Nov 07

Los enamoramientos, de Javier Marías

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , 7/11/2011

Fiesta de reencuentros. Sonrisas amigas, muchas; alguna enemiga. Abundantes abrazos, sentidos (los hay inauténticos, pero es de gran ruindad); escasas palabras, en general (y repetidas). Confesiones: histórico-fantástica (¡son muy insistentes!). Despedida de oprobio e insatisfacción. Cultivas una pequeña flor que, de tan endeble, no aguanta hasta la siguiente primavera. (A veces, la primavera no llega nunca.) Si no eres buen jardinero, ¿para qué plantar una semilla que has de ver morir? Antes de sucumbir floreció bellamente: ese recuerdo es un tesoro.

Escribo ahora estas líneas, pero acudí ovinamente a la librería el mismo día en que esta novela se ponía a la venta. Cinco minutos después de abiertas sus puertas, ya tenía mi ejemplar en la mano. Dos días después (quizá alguno más) ya la había leído. No me senté a escribir sin más. Pasé notas, elaboré un dossier, aguardé las primeras críticas y valoraciones. Tampoco entonces me puse a escribir. Los enamoramientos me ha dejado una sensación contradictoria, pese al aplauso general (con algunos gruñidos discordantes).

Escribí: “Alcanza una brillantez absoluta en dos de las mejores novelas del siglo XX -y no sólo en lengua castellana-, Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí” (22 de julio de 2007) y cuatro años más tarde no me retracto. Creo que Javier Marías es uno de los grandes autores de nuestra época, pero no ha entrado bien en el siglo XXI. Tu rostro mañana, a falta de ser revisitada, me decepcionó, y en parte lo mismo me ha ocurrido con Los enamoramientos, aunque por motivos diferentes y de forma menos clara.

Recibí con gran disgusto un comentario suyo realizado, como de pasada, en una entrevista promocional de Tu rostro mañana, en el cual sugería que ya no escribiría más novelas porque ya no le quedaba nada que decir. Su magna novela triple no me gustó, quizá porque comparé la emoción que sentí al leer sus obras previas con el resultado pasivo de ésta. Aún así, confiaba en ver incumplida la amenaza, que achacaba al cansancio de tantos años recreando un universo tan desolador. Al enterarme de la existencia de Los enamoramientos me preparé para recuperar a mi autor. Es por eso que, contra mi costumbre, aguardé ansioso su publicación y quise ser de los primeros en leerla, como ya lo fui de Veneno y sombra y adiós (aunque entonces la editorial me lo envió incluso antes de su comercialización, y si no recuerdo mal publicamos la reseña antes que nadie, el mismo día de su publicación o sólo muy poco más tarde). En cierto modo, no mentía en aquella remota entrevista: su nueva novela no dice nada nuevo, aunque haya encontrado un engranaje que le permite poner en marcha, otra vez, sus viejas obsesiones (filosóficas, estilísticas, estéticas, personales). Y fueron esas obsesiones las que me hicieron rogar a Alfaguara por la premura en el envío allá por 2007, y las que me hicieron correr a la librería (Méndez, por supuesto) el pasado abril. Como lo harán en un futuro cuando se anuncie su siguiente trabajo, pues ahora no ha proferido amenazas.

La recepción crítica de Los enamoramientos ha sido, en general, excelente. Los lectores también han respondido, como suelen. Algún comentario superficial, que pone en evidencia más al lector que al autor (es aburrido, se enrrolla), es todo lo que, por negativo, ha sufrido la novela. A Juan Mal-herido no le ha gustado. Dice: “Un colín con mucha levadura: eso es Los enamoramientos”. Y también que es: “como volver a casas del pasado ahora mal decoradas y con los muebles muy baratos, pero con pilares y paredes que parece que aguantan”. Ya sabemos que Juan es un gruñón, y muchas veces superficial, pero en esto último estoy de acuerdo. Pero también lo estoy con quienes, como Ángel Basanta o Justo Serna o Domingo Ródenas han visto en ella una novela brillante, uno de los mejores exponentes de la narrativa contemporánea, por lo ya sabido: “La prosa demorada, de período amplio y de sintaxis retorcida, con su ritmo envolvente y quebrado, su discurrir parsimonioso, sus divagaciones, sus rodeos, sus amplificaciones” (Serna); y la complejidad temática y reflexiva (“La que parecía una obra sobre el amor, la amistad, las relaciones de pareja, el azar, la muerte, la memoria y la culpa, lo cual ya es mucho, ensancha su sentido hasta convertirse en una novela sobre la radical inaprehensibilidad de la realidad, la impunidad y la extrema dificultad de conocer la verdad”, Basanta).

Ya dije que andaba algo confundido.

Tengo claro que la urdimbre supera al acabado. Un único narrador tiñe con su voz las voces de todos los personajes, haciéndose monótono su narrar. Esta rutina estilística (que no recuerdo haber sentido antes, tampoco en Tu rostro mañana) sólo se quiebra con las apariciones de Francisco Rico y de Ruibérriz de Torres, con su deje canalla. Pero Marías insiste en ponerse canalla cuando no le va nada, sus macarras son puros impostores, graduados en Eton que gustan de soltar un taco para sentir la suciedad de la tierra antes de volver a elevarse (y obligar al servicio a eliminar la mácula de realidad). La trama, aunque mínima y bajo capas y capas de discurso, no está nada mal. Y el discurso, tampoco. La prosa hipnótica de Marías ya no me hipnotiza (ya no puedo reunir las condiciones para caer en el frenesí lector y parece que tal acción desbocada y gozosa perteneciera a un pasado remotísimo y, como tal, inaccesible), pero aún me fascina. En realidad, no puedo aportar casi nada a lo que ya se ha dicho de Los enamoramientos, y más abajo listo una serie de enlaces apropiados.

