Nov 28

Paprika, de Tsutsui Yasutaka

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , , , 28/11/2011

El otoño vivifica. Será el frío, el aroma de leña en los Austrias, o la luz madura y melancólica, calmada su agresividad estival. También se ha de condensar el ansia en días más cortos, más intensos. Enseguida vendrán las prisas, los agobios, la desesperación; por suerte, eso encoge. Ojos de niño se abren despacio.

Junto con Miyazaki Hayao, fue Kon Satoshi el director de animación más célebre que ha dado Japón al mundo (con permiso de otros grandes como Otomo Katsuhiro o Anno Hideaki o Takahata Isao); el mundo ficcional de Kon es mucho más amargo y duro que el de Miyazaki y su público más adulto. A Kon le interesaba ese fondo oscuro de la mente humana, ignoto y muchas veces tenebroso, y si en Perfect Blue abordaba el asunto de la personalidad doble, en Paranoia Agent el sentimiento de culpa reprimido. Así pues, no es raro que fijara su atención en Paprika, la esperadísima (al menos por mí) novela de Tsutsui Yasutaka sensei. La adaptación de Kon ha tenido una aceptable difusión en Occidente, la mejor del malogrado director nipón, mas quienes se conformen con visionar la (por otra parte excelente) versión animada, se van a perder una experiencia fantástica, en todos los sentidos del término.

Sin embargo, Paprika, la novela, ha de enfrentarse a varios obstáculos para ser reconocida en su justa medida por el público español. Uno de ellos, arriba mencionado, es la existencia de una versión animada (para 2013 se espera otra adaptación cinematográfica, a cargo del desacreditado Wolfgang Petersen). Ello implica una sospecha de infantilismo, totalmente infundada, que acompaña habitualmente a la ficción popular japonesa: en occidente, y en España con mayor intensidad, los dibujos animados y los tebeos (y más si son nipones) son cosa de niños, adolescentes y peterpanes y frikis. Sin contar con que potenciales lectores, perezosos, renuncien a la lectura de la obra madre y se conformen con la adaptación. Pero Paprika no tiene nada de superficial. Maneja temas profundos y complejos, tanto como la dimensión psicológica humana, y la escritura de Tsutsui-sensei tampoco es precisamente infantil. Por otro lado, Kon realizó una adaptación libre, y de la novela apenas conserva el título, una síntesis general y la abrumadora belleza de la protagonista. Todo lo demás pertenece al mundo ficcional de Kon.

Tampoco la ciencia ficción ha contado, tradicionalmente (aunque eso está cambiando), con un reconocimiento cultural apropiado. Se la tiene por un género menor y juvenil, pues el grueso de su producción lo es sin la menor duda. No se mide por el contrario por el mismo rasero a la novela romántica, que sufre similar engordamiento por obras mediocres, pero cuando una novela romántica “seria” hace su aparición se la mantiene a salvo de sus parientes tontos y recibe un juicio ajustado a sus méritos (hablando en general, claro). A pesar de todo, la ciencia ficción ha demostrado ser capaz de enfrentar algunos de los conflictos contemporáneos más graves, especialmente los relacionados con la sobretecnologización de las sociedades industriales desarrolladas, pero también otros de índole política o psicológica. Es cierto que no suelen ser novelas de personajes (en las que la acción depende de los procesos internos de ellos, y no al revés) pero eso es una característica, no un defecto. Los personajes no son ajenos al entorno, lo afrontan y sufren y resultan afectados por él.

Paprika no es pues una obra sencilla y superficial, sino compleja y profunda, y la índole de esta complejidad será otro de los obstáculos de su camino, pues los temas que trata resultan ajenos al lector profundo convencional: son asuntos científicos y psíquicos, cuando éste se encuentra más habituado a asuntos filosóficos y emocionales, es decir, “de letras”. Pero ya sabemos que la distinción artificial entre “ciencias” y “letras” está muerta. Dejémosla pudrirse. Si bien la raíz de la crítica de Paprika es sociológica, es la complejidad y el (des)conocimiento de la psique humana el motor y principal reclamo de la novela.

