Dic 11

Real Coyote

Escrito en K-Saurus, Memoria de estegosaurio.
Etiquetas: , , 11/12/2011

Cuando era niño, aunque no nos permitían pasar mucho tiempo ante el televisor, sí que había algunos programas de dibujos animados familiarmente aceptados. Todo lo que fuera Disney, o Looney Tunes (para nosotros, siempre, el Conejo de la Suerte, aunque no apareciera en el episodio), o Tom y Jerry. Ello dejaba fuera de la legalidad cualquier japonismo que no fueran Heidi o Marco o La abeja maya, es decir, Mazinger Z o Comando G, de los que otros niños nos hablaban en el colegio, pero que yo no pude ver jamás. De entre aquellos no sujetos a censura, había algunos que me irritaban. Del mismo modo que era intolerable que los indios consiguieran abatir al vaquero, parecía inadmisible que el Correcaminos derrotara incansablemente al Coyote, o que Jerry hiciera lo propio con el gato Tom. Y era así no por esquivar el esquema corriente, el flujo natural de las cosas, sino porque aquello olía mal. Había trampa en aquella invencibilidad de los supuestos débiles. Una mano negra.

Tanto el felino como el cánido, tradicionales opositores, coincidían en ver frustradas sus biológicas ansias de carnicería (si bien en ocasiones Tom demostraba tener mejor corazón que el infame roedor), y no porque sus rivales poseyeran recursos, poderes o talentos superiores. Sencillamente, les aguardaba la derrota hicieran lo que hicieran. Si, por ejemplo, Jerry para huir del gato se enroscaba en el casquillo de una lámpara, nada le ocurría, pero al ponerle Tom la zarpa encima, recibía este una terrible descarga eléctrica. Y el roedor indemne. Si, como solía, Coyote erigía un recio muro interrumpiendo la carretera y sobre él dibujaba una estampa del paisaje que acababa de bloquear, al llegar el ave a toda velocidad recorría el camino ficticio como si, para él, no hubiera distinción entre fantasía y realidad, entre simulacro y verdad. Por supuesto, si el Coyote intentaba hacer lo mismo se estampaba en la sólida, auténtica pared de ladrillos.

Lo más frustrante de todo esto era que (especialmente Wile E. Coyote) los perdedores demostraban tenacidad, ingenio e inteligencia, todos ellos valores y habilidades admirables, deseables, que los adultos deseaban inculcar a los niños pero que, incomprensiblemente, se nos mostraban como inútiles, como propias del fracasado y no del triunfante. Triunfante porque sí, pues el Correcaminos nada hacía para salirse con la suya. Su superioridad, además de inmerecida, era insultante, era injusta y se debía más a una intercesión cuasidivina que a la velocidad o la astucia del campeón. Aunque el plan y los cachivaches Acme fueran perfectos, los niños sabíamos de antemano el resultado final del empeño.

Hoy, como seguidor del Real Madrid, sufro de similar impotencia. Comenzamos a advertir los madridistas, como aquellos niños de entonces, que sin importar el esfuerzo, la planificación, el arte desplegado, saldremos derrotados en los enfrentamientos frente al Barça. Que, aun cuando se logre neutralizar su juego fabuloso de toque, movimiento y penetración, saldremos derrotados. Que, aun cuando nos adelantemos en el marcador en el primer minuto, saldremos derrotados. Que, aun cuando suframos un comportamiento antideportivo, con fingimientos, engaños y vilezas, saldremos derrotados (y además, incomprensiblemente, señalados como villanos). Que, aun cuando nuestro juego ciertamente más tosco y feo acogote y domine, saldremos derrotados. Porque hay una ley no escrita que dicta el resultado de estos partidos, y sean Xavi o Messi o Iniesta inspirados, sean Pepe o Sergio Ramos o Cristiano despistados, sean los rebotes siempre favorecedores al rival o los árbitos casi siempre parciales y sañudos (presas, igual que tantos aficionados desde que Florentino tomara las riendas del club, y más aún con la llegada arrolladora de Mourinho, de un antimadridismo cerril), sea lo que sea, al final, el Coyote se verá cayendo al abismo, preguntándose qué ha hecho él para merecer el topetazo y qué demonios puede hacer para, en la siguiente ocasión, salir imposiblemente triunfante.

