Nov 07

Los enamoramientos, de Javier Marías

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , 7/11/2011

Fiesta de reencuentros. Sonrisas amigas, muchas; alguna enemiga. Abundantes abrazos, sentidos (los hay inauténticos, pero es de gran ruindad); escasas palabras, en general (y repetidas). Confesiones: histórico-fantástica (¡son muy insistentes!). Despedida de oprobio e insatisfacción. Cultivas una pequeña flor que, de tan endeble, no aguanta hasta la siguiente primavera. (A veces, la primavera no llega nunca.) Si no eres buen jardinero, ¿para qué plantar una semilla que has de ver morir? Antes de sucumbir floreció bellamente: ese recuerdo es un tesoro.

Escribo ahora estas líneas, pero acudí ovinamente a la librería el mismo día en que esta novela se ponía a la venta. Cinco minutos después de abiertas sus puertas, ya tenía mi ejemplar en la mano. Dos días después (quizá alguno más) ya la había leído. No me senté a escribir sin más. Pasé notas, elaboré un dossier, aguardé las primeras críticas y valoraciones. Tampoco entonces me puse a escribir. Los enamoramientos me ha dejado una sensación contradictoria, pese al aplauso general (con algunos gruñidos discordantes).

Escribí: “Alcanza una brillantez absoluta en dos de las mejores novelas del siglo XX -y no sólo en lengua castellana-, Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí” (22 de julio de 2007) y cuatro años más tarde no me retracto. Creo que Javier Marías es uno de los grandes autores de nuestra época, pero no ha entrado bien en el siglo XXI. Tu rostro mañana, a falta de ser revisitada, me decepcionó, y en parte lo mismo me ha ocurrido con Los enamoramientos, aunque por motivos diferentes y de forma menos clara.

Recibí con gran disgusto un comentario suyo realizado, como de pasada, en una entrevista promocional de Tu rostro mañana, en el cual sugería que ya no escribiría más novelas porque ya no le quedaba nada que decir. Su magna novela triple no me gustó, quizá porque comparé la emoción que sentí al leer sus obras previas con el resultado pasivo de ésta. Aún así, confiaba en ver incumplida la amenaza, que achacaba al cansancio de tantos años recreando un universo tan desolador. Al enterarme de la existencia de Los enamoramientos me preparé para recuperar a mi autor. Es por eso que, contra mi costumbre, aguardé ansioso su publicación y quise ser de los primeros en leerla, como ya lo fui de Veneno y sombra y adiós (aunque entonces la editorial me lo envió incluso antes de su comercialización, y si no recuerdo mal publicamos la reseña antes que nadie, el mismo día de su publicación o sólo muy poco más tarde). En cierto modo, no mentía en aquella remota entrevista: su nueva novela no dice nada nuevo, aunque haya encontrado un engranaje que le permite poner en marcha, otra vez, sus viejas obsesiones (filosóficas, estilísticas, estéticas, personales). Y fueron esas obsesiones las que me hicieron rogar a Alfaguara por la premura en el envío allá por 2007, y las que me hicieron correr a la librería (Méndez, por supuesto) el pasado abril. Como lo harán en un futuro cuando se anuncie su siguiente trabajo, pues ahora no ha proferido amenazas.

La recepción crítica de Los enamoramientos ha sido, en general, excelente. Los lectores también han respondido, como suelen. Algún comentario superficial, que pone en evidencia más al lector que al autor (es aburrido, se enrrolla), es todo lo que, por negativo, ha sufrido la novela. A Juan Mal-herido no le ha gustado. Dice: “Un colín con mucha levadura: eso es Los enamoramientos”. Y también que es: “como volver a casas del pasado ahora mal decoradas y con los muebles muy baratos, pero con pilares y paredes que parece que aguantan”. Ya sabemos que Juan es un gruñón, y muchas veces superficial, pero en esto último estoy de acuerdo. Pero también lo estoy con quienes, como Ángel Basanta o Justo Serna o Domingo Ródenas han visto en ella una novela brillante, uno de los mejores exponentes de la narrativa contemporánea, por lo ya sabido: “La prosa demorada, de período amplio y de sintaxis retorcida, con su ritmo envolvente y quebrado, su discurrir parsimonioso, sus divagaciones, sus rodeos, sus amplificaciones” (Serna); y la complejidad temática y reflexiva (“La que parecía una obra sobre el amor, la amistad, las relaciones de pareja, el azar, la muerte, la memoria y la culpa, lo cual ya es mucho, ensancha su sentido hasta convertirse en una novela sobre la radical inaprehensibilidad de la realidad, la impunidad y la extrema dificultad de conocer la verdad”, Basanta).

Ya dije que andaba algo confundido.

Tengo claro que la urdimbre supera al acabado. Un único narrador tiñe con su voz las voces de todos los personajes, haciéndose monótono su narrar. Esta rutina estilística (que no recuerdo haber sentido antes, tampoco en Tu rostro mañana) sólo se quiebra con las apariciones de Francisco Rico y de Ruibérriz de Torres, con su deje canalla. Pero Marías insiste en ponerse canalla cuando no le va nada, sus macarras son puros impostores, graduados en Eton que gustan de soltar un taco para sentir la suciedad de la tierra antes de volver a elevarse (y obligar al servicio a eliminar la mácula de realidad). La trama, aunque mínima y bajo capas y capas de discurso, no está nada mal. Y el discurso, tampoco. La prosa hipnótica de Marías ya no me hipnotiza (ya no puedo reunir las condiciones para caer en el frenesí lector y parece que tal acción desbocada y gozosa perteneciera a un pasado remotísimo y, como tal, inaccesible), pero aún me fascina. En realidad, no puedo aportar casi nada a lo que ya se ha dicho de Los enamoramientos, y más abajo listo una serie de enlaces apropiados.

No sé si les ocurre a todos sus lectores, o a alguno más, pero cuando leo cualquier novela suya, especialmente desde El siglo, acostumbro a ver el rostro de Javier Marías en sus narradores. Es igual que visiten a un viejo profesor oxoniense, que huyan al sentir la piel helada de su amante muerta o que, vistiendo gabardina, compren discos de Henry Mancini para hacer tiempo o para disimular. Siempre es Javier Marías. Ahora ese narrador es una mujer, pero la impresión no cambia. Es su rostro el que vi ayer, cuando leí Los enamoramientos, en el cuerpo de María Dolz. Sobre el debate memo de si la psicología de la narradora es femenina o masculina no diré más. Pero sí diré que también vi el rostro de Marías, en seguida, en otro personaje tocayo suyo de la novela, Javier Díaz-Varela. Cuando lo describe físicamente, evoqué de inmediato otra descripción, muy similar, en otro de sus libros que más disfruto, Miramientos.

Dice de Díaz-Varela: “Era varonil, calmado y bien parecido, aquel Javier Díaz-Varela. Aunque afeitado con esmero, se le adivinaba la barba, una sombra brevemente azulada, sobre todo a la altura del mentón enérgico, como de héroe de tebeo (según el ángulo y como le diera la luz, se le veía o no partido). Tenía pelo en el pecho, le asomaba un poco por la camisa con el botón superior abierto, no llevaba corbata (…). Las facciones eran delicadas, con ojos rasgados de expresión miope o soñadora, pestañas bastante largas y una boca carnosa y firme muy bien dibujada, tanto que sus labios parecían los de una mujer trasplantados a una cara de hombre” (Los enamoramientos, p. 110).

