Oct 27

Ejército enemigo, de Alberto Olmos

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , 27/10/2011

Ordenando notas hasta las tantas, escribiendo aún más tarde. Mi cerebro ya no está para estos trotes, por eso escribí tanto. Es imposible resumir a las tres de la madrugada: ¿cómo lo hacía en la universidad? ¡Ay juventud, brevísimo defecto!

Ayer terminé de releer Trenes hacia Tokio. Puede que no sea la mejor novela de Alberto Olmos (signifique eso lo que signifique), pero sigue siendo mi preferida. Hay novelas que me gustan y olvido y novelas que me disgustan y olvido y novelas que me dejan indiferente y olvido (la mayoría), pero muy pocas me emocionan y recuerdo. Trenes hacia Tokio está entre estas últimas. Está entre mis novelas preferidas, así, en bruto. Ejército enemigo me gusta, a ratos me emociona (aún es pronto para olvidarla o recordarla); no está entre mis novelas preferidas, aunque eso sólo me importe a mí.

Los lectores de Juan Mal-herido recordarán que amenazó, tiempo ha, con escribir una novela. Pues es ésta. Como sabrán esos mismos lectores, Alberto Olmos no es sino la máscara que Mal-herido se calza para salir al mundo exterior sin armar (demasiado) alboroto. Él es un hikikomori confeso, radical; y su aspecto es inquietante, como el de los villanos de las películas de chinos.

Al final escribió su novela, que no ha resultado pornográfica, aunque su narrador, Santiago, consuma buena parte de sus energías ya no tan juveniles en sites porno (como es sabido, por encima de los treinta sólo los escritores son jóvenes, mientras los futbolistas ya son ancianos; Santiago es publicista). No por ello Ejército enemigo va a circular por nuestras librerías en paz, pues es posible que vean, en manifestaciones y asambleas, pancartas con el rostro público de su autor tachado junto al de banqueros, especuladores y políticos. Es pura elucubración, claro. Pero es verdad que ha soliviantado a algunos de nuestros rebeldes con causa, si bien su dardo tenía como objetivo a quienes carecen de ellas (o quizá a todos y yo me dejé llevar por la bondad). Si no lo creen, lean algunos de los comentarios que le han dejado en su blog. Alberto Olmos ha preferido publicarlos, aunque podría haberlos dejado flotando en el limbo digital, nadie lo habría sabido. Juan Mal-herido no deja comentar en su blog; él es descortés y grosero, pero no se le puede partir la cara.

El lema de la novela, la frase que sirve de eje a la acción superficial del relato, escuece. “La solidaridad ha fracasado”. En estos días la prensa ha exhibido el rostro de un joven estudiante italiano, de buena familia, al que han convertido en emblema de los disturbios ocurridos en Roma durante una manifestación de indignados. Daniel, amigo de Santiago, parece un presagio del fulano incendiario, aunque con una fortuna bien distinta. A Er Pelliccia lo han detenido, sí, pero en cambio se ha hecho famoso, ya puede trabajar para Berlusconi seguramente sin menoscabo de su ideología. En cambio, Daniel es brutalmente asesinado. Daniel había cambiado tras una conversación con Santiago, fulminado por la sentencia mencionada, proferida un poco a la ligera: esa metamorfosis le encaminará hacia a la muerte (más bien apresurará su paso). Poco a poco la zarza de la culpa enraíza y engancha en Santiago y la muerte de Daniel es el detonante de una serie de cambios en su anodina y deprimente existencia, paralela a la de su propio barrio: ambos se descomponen al paso, mas no para renacer como algo distinto, sino en todo similar a lo anterior.

Si con El estatus Alberto Olmos demostró su capacidad para narrar una intriga psicológica, con Ejército enemigo, que puede acometer una trama detectivesca. Es lo que se dice un autor versátil. Relacionando todas sus novelas, la similitud del narrador más reciente con el primero, aquél de A bordo del naufragio, parece evidente y así se ha señalado. Es la rabia. La rabia, sin embargo, nunca ha abandonado a Alberto Olmos. Juan Mal-herido rabia siempre, hasta cuando lee algo que le gusta. David, narrador de Trenes hacia Tokio, también rabiaba, aunque algo menos: le podía la melancolía y la desidia. La rabia motiva a Santiago y le conecta con su barrio, con la tierra, es su enlace telúrico: “Ver la tierra, ver que nuestras vidas se desarrollaban a ciegas a la tierra, ver de lo que estaba hecho mi barrio, de lo mismo de lo que estaba hecho el asentamiento de una tribu salvaje, de lo mismo de lo que estaba hecho un campo de batalla, de tierra y de rabia (…). La rabia nos había traído la tierra” (p. 138).