No sé si les ocurre a todos sus lectores, o a alguno más, pero cuando leo cualquier novela suya, especialmente desde El siglo, acostumbro a ver el rostro de Javier Marías en sus narradores. Es igual que visiten a un viejo profesor oxoniense, que huyan al sentir la piel helada de su amante muerta o que, vistiendo gabardina, compren discos de Henry Mancini para hacer tiempo o para disimular. Siempre es Javier Marías. Ahora ese narrador es una mujer, pero la impresión no cambia. Es su rostro el que vi ayer, cuando leí Los enamoramientos, en el cuerpo de María Dolz. Sobre el debate memo de si la psicología de la narradora es femenina o masculina no diré más. Pero sí diré que también vi el rostro de Marías, en seguida, en otro personaje tocayo suyo de la novela, Javier Díaz-Varela. Cuando lo describe físicamente, evoqué de inmediato otra descripción, muy similar, en otro de sus libros que más disfruto, Miramientos.

Dice de Díaz-Varela: “Era varonil, calmado y bien parecido, aquel Javier Díaz-Varela. Aunque afeitado con esmero, se le adivinaba la barba, una sombra brevemente azulada, sobre todo a la altura del mentón enérgico, como de héroe de tebeo (según el ángulo y como le diera la luz, se le veía o no partido). Tenía pelo en el pecho, le asomaba un poco por la camisa con el botón superior abierto, no llevaba corbata (…). Las facciones eran delicadas, con ojos rasgados de expresión miope o soñadora, pestañas bastante largas y una boca carnosa y firme muy bien dibujada, tanto que sus labios parecían los de una mujer trasplantados a una cara de hombre” (Los enamoramientos, p. 110).

Autorretrato farsante” en Miramientos: “Con la mirada perdida en el infinito y las pestañas bien visibles y vueltas, la boca de mujer que contrasta con la sombra de cerrada barba (quizá una barba azulada) (…). El mentón más decidido que enérgico y fantasmalmente partido, pero esos labios femeninos siguen restando veracidad a la representación elegida (…). Se adivina mejor la miopía innegable (…). Lo ayuda un poco la cerrada, azulada barba”.

Así, Marías nos ha regalado, mediante la cervantina técnica de la interpolación, un nuevo capítulo de su autorretrato, que entonces detuvo en los cuarenta y cinco años y ahora actualiza con cincuenta y nueve. Es claro que el Marías de papel, unitario por lo común, se ha desdoblado en esta novela, en Javier y en María, y no resulta tan extraño ya que discurseen de forma tan semejante, prolongada y retocida. Sus mundos morales, empero, confrontan y disputan y quizá evoquen las mismas confrontaciones internas del autor, que como todos nosotros las tendrá. Esa confrontación lleva a María a varias reflexiones, pero la central es una vieja conocida en nuestras letras, ya desde el siglo XVII: apariencia y verdad, añadiéndole la cuestión moderna de la imposibilidad del acceso a ésta última. Y no quiero olvidar, que por algo la novela comienza con un finado (como tantas otras de Marías), el contenido reflexivo acerca de la muerte, el más profundo y sentido de los muchos que maneja (como, claro está, el enamoramiento) y que, si bien continúa procesos permanentes en su obra, tengo para mí que el lamentado deceso de su padre impulsó muchos de estos pensamientos. Termino citando un párrafo al respecto, pág. 160:

Nos permitimos añorarlos porque vamos sobre seguro con ellos: perdimos a tal persona, y como sabemos que no va a presentarse ni a reclamar el lugar que dejó vacante y que ha sido rápidamente ocupado, somos libres de anhelar con todas nuestras fuerzas su vuelta. La echamos de menos con la tranquilidad de que jamás van a cumplirse nuestros proclamados deseos y de que no hay posible retorno, de que ya no va a intervenir en nuestra existencia ni en los asuntos del mundo, de que ya no va a intimidarnos ni a cohibirnos ni tan siquiera a hacernos sombra, de que ya nunca más será mejor que nosotros. Lamentamos sinceramente su marcha, y es cierto que cuando se produjo queríamos que hubiera seguido viviendo; que se hizo un hueco espantoso, y aún un abismo por el que nos tentó despeñarnos tras ellos, momentáneamente”.

Ahora mismo siento el impulso irrefrenable, y no lo voy a reprimir, de leer Corazón tan blanco.

Ver, sospechar, callar, por Domingo Ródenas

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Hay muchas más aquí

El fútbol ya no está reñido con las artes; el intelectual hará bien en dejarse de bromas superficiales -“¿El fútbol? Unos millonarios en calzoncillos pateando una tripa de cerdo”, o cualquier otro grotesco chascarrillo, como los que gustaban a Borges o a Cabrera Infante- y reconocer, aun mintiendo, su afición y su filiación futbolera. Atrás quedaron los tiempos en los que, como cuenta Javier Marías que recordó García Hortelano (págs. 85 a 87), se encontraron éste, Querejeta, Benet y Javier Pradera en un estadio para presenciar un Real Madrid–Real Sociedad y tuvieron que inventar un sinnúmero de excusas para no reconocer lo que hoy reconocen tantos y tantos escritores. Algo que no suele darse a la inversa: los futbolistas no suelen hacer gala de su afición lectora. Esto lo contaba Marías en un artículo allá por 1995, y poco después aparecía en Alemania Salvajes y sentimentales (Comprar libro; 17, 50 €), una memorable recopilación de los artículos futbolísticos -tanto como El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, reeditado varias veces- que el madridista confeso publicaba irregularmente, a veces picado por el diario El País para contestar, el día del derbi por antonomasia, al culé Vázquez Montalbán. Alfaguara publica ahora una edición revisada y ampliada, gracias a lo cual recoge aquel impagable artículo Un cuento para releer, escrito tras la final de Alemania 2006, cuando el “archiconocido archivillano Materazzi” recibió un merecido e insuficiente cabezazo de Zinedine Zidane.