Autorretrato farsante” en Miramientos: “Con la mirada perdida en el infinito y las pestañas bien visibles y vueltas, la boca de mujer que contrasta con la sombra de cerrada barba (quizá una barba azulada) (…). El mentón más decidido que enérgico y fantasmalmente partido, pero esos labios femeninos siguen restando veracidad a la representación elegida (…). Se adivina mejor la miopía innegable (…). Lo ayuda un poco la cerrada, azulada barba”.

Así, Marías nos ha regalado, mediante la cervantina técnica de la interpolación, un nuevo capítulo de su autorretrato, que entonces detuvo en los cuarenta y cinco años y ahora actualiza con cincuenta y nueve. Es claro que el Marías de papel, unitario por lo común, se ha desdoblado en esta novela, en Javier y en María, y no resulta tan extraño ya que discurseen de forma tan semejante, prolongada y retocida. Sus mundos morales, empero, confrontan y disputan y quizá evoquen las mismas confrontaciones internas del autor, que como todos nosotros las tendrá. Esa confrontación lleva a María a varias reflexiones, pero la central es una vieja conocida en nuestras letras, ya desde el siglo XVII: apariencia y verdad, añadiéndole la cuestión moderna de la imposibilidad del acceso a ésta última. Y no quiero olvidar, que por algo la novela comienza con un finado (como tantas otras de Marías), el contenido reflexivo acerca de la muerte, el más profundo y sentido de los muchos que maneja (como, claro está, el enamoramiento) y que, si bien continúa procesos permanentes en su obra, tengo para mí que el lamentado deceso de su padre impulsó muchos de estos pensamientos. Termino citando un párrafo al respecto, pág. 160:

Nos permitimos añorarlos porque vamos sobre seguro con ellos: perdimos a tal persona, y como sabemos que no va a presentarse ni a reclamar el lugar que dejó vacante y que ha sido rápidamente ocupado, somos libres de anhelar con todas nuestras fuerzas su vuelta. La echamos de menos con la tranquilidad de que jamás van a cumplirse nuestros proclamados deseos y de que no hay posible retorno, de que ya no va a intervenir en nuestra existencia ni en los asuntos del mundo, de que ya no va a intimidarnos ni a cohibirnos ni tan siquiera a hacernos sombra, de que ya nunca más será mejor que nosotros. Lamentamos sinceramente su marcha, y es cierto que cuando se produjo queríamos que hubiera seguido viviendo; que se hizo un hueco espantoso, y aún un abismo por el que nos tentó despeñarnos tras ellos, momentáneamente”.

Ahora mismo siento el impulso irrefrenable, y no lo voy a reprimir, de leer Corazón tan blanco.

Ver, sospechar, callar, por Domingo Ródenas

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Hay muchas más aquí

El fútbol ya no está reñido con las artes; el intelectual hará bien en dejarse de bromas superficiales -“¿El fútbol? Unos millonarios en calzoncillos pateando una tripa de cerdo”, o cualquier otro grotesco chascarrillo, como los que gustaban a Borges o a Cabrera Infante- y reconocer, aun mintiendo, su afición y su filiación futbolera. Atrás quedaron los tiempos en los que, como cuenta Javier Marías que recordó García Hortelano (págs. 85 a 87), se encontraron éste, Querejeta, Benet y Javier Pradera en un estadio para presenciar un Real Madrid–Real Sociedad y tuvieron que inventar un sinnúmero de excusas para no reconocer lo que hoy reconocen tantos y tantos escritores. Algo que no suele darse a la inversa: los futbolistas no suelen hacer gala de su afición lectora. Esto lo contaba Marías en un artículo allá por 1995, y poco después aparecía en Alemania Salvajes y sentimentales (Comprar libro; 17, 50 €), una memorable recopilación de los artículos futbolísticos -tanto como El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, reeditado varias veces- que el madridista confeso publicaba irregularmente, a veces picado por el diario El País para contestar, el día del derbi por antonomasia, al culé Vázquez Montalbán. Alfaguara publica ahora una edición revisada y ampliada, gracias a lo cual recoge aquel impagable artículo Un cuento para releer, escrito tras la final de Alemania 2006, cuando el “archiconocido archivillano Materazzi” recibió un merecido e insuficiente cabezazo de Zinedine Zidane.

“Cuanto se recuerda en la vida adquiere con el tiempo, precisamente por ser recordado, un carácter narrativo, y acaba viéndose, según el caso, como una película, una novela o un relato” (p. 277). Este enfoque permitió al autor de Corazón tan blanco interpretar aquella escena de manera muy diferente a la mayoría, indignada por la reacción del rey caído en desgracia. Con el mismo accidente o hazaña culmina Libro del fútbol (Comprar libro; 22,50€), que en 451 edita el argentino Pablo Nacach. La narración corresponde ahora a Santiago Segurola, que sin embargo no sobrevuela la exégesis común del último remate del francoargelino. Y es que, si Segurola ve las cosas como pocos, Marías las ve como nadie, con esa perspicacia que hace de él uno de los grandes novelistas de todos los tiempos -en un artículo balompédico se deben permitir machadas, segunda acepción-.

Si el volumen que cierra el texto del mítico corresponsal se hubiera limitado a una antología de cuentos futbolísticos la comparación con la antología de Jorge Valdano habría sido inevitable; pero Nacach, de quien ya reseñamos aquí La vida en domingo, se ha propuesto otra cosa. Es una demostración de que el divorcio entre arte y fútbol nunca ha sido tal; que ni siquiera duermen en camas separadas, sino que mantienen una vida íntima atlética y creativa, como recomiendan las revistas femeninas. El libro reúne textos -aunque hace una pequeña trampa: bajo el título de Libro de fútbol se esconde, en pequeñito, y otros juegos de pelota- desde Homero a Vázquez Montalbán, pasando por Nabokov -que fue portero, como Chillida y Albert Camus- pasando por Calderón y Shakespeare. A tan egregios autores les acompañan estampas de arte mueble de diverso origen y material, fotografías, óleos, grabados, bajorrelieves. Sólo faltaría un CD con música -quizá Los Sencillos, quizá Gerry and The Peacemakers- y alguna película -desde Evasión o victoria a Buscando a Eric- para refrendar la pasión artística por el deporte rey.

No sólo el arte, también la Historia está del lado del balompié, aunque es triste escuchar a muchos profesionales una absoluta ignorancia respecto del pasado de su oficio y pasión. J.A. Bueno Álvarez y Miguel Ángel Mateo han escrito una voluminosa Historia del fútbol, (Comprar libro; 33 €) publicada por Edaf. El tomazo recoge toda la historia, incluyendo biografías y fichas de partidos, del noble deporte que naciera el 26 de octubre de 1863 en la Freemason’s Tavern de Londes (p. 9). No descuida aquellos orígenes remotos, en los que no se distinguía apenas del rugby, hasta que se introdujo la regla del fuera de juego, verdadero nervio de este deporte y muestra de su carácter ético original: se apuntó porque un gentleman no se aprovecha del esfuerzo de sus compañeros -el “palomero” no es un caballero, recuérdelo para las pachangas-. Y es que, en sus orígenes, el fútbol era un juego elitista, como indica el nombre de uno de los primeros grandes, el Old Etonians. La narración avanza, el fútbol sale de las Islas y se hace universal; llegan Sindelar, Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona. El Real Madrid gana cinco Copas de Europa. Brasil, cinco mundiales. Desde aquel remoto 1863 hasta hoy la historia del fútbol, al menor detalle, junto con anécdotas intrascendentes y jugosas, se recoge en las 800 páginas -engañosas, las dos columnas y el tamaño de la letra sugieren un equivalente de 1500- de este libro que ningún aficionado se debe perder. Y no se olviden navegar por Youtube, donde hasta se pueden ver goles que nunca se filmaron. Es el complemento perfecto.

