May 24

Defensa del Dios, de Santiago Vilas

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, Zarpazo de velociraptor.
Etiquetas: , , 24/05/2011

Veo Perdidos en la ciudad y no puedo borrarme la sonrisa de la cara. Resulta encantador verles disfrutar (y padecer) las maravillas de la civilización sin contaminarse con sus miasmas… Pero luego habrán de volver y no serán ya los mismos y quizá ya no sean capaces de ser simples salvajes con su vida sencilla y suficiente (se habrán contagiado, entonces), al menos los jóvenes, que los mayores se blindan más fácilmente. Son personas con las emociones a flor de piel, no impostadas como nosotros (todos esos abrazos y besos que es moda compartir, como el llanto diarreico de los futbolistas), se aterrorizan en el museo de cera, se enamoran con suma facilidad, se indignan con nuestras incoherencias.

Incoherencias que también aquí han desatado la indignación. No he estado en Sol, no me gustan las aglomeraciones, aunque simpatizo con el movimiento que no funcionará. Los españoles somos inconstantes y tampoco esta justa indignación tiene visos de perdurar. Además, el movimiento nace marcado por la ineficacia: un sistema sólo puede quebrarse desde fuera con sangre, y nadie quiere eso. Cuánto mejor hacerlo desde dentro, como un virus; aunque se precisa una cepa resistente, el organismo a destruir está más que acostumbrado a desarrollar anticuerpos y vacunas y no bastará la mera infiltración, presión, empuje para batirlo. Por contradictorio que parezca, la forma de cambiar el sistema partidista es mediante la creación de un partido firme y sólido.

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No es raro que albergue inquietudes a la hora de reseñar un libro. No tanto en lo que se refiere a mi capacidad crítica, claro, o a la pertinencia de mis opiniones, que también, sino que mi inquieta la necesidad de ofrecer valoraciones negativas, quizá debidas a gustos subjetivos, como suele ser, y no tanto a errores o defectos. Recuerdo que muchas novelas malas o mediocres son fruto de una grande y honesta dedicación y me tiembla el pulso a la hora de tijeretear el trabajo ajeno. Al menos, antes me pagaban por ello y el dinero era la justificación. Ya no es así y quisiera poder ser malvado, como Juan Mal-herido, pero no me sale, me tengo que esforzar mucho y ni por ésas.

Pero debo hacerlo.

Si buscan otras reseñas de esta novela, no encontrarán nada. Y si las encuentran, ¡enhorabuena!, son mejores cazadores que yo. Un escritor lo tiene difícil si nadie quiere “escuchar” lo que tiene que decir; al menos, “escúchenlo” antes de rechazarlo. Hay miles de reseñas de novelas horrorosas, y muchas reciben atenciones y miramientos excesivos. Esta descompensación, consecuencia de la mercantilización de la cultura (ya están viniendo los libros digitales para terminar con eso), totalmente ajena a la calidad real de la obra, es sumamente peligrosa. Crea confusión en el lector, que confía intuitivamente en el pedigrí de la novela más publicitada; y no me vengan con que el nuestro criterio nos pone a salvo: ese criterio no puede formarse sin una orientación adecuada (aunque es cierto que también hay quien nace con talento para eso, para formarse su propio criterio; pero son los menos, aunque nos gustaría creer lo contrario).

Me he decidido a escribir acerca de Defensa del Dios precisamente por eso, porque nadie lo ha hecho (que yo sepa, reitero). Aunque no me ha gustado. No me gusta, pero no me atrevo (no es suficiente) a decir que es mala. El autor, Santiago Vilas, ha tomado opciones que me hacen más incómoda la lectura, pero eran las que él deseaba para su relato. El punto de partida, así como su referente, son interesantes. Con Los papeles de Aspern de Henry James como modelo y varios temas en el tintero, la novela narra la conspiración de un productor de cine para conseguir, de manos de una reticente viuda, la última obra de un afamado director de documentales. Para ello recurre tanto al espionaje de la criada como a la infiltración de un guionista, admirador irredento de “nuestro documentalista más internacional”. Mas, a diferencia de la obra de James, el protagonista se encontrará con una atractiva lolita, en vez de una siesa solterona, a la que intentará seducir para obtener de sus manos la soñada cinta.

