May 10

UN GEEK EN JAPÓN vs. APUNTES DE JAPÓN: HAJIME!

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , , , , 10/05/2010

Como aperitivo ante la publicación de Momentos, el segundo libro de Héctor “Kirai” García -que espero poder reseñar en el Confi próximamente-, he vuelto sobre el primero de los suyos y otro muy parecido, Apuntes de Japón, las experiencias de dos otakus del Japón. Dos españoles que, por caminos diferentes, acabaron en el País del Sol Naciente y se tomaron la placentera molestia de contar sus experiencias y aprendizajes a través de sendos blogs, Kirainet y Nipoweb, ambos exitosos. Sus autores, Héctor “Kirai” García y Marc Bernabé, cuyo nombre sonará seguro a los aficionados al manga.

Por mi parte, soy seguidor de Kirainet, lo leo -casi- todos los días. He podido “probar” -creo que imaginarlo es suficiente, y de todas maneras Kirai es bastante gráfico con estas cosas- la Pepsi de pepino, o el refresco de chocolate -el tono de su voz en el vídeo de Youtube transmite tanta información como las papilas gustativas-, entre tantas otras curiosidades niponas, que no merecen sino la denominación de “frikadas”. Nipoweb es ahora un lugar para la promoción de los libros de Bernabé, pero su blog Mangaland es uno de los mejores lugares de la red para adentrarse en el universo manga. No he tenido ocasión de leer la narración original del año mundialista de Bernabé -Japan Times Yokohama-, ni del en Kioto -Japan Times Kioto-, y si alguien sabe dónde encontrarlos, se lo agradeceré. También es un buen camino para adentrarse en los vericuetos de la mentalidad japonesa.

Empecemos por el más antiguo, Apuntes de Japón, subtitulado Diario de un traductor de manga en el Mundial 2002, y con eso se ha dicho mucho. El autor, Marc Bernabé -y la coautora, Verónica Calafell- son conocidos traductores de manga y anime -Dragon Head, Crayon Shin-Chan, Love Hina- que, con motivo de la celebración del 17º Mundial de Fútbol recaló en Japón, como intérprete para los organizadores de Yokohama, una de las sedes -y de la finalísima-. Durante una estancia previa en Kioto, como estudiante, había publicado ya un primer diario digital, denominado Japan Times Kioto, aunque de ámbito restringido, vía e-mail a amigos y familiares. Este relato acabaría en la red igualmente, y traducido al castellano -el original fue redactado en catalán- gracias al esfuerzo e interés de los fans; quienes además consiguieron, con sus visitas reiteradas, llamar la atención de Glènat quien propuso a Bernabé la publicación de su diario en formato impreso.

Un geek en Japón tiene el mismo origen. Héctor García, como tantos prometedores profesionales españoles, tuvo que marcharse en busca de habichuelas menos rancias que las que sirven por aquí. Primero a Suiza, y al fin a Japón, siendo él “una de esas personas que sienten pasión por Japón y partí hacia allí cargado de preguntas por contestar” (p. 3), poniéndose a la labor en Kirainet. Cualquiera que siga el blog puede dar fe de su esfuerzo por resolver esas inquietudes de una manera concienzuda, pues aunque estar allí “es como vivir en un país alienígena” (p. 3) no se limita a describir las peculiaridades de los aliens nipones, sino que busca su origen y significado cultural. Kirai trata de comprender ese lejano país en el que vive, no resignándose a su lugar soto como gaijin, si bien todos saben lo reticentes que son los japoneses a aceptar a un extranjero en su uchi, su ámbito íntimo. Esa misión tan seria la desempeña, por otra parte, con franca amenidad, con gran cercanía al lector. Eso hizo de Kirainet un éxito instantáneo, recibiendo premios como Mejor Blog en Español 2004 por Bitacoras.com y Mejor Blog Español 2005 por 20Minutos; y su millón de visitas mensual lo colocan como uno de los 1000 blogs más leídos del mundo. No podía tardar una de las competidoras de Glènat en proponerle la impresión del libro, y así Norma puso en circulación la versión impresa del blog.

