May 17

J. G. Ballard: Fiebre de guerra

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 17/05/2008

Es raro el caso de un autor de ciencia ficción malquerido por los seguidores de este subgénero y apreciado por los estetas de la literatura; pues ese es el caso de J. G. Ballard, autor británico de la New Wave y que, mientras publica en inglés una autobiografía con final desolador, ve cómo en España –un país que conoce bien– se traduce, tras dieciocho años, una de sus compilaciones de relatos más completas.

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May 03

D. H. Lawrence: La virgen y el gitano

Escrito en El gabinete del dr. Mantell, El museo.
Etiquetas: , , , 3/05/2008

Esta novela, que a ojos del lector contemporáneo resulta de lo más inocente, ha padecido durante años el marchamo de la censura. Primero, porque su autor, D. H. Lawrence, no la pudo publicar en vida. Luego, porque publicada póstumamente fue emborronada y mutilada, a pesar de lo cual cosechó un éxito importante. La virgen y el gitano es un texto sencillo y entrañable, en el cual se recoge el pensamiento del autor de una manera evidente aunque no explícita. Yvette y Lucille son dos hermanas, hijas de un débil pastor anglicano y de una mujer fuerte –“aquella que fue Cynthia”– que renunció a toda convención y huyó, abandonando a su familia, en pos de una vida más plena. La pequeña Yvette, “una flor en la nieve” parece haber heredado esa rebeldía y por ello permanece bajo el atento escrutinio de la Abuela –asociada a la imagen del sapo–, aunque la joven virgen parece tener su corazón adormecido por la rígida moral familiar. Esto es así hasta que aparece el gitano que la acompaña en el título; pura fuerza viril al margen de la sociedad y de su moral, que afectará profundamente a la señorita, quien reconocerá en sí una forma de santidad, “la santidad de su carne” y que comienza a salir de su “letargo vigilante”. Es la irrupción misma de la vida, que se manifiesta a través de la atracción sexual como fuerza arrebatadora de la naturaleza –como se verá al final de la novela–, principio funfamental del que la sociedad, en general, y su familia, en concreto, han renegado. Una lectura deliciosa, acunada por la excelente traducción de Laura Calvo y la brillantez narrativa y psicológica de Lawrence.

Publicado originalmente en El Confidencial

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Abr 23

¿Qué libro ha marcado mi vida?

Escrito en El gabinete del dr. Mantell, El museo, Memoria de estegosaurio.
Etiquetas: , , 23/04/2008

EL AMANTE DE LADY CHATTERLEY, D. H. Lawrence

Seguro que, al elegir un título, estoy obrando de manera injusta porque habré olvidado el que realmente marcó mi vida, pues la forma de pensar o interpretar la realidad se adquiere de forma sutil, casi imperceptible y de muy diversas fuentes. Pero si tengo que elegir uno habrá de ser El amante de Lady Chatterley (comprar libro), de David Herbert Lawrence, pues su lectura me ligó, indefectiblemente, a la literatura. No acudí a él, sin embargo, por motivos estrictamente literarios; en plena edad del pavo buscaba más su erotismo o, en rigor, las guarradas. Pero las tribulaciones de Constance no tardaron en desviar mi atención, obligándome a leer algunas páginas atrás, y luego otras más –creo que es la única novela que he leído al revés– buscando la raíz de su renuncia al sacrificio, de su camino de liberación espiritual a través del cuerpo, seducido por la poderosa metafísica del sexo de Lawrence, su profundidad psicológica y su vivísima prosa: “¡El tiempo es ido! ¡Se ha agotado el tiempo de Sir John y la pequeña Lady Jane! ¡Poneos la túnica, Lady Chatterley! Podrías ser cualquiera así como estás, sin nada encima y con sólo algunos harapos de flores”.

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Feb 23

Ian McEwan: Chesil Beach

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 23/02/2008

Especialmente desde la publicación de Expiación, recientemente adaptada al cine, Ian McEwan se ha convertido en el cabecilla de su generación y está considerado, por muchos, el mejor escritor británico vivo. Luego vino Sábado, que no fue tan unánimemente aceptada pero que no deja de ser una magnífica respuesta al golpe que supuso el ataque a las Torres Gemelas. Chesil Beach, su nueva novela, es bien distinta de ambas, pero al mismo tiempo y como no podía ser de otro modo, comparte algunas semejanzas. Al igual que Sábado, la acción se concentra en unas pocas horas, comenzando in medias res, en la noche de bodas de una pareja cualquiera, con algunas analepsis para poner al lector en antecedentes; y como Expiación, se aleja del presente para contar una historia imperecedera.

