Dic 29

Picnic en Hanging Rock, de Joan Lindsay

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, El gabinete del dr. Mantell.
Etiquetas: , , , 29/12/2011

Antes de nada, ¡feliz 2012 y que los augurios escatológicos no se cumplan aún!

Hacía años que no escribía un cuento. Ahora no quiero leerlo, porque si lo hago seguro que encontraré errores, defectos y necedades sin cuento y quiero conservar la sensación de escritura satisfactoria que rara vez me acompaña. En general, la acogida ha sido fría. He recibido comentarios parcos, “me ha gustado”, “no me ha gustado”, pero al menos una persona se ha conmovido con su lectura. Negativamente, pero algo ha removido mi ángel en su interior. Juzgo que eso es bueno.

Años, años y años sin hacerlo y ahora he escrito dos. Aunque no tengo mucha experiencia al respecto: la redacción de relatos depende de momentos de intuición fugaz, de estados de ánimo; la expresión “obra de largo aliento” referida a la novela es muy atinada y la “inspiración” no parece tener mucho que ver. Cada día se aprende algo nuevo, normalmente cosas que todos los demás ya saben; no hay que quedarse demasiado atrás.

Escribo estas líneas porque algo había que escribir. Hace tiempo que leí esta novela, al poco de recuperarla Impedimenta. Con lo flaca que es mi memoria creo que habré de inventar demasiado, pero peor será para el dinosaurio un sueño demasiado largo. No había visto la película y sólo la vi después. Es un clásico, dicen. Una obra de culto, etiqueta dúctil que sirve tanto para obras maestras como para fracasos entrañables. La novela es mejor. Hablo de Picnic en Hanging Rock.

Sólo con que la novela nos ahorre esa setentera flauta de Pan de la adaptación de Peter Weir (director que por otra parte me encanta, y Master & Commander es una de mis preferidas; de El club de los poetas muertos él no tiene toda la culpa) ya sería preferible, los restantes méritos de la película, que los hay, son insuficientes frente a ese pitido agudo. La obra de Lindsay, en cambio, carece de defectos, o no los recuerdo, es magnífica en cuanto a intensidad, originalidad y sobriedad.

Otros han descrito y reseñado bien la novela, hace “mucho” que se publicó (el mercado editorial computa el tiempo de manera propia, la novedad dura un par de meses, la vejez llega de poco después). Todos coinciden en lo buena que es y la llaman clásica y obra de culto y aluden a la película que también es ambas cosas y seguro que no mienten ni exageran, es conveniente leerla y disfrutarla. Hala, está dicho. Sin embargo, aún faltan cosas que decir en cuanto a su recepción.

Es exagerado considerarla un clásico porque no es tan conocida ni tan permanente y se recuerda más la película que la novela, no siendo excesivo decir que la consecuencia sostiene a la causa y no al revés. Es más bien lo que se llama un long seller, una categoría inferior a la del clásico. Si debo proponer un motivo, y es así porque de otro modo ni habría comenzado, es que Joan Lindsay fue autora de una única obra relevante. En la cubierta, su nombre está impreso en una tipografía mucho menor que la de el título. Y, a la hora de convertirse en clásico, es tan importante o más el autor que la obra. La historia de la literatura no es justa, pero nadie va a escuchar nuestras quejas.

Su condición de long seller, justamente lograda, descansa sobre un sustrato erróneo. Se alude (correctamente) a la ambigüedad del relato, a su relativa oscuridad, al misterio de la trama desarrollada realistamente pero en medio de una atmósfera fantasmagórica, heredera de la novela gótica. Generaciones de lectores han fantaseado con la idea de que ha de estar basada, necesariamente, en hechos reales. Eso es gran mérito de la autora, sin duda alguna, y un demérito enorme por parte de esas generaciones de lectores inmaduros incapaces de separar realidad de ficción. Toda la investigación en torno a la desaparición de las niñas, y de la profesora (esa iluminación fabulosa, genial), en la novela es registrada por periodistas y autoridades, por lo que no sería difícil encontrar los recortes e informes correspondientes. No es así, así que no cabe la menor duda de que todo es inventado, pero muchos lectores siguen albergando dudas. ¡Qué grande Joan Lindsay! ¿Cómo es que fue autora de una única novela reseñable, más que eso, espléndida? Ese es el gran misterio, y no el destino de las muchachas del Appleyard.

Palabra de María José Sánchez Mayo (La hija del acomodador)

“Joan Lindsay es la mejor guía posible para un relato de misterio propio de oscuras mansiones y bosques ingleses, de una historia de un autor decimonónico, y, sin embargo, llevado a la luz cegadora de las antípodas y concebido en 1967.”

Palabra de Javier BR (Libros y Literaturas)

“¿Dónde reside la fascinación que produce esta historia? Está en lo que no se cuenta, en lo que Joan Lindsay sugiere y el lector imagina. Gracias a un magistral dominio del ritmo de la narración, el lector cae atrapado desde la primera página y ya no puede zafarse hasta el final. Lo más sorprendente es que la autora no recurre a ninguno de los recursos habituales para crear suspense; a ella le basta con salpicar una narración perfecta con unos pocos detalles aparentemente intrascendentes, apenas perceptibles, que siembran la inquietud en el lector y abren las puertas de su imaginación.”

¡Misterio, misterio!

“Se ha sugerido que las chicas fueron misteriosamente atrapadas por un vehículo espacial. Ciertamente, la roca es lo suficientemente peculiar como para servir de faro intergaláctico, como la Torre del Diablo que aparece en la película Encuentros en la tercera fase (1977). La presencia de un OVNI podría explicar el hecho de que los relojes se parasen. Cuando Edith contaba que había visto a miss McCraw, dijo que había percibido una misteriosa nube rosa hacia aquella hora; ¿es esto una prueba de que pudiese haber extraños objetos volantes en el espacio?”

Ficha en la editorial Impedimenta

“Lo que empieza siendo una inocente comida campestre se torna en tragedia cuando tres niñas y una profesora desaparecen misteriosamente entre los recovecos de Hanging Rock, un imponente conjunto de rocas rodeado de la salvaje y asfixiante vegetación australiana. La única chica que logra regresar, presa de la histeria, no recuerda nada de lo sucedido. Considerada una de las más desazonantes novelas de culto de la literatura anglosajona, Picnic en Hanging Rock dio lugar a una aclamadísima película de Peter Weir, que contribuyó a incrementar el éxito de una obra ya mítica. Jamás se reveló si los hechos narrados fueron reales o no, y ese ambiguo e intrigante juego alentó la aparición de una legión de seguidores que afirmaban conocer lo ocurrido aquel aciago día de San Valentín en el sobrecogedor paisaje de Hanging Rock.”

