Nov 30

Empezamos a podar la selva: La Critipedia

Escrito en Mirada de troodon.
Etiquetas: , , 30/11/2011

Internet es una selva. Este es un lugar común, mas no por ello una falsedad o una exageración. La información fluye desbocada, y si algo falta en esta maravillosa realidad alternativa es un filtro, una poda, una ordenación de los contenidos. Los buscadores, hoy por hoy, no resuelven el problema suficientemente, pues no alcanzan a discriminar la calidad e importancia de un contenido y la ordenación de la información muchas veces resulta caprichosa. Aunque también es cierto que han mejorado mucho y que mejorarán aún más.

En el campo de la crítica literaria sufrimos el mismo problema. Un problema secundario al inmenso beneficio que supone el fácil acceso a nuevas herramientas de comunicación libre, abundante e inmediata, pero que a la postre, y por exitoso, ha resultado problemático. Confuso. Confundente. Por ello, iniciativas como la de La Critipedia son motivo de celebración.

A pesar de su nombre es un blog, no una enciclopedia. Es una sección de El Coherente (no sé quienes son, por sus hechos los conoceréis), “pasquín literario de ambigüedades” y es, “en esencia, una web de enlaces que busca, ordena y da visibilidad a las críticas, reseñas y comentarios que sobre el mundo de libros se publican en español”. Es decir, dan un paso más allá del buscador y facilitan al interesado el acceso al diferente material crítico que sobre una obra se ha vertido a la red.

Sin embargo, se echa en falta más elaboración, pues si bien “busca, ordena y da visibilidad” a los resultados que caulquier buscador arroja, se detiene ahí. Quizá debiera honrar más su propio nombre y tender a una forma “wikipédica”, en la que no sólo se ofrezcan listas sino también resúmenes, comentarios y valoraciones de los contenidos seleccionados.

Con sus limitaciones, se trata de un paso necesario, un comienzo que, ciertamente (lo he experimentado en carne propia) da visibilidad a nuestros humildes esfuerzos críticos.

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Nov 08

Una nueva esperanza

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, K-Saurus.
Etiquetas: , , , , 8/11/2010

Escribía hace algún tiempo, cuando comenzó el estallido de los e-Reader, ahora realimentado con la irrupción del Tablet PC -especialmente el iPad de Apple-, que el e-book acabaría matando al escritor, al menos al escritor profesional, y mucho antes caerían las editoriales. A menos, escribía, que se inventara algo como el Spotify… Bueno, pues ya está aquí. Se llama 24symbols, es un proyecto español y estará listo en la primavera del año próximo.

Para entender cómo funciona, lo primero es conocer un poco a su modelo musical, Spotify. Se trata de una aplicación sueca para la audición de música vía streaming, es decir, sin descargar el tema a su ordenador, lo que limita la posibilidad de copia -pero no lo impide-. Este programa, gratuito o de pago a nuestra elección, funda su catálogo en acuerdos con las discográficas -podemos escuchar desde un aria de Schubert al último éxito de Lady Gaga-, por lo que es legal en todo caso, si bien algunos músicos han pedido que no se incluya su obra en la base. No es la panacea que va a resolver todos los problemas a la industria, pero es una brillante idea que ahora salta al mundo del libro, como antes lo hizo al audiovisual con Voddler -refrenen sus ansias, aún no está disponible en castellano-.

24symbols ofrecerá libros digitales para todo tipo de soporte, desde un ordenador de sobremesa hasta un móvil, a condición de que el aparato disponga de conexión a internet. Habrá, como en sus modelos, una versión gratuita con publicidad “contextual y no intrusiva” -¿como en las revistas?- y otra premium que, además de librarnos de las molestas cuñas, permitirá continuar leyendo off line. El precio de la suscripción aún está por decidir, pero calculan que cada trimestre cueste lo mismo que un libro en papel, unos dieciocho euros, seis por mes.

La claves del proyecto van a ser dos. Por un lado la distribución de soportes que, en España, aún va algo retrasada. Además, precisamente el aparato mejor diseñado para la lectura, el e-Reader basado en tinta electrónica, es el que presenta más problemas de compatibilidad, aunque solventarlos sólo parece cuestión de tiempo, conforme mejoren su conexiones a internet.