No es fortuito que haya elegido el comienzo de los años 60 para ubicar la -escasa- acción. McEwan bucea en el fondo de miedo y horror que subyace a las relaciones humanas y lo hace en un momento de quiebra, en el momento preciso. Porque justo antes las convenciones eran tan sólidas que no cabía plantearse la mayor parte de las cuestiones que traen de cabeza a Florence y Edward, y poco después los tabúes ya se han roto y las relaciones se viven de una manera más abierta, y aunque el mismo miedo siga existiendo resulta menos claro. En Chesil Beach narra el desencuentro entre dos personajes a quienes les “dolía terriblemente que su noche de bodas no fuera simple cuando su amor era tan obvio” (p. 104).

En esta novela, pese a su brevedad, McEwan habla demasiado -y es uno de sus escasísimos defectos, quizá el único-; aunque resulta patente, escribe que lo que les separa es “Su personalidad y su pasado respectivos, su ignorancia y temor, su timidez, su aprensión, la falta de un derecho o de experiencia o desenvoltua, la parte final de una prohibición religiosa, su condición de ingleses y su clase social, y la historia misma. Poca cosa en definitiva” (p. 109). El narrador omnisciente revela los pensamientos y emociones más íntimos de unos personajes atenazados por sus propios miedos, por la ignorancia de los miedos del otro y por la insalvable barrera de incomunicación que se alza entre ambos. La desasosegante impotencia a la hora de comunicarse, porque “Aún no se había inventado un lenguaje para el caso” (p. 157) -y probablemente nunca ocurra-, les conduce por caminos diferentes a velocidades crecientes, y el narrador se muestra comprensivo, pero inmisericorde.

McEwan siempre lo es, golpea al lector, y golpea duro. No importa lo inocente que parezca el relato, porque bajo la plácida apariencia de una pareja que se mira tímidamente mientras cena late el fantasma de los miedos cotidianos, los más terribles porque resultan ineludibles, todo ser humano ha de pasar esa prueba. Florence y Edward “Apenas se conocían y nunca se conocerían por culpa del manto de cuasi silencio amigable que acallaba sus diferencias y les cegaba tanto como les ataba” (p. 164), y ese juego entre repulsión y atracción es, una vez más, el motor de su novela. Es lo que Florence siente por su padre, lo que siente por el cuerpo de su marido.

Chesil Beach es una novela redonda, menos ambiciosa que Expiación o Sábado, pero narrada con una tensión asfixiante que sólo se relaja durante las analepsis y que recuerda los momentos más sofocantes de Amor perdurable o Niños en el tiempo, cuando los personajes, abandonados a su suerte por aquellos a quienes aman, padecen con toda crudeza la soledad y la impotencia que les lleva al límite se su propia cordura.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial

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Feb 09

Tom McCarthy: Residuos

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 9/02/2008

Esta primera novela del británico Tom McCarthy resulta un debut apasionante. Después de un ensayo mediocre, en el que fallaba ya en el punto de partida tanto como en su propósito, se descuelga con una novela intensa, inteligente e insondable. Es una obra con un planteamiento filosófico nada fácil articulado a partir de una trama sumamente original. Al protagonista sin nombre le cae un residuo encima; no sabe qué es, no recuerda nada y no sólo porque el Acuerdo se lo impide, lo ha olvidado como tantas otras cosas. Tras meses de coma y rehabilitación, parece recuperado, pero ha tenido que re-aprender todo. Su cerebro ha sufrido daños y el camino habitual entre el querer hacer y el hacer efectivo está interrumpido, por lo que debe buscar una ruta alternativa.

