Sep 30

Kurt Vonnegut: Un hombre sin patria

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 30/09/2006

Este es un libro sobre socialismo, pero a la antigua usanza: aquel llamado utópico, aunque bien podía denominarse heroico. Porque el socialismo es un humanismo, cuyo último pensador relevante fue Marx –no Engels, no- y que tuvo su origen, como casi todo, en Jesucristo, el filósofo estoico. El autor, Kurt Vonnegut, es presidente de la Asociación Humanista Americana, además de novelista y ensayista, humorista y ácido reprobador de la actual oligarquía norteamericana.

Una reclamación reiterada a lo largo de su obra es la necesidad de una limitación constitucional de la riqueza individual; los Padres de la Nación no pudieron prever que toda la riqueza iba a acumularse en tan pocas manos y la consecuencia ha sido la tremenda desigualdad social de la primera potencia. “Tanto el cristianismo como el socialismo propugnan una sociedad consagrada al principio de que todos los hombres, mujeres y niños son creados en igualdad y no deben pasar hambre” (p. 28). Sin embargo, en la sociedad norteamericana esto ya no se contempla, pese al cacareado cristianismo de Bush y su gobierno. KV reivindica a socialistas como Carl Sandburg, Eugene V. Debs o Powers Hapgood y, como ellos, encuentra su inspiración en el Sermón de la montaña sin el cual confiesa que habría preferido no ser humano.

Esta oligarquía ‘cristiana’ que controla los designios de EE. UU. y, por ende, los del mundo entero, es denominada “golpistas de opereta, cristianos con ‘k’ y personalidades psicopátas”. Son los ‘conjeturadores’, personajes que rechazan la información y el conocimiento y conjeturan partiendo de sus intereses privados, los cuales imponen a todos los demás con una actitud inflexible y displicente. Sus conjeturas provocan la deshumanización de propios y extraños -en Iraq no es sólo metafísica- y sin embargo el pueblo se echa en sus brazos -la norteamericana es una sociedad en la que hasta los pobres tienen sobrepeso-. De ahí que sea un hombre sin patria, que reniegue de ella aunque no de la gente. Al menos, el país que amaba no ha desaparecido: sobrevive en los estantes de las bibliotecas, guardado por frágiles pero empecinados bibliotecarios.

KV se vale del humor para aligerar la carga de un mensaje crítico inmisericorde. “A lo único que he aspirado es a propiorcionar a los demás el alivio de la risa” (p. 154); su humor es irónico o sarcástico, casi siempre ácido y pesimista, pues “muy pocos sueñan con un mundo para sus nietos”. Junto a la crítica social aparece su lamento por un planeta que se descompone por el abuso de la tecnología nuclear y de los combustibles fósiles; es un autor escatológico que ha destruído el mundo varias veces -congelado, por ejemplo, en Cuna de gato-. En la página 61 radiografía nuestra época: “todos somos adictos a los combustibles fósiles y nos negamos a reconocerlo. Y como tantos otros adictos al afrontar el mono, nuestros dirigentes cometen ahora crímenes violentos para conseguir lo poco que queda de lo que nos tiene enganchados”.

“Voy a ser artista. Voy a amar a esos americanos desheredados aunque sean inútiles y poco atractivos. Esa va a ser mi obra de arte”, proclama Eliot Rosewater en Dios le bendiga, Mr. Rosewater. Un autor debe estar irrevocablemente comprometido con la sociedad en que vive, y KV lo está, sin duda, de ahí su voz reprensiva y lacerante. Esta actitud gusta mucho al público europeo, que mantiene un complejo de inferioridad mal digerido respecto de los Estados Unidos. Y, sin embargo, la suya sigue siendo la sociedad más dinámica y creativa y también la más crítica consigo misma. En el ejercicio de la autocrítica está muy por encima de la media de Europa, tan encantada de haberse conocido –Francia como paradigma-. Un feroz ejemplo de ello es KV. Cristiano, ateo y humanista, no se calla y lo hace con gracia y hondura.

Un hombre sin patria se lee en un instante, y luego se aprovechan otros instantes para volverlo a leer. KV es un viejo gruñón a quien sin remedio acudimos a escuchar. Su ingenio, perspicacia e inteligencia, su mala leche y su vanidad, en la línea de Mark Twain o Groucho Marx, hacen de él un autor invencible que siempre nos proporcionará una jugosa idea o una sabrosa chanza con la que alimentar nuestro famélico intelecto. Y, además, la edición de Del Bronce es excelente.

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