La segunda clave será la amplitud y profundidad de su catálogo. Spotify cuenta con una lista enorme de canciones contemporáneas, pero en cuanto a música clásica el aficionado puede quedar algo decepcionado. Es posible que a 24symbols le ocurra algo parecido, pues no dependen de ellos mismos sino de las titulares de los derechos de las obras, las editoriales. Éstas, monstruos pesados con una inercia genética enorme, llevan manteniendo un modelo de negocio que no ha cambiado en siglos, ni aún con la irrupción del libro digital, pues proyectos como Libranda reiteran la práctica editorial histórica: la venta del libro como objeto, ya sea analógico o digital.

Proyectos como este van en la dirección acertada. Internet ha llegado para quedarse y la industria cultural no puede quedarse cruzada de brazos confiando en que no es más que una moda pasajera y que todo volverá solo a su cauce previo. Y todo lo que sabíamos del consumo y del latrocinio y de su ética y su moral ha cambiado radicalmente, no porque los cínicos que defienden la piratería manejen argumentos válidos, ni porque la industria que se presenta como víctima no haya enseñado sus vergüenzas y abusos, en los que persevera con el mismo cinismo. Si 24symbols funciona, el escritor que quiera ganarse la vida escribiendo podrá seguir haciéndolo, y quien quiera colgar sus contenidos bajo etiquetas como Creative Commons, Copyleft o cualquier otra, no se ve perjudicado en modo alguno. Y el usuario verá aumentada considerablemente la oferta cultural, aunque no tenga acceso a todo en cualquier circunstancia.

Hoy nos movemos en un entorno saturado de publicidad, contra lo que nos advertían los maestros de la ficción distópica. Internet es un claro ejemplo, en el que la publicidad es agresiva y muchas veces hasta delictiva. Sin embargo, parece ser la respuesta a todos nuestros problemas. Pero eso será tema para otra ocasión. Mientras reflexiono sobre ello, me sentaré a esperar una invitación para 24symbols, que tengo ganas de catarlo.

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Mar 12

Atisbado en… El País: Letraproletarios

Escrito en Mirada de troodon.
Etiquetas: 12/03/2009

Si parece que a las editoriales la crisis no les iba a tratar del todo mal, parece que, al menos, a los escritores sí. No me abandonan Fobos ni Quentin Beck, y sigo asustado con el abismo que se abre en el futuro del escritor. Al final, la blogosfera va a terminar siendo la Tierra Seca de la escritura.

Letraproletarios

Por Manuel Rodríguez Rivero, El País, 11 de marzo de 2009.

Editores, distribuidores y libreros -entre otros agentes- forman parte esencial de la (todavía vigente) cadena del libro. Sin sus respectivas actividades y negocios se quebrarían los canales de comunicación que trasladan a la sociedad -es decir, a los lectores- las variadas creaciones literarias de los autores, que son quienes las imaginan y componen. Hasta aquí lo evidente. Pero seguramente uno podría imaginarse un mundo -en un futuro hipertecnológico, pero no necesariamente lejano- en el que todos ellos desaparecieran, o en el que sus respectivas funciones (producto de la división del trabajo del antiguo bibliópola) pudieran ser asumidas total o parcialmente por el elemento más creativo del conjunto.

Los autores -en el más amplio sentido, incluyendo a los traductores, o a los ilustradores en el caso de los libros infantiles-, en cambio, son imprescindibles: hasta donde puedo saber, todavía no se han inventado cyborgs con imaginación creadora y talento para expresarla por escrito. Ellos son, por tanto, la auténtica piedra angular de un sistema cuyas mercancías son también bienes culturales, y en el que las tensiones entre valor de uso y valor de cambio resultan particularmente significativas. En otras palabras, y más crudamente: sin autores no hay negocio, pero tampoco cultura escrita.

Pero, paradojas del capitalismo, también son el eslabón más débil de la cadena. Por supuesto, hay autores y autores. Y siempre los ha habido: no me refiero a su calidad o influencia (que también), sino a su papel como colectivo en el mercado. Desde que, a principios de los ochenta del siglo pasado, y en una coyuntura dinamizada por la progresiva eliminación de los corsés de la Dictadura, algunos escritores -al amparo de lo que se llamó “nueva narrativa”- consiguieron mayor visibilidad y un incipiente glamour avalado por el éxito económico y mediático, el público ha tendido a confundir como categoría lo que no deja de ser una anécdota: el hecho de que un grupo de escritores pueda vivir exclusivamente de su trabajo no significa que el conjunto no adolezca de una estrepitosa precariedad laboral.

