Nov 10

Rey Lear homenajea a Shakespeare… y a Cervantes

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , , , , , , , , 10/11/2007

No llegan a ser vidas paralelas, pero casi. Los dos literatos más grandes de todos los tiempos coincidieron temporalmente, casi geográficamente y según muchos eruditos, se complementan de tal modo que sólo con El Quijote y las principales piezas teatrales de Shakespeare se abarcaría la totalidad del ser humano, y sería superfluo leer más. Según Harold Bloom, “la influencia concertada de Cervantes y Shakespeare define el curso de la literatura occidental posterior”, de modo que leyendo a Dickens, a Kafka o a Javier Marías, estamos leyendo, a través de tan egregios intermediarios, la obra de los dos monstruos del barroco. Es improbable que se llegaran a conocer, aunque tal posibilidad sirvió a Anthony Burguess para su deliciosa Encuentro en Valladolid y, en los cines -y evidentemente inspirándose en ésta-, a Inés París para su Miguel y William.

Sin embargo, es sabido que Shakespeare leyó a Cervantes -aunque el ilustre manco seguramente no leyó al inglés-. La prueba de ello es la Historia de Cardenio (comprar libro), escrita junto al dramaturgo menor John Fletcher, que se creyó perdida durante mucho tiempo hasta que el trabajo del hispanista Charles David Ley desveló que se escondía tras la comedia, firmada por Lewis Theobald, Doble falsedad. La traducción al castellano data de 1987, publicada por José Esteban, pero ha sido este año cuando la Royal Shakespeare Company ha dado por correcta la versión de Ley y ha aceptado la Historia de Cardenio como parte del corpus shakespeariano. Shakespeare tuvo en sus manos la traducción del Quijote de Thomas Shelton en 1612 y, un año después, aparecía el Cardenio en unos documentos, aunque no se sabe si se llegó a representar.

La obrita es poco más que una curiosidad. Lo que nos ha llegado, por azarosas veredas, es un borrador o texto mutilado, al que faltan algunos diálogos y en el que la acción es demasiado apresurada. Dice Ley en la Introducción que se aprecia la mano de Shakespeare al principio y al final, mientras que las páginas centrales corresponderían a Fletcher. Habrá que esperar una edición crítica más amplia que desvele a qué mano corresponde cada estrofa y qué añadidos corresponden a Theobald o a otros. Pero, por ahora, el Cardenio evoca algo casi fantástico, una suerte de comunión entre dos genios que permite imaginar lo que habría sido una relación más fluida si hubieran nacido en un siglo posterior, o si, como sugiere Burguess se hubieran conocido. O ya, pasando a teorías realmente estrambóticas que aprovechan los diez días de diferencia entre sus respectivos óbitos, ¡quizá fueran la misma persona!

Rey Lear -por cierto, no está de más recordar que Don Quijote y El rey Lear se publicaron el mismo año, 1605- no sólo ha decidido reeditar el Cardenio, sino que, continuando con su homenaje postcentenario, recupera el breve ensayo de Cesáreo Fernández Duro La cocina del Quijote (comprar libro), ampliado con Todas las recetas compiladas por Miguel López Castanier. Según Fernández Duro -uno de esos buenos escritores que el tiempo y la desidia han sepultado sin razón- “¡idea del mismísimo demonio es considerar a Cervantes cocinero!”, pero Don Quijote está lleno de comida, y también de hambre, pues el propio Caballero de la Triste Figura “colocaba entre los más grandes trabajos de la caballería el andar por despoblados sin cocinero y pasar los más de los días en flores por vengar desaguisados”.

Ni los golpes ni el alejamiento de su amada: el privarse del placer de la comida -a Sancho le basta tener la Panza llena- es el origen de la locura. En la siempre grata lectura de la magna obra cervantina van apareciendo nombres tan sugerentes como los duelos y quebrantos, típico plato manchego a base de sesos de cordero y productos de la matanza, o arroz meloso sin trabajo o ternera asada en salsa de oruga -si les pica la curiosidad culinaria, ya saben, a la librería-. López Castanier ha tenido que “bucear en el recetario antiguo”, habiendo “aligerado grasas y cocciones, traducido palabrería antigua y puesto al día aquello que debía serlo, en especias o lo que hiciera falta”. Así, la edición de Rey Lear ha quedado francamente bien. En esta cuidada edición, al delicioso texto de Fernández Duro se añaden las suculentas recetas de López Castanier y grabados de muy diversos autores y épocas, relativos a las escenas de papeo -o falta del mismo- del Quijote.