No he ofrecido una sinopsis de la obra. Los doctores Chiba Atsuko y Tokita Kosaku del Instituto de Investigación Psiquiátrica de Tokio están a punto de recibir el Premio Nobel por sus investigaciones de los trastornos mentales mediante una nueva tecnología que permite penetrar en los sueños de los pacientes, verlos, grabarlos e, incluso, intervenir en ellos. Sin embargo, el problema científico no es el único al que se enfrentan. Cuando les roban el nuevo y poderosísimo dispositivo conocido como Mini DC salen a la luz los movimientos conspiratorios con los que algunos miembros del Instituto tratan de hacerse con su control, para desde ahí imponer su visión de la ciencia y del mundo. La doble vida de la doctora Chiba, que actúa como detective de los sueños bajo la identidad secreta de Paprika, complica la situación, pues dichas actividades son delictivas y puede ser denunciada en cualquier momento (con lo que debería renunciar tanto al Premio como a sus investigaciones), pero al mismo tiempo su relación con varios personajes poderosos, a los que curó como detective de los sueños, la protegen de cualquier ataque de este tipo y resultarán claves en el enfrentamiento con el villano doctor Inui.

La raíz sociológica a la que me refería es esa confrontación de las dos cosmovisiones opuestas (con sus respectivas concepciones de la ciencia) de Chiba y Inui. Aunque su origen sea filosófico, se manifiesta de varias formas. No sólo las consabidas envidia, codicia, ambición y ansia de poder, que saltan rápidamente del individuo al grupo, primero la pareja (Inui y Osanai), luego el caudillo y sus acólitos, por fin el líder y la masa; también se manifiesta en el duelo sexual entre la doctora Chiba y el doctor Inui, con sus amantes en la trinchera, y no menos claramente en la dimensión onírica, en los sueños. Porque esta es una novela que se desenvuelve a medias en la vigilia, a medias en el sueño y, al fin, en un territorio mixto. He ahí el origen de su encanto, aunque el thriller y el erotismo cumplan su parte admirablemente.

En el mundo de los sueños, que lejos de la realidad compartimentada individualmente que imaginamos resulta ser un cosmos amplio, compartido, Chiba e Inui se comportan de maneras divergentes. Paprika lo recorre con curiosidad y generosidad, y como premio recibe satisfacciones no sólo cognitivas. El doctor Inui, en cambio, persigue en todo momento su satisfacción individual. El sueño, nuestro talón de Aquiles como bien sabía Freddy Krueger (porque ahí aún somos niños de teta), es explotado por Inui y sus seguidores para sus bellaquerías, y a través de él su maldad se desborda revelando la endeblez del mundo de la vigila, meramente subsidiario del onírico.

Y finalmente, el desenlace godzillesco, muy japonés. Ah, y salen sociedades secretas.

Ficha en la editorial Atalanta.

Entrevista con Tsutsui-sensei.

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Oct 21

Cuaderno de noche de Inka Martí. Guía de lectura

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , 21/10/2011

Me abruma la cantidad de trabajo atrasado. Miro por la ventana, deseo escapar. No lo hago. Sigo un poco más, en realidad me lo estoy pasando bien. Enseguida me tomo un descanso. Pero ojeo las notas acumuladas, los libros por leer, y vuelvo a mirar por la ventana. Sigo escribiendo.

Reseñar un libro de sueños es parecido a reseñar un diario. ¿No? ¿Es lo mismo? Es algo como poco tan extraordinariamente íntimo, quizá más, pues cuando anotamos, al final del día, los sentimientos y reflexiones que los hechos vividos nos han susctiado, somos conscientes de que alguien puede leerlo. Es un fetiche habitual, con su candadito dorado, y pocos se pueden resistir a echarle una ojeada si se presenta la ocasión. En cambio, cuando soñamos estamos seguros de que nadie podrá intervenir ni espiar. Ni nosotros mismos, generalmente, podemos – porque no controlamos lo que sucede, porque lo olvidamos –. Por eso, a nada que Inka Martí se haya limitado a trasladar, sin aditamentos, sus sueños al papel, podemos estar seguros que nos entrega un pedazo muy secreto de su corazón. Y eso es material delicado, muy delicado.