“Cuanto se recuerda en la vida adquiere con el tiempo, precisamente por ser recordado, un carácter narrativo, y acaba viéndose, según el caso, como una película, una novela o un relato” (p. 277). Este enfoque permitió al autor de Corazón tan blanco interpretar aquella escena de manera muy diferente a la mayoría, indignada por la reacción del rey caído en desgracia. Con el mismo accidente o hazaña culmina Libro del fútbol (Comprar libro; 22,50€), que en 451 edita el argentino Pablo Nacach. La narración corresponde ahora a Santiago Segurola, que sin embargo no sobrevuela la exégesis común del último remate del francoargelino. Y es que, si Segurola ve las cosas como pocos, Marías las ve como nadie, con esa perspicacia que hace de él uno de los grandes novelistas de todos los tiempos -en un artículo balompédico se deben permitir machadas, segunda acepción-.

Si el volumen que cierra el texto del mítico corresponsal se hubiera limitado a una antología de cuentos futbolísticos la comparación con la antología de Jorge Valdano habría sido inevitable; pero Nacach, de quien ya reseñamos aquí La vida en domingo, se ha propuesto otra cosa. Es una demostración de que el divorcio entre arte y fútbol nunca ha sido tal; que ni siquiera duermen en camas separadas, sino que mantienen una vida íntima atlética y creativa, como recomiendan las revistas femeninas. El libro reúne textos -aunque hace una pequeña trampa: bajo el título de Libro de fútbol se esconde, en pequeñito, y otros juegos de pelota- desde Homero a Vázquez Montalbán, pasando por Nabokov -que fue portero, como Chillida y Albert Camus- pasando por Calderón y Shakespeare. A tan egregios autores les acompañan estampas de arte mueble de diverso origen y material, fotografías, óleos, grabados, bajorrelieves. Sólo faltaría un CD con música -quizá Los Sencillos, quizá Gerry and The Peacemakers- y alguna película -desde Evasión o victoria a Buscando a Eric- para refrendar la pasión artística por el deporte rey.

No sólo el arte, también la Historia está del lado del balompié, aunque es triste escuchar a muchos profesionales una absoluta ignorancia respecto del pasado de su oficio y pasión. J.A. Bueno Álvarez y Miguel Ángel Mateo han escrito una voluminosa Historia del fútbol, (Comprar libro; 33 €) publicada por Edaf. El tomazo recoge toda la historia, incluyendo biografías y fichas de partidos, del noble deporte que naciera el 26 de octubre de 1863 en la Freemason’s Tavern de Londes (p. 9). No descuida aquellos orígenes remotos, en los que no se distinguía apenas del rugby, hasta que se introdujo la regla del fuera de juego, verdadero nervio de este deporte y muestra de su carácter ético original: se apuntó porque un gentleman no se aprovecha del esfuerzo de sus compañeros -el “palomero” no es un caballero, recuérdelo para las pachangas-. Y es que, en sus orígenes, el fútbol era un juego elitista, como indica el nombre de uno de los primeros grandes, el Old Etonians. La narración avanza, el fútbol sale de las Islas y se hace universal; llegan Sindelar, Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona. El Real Madrid gana cinco Copas de Europa. Brasil, cinco mundiales. Desde aquel remoto 1863 hasta hoy la historia del fútbol, al menor detalle, junto con anécdotas intrascendentes y jugosas, se recoge en las 800 páginas -engañosas, las dos columnas y el tamaño de la letra sugieren un equivalente de 1500- de este libro que ningún aficionado se debe perder. Y no se olviden navegar por Youtube, donde hasta se pueden ver goles que nunca se filmaron. Es el complemento perfecto.

Con más sencillez y la apariencia de un almanaque, Alfredo Relaño, director del diario deportivo As, firma 366 historias del fútbol mundial (Comprar libro; 22,50 €). Una anécdota para cada día del año, incluyendo Navidad, fecha en la que se han jugado algunos partidos, como aquel que enfrentó a alemanes e ingleses en 1914 ante sus respectivas trincheras -demostrando que aquella guerra nada tenía que ver con los que sin embargo morían, sino con quienes estaban bien lejos-. El 15 de octubre de 1967, la estrella del Torino -un club maldito-, Gigi Meroni, moría atropellado. El involuntario homicida, como luego confirmaría el juicio, fue, paradójicamente, un gran fan de Meroni, cuya estética imitaba. Hasta llevaba una foto de su ídolo en el manillar de la moto que acabó con su vida. Los hechos cayeron en el olvido, pero hace diez años, tal día como hoy, aquel joven mismo, ya talludito, accedía a la presidencia del Torino. Es entonces cuando revive el fantasma de Meroni, la que fuera novia de éste acusa al club de haber olvidado a su figura y la hinchada no deja de recordarle aquel infausto día cada vez que el Toro no hace las cosas como debe. Así son las historias que Relaño recoge en un libro que, lamentablemente, tendrán que modificar pronto: en el capítulo correspondiente al 11 de julio tendrán que incluir la victoria, al fin, de España en un Mundial. ¡Qué falta de previsión!

Pero no todo es fiesta en el fútbol; más allá de los hechos extrafutbolísticos -como los hooligans y otras violencias que sólo tienen en los estadios un escenario-, la propia estructura del fútbol profesional arroja sombras, como se ha encargado de descubrir Declan Hill en un ensayo que ha dado mucho que hablar ya antes de ser publicado, Juego sucio (Comprar libro; 22 €). Y no sólo ha dado palabras. Investigaciones, sanciones y escándalos, de esos que salpican eventualmente el mundo futbolístico; tradicionalmente en Italia, pero ésta vez todo empezó en Alemania y sus ramas y raíces llegan incluso a tapar el sol que más brilla: el de los mundiales, citando explícitamente el Ghana-Brasil de la Copa del Mundo 2006. De España se ocupa poco, mas como advierte que todas las competiciones internacionales cuentan con partidos amañados y árbitros sobornados -suelen animarles con prostitutas-, aunque sea indirectamente cae un velo de sospecha. La UEFA se ha apresurado a organizar un departamento anticorrupción, pero la FIFA ha ignorado complacientemente las advertencias. Ojalá en este Mundial sólo haya deporte y Hill tenga que pasar a ocuparse de otros asuntos, derrotado éste por incomparecencia.