Con más sencillez y la apariencia de un almanaque, Alfredo Relaño, director del diario deportivo As, firma 366 historias del fútbol mundial (Comprar libro; 22,50 €). Una anécdota para cada día del año, incluyendo Navidad, fecha en la que se han jugado algunos partidos, como aquel que enfrentó a alemanes e ingleses en 1914 ante sus respectivas trincheras -demostrando que aquella guerra nada tenía que ver con los que sin embargo morían, sino con quienes estaban bien lejos-. El 15 de octubre de 1967, la estrella del Torino -un club maldito-, Gigi Meroni, moría atropellado. El involuntario homicida, como luego confirmaría el juicio, fue, paradójicamente, un gran fan de Meroni, cuya estética imitaba. Hasta llevaba una foto de su ídolo en el manillar de la moto que acabó con su vida. Los hechos cayeron en el olvido, pero hace diez años, tal día como hoy, aquel joven mismo, ya talludito, accedía a la presidencia del Torino. Es entonces cuando revive el fantasma de Meroni, la que fuera novia de éste acusa al club de haber olvidado a su figura y la hinchada no deja de recordarle aquel infausto día cada vez que el Toro no hace las cosas como debe. Así son las historias que Relaño recoge en un libro que, lamentablemente, tendrán que modificar pronto: en el capítulo correspondiente al 11 de julio tendrán que incluir la victoria, al fin, de España en un Mundial. ¡Qué falta de previsión!

Pero no todo es fiesta en el fútbol; más allá de los hechos extrafutbolísticos -como los hooligans y otras violencias que sólo tienen en los estadios un escenario-, la propia estructura del fútbol profesional arroja sombras, como se ha encargado de descubrir Declan Hill en un ensayo que ha dado mucho que hablar ya antes de ser publicado, Juego sucio (Comprar libro; 22 €). Y no sólo ha dado palabras. Investigaciones, sanciones y escándalos, de esos que salpican eventualmente el mundo futbolístico; tradicionalmente en Italia, pero ésta vez todo empezó en Alemania y sus ramas y raíces llegan incluso a tapar el sol que más brilla: el de los mundiales, citando explícitamente el Ghana-Brasil de la Copa del Mundo 2006. De España se ocupa poco, mas como advierte que todas las competiciones internacionales cuentan con partidos amañados y árbitros sobornados -suelen animarles con prostitutas-, aunque sea indirectamente cae un velo de sospecha. La UEFA se ha apresurado a organizar un departamento anticorrupción, pero la FIFA ha ignorado complacientemente las advertencias. Ojalá en este Mundial sólo haya deporte y Hill tenga que pasar a ocuparse de otros asuntos, derrotado éste por incomparecencia.

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Jun 10

No sólo Xavi lee el fútbol: libros y más libros balompédicos

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , , , , , , , , 10/06/2010

A punto está de comenzar a “jabulani” el Mundial de Fútbol de Sudáfrica, con sus coloridas aficiones, los lesionados de última hora -¡Iniesta no!- y los ladrones haciendo su agosto en junio. Puede sorprender a los ignorantes, y resultar paradójico a los cultivados, pero a los dinosaurios nos encantaba el fútbol, como poco a poco la ciencia ha ido demostrando. El que tanto tuviera que ver con nuestra extinción poco importa: tal es la pasión sauria por este noble y antiguo deporte, con el que tanto vibramos hace cuatro años en la final entre los dinosaurios franceses y los villanos, mamiferazos italianos. Fue como una repetición de nuestra apoteosis mesozoica, tan futbolera. También entonces nuestro rey contribuyó al desastre, convirtiéndonos en leyenda, al pedir aquel balón, más grande, más grande, que le fue concedido. Ahora, como por culpa de Monterroso nuestra esencia es la lectura, no sólo nos pegamos a esos televisores vuestros, también leemos el fútbol, que es plenamente dramático, plenamente literario, como demuestran las finales de Suiza 1954 y Alemania, veinte años más tarde, o el cabezazo de Zizou al “archivillano” italiano, cuyo nombre he olvidado, cosas del cerebro reptil.

Dinosaurs! Playing Soccer by Sarah Kellington

Creo que, como en todos los ámbitos, conocer el pasado es un grado. Como dijera Menéndez Pelayo, “Pueblo que no sabe su historia es pueblo condenado a irrevocable muerte. Puede producir brillantes individualidades aisladas, rasgos de pasión de ingenio y hasta de género, y serán como relámpagos que acrecentará más y más la lobreguez de la noche”; quizá por eso el fútbol ahora es tan mediocre, en general, a pesar del Barça y de España, de Messi y de Cristiano, de Xavi y de Iniesta. No hay que olvidar que Patton rompió la línea nazi gracias a sus conocimientos de la guerra clásica. En mi reportaje de libros futbolísticos en El Confidencial no olvido incluir un par de títulos, aunque Historia, lo que se dice Historia (encarnada), es don Alfredo, el más grande de todos los tiempos.

El fútbol ya no está reñido con las artes; el intelectual hará bien en dejarse de bromas superficiales -“¿El fútbol? Unos millonarios en calzoncillos pateando una tripa de cerdo”, o cualquier otro grotesco chascarrillo, como los que gustaban a Borges o a Cabrera Infante- y reconocer, aun mintiendo, su afición y su filiación futbolera. Atrás quedaron los tiempos en los que, como cuenta Javier Marías que recordó García Hortelano (págs. 85 a 87), se encontraron éste, Querejeta, Benet y Javier Pradera en un estadio para presenciar un Real Madrid–Real Sociedad y tuvieron que inventar un sinnúmero de excusas para no reconocer lo que hoy reconocen tantos y tantos escritores. Algo que no suele darse a la inversa: los futbolistas no suelen hacer gala de su afición lectora. Esto lo contaba Marías en un artículo allá por 1995, y poco después aparecía en Alemania Salvajes y sentimentales (Comprar libro; 17, 50 €), una memorable recopilación de los artículos futbolísticos -tanto como El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, reeditado varias veces- que el madridista confeso publicaba irregularmente, a veces picado por el diario El País para contestar, el día del derbi por antonomasia, al culé Vázquez Montalbán. Alfaguara publica ahora una edición revisada y ampliada, gracias a lo cual recoge aquel impagable artículo Un cuento para releer, escrito tras la final de Alemania 2006, cuando el “archiconocido archivillano Materazzi” recibió un merecido e insuficiente cabezazo de Zinedine Zidane.

“Cuanto se recuerda en la vida adquiere con el tiempo, precisamente por ser recordado, un carácter narrativo, y acaba viéndose, según el caso, como una película, una novela o un relato” (p. 277). Este enfoque permitió al autor de Corazón tan blanco interpretar aquella escena de manera muy diferente a la mayoría, indignada por la reacción del rey caído en desgracia. Con el mismo accidente o hazaña culmina Libro del fútbol (Comprar libro; 22,50€), que en 451 edita el argentino Pablo Nacach. La narración corresponde ahora a Santiago Segurola, que sin embargo no sobrevuela la exégesis común del último remate del francoargelino. Y es que, si Segurola ve las cosas como pocos, Marías las ve como nadie, con esa perspicacia que hace de él uno de los grandes novelistas de todos los tiempos -en un artículo balompédico se deben permitir machadas, segunda acepción-.