Son muchos los temas con los que Vilas nutre la trama, aunque la relación entre apariencia y verdad es, a mi juicio, el más relevante. Además de los que ya tocara James, y de los que se beneficia Defensa del Dios, se añaden la mercantilización de la cultura o el amor pedófilo (no podemos dejar de observar el paralelismo entre el protagonista, enamorado de una adolescente, y su héroe, devoto de los niños, y cómo ambos se van solapando hasta confundirse al final), ideas éstas que quizá contribuyan a hacer la novela “ocultable” (p. 216-218). A lo largo de toda la novela encontramos el juego de apariencia y verdad: en la criada, a la vez espía, aunque el guionista lo ignora; en el propio narrador, que se presenta como un escritor que busca un lugar tranquilo para trabajar (lo que no es del todo falso); en la propia imagen pública del director mitificado y en sus películas, etc. El único que se presenta sin doblez es el productor codicioso y mezquino tras la recia máscara de su soez capitalismo.

Con todo este bagaje la novela apunta a una gran complejidad y riqueza, lo que en buena parte se alcanza, pero el equipaje que debería recorgerlo y llevarlo no lo logra. La escritura falla, tanto en el estilo como en la estructura. Ya en las primeras páginas se acogota al lector atropellando y repitiendo la información, explicitando lo implícito, con demasiadas prisas por situar el comienzo de la acción y fijar los antecedentes. Al lector le costará encontrar un resquicio en esta novela que prioriza el decir sobre el mostrar, y aún reitera lo que ya ha mostrado. Aunque la prosa no es mala cuando narra (a pesar de algunos despistes), resulta pesante (más prolija que minuciosa) cuando explica, cuando divaga (p. 190, 191) y cuando divulga, contenido éste que no es ocasional sino habitual, especialmente en las páginas que dedica a desgranar la versión de Batman filmada por Tim Burton en 1989 (y que sirve para situar la acción de la novela en el tiempo). Estas seis páginas (págs. 158 a 164) resultan especialmente arduas, no sólo por lo innecesariamente divulgativas, sino también por ubicarnos en un mundo en el que seducir a una Lolita resulta extraordinariamente sencillo, cuando no debería serlo ni aún atormentada la muchacha por una tía diabólica y moribunda.

Y así llegamos a la principal falla de la novela, la caracterización de personajes, todos ellos demasiado ficcionales, es decir, poco creíbles. El comportamiento del protagonista, aunque lo tiene todo a su favor para seducir a la muchacha, es escasamente seductor, conduciéndose como un “carroza” escasamente elocuente, y ese sospechoso “¿ya no somos amigos?” que pondría en guardia a cualquiera. Quizá sea posible, hoy como en el siglo XIX, seducir a una mujer llevándola en góndola por el Gran Canal o paseando por la Plaza de San Marcos (siempre y cuando no esté todo atestado de turistas o no haya acqua alta), pero es extremadamente difícil seducir a una adolescente utilizando Batman como gancho, aunque sea una gran película. Durante todo el visionado las reacciones de Tina resultan impostadas porque no, una jovencita de finales del siglo XX no se asustaba viendo esas imágenes. El autor ha querido deslumbrar con su análisis del filme, pero no lo ha elegido adecuadamente para hacerlo útil a la trama.

No elegir adecuadamente ha llevado a una novela que partía de buenos mimbres a extraviarse y perder legibilidad. Y si podemos asignar el loable propósito del narrador a su autor (“Mi obra será limpia y coherente, tendrá una razón de ser y podrá servir de algo a alguien”, p. 62), deberemos aguardar un nuevo intento.