Aquí no compete evaluar el interés o la intención. Nadie obliga a leer un libro así, ni siquiera el crítico puede sentirse obligado, por ser una obra que se sale tanto de lo común – aunque no es única –. Podemos considerar indecente el ejercicio, pero deberíamos guardarnos esa opinión para nosotros, alejándonos del libro. No es que sus sueños se emitan en horario de máxima audiencia. Es sólo un libro más, entre una miríada de novedades y piezas de fondo. Acceder a él y abrirlo, leerlo, supone asumir un acuerdo especial, diferente al de cualquier otro libro. Al hacerlo, renunciamos a una serie de privilegios corrientes en el pacto entre autor y lector, y asumimos otros.

El primero es la sinceridad. No podemos pedirle a ningún autor que sea sincero, ni siquiera en sus diarios; suelen bastar un par de páginas para advertir que, cuando los escribía, el famoso novelista o reconocido poeta ponía sus ojos en los potenciales lectores, no en el sagrado acto de trasladar su yo al papel. El quid de la literatura es la insinceridad, aunque se haya escrito bella palabrería al respecto. Sin embargo, al abrir Cuaderno de noche contamos con que su autora haya sido sincera. Lo contrario sería traición.

Hemos de renunciar al derecho que siempre asiste al lector de criticar la obra, analizarla y evaluarla. Lo cual no quiere decir que los sueños carezcan de contenido o significado. Sólo si, expresamente se nos solicita, podemos hacer tal cosa con una confesión íntima. Un lector, olvídense de la bella palabrería, no es un confidente.

No es necesario leerlo de cabo a rabo, ni de una sentada, y un alma poética, verdaderamente poética, se limitaría a conservarlo, a atesorarlo sin abrirlo, sin retirar su retractilado. Como un cofre del tesoro, emanando misterio por los siglos de los siglos.

Cuando leemos una novela, o un libro de cualquier tipo, no se nos exige una participación especial. Con ello quiero decir, si soy capaz, es que no se nos pone en la tesitura de idear nosotros mismos una historia o investigar un acontecimiento o lo que sea, como si fuera una cadena de relevos. Tampoco se nos exige lo contrario. En cambio, la lectura de Cuaderno de noche sí exige, al menos, una autoexploración onírica, si bien no su escritura y publicación. Exige que el lector, a la luz del ejemplo recibido, se replantee la relación con los propios sueños y los resitúe en la escala de valores. Y que sueñe, o que sea consciente de hacerlo.

No nos es lícito envidiar. Sí lo es, en cambio, hacerlo con la capacidad de un autor para expresar emociones con color, pensamientos con claridad y acciones con fluidez, así como envidiar su talento para crear belleza con palabras. Resulta absurdo envidiar la hermosura de los sueños ajenos.

El lector debe agradecer. No cabe hacerlo con obra alguna de autor alguno, pues se escribe por motivos egoístas – nuevamente, dejemos de lado la bella palabrería –. Sin embargo, debemos agradecer a Inka Martí que nos haya hecho partícipes de su mundo onírico, del rincón más secreto de su corazón.

Cuaderno de noche, editorial Atalanta

Entrevista con Inka Martí

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Abr 14

El mundo bajo los párpados, de Jacobo Siruela

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , , , 14/04/2011

Siempre están ocurriendo cosas, eso es indudable, pero pareciera que en este comienzo de 2011 se han acumulado hechos históricos como para una buena temporada. Y no me refiero sólo a la sobreabundancia de Clásicos, que arrancan este sábado, sino a las revueltas libertarias del mundo árabe (a las que no estamos prestando la atención debida) y al maremoto de Japón o al Anuncio de Zapatero. Si el mundo se termina el año próximo, como dicen los mayas, debe estar entrenándose para la inusitada actividad que deberá acometer en apenas unos meses. Mientras el fin llega me inquietan más mis crisis intrahistóricas, mi inadecuada gestión del tiempo; me lo advirtieron, que los bebés no aman la literatura, pero no lo creí suficientemente. Ahora lo pago con angustia, pero de alguna extraña manera compensa. El misterio de la paternidad.