Como no hay dos sin tres, Rey Lear visita La casa de Shakespeare (comprar libro), con nada menos que don Benito Pérez Galdós como enviado especial. El librito, que se lee en un suspiro y con gran deleite, evoca la visita del ilustre veraneante santanderino, en septiembre de 1889, a Stratford-on-Avon. En fecha tan temprana, Galdós se siente “uno de los pocos, si no el único español, que ha visitado aquella Jerusalén literaria”. En estas páginas le vemos postrarse -a él, tan grande- con humildad ante el gran genio de Shakespeare, sintiendo una hondísima emoción en la cocina donde “el dramaturgo pasaba largas horas de las noches de invierno contemplando las llamas del hogar”, o ante la tumba del poeta, en la Holy Trinity Church de Stratford.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial

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Oct 13

Stephen Crane: La roja insignia del valor

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 13/10/2007

La Guerra de Secesión estadounidense es uno de los conflictos bélicos que más obra artística ha suscitado, al menos en cantidad. Norte y Sur (Elizabeth Gaskell), Lo que el viento se llevó (Margaret Mitchell), Cold Mountain (Charles Frazier) o Ángeles asesinos (Michael Shaara) son algunas de ellas, más o menos mediocres -aunque cosecharan algunos premios Pulitzer-, que además contaron con adaptación a la pantalla, pequeña o grande. Lo que sí acostumbran es a recaudar su buena cantidad de dinero, a mostrarse conciliadoras, abundantes y literariamente ambiciosas y grandilocuentes. Menos célebre en cambio es la breve novelita de Stephen Crane, de una intensidad apabullante -es recomendable leerla en una tarde, de un tirón; tanto su extensión como el ritmo narrativo lo permiten y acompañan-, para nada engolada sino, por el contrario, sencilla en la expresión pero contundente, como si fuera una crónica bélica real.

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Ene 27

Eça de Queiroz: Alves & C.ª

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 27/01/2007

Muy apreciado por los portugueses, Eça de Queiroz es un autor escasamente leído en España. Apenas suenan Los Maia o, más por la adaptación cinematográfica que por el libro, El crimen del padre Amaro. Es nuestra triste costumbre de darle la espalda a Portugal desde la ‘traición’ de 1640. Y, sin embargo, nada tiene que envidiar a los grandes autores realistas del XIX, a Galdós o Dickens o Balzac. Un buen ejemplo de su categoría lo tenemos en esta olvidada joyita, Alves & C.ª, deliciosamente ligera, original e inteligente. Constituye una muestra de realismo muy avanzado, tendente al trazo mínimo; Eça de Queiroz ha despojado el texto de las farragosas descripciones físicas, psicológicas y geográficas habituales de esta corriente, aproximándose al impresionismo.

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Ene 01

Arthur Conan Doyle: El signo de los cuatro

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , , , , 1/01/2005

Cada mirada vuelta atrás, es decir, hacia los clásicos, resulta un ejercicio de asombro. Asombro por muchos motivos, entre ellos una vigencia en las formas especialmente en las obras de género. Las formas del relato de misterio las dejó ya sentadas Poe, y Conan Doyle se aplicó en no salirse nunca del camino marcado pues era suficientemente efectivo. Tanto, que las más modernas tramas policíacas siguien contando con crímenes enigmáticos, sin solución aparente, pero que a través de una investigación lógica y científica, terminan por revelar los más inopinados secretos. Ahí tenemos a los CSI, o a mi predilecto Monk, adalides respectivamente de la investigación científica y lógico-deductiva. Pero esto comenzó a tener verdadero éxito con Sherlock Holmes, protagonista de El signo de los cuatro, novela policíaca que, aunque hoy nos pueda parecer algo ingenua, sigue conservando todo el sabor del buen género negro y que, además, preludia un subgénero: el de la persecución fluvial al más puro estilo Corrupción en Miami (aunque en lanchas de vapor, pelín más lentas).