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Jun 10

No sólo Xavi lee el fútbol: libros y más libros balompédicos

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , , , , , , , , 10/06/2010

A punto está de comenzar a “jabulani” el Mundial de Fútbol de Sudáfrica, con sus coloridas aficiones, los lesionados de última hora -¡Iniesta no!- y los ladrones haciendo su agosto en junio. Puede sorprender a los ignorantes, y resultar paradójico a los cultivados, pero a los dinosaurios nos encantaba el fútbol, como poco a poco la ciencia ha ido demostrando. El que tanto tuviera que ver con nuestra extinción poco importa: tal es la pasión sauria por este noble y antiguo deporte, con el que tanto vibramos hace cuatro años en la final entre los dinosaurios franceses y los villanos, mamiferazos italianos. Fue como una repetición de nuestra apoteosis mesozoica, tan futbolera. También entonces nuestro rey contribuyó al desastre, convirtiéndonos en leyenda, al pedir aquel balón, más grande, más grande, que le fue concedido. Ahora, como por culpa de Monterroso nuestra esencia es la lectura, no sólo nos pegamos a esos televisores vuestros, también leemos el fútbol, que es plenamente dramático, plenamente literario, como demuestran las finales de Suiza 1954 y Alemania, veinte años más tarde, o el cabezazo de Zizou al “archivillano” italiano, cuyo nombre he olvidado, cosas del cerebro reptil.

Dinosaurs! Playing Soccer by Sarah Kellington

Creo que, como en todos los ámbitos, conocer el pasado es un grado. Como dijera Menéndez Pelayo, “Pueblo que no sabe su historia es pueblo condenado a irrevocable muerte. Puede producir brillantes individualidades aisladas, rasgos de pasión de ingenio y hasta de género, y serán como relámpagos que acrecentará más y más la lobreguez de la noche”; quizá por eso el fútbol ahora es tan mediocre, en general, a pesar del Barça y de España, de Messi y de Cristiano, de Xavi y de Iniesta. No hay que olvidar que Patton rompió la línea nazi gracias a sus conocimientos de la guerra clásica. En mi reportaje de libros futbolísticos en El Confidencial no olvido incluir un par de títulos, aunque Historia, lo que se dice Historia (encarnada), es don Alfredo, el más grande de todos los tiempos.

El fútbol ya no está reñido con las artes; el intelectual hará bien en dejarse de bromas superficiales -“¿El fútbol? Unos millonarios en calzoncillos pateando una tripa de cerdo”, o cualquier otro grotesco chascarrillo, como los que gustaban a Borges o a Cabrera Infante- y reconocer, aun mintiendo, su afición y su filiación futbolera. Atrás quedaron los tiempos en los que, como cuenta Javier Marías que recordó García Hortelano (págs. 85 a 87), se encontraron éste, Querejeta, Benet y Javier Pradera en un estadio para presenciar un Real Madrid–Real Sociedad y tuvieron que inventar un sinnúmero de excusas para no reconocer lo que hoy reconocen tantos y tantos escritores. Algo que no suele darse a la inversa: los futbolistas no suelen hacer gala de su afición lectora. Esto lo contaba Marías en un artículo allá por 1995, y poco después aparecía en Alemania Salvajes y sentimentales (Comprar libro; 17, 50 €), una memorable recopilación de los artículos futbolísticos -tanto como El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, reeditado varias veces- que el madridista confeso publicaba irregularmente, a veces picado por el diario El País para contestar, el día del derbi por antonomasia, al culé Vázquez Montalbán. Alfaguara publica ahora una edición revisada y ampliada, gracias a lo cual recoge aquel impagable artículo Un cuento para releer, escrito tras la final de Alemania 2006, cuando el “archiconocido archivillano Materazzi” recibió un merecido e insuficiente cabezazo de Zinedine Zidane.

“Cuanto se recuerda en la vida adquiere con el tiempo, precisamente por ser recordado, un carácter narrativo, y acaba viéndose, según el caso, como una película, una novela o un relato” (p. 277). Este enfoque permitió al autor de Corazón tan blanco interpretar aquella escena de manera muy diferente a la mayoría, indignada por la reacción del rey caído en desgracia. Con el mismo accidente o hazaña culmina Libro del fútbol (Comprar libro; 22,50€), que en 451 edita el argentino Pablo Nacach. La narración corresponde ahora a Santiago Segurola, que sin embargo no sobrevuela la exégesis común del último remate del francoargelino. Y es que, si Segurola ve las cosas como pocos, Marías las ve como nadie, con esa perspicacia que hace de él uno de los grandes novelistas de todos los tiempos -en un artículo balompédico se deben permitir machadas, segunda acepción-.

Si el volumen que cierra el texto del mítico corresponsal se hubiera limitado a una antología de cuentos futbolísticos la comparación con la antología de Jorge Valdano habría sido inevitable; pero Nacach, de quien ya reseñamos aquí La vida en domingo, se ha propuesto otra cosa. Es una demostración de que el divorcio entre arte y fútbol nunca ha sido tal; que ni siquiera duermen en camas separadas, sino que mantienen una vida íntima atlética y creativa, como recomiendan las revistas femeninas. El libro reúne textos -aunque hace una pequeña trampa: bajo el título de Libro de fútbol se esconde, en pequeñito, y otros juegos de pelota- desde Homero a Vázquez Montalbán, pasando por Nabokov -que fue portero, como Chillida y Albert Camus- pasando por Calderón y Shakespeare. A tan egregios autores les acompañan estampas de arte mueble de diverso origen y material, fotografías, óleos, grabados, bajorrelieves. Sólo faltaría un CD con música -quizá Los Sencillos, quizá Gerry and The Peacemakers- y alguna película -desde Evasión o victoria a Buscando a Eric- para refrendar la pasión artística por el deporte rey.