Dedicado a mis amigos culés, siervos del mal y devotos de inmundas ratas y sucios pajarracos pero afortunados de poder sentir como propio un fútbol tan maravilloso.

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Nov 19

Memoria y perseverancia

Escrito en Memoria de estegosaurio.
Etiquetas: , , 19/11/2011

Recientemente he podido revisitar, sacando minutos de donde no los había, la serie de anime Touch! (Bateadores en España; originalmente era un manga de Adachi Mitsuru, que no he leído ¡Gracias, Santa Claus!). Había en ella dos escenas que, particularmente, me impresionaron en su momento, cuando de niño la vi por televisión. Yo era un crío bastante romántico y la historia me atrajo lo suficiente como para que, años después y en un momento bastante inapropiado, volviera a verla. Esas escenas eran, claro, románticas. En la primera, Minami (en España recibió el absurdo nombre de Bárbara) buscaba bajo la almohada de Tatsuya (absurdamente Carlos) el libro de Juan Salvador Gaviota, pues Tatchan utiliza los libros para dormir con la cabeza bien alta. Dado que él duerme en la litera superior, aprovecha para mirar debajo de las faldas de su preciosa vecina. Debido a esta escena leí la novela de Bach, que por cierto es un tostón mayúsculo: Tatchan le dio un uso apropiado.

La segunda escena hizo que este revisionado me resultara algo frustrante. Porque no la encontré. Es cierto que me salté los resúmenes que preparó Telecinco, pero creo que el resto del metraje lo atendí completamente. Mi memoria es tan flaca como una actriz casi famosa y considero la posibilidad de que perteneciera a otra serie, quizá Kimagure Orange Road (absurdamente Johnny y sus amigos) de la misma época; aunque estoy bastante seguro de que era de Touch!. En esa escena desmemoriada Tatsuya y Minami presenciaban, en la orilla inclinada de un río, un espectáculo de fuegos artificiales, probablemente de algún festival veraniego, y sentados en una manta, compartían comida, puede que Minami le pusiera porciones en la boca a su amigo de la infancia y enamorado inconfesado. No estoy seguro de si había alguien más, por ejemplo la madre de Tatsuya. Pero sí recuerdo la emoción romántica que suscitó en mi joven corazón. Toda la historia, béisbol al margen (hay que reconocer el mérito de haber logrado hacer emocionante ese deporte), está impregnada de esa emoción, tanto la competición entre los hermanos, como la condición de vecinos de los protagonistas, como el carácter dulce y servicial de Minami y el antiheroísmo de Tatsuya.

Pero no conseguí ver esa escena.

También evoqué otra emoción que el anime actual no consigue despertarme pues Japón como el resto de naciones se ha vuelto más cínico y despreocupado. Desde muy pequeño el anime japonés me animó a mejorar. De hecho, es un género entero dentro de la ficción popular japonesa, el de superación. Puede ser de temática deportiva, romántica, musical o combativa, entre otras (incluyendo la panadería), pero siempre funciona de manera similar: el personaje debe dar su mejor esfuerzo (ganbarimasu!), perseverar superando no al rival, que también, sino prioritariamente a uno mismo. Ello siempre renta, y también se consigue a la chica. No es que me llegaran a cambiar profundamente, pero me impulsaban temporalmente: yo también quería ser mejor, al menos mientras me durasen los efectos.

Bueno, quizá no entendí perfectamente bien aquello de “dar el mejor esfuerzo”, cosas del choque de civilizaciones y culturas.