Tierra y rabia; tribu. Este párrafo alude a una suerte de naturaleza literaria, cierta autenticidad que recopiló y editó en Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder. Literatura en estado adánico, por elaborar, el germen de la literatura. A bordo del naufragio era así, un discurso incontenible, genuino. En Trenes hacia Tokio se contuvo un poco, con el tipo de contención que un karateka aplica a su pierna en una Mawashi geri. En El talento de los demás, en la distancia, encuentro demasiado empeño literario (eso es algo distinto de “voluntad de estilo”; por otra parte, quizá me falle la memoria). El estatus es pura contención. Es su mejor novela. Redonda, perfecta, una obra maestra (esa expresión vacía). Y Ejército enemigo tiene defectos: le sobra crónica, ensayo, cita… y vuelve a ser salvaje, tanto como una estampida de búfalos que se tomara un respiro de vez en cuando. ¿Es un paso atrás desde El estatus? Lo cierto es que tiene un buen puñado de páginas de auténtica literatura, con algunos de los mejores momentos de su obra: los dedicados a su barrio, en especial la persecución final, obra de un gran narrador y no sólo de un gran escritor: “Yo no podía oír otra respiración que la mía, ese aire que tomaba y devolvía, que tramitaba y desechaba, lúbrico y penúltimo”(P230).

Con tanto búfalo, patada y tribu rabiosa podríamos dudar de que Alberto Olmos tenga su corazoncito. Léase Trenes hacia Tokio: lo tiene. Pero no malgasta sensibilidad. El mundo que retrata Ejército enemigo (una novela en la que la realidad se puede mascar, nada que ver con el experimento centroeuropeo de El estatus) está hipersensibilizado, y para hablar de ello se interpone Santiago, un personaje al que identificamos como un caníbal ya en la primera página. Reconoceremos su ácida voz, que no su biografía: tiene el mismo timbre que el narrador innominado de A bordo del naufragio, pero ahora ostenta nombre y apellidos, y hasta pasado. Lo que no está tan claro es que tenga futuro, aunque la novela termina con algo que parece (o he querido que parezca) un destello de esperanza, algo inédito en la obra de Olmos (quizá no tanto: Yuka y Moe le dan a David chocolate de compromiso, pero ésta es esperanza para el mundo; yo me refiero a esperanza para el personaje).

Volviendo a Santiago, es un gilipollas (Alberto Olmos dice que es un hijo de puta; también David de Trenes dice serlo, pero no es verdad). Erotómano, narcisista, cobarde, ingenioso, cínico (“Nunca aportas nada. Sólo quemas”, p. 20, Daniel a Santiago), paranoico (los narradores de Alberto Olmos lo son, por hikikomoris). Para medir cuán odioso puede ser, piénsese en su oficio: es el encargado de llenar nuestras cuentas de correo de anuncios absurdos e innecesarios (es decir: de anuncios). Dice: “Me gusta que mis expectativas de éxito sean casi indistinguibles de mis posibilidades de fracaso” (p. 21).

En ese (este) mundo hipersensibilizado, “la solidaridad ha fracasado” porque “la solidaridad es una forma de ocio, una ficción para el puro entretenimiento de personas con mucho tiempo libre” (p. 77). Quien ha de acarrear cajas sin chistar porque, de otro modo, su familia se muere de hambre, no puede permitirse sentarse tres días en una plaza inventando consignas ni acampar con refugiados a cien mil kilómetros de casa. Aquí se concreta uno de los temas capitales de la narrativa de Olmos, la hipocresía, ahora la de quienes rellenan su vacío con las desgracias ajenas (como en El talento de los demás eran las camarillas de “talentosos” que usan la literatura como excusa de su abulia).

