Written by: Nuño Vallés Written by: Nuño Vallés Parece que El viaje íntimo de la locura fuera un libro fantasma: muchos creen en él -y lo han comprado o pretenden hacerlo-, pero pocos lo ha leído. Por lo menos, eso es lo que aparece en la red. Y sería injusto perseverar en esta actitud reverencial aunque pasiva, porque la [...] [...more]
Written by: Nuño Vallés
Parece que El viaje íntimo de la locura fuera un libro fantasma: muchos creen en él -y lo han comprado o pretenden hacerlo-, pero pocos lo ha leído. Por lo menos, eso es lo que aparece en la red. Y sería injusto perseverar en esta actitud reverencial aunque pasiva, porque la primera novela de Roberto Iniesta, el alma de Extremoduro, no está nada mal. Por mi parte, llevaba algún tiempo sin escucharlos pues, aunque en sus últimos discos había algunos temas memorables -me encanta Stand By- estaba un poco cansado de tanta luna y tanta flor, y algo de eso hay aquí, en la novela -más sol que luna-.
Por el título -creo que inadecuado- y por la ilustración de la cubierta -es a un retrete a lo que se asoma el hombre del pelo enhiesto- uno podría imaginar que estamos ante un producto de la época que va de Rock transgresivo a Agíla, pero en el interior se desarrolla, como no podía ser de otro modo -la novela comenzó a escribirse en 2003-, una historia del ciclo de Canciones prohibidas en adelante. Es decir, de la época de las flores y las lunas, y no de las prisiones y las sobredosis. Pero este es, ante todo, un Robe auténtico, con el mismo fondo de siempre, el mismo mobiliario mental -algo tosco pero sólido, de madera noble- y el mismo ansia de expresar su mundo interior con esa rabia que a veces logra calmar la poesía.

Ahora bien, nada más comenzar la lectura, a la altura del Prólogo, me invaden las sospechas. Las vísceras le van bien a las letras musicales, especialmente cuando son acompañadas por guitarras contundentes, pero no a la literatura que es, ante todo, contención.
Robe insiste en no desvelar la trama, y no seré yo quien lo haga. Hay que respetar los deseos del autor, aunque es cierto que, cuando lanza al público su obra, “aunque es parte de él, una vez que sale de sí, se aleja de su esencia como un hijo de un padre” (p. 220; aunque Robe se refiere, en las páginas del libro, a un zurullo), si es que lo tuvo alguna vez. Comprendo el sentimiento del novelista y haré lo que pueda por apoyarle en tan vano empeño. Sólo diré que el protagonista, don Severino, es un notario de provincias, chapado a la antigua, que habita las rutinas tanto como ellas le habitan en él, pero cuyo mundo comienza a cambiar cuando su despertador le falla -y para adquirirlo ya acometió un cambio-. Será ese tan sólo el principio de los trastornos, cuya suma arroja como resultado un viaje, que es el cuerpo de la novela. En algunos momentos me recuerda a Héctor Servadac, más que a Cinco semanas en globo. También tiene mucho de Robinson Crusoe, aunque resulta evidente y explícito. Es un viaje al interior de don Severino, aunque adopte una forma ambigüa y descabellada; pero es que el pobre notario llevaba toda la vida tratando de ignorarse, y no le va a ser fácil llegar al quid de sí mismo.
Las sospechas no cuajan. Robe lidia con la prosa narrativa tentando, aventurando, y comete errores de principiante: se repite, se explica en exceso -más al comienzo de la novela-, se expresa intencionadamente de manera rebuscada, y desarrolla en exceso subtramas accesorias; el manejo del ritmo es correcto, casi sin altibajos, pero se resiente de ello. De todos modos, los defectos técnicos no disminuyen el efecto que la novela ejerce sobre el lector, porque cuando hay cabeza, todo lo demás importa menos. El principal es que lo entretiene; El viaje íntimo es una novela divertidísima, irónica, con momentos muy buenos de humor. El otro es que, arrastrado por un personaje tan entrañable como don Severino y, participando de su metamorfosis, el lector se debe formular una serie de preguntas de índole moral -Roberto Iniesta podrá ser un inmoral, pero en absoluto es un amoral-. La lección, sin embargo, resulta inasumible.
El Robe de siempre, el autor de las letras de Extremoduro -uno de los grandes letristas de hoy-, aparece en fogonazos, en escenas como las del ataque aéreo al Papa y a la Reina de Inglaterra o en los monólogos de la lombriz -a mi juicio, un postizo que sólo aporta risa- y en las familiares reflexiones tan castizas como certeras que abundan en sus canciones. Esa sinceridad que le hace más artista que muchos otros con la cabeza llena de doctrina. O cabría decir, más adecuadamente, artesano; seguro que, por añadidura, le gusta más. No cuesta mucho imaginarle trabajando la prosa con mimo, raspándola, haciéndose callos en los dedos al tiempo que la materia va adoptando la forma que le impone su paciencia, aunque a veces ésta se le escape. A ver si le ha cogido gusto al oficio y, con mimbres más sólidos, vuelve a ofrecernos un fragmento de su íntima locura.
La cita:
“[Las primaveras se le escurrían] como si tuviera flojo el esfínter por donde se nos escapa el tiempo” (p. 18).
La ficha:
El viaje íntimo de la locura, Roberto Iniesta. El hombre del saco, Muxica, 2009. 310 páginas, 19 €.