Son dos libros diferentes, aunque partan de una motivación semejante y broten de la red, de las bitácoras de sus autores, ambas aún en activo, y Kirainet con gran éxito. No es alta literatura de viajes, pero para eso ya tenemos a Kipling. Manejan estilos llanos pero diferentes, y ambos, Bernabé y García, son guías simpáticos y amables que nos prestan su experiencia para permitirnos estar más cerca de un país tan lejano como fascinante y desconocido, pues de él circulan más falsos mitos y topicazos que realidades -por ejemplo, la “huelga a la japonesa”, que en realidad no existe, como se encargan ambos de recordar-. Otra de la coincidencia entre estos dos autores tan “echaos pa’ lante” es su reverencia por Tezuka Ozamu, el célebre creador de Astro Boy y verdadero padre del manga -a quien se deben los ojazos enormes y redondos de los personajes, entre tantas y tantas cosas- y del anime, que no lo inventó él pero le dio la forma que todos conocemos.

Mas ahí cerca acaban las semejanzas. Bernabé escribe sus Apuntes desde Yokohama, aunque como “japonés”, él es más del sur, de Kansai -varias veces señala que le gusta más la gente extrovertida de esa región nipona, antes que los fríos tokiotas, y disfruta del dialecto kansai-ben, que conocerán bien los seguidores de Lovely Complex-; por su parte, Kirai reside en Tokio, la gran capital, crisol de las esencias japonesas y occidentales. A cada uno le llevó a Japón un interés diferente, al primero el idioma, al segundo la tecnología. Además, sus respectivos libros están organizados de modo diferente. Un geek en Japón es más una monografía de cultura japonesa, organizada temática y conceptualmente -hasta los paseos que propone por Tokio son temáticos-, con un aparato gráfico destacable -Héctor García es un apasionado de la fotografía y un buen fotógrafo, además, como se podrá ver en Momentos-. Por su parte, Apuntes tiene una organización diacrónica, pues es realmente el diario del año que Bernabé y Calafell pasaron mientras y durante se organizaba el Mundial. Además de diario, es un libro de viajes, con observaciones al paso, si bien al final de cada capítulo se insertan temas de cultura y sociedad, como anexo. Su apartado gráfico es poco reseñable, con fotografías en blanco y negro, muchas de ellas borrosas.

Lo que nos lleva a diferenciar el tratamiento que ambas editoriales han tenido con sus criaturas. Aunque ninguna es una edición modélica, Norma ha cuidado más la suya, mucho más compleja y rica -con algunos errores llamativos de maquetación- que Glènat, que merece un fuerte tirón de orejas por la casi dejadez con que ha compuesto el libro de Bernabé. También habría que señalar que ambos libros, para buscarlos en una librería, por alguna misteriosa razón que no alcanzo a comprender cabalmente, hay que dirigirse a la sección de cómics.

Otra diferencia entre años es cronológica. Bernabé estuvo entre 2001 y 2002, y Kirai llega en 2004, justo para ver la recuperación económica japonesa de esos años hasta la reciente crisis mundial, que ha afectado muy profundamente la economía nipona, que había sustituido el consumo interno por la exportación -como durante el boom Izanagi- y ha visto cómo esta se desplomaba por la falta de liquidez a nivel mundial. Japón vuelve a estremecerse, y los cambios que señalaran Miguel Vidal y Ramón Llopis en Sayonara. Adiós al antiguo Japón no van a hacer más que acentuarse.