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Dic 02

Escritores, ¿curritos o vividores?

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , , , , 2/12/2011

Una vez al año, hago cola. Y no sé muy bien por qué. Dos horas en pie, en el frío de la mañana, por algo en lo que no creo obtener beneficio. El año próximo, otra vez.

No me ha gustado nada. El libro de Daria Galateria, Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores, no me ha gustado nada (exagero y miento: sí me ha gustado, pero me ha dado rabia). No le falta interés, ciertamente, pero hay en él reproches velados que están fuera de lugar. Como lector, me importa poco si el escritor sufrió o gozó mientras escribía, si su infancia estuvo salpicada de violencia o de cariño, si tuvo que quemarse las pestañas estudiando o los éxitos académicos le llovieron suavemente, si los premios se los conceden o se los gana, si fue afortunado en el amor o en el juego, o desgraciado en ambos, y, en fin, si concentró sus esfuerzos en la escritura o bien precisó de un sostén económico ajeno al literario. Nada de eso me importa ni afecta a la valoración que he de hacer de una obra literaria. Sólo me importa la obra en sí y en absoluto una existencia áspera la hace mejor o más meritoria.

La posición de Galateria es la opuesta. El trabajo dignifica, el trabajo manual dignifica más y el escritor merece más respeto si pasó sus días en la oficina o las noches en la fábrica. Por supuesto, las obras de Gorki, de London o de Marsé (por citar a alguien que Galateria olvidó) no serían lo que son sin su experiencia laboral. Tanto influyó, creo, la opresión paterna en el joven Franz Kafka como sus lecturas de Von Kleist o las jornadas interminables en Assicurazioni Generali, en la conformación de su particular universo narrativo. Pero ya me dirán de qué le serviría a Vila-Matas su alistamiento en la industria química o a Álvaro Pombo su fichaje por la panadería de la esquina.

Indudablemente, se escribe desde la experiencia y diferentes experiencias conducen a diferentes estilos, intenciones y universos. Pero el oficio del escritor es valioso y meritorio en sí mismo. Que el autor, para sostenerse, sableara a sus conocidos, vampirizase a su pareja o dignamente fichara cada mañana en un taller de reparación de automóviles, o que por el contrario pasara hambre canina, son circunstancias que sirven al lector crítico para desentrañar el sentido último de su lectura, pero que por sí mismas no dicen nada del valor del escrito. Es el trabajo con las diferentes herramientas del escritor, las palabras, la sintaxis, las ideas, etc., lo que hemos de valorar y lo que otorgará méritos al esforzado escritor, porque escribir es un duro empeño, una pirueta sin red, una inversión a fondo perdido. Casi se puede decir, contra las tesis de Galateria, que quien busca un empleo al margen de la creación literaria opta por el camino fácil, pues sin reducir el empeño engancha una malla de seguridad bajo el cable tenso de la escritura. Pero también sabemos que no es así. Que son cosas que nada tienen que ver.

Así, negándole a Daria Galateria la mayor, concedámosle la menor: que ha escrito un libro ameno, repleto de curiosidades y anécdotas que no pueden dejar de interesar al lector curioso. Que los autores representados, algunos poco conocidos, se convierten en personajes en estas páginas, personajes carismáticos que estimulan la empatía del lector como ocurre con las reseñas biográficas de Maximo Gorki o Franz Kafka. Y que, si bien la escritura es algo deslavazada y el lector español echará en falta eso, españoles, no dejará de disfrutar esta lectura en la que los célebres, reverenciados, mitificados autores, aparecen con sus monos de trabajo manchados de grasa, el cabello desordenado, bolsas de cansancio bajo los ojos y las uñas llenas de mierda.

Escribir es un tic. Los métodos y las manías de los escritores. Francesco Piccolo, Ariel (2008) / Círculo de lectores (2009).

La escritura es una combinación original de devoción sagrada y mentalidad de empleado”. El librito de Piccolo es lo contrario que el anterior, y permítanme recomendárselo, encarecidamente. Frente a los “trabajos forzados” de Galateria, la cotidianidad del autor, sus rutinas de escritura, su método y sus manías. Aquí los escritores trabajan, con denuedo, en la escritura de libros. Creo que, si el libro de Galateria puede satisfacer algunos egos, éste puede acercar al escritor a sus lectores, lo humaniza y lo dignifica. Sí, el escritor se esfuerza día tras día. No, el escritor no se sienta en su escritorio cuando le apetece (cuando “está inspirado”) y escribe algunas páginas sin esfuerzo antes de regresar a su vida ociosa e, incluso, divina. Todo ello al margen de que pueda gozar con su oficio, claro. Eso sí ocurre, afortunadamente.

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May 03

Los autores irreverentes… o no tanto

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, El gabinete del dr. Mantell.
Etiquetas: , , , , , 3/05/2011

Tras tanto clásico (Real Madrid C. F. – F. C. Barcelona) despistante mas escasamente deslumbrante, por parte de ambos contendientes, y a la espera del último y más importante de los encuentros, ya va tocando el retorno a la vida real. Y nunca, como en este momento, ha sido tan palpable la atmósfera ficticia del fútbol. Cuatro son muchos partidos y, si el fútbol es siempre un espectáculo dramático, en esta miniserie se perciben varios aspectos narrativos que refuerzan este carácter teatral, que tan bien han representado Alves y Busquets. Hay una evolución de personajes, incluso, y hemos visto al héroe envilecerse y al villano adquirir trazas de doliente humanidad. Si hace unas semanas el Barça debía ganar por el bien del fútbol, se han vuelto las tornas y el Real Madrid, si bien no alcanza a representar la excelencia deportiva (con Mourinho es imposible), pone rostro estupefacto al Juego Limpio que reclaman los organismos futbolísticos, aunque no les guste y no hagan nada por conseguirlo. El cruce de denuncias, parte relevante de esta intensa película (no falta ni un Al Pacino vociferando y sobreactuando ante el jurado), se ha saldado con más injusticia, más dramatismo y más daño a este espectáculo que un día surgió del deporte. Vuelvo a recomendar la lectura de Juego sucio, y qué certero Declan Hill al advertir el poco ánimo de responsables y aficionados a la hora de reconocer que el fútbol está corrompido hasta lo más hondo; ahora bien, sigue pareciéndome imposible apagar la tele y alejar de mí este fraude tan flagrante en el que el vencedor está decidido de antemano. Lo intentaré pero, Mr. Hill, no puedo prometer nada.