Sherlock Holmes es uno de los grandes héroes de la ficción, de todos los tiempos y de todo el mundo. Y, no obstante, se me hace un personaje desagradable, tan frío y altanero, aunque solitario y seguro de sí mismo como un Sam Spade (que, sin embargo, tenía ese punto irónico y socarrón que al severo Holmes le falta). Es un digno representante de la sociedad a la que perteneció, la sociedad que se creó bajo los auspicios de Victoria I de Inglaterra, una reimpresión de Isabel I, ambas más o menos vírgenes, más o menos gruñonas y más o menos desquiciadas. La sociedad victoriana muestra sus sombras más claramente en Dickens, y en el mundo de Sherlock Holmes aparecen veladas pero encarnadas en el personaje. Los de Dickens pueden ser bien verdugos, símbolo de los defectos de la sociedad, bien víctimas; pero en Holmes se cruzan los defectos y las virtudes de la sociedad que marcaría los derroteros del siglo XX: es un adalid de la ciencia, la tecnología y la lógica, en las que muestra una confianza sin fisuras, pero al mismo tiempo carece de verdaderos sentimientos (en apariencia), se comporta cruelmente con quienes le rodean (e incluso con quienes le profesan sincero afecto, como Watson, al que desprecia e insulta muchas veces), es un engreído, etc. En este relato, y para sorpresa de muchos, se desvela además como un yonqui adicto a la cocaína. La afición a las drogas fue una de las señas de la época, no en vano los ingleses desataron una guerra en China por el control del mercado del opio, y no olvidemos que la heroína fue un invento de la época (de Bayer, creo) para ayudar a los soldados de la Gran Guerra (de ahí su nombre) a superar la adicción a los mórficos (que se les administraban para calmar el dolor, pero muchos eran adictos ya antes, para superar dolores menos físicos). El propio Conan Doyle era adicto a la cocaína inyectada en los años de publicación de la novela (1889-1890), y aprovecha para utilizar al personaje para mantener un diálogo consigo mismo y con la sociedad acerca de esta afición. Aunque en esta ocasión parece que la droga resulta victoriosa, no volverá a aparecer en posteriores relatos protagonizados por Holmes (como no apareció en el anterior, Estudio en escarlata).

Este es uno de los datos acerca de Holmes que lo humanizan, muestran un lado frágil, apenas insinuado, que quizá es lo que nos permite admirar al héroe, en principio tan distante, con tantos aires de superioridad. Su método es imponente, pero eso resulta insuficiente para erigir una estatua en su honor y convertir un edificio de la auténtica Baker Street en un Museo Sherlock Holmes. Holmes necesita la estimulación de la droga para no derrumbarse, pero no sólo se sustenta de ciencia (en este caso, química), necesita también de afecto. Watson, su amigo del alma, opera como contrapunto aparente (en Conan Doyle, como gran escritor que es, todo son apariencias, insinuaciones) lleno de humanidad, de limitaciones, fascinado por el detective; y sin embargo Holmes necesita más a Watson que éste a aquél. Holmes necesita reconocimiento público, aunque generalmente demuestre desprecio: sin las narraciones de su amigo doctor (siempre «inexactas»), los clientes no irían a solicitarlo, ni tendría el reconocimiento de las autoridades (la policía suele arrogarse en sus informes el éxito en las misiones), pero también lo necesita por su propio ego, porque aunque se siente especial, ¿qué sería de él si los demás no lo supieran? De forma más egoísta, las comunes habilidades de Watson hacen parecer las suyas más deslumbrantes. Así, a través de detalles, insinuaciones, y rapsodias interpretadas virtuosamente en las cuatro cuerdas de un violín, vemos a un ser humano donde antes sólo había héroe. Un hombre que necesita esconderse para poder mantenerse a salvo pero que, gracias a la amistad infalible de Watson, permanece firmemente adherido al mundo que tanto teme.

Por otro lado, un rápido apunte acerca del título de la obra. El signo «cuatro» es tradicionalmente misterioso, mágico. Los indios lakota agrupan todo cuanto existe en cuartetos: las plantas están formadas de raíz, tallo, hojas y frutos; sobre la tierra hay sol, luna, cielo y estrellas; los animales de clasifican en aquellos que se arrastran, aquellos que vuelan, los que caminan a cuatro patas y los que lo hacen sobre dos; y el tiempo, días, noches, lunas y años. El «4» representa a lo que existe. Cuatro eran también los elementos constitutivos de la realidad para Empédocles (tierra, agua, aire, fuego), en la que fue la elaboración más refinada de la teoría presocrática de los elementos. No estoy ducho en elementos mágicos, pero tanto la mística siux como la presocrática (eran más místicos que filósofos) nos sugieren una atmósfera cabalística o alquímica, un mundo en el que los números tienen «algo más», un secreto poder, un significado oculto, una clave para entender el sentido de la existencia y de lo que pueda haber más allá de ella. Desconozco la biografía de Conan Doyle hasta el punto de saber si era dado a los arcanos, como sí lo fue, por ejemplo, Victor Hugo, pero parece que, en este caso, la única magia capaz de mover el mundo es la ambición, o quizá el amor. La respuesta, en la novela.