La interpretación y valoración de algunas coordenadas culturales niponas difiere en ambos. Así con las costrumbres y el método laboral japonés. Bernabé encuentra, en todo el libro, razones psicológicas superficiales, como en este caso, para explicar la lentitud de la toma de decisiones en las empresas: “ningún japonés quiere asumir responsabilidades en nada por miedo al fracaso” (p. 144). En cambio, Kirai ofrece razones de índole cultural más profundas, en función del kaizen o mejora contínua, que puede parecer exasperante a un occidental, pero para ellos significa que todo va a ir bien -el miedo al fracaso es algo real, por supuesto, pero más antropológico que psicológico: tomar la decisión errónea no supone sólo perder tiempo y dinero, sino traicionar a quienes te instruyeron, a quienes esperan que todo funcione correctamente, a tus compañeros que tendrán que esforzarse más para recuperar el paso y reparar el error-. En el ámbito social, mientras Bernabé se limita a señalar lo estrafalarios de los gals, Kirai les dedica un capítulo, señalando las diferentes tribus de esa “movida” permanente que vive Japón.

La obra de Bernabé, aun con estas limitaciones y siendo las páginas finales casi exclusivamente el relato del Mundial y su organización -algo también interesante, pero en otro ámbito- no se puede despreciar; la experiencia que nos transmite Marc Bernabé de su año japónico y mundialista, un año muy bien aprovechado, es de sumo interés; además, es más amplia que lo recogido en Un geek… Pero, ¿realmente es necesario elegir? ¡Si los libros no son tan caros! (Y si no recuerdo mal uno cuesta 12€ y el otro 16, menos de lo que os gastáis en bebida y tabaco un fin de semana.) Hikiwake! Puede que el libro de Bernabé esté mal editado, y que su relato sea más superficial -me lo parece a mí, que no he estado en Japón y mis referencias son lecturas- pero, juntos, ofrecen una amena introducción que el lector podrá ampliar con otras más académicas, como la espléndida ¿Qué es Japón?, de la Universidad de Extremadura donde, por cierto, se dedica un capítulo al manga que lo pone en su sitio, como cultura popular y como manifestación de la idiosincrasia antropológica de un pueblo.

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Jul 13

El motín de la Bounty: cuando el paraíso se convirtió en un infierno

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 13/07/2009

 

bountyDel paraíso al infierno. La verdadera historia del motín de la Bounty. William Bligh

La historia del motín del Bounty es una de las más célebres de la historia naval mundial, y una de las más fértiles para el campo de la ficción. No sólo ha inspirado las novelas de Charles Nordhoff, en las que se apoyaron las célebres películas de 1935, con Clark Gable y Charles Laughton, y de 1962, con Marlon Brando en la piel de Fletcher Christian -la versión de 1984, la más equilibrada, con Anthony Hopkins, Mel Gibson y Daniel Day-Lewis, tuvo su origen en un libro de Richard Hough-; recientemente John Boyne, pero antes Julio Verne o Lord Byron se sirvieron de la prodigiosa aventura, que bulle en emociones contrapuestas y una historia judicial posterior tan apasionante como la misma del viaje, del motín o de la huida de los amotinados, y que se puede seguir en La Bounty, de Caroline Alexander. William Bligh, el terrible malvado que ha consagrado el cine expone aquí el relato con el que trató de convencer a la opinión pública de su inocencia, dado que el Almirantazgo ya le había dado su aprobación. El relato es, obviamente, autocomplaciente, pero al mismo tiempo es creíble y equilibrado, si tenemos en cuenta que a los santos se los comieron los leones de Roma, y que desde entonces sólo hay seres humanos, desprovistos del divino don de la perfección…

Los buenos fantasmas. Lady Mary. Margaret Oliphant 

Unos años antes de que Oscar Wilde publicara el célebre cuento del pobre fantasma de Canterville, Margaret Oliphant ya le había dado la vuelta a la tortilla del relato gótico de apariciones. Ahora, el fantasma es el protagonista, y no el espectador de espectros. Escritora innovadora y delicada, cualidades que ornan Lady Mary, a esta breve novela sin embargo le falta tensión en una trama en la que la bondad y la fidelidad de una ahijada hacia su tutora arrastran a Lady Mary de vuelta al mundo de los vivos para reparar un despiste testamentario que dejó a la buena muchacha en la calle. Con este punto de partida no se explota un relato eminentemente benéfico, encantador y dulce, en el que la tensión viene impuesta por la incomunicación que ya padecía Lady Mary en vida y que se agrava por su ectoplasmática condición.