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Dic 22

La Navidad es de los niños

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , , , , , , , , 22/12/2007

La Navidad es de los niños, pero nunca hay que olvidar al que llevamos dentro. Como un cachorro curioso asoma cuando pasamos ante un escaparate repleto de juguetes, o en un parque de atracciones, o en Navidad. Ese niño interior es el que habrá de guiarnos a la hora de escoger un título que regalar a los jóvenes lectores, o de apuntar en la lista de peticiones para sus Majestades de Oriente. Esta selección es obra de nuestros niños interiores; son algunas de las historias que nos habría gustado haber leído hace algún tiempo. Algunas no nos las encontramos antes, otras sencillamente no habían sido escritas. Pero todas ellas son maravillosas aventuras para alimentar la imaginación de los más y los menos jóvenes, ahora que es Navidad, y la Navidad es de los niños.

Obras de Charles Kingsley, Roderick Gordon y Brian Williams, Jordi Sierra i Fabra y Diana Wynne Jones.

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Dic 08

David Austin: Memoria azul

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 8/12/2007

Para su primera novela, David Austin ha recurrido a su propia experiencia como marino, así como a las más que evidentes lecturas de Joseph Conrad. Memoria azul, bendecida por Doris Lessing -lo que ayuda bastante a su difusión-, narra el descenso a las profundidades abisales de la locura de un marino, envenenado por el mar. Aquí el mar es muy neptuniano, vengativo. No llegamos a saber qué “llamada” desoyó Radnor, el protagonista, pero sí que el mar lo perseguirá mientras que el narrador alude a ese misterioso momento clave que adopta imagen de muerte, de naufragio o de sueños recurrentes de sacrificios humanos.

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Dic 02

Juan Gabriel Vásquez: Joseph Conrad. El hombre de ninguna parte

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 2/12/2007

Ya en su brillante Historia secreta de Costaguana, Juan Gabriel Vásquez se refería a Joseph Conrad como “el Gran Novelista de la lengua inglesa, polaco de nacimiento y marinero antes que escritor que pasó de suicida fracasado a clásico vivo, de vulgar contrabandista de armas a Joya de la Corona británica”. Ahora que se cumpen 150 años de su nacimiento, y bajo el sello de Belacqua, presenta esta breve biografía que es el desarrollo de esa frase puesta en boca de José Altamirano, desde la perspectiva del desarraigo, de donde surge el subtítulo de El hombre de ninguna parte.

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Nov 10

Rey Lear homenajea a Shakespeare… y a Cervantes

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , , , , , , , , 10/11/2007

No llegan a ser vidas paralelas, pero casi. Los dos literatos más grandes de todos los tiempos coincidieron temporalmente, casi geográficamente y según muchos eruditos, se complementan de tal modo que sólo con El Quijote y las principales piezas teatrales de Shakespeare se abarcaría la totalidad del ser humano, y sería superfluo leer más. Según Harold Bloom, “la influencia concertada de Cervantes y Shakespeare define el curso de la literatura occidental posterior”, de modo que leyendo a Dickens, a Kafka o a Javier Marías, estamos leyendo, a través de tan egregios intermediarios, la obra de los dos monstruos del barroco. Es improbable que se llegaran a conocer, aunque tal posibilidad sirvió a Anthony Burguess para su deliciosa Encuentro en Valladolid y, en los cines -y evidentemente inspirándose en ésta-, a Inés París para su Miguel y William.

Sin embargo, es sabido que Shakespeare leyó a Cervantes -aunque el ilustre manco seguramente no leyó al inglés-. La prueba de ello es la Historia de Cardenio (comprar libro), escrita junto al dramaturgo menor John Fletcher, que se creyó perdida durante mucho tiempo hasta que el trabajo del hispanista Charles David Ley desveló que se escondía tras la comedia, firmada por Lewis Theobald, Doble falsedad. La traducción al castellano data de 1987, publicada por José Esteban, pero ha sido este año cuando la Royal Shakespeare Company ha dado por correcta la versión de Ley y ha aceptado la Historia de Cardenio como parte del corpus shakespeariano. Shakespeare tuvo en sus manos la traducción del Quijote de Thomas Shelton en 1612 y, un año después, aparecía el Cardenio en unos documentos, aunque no se sabe si se llegó a representar.