Otra preocupación de Olmos, que ocupa aquí largas páginas, es la modernidad. El ser moderno. Es célebre su artículo Por qué no leer a los clásicos, en el que defendía su lectura, pese a lo que diga el título, pero anteponiendo la obra más contemporánea, aquella que dialoga con el presente (pero los clásicos lo son porque, pese a su vejera, aún nos hablan a los lectores de hoy; de otro modo, pese a los intentos de resucitarlos al estilo von Frankenstein, se olvidan). En Trenes hacia Tokio se citaban artefactos tecnológicos al uso en el País del Sol Naciente, pero que al lector español casi le sonaban a ciencia ficción. En Ejército enemigo la reflexión sobre cómo nos ha cambiado internet, en concreto nuestros conceptos de intimidad y pudor, se hace a través del hábito pornógrafo de Santiago, de su inserción en redes sociales (una de invención olmesca, pero no descabellada, ChatChinko; la perturbadora ChatRoulette) y de su obsesión acosadora, al intentar reventar los correos electrónicos de sus conocidos.

Esta preocupación por la modernidad también se observa en el lenguaje. Su habitual cuidado estilístico, la excelencia de su sintaxis y la riqueza de su expresión le han valido el reconocimiento de Ricardo Senabre en sus entrañables codas gramaticales. En este aspecto, Ejército enemigo no es diferente al resto de su obra, si bien sí se aprecia un perfeccionamiento progresivo del que ésta más reciente se beneficia. Nunca le ha temblado el pulso a la hora de escribir términos urbanos, contemporáneos, quizá perecederos, cuando tantos escritores toleran sólo lo inmanente. Creo que Alberto Olmos es el único escritor del mundo que ha empleado el término colajet en una novela: lo he comprobado en Google Books, si me equivoco es su culpa. Este atrevimiento entra ahora en ebullición: mailmarketing, in, on, cool, fashion, friki, trendy, postpunk, putting edge, trash, bukake, bondage, forward, nickname, microblog, photolog, start ups, newsletter, MDMA, raccord, prepa, strapon, denim, storytelling, hoodie, asl, teoría queer, sin olvidarnos de las consabidas marcas (Nike, Adidas, Converse, Reebok). Por supuesto, el asunto de la solidaridad es tan actual como que se ha desbordado después de haber sido escrita la novela.

Sin embargo, los temas apuntados me parecen superficiales; no que hayan sido tratados superficialmente, sino que me parece encontrar otro más íntimo y permanente, la soledad. Santiago es, ante todo, un solitario. Quizá el más radicalmente solitario sea el narrador de A bordo del naufragio, pero los narradores de Alberto Olmos son solitarios, padecen soledad, y quizá de ahí la rabia y el cinismo y el atrincheramiento. Como la psicología no es lo mío, lo dejaré aquí, no sin antes apuntar un lamento de Santiago, página 102: “Su intimidad muerta puede a mi intimidad viva”.

Este larguísimo ensayo ha llegado a su fin (debo comprarme unas tijeras mentales).

Actualización, 1 de noviembre de 2011: Me dices que habiéndome gustado y emocionado, no parece que me haya hecho pensar. Que una buena novela debe hacer reflexionar, y nada he dicho sobre eso.  Es obvio que una novela que plantea temas candentes como ésta excita el pensamiento, y no es necesario ser muy explícito al respecto. Ya has visto el papiro que me ha salido siendo muy general, como para ir concretando. Cuando me encarguen la edición crítica, sólo entonces, lo haré.

Como habrás leído por ahí, se trata de una novela polémica en el plano reflexivo que  propone un replanteamiento de lo que entendemos como conciencia social, solidaridad y, aunque el movimiento no existía cuando la novela se escribió,  de la indignación popular suscitada por la crisis. Sin duda,  son éstas cuestiones sobre las que he estado día a día, no he necesitado leer Ejército enemigo para caer en ello, como tampoco tú, aunque es posible que las ideas expuestas te provoquen rechazo, al contrario que a mí, que soy parcialmente coincidente (mejor hacer algo que nada, sean cuales sean los motivos que mueven a la acción; la calidad de esos motivos puede afectar a la valoración de los actos). Quizá sí debí aclarar que las reflexiones “políticamente incorrectas” de la novela pueden producir, antes que un debate, un repliegue del lector. Como cuando tocas a un caracol. Pero eso no es culpa del autor, cuya misión es plantear la cuestión, no resolverla.