Lo anterior me lo sugiere un reciente artículo de Le Magazine Littéraire titulado, muy a la francesa, Les écrivains, ces nouveaux prolétaires?, en el que se denuncia el alarmante deterioro económico del colectivo de escritores, alejado, en este caso, de todo glamour. Claro que existen instituciones -como, entre nosotros, Cedro (Centro español de derechos reprográficos)- que contemplan “ayudas asistenciales” para “situaciones de urgencia o necesidad”, pero lo cierto es que el oficio de escritor, por sus propias características, no participa automáticamente de los instrumentos de protección y cobertura de que gozan otras profesiones.

Y tampoco de las mismas oportunidades a la hora de participar en el reparto de la tarta que genera su trabajo. Ahí tienen, por ejemplo, el caso de Editis, uno de los gigantes editoriales (hasta hace poco) franceses. Cuando en 2008 Wendel se lo vendió a Planeta obtuvo una plusvalía de 350 millones de euros. Sus empleados consiguieron, tras las consabidas protestas y plantes, una “gratificación” a cuenta de los beneficios. Pero los autores -es decir, la materia prima del negocio- se quedaron igual que antes. Bueno, peor: cuando Wendel se hizo cargo de Editis (2004) sus directivos impusieron una política de austeridad y ahorro que afectó particularmente a los “colaboradores externos”, es decir, entre otros, a los autores.

Me llegan noticias, cada vez más abundantes, de que en el río revuelto de la omnipresente crisis-comodín muchos autores que no consiguen “el reconocimiento del mercado” en la misma medida que el núcleo minoritario de sus colegas más privilegiados, están viendo sustancialmente recortados anticipos, forfaits y regalías. Hay que hacer un esfuerzo (otro), les aseguran, porque los tiempos son duros. Pero para algunos mucho más que para otros, lo que tampoco es nuevo. Al menos en este oficio.

Lee el original en El País.

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Mar 01

Kindle Killed de Writer Star

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: , , , 1/03/2009

 

Hablan por mi boca Fobos, Bali y Quentin Beck. El fondo del saco del alma, la parte que no ve la luz y no quiere verla. Leo la euforia que producen los avances tecnológicos en torno al libro, especialmente el Kindle de Amazon, el súper libro, el Aleph que se compra por 300 dólares y nos hace invulnerables al látigo de la ignorancia. Lo leo y me aterro. Se va cumpiendo aquello que avanzó el raro de Iván Illich, de que la pantalla se comería al libro. La tinta digital (e-ink) es el veneno que faltaba. Vale, admitámoslo, un aparato basado en la tinta electrónica, capaz de contener toda nuestra biblioteca deseada, los miles de libros que queremos leer, es la panacea del lector que, además, cuenta con la potencia del hipertexto. Y la aparición del Kindle de Amazon puede ser el golpe definitivo: “el primer dispositivo que rompe la maldición del libro electrónico y lo convierte en algo que desplazará a la lectura de libros físicos en un segmento significativo de usuarios en los próximos pocos años” (Enrique Dans). No puedo negar que el libro electrónico favorece al lector. Lo hace. Al escritor, que parece una parte relevante en esto de la literatura, lo matará.

Los libros arden en el patio de Alonso Quijano.

Según Javier Celaya (editor de Dosdoce.com; uno de tantos Gmork de este Devorador que es el libro electrónico; otros son Michael Hart o Kevin Kelly), con el libro digital el autor recibe el 80% de los ingresos. No está nada mal, contando con que los ingresos pueden ser nulos -otros no son tan optimistas; José Antonio Millán tiene un artículo excelente a este respecto en su blog, donde señala un porcentaje menor: entre el 30 y el 40 %-. La mayor parte de nada sigue siendo la mayor parte, diría Pangloss. Más aún, este leibniziano editor considera que, frente a la esperable piratería, “hay tecnología suficiente para proteger la obra”. Eso mismo debían pensar las discográficas, antes de arrancarse los pelos a puñados. En su análisis, pierden sólo los intermediarios entre el tándem autor-editor y el lector, pero este dinosaurio, que es más de Heguesías que de Leibniz, ve la irrefrenable muerte del editor -sí, me atrevo a contradecir a Jason Epstein- y la más que posible del autor, aunque con matices. Escribir sólo escribirá aquél que lo desee por encima de todo, y siempre y cuando cuente con una forma de ingresos alternativa a la escritura, porque nadie -o sólo alguno- paga por lo que puede obtener gratis. Sólo aquellos que admitan escribir en sus ratos libres -nos perderíamos a Flaubert- o que vivan de rentas se podrían permitir la escritura. Esto vuelve a beneficiar al lector, o al menos no le perjudica más de la cuenta. Pero a muchos posibles escritores les refrena y limita, quizá de manera definitiva.