 

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Jul 02

Viajes por Noruega y Nueva York

Escrito en El museo.
Etiquetas: 2/07/2009

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El vikingo español. En Noruega. León Lasa.

Noruega sigue siendo, como hace cien años, un país exótico. Pero ya no por lo lejano y diverso, sino por lo caro. Oslo está a unas cuatro horas de Madrid, pero el precio del viaje se dispara y la espectacular naturaleza de los fiordos o la admirable sociedad escandinava parecen compensarlo insuficientemente. Así pues, aún un viaje al país vikingo es susceptible de ser contado, sin inventar aventuras o exagerar anécdotas. León Lasa, tras narrar sus periplos por la costa occidental irlandesa y por la Patagonia, se sube a un barco en Bergen para recorrer la dentada costa del Mar del Norte, travesía tan peligrosa en el pasado pero, como tantas cosas, domada hoy por la técnica. Cuántos poderosos vikingos yacen bajo las negras aguas mientras parejas de jubilados hacen hoy la misma travesía con toda comodidad. En su viaje, Lasa encuentra “sólo desolación y silencio. Pero eso es, a fin de cuentas, lo que quería”…

Viaje en el tiempo y el espacio. Un año en el otro mundo. Julio Camba

Pocos preferirán leer un viaje a realizarlo, y sin embargo la literatura es capaz de ofrecer algo que lo que convenimos en denominar realidad no puede: los viajes en el tiempo. Y con guías de excepción. Julio Camba viajó varias veces a Nueva York, pero su viaje de 1916 dio como fruto una colección de artículos en la que describía la Gran Manzana, antes de que los Estados Unidos se convirtieran en la primera potencia mundial, aunque el periodista gallego ya sabía que eso ocurriría. Su relato es menos descriptivo que irónico, pues no puede dejar de mirar con ojos algo despectivos a un país que gasta tanto en chicle como España en comer…

 

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Mar 25

Lev Tolstói: Los cosacos

Escrito en El gabinete del dr. Mantell.
Etiquetas: , , 25/03/2009

 

joven-tolstoiHemos leído Guerra y paz, Anna Karenina, La muerte de Ivan Illich o Sonata a Kreutzer, las obras mayores -junto con Resurrección y Hadyi Murad- de ese gran novelista que fue Lev Tolstói, la cara de la literatura rusa -la cruz es Fíodor Dostoyevski-. Hemos visto a Greta Garbo como Karenina, a Mel Ferrer como el príncipe Andrei Bolkonsky. Hemos leído, o visionado, la obra de Tolstói y, haciéndolo, hemos conocido a Tolstói mismo, pues buena parte de su obra es autobiográfica, como lo es la de todo autor que se precie. En el plazo de un mes ha sido reeditadas dos obras quizá menores, pero no por ello menos relevantes, profundamente íntimas, Los cosacos, obra de juventud, y El padre Sergio, obra de madurez. La primera expresa sus anhelos de libertad y los vicios de la lujuria que la estorban, junto con los males de la sociedad corrupta; la segunda, el ansia de espiritualidad y, de nuevo, la lujuria hostigadora y condenadora: “Tengo la impresión de que predominan en mí tres pasiones insanas: el juego, la lujuria y la vanidad”.

Los cosacos fue publicada finalmente en 1863 pero fue escrita tiempo antes, aunque no de manera continua, durante su vida militar. Tolstói sirvió primero en el Cáucaso, el escenario de la novela, y luego en el Danubio, durante la terrible guerra de Crimea en la que obtuvo honores. Los paralelismos entre el Olenin de la novela y Tolstói son abundantes. La novela comienza con la despedida del protagonista de sus camaradas de parranda, en Moscú. Olenin ha elegido un destino militar en el Cáucaso, la frágil frontera sur del imperio, siempre amenazada por los abreks, nómadas insumisos. Pero, al mismo tiempo, pretende escapar de una vida vacía, vulgar y rastrera, la vida de un “joven ocioso”, aunque en realidad huye de sus muchas deudas, de una mujer a la que no ama y no sabe amar y de su propia inanidad. En las salvajes estepas, donde cabalgan libres los cosacos -aunque es una forma de libertad que habría que cubrir de matices-, aspira a encontrar el estímulo que despierte la grandeza que habita, dormida, en su interior.