Ahora, si quiero recuperar aquella escena, debo esforzarme al máximo. No puedo fiarme demasiado de mi memoria, que es como debió de ser la del estegosaurio, del tamaño de una nuez. A veces consigo rellenar lagunas, asumiendo que el relleno puede ser ficticio o sólo aproximado. Otras veces acierto. Aquella primera videoconsola que evocaba hace un año, también entre tinieblas, fue hallada finalmente: Interton VC-4000, una máquina de gran éxito en Francia y Alemania y nula distribución en España, no sé cómo mis primos la consiguieron. A punto estuve de comprármela en Ebay, pero mi cuenta corriente logró contenerme (si alguien quiere verme derramar alguna lagrimilla de felicidad, ya sabe qué regalarme, ejem). Pero el caso de la Interton es una excepción. Rara vez puedo reconstruir tan perfectamente un recuerdo, de hecho debería llamarlos olvidos. Soy consciente de que la mayor parte de la humanidad lo experimentará de manera similar, pero tengo un hermano, y algún amigo, con ese tipo de memoria irracional que resguarda todo tipo de datos irrelevantes, horas, fechas, números, colores, todo. La envidia hace su aparición y, aunque sé que debería dar mi mejor esfuerzo, mejorar mis recuerdos y fortalecer mi memoria de estegosaurio, me diluyo y abato y prefiero quejarme y maldecir. Pero así, dentro de un tiempo, cuando ya haya olvidado la totalidad de Touch!, a excepción de un par de escenas, podré volver a verla y seguir buscando mis fuegos de artificio y románticos bocados. Y la redescubriré como si nunca la hubiera visto, o sólo aquellas escenas, por casualidad y sin detenerme.

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Nov 13

Tardes de lluvia y píxeles (II)

Escrito en K-Saurus, Memoria de estegosaurio.
Etiquetas: , 13/11/2010

El duelo no se podía evitar a no ser que contaras con la simpatía del barman, pero eso no era suficiente. Los abusones de recreativa, si eran rápidos, en vez de poner la moneda la echaban por la ranura y entonces el dueño del bar se encogía de hombros, lo que universalmente significa, bien “no puedo hacer nada”, bien “me importa una higa, que también ha pagado”. A veces podías ganarles, claro, pero esos chicos siempre tenían más dinero que tú y volvían a la carga. La única salida era entrenar mucho y ser mejor que ellos, lo cual era harto difícil, porque no sólo eran hábiles y tenían recursos sino que además siempre estaban acechando. Por suerte eran hombres de un sólo título y cambiando de arcade te librabas del acoso. O lo cambiabas por otro, aunque esta especie de abusón solía especializarse en máquinas de lucha o en aquella de cuenta atrás de Nintendo. Como no frecuentaba los salones no puedo decir que sea un experto en abusones. Yo era un jugón de bar, mayormente, aunque ahora lamento no haber conocido bien aquella jungla generalmente tenebrosa que llevaba a la catacumba de los billares, a donde sólo llegué algo más mayor.

Como éramos chicos pacíficos y como en Santander llueve bastante pasábamos más tiempo con nuestras consolas. La primera que tuve, bien chico, fue una que no sé cómo se llamaba y seguro que era una clónica de otra. Tenía unos mandos como calculadoras, solo que donde debía ir la pantalla tenían un stick largo, y en las teclas no había números; sólo uno de ellos difería, que era rojo. Juegos teníamos pocos y si no recuerdo mal todos en el mismo cartucho: uno de boxeo, otro de payasos que se tiraban a unos balancines, otro de sumas y restas y otro que, sobre una pantalla azul, había que hacer un corre que te pillo entre un coche rojo y un asteroide blanco. Con tan poco pasamos muchas horas divertidas. No sé qué fue de ella, pero la echo de menos, leñe. Mientras, algunos amigos tenían ya la Atari 2600, en la que podías jugar al fútbol o al hockey, pero sobre todo a Space Invaders, Pacman y Donkey Kong, uno de los más divertidos que jamás se han programado. Controlabas a “Jumpman”, un carpintero, que con los años mudaría de oficio y de nombre, haciéndose fontanero (da mucha más pasta y prestigio) y nombrándose Mario. No se rompieron mucho la cabeza, porque lo más que podías hacer era avanzar y saltar para tratar de liberar a Pauline de las garras del gorila (al prosperar la dejó por una princesa), que ya entonces despertaba más simpatía que “fat plumber” (Sonic Rules!).