Si el volumen que cierra el texto del mítico corresponsal se hubiera limitado a una antología de cuentos futbolísticos la comparación con la antología de Jorge Valdano habría sido inevitable; pero Nacach, de quien ya reseñamos aquí La vida en domingo, se ha propuesto otra cosa. Es una demostración de que el divorcio entre arte y fútbol nunca ha sido tal; que ni siquiera duermen en camas separadas, sino que mantienen una vida íntima atlética y creativa, como recomiendan las revistas femeninas. El libro reúne textos -aunque hace una pequeña trampa: bajo el título de Libro de fútbol se esconde, en pequeñito, y otros juegos de pelota- desde Homero a Vázquez Montalbán, pasando por Nabokov -que fue portero, como Chillida y Albert Camus- pasando por Calderón y Shakespeare. A tan egregios autores les acompañan estampas de arte mueble de diverso origen y material, fotografías, óleos, grabados, bajorrelieves. Sólo faltaría un CD con música -quizá Los Sencillos, quizá Gerry and The Peacemakers- y alguna película -desde Evasión o victoria a Buscando a Eric- para refrendar la pasión artística por el deporte rey.

No sólo el arte, también la Historia está del lado del balompié, aunque es triste escuchar a muchos profesionales una absoluta ignorancia respecto del pasado de su oficio y pasión. J.A. Bueno Álvarez y Miguel Ángel Mateo han escrito una voluminosa Historia del fútbol, (Comprar libro; 33 €) publicada por Edaf. El tomazo recoge toda la historia, incluyendo biografías y fichas de partidos, del noble deporte que naciera el 26 de octubre de 1863 en la Freemason’s Tavern de Londes (p. 9). No descuida aquellos orígenes remotos, en los que no se distinguía apenas del rugby, hasta que se introdujo la regla del fuera de juego, verdadero nervio de este deporte y muestra de su carácter ético original: se apuntó porque un gentleman no se aprovecha del esfuerzo de sus compañeros -el “palomero” no es un caballero, recuérdelo para las pachangas-. Y es que, en sus orígenes, el fútbol era un juego elitista, como indica el nombre de uno de los primeros grandes, el Old Etonians. La narración avanza, el fútbol sale de las Islas y se hace universal; llegan Sindelar, Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona. El Real Madrid gana cinco Copas de Europa. Brasil, cinco mundiales. Desde aquel remoto 1863 hasta hoy la historia del fútbol, al menor detalle, junto con anécdotas intrascendentes y jugosas, se recoge en las 800 páginas -engañosas, las dos columnas y el tamaño de la letra sugieren un equivalente de 1500- de este libro que ningún aficionado se debe perder. Y no se olviden navegar por Youtube, donde hasta se pueden ver goles que nunca se filmaron. Es el complemento perfecto.

Con más sencillez y la apariencia de un almanaque, Alfredo Relaño, director del diario deportivo As, firma 366 historias del fútbol mundial (Comprar libro; 22,50 €). Una anécdota para cada día del año, incluyendo Navidad, fecha en la que se han jugado algunos partidos, como aquel que enfrentó a alemanes e ingleses en 1914 ante sus respectivas trincheras -demostrando que aquella guerra nada tenía que ver con los que sin embargo morían, sino con quienes estaban bien lejos-. El 15 de octubre de 1967, la estrella del Torino -un club maldito-, Gigi Meroni, moría atropellado. El involuntario homicida, como luego confirmaría el juicio, fue, paradójicamente, un gran fan de Meroni, cuya estética imitaba. Hasta llevaba una foto de su ídolo en el manillar de la moto que acabó con su vida. Los hechos cayeron en el olvido, pero hace diez años, tal día como hoy, aquel joven mismo, ya talludito, accedía a la presidencia del Torino. Es entonces cuando revive el fantasma de Meroni, la que fuera novia de éste acusa al club de haber olvidado a su figura y la hinchada no deja de recordarle aquel infausto día cada vez que el Toro no hace las cosas como debe. Así son las historias que Relaño recoge en un libro que, lamentablemente, tendrán que modificar pronto: en el capítulo correspondiente al 11 de julio tendrán que incluir la victoria, al fin, de España en un Mundial. ¡Qué falta de previsión!

Pero no todo es fiesta en el fútbol; más allá de los hechos extrafutbolísticos -como los hooligans y otras violencias que sólo tienen en los estadios un escenario-, la propia estructura del fútbol profesional arroja sombras, como se ha encargado de descubrir Declan Hill en un ensayo que ha dado mucho que hablar ya antes de ser publicado, Juego sucio (Comprar libro; 22 €). Y no sólo ha dado palabras. Investigaciones, sanciones y escándalos, de esos que salpican eventualmente el mundo futbolístico; tradicionalmente en Italia, pero ésta vez todo empezó en Alemania y sus ramas y raíces llegan incluso a tapar el sol que más brilla: el de los mundiales, citando explícitamente el Ghana-Brasil de la Copa del Mundo 2006. De España se ocupa poco, mas como advierte que todas las competiciones internacionales cuentan con partidos amañados y árbitros sobornados -suelen animarles con prostitutas-, aunque sea indirectamente cae un velo de sospecha. La UEFA se ha apresurado a organizar un departamento anticorrupción, pero la FIFA ha ignorado complacientemente las advertencias. Ojalá en este Mundial sólo haya deporte y Hill tenga que pasar a ocuparse de otros asuntos, derrotado éste por incomparecencia.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial

Una memorable recopilación de los artículos futbolísticos -tanto como El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, reeditado varias veces- que el madridista confeso publicaba irregularmente, a veces picado por el diario El País para contestar, el día del derbi por antonomasia, al culé Vázquez Montalbán. Alfaguara publica ahora una edición revisada y ampliada, gracias a lo cual recoge aquel impagable artículo Un cuento para releer, escrito tras la final de Alemania 2006, cuando el “archiconocido archivillano Materazzi” recibió un merecido e insuficiente cabezazo de Zinedine Zidane.

Dice la editorial:

“Escribir de este deporte es para él «un descanso», lo cual debe entenderse, según apunta Paul Ingendaay en su prólogo, como la oportunidad de abandonar las máscaras de la ficción e instalarse en un territorio en el que «las cosas están claras y el autor se siente seguro de sus pasiones y sus recuerdos». Para Marías el fútbol es la «recuperación semanal de la infancia»; y también es temor y temblor, dramaticidad y zozobra , una mezcla de sentimentalidad y salvajismo, una escuela de comportamiento y nostalgia, y la escenificación de la épica al alcance de todo el mundo.

En este libro, que incorpora treinta nuevos textos, se habla de jugadores y aficionados, entrenadores y presidentes, derrotas y triunfos, de emoción y vergüenza; también del carácter casi cinematográfico de este deporte, de la cuidadosa memoria y el rápido olvido, del patriotismo, la celebración de los goles, los himnos, los andares y gestos llenos de significado. Y vemos el fútbol como lo que seguramente es, en el fondo, para millones de aficionados: un interminable desfile de héroes, villanos, figurantes y gestas, un espectáculo que quizá merece la pena tomarse en serio.”