No se sintió atraído por la vida militar el gran escritor. Su padre había llegado a teniente coronel, y en cierto modo era obligado seguir este camino. Lo hizo primero su hermano Nikolái, quien servía en las inestables fronteras del Cáucaso, amenazadas en el XIX como en la Edad Media por los pueblos de las estepas. A la edad de veintitrés años acompaña a su hermano a la guerra, aunque no como soldado, eso vendría después. Huye de las numerosas deudas de juego que deja en la capital, deudas que irán aumentando durante su vida militar. Anota en su diario personal el 7 de julio de 1854, refiriéndose a sí mismo en una distante tercera persona: “Se exilió en el Cáucaso para huir de las deudas y, sobre todo, de sus hábitos”.

La caballería cosaca. Fuente: Art and Faith.

Durante ese viaje en trineo que lo aleja de la civilización, Olenin se pregunta por su incapacidad de amar. Lo vemos reflejado en el diario el 8 junio de 1851, época en la que el autor viajaba hacia el Cáucaso: “No sé a qué llaman los hombres amor. Si el amor es lo que he leído y he oído decir que es, entonces no lo he sentido jamás”; y el 19 de octubre de 1852: “El amor no existe. Existe una necesidad carnal de comunicación y una necesidad racional de un compañero para la vida”. Tales son los pensamientos de ambos “ociosos”. El viaje a la frontera es, para ambos, un viaje interior, una búsqueda de sí mismos que, finalmente, sólo resolverá el alter ego físico, consagrando su vida a la escritura aunque, como es sabido, nunca renunciará del todo a su destino mesiánico en la sociedad rusa. La novela opone la vida licenciosa que lleva Olenin en Moscú -20 de marzo de 1852: “A lo largo del diario se ve una idea principal y un deseo: librarme de la vanidad que me asfixiaba y que arruinaba todos los placeres, y buscar los medios para librarme de ella”- y la vida sencilla, salvaje y libre de los cosacos. Que, sin embargo, también le está vedada porque él mismo no es puro, debido a su lujuria, algo de lo que Tolstói se queja constantemente en su diario, lamentándolo, como de la afición al juego (que no comparte con su personaje).

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La novela está construida con los recuerdos y experiencias y conversaciones que atesoró durante aquel exilio voluntario a la frontera, durante aquella huida hacia su interior -diario, 12 de junio de 1851: “Sigo buscando  no sé qué estado de ánimo, un punto de vista sobre las cosas, un modo de vida que no puedo ni encontrar ni definir”-. La construye con los relatos de Yepishka, su casero, que en la novela se convertirá en el tío Yéroshka: 10 de agosto de 1851: “La personalidad de Marka, quien en realidad se llama Luká, es tan interesante y tan típicamente cosaca que vale la pena ocuparse de ella. Mi casero, Yepishka, un anciano de la época de Yermólov, un cosaco sinvergüenza y bromista, lo llamó Marka en virtud de que, como él dice, son tres los apóstoles: Lucas, Marcos y Nikita mártir, y da igual uno que otro”.  Lukashka se convertirá también en personaje de la novela, conservando el nombre, al igual que Márenka, a la que conoce en Goriachevodsk y se convierte en la Mariánka, que descubre la amargura del amor a Olenin.