El mundo bajo los párpados

Todos tenemos uno, o dos, sueños recurrentes, que se nos presentan bajo apariencias diversas mientras dormimos o durante la vigilia. Soñamos con ese objeto o esa persona que nos obsesiona, con ese recuerdo lejano, ya casi olvidado, con ese futuro que no, no puede ser verdad. Estamos familiarizados con los sueños, porque todos, más o menos, soñamos. Sin embargo, nuestra conciencia moderna tiende a menospreciarlos. Nos han enseñado que los sueños vienen a ser los pedos de la digestión del cerebro, que, como el déjà vu, consisten meramente en errores del sistema nervioso y no dicen apenas nada de lo que somos, o de lo que nos rodea. Pero no siempre fue así. Los sueños guiaron los pasos de los imperios del pasado, y son conocidos los casos de científicos que soñaron la respuesta a sus problemas, como Kekulé; muchos individuos en el mundo antiguo y no tan antiguo se guardaban de dar un paso sin antes haberlo soñado, pues los sueños eran mensajes divinos que había que atender necesariamente, porque los dioses no hablan solo por parlotear, como un familiar al teléfono.

El mundo bajo los párpados es un ensayo que acerca información por lo general de difícil acceso, iniciando el recorrido precisamente en el olvido general del sueño como vía de conocimiento de la naturaleza humana. Renombrados autores, desde George Steiner o Walter Benjamin hasta Borges, han pedido una historia de los sueños que, sin embargo, está por hacer (y no es lo que se propone Siruela, sino más concretamente una “fenomenología de los sueños”); y eso que ya Hegel decía que “si reuniéramos los sueños de un momento histórico determinado veríamos surgir una exactísima imagen del espíritu de ese periodo” (p. 14). Material para acometer tal empresa abunda, nada más hay que reparar en la extensa bibliografía manejada por el autor, pero el problema es de índole epistemológica: no se concede al sueño derecho a formar parte de las fuentes del conocimiento.

Estamos dejando de lado uno de los caminos junto con la experiencia sensible, las emociones y la razón, de acercarnos a la complejidad de lo real y, especialmente, a nuestra propia complejidad. Así pues, los sueños vendrían a ser una ventana, durante largos años ciega, a nuestro interior y, a través de ahí, a la vastedad del cosmos. Hoy sabemos (creemos) que el universo es multidimensional y que el tiempo puede ser simultáneo, y eso no son fantasías cuartomilenarias de locos o necios o estafadores, sino “verdades” de la ciencia más avanzada. Y el mundo onírico tiene algo que decir al respecto. En la parte cuarta del ensayo Siruela hace referencia a los sueños premonitorios, uno de los fenómenos oníricos que todos queremos probar por cuanto tiene de fantástico y misterioso (y todos querríamos que Hipnos dictara los números del Euromillón, pero resulta que no funciona así). La precognición onírica está abundantemente documentada, pero el racionalismo grosero ha insistido en arrinconarla bajo el epígrafe de “hechos debidos al mero azar”. Sin embargo, grandes cabezas como la de Schopenhauer o la de Jung reconocieron que se daban con suficiente asiduidad como para intentar, al menos, explicar su existencia. Los sueños premonitorios informan acerca de la estructura del tiempo, si queremos creerlo.

La fenomenología del sueño muestra casos numerosos de sueños premonitorios, pero también de sueños compartidos y de de sueños inspiradores. Ello “nos sumerge en una especie de <<realidad poética>> que borra los límites habituales del mundo” (p. 28). El escéptico, sin embargo, tiene todas las armas del mundo contra esta aseveración. Por cada Cromwell que soñó, de niño, que sería rey de Inglaterra, un millar de Smiths también lo soñaron (pero, al seguir de herrero toda su vida, nunca trascendió); por cada dios que contó en sueños a Aníbal la gran estrategia de su ataque, diez generales le aconsejaron que informara de sus planes a las tropas como si hubiera soñado, a fin de que lo tuvieran en mayor consideración. A pesar de todo, ante un cambio de paradigma (que se viene esperando desde hace cien años pero no termina de llegar) el escéptico, es decir el inamovible, suele disponer de los mejores arsenales para acabar repitiendo la hazaña de Saigón. Siruela, en la línea de Jung y de otros autores citados en el libro, propone iluminar de nuevo el mundo con una luz quizá espectral, pero perfectamente natural en cuanto que surge de nuestro yo más íntimo (y con la que los antiguos se alumbraron sin menoscabo). “Sin embargo, nuestra cultura extrovertida vuelve la espalda a este hecho y deja que la inmensa riqueza que atesora la noche se pierda en la intempestiva sombra del olvido” (p. 64).

