuatro</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Jan 2005 13:27:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nuño Vallés</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Alianza]]></category>
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		<category><![CDATA[literatura infantil y juvenil]]></category>
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		<description><![CDATA[Cada mirada vuelta atrás, es decir, hacia los clásicos, resulta un ejercicio de asombro. Asombro por muchos motivos, entre ellos una vigencia en las formas especialmente en las obras de género. Las formas del relato de misterio las dejó ya sentadas Poe, y Conan Doyle se aplicó en no salirse nunca del camino marcado pues [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright" style="margin-left: 5px; border: 0px;" src="http://img255.imageshack.us/img255/1623/conandoy.png" alt="" width="150" height="188" />Cada mirada vuelta atrás, es decir, hacia los clásicos, resulta un ejercicio de asombro. Asombro por muchos motivos, entre ellos una vigencia en las formas especialmente en las obras de género. Las formas del relato de misterio las dejó ya sentadas Poe, y Conan Doyle se aplicó en no salirse nunca del camino marcado pues era suficientemente efectivo. Tanto, que las más modernas tramas policíacas siguien contando con crímenes enigmáticos, sin solución aparente, pero que a través de una investigación lógica y científica, terminan por revelar los más inopinados secretos. Ahí tenemos a los CSI, o a mi predilecto Monk, adalides respectivamente de la investigación científica y lógico-deductiva. Pero esto comenzó a tener verdadero éxito con Sherlock Holmes, protagonista de <em>El signo de los cuatro</em>, novela policíaca que, aunque hoy nos pueda parecer algo ingenua, sigue conservando todo el sabor del buen género negro y que, además, preludia un subgénero: el de la persecución fluvial al más puro estilo <em>Corrupción en Miami</em> (aunque en lanchas de vapor, pelín más lentas).</p>
<p><img class="alignleft" style="margin-right: 5px; border: 0px;" src="http://img820.imageshack.us/img820/4266/vs3k7efs.png" alt="" width="150" height="239" />Sherlock Holmes es uno de los grandes                            héroes de la ficción, de todos los tiempos                            y de todo el mundo. Y, no obstante, se me hace un personaje                            desagradable, tan frío y altanero, aunque solitario                            y seguro de sí mismo como un Sam Spade (que,                            sin embargo, tenía ese punto irónico y                            socarrón que al severo Holmes le falta). Es un                            digno representante de la sociedad a la que perteneció,                            la sociedad que se creó bajo los auspicios de                            Victoria I de Inglaterra, una reimpresión de                            Isabel I, ambas más o menos vírgenes,                            más o menos gruñonas y más o menos                            desquiciadas. La sociedad victoriana muestra sus sombras                            más claramente en Dickens, y en el mundo de                            Sherlock Holmes aparecen veladas pero encarnadas en el personaje. Los de Dickens pueden ser                            bien verdugos, símbolo de los defectos de la                            sociedad, bien víctimas; pero en Holmes se cruzan                            los defectos y las virtudes de la sociedad que marcaría                            los derroteros del siglo XX: es un adalid de la ciencia,                            la tecnología y la lógica, en las que                            muestra una confianza sin fisuras, pero al mismo tiempo                            carece de verdaderos sentimientos (en apariencia), se                            comporta cruelmente con quienes le rodean (e incluso                            con quienes le profesan sincero afecto, como Watson,                            al que desprecia e insulta muchas veces), es un engreído,                            etc. En este relato, y para sorpresa de muchos, se desvela                            además como un yonqui adicto a la cocaína.                            La afición a las drogas fue una de las señas                            de la época, no en vano los ingleses desataron                            una guerra en China por el control del mercado del opio,                            y no olvidemos que la heroína fue un invento                            de la época (de Bayer, creo) para ayudar a los                            soldados de la Gran Guerra (de ahí su nombre)                            a superar la adicción a los mórficos (que                            se les administraban para calmar el dolor, pero muchos                            eran adictos ya antes, para superar dolores menos físicos).                            El propio Conan Doyle era adicto a la cocaína                            inyectada en los años de publicación de                            la novela (1889-1890), y aprovecha para utilizar al                            personaje para mantener un diálogo consigo mismo                            y con la sociedad acerca de esta afición. Aunque                            en esta ocasión parece que la droga resulta victoriosa,                            no volverá a aparecer en posteriores relatos                            protagonizados por Holmes (como no apareció en                            el anterior, <em>Estudio en escarlata</em>).</p>