Ficha en la editorial Alfaguara →

J.A. Bueno Álvarez y Miguel Ángel Mateo han escrito una voluminosa Historia del fútbol, publicada por Edaf. El tomazo recoge toda la historia, incluyendo biografías y fichas de partidos, del noble deporte que naciera el 26 de octubre de 1863 en la Freemason’s Tavern de Londes (p. 9). No descuida aquellos orígenes remotos, en los que no se distinguía apenas del rugby, hasta que se introdujo la regla del fuera de juego, verdadero nervio de este deporte y muestra de su carácter ético original: se apuntó porque un gentleman no se aprovecha del esfuerzo de sus compañeros -el “palomero” no es un caballero, recuérdelo para las pachangas-. Y es que, en sus orígenes, el fútbol era un juego elitista, como indica el nombre de uno de los primeros grandes, el Old Etonians.

Dice la editorial:

“Junto a anécdotas, reflexiones y hechos poco conocidos, el lector encontrará un repaso completo y actualizado de todas las ediciones de las grandes competiciones internacionales celebradas hasta la fecha, así como una glosa y una ficha técnica de la carrera de más de doscientos futbolistas, entrenadores y dirigentes de distintas épocas. Dividida en cuatro partes que abarcan otros tantos periodos cronológicos, en todas ellas se dedica especial atención al fútbol español, cuya historia pormenorizada constituye otro de los ejes de la obra. La publicación de esta Historia del fútbol coincide, además, con el periodo de mayor esplendor de la selección nacional, con el apogeo de una generación irrepetible de grandes futbolistas españoles y con una Liga que reúne a todas las estrellas de la actualidad. Desde los pioneros británicos del siglo XIX al gran Brasil de Pelé, desde el Real Madrid de Di Stéfano al Barcelona de las seis copas, desde la Holanda de Cruyff a la Argentina de Maradona, desde el Arsenal de Chapman al Milan de Sacchi, desde el Uruguay que obtuvo la primera Copa del Mundo a la España vencedora de la Eurocopa-2008, desde el maracanazo a la Ley Bosman, desde las primeras figuras del fútbol a Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, desde la Quinta del Buitre al Dream Team, desde Zamora a Yashin… Todos tienen cabida en esta obra que cuenta todo lo que sabías y lo que no sabías sobre la actividad humana más popular de nuestra época.”

Ficha del libro en la editorial Edaf →

Este libro es una demostración de que el divorcio entre arte y fútbol nunca ha sido tal; que ni siquiera duermen en camas separadas, sino que mantienen una vida íntima atlética y creativa, como recomiendan las revistas femeninas. El libro reúne textos desde Homero a Vázquez Montalbán, pasando por Nabokov -que fue portero, como Chillida y Albert Camus- por Calderón y Shakespeare.

Dice la editorial:

“Ser de un equipo, amar el fútbol: el juego favorito de adultos que una vez fueron niños. ¿Hay una combinación más intrínsecamente humana que esa guerra sin cuartel entre libertad y fiesta, violencia y sacrificio, carácter y frustración que es el fútbol? El fútbol todo lo convierte en representación, en espectáculo, pero nunca dejará de ser otras muchas cosas; entre ellas, uno de esos hilos invisibles que padres e hijos se inventan con el fin de unirse para siempre. Instalados frente a una maquinita súper engrasada con millones de euros, dólares, yenes, pesos, y retransmitida urbi et orbe.”

Ficha del libro en la editorial 451 →

Una anécdota para cada día del año, incluyendo Navidad, fecha en la que se han jugado algunos partidos, como aquel que enfrentó a alemanes e ingleses en 1914 ante sus respectivas trincheras -demostrando que aquella guerra nada tenía que ver con los que sin embargo morían, sino con quienes estaban bien lejos-.

Dice la editorial:

“¿Sabías que Brasil no estrenó su clásica camiseta amarilla, la «verdeamarelha», hasta 1954?, ¿que el Manchester United y el Liverpool, rivales encarnizados, amañaron un partido para que el Manchester no descendiera?, ¿que la primera gran bronca entre Madrid y Barça se remonta a 1916, cuando empataron a 6 goles en un mítico partido?, ¿que 33 años después de matar con una moto al legendario Gigi Meroni el homicida involuntario se convirtió en presidente del Torino?, ¿que la película Evasión o victoria se inspiró en un partido verdadero disputado entre prisioneros de guerra ucranianos y nazis?, ¿que fue un periodista gaditano el que inventó las tandas de penaltis?, ¿que un prisionero de guerra alemán defendió la portería del Manchester City? o ¿que el Real Madrid fue rechazado en el campeonato catalán?… Esto y mucho más encontrarás en las páginas de este fantástico y definitivo libro. 366 historias escritas por uno de los periodistas deportivos más importantes de nuestro país que nos hace recordar con nostalgia algunas de las historias olvidadas del juego más hermoso jamás inventado.”

Ficha del libro en la editorial Martínez Roca →

No todo es fiesta en el fútbol, aunque libros como este puedan contribuir a limpiarlo de excrecencias.

Dice la editorial:

“El libro que ha sentado en el banquillo a cien profesionales del fútbol internacional y ha motivado a Michel Platini para la creación de un departamento anticorrupción en la UEFA. Traducido a trece idiomas y con una amplia repercusión en la prensa deportiva y en el mundo del fútbol, este libro sobre «el deporte rey» y la corrupción se ha convertido ya en un best seller internacional. Su autor, el periodista y realizador de documentales canadiense Declan Hill, tuvo la «osadía» de presentar como tesis doctoral en la universidad de Oxford una investigación sobre el fútbol y sus asuntos sucios. Avalado por su rigor, Juego sucio. Fútbol y crimen organizado es un peligroso y trepitante reportaje sobre las distintas mafias que se han infiltrado en el mundo del fútbol y rastrea de primera mano el funcionamiento de las apuestas y los sobornos, que han llegado a manipular partidos del Mundial de 2006 como el Ghana-Brasil, el Italia-Ucrania o el Inglaterra-Ecuador.”

Ficha del libro en la editorial Alba →

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Feb 25

La piel afilada, de Josan Hatero

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 25/02/2010

Tras siete años de silencio, desde Tu parte del trato, Josan Hatero -criatura de la factoría de Constantino Bértolo- vuelve con un libro diferente, una exploración lúdica de las diferentes formas de amar -con clases tan extrañas como el amante narcoléptico, el amante Bartleby que preferiría no amar, o los amantes berlineses, separados por un espeso muro- y, con ello, de la identidad del hombre a través del sexo. Sus lectores, con hábitos de coleccionista de rarezas -aunque parece haberle llegado el momento de salir de su guarida-, encontrarán en este volumen un motivo de éxtasis, tanto por ser su obra más acabada, como por su propia condición de muestrario.

El misterio de la identidad es la gran investigación de la humanidad desde que el primer cromañón advirtiera no sólo que era distinto al resto de animales de su entorno, sino también diferente de sus compañeros de grupo, incluso de sus hermanos. La ciencia ha ofrecido su abanico, insuficiente, de respuestas; la religión, la mitología y la filosofía, el suyo. La literatura ha hecho lo propio, casi como único empeño común en un arte tan variado y rico, y Josan Hatero aporta su granito con este bestiario de amantes, este empeño por desvelar la identidad del hombre a través de las diferentes formas de tocar una piel; el sexo como un sónar que nos devuelve por rebote nuestra propia imagen.