Y ahora vamos con libros, que también tienen alguna importancia.

Los escritos irreverentes, de Mark Twain

Él no creyó que se pudiera publicar, y su hija Clara no creyó que debiera publicarse, pero hete aquí la sátira bíblica de Mark Twain, y hasta bien traducida al castellano por gentileza de Gabriela Bustelo y Enrique Redel, editor de la magnífica Impedimenta. Los escritos irreverentes no son un conjunto uniforme sino, pese a los esfuerzos de Bernard DeVoto (responsable de la primera edición en inglés que sigue Impedimenta) un irregular amasijo de textos paródicos que padece esta situación tanto como disfruta de la rutilante inteligencia de su creador.

No podía faltar, en la obra del gran satírico de un siglo eminentemente puritano, la demoledora burla de las flagrantes incoherencias religiosas; mas, bien por temor a la reacción del público o por dedicación insuficiente, alumbró Twain una obra inacabada, fragmentaria y, a ratos, mediocre. Por pasar ya el mal trago, el libro se estructura en tres partes (sin contar con la correcta Introducción a cargo de la traductora) de longitud, aspecto y alcance desigual: “Las cartas de Satán desde la Tierra”, “Los apuntes de la familia de Adán” y “Carta desde el Cielo”, siendo la mediana la medianía, a excepción de “La autobiografía de Eva”. Referida ya la sección que podemos esquivar, sin más explicaciones (fíense de mi criterio o pierdan el tiempo, a su elección), pasemos a las partes que hacen pertinente esta traducción y la presencia del título en los catálogos editoriales más allá de la celebridad del autor.

Satán, un personaje tantas veces simpático aunque tan sólo sea por llevar la contraria, es bajo la pluma de Twain un sarcástico subalterno de Dios, primo lejano del Usbek de Montesquieu. Ha viajado a la Tierra para conocer de primera mano el último capricho del Señor: el hombre. Desde nuestro mundo escribe cartas a sus colegas arcángeles, sin perder comba a la hora de burlarse de las prácticas y creencias piadosas del hombre, desde la recreación de un Cielo carente de todos los placeres humanos pero abundante en tormentos, a su idea de Dios, un ser que les fustiga con incansable crueldad pero a quien ellos se resisten a culpabilizar y, por el contrario, idealizan en la forma benéfica que todos conocemos. Es la pieza más demoledora y explícita del conjunto, en la que el recurso a la lógica presta argumentos al ángel caído, que mantiene el pasmo página tras página ante la tozuda ingenuidad humana.

“La autobiografía de Eva” es la parte salvable de una sección acertadamente denominada “Apuntes”, sin que por ello se libre de la fragmentariedad. En ella no sólo se burla de la lógica, ciencia que acababa de utilizar para aniquilar los postulados de la religión cristiana, sino también de la ciencia y del machismo que deja a la mujer en casa, con la pata quebrada. Ella y su marido no son sólo los primeros humanos, también (necesariamente) los primeros científicos, si bien su método es aún imperfecto y concluyen que el agua está formada por átomos de hidrógeno, oxígeno y leche. Aunque el objetivo dde Twain sigue siendo desnudar la incoherencia religiosa y el mito del Edén, al reseñar la sorpresa de la pareja original cuando descubren, en el curso de una de sus investigaciones, que los leones y los tigres son carnívoros, sólo que en el Paraíso están obligados a atiborrarse “de fresas y cebollas”, que no terminan de sentarles bien del todo.

Remata el conjunto una curiosa e hilarante carta celestial que la burocracia angelical dirige a Abner Scofield, “comerciante de carbones”. En ella se le informa del estado de sus cuentas morales con el cielo, con los premios y concesiones que el Cielo tiene con quien parece un buen cristiano (un “cristiano profesional”, de hecho). Se trata de una pieza brillante de paródico estilo administrativo, que centra ahora sus dardos no en la religión, sino en el falso creyente que pretende servirse de la oración para obtener ventajas y beneficios. Sin embargo, como toda sátira, esta carece de toda intención reformista. La sátira se destina al correligionario, que es quien puede reírse con esas bromas, pero carece de efecto sobre el blanco de las saetas. Nadie que sea objeto de burla, aunque tal burla tenga un objeto educativo, va a reconocerse en ella, y por ello el esfuerzo de Twain fue inútil, o en todo caso onanista. Twain afiló su ironía con el tajador de la lógica, pero ante la lógica la religión interpone el muro infranqueable de la Fe. Así pues, la obrita de Twain es ilustrada, pero no irreverente, porque en materia de religión no cabe la irreverencia, ni la blasfemia, si no las lleva a cabo un creyente insatisfecho.

Ficha del libro en Impedimenta

Cordero, de Christopher Moore

La nueva novela de Moore, que narra los años desconocidos u oscuros de Jesús (entre su nacimiento y su muerte, como se sabe) es francamente divertida. Todas las novelas de Moore son sólo eso, francamente divertidas. Pero me gusta el efecto que produce un hombre adulto y barbado riéndose a carcajadas, en un lugar público, con un libro en la mano. Si hay un acto inconformista que uno pueda hacer sin jugarse el pescuezo, es este.

La irreverencia de Moore se reduce a meterse con los ángeles (o con uno de ellos), pero eso ya lo ha hecho antes (El ángel más tonto del mundo); en cambio, su imagen de Jesús es bastante convencional, aunque aprenda artes marciales y faquirismo. La anécdota de la novela es el viaje de Jesús y su mejor amigo Colleja a Oriente en pos de una respuesta a una pregunta muy humana: ¿para qué estoy aquí? El irreverente, de los dos, es Colleja, quien es resucitado en nuestra época para que escriba su Evangelio, dado lo insatisfactorio de los cuatro aprobados por la Iglesia (Evangelios canónicos). Pero no vaya a esperar el lector un Jesús libidinoso, violento o, como sostienen algunos, terrorista (zelote); ni siquiera es el Jesús de los Evangelios apócrifos, casado y con hijos (aunque sí tiene hermanos).