La historia de Jumpman es la historia con la que todo adolescente sueña: liberar a la bella amada de las garras del sucio rival, degradado a la altura de un primate escalador. Como la vida real era mucho menos halagueña y las recreativas abundaban en leones, el débil protoadulto se conformaba con esquivar barriles y trepar escaleras, dejando correr la imaginación con el reencuentro de los enamorados. El componente erótico, insoslayable a esas edades, estaba muy velado en aquellos juegos, y sólo se insinuaba apenas en las felicitaciones de tu “novia”. Muchas veces las mujeres en los juegos, tan raramente protagonistas (al menos hasta Tomb Rider), eran más bien compañeras, como Blaze en Streets of Rage, o rivales, como Chun Li. Siempre me llamó la anteción, entonces, que algunos de mis amigos eligieran reiteradamente jugar con personajes femeninos. Ahora ya no me sorprende tanto, pues sé muchas más cosas de casi todo. Mas, con las hormonas disparadas, no podíamos cerrar los ojos a los encantos de aquellas mujeres sin curvas, pixeladas. Hoy puedes jugar a GTA, entrar en un bar de alterne y pagar a una prostituta para que alivie las tensiones de tu muñeco, pero entonces tales cosas quedaban reservadas para algunos juegos de ordenador.

Había, no sé si ahora también, dos tipos de persona: la que jugaba en la consola y la que jugaba en el ordenador. Bien es cierto que entre la Atari y la Nintendo sólo hubo ordenadores, como Spectrum, Amstrad, Amiga, Commodore o MSX (¡que sigue vivo!), pero eran en realidad videoconsolas, porque raro era que alguien no soviético programara algo en ellos (por entonces enseñaban BASIC en las escuelas; se llama así porque es tan simple que no servía para nada más que para hacer que un payaso guiñara los ojos) y porque se enchufaban al televisor familiar, para enfado de nuestros padres en una época en la que no todo el mundo tenía dos aparatos de televisión. ¡Amo mi viejo Spectrum!, aunque lo vendí por mil duretes, en una transacción habilísima (estaba roto) que no he sido capaz de repetir después, gastadas todas mis energías comerciales en tamaña traición. Los que optaban por pasar sus ratos ante el ordenador (y me refiero al PC y otros formatos que por entonces se daban, allá por el pleistoceno del ordenador personal) solían disponer de acceso a juegos eróticos, algo pardillos, de todos modos. Esta gente, antisociales todos, mucho más que los consoleros, jugaba a marranadas como Emmanuelle, Superdot (un juego tontísimo), pero también a Leisure Suit Larry, que era bastante jugable.

Claro que los muy degenerados contaban con joyas como La abadía del crimen, que me hizo leer El nombre de la rosa además de hacerme pasar buenos ratos, o The Incredible Machine. Por razones de salud, en el PC había que jugar a estáticas aventuras gráficas o a simuladores. A éstos debo maldecirles, sólo tuve uno y jamás conseguí despegar. Pero aventuras gráficas sí tuve alguna, como Discworld, El día del tentáculo o Alone in the Dark (que no es exactamente una aventura gráfica), inspirado en la obra de H. P. Lovecraft (vale, lo reconozco: yo también jugué en el ordenador). Éste juego es el primero del género survival horror que tanta famahizo con Resident Evil, al que también jugué lo mío en la Playstation, siendo uno de los pocos juegos que lograron provocarme taquicardias. Si las aventuras gráficas de las que nacieron eran para gente con asma (y la mayoría de los jugones de ordenador tenían un inhalador a mano), este tipo de aventura ya no, ya no se puede jugar tranquilamente sentado. De todos modos, cuando salió la Play las cosas estaban cambiando y la barrera entre las dos especies empezaba a difuminarse, así como mi devoción hacia los videojuegos.

Hoy, los mismos juegos que corren en una videoconsola se pueden correr en el PC, y ¡oh traición!, los cartuchos de mis píxeles de mis entrañas pueden jugarse también en el ordenador, en ese birloque llamado “emulador”. Ahora yo también juego en el ordenador, para no estropear mi vieja Megadrive y porque con imprevisión me deshice de alguna de ellas. ¿Dónde estarás, innominada consola, dónde tus boxeadores y tus payasos? ¿Conseguiste, F., hacer funcionar mi Spectrum? ¡Cartucho de Streets of Rage 2, te intercambié por Golden Axe y nunca me lo perdonaste! ¿Qué fue de ti, matón de arcade? ¿Te hiciste profesional de Street Fighter y recorres el mundo embolsándote millones con tu pericia? Tardes de otoño, tardes de Sonic y Mario, de Tetris y Columns, seguid lloviendo, yo seguiré jugando.

