Ago 08
Una visitante indeseada
Escrito en Memoria de estegosaurio.
8/08/2009
Habría venido del prado sobre la colina de hierba recién cortada, muy encima del suelo que crepitaba bajo las ruedas del volquete (así llamaba mi abuelo a su carro, que sin embargo era un carro cualquiera, verde y rojo, aunque con ruedas de coche, de un R5, aunque pensándolo bien habrían sido demasiado pequeñas). Ella había venido escondida entre la carga, esperando el momento de salir o bien atrapada bajo todo aquel peso verde. La Rubia tiraba de nosotros con aparente facilidad, con los músculos tensos bajo el espeso pelaje castaño, algo sucio. Era un día cualquiera de verano, cuando pasábamos muchos en casa del abuelo, acompañándole en sus labores aunque (o porque) era bastante gruñón (hoy su carácter se ha dulcificado mucho, y a veces reconoce no tener razón). Yo prefería acompañarle a recoger las vacas, que llevaba cada día a un prado distinto, pero siempre cerca de la casa; entonces me permitía atizarles con la vara de avellano en las ancas mientras les hacía ñek, ñek con la lengua. Por supuesto, no me hacían el menor caso, ni a mí ni a mi vara, pero daba igual. Me convertía en un conductor de ganado, en un cowboy, y eso era suficiente.
La casa de los abuelos es enorme. Tanto, que está partida en dos, y en ella vive también otra familia. La hierba la iba dejando ante la cuadra, situada en la parte de atrás, en un edificio anexo bajo sajado por una larga ventana horizontal que se abría directamente sobre el pesebre. Resultaba entonces muy cómodo levantar los postigos y arrojar brazadas de hierba justo bajo las bocas del ganado, que eran vacas de leche -la tan habitual estampa blanquinegra de los prados del norte-. Aquella cuadra olía a leche y a mierda, y sonaba a liga de fútbol a través del transistor del abuelo, que radiaba toda la tarde mientras ponía todo en orden, limpiaba el canal de mierda -y a pesar de ello las vacas siempre se rebozaban bien rebozadas en sus propios excrementos- y ordeñaba un líquido espumoso, fragante y cálido que no nos dejaban beber hasta que la abuela lo hervía en grandes potes.
La leche tiene mejor olor que sabor, o al menos así me parece. Sólo he sido capaz de tomármela sola, sin cacao, ya de mayor, y sólo si está muy fría y estoy muy desesperado y perezoso como para salir a comprar algo más sabroso. El pan también despide un aroma que, luego, decepciona, porque rara vez sabe tan bien como huele, especialmente con el pan congelado que se vende ahora. Entonces tampoco se comía un pan mejor, aunque te lo traían a casa. A mis abuelos se lo dejaban en una bolsa sobre la verja, y yo creo que era de gallofa, porque no pesaba nada y la miga estaba seca como la gomaespuma. Tampoco importaba mucho, porque como mi abuela cocinaba tan bien, el pan se quedaba en poco más que un aperitivo irritante e insignificante, mientras llegaba la gran olla de pollo frito o las hamburguesas con tomate, que son platos sencillos que jamás he vuelto a probar tan ricos, y cuyo sabor aún me impregna evocadoramente las papilas gustativas, llevándome a una melancólica frustración cada vez que los pruebo menos excelentes.
Después de comer salí a jugar, como hacía siempre pese a las advertencias. Teníamos una canasta de alambre, sobre la tejavana de atrás. Era suficiente para un niño de mi edad, que no podía lanzar pesadas pelotas de baloncesto, y debía conformarme con una pequeña, amarilla, que hoy me cabría en la mano. Allí estaba, reptando hacia mí. Aún entonces me pareció pequeña, apenas un hilo grueso, pero era una serpiente, y debía tener veneno. Una picadura y una helada muerte me invadiría. Sudaría la vida que había en mí, como había visto en tantas películas del oeste cuando la terrible cascabel espanta al caballo y muerde, casi siempre en la pierna, al cowboy derribado. Y yo era un cowboy. Me iba a picar aquel monstruo enano, pero terrible, de panza roja y cabeza también encarnada, desmesurada, con cuatro colmillos bestiales que sobresalían como si llevara puesta una dentadura postiza. Venía hacia mí, arrastrándose fría, imperturbable, silenciosa. Muy despacio, porque me habría elegido y no quería alterarme, pero yo también la había visto, viscosa y amenazadora. No conseguí moverme. Sólo la veía crecer, acercarse, con los ojos fijos en mí, sus ojos vacíos amarillos, contoneando su lomo negro reluciente. Su lengua bífida asomando, midiendo, emponzoñando el aire a su alrededor.
Al fin logré desembarazarme de su mirada hipnótica. Se me cayó la pelota y eso me liberó por completo. Entré a la carrera, y ya había empezado a sudar la vida que tenía aunque aún no me había mordido la bicha. Como suele pasar, los mayores no se tomaron muy en serio las tribulaciones de un niño. Pero el monstruo estaba ahí, ahí. Aunque era un crío asustadizo, no solía ver cosas. No había monstruos en mi armario, ni bajo la cama. Pero sabía que estaban en alguna parte, y que cualquier día podían aparecer, como en una pesadilla. Mi tío reaccionó, pero más divertido que otra cosa. Supuso, como ahora me parece evidente, que la serpiente había venido en la hierba, tan cerca de mí, podía haberme picado entonces. Tan próximo a la muerte. Fue a buscar un machete, que me pareció casi como una katana, como los que en la pantalla usaban para abrirse paso en la jungla y trocear grandes constrictores y aún tigres. Eso me infundió algo de valor, pero en realidad no era más que un cuchillo de caza, con las cachas de hueso, que debía emplear para desollar las piezas cobradas.
La venenosa criatura seguía allí, como si me hubiera estado esperando. Yo iba detrás del tío, que le mordiera a él primero aunque era tan pequeña y escurridiza que bien se le podía colar entre las piernas e ir a por mí antes, aunque esperé que fuera suficientemente lista: era él quien iba armado, no yo. Con mucha sangre fría, se le acercó tanto que yo me quedé atrás; se le puso al lado y, apoyando el filo tras la cabeza, murmuró: Es sólo una culebra. Y apretó el cuchillo tan fuerte que la cabeza se separó con un muy leve chasquido, y se quedó fija con las mandíbulas abiertas, mientras la cola, o cuerpo, se retorcía salpicando muy poca sangre, muy poca, durante poco rato, hasta que sólo temblaba levemente, y por fin se detuvo. Mi tío lo pinchó todo con el puñal, primero el cuerpo y luego la cabeza, que quedó ahí ensartada. Para asustarme, me la puso ante las narices pero, por alguna razón, aunque sus colmillos goteaban brillante ponzoña, ya no tuve más miedo. Su mirada ya no era fría y vacía, sino triste, y creí ver algo allí, el asomo de un alma.







