Abr 14
El mundo bajo los párpados, de Jacobo Siruela
Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: Atalanta, ensayo, filosofía, Jacobo Siruela, literatura y ciencia, sueños14/04/2011
Siempre están ocurriendo cosas, eso es indudable, pero pareciera que en este comienzo de 2011 se han acumulado hechos históricos como para una buena temporada. Y no me refiero sólo a la sobreabundancia de Clásicos, que arrancan este sábado, sino a las revueltas libertarias del mundo árabe (a las que no estamos prestando la atención debida) y al maremoto de Japón o al Anuncio de Zapatero. Si el mundo se termina el año próximo, como dicen los mayas, debe estar entrenándose para la inusitada actividad que deberá acometer en apenas unos meses. Mientras el fin llega me inquietan más mis crisis intrahistóricas, mi inadecuada gestión del tiempo; me lo advirtieron, que los bebés no aman la literatura, pero no lo creí suficientemente. Ahora lo pago con angustia, pero de alguna extraña manera compensa. El misterio de la paternidad.

El mundo bajo los párpados
Todos tenemos uno, o dos, sueños recurrentes, que se nos presentan bajo apariencias diversas mientras dormimos o durante la vigilia. Soñamos con ese objeto o esa persona que nos obsesiona, con ese recuerdo lejano, ya casi olvidado, con ese futuro que no, no puede ser verdad. Estamos familiarizados con los sueños, porque todos, más o menos, soñamos. Sin embargo, nuestra conciencia moderna tiende a menospreciarlos. Nos han enseñado que los sueños vienen a ser los pedos de la digestión del cerebro, que, como el déjà vu, consisten meramente en errores del sistema nervioso y no dicen apenas nada de lo que somos, o de lo que nos rodea. Pero no siempre fue así. Los sueños guiaron los pasos de los imperios del pasado, y son conocidos los casos de científicos que soñaron la respuesta a sus problemas, como Kekulé; muchos individuos en el mundo antiguo y no tan antiguo se guardaban de dar un paso sin antes haberlo soñado, pues los sueños eran mensajes divinos que había que atender necesariamente, porque los dioses no hablan solo por parlotear, como un familiar al teléfono.
El mundo bajo los párpados es un ensayo que acerca información por lo general de difícil acceso, iniciando el recorrido precisamente en el olvido general del sueño como vía de conocimiento de la naturaleza humana. Renombrados autores, desde George Steiner o Walter Benjamin hasta Borges, han pedido una historia de los sueños que, sin embargo, está por hacer (y no es lo que se propone Siruela, sino más concretamente una “fenomenología de los sueños”); y eso que ya Hegel decía que “si reuniéramos los sueños de un momento histórico determinado veríamos surgir una exactísima imagen del espíritu de ese periodo” (p. 14). Material para acometer tal empresa abunda, nada más hay que reparar en la extensa bibliografía manejada por el autor, pero el problema es de índole epistemológica: no se concede al sueño derecho a formar parte de las fuentes del conocimiento.
Estamos dejando de lado uno de los caminos junto con la experiencia sensible, las emociones y la razón, de acercarnos a la complejidad de lo real y, especialmente, a nuestra propia complejidad. Así pues, los sueños vendrían a ser una ventana, durante largos años ciega, a nuestro interior y, a través de ahí, a la vastedad del cosmos. Hoy sabemos (creemos) que el universo es multidimensional y que el tiempo puede ser simultáneo, y eso no son fantasías cuartomilenarias de locos o necios o estafadores, sino “verdades” de la ciencia más avanzada. Y el mundo onírico tiene algo que decir al respecto. En la parte cuarta del ensayo Siruela hace referencia a los sueños premonitorios, uno de los fenómenos oníricos que todos queremos probar por cuanto tiene de fantástico y misterioso (y todos querríamos que Hipnos dictara los números del Euromillón, pero resulta que no funciona así). La precognición onírica está abundantemente documentada, pero el racionalismo grosero ha insistido en arrinconarla bajo el epígrafe de “hechos debidos al mero azar”. Sin embargo, grandes cabezas como la de Schopenhauer o la de Jung reconocieron que se daban con suficiente asiduidad como para intentar, al menos, explicar su existencia. Los sueños premonitorios informan acerca de la estructura del tiempo, si queremos creerlo.