Léelo en Cuanto y por qué tanto…

Sherlock Holmes es uno de los grandes héroes de la ficción, de todos los tiempos y de todo el mundo. Y, no obstante, se me hace un personaje desagradable, tan frío y altanero, aunque solitario y seguro de sí mismo como un Sam Spade (que, sin embargo, tenía ese punto irónico y socarrón que al severo Holmes le falta). Es un digno representante de la sociedad a la que perteneció, la sociedad que se creó bajo los auspicios de Victoria I de Inglaterra, una reimpresión de Isabel I, ambas más o menos vírgenes, más o menos gruñonas y más o menos desquiciadas. La sociedad victoriana muestra sus sombras más claramente en Dickens, pero en el mundo de Sherlock Holmes aparecen veladas pero encarnadas en este personaje. Los personajes de Dickens pueden ser bien verdugos, símbolo de los defectos de la sociedad, bien víctimas; pero en Holmes se cruzan los defectos y las virtudes de la sociedad que marcaría los derroteros del siglo XX, es un adalid de la ciencia, la tecnología y la lógica, en las que muestra una confianza sin fisuras, pero al mismo tiempo carece de verdaderos sentimientos (en apariencia), se comporta cruelmente con quienes le rodean (e incluso con quienes le profesan sincero afecto, como Watson, al que desprecia e insulta muchas veces), es un engreído, etc. En este relato, y para sorpresa de muchos, se desvela además como un yonqui, adicto a la cocaína. La afición a las drogas fue una de las señas de la época, no en vano los ingleses desataron una guerra en China por el control del mercado del opio, y no olvidemos que la heroína fue un invento de la época (de Bayer, creo) para ayudar a los soldados de la Gran Guerra (de ahí su nombre) a superar la adicción a los mórficos (que se les administraban para calmar el dolor, pero muchos eran adictos ya antes, para superar dolores menos físicos). El propio Conan Doyle era adicto a la cocaína inyectada en los años de publicación de la novela (1889-1890), y aprovecha para utilizar al personaje para mantener un diálogo consigo mismo y con la sociedad acerca de esta afición. Aunque en esta ocasión parece que la droga resulta victoriosa, no volverá a aparecer en posteriores relatos protagonizados por Holmes (como no apareció en el anterior, Estudio en escarlata). Este es uno de los datos acerca de Holmes que lo humanizan, muestran un lado frágil, apenas insinuado, que quizá es lo que nos permite admirar al héroe, en principio tan distante, con tantos aires de superioridad. Su método es imponente, pero eso resulta insuficiente para erigir una estatua en su honor y convertir un edificio de la auténtica Baker Street en un Museo Sherlock Holmes. Holmes necesita la estimulación de la droga para no derrumbarse, pero no sólo se sustenta de ciencia (en este caso, química), necesita también de afecto. Watson, su amigo del alma, opera como contrapunto aparente (en Conan Doyle, como gran escritor que es, todo son apariencias, insinuaciones) lleno de humanidad, de limitaciones, fascinado por el detective; y sin embargo Holmes necesita más a Watson que éste a aquél. Holmes necesita reconocimiento público, aunque generalmente demuestre desprecio: sin las narraciones de su amigo doctor (siempre «inexactas»), los clientes no irían a solicitarlo, ni tendría el reconocimiento de las autoridades (la policía suele arrogarse en sus informes el éxito en las misiones), pero también lo necesita por su propio ego, porque aunque se siente especial, ¿qué sería de él si los demás no lo supieran? De forma más egoísta, las comunes habilidades de Watson hacen parecer las suyas más deslumbrantes. Así, a través de detalles, insinuaciones, y rapsodias interpretadas virtuosamente en las cuatro cuerdas de un violín, vemos a un ser humano donde antes sólo había héroe. Un hombre que necesita esconderse para poder mantenerse a salvo pero que, gracias a la amistad infalible de Watson, permanece firmemente adherido al mundo que tanto teme.

Por otro lado, un rápido apunte acerca del título de la obra. El signo «cuatro» es tradicionalmente misterioso, mágico. Los indios lakota agrupan todo cuanto existe en cuartetos: las plantas están formadas de raíz, tallo, hojas y frutos; sobre la tierra hay sol, luna, cielo y estrellas; los animales de clasifican en aquellos que se arrastran, aquellos que vuelan, los que caminan a cuatro patas y los que lo hacen sobre dos; y el tiempo, días, noches, lunas y años. El «4» representa a lo que existe. Cuatro eran también los elementos constitutivos de la realidad para Empédocles (tierra, agua, aire, fuego), en la que fue la elaboración más refinada de la teoría presocrática de los elementos. No estoy ducho en elementos mágicos, pero tanto la mística siux como la presocrática (eran más místicos que filósofos) nos sugieren una atmósfera cabalística o alquímica, un mundo en el que los números tienen «algo más», un secreto poder, un significado oculto, una clave para entender el sentido de la existencia y de lo que pueda haber más allá de ella. Desconozco la biografía de Conan Doyle hasta el punto de saber si era dado a los arcanos, como sí lo fue, por ejemplo, Victor Hugo, pero parece que, en este caso, la única magia capaz de mover el mundo es la ambición, o quizá el amor. La respuesta, en la novela.

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