El duelo no se podía evitar a no ser que contaras con la simpatía del barman, pero eso no era suficiente. Los abusones de recreativa, si eran rápidos, en vez de poner la moneda la echaban por la ranura y entonces el dueño del bar se encogía de hombros, lo que universalmente significa, bien “no puedo hacer nada”, bien “me importa una higa, que ha pagado como tú”. A veces podías ganarles, claro, pero esos chicos siempre tenían más dinero que tú y volvían a la carga. La única salida era entrenar mucho y ser mejor que ellos, lo cual era harto difícil, porque no sólo eran hábiles y tenían recursos, sino que además siempre estaban acechando. Por suerte, eran hombres de un sólo título, y cambiando de arcade te librabas del acoso. O lo cambiabas por otro, aunque esta especie de abusón solía especializarse en máquinas de lucha, o en aquella de cuenta atrás de Nintendo. Como no frecuentaba los salones, no puedo decir que sea un experto en abusones. Yo era un jugón de bar, mayormente, aunque ahora lamento no haber conocido bien aquella jungla generalmente tenebrosa que llevaba a la catacumba de los billares, a donde sólo llegué algo más mayor.

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Como éramos chicos pacíficos, y como en Santander llueve bastante, pasábamos más tiempo con nuestras consolas. La primera que tuve, bien chico, fue una que no sé cómo se llamaba y seguro que era una clónica de otra. Tenía unos mandos como calculadoras, solo que donde debía ir la pantalla tenían un stick largo, y en las teclas no había números, sólo uno de ellos difería, que era rojo. Juegos teníamos pocos, y si no recuerdo mal todos en el mismo cartucho: uno de boxeo, otro de payasos que se tiraban a unos balancines, otro de sumas y restas y otro que, sobre una pantalla azul, había que hacer un corre que te pillo entre un coche rojo y un asteroide blanco. Con tan poco pasamos muchas horas divertidas. No sé qué fue de ella, pero la echo de menos, leñe. Mientras, algunos amigos tenían ya la Atari 2600, en la que podías jugar al fútbol o al hockey, pero sobre todo a Space Invaders, Pacman y Donkey Kong, uno de los más divertidos que jamás se han programado. Controlabas a “Jumpman”, un carpintero, que con los años mudaría de oficio y de nombre, haciéndose fontanero (da mucha más pasta y prestigio) y nombrándose Mario. No se rompieron mucho la cabeza, porque lo más que podías hacer era avanzar y saltar para tratar de liberar a Pauline de las garras del gorila (al prosperar la dejó por una princesa), que ya entonces despertaba más simpatía que “fat plumber” (Sonic Rules!).

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La historia de Jumpman es la historia con la que todo adolescente sueña: liberar a la bella amada de las garras del sucio rival, degradado a la altura de un primate escalador. Como la vida real era mucho menos halagueña y las recreativas abundaban en leones, el débil protoadulto se conformaba con esquivar barriles y trepar escaleras, dejando correr la imaginación con el reencuentro de los enamorados. El componente erótico, insoslayable a esas edades, estaba muy velado en aquellos juegos, sólo apenas insinuado en las felicitaciones de tu “novia”. Muchas veces las mujeres en los juegos, tan raramente protagonistas (al menos hasta Tomb Rider), eran más bien compañeras, como Blaze en Streets of Rage, o rivales, como Chun Li. Siempre me llamó la anteción, entonces, que algunos de mis amigos eligieran reiteradamente jugar con personajes femeninos. Ahora ya no me sorprende tanto, pues se muchas más cosas de casi todo. Mas, con las hormonas disparadas, no podíamos cerrar los ojos a los encantos de aquellas mujeres sin curvas, pixeladas. Hoy puedes jugar a GTA, entrar en un bar de alterne y pagar a una prostituta para que alivie las tensiones de tu muñeco, pero entonces tales cosas quedaban reservadas para algunos juegos de ordenador.