La obrita es poco más que una curiosidad. Lo que nos ha llegado, por azarosas veredas, es un borrador o texto mutilado, al que faltan algunos diálogos y en el que la acción es demasiado apresurada. Dice Ley en la Introducción que se aprecia la mano de Shakespeare al principio y al final, mientras que las páginas centrales corresponderían a Fletcher. Habrá que esperar una edición crítica más amplia que desvele a qué mano corresponde cada estrofa y qué añadidos corresponden a Theobald o a otros. Pero, por ahora, el Cardenio evoca algo casi fantástico, una suerte de comunión entre dos genios que permite imaginar lo que habría sido una relación más fluida si hubieran nacido en un siglo posterior, o si, como sugiere Burguess se hubieran conocido. O ya, pasando a teorías realmente estrambóticas que aprovechan los diez días de diferencia entre sus respectivos óbitos, ¡quizá fueran la misma persona!

Rey Lear -por cierto, no está de más recordar que Don Quijote y El rey Lear se publicaron el mismo año, 1605- no sólo ha decidido reeditar el Cardenio, sino que, continuando con su homenaje postcentenario, recupera el breve ensayo de Cesáreo Fernández Duro La cocina del Quijote (comprar libro), ampliado con Todas las recetas compiladas por Miguel López Castanier. Según Fernández Duro -uno de esos buenos escritores que el tiempo y la desidia han sepultado sin razón- “¡idea del mismísimo demonio es considerar a Cervantes cocinero!”, pero Don Quijote está lleno de comida, y también de hambre, pues el propio Caballero de la Triste Figura “colocaba entre los más grandes trabajos de la caballería el andar por despoblados sin cocinero y pasar los más de los días en flores por vengar desaguisados”.

Ni los golpes ni el alejamiento de su amada: el privarse del placer de la comida -a Sancho le basta tener la Panza llena- es el origen de la locura. En la siempre grata lectura de la magna obra cervantina van apareciendo nombres tan sugerentes como los duelos y quebrantos, típico plato manchego a base de sesos de cordero y productos de la matanza, o arroz meloso sin trabajo o ternera asada en salsa de oruga -si les pica la curiosidad culinaria, ya saben, a la librería-. López Castanier ha tenido que “bucear en el recetario antiguo”, habiendo “aligerado grasas y cocciones, traducido palabrería antigua y puesto al día aquello que debía serlo, en especias o lo que hiciera falta”. Así, la edición de Rey Lear ha quedado francamente bien. En esta cuidada edición, al delicioso texto de Fernández Duro se añaden las suculentas recetas de López Castanier y grabados de muy diversos autores y épocas, relativos a las escenas de papeo -o falta del mismo- del Quijote.

Como no hay dos sin tres, Rey Lear visita La casa de Shakespeare (comprar libro), con nada menos que don Benito Pérez Galdós como enviado especial. El librito, que se lee en un suspiro y con gran deleite, evoca la visita del ilustre veraneante santanderino, en septiembre de 1889, a Stratford-on-Avon. En fecha tan temprana, Galdós se siente “uno de los pocos, si no el único español, que ha visitado aquella Jerusalén literaria”. En estas páginas le vemos postrarse -a él, tan grande- con humildad ante el gran genio de Shakespeare, sintiendo una hondísima emoción en la cocina donde “el dramaturgo pasaba largas horas de las noches de invierno contemplando las llamas del hogar”, o ante la tumba del poeta, en la Holy Trinity Church de Stratford.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial

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Sep 29

Mark Haddon: Un pequeño inconveniente

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 29/09/2007

Con El extraño incidente del perro a medianoche, el británico Mark Haddon sujetó la atención de millares de lectores en todo el mundo. Aquella novela, arriesgada en muchos aspectos -su protagonista era autista, su diseño editorial incluía abundantes gráficos, imágenes y fórmulas matemáticas-, estaba construida de manera sumamente eficaz, y tanto los personajes como sus dramas resultaban muy próximos al lector. Sólo el niño protagonista era diferente, y como veíamos el mundo a través de sus archilógicos ojos, este cobraba una dimensión nueva que llevaba al lector a reflexionar, especialmente sobre el papel de las emociones en el conocimiento y en la radical soledad del individuo, por más cerca que estén los chalés en las urbanizaciones periurbanas y lo bien que parecen llevarse todos los vecinos entre sí -aunque el maestro siga siendo John Cheever-.

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