El volumen consta de cinco partes, pero a donde parece querer llegar el autor es a la última. La muerte es el territorio ignoto por antonomasia, el lugar inaccesible que todos quieren explorar, eso sí, con billete de retorno. Desde los tiempos más antiguos se asocia el dormir y el morir; así, en la mitología griega el sueño (Hipnos) y la muerte (Tánato) son gemelos, subterráneos y vecinos. A todos nos ha asaltado alguna vez la inquietud ante un rostro dormido, por la semejanza del durmiente con el muerto. Y es que el sueño (como el orgasmo, la petite mort, léase a Julius Evola si hay valor) es, analógicamente, un “morir en vida”, algo que formaba parte de la experiencia vital de los antiguos y les facilitaba el tránsito hacia el más allá.

“La huida constante de la muerte es la evidencia más sangrante del fracaso existencial del mundo moderno. El gran espíritu extrovertido, impulsor de las más brillantes conquistas del conocimiento, contrasta vivamente con la falta de sentido que se respira en todo el mundo que ha creado, y el punto en el que confluyen todas las coordenadas de esa dolorosa pérdida de significado se condensa en la ansiedad que produce esperar la muerte. Sin una visión espiritual de nuestra condición perecedera, la vida gira ciegamente sin eje. Los sueños del ego crecen, se multiplican, y se hacen tan grandes y ocupan tanto lugar que no dejan ningún espacio de silencio para iniciar siquiera un diálogo con nuestro ser interior, que se encuentra en la otra orilla, allí desde donde brotan los mitos, los sueños y las experiencias íntimas con la otredad. Vestigios de una consciencia opaca, subyacente y atemporal. Nada de lo que cuenta ésta ofrece la más mínima certidumbre empírica, sin embargo, está llena de sentido, pues proclama una verdad interior que sólo el alma puede entender” (p. 307).

Las ideas expuestas en El mundo bajo los párpados me han resultado tan impactantes como sugerentes. Por un lado me resisto a abandonar posturas que reconozco como sencillamente cómodas. Es cierto que la ciencia deja espacios ignotos en donde no puede ofrecer respuesta. No obstante, ha acreditado su capacidad de responder a las inquietudes del ser humano, ocupando progresivamente los viejos agujeros, mientras en su expansión va creando nuevas oquedades que, temporalmente, se rellenan con otras explicaciones. Por otro lado, la necesidad emocional de encontrar un “algo más” a la realidad, que comparto, se ve satisfecha con la propuesta no dogmática ni fantástica, sino racional, flexible y equilibrada, que Jacobo Siruela desgrana en este ejercicio de erudición e ilusión que no puedo menos que recomendar a toda mente inquieta y no monolítica.

Sobre el libro:

Elegido entre los diez mejores libros 2010 de la revista “Qué leer”.
Elegido en segundo lugar en el apartado de ensayo de los mejores diez del 10, de “Babelia”, El País.
En séptimo lugar en la lista de los destacados de 2010 del periódico Reforma de México.

El mundo bajo los párpados, Jacobo Siruela, ed. Atalanta. 352 págs., 23 €


Imaginatio vera

14×22
Cartoné
352 págs
23,00 euros

Elegido entre los diez mejores libros 2010 de la revista “Qué leer”.

Elegido en segundo lugar en el apartado de ensayo de los mejores diez del 10, de “Babelia”, El País.

En séptimo lugar en la lista de los destacados de 2010 del periódico Reforma de México.

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Oct 29

Lagrimilla

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , 29/10/2010

Ahora bajo mucho más tranquilo al buzón. Antes, no hace tanto, lo hacía con la ilusión de un niño la mañana de Reyes: no sabía lo que iba a encontrar, pero previsiblemente sería algo bueno. A veces, claro, me decepcionaba. El buzón podía estar vacío u ofrecer un regalo indeseado, porque en este país algunos tiran papel con una alegría pasmosa; no está bien, por más que puedan pagarlo, y no está de más decirlo.

Ahora, decía, mis excursiones al buzón son cotidianas. Como cualquier otro buzón, el mío arroja ahora menús de restaurante chino, ofertas odontológicas y demás parafernalia publicitaria, junto a facturas que, por su parte, aportan también sus propios prospectos. Por ello, cuando sus majestades de oriente hacen un trabajillo extra y me dejan un preciado regalo en mi receptáculo postal, la cotidiana excursión se convierte en feliz viaje, en un retorno a Ítaca sin pretendientes gorrones.