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Había, no sé si ahora también, dos tipos de persona: la que jugaba en la consola y la que jugaba en el ordenador. Bien es cierto que entre la Atari y la Nintendo sólo hubo ordenadores, como Spectrum, Amstrad, Amiga, Commodore o MSX (¡que sigue vivo!), pero eran en realidad videoconsolas, porque raro era que alguien no soviético programara algo en ellos (por entonces enseñaban BASIC en las escuelas; se llama así porque es tan simple que no servía para nada más que para hacer que un payaso guiñara los ojos) y porque se enchufaban al televisor familiar, para enfado de nuestros padres en una época en la que no todo el mundo tenía dos aparatos de televisión. ¡Amo mi viejo Spectrum!, aunque lo vendí por mil duretes, en una transacción habilísima (estaba roto) que no he sido capaz de repetir después, gastadas todas mis energías comerciales en tamaña traición. Los que optaban por pasar sus ratos ante el ordenador (y me refiero al PC y otros formatos que por entonces se daban, allá por el pleistoceno del ordenador personal) solían disponer de acceso a juegos eróticos, algo pardillos, de todos modos. Esta gente, antisociales todos, mucho más que los consoleros, jugaba a marranadas como Emmanuel, Superdot (un juego tontísimo), pero también a Leisure Suit Larry, que era bastante jugable.

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Claro que los muy degenerados contaban con joyas como La abadía del crimen, que me hizo leer El nombre de la rosa además de hacerme pasar buenos ratos, o The Incredible Machine. En general, en el PC había que jugar a estáticas aventuras gráficas o a simuladores. A éstos debo maldecirles, sólo tuve uno y jamás conseguí despegar. Pero aventuras gráficas sí tuve alguna, como Discworld, El día del tentáculo o Alone in the Dark, inspirado en la obra de H. P. Lovecraft (vale, lo reconozco: yo también jugué en el ordenador). Éste es el inventor del género survival horror que hizo fama con Resident Evil, al que también jugué lo mío en la Playstation, siendo uno de los pocos juegos que lograron provocarme taquicardias. Si las aventuras gráficas de las que nacieron eran para gente con asma (y la mayoría de los jugones de ordenador tenían un inhalador a mano), este tipo de aventura ya no, ya no se puede jugar tranquilamente sentado. De todos modos, cuando salió la Play las cosas estaban cambiando y la barrera entre las dos especies empezaba a difuminarse, así como mi devoción hacia los videojuegos.

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Hoy, los mismos juegos que corren en una videoconsola se pueden correr en el PC, y ¡oh traición!, los cartuchos de mis píxeles de mis entrañas pueden jugarse también en el ordenador, en ese birloque llamado “emulador”. Ahora yo también juego en el ordenador, para no estropear mi vieja Megadrive y porque con imprevisión me deshice de alguna de ellas. ¿Dónde estarás, innominada consola, dónde tus boxeadores y tus payasos? ¿Conseguiste, F., hacer funcionar mi Spectrum? ¡Cartucho de Streets of Rage 2, te intercambié por Golden Axe y nunca me lo perdonaste! ¿Qué fue de ti, matón de arcade? ¿Te hiciste profesional de Street Fighter y recorres el mundo embolsándote millones con tu pericia? Tardes de otoño, tardes de Sonic y Mario, de Tetris y Columns, seguid lloviendo, yo seguiré jugando.

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Nov 12

Tardes de lluvia y píxeles (I)

Escrito en K-Saurus, Memoria de estegosaurio.
Etiquetas: , 12/11/2010

En estos días, Taranis ha estado muy afanado desplomando el cielo sobre nuestras cabezas y Poseidón, buen amigo, aprovechando el desconcierto para intentar apropiarse de algunas parcelillas, que planes urbanísticos previos le arrebataron. Pero ya se calman los viejos dioses en este mundo descreído en el que han perdido la voz y se retiran apesadumbrados a su nube y su abismo, cuando han visto en las noticias que no han sido ellos y su furia sino una tal “ciclogénesis” la causante del desaguisado. Nos basta una etiqueta científica para quitarle poesía al asunto, ni tempestad (“¡Vientos, mientras haya mar abierta, reventad soplando!”) ni galerna (“¡Jesús, y adentro!”), sino circulación ciclónica, y la borrasca deja de evocar toda una literatura de rayos, truenos y centellas (“Era una noche de ciclogénesis, en la que sistemas conectivos de mesoescala produjeron las bajas presiones que atrajeron la perturbación sobre los muros del viejo castillo, en cuya puerta resonaron tres golpes temblorosos…”). Contra los dioses vivíamos mejor.