La evolución de Hatero desde Biografía de la huida en cuanto a la escritura es notable, pero sus preocupaciones se mantienen: las relaciones de pareja, en las que el sexo tiene una importancia vital -si bien no siempre es así, y algunas categorías de amantes identificadas por el Recopilador así lo confirman-. Es más maduro, más irónico, y ésta, una obra que “nace del deseo de escribir un libro diferente, ajeno a modas, tendencias y, especialmente, a lo que había escrito hasta ese momento. Un libro que reivindicara el placer de la lectura sin recurrir a la coartada de un argumento o al desarrollo de personajes; en el que el lenguaje no estuviera al servicio de la idea, sino que fuera la idea misma” -de la entrevista al autor en el blog El síndrome Chéjov-. El lector se sorprenderá buscando su casilla, encasillando a otros, amantes conocidos o por conocer, se topará fascinado con los rostros femeninos de Montse Bernal -que no merece tener el nombre tan escondido- y deleitándose con esta búsqueda que no aspira a respuesta alguna.

Léelo completo en El Confidencial…

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Ago 09

Juan Bautista Duizeide (ed.): Cuentos de navegantes

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , , , , 9/08/2008

El mar es una superficie emocional y un todo dinámico, permanentemente cambiante; un amante caprichoso capaz de las mayores crueldades. El mar es una suerte de espejo vivo que refleja las ilusiones, las esperanzas, los miedos del voluntario navegante, del azaroso pasajero. Es inevitable, pues, que el escritor se vierta sobre las volutas marinas, que el mar sea uno de los lugares narrativos por antonomasia. Después de todo, la Odisea, una de las obras fundacionales de la narrativa occidental, es una novela náutica. El mar, que recibe los epítetos de anchuroso y vasto, puede erigirse, narrativamente, en obstáculo o camino o vía de salvación o de perdición; lo surcan piratas o héroes, o simples grumetes o exploradores perdidos, y el náufrago puede reconstruir toda su civilización tan lejana en una isla desierta, o hundirse para siempre en el reino de Neptuno.

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Sep 22

Javier Marías: Veneno y sombra y adiós

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 22/09/2007

Los lectores empedernidos de Javier Marías están de enhorabuena. Al fin Tu rostro mañana, su novela más amplia, puede leerse de manera natural, sin años de dilación entre tomo y tomo. Con Veneno y sombra y adiós se cierra el periplo londinense de Jacobo -o Jacques o Jack o Jaime o Iago o Yago- Deza, el profesor que se inventaba etimologías en la oxoniense Todas las almas, su fase de espía o intérprete de rostros y carácteres -esa cualidad la comparte con el Marías de carne y hueso, cuya prueba dejó escrita en Miramientos-. Es un regalo para sus fans tanto como para sí mismo, pues en esta novela en tres tomos y 1.600 páginas desgrana gran parte de sus reflexiones, sus fobias y manías, además de incluir los entrañables homenajes a su padre, maestro de tantas cosas, y a “Sir Peter Russell, que nació Peter Wheeler”.

Nos había acostumbrado el autor a unos comienzos fulgurantes, que marcaban la memoria del lector y se convertían en la enseña de la novela -así el de Corazón tan blanco “No he querido saber, pero he sabido que…”-, algo que mantuvo en 1. Fiebre y lanza y 2. Baile y sueño -“No debería uno contar nunca nada…” y “Ojalá nunca nadie nos pidiera nada, ni casi nos preguntara, ningún consejo ni favor ni préstamo, ni el de la atención siquiera…”-. No así en 3. Veneno y sombra y adiós, con un arranque menos definitorio e intenso, que hace comenzar a la novela in medias res de una manera más clara que Baile y sueño. Y es que ahora, por fin -hay 900 páginas detrás-, estamos de lleno en la acción, los personajes ya están definidos y la trama definitivamente encauzada. Hagamos memoria.

El primer tomo comienza con el sonido de unos pasos a la espalda de Jacobo Deza y concluye con el autor de esos pasos llamando al timbre del protagonista. En el segundo sabemos que es Pérez Nuix quien llama, y sube al piso, y entretanto nos hemos enterado de cómo se las gasta Tupra, el jefe de la oficina innominada donde Deza ejerce de agente secreto. Ahora Pérez Nuix explica qué favor requiere, el inoculador de venenos Tupra esparce sus toxinas y Deza regresa a Madrid para comenzar una trama nueva que deberá cerrar por el bien de su familia, pero que le llevará a igualarse a ese Tupra o Reresby de quien poco se distingue, en el fondo. Es una frase de éste de la que mana el discurso principal de estas páginas: “¿Por qué no se puede ir por ahí pegando y matando?”, y él mismo se responde: “Hace falta que algunos no tengamos en mucho a la muerte (…). Conviene que algunos nos salgamos de nuestra época y miremos como en tiempos más recios, los pasados y los futuros”.

Este discurso cínico que justifica toda violencia y que ha alimentado todos los totalitarismos es un veneno, un veneno que lleva a matar, torturar o humillar, generando lo que Deza llama “horror narrativo”. Claro que, al cabo, ambos crean espacios de horror narrativo, de manera voluntaria o impremeditada. No se puede pegar y matar, “porque no podría vivir nadie”, aunque se pega y se mata y la vida continúa -excepto para aquél infeliz ensartado por un estoque taurino o con una lanza tribal por una decadente estrella del rock-, continúa aunque no debiera, de la misma manera que nunca debiera pedirse un favor pero no deja de hacerse. Con esta constatación de la violencia como elemento real, el autor ayuda a “comprender mejor el mundo precisamente porque se asiste a su transcurso” (ver).

Al final de la novela se retoma el hilo de la “conversación imprudente” que copó el primer tomo, Fiebre y lanza. No parece sin embargo afectar demasiado al personaje de Jacobo Deza, pues el individuo castigado por su imprudencia -la de Deza- es muy secundario y aparece casi ad hoc. Lo mismo ocurre con el favor de Pérez Nuix que queda bastante colgado en la narración, pues una vez pedido el personaje de la anglocatalana casi desaparece. Son, en cambio, la violencia y el amor los temas que cobran mayor relevancia para el devenir del personaje, intrincados en este tercer tomo, el amor y la violencia siempre tan cerca, mediando la pasión, como a Luisa que puede que disfrute siendo golpeada durante el sexo -pero se mantiene la incógnita-.