No sólo el arte, también la Historia está del lado del balompié, aunque es triste escuchar a muchos profesionales una absoluta ignorancia respecto del pasado de su oficio y pasión. J.A. Bueno Álvarez y Miguel Ángel Mateo han escrito una voluminosa Historia del fútbol, (Comprar libro; 33 €) publicada por Edaf. El tomazo recoge toda la historia, incluyendo biografías y fichas de partidos, del noble deporte que naciera el 26 de octubre de 1863 en la Freemason’s Tavern de Londes (p. 9). No descuida aquellos orígenes remotos, en los que no se distinguía apenas del rugby, hasta que se introdujo la regla del fuera de juego, verdadero nervio de este deporte y muestra de su carácter ético original: se apuntó porque un gentleman no se aprovecha del esfuerzo de sus compañeros -el “palomero” no es un caballero, recuérdelo para las pachangas-. Y es que, en sus orígenes, el fútbol era un juego elitista, como indica el nombre de uno de los primeros grandes, el Old Etonians. La narración avanza, el fútbol sale de las Islas y se hace universal; llegan Sindelar, Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona. El Real Madrid gana cinco Copas de Europa. Brasil, cinco mundiales. Desde aquel remoto 1863 hasta hoy la historia del fútbol, al menor detalle, junto con anécdotas intrascendentes y jugosas, se recoge en las 800 páginas -engañosas, las dos columnas y el tamaño de la letra sugieren un equivalente de 1500- de este libro que ningún aficionado se debe perder. Y no se olviden navegar por Youtube, donde hasta se pueden ver goles que nunca se filmaron. Es el complemento perfecto.

Con más sencillez y la apariencia de un almanaque, Alfredo Relaño, director del diario deportivo As, firma 366 historias del fútbol mundial (Comprar libro; 22,50 €). Una anécdota para cada día del año, incluyendo Navidad, fecha en la que se han jugado algunos partidos, como aquel que enfrentó a alemanes e ingleses en 1914 ante sus respectivas trincheras -demostrando que aquella guerra nada tenía que ver con los que sin embargo morían, sino con quienes estaban bien lejos-. El 15 de octubre de 1967, la estrella del Torino -un club maldito-, Gigi Meroni, moría atropellado. El involuntario homicida, como luego confirmaría el juicio, fue, paradójicamente, un gran fan de Meroni, cuya estética imitaba. Hasta llevaba una foto de su ídolo en el manillar de la moto que acabó con su vida. Los hechos cayeron en el olvido, pero hace diez años, tal día como hoy, aquel joven mismo, ya talludito, accedía a la presidencia del Torino. Es entonces cuando revive el fantasma de Meroni, la que fuera novia de éste acusa al club de haber olvidado a su figura y la hinchada no deja de recordarle aquel infausto día cada vez que el Toro no hace las cosas como debe. Así son las historias que Relaño recoge en un libro que, lamentablemente, tendrán que modificar pronto: en el capítulo correspondiente al 11 de julio tendrán que incluir la victoria, al fin, de España en un Mundial. ¡Qué falta de previsión!

Pero no todo es fiesta en el fútbol; más allá de los hechos extrafutbolísticos -como los hooligans y otras violencias que sólo tienen en los estadios un escenario-, la propia estructura del fútbol profesional arroja sombras, como se ha encargado de descubrir Declan Hill en un ensayo que ha dado mucho que hablar ya antes de ser publicado, Juego sucio (Comprar libro; 22 €). Y no sólo ha dado palabras. Investigaciones, sanciones y escándalos, de esos que salpican eventualmente el mundo futbolístico; tradicionalmente en Italia, pero ésta vez todo empezó en Alemania y sus ramas y raíces llegan incluso a tapar el sol que más brilla: el de los mundiales, citando explícitamente el Ghana-Brasil de la Copa del Mundo 2006. De España se ocupa poco, mas como advierte que todas las competiciones internacionales cuentan con partidos amañados y árbitros sobornados -suelen animarles con prostitutas-, aunque sea indirectamente cae un velo de sospecha. La UEFA se ha apresurado a organizar un departamento anticorrupción, pero la FIFA ha ignorado complacientemente las advertencias. Ojalá en este Mundial sólo haya deporte y Hill tenga que pasar a ocuparse de otros asuntos, derrotado éste por incomparecencia.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial

Una memorable recopilación de los artículos futbolísticos -tanto como El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, reeditado varias veces- que el madridista confeso publicaba irregularmente, a veces picado por el diario El País para contestar, el día del derbi por antonomasia, al culé Vázquez Montalbán. Alfaguara publica ahora una edición revisada y ampliada, gracias a lo cual recoge aquel impagable artículo Un cuento para releer, escrito tras la final de Alemania 2006, cuando el “archiconocido archivillano Materazzi” recibió un merecido e insuficiente cabezazo de Zinedine Zidane.

Dice la editorial:

“Escribir de este deporte es para él «un descanso», lo cual debe entenderse, según apunta Paul Ingendaay en su prólogo, como la oportunidad de abandonar las máscaras de la ficción e instalarse en un territorio en el que «las cosas están claras y el autor se siente seguro de sus pasiones y sus recuerdos». Para Marías el fútbol es la «recuperación semanal de la infancia»; y también es temor y temblor, dramaticidad y zozobra , una mezcla de sentimentalidad y salvajismo, una escuela de comportamiento y nostalgia, y la escenificación de la épica al alcance de todo el mundo.

En este libro, que incorpora treinta nuevos textos, se habla de jugadores y aficionados, entrenadores y presidentes, derrotas y triunfos, de emoción y vergüenza; también del carácter casi cinematográfico de este deporte, de la cuidadosa memoria y el rápido olvido, del patriotismo, la celebración de los goles, los himnos, los andares y gestos llenos de significado. Y vemos el fútbol como lo que seguramente es, en el fondo, para millones de aficionados: un interminable desfile de héroes, villanos, figurantes y gestas, un espectáculo que quizá merece la pena tomarse en serio.”