La fenomenología del sueño muestra casos numerosos de sueños premonitorios, pero también de sueños compartidos y de de sueños inspiradores. Ello “nos sumerge en una especie de <<realidad poética>> que borra los límites habituales del mundo” (p. 28). El escéptico, sin embargo, tiene todas las armas del mundo contra esta aseveración. Por cada Cromwell que soñó, de niño, que sería rey de Inglaterra, un millar de Smiths también lo soñaron (pero, al seguir de herrero toda su vida, nunca trascendió); por cada dios que contó en sueños a Aníbal la gran estrategia de su ataque, diez generales le aconsejaron que informara de sus planes a las tropas como si hubiera soñado, a fin de que lo tuvieran en mayor consideración. A pesar de todo, ante un cambio de paradigma (que se viene esperando desde hace cien años pero no termina de llegar) el escéptico, es decir el inamovible, suele disponer de los mejores arsenales para acabar repitiendo la hazaña de Saigón. Siruela, en la línea de Jung y de otros autores citados en el libro, propone iluminar de nuevo el mundo con una luz quizá espectral, pero perfectamente natural en cuanto que surge de nuestro yo más íntimo (y con la que los antiguos se alumbraron sin menoscabo). “Sin embargo, nuestra cultura extrovertida vuelve la espalda a este hecho y deja que la inmensa riqueza que atesora la noche se pierda en la intempestiva sombra del olvido” (p. 64).
El volumen consta de cinco partes, pero a donde parece querer llegar el autor es a la última. La muerte es el territorio ignoto por antonomasia, el lugar inaccesible que todos quieren explorar, eso sí, con billete de retorno. Desde los tiempos más antiguos se asocia el dormir y el morir; así, en la mitología griega el sueño (Hipnos) y la muerte (Tánato) son gemelos, subterráneos y vecinos. A todos nos ha asaltado alguna vez la inquietud ante un rostro dormido, por la semejanza del durmiente con el muerto. Y es que el sueño (como el orgasmo, la petite mort, léase a Julius Evola si hay valor) es, analógicamente, un “morir en vida”, algo que formaba parte de la experiencia vital de los antiguos y les facilitaba el tránsito hacia el más allá.
“La huida constante de la muerte es la evidencia más sangrante del fracaso existencial del mundo moderno. El gran espíritu extrovertido, impulsor de las más brillantes conquistas del conocimiento, contrasta vivamente con la falta de sentido que se respira en todo el mundo que ha creado, y el punto en el que confluyen todas las coordenadas de esa dolorosa pérdida de significado se condensa en la ansiedad que produce esperar la muerte. Sin una visión espiritual de nuestra condición perecedera, la vida gira ciegamente sin eje. Los sueños del ego crecen, se multiplican, y se hacen tan grandes y ocupan tanto lugar que no dejan ningún espacio de silencio para iniciar siquiera un diálogo con nuestro ser interior, que se encuentra en la otra orilla, allí desde donde brotan los mitos, los sueños y las experiencias íntimas con la otredad. Vestigios de una consciencia opaca, subyacente y atemporal. Nada de lo que cuenta ésta ofrece la más mínima certidumbre empírica, sin embargo, está llena de sentido, pues proclama una verdad interior que sólo el alma puede entender” (p. 307).
Las ideas expuestas en El mundo bajo los párpados me han resultado tan impactantes como sugerentes. Por un lado me resisto a abandonar posturas que reconozco como sencillamente cómodas. Es cierto que la ciencia deja espacios ignotos en donde no puede ofrecer respuesta. No obstante, ha acreditado su capacidad de responder a las inquietudes del ser humano, ocupando progresivamente los viejos agujeros, mientras en su expansión va creando nuevas oquedades que, temporalmente, se rellenan con otras explicaciones. Por otro lado, la necesidad emocional de encontrar un “algo más” a la realidad, que comparto, se ve satisfecha con la propuesta no dogmática ni fantástica, sino racional, flexible y equilibrada, que Jacobo Siruela desgrana en este ejercicio de erudición e ilusión que no puedo menos que recomendar a toda mente inquieta y no monolítica.
Sobre el libro:
Elegido entre los diez mejores libros 2010 de la revista “Qué leer”.
Elegido en segundo lugar en el apartado de ensayo de los mejores diez del 10, de “Babelia”, El País.
En séptimo lugar en la lista de los destacados de 2010 del periódico Reforma de México.
El mundo bajo los párpados, Jacobo Siruela, ed. Atalanta. 352 págs., 23 €
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Imaginatio vera |
14×22 Cartoné 352 págs 23,00 euros |
Elegido entre los diez mejores libros 2010 de la revista “Qué leer”.
Elegido en segundo lugar en el apartado de ensayo de los mejores diez del 10, de “Babelia”, El País.
En séptimo lugar en la lista de los destacados de 2010 del periódico Reforma de México.






























El texto de la solapa: