Nov 02

I Want to be British: Solar, de Ian McEwan

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, K-Saurus.
Etiquetas: , , , 2/11/2011

Ahora lo sé. El infierno, ese no-lugar que tanto ha inquietado a la humanidad desde que la Iglesia católica diera con la tecla que garantizaba su futuro; ya sé lo que es. Consiste en llevar un automóvil, buscando un hueco en el que aparcar, esto es, descansar. No hay prisión mayor. No puedes dejarlo en cualquier parte, porque una policía verdaderamente atenta te obligará a retirarte, aunque te hayas escondido, siendo especialmente brusca si lo has hecho. Con cada vuelta que das a la llameante manzana, sabes que decrecen tus oportunidades, porque es menos probable que alguien se marche y deje su plaza al vehículo que, entre impaciente, atemorizado e iracundo, conduces. No hay escape, no hay perspectiva de salvación. Un tormento eterno. Y, entonces, un destello intermitente, unas ruedas que rompen a rodar justo delante tuyo. Sólo era, esta vez, el purgatorio.

Qué rabia, rabia, dan los narradores británicos. Qué bien lo hacen, los cabrones. Los demás sólo pueden envidiarles, porque ellos están en el secreto y la suya es una organización que no admite iniciados. Sencillamente se es uno de ellos. Nadie puede hacerse narrador británico.

Pensaba en esto mientras leía otro de mis muchos libros postergados, Solar, de Ian McEwan. Su apellido es de origen escocés, pero él no lo es. Es inglés, la raza aria de los narradores británicos. Y sí, la forma de narrar de un narrador británico es una forma de totalitarismo, porque (valga la redunciancia) totalizan las virtudes narrativas y las acaparan y privan de ellas a quienes, por lo que fuere, sufren la desgracia de no ser británicos. Joder. Coño.

Es verdad, no hay que nacer inglés, basta con criarse en la isla del té de las cinco. Los hay que nacen en la India y son narradores británicos. Algunos hasta tienen la ocurrencia de nacer en Nagasaki, y a pesar de ello, también pertenecen a la cofradía. Perdón: son de la cofradía. Ello nos lleva a sospechar que el veneno, o virus, capaz de alterar su ADN, se contagia durante los años de formación, que es una cuestión educativa. Puede ser. Pienso en la educación que he recibido o padecido. Claro, siendo español es muy difícil ser narrador británico. Ni siquiera los angloaburridos lo consiguieron, porque se dejaban influenciar y estaban muy satisfechos de confesarse influídos, pero cada uno resultó ser un poco de su casa y otro poco de sí mismo. Ya sabemos algo: ser español te impide ser un narrador británico. Pero esta hipótesis no informa acerca del tema que nos preocupa: cómo lo hacen para narrar como lo hacen.

A ver, ellos como yo nos hemos criado leyendo a Enid Blyton, y a Dickens de mayores. Seguramente, ellos también se han contaminado leyendo a franceses y a norteamericanos. ¿Entonces? Como español, es difícil no sentir la tentación de achacar la lectura de españoles e hispanoamericanos como causa de nuestra incapacidad para ser narradores británicos. Pero a los franceses, que sólo se leen entre ellos y a los británicos en secreto, les ocurre lo mismo. Los pobres sólo pueden ser narradores franceses. Eso les vale, como a nosotros, para escribir bien, cuando lo hacen, pero nada más. Y los ingleses leen el Quijote, bien directamente, bien a través de otros, pero ello no les perturba en lo absoluto. De hecho, probablemente los narradores británicos brotan de Cervantes, antes que de Shakespeare.

Volvemos a Solar, para encontrarnos esa novela total, fabulosa, que sólo desde una perspectiva estética cerrada puede ser juzgada como anticuada. Narrada en tercera persona, según un esquema estructural y cronológico tradicionales, con algunas alteraciones ocasionales poco llamativas y una concesión en el punto de vista, al hacer equisciente a ese narrador. Maneja temas actuales, como el cambio climático o el envejecimiento (literariamente, es lo que se puede decir un tema de moda), y en un nivel inferior el poder de los medios y la frialdad de la ciencia, mientras que en capas profundas nos encontramos con una acendrada crítica social y una valoración de la existencia humana, lo que vienen siendo los temas capitales de la literatura, junto con el amor, también presente. En fin, lo normal. Se ha dicho que es una novela humorística, pero maldita la gracia. Hay algún sketch macabro, muy propio del autor, pero eso es todo lo que encontramos próximo a la comicidad.

En cuanto que narrador británico, y además inglés, McEwan es capaz de plasmar narrativamente una visión del mundo en la que todo tiene profundidad, relieve, textura. Hasta los personajes más nimios, aquellos que aparecen un instante antes de desaparecer entre bastidores, parecen tener un rico pasado y una personalidad definida. Es decir, no nos dicen nada de ellos, pero como con las personas con las que nos topamos en situaciones semejantes, en la vida real, sabemos, estamos seguros, de que ellos también son individuos plenos, personas o seres humanos de pleno derecho.

En Solar, seguimos al doctor Beard, eminente físico, premio Nobel, burócrata aburrido y mujeriego impenitente. No es un antihéroe, es un villano siempre a punto de recibir su merecido, aunque no le faltan desgracias. Así, uno de los personajes le suelta: “Te mereces casi todo lo que te ha sucedido. Así que jódete”. La construcción de este fascinante villano, por encima de la flemática ironía marca de la casa, o del ritmo vivo, o de la reflexión a contracorriente, es lo que hace de esta novela tan sabrosa, tan interesante y tan sugestiva. Sin Michael Beard y sus lorzas, su inmoralidad, su torpeza y su mala suerte, Solar sería una obra errática, con episodios excéntricos y fatuos y hasta resabida. Pero con él es un novelón. Todo cobra sentido, viveza e interés, y hasta nos creemos que sedujera a una mujer con poesía y con el viejo truco de averiguar sus aficiones y afecciones. Hasta aceptamos el cierre rocambolesco y forzado. Porque todo eso le ocurre a Beard.

Es un truco de magia miserable, y maravilloso. Propio de un narrador británico. Qué bien lo hacen. Cómo lo hacen. Cabrones.

Ficha del libro en Anagrama.

Entrevista con el autor.

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Jun 08

Arrancad las semillas, fusilad a los niños de Ôe Kenzaburô

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, El gabinete del dr. Mantell.
Etiquetas: , , 8/06/2011

Esta es la tercera novela de Ôe Kenzaburô que tengo la oportunidad de leer. De las anteriores tengo poco que decir. De La presa guardo algunos recuerdos vagos, poco más que la sinopsis y la impresión general, marcada por esa poderosa imagen del soldado negro enjaulado en lo profundo del bosque nipón, vigilado por unos campesinos para quienes los habitantes del valle vecino ya son repugnantes extranjeros y bandidos. De Una cuestión personal, nada en absoluto. Creo recordar que narra algo relacionado con la enfermedad del hijo (Ôe Hikari padece diversas discapacidades desde su nacimiento, y los médicos trataron de convencer a los Ôe de que lo dejaran morir), pero seguramente es un conocimiento obtenido de terceras lecturas (no me equivocaba, lo acabo de comprobar).

Huelga decir, pues, que el Premio Nobel de literatura del año 1994, no es uno de mis autores preferidos. Tampoco siento inclinación alguna hacia los catálogos de horrores que con tanta facilidad se confunden con la buena literatura, o con el buen cine. Sin embargo, he leído Arrancad las semillas… con interés e intensidad, pese a los horrores tan minuciosamente descritos, algunas veces espurios, “error” de novato para escandalizar o exaltar al lector.

El resumen de la acción es de sobra conocido. Hacia el final de la II Guerra Mundial, un grupo de muchachos de un reformatorio es conducido hacia el interior del Japón (un viaje al corazón de las tinieblas), a una remota aldea donde estarán a salvo de los bombardeos norteamericanos. Mas, lo que inicialmente fue entendido por los adolescentes como una ocasión de libertad no tarda en revelarse como una prisión más severa y cruel que la anterior, pues los campesinos con los que se encuentran por el camino les odian con fanático vigor; escapar es imposible, están cercados por una barrera invisible. No mejora su situación al llegar a la aldea, pues no bien el celador parte en busca del siguiente grupo, los aldeanos les encierran sin agua ni comida, y cuando ésta llega resulta ser poco más que deshechos.

Cuando se declara el brote epidémico, los campesinos, siguiendo una costumbre ancestral, parten a una aldea vecina, pero dejan atrás a los muchachos, bloqueándoles el paso para que no puedan seguirles. Pasada la desesperación inicial, advierten que es una ocasión inmejorable para crearse un mundo a su medida. Al igual que en El señor de las moscas el empeño será en vano, aunque por motivos diversos a los reseñados por Golding. Oê parece un firme defensor del mito del buen salvaje, quizá en parte por su hijo enfermo, pero también porque recoge de la tradición intelectual japonesa el rechazo a la “sociedad” como ente abstracto, coercitivo y violento. No resulta incomprensible cuando la cultura japonesa privilegia al grupo sobre el individuo, mientras que la actividad artística es eminentemente individual. Es cuando los chicos deciden celebrar el festival de la caza, cuando al fin se constituyen como una sociedad tribal, cuando sobreviene la desgracia definitiva.

Arrancad las semillas… es una novela que, con sus (escasos) defectos de principiante a cuestas, logra sujetar al lector, o al menos a éste, por la contundencia de sus imágenes y el vigor de la escritura. Obra abierta, de pura acción, que deja al lector toda labor especulativa y no por ello acusa falta de fondo reflexivo, muy en sintonía con la creación literaria japonesa del siglo XX marcada por la brutalidad del capitalismo y del imperialismo impuestos desde arriba, y por la destrucción absoluta de la guerra y la quiebra del sistema de valores de la posguerra. Volveré a leer lo leído, y lo seguiré leyendo; a fin de cuentas, viene avalado por el mismísimo Mishima.

Editorial Anagrama

Ôe Kenzaburô, 1958

Arrancad las semillas, fusilad a los niños (Memushiri kouchi,芽むしり仔撃ち)

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Dic 14

La previa muerte del lugarteniente Aloof, de Álvaro Pombo

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 14/12/2009

Cada vez que me enfrento a la lectura de Álvaro Pombo encuentro menguada mi estatura. Tengo la sensación de lo alcanzar sus contenidos últimos, de hacer una lectura grata, pero insatisfactoria. Y, si además debo escribir de ello, de la leve frustración paso al terror. No es que cada semana me sienta a salvo de la picota, ni mucho menos, pero intentar someter a crítica un libro suyo es como ir a robar a una comisaría. En fin, alea iacta est.

“Alegrará a muchos saber que Álvaro Pombo, tras su experiencia sideral -que no infructuosa, al menos Virginia o el interior del mundo era una gran novela, pero fueron piezas menos ambiciosas, en las que optó por dejar tranquila la técnica narrativa-, ha regresado de su viaje con el ánimo renovado. Y vuelve a su casa, no sólo editorial -Anagrama, a la que ha dado sus mejores textos-, sino también literaria. Con La previa muerte del lugarteniente Aloof -un título plenamente pombiano- regresa a la senda de la pura invención narrativa. Esta breve novela es un monumento al juego literario“.

Lee el artículo completo en El Confidencial…

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Oct 25

Pierre Bayard: Cómo hablar de los libros que no se han leído

Escrito en El T-rex que viene, El museo.
Etiquetas: , , , 25/10/2008

En España, un libro que reivindique la no–lectura es poco menos que innecesario. El nuestro es un país en el que casi la mitad de la población proclama con orgullo no haber leído nada y, más aún, no tener la menor intención de hacerlo. Así que las tres “coacciones interiorizadas” que Pierre Bayard aspira a quebrar en este exitoso ensayo sólo se aplican a un ámbito restringido: la obligación de leer; la obligación de leerlo todo; es necesario leer el libro completamente para hablar de él con sentido. Es ésta última es, quizá, la más polémica, y de ahí que sea la utilizada para nombrar el libro. Pero a lo largo de este ensayo perfectamente estructurado el autor francés va a respaldar tan problemática tesis con una argumentación muy sólida, que parte de una revisión del concepto de “lectura”.

 

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Sep 13

Edward St. Aubyn: Leche materna

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 13/09/2008

Distinguida con el premio Fémina -premio francés cuyo tribunal es exclusivamente femenino- el pasado año por la delicada exposición de la problemática de la maternidad, Leche materna ha supuesto el salto a la fama internacional de Edward St. Aubyn. La novela retoma al protagonista de sus novelas anteriores aún no traducidas al castellano, Patrick Melrose, durante su particular crisis de los cuarenta, a su mujer, volcada en su segundo hijo, Thomas, y al peculiar primogénito Robert. Aunque los personajes de esta novela no salen, ninguno, muy bien parados, para quien desconozca la trilogía Some Hope encontrará la figura de Patrick algo más antipática. A su alrededor, sus hijos, su mujer y las abuelas, a cual más desgraciado, más egoísta. Es este último rasgo de carácter el que define, por un lado, a los personajes y, por otro, la visión misantrópica del autor.

 

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Feb 23

Ian McEwan: Chesil Beach

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 23/02/2008

Especialmente desde la publicación de Expiación, recientemente adaptada al cine, Ian McEwan se ha convertido en el cabecilla de su generación y está considerado, por muchos, el mejor escritor británico vivo. Luego vino Sábado, que no fue tan unánimemente aceptada pero que no deja de ser una magnífica respuesta al golpe que supuso el ataque a las Torres Gemelas. Chesil Beach, su nueva novela, es bien distinta de ambas, pero al mismo tiempo y como no podía ser de otro modo, comparte algunas semejanzas. Al igual que Sábado, la acción se concentra en unas pocas horas, comenzando in medias res, en la noche de bodas de una pareja cualquiera, con algunas analepsis para poner al lector en antecedentes; y como Expiación, se aleja del presente para contar una historia imperecedera.

No es fortuito que haya elegido el comienzo de los años 60 para ubicar la -escasa- acción. McEwan bucea en el fondo de miedo y horror que subyace a las relaciones humanas y lo hace en un momento de quiebra, en el momento preciso. Porque justo antes las convenciones eran tan sólidas que no cabía plantearse la mayor parte de las cuestiones que traen de cabeza a Florence y Edward, y poco después los tabúes ya se han roto y las relaciones se viven de una manera más abierta, y aunque el mismo miedo siga existiendo resulta menos claro. En Chesil Beach narra el desencuentro entre dos personajes a quienes les “dolía terriblemente que su noche de bodas no fuera simple cuando su amor era tan obvio” (p. 104).

En esta novela, pese a su brevedad, McEwan habla demasiado -y es uno de sus escasísimos defectos, quizá el único-; aunque resulta patente, escribe que lo que les separa es “Su personalidad y su pasado respectivos, su ignorancia y temor, su timidez, su aprensión, la falta de un derecho o de experiencia o desenvoltua, la parte final de una prohibición religiosa, su condición de ingleses y su clase social, y la historia misma. Poca cosa en definitiva” (p. 109). El narrador omnisciente revela los pensamientos y emociones más íntimos de unos personajes atenazados por sus propios miedos, por la ignorancia de los miedos del otro y por la insalvable barrera de incomunicación que se alza entre ambos. La desasosegante impotencia a la hora de comunicarse, porque “Aún no se había inventado un lenguaje para el caso” (p. 157) -y probablemente nunca ocurra-, les conduce por caminos diferentes a velocidades crecientes, y el narrador se muestra comprensivo, pero inmisericorde.

McEwan siempre lo es, golpea al lector, y golpea duro. No importa lo inocente que parezca el relato, porque bajo la plácida apariencia de una pareja que se mira tímidamente mientras cena late el fantasma de los miedos cotidianos, los más terribles porque resultan ineludibles, todo ser humano ha de pasar esa prueba. Florence y Edward “Apenas se conocían y nunca se conocerían por culpa del manto de cuasi silencio amigable que acallaba sus diferencias y les cegaba tanto como les ataba” (p. 164), y ese juego entre repulsión y atracción es, una vez más, el motor de su novela. Es lo que Florence siente por su padre, lo que siente por el cuerpo de su marido.

Chesil Beach es una novela redonda, menos ambiciosa que Expiación o Sábado, pero narrada con una tensión asfixiante que sólo se relaja durante las analepsis y que recuerda los momentos más sofocantes de Amor perdurable o Niños en el tiempo, cuando los personajes, abandonados a su suerte por aquellos a quienes aman, padecen con toda crudeza la soledad y la impotencia que les lleva al límite se su propia cordura.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial

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Ene 01

Ian McEwan: Sábado

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 1/01/2005

Con esta novela, el escritor británico varía un tanto el rumbo que marcaban obras anteriores. Muy dado a lo macabro (es apodado Ian Macabro), aquí tal actitud expresionista queda diluída en la frialdad científica del trabajo del neurocirujano que es Perowne, el protagonista. Al mismo tiempo, la ironía se pierde por el camino, y es una pérdida importante en cuanto que la ironía es la salsa de la narrativa inteligente y culta. En la línea de otras obras de la narrativa anglosajona, como el Ulises de Joyce o La señora Dalloway de Woolf, McEwan sitúa la acción en un periodo muy breve, concentrando así la crónica de sucesos en un único día, un sábado que podría presentarse como el tranquilo día de descanso tras una larguísima semana entre quirófanos, pero que ya de madrugada se tuerce: un avión envuelto en llamas hace su aparición en los cielos de Londres. Perowne se ha despertado a una hora inusual, sin motivo aparente, y la condensación de hechos infrecuentes le lleva a conclusiones infrecuentes (para él, un racional y metódico exponente de la tradición científica, personaje semejante al protagonista de Amor perdurable). Es una novela que tiene como referente el 11-S y la guerra de Irak (ese sábado es el día de las manifestaciones en contra de la invasión) y el primer pensamiento del protagonista se refiere a un atentado terrorista.

Perowne regresa a la cama y, pronto, su esposa despierta. Otra constante en la obra de McEwan es la dicotomía círculo interno-círculo externo. La familia, el matrimonio y, como máxima expresión de intimidad, el sexo, son la salvación, la protección ante la perversidad del mundo. Pero dicha perversidad y la violencia que lo acompaña siempre, aparecerá; siempre amenazan con quebrar el reducto de felicidad del hogar, siempre irrumpen bien en la forma de un avión en llamas, un enfermo mental, un globo descontrolado, una muerte, una guerra o la posibilidad de una guerra… El terror tiene muchos rostros, y muchas estrategias. Podemos verlo desde la tradicional mentalidad cristiana, el diablo intentando corromper al creyente, tratando de penetrar en la esfera de la fe para romper la débil unión del alma humana con la esencia divina. En Sábado, McEwan vuelve sobre esa angustia, atea en su caso, pero equivalente a la religiosa: angustia ante lo irracional, ante la amenaza del caos sobre el orden, la seguridad, la felicidad.

El protagonista tiene dos hijos, y los tres juntos mantienen actitudes distintas ante las manifestaciones de protesta. El padre observa con molestia y desagrado las riadas de gente, le parecen demasiado alegres y no cree que haya motivo para organizar festejos para protestar. Además, él creía en lo mismo que ellos, pero tras conocer a un exiliado iraquí varía su opinión. Quizá el mundo necesite que le extirpen un cáncer y aunque puede que la guerra no sea la mejor solución, parece que algo hay que hacer. Su hijo, prometedor músico, está de acuerdo con las tesis de los manifestantes, pero no participa porque se ha levantado demasiado tarde y luego tiene un ensayo. La hija, prometedora poetisa, tampoco participa del evento (está regresando a Inglaterra desde Francia) pero cree fieramente en el mensaje de las manifestaciones, hasta el punto de discutir agriamente con el padre. De este cuadro sólo falta el convencido pro-invasión, pues Perowne se mantiene en la ambigüedad, como el propio autor, según confiesa (en el momento de escribir la novela).

Un elemento curioso de la obra de McEwan es que, en determinados tramos, y en esta novela de manera acusada, critica con ferocidad la literatura. Lo hace desde la mente científica de sus personajes, y no olvidemos que McEwan es uno de los pocos novelistas que introducen la ciencia en la narración de manera natural, como un componente más de la cultura humana. Así, defiende con encono el punto de vista científico de la realidad y critica la visión fantasiosa e ingenua de parte de la producción literaria que vive al margen del desarrollo de la cultura científica que, de manera evidente, caracteriza nuestra civilización. ¿Quiere decir esto que la literatura, y en concreto la ficción literaria, es una producción menor del intelecto humano? La respuesta, que no voy a dar, se encuentra en el último tramo de la novela.

Tenemos así un puñado de referencias que nos ayudan a estructurar esta atípica novela. Atípica para el escritor que la ha parido, pero no tanto si buscamos un movimiento general en las letras contemporáneas. Estamos viviendo una época de resurrección de la novela de ideas, de la novela cuasifilosófica, de la narración entremezclada con el ensayo: Sebald, Marías, etc. La narración pierde en pureza pero gana en complejidad, exige una disposición diferente por parte del lector, y ofrece una forma distinta de entretenimiento, un entretenimiento apoyado en el juego intelectual y erudito antes que en la dinámica de las acciones. Se dirige a un público más culto, con mayor disciplina de lectura y dispuesto a meterse en los fárragos intelectuales del autor. A muchos les parecerá una perversión de la novela, como ya ha ocurrido antes. A otros quizá nos guste, siempre y cuando se trate de una obra bien construida, trabajada, documentada y que no relegue a los personajes a meras elucubraciones abstractas (el gran peligro de este tipo de narración). McEwan ofrece un estilo cada vez más refinado, una documentación exhaustiva que el lector agradece como una muestra de respeto (que no se da siempre en la literatura presente), la construcción novelesca de un consumado narrador y unos personajes formados con pericia, dado que las novelas de este autor avanzan mediante las interrelaciones entre sus personajes, más que por hechos o sucesos (el ejemplo más logrado, Amsterdam). Sábado nos presenta una ocasión para reflexionar sobre el mundo que nos ha tocado vivir, sobre la responsabilidad del ciudadano en las decisiones de los políticos que ha aupado al poder, sobre la literatura misma y sobre la condición humana, el tema por antonomasia de la literatura. Perowne es un hombre que tiene en sus manos el órgano que rige lo más íntimo de nuestra existencia, el cerebro; cualquier alteración en vida o antes de esta (la genética, la espada de Damocles que sobre todos nosotros pende) distorsiona el mundo y nos aleja de los demás.

Comparemos la vida familiar casi perfecta del protagonista con su contrario, aquejado de corea, con una existencia familiar rota (más que rota, inexistente) y el delgado hilo que lo sujeta a la sociedad a través del uso de la violencia. Pensar, a veces, da miedo, y McEwan juega a aterrarnos en cada una de sus novelas.

Lee el original en Cuanto y por qué tanto…

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Ene 01

Roald Dahl: Historias extraordinarias

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 1/01/2005

Hay libros de verano, aunque no siempre coincidan con los aparecidos en catálogos con dicha etiqueta; son libros que, quizá, evocan lecturas de infancia o adolescencia, recuerdos gratos del nacimiento lector, del descubrimiento de la literatura. Y hay autores que pueden ser singularmente veraniegos, aunque no lo hayan pretendido. A mí me ocurre todo esto con Roald Dahl, el autor inglés que «inventó» a los gremlins, una célebre fábrica de chocolate, o bien nos hizo estremecer con sus relatos de suspense, muchos de los cuales adaptó Hitchcock para su serie de TV. Mi primer contacto con Roald Dahl fue a finales de un curso de la ya olvidada EGB, en clase de inglés; debía ser junio, por lo que sólo tendríamos clases de mañana y las tardes las pasaríamos en la playa o el muelle (puede que pescando, puede que escrutando la salida de los colectores de la ciudad). Era un relato muy intenso que teníamos que traducir, la experiencia de un hombre que estaba en el trópico y, al despertar de una siesta, descubría que tenía, enroscada sobre su estómago, dormida, una serpiente, probablemente una mamba.

Dahl fue un gran viajero, conocía bien los trópicos y en más de una ocasión ha escrito sobre las mambas. Para quien no las conozca, son unas serpientes venenosísimas, las más peligrosas que hay en tierra. Las hay verdes y negras, pero ambas tienen ciertas peculiaridades: pueden morder repetidas veces (la mayor parte de las serpientes agotan su veneno con un mordisco) y persiguen a sus presas. Su mordedura es mortal en cuestión de minutos, por lo que no hay antídoto, y además habitan en los árboles, dejándose caer de vez en cuando sobre viajeros incautos. Todo ello hace de estos reptiles el ser, probablemente, más desagradable del mundo (después del mosquito, se la tengo jurada), aunque también hay que reconocer a la mamba cierta belleza y elegancia. Así que dicho lo dicho, podemos imaginarnos perfectamente lo que podría sentir un tipo que, al despertar viese a una mamba tumbada sobre su tripita, y temiendo que un movimiento suyo, o un ruido ajeno a su acción, viniera a despertarla.

Roald Dahl es un maestro del suspense, como reconoció el otro maestro del suspense inglés, Hitchcock. Y es, además, un portento de imaginación, como reconoció el imaginativo Disney. Pero nuestro autor no necesitó de padrinos tan renombrados para hacerse célebre, le bastó con tales cualidades y un pulso narrativo magistral. Escribía obras para niños, con las que muchos se han criado, y también para adultos, con las que muchos se han tensionado. Historias extraordinarias pertenece a este segundo grupo, aunque tiene algunos toques infantiles. Afortunadamente, los buenos lectores saben que esa frontera entre la narrativa infantil y la narrativa para adultos es difusa, y puede cruzarse (en más de un sentido), como ocurre con el fenómeno Potter (que, aprovecho para decirlo, va perdiendo fuelle con cada libro). El primer relato es claramente infantil, porque los protagonistas son un niño y una tortuga, pero el adulto es invitado de manera hábil, dado que el narrador lo es. Un adulto puede razonar cosas que el niño sólo siente, y este relato es una buena ocasión para reflexionar sobre nuestra relación con el mundo animal (y, además, desde una posición más amable que la del cuento anteriormente descrito), y también sobre nuestra relación, como ex-niños, con los aún-niños. No son temas baladís, sino que forman parte de una cosmovisión compleja que en Dahl se mantiene firme a lo largo de toda su obra, infantil y adulta.

Ahora bien, no esperemos sermones. Como todo buen narrador, y siguiendo a Conrad, Dahl sólo escribe la mitad del libro, nos apunta los temas y los viste de humanidad para que los lectores puedan, si lo desean, reflexionar. Y si no, al menos habremos pasado un buen rato, animados no sólo por la humanidad del relato, no sólo por la imaginación vertida, sino también por el ya destacado pulso narrativo, que muchas veces es lo que nos hace seguir adelante. Esta es una cualidad normalmente despreciada por la crítica, y aún por el público esnobizado por la crítica. Y, sin embargo, es la vida de toda narración, más que las ideas vertidas o que la imaginación empleada. Los narradores ingleses son consumados maestros, y Dahl no traiciona su tradición (aunque era medio escandinavo, según creo).

Los siguientes relatos varían, de lo infantil a lo adulto, desde el relato bélico con evocación de El principito (es una sensación mía) al reportaje periodístico o la narración autobiográfica con solución inesperada aunque genial. Estos relatos son medicina, por su sencillez, frescura y originalidad. Uno se siente recompuesto, bajo el sol ya robusto de junio, de las penurias de un largo y seco invierno. Si bien Roald Dahl no será un descubrimiento para nadie, porque es de sobra conocido, no está demás redescubrirlo de vez en cuando, como a los buenos escritores. Y, ¿qué mejor momento que el verano? Así como en invierno apetece redescubrir a Dickens, en otoño a Kafka o en primavera a Mishima (sigo hablando de mí, cada cual tendrá organizado el año a su manera), en verano quizá podamos hacerlo con Dahl, o con Dumas, o Ferlosio, o Julio Verne…

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Ene 01

Álvaro Pombo: El héroe de las mansardas de Mansard

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 1/01/2005

Pombo tiene su propia religión. Es lo primero que me pasa por la cabeza cuando veo un libro suyo, que hay gente que se confiesa «pombiana» (y no se me ocurre de nadie que se diga cervantiano, umbraliano o pérez-revertiano). Ante todo, eso asusta, porque uno no sabe qué sensibilidades está ofendiendo, algo que en temas religiosos siempre ocurre, se diga lo que se diga; siempre se ofende alguna sensibilidad. Por ello me aferro a los brazos de la butaca antes de ponerme a escribir sobre El héroe de las mansardas de Mansard; y quiero advertir, también, que he leído poco de Pombo, y que es paisano (de la generación de mi padre, además). Esto lo hago para que no se lance el anatema sobre mí, o que éste se matice un poco, hacia lo bueno, cuando me sea lanzado.

No digo que sea una mala novela, sino todo lo contrario. Pero es un tema delicado, este de la religión, por eso me protejo de todas las maneras que se me ocurren. A Pombo, acólitos o no, lo lee más gente de lo que parece; imagino que es un autor poco leído, pero luego me entero de que tiene una media de 20000 lectores por obra, lo que no está nada mal (supongo). Sus fieles han insistido lo suficiente, y ahora parece aceptado por el público, aunque su nombre no sea tan familiar como otros. Claro que a pocos autores les rezan por la noche, antes de dormir. Sólo he leído dos novelas suyas, Donde las mujeres y la que intentaré comentar aquí; percibo varias semejanzas entre ambas, la primera y creo que principal, que las protagoniza un niño en el momento de saltar a la adolescencia. Ese es el momento literario por antonomasia, aunque Pombo, con clase, evita mezclarlo con el primer amor, que siempre llega antes, o después.

Kus-Kús, o Nicolás, o Pichusqui, es un niño introvertido, imaginativo y un tanto desequilibrado. El entorno en el que crece no parece ser del todo adecuado; le falta el referente masculino que, según los psicólogos, el niño necesita para formarse y por eso se aficiona a Julián, que no parece el mejor de los ejemplos. Sus padres, los señores, viven fuera, y sólo pasan por la vieja casa familiar de vez en cuando, unos días, generando gran alboroto. Luego desaparecen hasta la próxima. A Kus-Kús lo educan, por un lado, las criadas, y por otro, Miss Hart (una seca institutriz británica que, según el niño, debería «pasar a mejor vida», sin que sepa muy bien qué quiere decir con eso), y por otro, su tía Eugenia, la habitante de las mansardas, la dama de mundo con sus amantes extranjeros, sus gigolós y su indiano perdido.

La novela comienza como un relato costumbrista de la alta sociedad santanderina; si la alta sociedad es, por lo habitual, condenadamente aburrida, la santanderina lo es por partida doble. Es decir, que me costó enganchar la narración, como ya me ocurrió con Donde las mujeres. Pero Pombo sabe crear unos personajes cautivadores, porque sabe mostrar, por debajo de la puerta, la patita del lobo. Todos tenemos secretos, y esos repelentes que nosotros llamamos pijos, y en otra época, señoritos, tienen más. Porque pueden y porque «tienen», esto es, tienen que aparentar que no hacen lo que pueden hacer porque sus medios y sus circunstancias les permiten y les obligan. Así, la tía Eugenia, con su pelo de color de zanahoria, puede tener amantes, porque aunque ya es vieja, sigue tiendo clase y dinero… pero tiene que ocultarlo, porque es vieja y tiene dinero; y como no se ha casado, pues no está bien visto que imagine historias, o disfrute con un amante, o, sencillamente, haga algo distinto de lo que hacen los demás de su clase. Quizá a muchos les parezca incomprensible esta atmósfera opresiva de metiches y chismorreos; pues que vivan una temporada en una pequeña ciudad de provincias, como las que retrata Pombo, o como la que se ha consagrado en La regenta (y me parece que Pombo y Clarín comparten más de un rasgo literario).

Son los personajes, como en las obras de más largo aliento, los que mantienen en pie la estructura, como atlantes y cariátides. La ironía que destila el texto, o la mala leche, que también hay, la combinación magistral de registros, la sensibilidad climática y paisajística (muy común entre los escritores montañeses), contribuyen para engrandecer esta novela y, al menos, Donde las mujeres (imagino que para todas sus obras). Hay gran variedad temática, pero quizá haya que destacar la «sexualidad heterodoxa» por la sutileza con que se trata el tema, especialmente si consideramos otras obras, presentes y pasadas, de autores declaradamente homosexuales (desconozco la opción sexual de Álvaro Pombo). Desde las primeras páginas percibimos, en algunos personajes, una homosexualidad latente, que progresivamente va pasando a primer plano. No quiero extenderme al respecto, porque es mejor leerlo, y si ahora cediese a la tentación, acabaría destripando un libro que es una delicia, aunque se pueda tardar en picar. El cebo, sin embargo, es delicioso, y deja un agradable sabor de boca literaria.

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