Entrevista con Alberto Olmos (El Cultural de El Mundo)

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Nov 26

Alberto Olmos, Premio Ojo Crítico 2009

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , 26/11/2009

En España no son muchos los premios “limpios”, es decir, aquéllos que se dan a obras ya publicadas y obviando intereses comerciales. Esta modalidad, más popular en países de tradición lectora más arraigada -lo nuestro es nuevo, vamos con un par de siglos de retraso, casi-, esta modalidad es la que ayuda a orientar al lector entre la muchedumbre de autores más o menos valiosos que asaltan las librerías cada semana con sus novedades. Pues bien, uno de esos premios se lo acaba de llevar Alberto Olmos, el Ojo Crítico, que festeja así por todo lo alto sus veinte años de existencia. Y es que Olmos es uno de los escritores “jóvenes” -si es que esta laxa nominación vale para alguien con siete novelas a las espaldas- que apunta una trayectoria más alta en nuestro país y en lengua castellana.

Alberto OlmosLas razones del jurado -integrado por, entre otros, Isaac Rosa y Nuria Azancot-, con las que no puedo menos que coincidir, se refieren a “la capacidad narrativa que el autor plasma en todas sus novelas”, su dominio de la técnica narrativa y su “capacidad para reinventarse de una novela a otra”, sin olvidar lo más importante en la escritura de ficción:  “la habilidad de Alberto Olmos para atrapar al lector en la solidez de la trama y en la credibilidad de los personajes”. Sin eso, no hay técnica ni originalidad que valga.

Hoy encabeza su blog con una escéptica cita de Houllebeq -”Hay tantos premios que alguno me tenían que dar”-, y que sólo corresponde al autor francés porque llegó antes; Olmos es suspicaz ante estos avatares de la vida literaria, porque para él, lo importante, es la escritura. Hay pocos autores, jóvenes o no, que tengan un compromiso tan firme y exclusivo con la literatura. Un compromiso que muchos lectores reconocen y aprecian ya, y pronto serán legión. Yo me honro en ser uno de ellos.

Enhorabuena, Alberto.

Obras reseñadas para El confidencial:

El estatusEl estatus, Lengua de trapo, 2009
 

 

Algunas ideas buenísimas...Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder, Caballo de Troya, 2009
 

 

TatamiTatami, Lengua de trapo, 2008
 

 

El talento de los demásEl talento de los demás, Lengua de trapo, 2007
 

 

Trenes hacia TokioTrenes hacia Tokio, 2006
 

 

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Ago 06

Otra vuelta de tuerca: El estatus, de Alberto Olmos

Escrito en El T-rex que viene, El museo.
Etiquetas: , , , 6/08/2009

fantasmadaOtra vuelta de tuerca. El estatus. Alberto Olmos.

La nueva novela de Alberto Olmos tiene todos los ingedientes de una convencional narración de misterio. La protagonizan dos mujeres solas, madre e hija, que pasan a habitar un territorio que, para ellas, es inhóspito: el primer piso de Schmelgelme 34, donde aguardan la llegada del marido y padre. Han cambiado su cómoda villa campestre, repleta de criados, por ese retazo urbano y una criada inexperta y deslenguada, indiferente ante las diferencias de clase entre ella y su señora, que sin embargo las tiene muy bien presentes. La hija, Clarita, que está en la edad de las primeras menstruaciones, traba una peregrina amistad con el no menos extraño portero del inmueble, Jesualdo, un gigante discapacitado cuyas inclinaciones se hacen pronto evidentes. Junto a las nuevas inquilinas y su criada, parece ser el único habitante del edificio, en el que sin embargo pronto comienzan a suceder episodios inexplicables.

La apariencia de convencionalidad se disipa pronto. En seguida aparecen dos voces junto a la del narrador: la de las protagonistas, que dialogan desde algún lugar fuera del tiempo, y la del portero, un monólogo interior –recurso que emplea profusamente el autor, especialmente hacia el final del volumen– que evoca al Benjy Compson de Faulkner. Olmos hace, en cada uno de sus proyectos, algo nuevo, pero dentro de sus coordenadas narrativas y estéticas. Aquí emplea esos ingredientes del relato de fantasmas para cocinar un guiso que, conservando la atmósfera inquietante, da una vuelta de tuerca al género, explora la soledad que aqueja a unos personajes que, por mor de su estatus, permanecen aislados, incomunicados, aun madre e hija: “admitámoslo, en nuestra familia nunca ha sido costumbre quererse” (pág. 108). La desolación del edificio, que se va revelando por las excursiones de Clarita –un edificio que “por fuera es un palacio, pero por dentro es la ruina total”– es la extensión física de la propia desolación y descomposición emocional de los personajes. El ordenado piso que habitan no deja de ser un decorado que terminará por ser engullido por la nada circundante.