Ficha

“<<Defensa del dios>> sigue la trama de <<Los papeles de Aspern>> de Henry James, como guion del que se propusiera extraer nuevos significados en esta versión más desinhibida. Bajo la apariencia de una entretenida novela de subido tono erótico, Santiago Vila escudriña en las complejas relaciones entre maestro y discípulo, la norma y lo prohibido, realidad y fantasía con gran habilidad y hondura. El famoso director de cine Javier Espert ha ocultado las escenas finales de su última película. Un discípulo fascinado por el maestro intentará recuperar las imágenes que esconderían lo mejor de su arte. Pero su viuda, y una seductora adolescente, sobrina del director, guardan celosamente la cinta y para recuperarla, Santiago Vila conduce al lector a una aventura donde no existen trabas ni límites para acceder al secreto”.

Vea la ficha en la editorial El Nadir

Veo Perdidos en la ciudad y no puedo borrarme la sonrisa de la cara. Resulta encantador verles disfrutar (y padecer) las maravillas de la civilización sin contaminarse con sus miasmas… Pero luego habrán de volver y no serán ya los mismos y quizá ya no sean capaces de ser simples salvajes con su vida sencilla y suficiente (se habrán contagiado, entonces), al menos los jóvenes, que los mayores se blindan más fácilmente. Son personas con las emociones a flor de piel, no impostadas como nosotros (todos esos abrazos y besos que es moda compartir, como el llanto diarreico de los futbolistas), se aterrorizan en el museo de cera, se enamoran con suma facilidad, se indignan con nuestras incoherencias.

Incoherencias que también aquí han desatado la indignación. No he estado en Sol, no me gustan las aglomeraciones, aunque simpatizo con el movimiento que no funcionará. Los españoles somos inconstantes y tampoco esta justa indignación tiene visos de perdurar. Además, el movimiento nace marcado por la ineficacia: un sistema sólo puede quebrarse desde fuera con sangre, y nadie quiere eso. Cuánto mejor hacerlo desde dentro, como un virus; aunque se precisa una cepa resistente, el organismo a destruir está más que acostumbrado a desarrollar anticuerpos y vacunas y no bastará la mera infiltración, presión, empuje para batirlo. Por contradictorio que parezca, la forma de cambiar el sistema partidista es mediante la creación de un partido firme y sólido.

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No es raro que albergue inquietudes a la hora de reseñar un libro. No tanto en lo que se refiere a mi capacidad crítica, claro, o a la pertinencia de mis opiniones, que también, sino que mi inquieta la necesidad de ofrecer valoraciones negativas, quizá debidas a gustos subjetivos, como suele ser, y no tanto a errores o defectos. Recuerdo que muchas novelas malas o mediocres son fruto de una grande y honesta dedicación y me tiembla el pulso a la hora de tijeretear el trabajo ajeno. Al menos, antes me pagaban por ello y el dinero era la justificación. Ya no es así y quisiera poder ser malvado, como Juan Mal-herido, pero no me sale, me tengo que esforzar mucho y ni por ésas.

Pero debo hacerlo.

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Abr 10

Cuando sepas que nunca… de María Sirvent, y Olive Kitteridge, de Elizabeth Strout

Escrito en El museo, Zarpazo de velociraptor.
Etiquetas: , , , , 10/04/2010

Publica ahora El Aleph un par de novelas que ponen su atención, aunque de manera diversa, en lo cotidiano. Literatura que prescinde de grandes conflictos, de grandes tragedias, porque el día a día tiene su propia fuerza dramática y porque, sin necesidad de Circes ni Escilas ni cantos de sirena, toda vida pasa por momentos de gran intensidad emocional que son también susceptibles de ser tratados literariamente.

El debut de María Sirvent, tras el largo y sugerente título de Si supieras que nunca he estado en Londres, volverías de Tokio, presenta la más ordinaria de las situaciones: la vida de oficina. En ella, Ágata intenta, por todos los medios, que la echen. Sigue enamorada de su ex, a quien escribe correos que nunca envía y que constituyen el cuerpo del relato. Es asediada por un seductor de oficina, por el que siente una mezcla de atracción y asco, reflejo de las emociones que siente por sí misma.