A pesar de Pérez Reverte, uno se ve incapaz de reprimir la lagrimilla que brota al saberse recordado y reconocido cuando se creía arrinconado. Algunas editoriales han manifestado su intención de seguir contando conmigo; algo habré hecho bien, entonces, pues nada más fácil que borrar mi nombre de la lista -mucho más que cambiar la dirección asociada, sin duda-. El Nadir, Ático de los Libros o Actas así lo han hecho, ellos sabrán. Son todas buenas editoriales que miman su producto, más allá de la limitada difusión que puedan tener: el espacio es el que es y el panículo adiposo lo ocupa casi entero.

Hoy solté una lagrimilla de ésas. En mi buzón encontré El mundo bajo los párpados, ensayo onírico de Jacobo Siruela. Si encontrar un paquetito en el buzón es motivo de alborozo, llevando impreso el nombre de Atalanta junto al de su muy admirable editor, a este humilde garrapateador se le llevan los demonios, varios, entre ellos el de la envidia. Envidia por las enormes lecturas del Conde, por su refugio ampurdanés, porque tuvo las agallas de desprenderse de la editorial que llevaba su nombre y facturaba millones, porque no le dejaba tiempo para leer.

Aún lo tengo envuelto en su celofán, como esas figurillas de acción que se compran y no se tocan esperando que, al cabo de los años, la veneración se trueque en riqueza. Lo abriré, empero, no soy mitómano y sí perseguidor de placeres lectores. Lo haré en su momento, no ahora que sigo dulcemente atascado en mis propias ambiciones. Llevo un mes agotador, pero ojalá pudiera agotarme de la misma manera el resto de mis días, si es que mi ilusión no deviene en decepción.

“El encuentro entre el racionalismo moderno y la otredad es el tema central de la literatura fantástica: en el mundo común y cotidiano, un fenómeno súbito y extraordinario pulveriza en pocos segundos «el orden natural de las cosas». Caillois definió a esta súbita rasgadura de lo real: «irrupción de lo inadmisible». Así, la primera condición de lo fantástico es, como dice Todorov, «la duda del lector». Pues bien, lo curioso del caso es que cada una de estas características del cuento fantástico pueden muy bien aplicarse a buena parte de los «relatos» de este libro, al plantear también en la realidad un radical desplazamiento de sentido, si bien con una notable diferencia: aquí «lo fantástico» no se da en el escenario de las ficciones literarias, sino en el ámbito histórico, en el mundo real, tal como atestiguan las fuentes documentales, que pueden consultarse al final del volumen. Sólo el lector podrá juzgar si todo lo que refieren estas páginas es sólo un relato más o menos literario, o el leve rumor de una realidad ignorada; en definitiva, el viejo dilema de la literatura fantástica.

Este libro no trata sobre la interpretación de los sueños, explora los diferentes significados que tiene el verbo soñar en relación con la historia, lo sagrado, las dimensiones interiores de la conciencia, las paradojas y complejidades del tiempo y el punzante enigma de la muerte. En el primer capítulo, ciertos sueños (de Aníbal, Von Bismarck, Lincoln, Perpetua o Descartes, entre otros) demandan una nueva categoría histórica: la onírica. El segundo capítulo trata de explicar en qué consistía la incubación de sueños en los antiguos templos de sanación. El tercero es una breve historia del sueño lúcido. El cuarto se adentra en los laberintos del tiempo onírico, dando especial énfasis a los sueños paradójicos que hacen presente el porvenir. El último es una indagación en la metáfora del sueño y su correspondencia con la muerte, en el onirismo de los moribundos y en las visiones científicas y místicas de la otredad.”

El mundo bajo los párpados, Jacobo Siruela, ed. Atalanta.

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Jul 01

Vampiros, por el Conde de Siruela

Escrito en El gabinete del dr. Mantell, El museo.
Etiquetas: , , , 1/07/2010

Ayer fue el primer día sin Mundial en semanas. Fue una privación demasiado brusca, tras tantos días viendo fútbol -es un decir-, así que estuve repasando vídeos de mis jugadores favoritos, el Buitre y su suspensión del espacio-tiempo, Éric Cantona -un tipo tan grande que me hizo apoyar a un equipo dirigido por Alex Ferguson-, los pases imposibles de Michael Laudrup, la casta de Bakero o Raúl, la suprema elegancia de Zizou. Pelé o Maradona no despiertan emoción alguna en mí -en el caso del argentino positiva no, desde luego-. Me siento algo culpable, porque en estos días leo poco. Selecciono más, en todo caso. Era inevitable, al recibir de Atalanta la nueva edición de Vampiros, elegirla como lectura privilegiada. Ya había padecido/gozado, hace años, El vampiro, la versión que Jacobo Siruela adaptó para el Círculo de lectores. Me duró apenas un día y medio de verano, demasiado poco, demasiado intenso. Recuerdo haber sentido el primer escalofrío durante una lectura, y eso que el sol lucía bien alto, y bien fuerte. Había golondrinas en el cielo y olía a hierba secándose. No era el ambiente para aterrorizarse con un cuento, pero ocurrió. Era La habitación de la torre de Edward Frederick Benson, autor tan ignoto entonces como ahora, para mí. Entonces coronaba el libro, un colofón perfecto. Vampiros, pues, lo empecé por ahí, por la cámara tenebrosa y el cuadro semoviente y sediento del texto del olvidado Benson. Fue una noche tórrida de verano, la calle alborozada por la clasificación de España para octavos de final. Estaba en mi casa, en mi propio hogar dispuesto y organizado a mi gusto. Y volví a temblar.

Lee mi reseña de Vampiros en El Confidencial →

El texto de la editorial:

“Esta antología, que ahora se reedita ampliada con tres cuentos inéditos –la más completa y documentada que existe hasta el momento en español– reúne los mejores textos cortos de vampiros que se han escrito desde principios del siglo XIX hasta casi finales del siglo XX. En cualquiera de sus variantes, ya sea en su aspecto más primitivo, como «reviniente» inspirado en el folclore eslavo, o como noble perverso con un irresistible magnetismo erótico para las mujeres, o bien como bella y cruel vampiresa, instigadora de la fatalidad de los hombres, todas estas muestras de la «tempestuosa belleza del terror» siguen fascinando a través de los siglos, pues en ella se funden el deseo más tenebroso de la sexualidad con el más profundo miedo a la muerte, dos ingredientes que nunca dejarán de cautivar a la imaginación.

Publicada por primera vez en 1993; y reeditada mas tarde en 2001 con nuevos cuentos y una introducción más larga de Jacobo Siruela, esta tercera entrega del 2010, publicada ahora en Atalanta, añade tres cuentos nuevos del siglo XX. August Derleth, (editor de Arckham House), introduce una nueva variante con su vampiro de la nieve; Richard Matheson (el autor de «Soy leyenda») inserta el vampirismo en la cotidianedad contemporánea; y Robert Aickman, considerado el más grande escritor inglés de cuentos sobrenaturales de la segunda mitad del siglo pasado.”

Ficha →

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May 27

Algo elemental, de Eliot Weinberger

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 27/05/2010

Con la Tierra plana y la globalización en marcha, aún con todo eso, Oriente sigue siendo misterioso. El éxito de China, el prestigio de Japón, el desarrollo de Corea del Sur o India no han cambiado eso. Oriente sigue siendo un misterio, aunque se conduzca un Tata, un Hyundai o un Toyota. Aunque acabes de comprar un mezcla salsas “Made in China” que en un par de días se irá al fondo del armario. O quizá por eso, también. En estas sociedades tan organizadas en las que vivimos tenemos hambre de misterio -y sólo por eso Iker Jiménez no sólo tiene trabajo, sino éxito- y de conexión telúrica y cósmica. Por debajo del asfalto sigue habiendo tierra, latiendo. Por encima del champiñón de contaminación sigue habiendo cielo, respirando. Y, a pesar del nuevo HTC o del nuevo iPad, con todos sus circuitos y superconductores y billones de colores en pantalla, tiene que haber algo más. Ese algo, que los hombres y las culturas de todas las épocas han nombrado de muy diferentes maneras, es el misterio. Ese algo es lo que nos cuenta, con un susurro cómplice -y una sonrisa irónica, la prueba es exigente- Eliot Weinberger en Algo elemental.