Ficha en la editorial Alfaguara →

J.A. Bueno Álvarez y Miguel Ángel Mateo han escrito una voluminosa Historia del fútbol, publicada por Edaf. El tomazo recoge toda la historia, incluyendo biografías y fichas de partidos, del noble deporte que naciera el 26 de octubre de 1863 en la Freemason’s Tavern de Londes (p. 9). No descuida aquellos orígenes remotos, en los que no se distinguía apenas del rugby, hasta que se introdujo la regla del fuera de juego, verdadero nervio de este deporte y muestra de su carácter ético original: se apuntó porque un gentleman no se aprovecha del esfuerzo de sus compañeros -el “palomero” no es un caballero, recuérdelo para las pachangas-. Y es que, en sus orígenes, el fútbol era un juego elitista, como indica el nombre de uno de los primeros grandes, el Old Etonians.

Dice la editorial:

“Junto a anécdotas, reflexiones y hechos poco conocidos, el lector encontrará un repaso completo y actualizado de todas las ediciones de las grandes competiciones internacionales celebradas hasta la fecha, así como una glosa y una ficha técnica de la carrera de más de doscientos futbolistas, entrenadores y dirigentes de distintas épocas. Dividida en cuatro partes que abarcan otros tantos periodos cronológicos, en todas ellas se dedica especial atención al fútbol español, cuya historia pormenorizada constituye otro de los ejes de la obra. La publicación de esta Historia del fútbol coincide, además, con el periodo de mayor esplendor de la selección nacional, con el apogeo de una generación irrepetible de grandes futbolistas españoles y con una Liga que reúne a todas las estrellas de la actualidad. Desde los pioneros británicos del siglo XIX al gran Brasil de Pelé, desde el Real Madrid de Di Stéfano al Barcelona de las seis copas, desde la Holanda de Cruyff a la Argentina de Maradona, desde el Arsenal de Chapman al Milan de Sacchi, desde el Uruguay que obtuvo la primera Copa del Mundo a la España vencedora de la Eurocopa-2008, desde el maracanazo a la Ley Bosman, desde las primeras figuras del fútbol a Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, desde la Quinta del Buitre al Dream Team, desde Zamora a Yashin… Todos tienen cabida en esta obra que cuenta todo lo que sabías y lo que no sabías sobre la actividad humana más popular de nuestra época.”

Ficha del libro en la editorial Edaf →

Este libro es una demostración de que el divorcio entre arte y fútbol nunca ha sido tal; que ni siquiera duermen en camas separadas, sino que mantienen una vida íntima atlética y creativa, como recomiendan las revistas femeninas. El libro reúne textos desde Homero a Vázquez Montalbán, pasando por Nabokov -que fue portero, como Chillida y Albert Camus- por Calderón y Shakespeare.

Dice la editorial:

“Ser de un equipo, amar el fútbol: el juego favorito de adultos que una vez fueron niños. ¿Hay una combinación más intrínsecamente humana que esa guerra sin cuartel entre libertad y fiesta, violencia y sacrificio, carácter y frustración que es el fútbol? El fútbol todo lo convierte en representación, en espectáculo, pero nunca dejará de ser otras muchas cosas; entre ellas, uno de esos hilos invisibles que padres e hijos se inventan con el fin de unirse para siempre. Instalados frente a una maquinita súper engrasada con millones de euros, dólares, yenes, pesos, y retransmitida urbi et orbe.”

Ficha del libro en la editorial 451 →

Una anécdota para cada día del año, incluyendo Navidad, fecha en la que se han jugado algunos partidos, como aquel que enfrentó a alemanes e ingleses en 1914 ante sus respectivas trincheras -demostrando que aquella guerra nada tenía que ver con los que sin embargo morían, sino con quienes estaban bien lejos-.

Dice la editorial:

“¿Sabías que Brasil no estrenó su clásica camiseta amarilla, la «verdeamarelha», hasta 1954?, ¿que el Manchester United y el Liverpool, rivales encarnizados, amañaron un partido para que el Manchester no descendiera?, ¿que la primera gran bronca entre Madrid y Barça se remonta a 1916, cuando empataron a 6 goles en un mítico partido?, ¿que 33 años después de matar con una moto al legendario Gigi Meroni el homicida involuntario se convirtió en presidente del Torino?, ¿que la película Evasión o victoria se inspiró en un partido verdadero disputado entre prisioneros de guerra ucranianos y nazis?, ¿que fue un periodista gaditano el que inventó las tandas de penaltis?, ¿que un prisionero de guerra alemán defendió la portería del Manchester City? o ¿que el Real Madrid fue rechazado en el campeonato catalán?… Esto y mucho más encontrarás en las páginas de este fantástico y definitivo libro. 366 historias escritas por uno de los periodistas deportivos más importantes de nuestro país que nos hace recordar con nostalgia algunas de las historias olvidadas del juego más hermoso jamás inventado.”

Ficha del libro en la editorial Martínez Roca →

No todo es fiesta en el fútbol, aunque libros como este puedan contribuir a limpiarlo de excrecencias.

Dice la editorial:

“El libro que ha sentado en el banquillo a cien profesionales del fútbol internacional y ha motivado a Michel Platini para la creación de un departamento anticorrupción en la UEFA. Traducido a trece idiomas y con una amplia repercusión en la prensa deportiva y en el mundo del fútbol, este libro sobre «el deporte rey» y la corrupción se ha convertido ya en un best seller internacional. Su autor, el periodista y realizador de documentales canadiense Declan Hill, tuvo la «osadía» de presentar como tesis doctoral en la universidad de Oxford una investigación sobre el fútbol y sus asuntos sucios. Avalado por su rigor, Juego sucio. Fútbol y crimen organizado es un peligroso y trepitante reportaje sobre las distintas mafias que se han infiltrado en el mundo del fútbol y rastrea de primera mano el funcionamiento de las apuestas y los sobornos, que han llegado a manipular partidos del Mundial de 2006 como el Ghana-Brasil, el Italia-Ucrania o el Inglaterra-Ecuador.”

Ficha del libro en la editorial Alba →

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Oct 08

¿Quién se merece el Nobel de Literatura?