Por su parte, Strout elige para su Olive Kitteridge -Premio Pulitzer 2008- el gran estilo, en consonancia con la gran literatura norteamericana del siglo XX, para describir las vidas de los habitantes de Crosby, un pueblecito de la costa de Maine, tan literaria. Sin embargo, su acercamiento a lo cotidiano es más relativo pues, aun reconociendo la peculiaridad y la violencia de las sociedades rurales estadounidenses, ocurren demasiados hechos extraordinarios -Olive y su marido Henry son tomados como rehenes; una familia vive encerrada en su casa por años, desde que su hijo asestara veintinueve puñaladas a una mujer; casi todos los personajes tienen un familiar próximo suicidado-. Esos hechos fuera de lo común, sin embargo, desarrollan sus consecuencias en el día a día, poniendo a prueba a los personajes, los muchos personajes de esta novela coral, construida como un agregado de relatos unidos por Olive Kitteridge y su familia.

Léelo completo en El Confidencial…

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Abr 16

Bernardo Atxaga, nuevos narradores argentinos y Lola Beccaria

Escrito en El T-rex que viene, El museo, Zarpazo de velociraptor.
Etiquetas: , , , 16/04/2009

 

mokele-mbembeEl paraíso aterrador. Siete casas en Francia, Bernardo Atxaga.

Los paraísos siempre han sido motivo de reflexión acerca del infierno. Es difícil concebir, desde nuestras coordenadas culturales, el bien sin el mal, la belleza sin la fealdad. Y cuesta imaginar un lugar más paradisíaco que la cuenca del Congo, la tierra de Mokèle-mbèmbé, del doctor Livingstone. Pero también el Estado Libre del Congo de Leopoldo II, de Henry Morton Stanley; el Zaire de Mobutu y la República Democrática de Kabila. Y es el Congo bajo domino belga el que atrae ahora a Bernardo Atxaga, quien en Siete casas en Francia retrata, desde un pequeño puesto militar de la Force Publique, los hechos ominosos de la explotación humana y la violencia.

Pisando fuerte. La joven guardia. Nueva narrativa argentina.

Si la semana pasada notábamos aquí a uno de los autores argentinos de mayor impacto en 2008, referimos ahora la aparición de una antología de cuentos que recoge a veintitrés “jóvenes escritores argentinos” -denominación en torno a la cual reflexiona el texto antologado de Juan Terranova-, menores de cuarenta años y que ya empiezan a destacar -alguno, como Andrés Neuman, desde hace ya tiempo-. Se trata de un elenco diverso, y esa diversidad es algo que el antólogo, Maximiliano Tomas, ha buscado transmitir.

Arriesgarse y fracasar. El arte de perder, Lola Beccaria.

¿Puede considerarse un arte la derrota? Los seguidores del Atlético de Madrid, sin duda, se la habrán formulado más de una vez. Pero, desde un punto de vista afectivo, dicha cuestión puede ser revolucionaria. Perder, en este contexto, significa intentarlo, luchar. Pierde el que lucha, el que no se deja dominar. En este caso, es resistirse a las convenciones en torno al amor. La protagonista de El arte de perder, novela de Lola Beccaria, defiende vivir un amor herido, un amor lisiado, pero auténtico, antes que renunciar a la emoción pura, real, o fingir que se tiene aquello que falta.

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Abr 08

Sergio Chejfec, Miguel-Anxo Murado y António Lobo Antunes

Escrito en El T-rex que viene, El museo, Zarpazo de velociraptor.
Etiquetas: , , , 8/04/2009

 

Finsbury Park. Fuente:librodearena.comUn artista del mundo flotante. Mis dos mundos, Sergo Chejfec.

Sin duda se trata de un título sumamente interesante que nos descubre a un autor notable que escribe en nuestra lengua y que, no obstante, nunca había sido publicado en España. Lo cual nos vuelve a hacer reflexionar sobre esta situación (que cambia lentamente) en la que el mundo hispanohablante vive culturalmente de espaldas a sí mismo. De todos modos, Chejfec es distinto a todos. Además de vivir al margen de la vida literaria –que nada tiene que ver con la literatura–, su escritura tiene mucho de germánica y muy poco de narrativa. Esta es una novela para lectores fascinados por los recovecos del pensamiento en cierto modo hegeliano, que se despliega y desenvuelve.

La fiebre, señora del mundo. El sueño de la fiebre, Miguel-Anxo Murado.

Quién no ha asistido asombrado a las fantasías de la fiebre, esas figuraciones del cerebro alterado por la enfermedad y el hervor, que se viven como una pesadilla de especial intensidad y de la que nos vemos incapaces de despertar. La calentura es mucho más que un aumento anormal de la temperatura del cuerpo, y más que una mera alteración del estado natural de consciencia. La fiebre está cargada de recuerdos y “tiene ese poder de evocar porque nos lleva al mismo rincón oscuro en el que estuvimos de niños, de jóvenes, de adultos. La fiebre es un lugar”.

El mal es insistir en el estilo. Mi nombre es Legión, António Lobo Antunes.

La narrativa de António Lobo Antunes tiene dos preocupaciones esenciales: la experiencia literaria de la violencia y la consecución de un estilo propio. Huelga decir que hace tiempo que cumplió ambos objetivos con creces, pero puede que haya entrado en su Caribdis particular, en la que el estilo fagocita tramas y personajes. Esta es la sensación que deja su última novela, Mi nombre es Legión, en la que el estilo Lobo Antunes, que ciertamente es ya un patrimonio para la cultura portuguesa, copa el relato de modo absoluto, ahogando al resto de elementos narrativos.

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Ene 10

Stan Nicholls: Orcos

Escrito en El museo, Zarpazo de velociraptor.
Etiquetas: , , 10/01/2009

Quien leyera El señor de los anillos –y todos lo hemos leído– es difícil que no sintiera intriga por el orco, esa criatura cerduna, oscura, malcarada, hedionda y que, en fin, reúne todos los defectos imaginables, dado que se construyeron como opuesto de los elfos, seres cuasidivinos; seres infernales, habitantes del inframundo, enemigos de la luz, una vacía representación del mal, pero tenían encanto. Costaba imaginarse su degenerada forma de vida, aunque algunos atisbos se ofrecían en El hobbit, por ejemplo. Por eso decepciona tanto la obra de Stan Nicholls –y no sólo por su divergencia con el maestro–, porque sus orcos han perdido todo el encanto. No se parecen nada a la imagen tradicional del orco; están retratados como neandertales –la nueva visión, más ajustada, de éstos– o como nativos americanos –algo muy envidente en los sueños de Stryke–. A Nicholls le ha faltado talento para meterse en la piel de los subseres y por ello ha tenido que cambiarlos. Nada que ver, pues, con Wicked, novela que invertía el cuento clásico de El mago de Oz manteniéndose dentro del cuento, aprovechándose con inteligencia del atractivo del relato original.

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Jul 25

Eric G. Wilson: Contra la felicidad

Escrito en El museo, Zarpazo de velociraptor.
Etiquetas: , , , 25/07/2008

“La tristeza nos concilia con la realidad. Nos arroja al fluir de la vida. Nos coloca en el borde afilado de la experiencia (p. 46). La mayor tragedia es vivir sin tragedia. Abrazar la felicidad es odiar la vida. Amar la paz es aborrecer el ser” (p. 50). Aunque nos priva del análisis de la sociedad norteamericana contemporánea, en el presente ensayo Eric G. Wilson cuenta sus conclusiones: la búsqueda de la felicidad a toda costa, por cualquier medio, es su gran mal, pues crea individuos alienados, narcotizados, divorciados de la realidad, alimentados de abstracciones. Como en la caverna de Platón, el hombre contemporáneo se alimenta de sombras en la pared. Este discurso parece muy influido por la literatura distópica –Un mundo feliz, Fahrenheit 451- … o quizá es la sociedad estadounidense la que ha derivado hacia las construcciones de pesadilla de Huxley y Bradbury.

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