Lee mi reseña de Algo elemental en  El Confidencial →

El texto de la solapa:

“Con este libro, Eliot Weinberger ha llevado el ensayo a territorios inexplorados, en las fronteras entre la poesía y la narrativa; su única exigencia es que la información aportada sea verificable. Weinberger ha creado un ensayo serial de carácter único cuyas piezas individuales convergen en una increíble variedad de temas: el viento, los rinocerontes, los santos católicos, los aztecas, la antigua cultura china, los mandeos iraníes, el desierto peruano, los tigres, Empédocles, Valmiki, la vida de Mahoma, el vórtice o las estrellas…”

Algo elemental, editorial Atalanta

Sobre el autor:

“De nacionalidad «neoyorquina», Eliot Weinberger, nacido en 1949, es uno de los ensayistas y traductores más reputados en su país. Editor de la selección de poesía estadounidense más importante de las últimas décadas, ha traducido la poesía de Borges, Octavio Paz, Huidobro, Villaurrutia o Bei Dao. Es autor de tres ensayos: Invenciones de papel (Vuelta, 1990), Outside stories (1992) y Rastros kármicos (Emecé, 2002). Sus artículos políticos reunidos en el volumen What Happened Here: Bush Cronicles han sido traducidos al español en dos ediciones: 12 de septiembre. Cartas de Nueva York (Era, 2003) y «Lo que oí sobre Irak (Lom, 2006). Fue finalista del Premio de la Crítica de Estados Unidos. ”

Entrevista en Letras libres →

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Feb 04

Aroma de alcanfor, de Naiyer Masud

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 4/02/2010

En sus 73 años de vida, el profesor Naiyer Masud apenas ha salido de Lucknow, la capital de Uttar Pradesh, ciudad que entró en los anales de la historia universal en 1857 cuando estalló la revuelta de los cipayos retratada en Rifles de Bengala, la película protagonizada por Rock Hudson. Allí está la casa construida por su padre, un célebre erudito de la cultura urdu: Adabistan, la “Casa de la literatura”, donde el pequeño Masud se aficionó a la lectura. Todo aquel mundo infantil del autor, en la India aún ocupada por los británicos, está bien presente en las piezas recogidas en Aroma de alcanfor -aunque el ambiente revolucionario de aquellos años no aparece-. Los juegos, las relaciones familiares y sociales, componen un marco costumbrista que, a través de los ojos del niño cobra un brillo mágico, prolongado aún en la mirada del adulto.

Uttar Pradesh, en el norte de la India, es el estado más poblado del país y la entidad supranacional más poblada del mundo, con más de 200 millones de habitantes. Estado musulmán, su lengua principal es el urdu, un idioma muy parecido al hindi pero muy influido por el persa; Masud es doctor tanto en literatura urdu como persa. No extraña entonces el ambiente bagdadí, aunque no vuelen alfombras ni haya genios morando en lámparas. No hay elementos sobrenaturales que sostengan la atmósfera mágica de los relatos, sino sólo un evanescente aroma, no muy distinto del alcanfor que protagoniza el primer relato.

Léelo completo en El Confidencial…

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Ene 17

Max Ernst: Tres novelas en imágenes

Escrito en El gabinete del dr. Mantell, El museo.
Etiquetas: , , , , 17/01/2009

Dice el adagio que “una imagen vale más que mil palabras”. De acuerdo, es una flagrante mentira, al no haber escala comparativa válida más allá del capricho más o menos razonado de cada cual.  Pero una imagen evoca, de manera inmediata, un torrente de palabras conscientes o no, una suerte de traducción íntima que, aunque también se da en el caso del texto, es en éste menos natural y requiere un entrenamiento particular. De hecho, muchos son incapaces de entender más allá del significado literal de un texto, a pesar de tener una cierta educación, y sin ambages se han lanzado a sangrientas cruzadas por ello. El arte contemporáneo, ya desde finales del XIX, ha jugado con este carácter de la imagen simplificándose, yendo cada vez más hondo en el inconsciente del ser humano, apelando a ese lenguaje, el mentalés que llamó Pinker. Quienes lo hicieron más a las claras fueron los surrealistas, que basaron su método “casi” automático en la libre asociación de ideas, es decir, en el pensamiento íntimo e inconsciente.

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