El 1º de abril de 1939, las tropas rebeldes dan por terminada la guerra y por concluida la II República, aunque ya el 23 de febrero el nuevo Estado franquista era reconocido por Francia y Gran Bretaña. Miles de republicanos, comunistas y anarquistas abandonan la península por tierra, mar y aire, mediante el SERE o [...] [...more]
El 1º de abril de 1939, las tropas rebeldes dan por terminada la guerra y por concluida la II República, aunque ya el 23 de febrero el nuevo Estado franquista era reconocido por Francia y Gran Bretaña. Miles de republicanos, comunistas y anarquistas abandonan la península por tierra, mar y aire, mediante el SERE o por sus propios medios. A muchos les esperan campos de prisioneros en el sur de Francia y el norte de África, a otros un nuevo hogar en Hispanoamérica o la URSS. Todos ellos, con seguridad, se plantearon la cuestión que da título al libro, ¿por qué perdimos la guerra? Pero algunos, más lúcidos, se la habían planteado dos años y pico antes, el 19 de julio de 1936, fecha en la que ya dan por perdida la guerra o, al menos, liquidado el sistema democrático republicano.
Esta es la tesis que sostiene Carlos Rojas en este título, que fue editado por primera vez en 1970 y que Planeta presenta ahora reordenado y ampliado. En él, sesenta y tres hombres y mujeres, españoles y extranjeros, analizan las causas de la derrota republicana desde cuatro puntos de vista (capítulos 1 a 4) y reflexionan sobre el significado y consecuencias de aquella derrota (capítulos 5 y 6). La obra está constituida por seis capítulos que incluyen un ensayo histórico a cargo de Rojas y el testimonio de los protagonistas de los hechos -introducido por una breve biografía-; además de carteles de la propaganda republicana, fotografías de los antologizados, notas, una cronología de la guerra y bibliografía.
“Por un sarcasmo de la historia, la rebelión militar que se había urdido para impedir la revolución sólo vino a precipitarla”. Entre el 18 y el 19 de julio, la República cayó de manera efectiva, aunque se mantuviera como “símbolo de legalidad política ante el mundo” (p. 14). En el momento en el que se comete el error de disolver el ejército y entregar las armas a los partidos y sindicatos extremistas, la República está perdida. Para Rojas, la clave de la GC estuvo en Cataluña; allí estaba la mayor parte del tejido industrial, de la masa obrera y del músculo financiero, y creían que podría ser el lugar desde el cual se desequilibrase la balanza o, cuando ya la guerra estaba perdida, el lugar desde el cual iniciar la reconquista del territorio español, en cuanto las potencias occidentales entraran en razón y se decidieran a colaborar con el gobierno legítimo.
El capítulo primero reproduce textos de Prieto, Escofet o Companys, entre otros, quienes advirtieron la derrota de la República desde el principio del Alzamiento. En palabras de Claudi Ametlla: “El domingo por la noche, la derrota de los militares empieza a convertirse en la victoria de la revolución. El lunes es todo un hecho. (…) El presidente de la Generalitat capitula. Cataluña se entrega a la revolución. Franco no perderá la guerra” (pp. 35-36). Companys tratará de moverse a partir de entonces con ‘cintura política’, tratando de mantener el control de Cataluña, sin enfrentarse directamente al Gobierno itinerante. Lo cierto es que, como se señala en el capítulo 4, la Generalidad era un gobierno paralelo al de la República, como lo fue el Gobierno vasco hasta su caída. La República vivía varios conflictos internos (capítulos 2 y 4), luchas de partidos y tendencias (estalinistas y troskistas), luchas regionales.
La República se amaba y odiaba a sí misma, se autodestruía. En palabras de Manuel Azaña: “Bajo aquella confusión de frivolidad y heroísmo, de batallas verdaderas y paradas inofensivas, de abnegación silenciosa de unos y petulancia en otros, la obra sombría de la venganza prosiguió expandiendo cada noche su mancha repulsiva”. Además, mientras los rebeldes recibían amplio socorro de Alemania, Italia y Estados Unidos -en secreto-, la República sólo contaba con una reducida y carísima ayuda soviética que, además, en sus intentos por controlar políticamente al gobierno lo torpedeaba imprudentemente. “La República había resistido y pudo resistir más, pero como se firmó el compromiso de Múnich (…) las democracias cedieron a su enemigo [la primera trinchera] para que desde ella pudiera atacarlas” (José Antonio de Aguirre, p. 239). El pacto de no intervención, insensatamente propugnado por los ingleses, puso a la República en un brete y en grave peligro al resto de Europa.
Rojas aporta la historia; Azaña, Negrín, u Orwell aportan la ‘memoria’. Los textos tienen muy diferente valor histórico pues los hay más y menos próximos -en el tiempo- a los hechos y algunos, por tardíos, estuvieron mediatizados probablemente por otros testimonios o lecturas, sin olvidar los agujeros que los años hacen en el recuerdo. Pero es el testimonio de los protagonistas de los hechos, impregnado de conocimiento de primera mano y emoción por la gran oportunidad que España tuvo en aquellos años y que unos y otros se empeñaron en destruir: Carne sin norte que va en oleada / hacia la noche siniestra, baldía. / ¿Quién es el rayo del sol que la invada? / Busco. No encuentro ni rastro del día. (Miguel Hernández, p. 475)
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