Portable Content

En cuanto a la posible desparición del libro de papel, dudo mucho que esto llegue a ocurrir. Pasará que el libro tradicional se convertirá en un objeto de lujo, de coleccionista, para enamorados no tanto de la lectura como del ente libro. Para quienes disfrutan de su olor y tacto tanto como de su lectura. Pero está claro que, conforme las generaciones se hagan progresivamente más geek, el papel se irá restringiendo cada vez más a círculos elitistas. Hablemos también de precios. Un ebook cuesta, para quien decida pagarlo, unos 9 dólares (Amazon). El mismo libro, el tradicional objeto de papel, barniz, cola, cartón e hilos, unos 12 dólares. La diferencia no es mucha -aunque hay casos en los que es mucho más barato-, pero con el ebook el soporte lo pone el comprador. Y, al margen de valoraciones personales, vuelve a aparecer el fantasma de Drake y sus modernos seguidores: el ebook puede estar accesible por nada. ¿Para qué pagar cuando puedo no hacerlo? Porque no hay diferencia alguna entre el libro electrónico sisado y el pagado, a diferencia del libro tradicional, que es algo sólido que ninguna versión pirática puede ofrecer.

Otro aspecto negativo es que el libro entra en la dinámica de renovación y obsolescencia informáticos. Cada dispositivo sólo lee algunos archivos, luego éstos cambian y el aparato, carísimo, deja de ser útil (Miguel Ángel Criado, diario Público). La aparición de nuevos soportes deja fuera de juego a los anteriores. El ordenador, sapientísimo y vertiginoso, que aún no hemos terminado de pagar, ya está viejo y no tolera el nuevo ingenio de Bill Gates. Y sin embargo la edición Príncipe del Quijote aún se puede leer, si te la dejan. Incluso la piedra de Rosetta se puede leer, si el lector sabe algo de griego; y tiene más de dos mil años, mientras que mis caducos disquetes hace tiempo que pasaron a peor vida.

Biblioteca del Trinity College (Fuente: http://artedfactus.wordpress.com)

Está claro que el libro electrónico no sólo es posible: ya está aquí, y viene para quedarse y hacernos la vida imposible. Pero, señores editores, no se suiciden. No colaboren con el régimen de Barbanegra y, de paso, entreguen a los honrados escritores a Grendel, que los va a dejar mondos y ni las plumas va a escupir. ¿Hay alguna esperanza? En mi opinión, Spotify ha sido un paso asombroso en lo referente a la música. Con Spotify se vuelve innecesaria la descarga ilegal de música. Sólo falta que haya algo parecido para cine y, quizá, libros, para que la piratería reciba un duro golpe. Porque confiamos en la naturaleza humana, bondadosa y cándida, en que prefiere “hacer lo correcto” -como en las series yanquis- antes que rapiñar. Espero que mi maestro Heguesías no se enfade por este arranque roussoniano.

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Oct 23

Leer en tiempos revueltos

Escrito en El museo.
Etiquetas: 23/10/2008

Con poco dinero en el bolsillo y una buena cortina de agua en la calle, el ocio se pasa en el hogar, y con un libro en las manos. Esto parecen los editores esperar que ocurra con esta crisis que se nos está viniendo encima, aunque habrá que esperar algo más para ver si las expectativas de la pasada Feria del Libro se cumplen o no.

Se congratulaba el pasado mes de junio Teodoro Sacristán, director de la Feria del Libro de Madrid, con el aumento de las ventas, “como mínimo” como el año anterior, sin que se notara la crisis que ya entonces comenzaba a mostrar sus primeros atisbos. Con igual optimismo ha afirmado el editor Jorge Herralde, en una entrevista a Efe, que “el libro tiene un valor de ‘refugio’, los libros no son caros pese a la ‘eterna cantinela’. Además, el auténtico lector necesita leer”.

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