Escrito en El T-rex que viene, El museo.
Etiquetas: , , , 8/10/2008

Puede echarse en falta a César Aira, a Miguel Delibes, a Enrique Vila–Matas, a mil, y eso que hay que ceñirse a los vivos. Pero no existe un premio justo, aunque sí los haya injustos. Injusto fue darle el Nobel a Winston Churchill, a Toni Morrison o a Octavio Paz, aunque de esta otra anti–lista se podrían tachar todos y escribirse algunos nuevos. Y es que esto de los premios es puro subjetivismo y un salto sin red. Citemos los tres primeros concedidos por la Academia Sueca: Sully Prudhomme (1901), Theodor Mommsen (1902), Bjørnstjerne Bjørnson (1903). Que levante la manita quien haya leído algo de estos autores, o siquiera que les suene su nombre –por no hacernos los listos, confirmamos haber recurrido a Wikipedia, como todos–. El siguiente año se lo llevó nuestro José de Echegaray, que es un señor con nombre de calle –o al revés– donde en otro tiempo se iba en busca de consuelo. Pero ya tampoco lo lee nadie.

 

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Sep 22

Javier Marías: Veneno y sombra y adiós

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 22/09/2007

Los lectores empedernidos de Javier Marías están de enhorabuena. Al fin Tu rostro mañana, su novela más amplia, puede leerse de manera natural, sin años de dilación entre tomo y tomo. Con Veneno y sombra y adiós se cierra el periplo londinense de Jacobo -o Jacques o Jack o Jaime o Iago o Yago- Deza, el profesor que se inventaba etimologías en la oxoniense Todas las almas, su fase de espía o intérprete de rostros y carácteres -esa cualidad la comparte con el Marías de carne y hueso, cuya prueba dejó escrita en Miramientos-. Es un regalo para sus fans tanto como para sí mismo, pues en esta novela en tres tomos y 1.600 páginas desgrana gran parte de sus reflexiones, sus fobias y manías, además de incluir los entrañables homenajes a su padre, maestro de tantas cosas, y a “Sir Peter Russell, que nació Peter Wheeler”.

Nos había acostumbrado el autor a unos comienzos fulgurantes, que marcaban la memoria del lector y se convertían en la enseña de la novela -así el de Corazón tan blanco “No he querido saber, pero he sabido que…”-, algo que mantuvo en 1. Fiebre y lanza y 2. Baile y sueño -“No debería uno contar nunca nada…” y “Ojalá nunca nadie nos pidiera nada, ni casi nos preguntara, ningún consejo ni favor ni préstamo, ni el de la atención siquiera…”-. No así en 3. Veneno y sombra y adiós, con un arranque menos definitorio e intenso, que hace comenzar a la novela in medias res de una manera más clara que Baile y sueño. Y es que ahora, por fin -hay 900 páginas detrás-, estamos de lleno en la acción, los personajes ya están definidos y la trama definitivamente encauzada. Hagamos memoria.

El primer tomo comienza con el sonido de unos pasos a la espalda de Jacobo Deza y concluye con el autor de esos pasos llamando al timbre del protagonista. En el segundo sabemos que es Pérez Nuix quien llama, y sube al piso, y entretanto nos hemos enterado de cómo se las gasta Tupra, el jefe de la oficina innominada donde Deza ejerce de agente secreto. Ahora Pérez Nuix explica qué favor requiere, el inoculador de venenos Tupra esparce sus toxinas y Deza regresa a Madrid para comenzar una trama nueva que deberá cerrar por el bien de su familia, pero que le llevará a igualarse a ese Tupra o Reresby de quien poco se distingue, en el fondo. Es una frase de éste de la que mana el discurso principal de estas páginas: “¿Por qué no se puede ir por ahí pegando y matando?”, y él mismo se responde: “Hace falta que algunos no tengamos en mucho a la muerte (…). Conviene que algunos nos salgamos de nuestra época y miremos como en tiempos más recios, los pasados y los futuros”.

Este discurso cínico que justifica toda violencia y que ha alimentado todos los totalitarismos es un veneno, un veneno que lleva a matar, torturar o humillar, generando lo que Deza llama “horror narrativo”. Claro que, al cabo, ambos crean espacios de horror narrativo, de manera voluntaria o impremeditada. No se puede pegar y matar, “porque no podría vivir nadie”, aunque se pega y se mata y la vida continúa -excepto para aquél infeliz ensartado por un estoque taurino o con una lanza tribal por una decadente estrella del rock-, continúa aunque no debiera, de la misma manera que nunca debiera pedirse un favor pero no deja de hacerse. Con esta constatación de la violencia como elemento real, el autor ayuda a “comprender mejor el mundo precisamente porque se asiste a su transcurso” (ver).

Al final de la novela se retoma el hilo de la “conversación imprudente” que copó el primer tomo, Fiebre y lanza. No parece sin embargo afectar demasiado al personaje de Jacobo Deza, pues el individuo castigado por su imprudencia -la de Deza- es muy secundario y aparece casi ad hoc. Lo mismo ocurre con el favor de Pérez Nuix que queda bastante colgado en la narración, pues una vez pedido el personaje de la anglocatalana casi desaparece. Son, en cambio, la violencia y el amor los temas que cobran mayor relevancia para el devenir del personaje, intrincados en este tercer tomo, el amor y la violencia siempre tan cerca, mediando la pasión, como a Luisa que puede que disfrute siendo golpeada durante el sexo -pero se mantiene la incógnita-.