<p>Este es uno de los                            datos acerca de Holmes que lo humanizan, muestran un                            lado frágil, apenas insinuado, que quizá                            es lo que nos permite admirar al héroe, en principio                            tan distante, con tantos aires de superioridad. Su método                            es imponente, pero eso resulta insuficiente para erigir                            una estatua en su honor y convertir un edificio de la                            auténtica Baker Street en un Museo Sherlock Holmes.                            Holmes necesita la estimulación de la droga para                            no derrumbarse, pero no sólo se sustenta de ciencia                            (en este caso, química), necesita también                            de afecto. Watson, su amigo del alma, opera como contrapunto                            aparente (en Conan Doyle, como gran escritor que es,                            todo son apariencias, insinuaciones) lleno de humanidad,                            de limitaciones, fascinado por el detective; y sin embargo                            Holmes necesita más a Watson que éste                            a aquél. Holmes necesita reconocimiento público,                            aunque generalmente demuestre desprecio: sin las narraciones                            de su amigo doctor (siempre «inexactas»),                            los clientes no irían a solicitarlo, ni tendría                            el reconocimiento de las autoridades (la policía                            suele arrogarse en sus informes el éxito en las                            misiones), pero también lo necesita por su propio                            ego, porque aunque se siente especial, ¿qué                            sería de él si los demás no lo                            supieran? De forma más egoísta, las comunes                            habilidades de Watson hacen parecer las suyas más                            deslumbrantes. Así, a través de detalles,                            insinuaciones, y rapsodias interpretadas virtuosamente                            en las cuatro cuerdas de un violín, vemos a un                            ser humano donde antes sólo había héroe.                            Un hombre que necesita esconderse para poder mantenerse                            a salvo pero que, gracias a la amistad infalible de                            Watson, permanece firmemente adherido al mundo que tanto                            teme.</p>
<p>Por otro lado, un rápido apunte                            acerca del título de la obra. El signo «cuatro»                            es tradicionalmente misterioso, mágico. Los indios                            lakota agrupan todo cuanto existe en cuartetos: las                            plantas están formadas de raíz, tallo,                            hojas y frutos; sobre la tierra hay sol, luna, cielo                            y estrellas; los animales de clasifican en aquellos                            que se arrastran, aquellos que vuelan, los que caminan                            a cuatro patas y los que lo hacen sobre dos; y el tiempo,                            días, noches, lunas y años. El «4»                            representa a lo que existe. Cuatro eran también                            los elementos constitutivos de la realidad para Empédocles                            (tierra, agua, aire, fuego), en la que fue la elaboración                            más refinada de la teoría presocrática                            de los elementos. No estoy ducho en elementos mágicos,                            pero tanto la mística siux como la presocrática                            (eran más místicos que filósofos)                            nos sugieren una atmósfera cabalística                            o alquímica, un mundo en el que los números                            tienen «algo más», un secreto poder,                            un significado oculto, una clave para entender el sentido                            de la existencia y de lo que pueda haber más                            allá de ella. Desconozco la biografía                            de Conan Doyle hasta el punto de saber si era dado a                            los arcanos, como sí lo fue, por ejemplo, Victor                            Hugo, pero parece que, en este caso, la única                            magia capaz de mover el mundo es la ambición,                            o quizá el amor. La respuesta, en la novela.</p>
<p><a title="Arthur Conan Doyle: El signo de los cuatro" href="http://www.cuantoyporquetanto.com/htm/libros/libros_elsignodeloscuatro.htm" target="_blank">Léelo en Cuanto y por qué tanto&#8230;</a></p>
<p><img class="aligncenter" src="http://img412.imageshack.us/img412/1319/thames.png" alt="" width="475" height="254" /></p>
<div id="_mcePaste" style="position: absolute; left: -10000px; top: 0px; width: 1px; height: 1px; overflow: hidden;">
<p>Sherlock Holmes es uno de los grandes                            héroes de la ficción, de todos los tiempos                            y de todo el mundo. Y, no obstante, se me hace un personaje                            desagradable, tan frío y altanero, aunque solitario                            y seguro de sí mismo como un Sam Spade (que,                            sin embargo, tenía ese punto irónico y                            socarrón que al severo Holmes le falta). Es un                            digno representante de la sociedad a la que perteneció,                            la sociedad que se creó bajo los auspicios de                            Victoria I de Inglaterra, una reimpresión de                            Isabel I, ambas más o menos vírgenes,                            más o menos gruñonas y más o menos                            desquiciadas. La sociedad victoriana muestra sus sombras                            más claramente en Dickens, pero en el mundo de                            Sherlock Holmes aparecen veladas pero encarnadas en                            este personaje. Los personajes de Dickens pueden ser                            bien verdugos, símbolo de los defectos de la                            sociedad, bien víctimas; pero en Holmes se cruzan                            los defectos y las virtudes de la sociedad que marcaría                            los derroteros del siglo XX, es un adalid de la ciencia,                            la tecnología y la lógica, en las que                            muestra una confianza sin fisuras, pero al mismo tiempo                            carece de verdaderos sentimientos (en apariencia), se                            comporta cruelmente con quienes le rodean (e incluso                            con quienes le profesan sincero afecto, como Watson,                            al que desprecia e insulta muchas veces), es un engreído,                            etc. En este relato, y para sorpresa de muchos, se desvela                            además como un yonqui, adicto a la cocaína.                            