Nov 17

Los persas. Esquilo en manos de Bieito

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 17/11/2007

Lo que podríamos imaginar al ver el nombre de Calixto Bieito encabezando una producción teatral de mensaje antibélico, lo vamos a encontrar en Los persas: una apuesta visual poderosa, un afán polémico -que disimula la corrección política del mensaje- y una superficialidad aséptica. Esta “adaptación” de la tragedia de Esquilo -que se titule Los persas es, en realidad, una cuestión de marketing; las similitudes con el original son muy relativas- es cínica, irónica e irreverente, pero que resulta menos polémica de lo habitual en el director gallego -sólo las irreverencias a la bandera pueden molestar a alguno-. Con Réquiem por un soldado, Bieito demuestra que cuanto más contemporáneo es el discurso, mejor le va y que, cuando deja a un lado las zarandajas de enfant terrible es capaz de hacer muy buen teatro, como en Plataforma.

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Oct 13

Stephen Crane: La roja insignia del valor

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 13/10/2007

La Guerra de Secesión estadounidense es uno de los conflictos bélicos que más obra artística ha suscitado, al menos en cantidad. Norte y Sur (Elizabeth Gaskell), Lo que el viento se llevó (Margaret Mitchell), Cold Mountain (Charles Frazier) o Ángeles asesinos (Michael Shaara) son algunas de ellas, más o menos mediocres -aunque cosecharan algunos premios Pulitzer-, que además contaron con adaptación a la pantalla, pequeña o grande. Lo que sí acostumbran es a recaudar su buena cantidad de dinero, a mostrarse conciliadoras, abundantes y literariamente ambiciosas y grandilocuentes. Menos célebre en cambio es la breve novelita de Stephen Crane, de una intensidad apabullante -es recomendable leerla en una tarde, de un tirón; tanto su extensión como el ritmo narrativo lo permiten y acompañan-, para nada engolada sino, por el contrario, sencilla en la expresión pero contundente, como si fuera una crónica bélica real.

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Mar 10

David Toscana: El ejército iluminado

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 10/03/2007

Como muchos mexicanos, el profesor y maratonista Matus siente la punzada de la deshonra por los -enormes- territorios arrebatados por Estados Unidos en 1848. La afrenta yanqui no es sólo patriótica, es personal. Desde 1924 reclama al norteamericano DeMar la medalla de bronce del maratón, aunque no corrió en la olimpiada de París, sino en Monterrey, México. Junto con los iluminados emprenderá la cruzada patriótica más rocambolesca imaginable, que tratará de redimir la dignidad de México como nación pero, especialmente, la suya propia. La tropa iluminada está intregrada por cinco disminuidos psíquicos que apenas saben cruzar la calle solos, que apenas son capaces de mantenerse despiertos, pero que se revelarán como patriotas valientes y fieles.

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Jul 28

Leonid Andréyev: Risa roja

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 28/07/2006

Hay autores y obras a los que el tiempo va dejando atrás. Solemnes éxitos y aciertos que los lectores relegan a sombríos estantes que terminan por cubrirse de polvo hasta que un hallazgo afortunado o una iniciativa aislada recuperan las brillantes palabras del autor perdido. La iniciativa de ARCA ha desempolvado esta y otras obras que gozaron de gran predicamento durante nuestra Edad de Plata y que incomprensiblemente habían sido dejadas de lado por las nuevas generaciones de lectores.

Llamado “el apóstol de las tinieblas” por los tonos sombríos de su prosa, desesperanzada y morbosa, Leónidas Andreyev es uno de los últimos grandes autores de la Rusia prerrevolucionaria. De familia campesina, se empeñó en estudiar y conoció el hambre y la desolación, experiencias que le sirvieron para elaborar sus primeros relatos, aunque sin éxito. Poco a poco éste le fue llegando hasta conocer fama y reconocimiento internacionales –Neruda comenzó firmando con un seudónimo extraído de su obra, Sacha-, pero ello no cambió su punto de vista del mundo en que vivía. Su obra reproduce el estado de desolación, escepticismo y frustración de la Rusia finisecular, una Rusia enferma y decadente que estaba al borde del enfrentamiento civil. Sin embargo, Andreyev no comulgaba con las nuevas tesis comunistas y tuvo que exiliarse a Finlandia, donde falleció hambriento, solo y olvidado como en sus comienzos.

Su éxito literario tuvo, sin embargo, otra faz. Reconocido por su capacidad para remover conciencias, se le criticó su excesiva morbosidad –de la que en esta novela tenemos cumplidos ejemplos- y la desesperanza que transmite. Por otro lado, desde la crítica marxista le atacó duramente por su rechazo de la Revolución. No obstante, está narrando el fin de un mundo, y la solución de Lenin a la crisis no la pudo ver sino como un horizonte de tinieblas.