Si bien Tu rostro mañana se publicita como la obra maestra de Javier Marías y él mismo ha llegado a considerarla definitiva -en el sentido que quizá ya no escriba más ficción, esperemos que se retracte-, no es el mejor Marías. Su obra sigue un proceso claro en el que la trama va quedando enterrada en reflexiones e incisos, un camino que empieza a atisbarse en El siglo y alcanza una brillantez absoluta en dos de las mejores novelas del siglo XX -y no sólo en lengua castellana-, Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí. Tras el paréntesis de la sebaldiana Negra espalda del tiempo, Tu rostro mañana supone una radicalización del ‘estilo Marías’, que fascinará a los muchos adictos, pero que probablemente desconcertará al neófito y que deja una sensación de exceso, de insuficiente construcción sobre unas estructuras demasiado endebles. Marías ya no tiene que demostrar nada, por supuesto, y es probable que lo que puede parecer defectuoso sea intencionado o, al menos, asumido; pero Tu rostro mañana no deja de resultar hermética, para iniciados.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial

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Ene 01

Arturo Pérez Reverte: El húsar y Cabo Trafalgar

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , , 1/01/2005

La primera y la última de las novelas revertianas (concepto que empieza a usarse en ámbitos académicos) están conectadas por una carrera literaria sorprendentemente sólida, de ahí que haya optado por comentarlas juntas. Lo que encontramos en Cabo Trafalgar, la esencia del estilo, así como el ideario y las intenciones, aparece ya prefigurado en El húsar, novela que fue originalmente publicada en 1986 (Akal) y que para algunos (entre los que se cuentan Javier Marías y Santos Sanz Villanueva) es su mejor obra. Además, ambas novelas son breves y se sitúan en un tiempo muy próximo, aunque las circunstancias cambien para los españoles en cada uno de los libros. Así, en aquella más antigua, que se refería a un tiempo más cercano, franceses y españoles se enfrentan en los campos de Andalucía, y en la más reciente, que se refiere a un tiempo anterior, españoles y franceses luchan juntos contra el enemigo común inglés, aunque ya comiencen a vislumbrarse los motivos de la posterior disputa.

Arturo Pérez-Reverte lo tenía todo para convertirse en un mal novelista. Primero, era periodista, y esto es más un obstáculo que una ayuda (contra lo creído por la mayoría). Luego, eligió el subgénero de aventuras, menor a ojos de la crítica, muy dada a poner etiquetas con las que poder desprestigiar más cómodamente. Y por fin, en sus artículos de opinión (la forma más sencilla de acercarse al gran público), gusta de complacer al lector de manera excesiva, en una suerte de populismo articulístico y literario que, a primera vista, le convierte en un servil del “vulgo” (si tal actitud no procediese de convicciones morales más profundas, como se verá más abajo). Pero afortunadamente no se cumplieron los designios, sino que este autor se ha ido consolidando con el paso de los años, hasta su triunfo definitivo con el ciclo de Alatriste, a mi juicio su gran hallazgo y uno de mis personajes librescos preferidos. La combinación de intensas lecturas y vivencias propias (como reportero de guerra) hacen de él un escritor sólido, con un concepto clásico de la literatura cuyos referentes, que nunca ha tratado de ocultar, son bien claros y, lo que me parece más relevante, un conocimiento de la psique humana de primera mano, ganado en situaciones de gran intensidad. Esa casta de hombres valientes que desfilan por sus obras, enseguida sabemos que pertenecen a hombres reales más que a figuras literarias. Y de ello tenemos una prueba en El húsar. En las páginas 138-139 el joven subteniente Frederic Glüntz describe a un húsar viejo y circunspecto, de nariz aguileña, poblado mostacho y cicatriz en el rostro, que no sólo físicamente nos recuerda a Diego de Alatriste y Tenorio. Ya entonces le dedica una página entera, lo que puede indicarnos que era un personaje para él más importante que otros, máxime cuando los secundarios de esta novela primeriza están apenas esbozados.

La primera diferencia que encontramos entre ambas novelas (El húsar y Cabo Trafalgar) es el estilo superficial. En la obra de 1986 es más clásico y moderado, pero en la más reciente se parece mucho al que emplea en sus artículos dominicales, con profusión de expresiones populares y “palabrotas” (ese lenguaje que tantas críticas le ha costado, para regocijo suyo, supongo; yo también caí en eso, cuando era un joven imberbe). Ello se advierte en la primera página de cada novela:

“La hoja del sable lo fascinaba. Frederic Glüntz era incapaz de apartar los ojos de la bruñida lámina de acero que refulgía fuera de la vaina, entre sus manos, arrojando destellos rojizos cada vez que una corriente de aire movía la llama del candil. Deslizó una vez más la piedra de esmeril, sintiendo un escalofrío al comprobar la perfección de la afilada hoja.”

“El teniente de navío Louis Quelennec, de la Marina Imperial francesa, está a punto de figurar en los libros de Historia y en este relato, pero no lo sabe. De lo contrario, sus primeras palabras al amanecer el 29 de vendimiario del año XIV, o sea, el 21 de octubre de 1805, habrían sido otras.
—Hijos de la gran puta.”

El lenguaje empleado en El húsar es, por así decirlo, limpio. Pero está claro que no es el lenguaje revertiano, ya perfectamente definido esta segunda versión, veinte años posterior. Claro que tampoco soy un avezado lector de este novelista (a parte de estas dos obras, sólo he leído el ciclo de Alatriste) y me faltan datos, por lo que quizá aventure demasiado al afirmar tal cosa (agradezco en tal caso la corrección, y si alguien me informa de la evolución estilística de don Arturo, mayor agradecimiento). Otra diferencia de matiz, porque no es más que eso, la encuentro en el patriotismo, más relajado en 1986 y más exaltado en 2005. Aunque no es una diferencia muy grande, se percibe en el trato de las masas populares. Las que se enfrentan a los franceses son hordas, armadas con hoces y navajas, como leemos al final del libro. Pero en la batalla de Trafalgar son, sin lugar a dudas, los héroes; como aquél que jura vengarse del oficial que le llevó a empellones al navío, pero que en medio de la refriega olvida la afrenta y pelea valerosamente al lado de quien era su enemigo. El elogio de la gente sencilla, que no simple, es una constante en su obra. Los gloriosos tercios que combatieron en toda Europa por la supremacía española durante siglo y medio estaban compuestos por los desgraciados que nada tenían en suelo patrio, por ese tipo de paisano que tanto gusta a Pérez-Reverte y que tanto le ha dado a su narrativa. Puede que Glüntz fuera un pequeñoburgués, pero está claro que Diego Alatriste era uno de estos héroes, y en todo el ciclo se alaba una y otra vez a la gente sencilla, a su resistencia y tenacidad, y a su ingenua nobleza (que, no obstante, ha llevado a este país a grandes penalidades, si hacemos caso a la historia o a cierta historia), algo que se repite especialmente en Cabo Trafalgar.

Uno de los temas de El húsar es el contraste entre la mitología y la realidad de la guerra. Los húsares Frederic y Michel charlan sobre la belleza de la carga de caballería (en El señor de los anillos de Peter Jackson tenemos buenas muestras), el honor, la gloria. Pero luego la batalla es bien diferente. Simbólicamente, Pérez-Reverte lo señala con el uso, muy tradicional, muy decimonónico, de los elementos: frente a los sables refulgiendo al sol, la lluvia, el barro y la sangre. En Cabo Trafalgar ya no aparece tal mitología. Todos los implicados saben lo repugnante de la guerra, algo que en aquellos navíos de madera era más inmediato que en tierra: cada cañonazo significaba una lluvia de astillas clavándose en la carne, cortando, mutilando. Cabo Trafalgar tiene, pues, otra intención. Ya no es el viaje iniciático de un joven, como sí lo era El húsar. Es una novela más puramente histórica, pero más concretamente es una elegía, una elegía al pueblo español, siempre manipulado, presionado y mal dirigido por reyes y políticos mediocres o egoístas. Pérez-Reverte critica al pueblo, mucho, en sus artículos, pero en sus novelas pone de manifiesto que, en situaciones extremas, se puede confiar en él, sólo en él.