Concentrando la irreverencia en Colleja, Morre escribe una novela irreverente que deja a salvo a Jesús de Nazaret, no tanto a las iglesias que dicen representarlo, y crea en el fiel amigo de Cristo un personaje entrañable, no tan gilipollas como le consideran los demás y superlativamente gracioso. Como el mismo autor reconoce, no pretende inducir la duda en las convicciones de nadie, no espera que ocurra y, si ocurre, no será tanto culpa suya como del lector inseguro de su fe. Lector que haría bien en tomarse esto como un buen chiste bien contado, porque no hay mucho más, aunque se le pudiera pedir.

Ficha del libro en La Factoría de Ideas

Los escritos irreverentes, de Mark Twain

Él no creyó que se pudiera publicar, y su hija Clara no creyó que debiera publicarse, pero hete aquí la sátira bíblica de Mark Twain, y hasta bien traducida al castellano por gentileza de Gabriela Bustelo y Enrique Redel, editor de la magnífica Impedimenta. Los escritos irreverentes no son un conjunto uniforme sino, pese a los esfuerzos de Bernard DeVoto (responsable de la primera edición en inglés que sigue Impedimenta) un irregular amasijo de textos paródicos que padece esta situación tanto como disfruta de la rutilante inteligencia de su creador.

No podía faltar, en la obra del gran satírico de un siglo eminentemente puritano, la demoledora burla de las flagrantes incoherencias religiosas; mas, bien por temor a la reacción del público o por dedicación insuficiente, alumbró Twain una obra inacabada, fragmentaria y, a ratos, mediocre. Por pasar ya el mal trago, el libro se estructura en tres partes (sin contar con la correcta Introducción a cargo de la traductora) de longitud, aspecto y alcance desigual: “Las cartas de Satán desde la Tierra”, “Los apuntes de la familia de Adán” y “Carta desde el Cielo”, siendo la mediana la medianía, a excepción de “La autobiografía de Eva”. Referida ya la sección que podemos esquivar, sin más explicaciones (fíense de mi criterio o pierdan el tiempo, a su elección), pasemos a las partes que hacen pertinente esta traducción y la presencia del título en los catálogos editoriales más allá de la celebridad del autor.

Satán, un personaje tantas veces simpático aunque tan sólo sea por llevar la contraria, es bajo la pluma de Twain un sarcástico subalterno de Dios, primo lejano del Usbek de Montesquieu. Ha viajado a la Tierra para conocer de primera mano el último capricho del Señor: el hombre. Desde nuestro mundo escribe cartas a sus colegas arcángeles, sin perder comba a la hora de burlarse de las prácticas y creencias piadosas del hombre, desde la recreación de un Cielo carente de todos los placeres humanos pero abundante en tormentos, a su idea de Dios, un ser que les fustiga con incansable crueldad pero a quien ellos se resisten a culpabilizar y, por el contrario, idealizan en la forma benéfica que todos conocemos. Es la pieza más demoledora y explícita del conjunto, en la que el recurso a la lógica presta argumentos al ángel caído, que mantiene el pasmo página tras página ante la tozuda ingenuidad humana.

La autobiografía de Eva” es la parte salvable de una sección acertadamente denominada “Apuntes”, sin que por ello se libre de la fragmentariedad. En ella no sólo se burla de la lógica, ciencia que acababa de utilizar para aniquilar los postulados de la religión cristiana, sino también de la ciencia y del machismo que deja a la mujer en casa, con la pata quebrada. Ella y su marido no son sólo los primeros humanos, también (necesariamente) los primeros científicos, si bien su método es aún imperfecto y concluyen que el agua está formada por átomos de hidrógeno, oxígeno y leche. Aunque el objetivo dde Twain sigue siendo desnudar la incoherencia religiosa y el mito del Edén, al reseñar la sorpresa de la pareja original cuando descubren, en el curso de una de sus investigaciones, que los leones y los tigres son carnívoros, sólo que en el Paraíso están obligados a atiborrarse “de fresas y cebollas”, que no terminan de sentarles bien del todo.

Remata el conjunto una curiosa e hilarante carta celestial que la burocracia angelical dirige a Abner Scofield, “comerciante de carbones”. En ella se le informa del estado de sus cuentas morales con el cielo, con los premios y concesiones que el Cielo tiene con quien parece un buen cristiano (un “cristiano profesional”, de hecho). Se trata de una pieza brillante de paródico estilo administrativo, que centra ahora sus dardos no en la religión, sino en el falso creyente que pretende servirse de la oración para obtener ventajas y beneficios. Sin embargo, como toda sátira, esta carece de toda intención reformista. La sátira se destina al correligionario, que es quien puede reírse con esas bromas, pero carece de efecto sobre el blanco de las saetas. Nadie que sea objeto de burla, aunque tal burla tenga un objeto educativo, va a reconocerse en ella, y por ello el esfuerzo de Twain fue inútil, o en todo caso onanista. Twain afiló su ironía con el tajador de la lógica, pero ante la lógica la religión interpone el muro infranqueable de la Fe. Así pues, la obrita de Twain es ilustrada, pero no irreverente, porque en materia de religión no cabe la irreverencia, ni la blasfemia, si no las lleva a cabo un creyente insatisfecho.