La novela tiene ese aire de la gran narrativa centroeuropea de principios del siglo XX y hace gala de una complejidad constructiva que, sin embargo, esconde sus andamios, ofreciendo un aspecto pulido, acabado. Es la mejor novela de Olmos hasta ahora, que redunda en sus mejores cualidades, a las que ya se hizo referencia en anteriores ocasiones, perfeccionándose en una progresión casi ininterrumpida que llena de expectación a quienes disfrutamos de su escritura.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial…

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Mar 07

Alberto Olmos: Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder

Escrito en El T-rex que viene, El museo.
Etiquetas: , , , 7/03/2009

adanhomerLa literatura debe reinventarse constantemente, como Osiris, divinidad solar que moría cada día para renacer al siguiente. De igual modo, la novela lleva muriéndose más de un siglo, pero reaparece constantemente con formas nuevas, de tal modo que debería incluirse en su definición su carácter de ave fénix. Aunque, en realidad, la novela, la literatura en general, goza de buena salud; es la teoría la que, no pudiendo seguirla, la declara muerta y al fin debe reconocer que está viva y debe reconstruir sus doctrinas con los nuevos materiales: tarde, porque la novela, la literatura, ya ha mudado y viste plumajes nuevos.

En el guardapolvo de Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder, nuevo trabajo de Alberto Olmos -de quien ya hemos reseñado aquí Trenes hacia Tokio, El talento de los demás y Tatami-, aparece una bomba a punto de explotar (simula el mensaje de error de un Macintosh). Esa bomba es la que golpea a la teoría, que tendrá que enviar a sus TEDAX a desactivar este engendro que no se sabe si es literatura, ni quién es su autor; no es identificable la trama, ni el estilo. De lo que es la novela tradicional sólo podemos reconocer la existencia de unos personajes que, de todos modos, no tienen más relación entre sí que el medio donde publican sus textos, internet. Porque Alberto Olmos ha compuesto una novela de la que sólo ha escrito la Nota y los Créditos, y el material narrativo lo ha copypasteado de internet.

¿Quién es el autor? (Alberto Olmos respondió a esa pregunta solicitando una foto de grupo). Autores son todos, y el resultado es común. No se puede, como en un libro de cuentos colectivo, desgajar a uno de los autores y evaluarlo de manera independiente. La autoría de Olmos ha consistido en un entretejer textos que no son propios para componer un fresco coral –con la técnica evidente del collage- que es casi una novela-río, si bien internet es más un océano (pero hasta los océanos tienen sus ríos), donde el curso central es el ordenador de Olmos, en donde confluyen los diversos arroyos y corrientes. De algún modo es una actualización de La colmena, con una serie de personajes que discurren en paralelo, sin llegar ahora a rozarse.

Olmos ha concebido la obra “del texto a la textura”: lo que ha buscado es dotar de textura web a las historias de los personajes Eritrea, Supercrisis, Jeepster o el propio Olmos, que son personajes porque su existencia es digital y, ahora, de papel -Olmos entra en la novela a través de los correos electrónicos de su amigo Héctor-. Aportan texturas los textos robóticos, el spam, la nube de tags que copia o la encuesta de la bitácora Moleskine literario. Así pues lo relevante de esta novela no es el estilo, aunque no es indefinible, sino la textura y la estructura. Una estructura que obedece, como confiesa el editor en la Nota, a una “sana anarquía” y a su “curiosidad emocional” -no es difícil reconocer las semejanzas entre la amargura de Eritrea y la del protagonista innominado de A bordo del naufragio, la primera novela de Olmos-. El material lo ha ordenado (su “confesión de cookies”) partiendo de su propio blog, Hikikomori, y progresando “en círculos concéntricos”, como un DJ, inspirándose en el trabajo musical de The Avalanches, grupo australiano que compuso en 2000 el disco Since I Left You a partir de samples de muy diversos artistas (estrategia que copió luego Craig Armstrong para la banda sonora de Moulin Rouge).

