Un relato de factura aparentemente encaminada para niños y jóvenes puede terminar haciéndose un hueco en las estanterías de los adultos, como ya hemos visto con el fenómeno Potter y otros anteriores como El mundo de Sofía. Eso quiere decir que no hay un abismo entre la infancia y la edad adulta, y que el [...] [...more]
Un relato de factura aparentemente encaminada para niños y jóvenes puede terminar haciéndose un hueco en las estanterías de los adultos, como ya hemos visto con el fenómeno Potter y otros anteriores como El mundo de Sofía. Eso quiere decir que no hay un abismo entre la infancia y la edad adulta, y que el niño sigue en nosotros tanto como el incipiente adulto ya está en el joven. Este tipo de novelas puente consiguen superar, al menos durante el tiempo que ocupa su lectura, el tan manido conflicto generacional y procurar una atmósfera de cohesión entre lectores de muy diversas edades y experiencias. Ello remite también a los antiguos cuentos, que no sólo eran leídos a los niños sino que los adultos los escuchaban con similar atención, pues todos ellos desgranaban claves de orientación que, en comunidades orales, eran el único método de cohesión entre generaciones y aún épocas.
Cuando Siruela encargó a José María Guelbenzu la edición de Cuentos populares españoles, éste retomó el contacto con aquella escritura sencilla pero profunda que había educado a incontables generaciones de antepasados nuestros y nació en él el deseo de escribir algo parecido para su hijo, a quien va dedicado el presente volumen. En este lúcido relato, dos hermanos se encuentran en una fase crítica de su desarrollo: Pedro -el hermano mayor- se adentra en la adolescencia, con sus luces y sombras, mientras que Claudia, unos años menor, ve peligrar la afectuosa y próxima relación que mantiene con su hermano. Juntos emprenderán un camino entre el sueño y la vigilia en el que la niña se enfrentará, de la mano de Pedro, a los temores que a éste le acosan en el momento de cambio que está viviendo.
La noche del solsticio hiemal, Claudia despierta asustada, pues ha oído quejidos y lamentos en la habitación de su hermano. Están solos en casa, así que la niña no puede recurrir a nadie más que a sí misma; lo encuentra tenso, retorciéndose en el lecho y farfullando aunque alcanza a distinguir una súplica de auxilio. Sólo la compañía y el contacto de su hermana lograrán tranquilizarlo en las sucesivas pesadillas, que irán creciendo en intensidad mientras que la niña irá encontrando dentro de sí el valor para seguir a su hermano al terreno de los sueños, donde libra una terrible batalla, dado que él también trata de encontrar su propio valor para acometer los retos a los que va a tener que enfrentarse. Entretanto, en el mundo de los sueños, otro Pedro se adentrará en el Bosque Tenebroso, viaje iniciático paralelo al anterior, para el que contará con la ayuda de una ninfa. La narración se desarrollará, pues, en dos planos, al modo de La historia interminable.
Este cuento pone en juego la tradición mítica que asocia a lo femenino con la noche y a lo masculino con el día. Es por ello que, sin la ayuda de su hermana, Pedro se muestra incapaz de superar sus pesadillas y cumplir la misión que le ha sido encomendada:
“-¿Cuál es mi naturaleza? – La vida –respondió ella- para mí es la noche y la noche para ti es el sueño; tu naturaleza aquí es la del sueño, no la de la vigilia. Te has internado equivocadamente en un lugar que no te reconoce tal como eres a la luz del día (p. 127).”
Así pues, Claudia, poder femenino/nocturno deberá introducirse en la cabeza del durmiente y orientarlo en el sueño, pues es su territorio, en el que goza de más poder. La situación del durmiente es siempre de debilidad. Ignorante de lo que ocurre a su alrededor, depende de vigías y protectores; más terrible es que la amenaza more en el mismo sueño, como nos descubrió Freddy Krueger y aquella horripilante cancioncilla -“Freddy está en mis sueños, también en los tuyos”-. La indefensión del durmiente impulsará a una niña a extraer valor del cariño, aunque no cuente con más ayuda que la de su extravagante abuelo. Esta es otra figura mítica, que tiene también su contrapartida en el sueño; el anciano sabio que orienta al héroe mediante acertijos, aunque aquí no sea infalible como no lo era el Merlín con el que se identifica.
Son muchos los ingredientes de la tradición mítica que Guelbenzu pone en este relato. La importancia del destino, simbolizado en la carta blanca o el anillo, es uno de ellos. Otro, muy importante, es la necesidad de rebasar los límites de lo permitido para alcanzar el conocimiento, aunque como bien sabe Adán, eso tenga un precio, generalmente altísimo. Ya se trate de adentrarse en un bosque prohibido o en terra incógnita, de quebrar las leyes de la mecánica newtoniana o de realzar un documento olvidado, para avanzar se deben violar algunas reglas. Ello parece ir contra el más elemental sentido común pero aunque haya que asumir riesgos sólo de esa manera la humanidad ha podido prosperar. Eso mismo ocurre en la travesía del desierto que es la adolescencia, algo que se refleja claramente en el personaje de Pedro y su actitud hostil hacia su familia.
Su victoria en el campo del sueño tendrá un precio: “Ciertas cosas se pierden cuando se ganan otras; la inocencia sólo nos la regalan durante una temporada: de ahí en adelante, la vida es otra cosa” (p. 272). El cambio es un proceso inevitable pero no por ello indeseado. Es el fundamento de la vida, mas hay que vivir para entenderlo -‘vivir’ entendido en sentido pleno-.
Guelbenzu ha construido una historia que, según dice, se lee con la imaginación. Una historia en la que niños y adultos encontrarán suficientes fragancias como para encontrarla satisfactoria. Un libro que se podrá regalar a hijos o sobrinos con la tranquilidad de ofrecer buena literatura, de la que abre la puerta a un mundo nuevo; pero convendría también que el adulto le echase un vistazo y recordara, sumergido en sus páginas, que se puede soñar y que las viejas historias y sus símbolos pueden abrir también en nosotros la posibilidad de cambio, pues los adultos también tenemos la posibilidad de cambiar y, así, continuar viviendo.
Ir a El confidencial…