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Jul 22

En mitad de la noche un canto, de Jirí Kratchovil

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 22/07/2010

Finalmente no pude retomar Guerra y paz, demasiado atraso en tantas cosas. Pero tuve suerte con algunas lecturas, como la que presento hoy; no tanto con algunas películas. He visto el montaje del director de El reino de los cielos. Ridley Scott es un tipo algo excéntrico. Parece tener todo bajo control, orquestando proyectos desmedidos, para luego plagar sus películas de despistes inexplicables. Los gazapísimos de Gladiator son legendarios, quizá más célebres que sus más célebres escenas, como la batalla de Vindobona, espectacular -a pesar de errores de bulto como la carga de caballería en el bosque y de la cámara lenta final; por cierto que la estructura se repite en el asalto final a Jerusalén de Kingdom of Heaven- o el ridículo combate final con el heroinómano emperador Cómodo. Es capaz de filmar películas impecables como Los duelistas o Black Hawk derribado y, también, de perpetrar infamias como Un buen año o, precisamente, El reino de los cielos. Y es que la película no hay por donde cogerla, comenzando por su actor protagonista:  como dice el Mayor Reitman, “No puedes hacer que una lata de tomate actúe” -aunque estoy en desacuerdo con su crítica: no es una película histórica ni bélica, es una action movie ambientada en la época de las Cruzadas, con cierta intencionalidad política-. En su versión extendida, además, empeora. Los cortes, al contrario que en El señor de los anillos, estaban más que bien dados y, si acaso, eran insuficientes -yo habría cortado todos los primeros planos de Orlando Bloom-. Tampoco tuve suerte con otro de mis directores predilectos, Takeshi Kitano. Una de sus películas que me quedaba por ver era Minnā yatteru ka!, ignoro con qué título se la conoce en España, si es que se la conoce, porque dudo que haya llegado a ser doblada. La película, si se la puede llamar así, sigue las desventuras de Asao, el típico hentai japonés con una única obsesión: follar. Dada su insulsa humanidad, llega a la acertada conclusión de que debe apoyarse en objetos y virtudes externas, como un coche descapotable o un billete de avión de primera clase. En realidad, es una mera acumulación de gags, algunos ciertamente graciosos -para los que pillan el humor nipón- que recuerda más a la serie de Mr. Bean que a El verano de Kikujiro, Zatoichi o Hana-bi. No pude con ella. Así que me puse a leer, que es lo que me corresponde, ¿no?

En mitad de la noche un canto

Un “laberinto literario casi perfecto” es, para su traductora y prologuista Patricia Gonzalo de Jesús, este En mitad de la noche un canto, pero será fácil y regocijante para el lector perderse en este relato dedálico. En él, Petr, checo nacido en Brno, busca a su padre desconocido enviando cartas sin destino en una Checoslovaquia vigilada por la StB, un país que “necesita mártires como un parterre en flor abejas que lo polinicen” (p. 47). Cualquiera de los habitantes del laberinto puede ser un espía -para saber más de la afable secreta checa, léase Todos los colores del sol y de la noche, o visítese en Praga el Museo del Comunismo-: y éste es “un laberinto tan perfecto que no sólo se pierde en él todo aquél que entra, sino que es a la vez un laberinto que, como un gran animal paticojo, se levanta, se aleja renqueante y con el rabo borra las huellas que va dejando tras de sí, y así, todo lo que voy a relatar a continuación y que aún vas a oír tiene ya lugar sólo en las entrañas de ese animal ahora ya invisible, que camina, cojea y sigue borrando las huellas tras de sí” (p. 55).

Jiří Kratochvil trazó este inquieto laberinto en 1989, meses antes de la caída del comunismo checo, pero sólo fue publicado tras la Revolución de Terciopelo. Antes, el público checo había encontrado algunos de sus escritos en la célebre Samizdat. Al contrario que los cajones repletos de obras maestras que nuestros “antifranquistas” atesoraban, Ulises perseguidos por la cultivada secreta franquista, obras demasiado revolucionarias para la España dictatorial y aún para la historia de la literatura; demasiado todavía para la democracia, pues la llave sigue echada. En cambio y por fortuna, los cajones de Kratochvil se abrieron y, durante los noventa, cabalgaron irrefrenables hacia las librerías checas hasta seducir a autores rutilantes como Milan Kundera.

Kratochvil se confiesa admirador del célebre autor de La broma, pero quizá su obra recuerde más a Bohumil Hrabal y, si pensamos en imágenes, a Emir Kusturica. Porque los años de aquella Checoslovaquia -de su Brno natal- gris, tan distinta de la actual, el autor checo los cuenta a través de “mundos posibles”; Moravia aparece entre el costumbrismo y el sueño, entre la lírica y la violencia, entre Hrabal y Kafka -esa pulga sobredimensionada y asesina; ese padre, como el castillo, que no se puede alcanzar-, entre el posmodernismo y el cuento popular checo, permanentemente referido por el autor -y anotado por la traductora-. Entre la fantasía y la historia, porque sobre el fondo histórico de los “emigrados” -exiliados políticos- erige Petr su historia vital: “Fui concebido bajo un firmamento iluminado por proyectiles y con la tos asfixiante de los lanzacohetes katiusha como ruido de fondo”.

El mundo privado que crea Petr, desde su fantástica concepción a sus draculíneos poderes sobrenaturales, tiene su paralelo en la huida, ésta física, de tantos checos. Un fenómeno histórico que padeció el autor en sus propias carnes, pues su padre y su tío huyeron del totalitarismo comunista a principios de los cincuenta. Hay un fondo autobiográfico, pues, inseparable del histórico, por razones obvias. Pero, como buen posmoderno, Kratochvil deconstruye su propio pasado y el de Checoslovaquia, “por eso te lo cuento de esta forma: la narración como un sistema abierto, algo que aún se puede desmontar en cualquier momento y volver a montar desde el mismísimo principio de otra manera. Y esto es, no en vano, lo que siempre te ha interesado más de mis historias” (p. 148). Mas, por encima de la estructura, de las imágenes surreales, está la escritura, irónica y chispeante, rica en diminutivos y adjetivos en -il (pezgordil, relojil, murcielaguil), en jerga coloquial de Brno, juegos de palabras -muchas veces intraducibles-. Un elixir mágico, como la misma Europa central donde fue mezclado.

Publicado originalmente en El confidencial

La obra en Impedimenta:

“«Fui concebido bajo un firmamento iluminado por proyectiles y con la tos asfixiante de los lanzacohetes katiusha como ruido de fondo, y nací poco antes de la Navidad de aquel año que sería el último de la guerra y el primero de la paz.» Así comienza En mitad de la noche un canto, una alegoría universal sobre la infancia, la pérdida, la búsqueda del padre y de la propia identidad en la Checoslovaquia comunista. En el marco de una fantasmagórica ciudad de Brno, bajo la constante vigilancia de un kafkiano Ellos, nos introducimos en un laberinto de vidas al límite que se entreveran con los convulsos acontecimientos históricos que atravesará el país a lo largo de esas décadas. Fantasía y realidad, comedia y tragedia, lo mítico y lo grotesco se entremezclan en la historia de un hijo natural cuya vida está marcada por la necesidad de averiguar la identidad de su padre y, al mismo tiempo, en la historia paralela de un muchacho cuyo padre emigró durante su infancia y cuyos rastros también se perdieron.”

Una corta biografía

“Entre los autores que irrumpieron en el panorama literario checo posterior a 1989, la llamada «era post-Kundera», destaca por encima de todos Jiří Kratochvil. A pesar de haber permanecido inédito durante mucho tiempo, y de haber sido publicado únicamente de modo clandestino por el sistema del samizdat hasta la Revolución de Terciopelo, Kratochvil ha recibido más tarde diversos premios literarios de enorme prestigio: los premios Tom Stoppard (1991), Egon Hostovský (1995), Karel Čapek (PEN Club, 1998) y Jaroslav Seifert (1999), entre otros. Nacido en Brno en 1940, durante la época de la Normalización, que siguió a los eventos de 1968, Kratochvil se vio obligado a desempeñar todo tipo de oficios poco acordes con su vocación literaria, como operador de grúa, vigilante nocturno de una granja avícola o telefonista. En 1983 comenzó a trabajar en el centro regional de conservación del patrimonio, y en 1991 en el departamento de creación radiofónica de Radio Brno. Desde 1995 se dedica exclusivamente a la literatura. Kratochvil es particularmente conocido por su trilogía formada por La novela del oso (1990), En mitad de la noche un canto (1992) y Avion (1995), así como por su dilogía carnavalesca compuesta por Historia siamesa (1996) e Historia inmortal (1997). Muy influenciado por la obra de Milan Kundera y por el realismo mágico, su obra constituye una de las piezas clave del posmodernismo checo. Sus novelas y relatos, alejados de las técnicas narrativas tradicionales, contienen motivos grotescos, fantásticos, bizarros y misteriosos, y están casi siempre estrechamente relacionados con la ciudad de Brno.”

Ficha →

Palabra de Emilio Ruiz Mateo (La tormenta en un vaso)

“Que venga el libro electrónico y haga con nosotros lo que quiera, no vamos a negarnos a sus beneficios, pero que no perdamos el feliz hedonismo que supone siempre leer un Impedimenta.”

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Mar 11

La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons

Escrito en El gabinete del dr. Mantell, El museo.
Etiquetas: , , , 11/03/2010

Si es usted devoto lector de Cumbres borrascosas -o cualquier otro relato paramero y meteorológico-, Lejos del mundanal ruido o la obra de David Herbert Lawrence, mejor no siga leyendo. Porque, en esta divertida novela, Stella Gibbons emprende la cervantina tarea de aniquilar a la novelística romántica y bucólica, por medio de una ácida parodia y, ni la familia Brönte, ni Thomas Hardy, ni el autor de Hijos y amantes -éste por motivos diferentes, su supuesta misoginia-, entre muchos otros, salen bien parados. Como periodista obligada a lidiar tantas veces con los egos hinchados de los escritores más o menos de moda, más o menos prestigiosos, Gibbons dispone su venganza mediante un relato que, como debe ser, cuenta con todos los ingredientes del género a desmantelar, desordenados y alterados en sus proporciones, para lograr algo que, sin dejar de ser lo mismo, es bastante diferente.

La protagonista, Flora Poste, es una digna representante de la frívola aristocracia británica, capaz de zamparse con deleite una tartaleta de manzana con verduras -y con eso está todo dicho-. Acaba de perder a sus padres, lo que no tiene demasiada importancia porque apenas los conocía, siempre estaban viajando. Más relevante resulta el hecho de que no eran tan ricos como creía, y la pobre hija de Robert Poste hereda una ridícula renta y ninguna propiedad. Sin embargo, Flora no es una heroína llorona; su vida está regida por los pensamientos y directrices éticas del abate Fausse-Maigre, y siguiendo los sabios consejos de su obra -que Flora carga siempre consigo- El sentido común de índole superior, resolverá iniciar una vida de parásita, alojándose en casa de aquellos parientes que la acepten.

Escribe a varios, pero finalmente resuelve alojarse con los Starkadder de Sussex. Frente a sus otras opciones únicamente espantosas, ésta le parece, al menos, interesante; y porque algo le hicieron a su padre, Robert Poste -relacionado con una cabra viva o muerta-; y porque Flora tiene algunos “derechos”, aunque ignora cuáles sean. Además, según le asigna su amiga la señora Smiling, Flora tiene “el complejo de Florence Nightingale más repugnante que he visto en mi vida” (p. 36), pues imagina que “alguno de mis parientes está metido en algún lío o sufre alguna desgracia, y resulta que yo puedo echar una mano” (p. 36). Y ése es el argumento de la novela: Flora tratará de ordenar la vida en la deprimente y tétrica granja de Cold Comfort.

Una galería de personajes geniales, imborrables, caracterizados en función de sus excesos y peculiaridades más cerriles, como Meriam, sujeta anualmente a “los desastrosos efectos de la abundancia de los perfumes de parravirgen en las noches de verano demasiado largas” (p. 111); Amos, el predicador escatológico que evita cuidadosamente llamar a Flora por su nombre y prefiere los circunloquios como “pobre pecadora miserable que te arrastras por el fango”; Elfine, la asilvestrada doncella extraída de la novelística romántica, y que termina cambiando la poesía por el Vogue -“la atmósfera de ‘pajarillos silvestres revoloteando alrededor de una ninfa’ que envolvía a Elfine como un vapor pestilente” (p. 199); o la terrible tía Ada Doom, que vio “algo sucio en la leñera”, cuando no era mayor que un pajarillo, que marcará el destino familiar de manera ineluctable.

La hija de Robert Poste es una novela con varios estratos. El lector elige cuán hondo excavará, aunque para llegar a los más profundos necesitará un gran conocimiento de la novelística inglesa del XIX y de principios del XX, pues el texto está repleto de guiños y parodias. Se burla de algo tan ajeno al espíritu narrativo inglés como es la frase ampulosa y emperifollada, porque “tengo en mente a todos esos miles de personas que, al contrario que yo, desempeñan labores vulgares y sin sentido en oficinas, en tiendas y en sus hogares, y que no siempre están seguras de si una frase es literatura o bien una simple estupidez”; para facilitar las cosas, señala con asteriscos -dos o tres, según su calidad- aquellos fragmentos especialmente “literarios”, es decir, retorcidos, retóricos y recargados.

Una soberbia y amarga ironía, que cristaliza en las respuestas de Flora a sus rurales primos y al señor Mybug -trasunto de D. H. Lawrence- y lo esperpéntico de las situaciones permiten que, aún renunciado a la prospección “arqueoliteraria”, la novela se lea con fruición. Gibbons, que se consideraba “una principiante en el más encantador, difícil y perverso de todos los oficios”, se propuso divertir, y lo logró holgadamente; tan holgadamente que acabó escribiendo verdadera literatura, de esa que se asienta en la memoria y se recuerda con emoción.

Ficha del libro en Impedimenta

Publicado originalmente en El Confidencial

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Nov 13

El caballo amarillo, de Boris Savinkov

Escrito en El gabinete del dr. Mantell, El museo.
Etiquetas: , , , , 13/11/2009

Impedimenta reedita, traducido por primera vez del ruso –Andreu Nin lo hizo en 1931, pero desde el francés–, El caballo amarillo. Diario de un terrorista ruso, una suerte de memorias disfrazadas de novela escritas por el asesino revolucionario Boris Savinkov en 1917, durante su exilio en París. Allí, Apollinaire se refería a él como “notre ami l’assassin”, y es que, ante todo, Savinkov fue eso, un asesino, que narra en esta breve novela, estructurada con la apariencia de un diario, por un lado los preparativos para el asesinato del gobernador general de Moscú, el Gran Duque Sergei Alexandrovich –magnicidio acaecido el 4 de febrero de 1905, en la novela el 18 de agosto–, y por otro el “amor” adúltero del protagonista por Yelena.

Propangando la anarquía

La ideología, para George –trasunto de Savinkov; Nin consideraba esta novela un retrato “de cuerpo entero”, mientras que para James Womack, traductor y prologuista de esta edición, es una “caricatura de sí mismo”–, es menos que secundaria. George/Savinkov mata sin motivo, mata por matar, por la acción de matar, y por la muerte: “El amor no existe en el mundo, ni la paz, ni la vida. Sólo existe la muerte. La muerte constituye tanto nuestro halo de santidad como nuestra corona de espinas” (p. 108). La obra entera, que es en esencia una indagación –sin conclusiones– en la propia personalidad, trata de decirle al autor quién es en realidad. Pero los devaneos de George no llevan a lugar alguno. George es un psicópata que se ha topado con la vía revolucionaria y hace uso de ella para sus propios fines, para probarse, como Raskolnikov, y encontrarse.

De ahí la acusación de Vania: “Tú piensas que eres el superhombre. Y te crees que has encontrado la piedra filosofal, el secreto de la vida. Pero eso no es más que el camino de Smerdiakov” (p. 57). George está lejos de sus compañeros terroristas –y de toda la humanidad, dada su falta absoluta de emociones: “Existe una barrera entre ellos y yo. Es una frontera infranqueable. Y es una espada carmesí” (p. 183)–, porque, mientras que su vida se reduce a la lucha (p. 175) y la muerte (p. 73), porque no reconoce ley alguna (p. 85, p. 135), ellos abrazan diversos motivos emocionales para llevar los bolsillos repletos de bombas y balas.

Así, Fiodor se hace revolucionario por envidia; Heinrich por ingenuidad juvenil; Vania por fanatismo; y Erna por amor –motivos espurios que denotan el escepticismo de Savinkov hacia la Revolución, el mismo que siente hacia el amor y que se manifiesta con Yelena, con quien encuentra la horma de su zapato: padece una psicopatía tan sólida como la suya-.

George es, sin embargo, mucho más pragmático. Los revolucionarios están convencidos de la necesidad de la revolución. Pero en el ambiente no flota esa necesidad. Y es que los revolucionarios no son lamarckistas (“la necesidad crea el órgano”) sino darwinistas (“el órgano crea la necesidad”). George es más que consciente de ello: “No sé por qué no se debe matar. Y nunca entenderé por qué es bueno hacerlo en nombre de la libertad, pero no en nombre de la autocracia” (p. 27).

El caballo amarillo es el retrato nihilista de un psicópata, que encuentra en el asesinato su conexión con la realidad. La calidad literaria de la obra es indudable; desde el perfilado de los personajes, henchidos de vida en apenas unas pinceladas, al decorado, igualmente pintado con sutileza, pero especialmente el ritmo, que no se ve estorbado siquiera por las peroratas teológicas de Vania –la presencia apabullante de San Juan, tanto del Evangelio como del Apocalipsis, aportan una textura mítica y frofética que enriquece el relato-, hacen de la narración una lectura absorbente. Luego será el lector el que deba decidir si un asesino debe ser leído –la eterna cuestión de la moralidad de la literatura-, y si sus (sin)razones pueden interesarle.

Ficha del libro en Impedimenta

Publicado originalmente en El Confidencial

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May 28

El rival de Prometeo, de Sonia Bueno y Marta Peirano (eds.)

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 28/05/2009

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Y las máquinas heredarán la tierra. El rival de Prometeo. Sonia Bueno y Marta Peirano (eds.).

Dice el más famoso proverbio chino que tomemos precauciones ante nuestros deseos, porque podríamos verlos cumplidos. Desde tiempos inmemoriales el hombre anhela construir otros hombres, al margen del placentero método natural, por medios mecánicos. Esta antología de textos, que recoge ensayos, artículos y relatos, recorre el camino que el hombre ha seguido desde el siglo XVII para irse aproximando, lo más posible, a la consecución de un doble artificial, con todas las implicaciones filosóficas que ello tiene. No obstante, antes de ese momento el autómata ya figuraba entre los intereses del ser humano. Homero ya los mencionaba al servicio de Hefesto en La Ilíada; egipcios y griegos mostraron gran interés en las aves autómatas; y el tesoro de Chin Shih Hueng Ti contenía una orquesta mecánica. Ambas tradiciones, la aviaria y la musical, se sintetizarían en el gran constructor de autómatas del siglo XVIII, Vaucanson (págs. 39 a 53). Pueden encontrar una breve historia de los autómatas aquí.