Son textos provocadores, de una rebeldía a la antigua usanza, la que tatuaba con espray el desasosiego existencial o el rechazo profundo a las convenciones políticas y sociales en las paredes de la ciudad antes de los ridículos grafos. Es rabia desatada, que “es lo que promueve internet”. Es literatura en un estadio adánico, original (y por tanto es auténtica, no mera imitación del hipertexto). Muchos de estos materiales son los que, tradicionalmente, el escritor reelabora luego para dar lugar al relato común. Aquí quedan expuestas sus entrañas, como un Centro Pompidou literario. Son textos que obedecen a la necesidad íntima de expresión, la que siempre ha impelido a los escritores. Y de ese modo enlazan con la tradición.

¿Es literatura? Algunos ejemplos del libro lo son claramente, o tienen antecedentes claros en el diario, la columna periodística, el relato tradicional o la poesía. Otros, como los tweets o los SMS, quizá están más alejados de lo que comúnmente se entiende por literatura. Es el conjunto lo que resulta ser decididamente literario; pues no siempre el material que compone la obra literaria lo es, y sin embargo no cabe duda del carácter del producto final. Aquí es difícil desentrañar lo referencial, lo puramente literario, sin que importe realmente eso: “Lo literario está en el papel donde se imprime”.  Lo que queda a quien lea Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder es que en internet puede encontrar literatura valiosa; aunque,  de momento, el papel sigue dando prestigio (homologando, según Constantino Bértolo, editor de Caballo de Troya). A ver cuánto dura eso.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial…

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Sep 27

Alberto Olmos: Tatami

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 27/09/2008

El novelista y exprofesor de español para japoneses Alberto Olmos no ha tenido un aterrizaje brusco en el planeta literario, del estilo de Nocilla Dream o Llámame Brooklyn, pero con ya cinco novelas a sus espaldas es uno de los `jóvenes narradores´ –ese concepto tan laxo– más sólidos y reconocidos de nuestro país. Si con A bordo del naufragio resultó finalista del prestigioso premio Herralde, su consagración llegó hace dos años con Trenes hacia Tokio, donde plasmaba sus experiencias niponas tras tres años de permanencia en el país del sol naciente. Luego llegaría El talento de los demás, su novela más ambiciosa y conseguida –aunque sin el encanto de Trenes– y que logró gran aceptación entre la crítica.

La presente novelita, o novela corta por su extensión y características, cuenta una anécdota simple y en apariencia anodina: una recién licenciada –Olga– vuela a Japón para impartir allí clases de español y su compañero de asiento –Luis–, que casualmente hizo muchos años el mismo viaje –¿iniciático?–, decide contarle su historia, que le revela como un voyeur perturbado y grumoso, aunque en esencia inofensivo. Sin embargo, cada página ahonda más y más en la psicología de Luis, pues el voyeurismo es sólo un canal para llegar al fondo, los mecanismos basales del sexo y la radical soledad del ser humano, el caldo primigenio del que surge todo lo demás.

Y es que Tatami, de concepción sencilla, de ambición moderada, no puede evitar erigirse sobre unas profundas raíces que ya germinaron en la obra anterior de Olmos. Luis, el protagonista de esta historia es muy similar en cuanto a su soledad radical a los aturdidos antihéroes de A bordo del naufragio y de Trenes hacia Tokio, y Olga no es muy diferente; es también una solitaria, que se ampara en su responsabilidad y su enorme busto para guardar las distancias –de ahí su virginidad, que espera perder en el Japón, donde nadie la conoce y donde espera no arraigar–.