Inspirada por el desastre militar de 1905, Risa roja es una auténtica obra antibelicista. No encontramos en ella imágenes de aterradora belleza ni poéticas escenas de heroísmo, tan habituales en relatos y filmes pretendidamente pacifistas -la wagneriana escena de Apocalypse Now, por ejemplo-. Desde la primera página percibimos que estamos ante los balbuceos de un loco, y la atmósfera de locura se irá haciendo más intensa, casi sólida, hasta dejar al lector sin aliento. No hay resquicio a la esperanza: “En la humanidad no hay más que una razón, y esa empieza a embotarse” (p. 71). La guerra, percibida como un hecho biológico, terminará por anegar el mundo y destruirlo. Los hombres la llevan en su interior y no hay escapatoria posible. Una galería de personajes caídos, de mentes derrotadas y degenerados en lo más bajo que el hombre de la ilustración puede devenir, trenes y trenes cargados de locos y carros negros que se llevan a los muertos, configuran este relato que, como un cepo, se cierra sobre el lector, asfixiándolo.

¿Qué es la risa roja que da nombre a la novela? Es la carcajada de los demonios que acechan al hombre desde su interior, que los enloquece y lanza a la furia criminal. Es la “trágica aurora” de un mundo que se avecina (el trágico siglo XX): “…en aquel bulto pequeño, rojo y manando sangre, perduraba una sonrisita, una risa sin dientes, una risa roja. Conocía yo aquella risa roja. Buscaba y la encontré, aquella risa roja. Ahora comprendía qué había en todos aquellos cuerpos mutilados, rotos, extraños. Era la risa roja. Estaba en el cielo, en el sol, y pronto se correría por toda la tierra aquella risa roja” (p. 34). Es la locura de la guerra, un virus que se extiende inexorablemente por el frente enloqueciendo a los combatientes: “¿Muchos heridos?, le pregunté. Muchos locos, más que heridos” (p. 48).

Luego, la locura infecta la retaguardia. Los médicos, en vez de atender a los heridos, se suicidan. Los ejércitos se enfrentan a sí mismos, causando gran mortandad y llenando los hospitales de orates desmembrados -lo que hoy se denomina, batiendo todas las marcas del sarcasmo militar, “fuego amigo”-. En uno de estos enfrentamientos cainitas, provocados por el caos y la locura, cae herido de gravedad el narrador de la primera parte. Es atendido por un médico tan loco como él, que pretende formar un ejército de locos para acabar definitivamente con ese mundo agonizante que ya no comprende y que sólo ve reverberante de risa roja. Este médico tiene algunos de los parlamentos más sobrecogedores de la novela, bien sobre los locos que vagan salvajes por retaguardia (p. 60), bien sobre su propia locura homicida, el ejército de locos, mutilados, tuertos y desmembrados, su ejército de monstruos y de parias que deberá reducir el país a ruinas en una suerte de justicia definitiva: “Yo declaro a nuestra patria un manicomio” (pp. 59-62).

El virus contagia también las poblaciones de Rusia, alejadas del frente. El hermano del soldado narra su muerte, y la soledad en que deja su hogar mientras la risa roja estremece la ciudad. El soldado había renunciado a entender, mas no a dejar constancia del horror; en cambio, al hermano le obsesiona la guerra “como un enigma indescifrable” y se asoma al abismo de la locura: “Eso no me asusta, perder el juicio paréceme a mí algo honrado, como la muerte del centinela en su puesto” (p. 81). Espeluznantes pesadillas acosan las mentes de los hombres, mientras todo se va llenado de muerte, muertos que escriben cartas a muertos, que asisten a fiestas, que brotan del suelo hasta inundar el mundo de los vivos. La risa roja todo lo inunda: “una niebla de sangre envuelve la tierra, cegando los ojos, y yo empiezo a pensar que, efectivamente, se acerca el momento de la universal catástrofe. La locura viene de allá, de esos campos rojos de sangre, y yo siento en el aire su fría respiración”.

A través de una prosa dolorosa y doliente, Andreyev fabrica una atmósfera del horror bélico como sólo los más grandes pueden lograr. No se limitó el autor a escribir la crónica de un conflicto concreto sino que, animado por el puro aliento literario, elabora un relato atemporal y hasta profético, un verdadero lamento de desesperación, capaz de voltear conciencias y recordarnos la crueldad que el hombre es capaz de desatar porque, en realidad, el mal habita dentro de cada uno de nosotros.

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