Toda la narrativa de Pérez-Reverte está caracterizada por la agilidad, la emoción y la intensidad, ya desde 1986. Los frecuentes descansos reflexivos no cortan la dinamicidad de la narración, sino que añaden un componente ideológico que se mantiene estable y que aporta solidez a la narración. Nos movemos en terreno conocido, y esa familiaridad ayuda a introducirse en la novela. Acción y reflexión son, pues, los pilares de su narrativa, no tanto el romanticismo, que aparece de manera lateral. En El húsar se trata, nada más, de los primeros pasos amorosos de un joven demasiado inexperto, pero este punto de vista lo repite Íñigo de Balboa en el ciclo de Alatriste. En Cabo Trafalgar el amor es más profano, es el amor del marido que sabe que no va a volver a ver a su esposa, o el hijo que ve empequeñecer a su madre en el muelle mientras su barco le conduce a la muerte. Este amor, más hermoso, más profundo, sí lo trata el autor con la intensidad que requiere, aunque no le dedique muchas páginas. No obstante, es mucho más conmovedor que los recuerdos de Glüntz y de hecho él mismo acabará despreciando las imágenes que al principio le resultaban tan alentadoras.

Un último apunte de semejanza entre ambas novelas, y por no extenderme más, es el hábil truco que emplea el autor para desembarazarse de las críticas de los puntillosos expertos. Me refiero a esos que consideran suficiente motivo para echar abajo una novela el que en la página x cierto personaje emplee una palabra que sólo empezó a usarse siete meses después. En ambas novelas, ambientadas en una época histórica concreta, transforma la acción lo suficiente como para distanciarla de los hechos históricos. En El húsar, la batalla en que combaten nunca ocurrió, pero es un esquema de las muchas que se desarrollaron durante la invasión francesa. Y en Cabo Trafalgar, es bien sabido que el Antilla nunca existió, pero es un trasunto de aquellos magníficos navíos españoles que, hasta los ingleses lo reconocían, eran los mejores del mundo. Un truco que emplea desde los comienzos de su carrera y que nos indica, una vez más, que cuando Arturo Pérez-Reverte se puso a escribir, ya sabía lo que quería con tanta claridad que no ha necesitado cambiar en todos estos años.

Lee el original en Cuanto y por qué tanto…

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Ene 01

Javier Marías: Baile y sueño (Tu rostro mañana, 2)

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 1/01/2005

Los arranques de las novelas de Javier Marías se han convertido en una seña de identidad tanto como su particular puntuación y su magistral uso reflexivo del lenguaje. De hecho, en la contracubierta de cada una de sus últimas novelas, o partes de una única novela mayúscula inacabada, se citan sus respectivos arranques; el de Baile y Sueño, segunda parte de Tu rostro mañana (en la que recuperamos al Jacobo Deza de Todas las almas) recuerda un poco al de la primera (Fiebre y lanza), su temática es muy próxima: “No debería uno contar nunca nada…” reza ésta, y “Ojalá nunca nadie nos pidiera nada, ni casi nos preguntara, ningún consejo ni favor ni préstamo, ni el de la atención siquiera…” la que nos ocupa. Ambas acciones, contar (a otro) y pedir (también, a otro), crean esclavitudes, deudas. Si cuentas algo a alguien, le haces propietario de una historia en la que, antes, no tenía parte, y eso se puede ver quizá como un gesto generoso, o como un descuido egoísta, en cuanto que estamos implicando a esa persona en algo que, de ninguna manera, le era propio hasta ese instante (ni siquiera aunque el relato se refiriera a esa persona, porque su desconocimiento impedía que estuviera implicado de facto).

Lo que es indudable es que al contar estamos creando lazos, relaciones, que hasta ese momento no existían o, de puro implícitas, carecían de funcionamiento. Y vamos un paso más allá cuando en vez de contar pedimos, que es lo que le ocurre a Jacobo o Jacques o Jack o Jaime, ahora no le cuentan sino que le piden, y ahí más que deudas se crean esclavitudes. Cuando se pide un favor, se obliga casi, se fuerza al otro a acatar nuestro deseo, sin que tengamos en ese momento más que un pálpito de las posibles consecuencias a que puede dar lugar nuestra simpatía o fragilidad (cedo por amistad o simpatía, cedo porque no puedo negarme). Si pensamos que J. Deza es, además, una suerte de espía, el hecho de contarle o pedirle algo toma un cariz más severo aún dado que sus opiniones pueden tener consecuencias fatales (o, bien al contrario, felices) para un ser humano o un país entero, ni siquiera él mismo sabe del alcance de sus palabras (de ahí que sea mejor no contar nunca nada). Toda palabra puede hacer un infinito daño, aunque no se pretenda, porque como se dice en la propia novela (Parte 1ª), una vez que soltamos las palabras en el aire, perdemos todo control sobre ellas.

Como se ve, y cualquiera que sea lector de Javier Marías lo sabe, estamos ante un narrador profundo, cabe decir que filosófico aunque emplee un lenguaje no tanto abstracto cuanto concreto, es decir, narrativo. No se tratan temas vulgares, como el amor (más vulgar por el enfoque con que se trata que por sí mismo; recomiendo, en la misma Baile y sueño, las hermosas reflexiones sobre el amor que J. Deza tiene respecto de su exmujer Luisa), la venganza o las intrigas históricas en torno a personajes célebres y misteriosos (éstas sí, sin remedio, vulgares), los temas que trata son cotidianos, pero en los que no solemos reparar, ésas acciones minúsculas que inadvertidamente cometemos cada día, sin advertir nuestra fuerte, hasta agresiva, influencia en nuestro entorno. Solemos creer que no importa contar, pedir, curiosear, que no tenemos tanto imperio sobre el entorno, pero Marías nos convence de que sí, y de hecho nuestra propia experiencia debería refrendarlo. Esta selección de temas hace que la anécdota resulte secundaria, pero no sólo la parcela temática lo fuerza, sino también (y puede que aún más), su prosa, elegante, rica, compleja, “embrujadora”. Quien lee a Marías, lo lee porque él lo escribe, y porque lo hace como lo hace. Esta tendencia a reducir la anécdota, a que ésta se vea superada por la reflexión y el estilo, ha ido conformándose desde sus primeras novelas (Los dominios del lobo, Travesía del horizonte) y alcanza sus máximas cotas con Tu rostro mañana. Fue a partir de El siglo cuando Marías encuentra el que es su estilo, el tan característico y célebre desde Todas las almas, y ahora lo está llevando a sus extremos, tanto que ha amenazado con retirarse de la novela cuando concluya la trilogía que tiene entre manos.

Creo que es el momento de refrenar los elogios e introducir una punzadita de crítica, y es que entiendo que ha llegado a extralimitarse un tanto con esta novela, especialmente en la primera parte de este segundo tomo de la trilogía (Baile); el ritmo se quiebra demasiado, la dilación entre un paso y otro del protagonista se hace demasiado larga. La anécdota, en este tramo, más que secundaria se hace inexistente. Pero ya está, eso es todo, simplemente la opinión de un lector apresurado. Es cierto que no es una novela para todos, que requiere una lectura despaciosa, meditabunda, y una complicidad mayúscula con el autor/narrador (cada vez, también, más confundidos: las opiniones de J. Deza nos han sido prefiguradas en los artículos de J. Marías en El País y El Semanal), pero el placer intelectual que se siente al leerla compensa el esfuerzo. Esperemos que se eche atrás, que siga deleitándonos con su prosa inteligente, con su perspicacia, con su refinada cultura. Es algo que le pido, aunque no debiera, pero es que él tampoco debería haber empezado a contar, ahora “nos lo debe”.

Léelo en Cuanto y por qué tanto…

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