En cualquier caso, creo que es un error considerar que Tolstói apreciara o admirara a los cosacos. Tolstói no quiere ser cosaco y de ahí el fracaso del sueño romántico de Olenin. Valoraba de ellos algunas actitudes, algunos valores, pero en general muestra claro desprecio por un pueblo cruel y bárbaro. Es su vida en la naturaleza, su cercanía a la tierra, lo que valora. Tolstói quería y admiraba a los campesinos y su condición telúrica, su abnegación, su austera sencillez. La quería para sí, al tiempo que de alguna manera la despreciaba; no podía desprenderse de su espíritu de clase, aunque también era consciente de lo despreciable que era, y así lo manifestaba. La contradicción es común entre los grandes hombres y uno de los motores del arte, y el motor de Tolstói, basado en el sentimiento de culpa derivado de estas y otras contradicciones -como su lujuria y su recato-, era uno muy potente.

Los cosacos por Scheloumoff. Fuente: George's Pictures

Estoy de acuerdo con Guillermo Urbizu en que Los cosacos nos devuelve el antiguo, puro placer de la lectura. Es lo primero que pensé cuando hube leído el primer capítulo de la novela, El fugitivo. Es esa ingenuidad narrativa del joven Tolstói, que prefigura al enorme autor de la Karenina, esa ingenuidad fascinante que sobrevivió a las posteriores correcciones y que era connatural al texto. Anota en su diario: “Corregí Los cosacos: terriblemente débil. Seguramente al público por eso le gustará”. Expresión que contiene un ligero desprecio por sus lectores, que sin embargo perciben esa debilidad y la aprecian; sí, es su debilidad la que hace de Los cosacos una lectura deliciosa, que se disfruta, salvando las distancias, como el cine de serie B que se entrega, desnudo y simplicísimo, al espectador.

Ficha: Los cosacos. Ed. Atalanta. 232 págs. 19 €.

Nota: las citas del Diario(1847-1894) se han extraído de la edición de Acantilado, traducida por Selma Ancira.

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Ene 12

Frances Erskine Inglis: La vida en México y Matilde Asensi: Tierra Firme

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 12/01/2008

“Nada existe en México que parezca vulgar. Todo alcanza grandes proporciones y todo tiene un aire pintoresco”. México se muestra a los ojos de una escocesa cultivada, casada con el primer embajador español desde la independencia, como un país exótico y exuberante, bien distinto a su tierra natal.

Tras la decepción de Todo bajo el cielo había cierto recelo entre los seguidores de Matilde Asensi que no llega a despejarse del todo en esta novela, ambientada en el Caribe español durante el reinado de Felipe III.

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Oct 13

Carlos de Sigüenza y Góngora: Infortunios de Alonso Ramírez

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 13/10/2007

Infortunado fue Carlos de Sigüenza y Góngora, pariente del gran poeta culterano. No sólo murió relativamente joven -55 años-, en los albores de un siglo que habría disfrutado más que el que vivió -falleció en 1700-, sino que además gran parte de su obra se ha perdido, así como la gran biblioteca que logró reunir, que incluía abundantes piezas arqueológicas e instrumentos científicos de la época. Tanta mala suerte le ha llevado al olvido, especialmente en España, pese a ser una de las mentes más lúcidas de la época -fue llamado por Luis XIV a su corte de genios, aunque declinó la invitación-. No así en México, donde se le tiene más presente aunque por motivos espurios, como fundador del nacionalismo mexicano.

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Sep 08

El año de Juan Pedro Aparicio

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 8/09/2007

Regresa Juan Pedro Aparicio a la novela tras un paréntesis de seis años, en los que no ha escrito demasiado, siguiendo su costumbre y voluntad de tomarse la escritura con calma. Dice que en estos años ha depurado su capacidad sintética, que ya era muy elevada, como ha demostrado en sus recientes libros de microrrelatos -La vida en blanco, Menoscuarto, 2005; La mitad del diablo, Páginas de Espuma, 2006- y sus filandonesPalabras en la nieve, Rey Lear, 2007-. Además, se cumplen ahora 25 años desde la publicación de El Transcantábrico y lo festeja Rey Lear reeditándolo en un precioso volumen que sustituye las fotografías de Fernando Díez por acuarelas de José S.-Carralero y Maribel Fraguas.

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