Si bien Tu rostro mañana se publicita como la obra maestra de Javier Marías y él mismo ha llegado a considerarla definitiva -en el sentido que quizá ya no escriba más ficción, esperemos que se retracte-, no es el mejor Marías. Su obra sigue un proceso claro en el que la trama va quedando enterrada en reflexiones e incisos, un camino que empieza a atisbarse en El siglo y alcanza una brillantez absoluta en dos de las mejores novelas del siglo XX -y no sólo en lengua castellana-, Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí. Tras el paréntesis de la sebaldiana Negra espalda del tiempo, Tu rostro mañana supone una radicalización del ‘estilo Marías’, que fascinará a los muchos adictos, pero que probablemente desconcertará al neófito y que deja una sensación de exceso, de insuficiente construcción sobre unas estructuras demasiado endebles. Marías ya no tiene que demostrar nada, por supuesto, y es probable que lo que puede parecer defectuoso sea intencionado o, al menos, asumido; pero Tu rostro mañana no deja de resultar hermética, para iniciados.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial

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Ene 01

Javier Marías: Baile y sueño (Tu rostro mañana, 2)

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 1/01/2005

Los arranques de las novelas de Javier Marías se han convertido en una seña de identidad tanto como su particular puntuación y su magistral uso reflexivo del lenguaje. De hecho, en la contracubierta de cada una de sus últimas novelas, o partes de una única novela mayúscula inacabada, se citan sus respectivos arranques; el de Baile y Sueño, segunda parte de Tu rostro mañana (en la que recuperamos al Jacobo Deza de Todas las almas) recuerda un poco al de la primera (Fiebre y lanza), su temática es muy próxima: “No debería uno contar nunca nada…” reza ésta, y “Ojalá nunca nadie nos pidiera nada, ni casi nos preguntara, ningún consejo ni favor ni préstamo, ni el de la atención siquiera…” la que nos ocupa. Ambas acciones, contar (a otro) y pedir (también, a otro), crean esclavitudes, deudas. Si cuentas algo a alguien, le haces propietario de una historia en la que, antes, no tenía parte, y eso se puede ver quizá como un gesto generoso, o como un descuido egoísta, en cuanto que estamos implicando a esa persona en algo que, de ninguna manera, le era propio hasta ese instante (ni siquiera aunque el relato se refiriera a esa persona, porque su desconocimiento impedía que estuviera implicado de facto).

Lo que es indudable es que al contar estamos creando lazos, relaciones, que hasta ese momento no existían o, de puro implícitas, carecían de funcionamiento. Y vamos un paso más allá cuando en vez de contar pedimos, que es lo que le ocurre a Jacobo o Jacques o Jack o Jaime, ahora no le cuentan sino que le piden, y ahí más que deudas se crean esclavitudes. Cuando se pide un favor, se obliga casi, se fuerza al otro a acatar nuestro deseo, sin que tengamos en ese momento más que un pálpito de las posibles consecuencias a que puede dar lugar nuestra simpatía o fragilidad (cedo por amistad o simpatía, cedo porque no puedo negarme). Si pensamos que J. Deza es, además, una suerte de espía, el hecho de contarle o pedirle algo toma un cariz más severo aún dado que sus opiniones pueden tener consecuencias fatales (o, bien al contrario, felices) para un ser humano o un país entero, ni siquiera él mismo sabe del alcance de sus palabras (de ahí que sea mejor no contar nunca nada). Toda palabra puede hacer un infinito daño, aunque no se pretenda, porque como se dice en la propia novela (Parte 1ª), una vez que soltamos las palabras en el aire, perdemos todo control sobre ellas.

Como se ve, y cualquiera que sea lector de Javier Marías lo sabe, estamos ante un narrador profundo, cabe decir que filosófico aunque emplee un lenguaje no tanto abstracto cuanto concreto, es decir, narrativo. No se tratan temas vulgares, como el amor (más vulgar por el enfoque con que se trata que por sí mismo; recomiendo, en la misma Baile y sueño, las hermosas reflexiones sobre el amor que J. Deza tiene respecto de su exmujer Luisa), la venganza o las intrigas históricas en torno a personajes célebres y misteriosos (éstas sí, sin remedio, vulgares), los temas que trata son cotidianos, pero en los que no solemos reparar, ésas acciones minúsculas que inadvertidamente cometemos cada día, sin advertir nuestra fuerte, hasta agresiva, influencia en nuestro entorno. Solemos creer que no importa contar, pedir, curiosear, que no tenemos tanto imperio sobre el entorno, pero Marías nos convence de que sí, y de hecho nuestra propia experiencia debería refrendarlo. Esta selección de temas hace que la anécdota resulte secundaria, pero no sólo la parcela temática lo fuerza, sino también (y puede que aún más), su prosa, elegante, rica, compleja, “embrujadora”. Quien lee a Marías, lo lee porque él lo escribe, y porque lo hace como lo hace. Esta tendencia a reducir la anécdota, a que ésta se vea superada por la reflexión y el estilo, ha ido conformándose desde sus primeras novelas (Los dominios del lobo, Travesía del horizonte) y alcanza sus máximas cotas con Tu rostro mañana. Fue a partir de El siglo cuando Marías encuentra el que es su estilo, el tan característico y célebre desde Todas las almas, y ahora lo está llevando a sus extremos, tanto que ha amenazado con retirarse de la novela cuando concluya la trilogía que tiene entre manos.

Creo que es el momento de refrenar los elogios e introducir una punzadita de crítica, y es que entiendo que ha llegado a extralimitarse un tanto con esta novela, especialmente en la primera parte de este segundo tomo de la trilogía (Baile); el ritmo se quiebra demasiado, la dilación entre un paso y otro del protagonista se hace demasiado larga. La anécdota, en este tramo, más que secundaria se hace inexistente. Pero ya está, eso es todo, simplemente la opinión de un lector apresurado. Es cierto que no es una novela para todos, que requiere una lectura despaciosa, meditabunda, y una complicidad mayúscula con el autor/narrador (cada vez, también, más confundidos: las opiniones de J. Deza nos han sido prefiguradas en los artículos de J. Marías en El País y El Semanal), pero el placer intelectual que se siente al leerla compensa el esfuerzo. Esperemos que se eche atrás, que siga deleitándonos con su prosa inteligente, con su perspicacia, con su refinada cultura. Es algo que le pido, aunque no debiera, pero es que él tampoco debería haber empezado a contar, ahora “nos lo debe”.

Léelo en Cuanto y por qué tanto…

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