Las editoras ponen el punto de partida en la doctrina cartesiana de la naturaleza dual del hombre: el cuerpo es una máquina perfecta, asimilable a un reloj o a un sistema hidráulico, pero animada por el principio divino del alma. Aunque no es cierto que el origen de la concepción mecanicista de la naturaleza humana esté en Descartes (págs. 31 a 38), la buena actitud propagandística del pensador francés, y su escasa inclinación a consignar el origen de sus ideas hacen de su obra foco recurrente de inspiración y referencia. A partir de ahí triunfó en la cultura popular el mito del relojero excelente que vende su alma al diablo para poder dotar de humanidad a su androide. El profesor Spalanzani de E. T. A. Hoffmann (págs. 151 a 207) es un claro ejemplo, pero muchos otros autores lo utilizaron, como Julio VerneEl maestro Zacarías–, Nathaniel Hawthorne –El artista de lo bello–, o Herman MelvilleEl campanario–. Por supuesto, no hay pecado mayor que la soberbia de equipararse a la divinidad y el precio es altísimo, como bien pudo comprobar Víctor Frankenstein. De todos modos, se necesita del concurso del Mal para alcanzar a Dios. El hombre, por ahora, es capaz de diseñar máquinas maravillosas, pero el aliento vital corresponde dárselo a seres sobrehumanos. Esto cambiará, aunque a La Mettrie (págs. 57 a 66) en su tiempo nadie le hizo caso.

El “pato cagón” (págs. 50 a 53) y el Turco (págs. 75 a 144) son sin duda los autómatas –no de ficción– más célebres de la historia. Y ambos resultaron ser un fraude. Aunque el Pato de Vaucanson era una máquina formidable, que graznaba, caminaba, aleteaba y comía, su principal reclamo –y motivo del chiste de Voltaire– era su capacidad para digerir y defecar el maíz que comía. Y el Turco era una figura capaz de vencer al ajedrez a casi cualquiera, incluyendo a Napoleón (págs. 123 a 126, con descripción de la partida) y a Benjamin Franklin –aunque el “Pequeño Cabrón” era un regular ajedrecista–. El Pato engañó a muchos, el Turco a bastantes menos, entre ellos a Edgar Allan Poe, que escribió un largo artículo refutando la autenticidad de las cualidades ajedrecísticas del muñeco (págs. 77 a 120). Y es que no es lo mismo cagar que pensar, si bien la mayor parte de los pensamientos no difieran mucho de… Del mismo modo que Vaucanson rellenaba el depósito fecal de su pato para que diera la impresión a los espectadores de un proceso digestivo, el Turco era operado, de manera ingeniosa, por algunos de los campeones de ajedrez de la época. Las tripas del Turco eran como el banquillo del Chelsea: el lugar que los mejores querían ocupar, pese al poco lustre.

Aunque hubo autómatas reales entonces, y maravillosos, como los músicos de Vaucanson, los más célebres –y ambiciosos– eran pura prestidigitación. Y es que las capacidades mecánicas del hombre no estaban del todo desarrolladas. El rechazo al Turco, además, era sintomático. El pensamiento se consideraba una exclusiva capacidad humana, y los autómatas sólo podían aspirar a simular una apariencia física de hombres. Pero poco a poco cunde la idea de que el ser humano no es más que una máquina hipercompleja, resultado de una larguísima evolución biológica –más las transformaciones sobrevenidas durante la vida, que no son poca cosa–. Ello hace rebrotar el temor existencial que provocaba el Turco: si somos mera maquinaria, por muy compleja que esta sea, ¿dónde queda el libre albedrío y la singularidad del hombre?

En el autómata, entonces, el hombre ve a su doble, ve “lo siniestro” (Freud, págs. 209 a 233). Se ve a sí mismo, o como se querría ver. Si el autómata no es equiparable, bien sea por su falta de autoconsciencia, de inteligencia o de calor, se refuerza “la complejidad e inaccesibilidad de nuestra propia condición”. Pero si el robot es igual a nosotros, si cumple con el test de Turing (págs. 317 a 361), se desencadena un problema existencial: en nada somos distintos de un cristal, de una ameba, de un reptil. De mi teléfono móvil. No somos algo único en la naturaleza. El ensayo toma aquí un rumbo nuevo pero igualmente siniestro: el camino hacia la máquina no ya igual que el hombre, sino mejor. El camino hacia la Singularidad (págs. 363 a 392), la pérdida total del control del hombre. El hombre, a pesar de todo, confía en dominar a criaturas más poderosas y perfectas que él, que sólo es frágil carne; ese es el intento de Isaac Asimov con sus Leyes de la Robótica (pag. 315). Sin embargo, demuestra Vinge que, con la aparición de la máquina autoconsciente entramos en un estado de Singularidad que escapa a nuestro control, así como a toda previsibilidad. Parece entonces que, el día en que nuestros sueños se cumplan, devendrán en pesadilla.

Ficha del libro en Impedimenta

Publicado originalmente en El Confidencial

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May 03

D. H. Lawrence: La virgen y el gitano

Escrito en El gabinete del dr. Mantell, El museo.
Etiquetas: , , , 3/05/2008

Esta novela, que a ojos del lector contemporáneo resulta de lo más inocente, ha padecido durante años el marchamo de la censura. Primero, porque su autor, D. H. Lawrence, no la pudo publicar en vida. Luego, porque publicada póstumamente fue emborronada y mutilada, a pesar de lo cual cosechó un éxito importante. La virgen y el gitano es un texto sencillo y entrañable, en el cual se recoge el pensamiento del autor de una manera evidente aunque no explícita. Yvette y Lucille son dos hermanas, hijas de un débil pastor anglicano y de una mujer fuerte –“aquella que fue Cynthia”– que renunció a toda convención y huyó, abandonando a su familia, en pos de una vida más plena. La pequeña Yvette, “una flor en la nieve” parece haber heredado esa rebeldía y por ello permanece bajo el atento escrutinio de la Abuela –asociada a la imagen del sapo–, aunque la joven virgen parece tener su corazón adormecido por la rígida moral familiar. Esto es así hasta que aparece el gitano que la acompaña en el título; pura fuerza viril al margen de la sociedad y de su moral, que afectará profundamente a la señorita, quien reconocerá en sí una forma de santidad, “la santidad de su carne” y que comienza a salir de su “letargo vigilante”. Es la irrupción misma de la vida, que se manifiesta a través de la atracción sexual como fuerza arrebatadora de la naturaleza –como se verá al final de la novela–, principio funfamental del que la sociedad, en general, y su familia, en concreto, han renegado. Una lectura deliciosa, acunada por la excelente traducción de Laura Calvo y la brillantez narrativa y psicológica de Lawrence.

Publicado originalmente en El Confidencial

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