La afición a las drogas fue una de las señas                            de la época, no en vano los ingleses desataron                            una guerra en China por el control del mercado del opio,                            y no olvidemos que la heroína fue un invento                            de la época (de Bayer, creo) para ayudar a los                            soldados de la Gran Guerra (de ahí su nombre)                            a superar la adicción a los mórficos (que                            se les administraban para calmar el dolor, pero muchos                            eran adictos ya antes, para superar dolores menos físicos).                            El propio Conan Doyle era adicto a la cocaína                            inyectada en los años de publicación de                            la novela (1889-1890), y aprovecha para utilizar al                            personaje para mantener un diálogo consigo mismo                            y con la sociedad acerca de esta afición. Aunque                            en esta ocasión parece que la droga resulta victoriosa,                            no volverá a aparecer en posteriores relatos                            protagonizados por Holmes (como no apareció en                            el anterior, Estudio en escarlata). Este es uno de los                            datos acerca de Holmes que lo humanizan, muestran un                            lado frágil, apenas insinuado, que quizá                            es lo que nos permite admirar al héroe, en principio                            tan distante, con tantos aires de superioridad. Su método                            es imponente, pero eso resulta insuficiente para erigir                            una estatua en su honor y convertir un edificio de la                            auténtica Baker Street en un Museo Sherlock Holmes.                            Holmes necesita la estimulación de la droga para                            no derrumbarse, pero no sólo se sustenta de ciencia                            (en este caso, química), necesita también                            de afecto. Watson, su amigo del alma, opera como contrapunto                            aparente (en Conan Doyle, como gran escritor que es,                            todo son apariencias, insinuaciones) lleno de humanidad,                            de limitaciones, fascinado por el detective; y sin embargo                            Holmes necesita más a Watson que éste                            a aquél. Holmes necesita reconocimiento público,                            aunque generalmente demuestre desprecio: sin las narraciones                            de su amigo doctor (siempre «inexactas»),                            los clientes no irían a solicitarlo, ni tendría                            el reconocimiento de las autoridades (la policía                            suele arrogarse en sus informes el éxito en las                            misiones), pero también lo necesita por su propio                            ego, porque aunque se siente especial, ¿qué                            sería de él si los demás no lo                            supieran? De forma más egoísta, las comunes                            habilidades de Watson hacen parecer las suyas más                            deslumbrantes. Así, a través de detalles,                            insinuaciones, y rapsodias interpretadas virtuosamente                            en las cuatro cuerdas de un violín, vemos a un                            ser humano donde antes sólo había héroe.                            Un hombre que necesita esconderse para poder mantenerse                            a salvo pero que, gracias a la amistad infalible de                            Watson, permanece firmemente adherido al mundo que tanto                            teme.</p>
<p>Por otro lado, un rápido apunte                            acerca del título de la obra. El signo «cuatro»                            es tradicionalmente misterioso, mágico. Los indios                            lakota agrupan todo cuanto existe en cuartetos: las                            plantas están formadas de raíz, tallo,                            hojas y frutos; sobre la tierra hay sol, luna, cielo                            y estrellas; los animales de clasifican en aquellos                            que se arrastran, aquellos que vuelan, los que caminan                            a cuatro patas y los que lo hacen sobre dos; y el tiempo,                            días, noches, lunas y años. El «4»                            representa a lo que existe. Cuatro eran también                            los elementos constitutivos de la realidad para Empédocles                            (tierra, agua, aire, fuego), en la que fue la elaboración                            más refinada de la teoría presocrática                            de los elementos. No estoy ducho en elementos mágicos,                            pero tanto la mística siux como la presocrática                            (eran más místicos que filósofos)                            nos sugieren una atmósfera cabalística                            o alquímica, un mundo en el que los números                            tienen «algo más», un secreto poder,                            un significado oculto, una clave para entender el sentido                            de la existencia y de lo que pueda haber más                            allá de ella. Desconozco la biografía                            de Conan Doyle hasta el punto de saber si era dado a                            los arcanos, como sí lo fue, por ejemplo, Victor                            Hugo, pero parece que, en este caso, la única                            magia capaz de mover el mundo es la ambición,                            o quizá el amor. La respuesta, en la novela.</p>
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