Olmos despliega su talento de narrador, su profundidad y oficio de gran escritor y Tatami, como el bolso de Mary Poppins, contiene mucho más de lo que a simple vista cabría imaginar. Se puede entender además como una reflexión metaliteraria, sin abandonar las formas y recursos del relato tradicional, por cuanto podemos experimentar el poder cautivador de la ficción bien urdida –pues Luis es un consumado narrador–. De nada sirve a Olga repetirse una vez y otra que no quiere oír más, que no le interesa lo que Luis le está contando, que su desprecio es demasiado intenso. Al final, sigue reclamando su relato y queda atrapada en él a más largo plazo de lo que es capaz de imaginar. Las experiencias de Luis la han contaminado ya irrevocablemente: es el poder de la palabra, el poder de la narración.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial

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Oct 20

Alberto Olmos: El talento de los demás

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 20/10/2007

Resulta interesante que Alberto Olmos aborde el asunto del talento en su ya cuarta novela. Precisamente ahora, cuando ha confirmado lo que apuntaba en A bordo del naufragio, en Trenes hacia Tokio y, aún más, en esta espléndida El talento de los demás. La historia gira alrededor del un enigmático personaje en grado cero, Mario Sut, del que nadie sabe absolutamente nada pero que desencadena tres relatos muy distintos. Alrededor de él, varios personajes mucho más humanos, con ínfulas artísticas y creativas, que creen tener talento y reflexionan sobre ello, sobre el talento, el éxito y el fracaso. Porque el verdadero talento, el único, es el de los demás: “Ahora vivo del talento de los demás, que es el único que nunca se acaba”, le dice su profesor y amante a Mario, con un punto de vista cáustico y cínico que es el de -casi- todos los personajes: la vida es una pugna entre talentos, en la cual la gran mayoría salen fatalmente derrotados.

Pero las logradas reflexiones en torno al tema principal no es lo único que Olmos ofrece en esta novela, hay mucho más. En anteriores novelas ya había buscado estructuras no convencionales, y esa experiencia la aprovecha aquí. Así, la tercera parte, que narra Olga Tere, es un discurso en segunda persona como el que empleó en A bordo del naufragio. Y en la segunda presta la voz a varios personajes, configurando un juego de espejos brillantísimo que nos revela quién es el autor de cada una de las partes y porqué adoptó ese enfoque en particular, mientras se obliga al lector a reconstruir la narración mientras advierte que nunca podrá resolver el enigma de Mario Sut, pues sus andanzas le llegan mediante voces completamente ignorantes y, según ellos mismos, carentes de talento. Mario es el catalizador de sus éxitos y de sus trabajos, es el hilo conductor que vertebra toda la novela pues, como un agujero negro, su completa vacuidad atrae las energías de los geniecillos frustrados, arrastrándoles hacia la inactividad, como a Carlos, o hacia la creación, como a Alberto.

Eso sí, en ningún momento se nos dice si terminan por triunfar en esa competición inclemente que es la vida, porque eso debe decidirlo el lector con el libro que tiene en las manos. Olmos no parece muy convencido de que los pretendidos genios vayan a conseguirlo porque, según parece, el concurso está amañado. Aun así, la decisión final pertenece al lector y, si he de opinar, los narradores que ha creado Olmos tienen verdadero talento. Algo menos Olga Tere, pues la tercera parte llega a hacerse tediosa por repetitiva, aunque está narrada con intensidad. El texto está lleno de aciertos expresivos: “El triciclo era el Napoleón de plástico de esa infantería veloz” (p. 65), imaginación desbordante, hallazgos reflexivos -“seguramente el mejor director de cine de todos los tiempos no vio en su vida una película”- y un incontestable oficio que hacen de Olmos, ya sin duda, uno de los grandes talentos confirmados de nuestra narrativa.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial

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Feb 17

Alberto Olmos: Trenes hacia Tokio

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 17/02/2007

Las contracubiertas y las solapas de los libros son grandes mentirosas: y de las fajas qué decir. Trenes hacia Tokio es la excepción que confirma la regla y la suya describe la novela con generosa precisión. Es algo que debe agradecerse, porque muchos incautos compran libros guiándose por lo que ellos dicen de sí mismos, lo que les debe contar su espejito mágico. La tercera novela de Alberto Olmos se desarrolla en un exótico Japón no tan fascinante como se nos suele vender, pero igual de insólito. Es vida cotidiana de esta cultura golosamente decadente, donde no hay ancianos sabios, donde la vida no es zen; es una sociedad hipertecnológica pero Midori no sabe usar un DVD -pues no ha tenido tiempo de aprender a usarlo, ni dinero para comprárselo-. Olmos no ofrece, en definitiva, la imagen edulcorada de Lost in Translation, sino la desnuda realidad “que oculta la armadura emocional de una sociedad”.

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