A mí me importa poco que dioses, nuberos o sistemas de presiones provoquen la lluvia, me basta con que llueva al otro lado del cristal, ¡que caigan chuzos de punta o turbonadas! No hay momento mejor que una fría tarde de otoño, plúmbea y lluviosa, con una buena perspectiva ventanal (un frenesí de paraguas en la calle, tropezándose en un baile aturullado), pies calientes y café recién hecho, o incluso chocolate espeso, de ese que hace volar a los personajes de García Márquez. También se puede salir; no en Madrid, claro: en la capital, la lluvia provoca un histerismo semejante al que sufriríamos bajo una erupción volcánica o un terremoto. Pero en una pequeña ciudad del norte, habituada a estos cataclismos, bastan unas buenas botas y un paraguas cumplidor (y una gabardina leal, como un viejo perro, algún día) para chapotear a gusto. Mas lo ideal, en estos casos, es atrincherarse en casa.

Pueden hacerse algunas cosas. Se puede leer; ahora estoy con Nieve de primavera, que no lo hacía desde la universidad. No ha sido intencionado. Lo saqué de su estante porque me lo habían pedido, pero luego el reclamante no se lo llevó y no pude resistir la tentación; hacía tiempo que quería releerlo y lo tenía en la mano. Es un libro apropiado para el otoño, también para el invierno, por su melancólica belleza, por su culto a la muerte del ser hermoso, como en el solsticio se venera al sol muerto y se reza para su resurrección. En la primera lectura me pareció la menos Mishima de sus novelas, pero no me lo parece ahora, es sólo que dejó sus filosofías para otros papeles y el relato gana en agilidad y frescura. Si alguien quiere iniciarse en el mejor escritor nipón, es el título iniciático correcto.

Leer no es, en cambio, lo que más me apetece. Para mí, la lluvia evoca píxeles. Y no sólo por una analogía evidente: no cuesta imaginar nubes pixeladas lloviendo pequeños cuadradillos azules. Es más bien que la nostalgia, esa que emana del follaje moribundo y el capote gris del cielo, de las tardes oscuras y breves, de la lluvia (por supuesto), es que esa nostalgia otoñal que nadie va a descubrir ahora me devuelve a épocas pasadas, a mi infancia jugona, pixelada y consolera. El resto del año no siento el menor interés por los videojuegos, pero entre septiembre y diciembre es casi mi primera necesidad. Peregrinaba entonces a casa de mis amigos con una bolsita de gominolas, que ahora me destrozan el estómago (justicia todo menos poética: no compartía nunca, o de mala gana), y pasábamos esas tardes lúgubres saltando de plataforma en plataforma, abatiendo cazas enemigos o intentando sacar esa “magia” condenada que podía resolver cualquier situación.

Si juego, lo hago con los viejos, no con los nuevos. Las consolas de séptima generación son máquinas maravillosas, y si ahora fuera adolescente probablemente lograrían arrancarme de la literatura y no sé si de todo lo demás. Pero a estos viejos huesos, tendones y músculos le hacen sus juegos un nudo imposible de desanudar. Es evidente con los simuladores de fútbol, antes arcades de fútbol. Tenía uno en el Spectrum, no recuerdo cómo se llamaba (de vez en cuando el encuentro era interrumpido por un streaker perseguido por su respectivo bobby), que era tan sonso que a las pocas partidas aprendías que desde cierto ángulo del área entraba siempre. Te gastabas dos mil pelas en una cinta, que sabías que iba a durar poco, y tras pasarte diez o quince minutos escuchando chirridos el juego no resultaba ni un reto ni nada, cada partido era una victoria a no ser que fallara la ventosa del joystick, que era lo único que añadía algo de incertidumbre. Por contra, en los actuales, sean de la franquicia FIFA de EA Sports o de Konami (no sé si hay más, en todo caso no cuentan), un treintañero puede sufrir varias luxaciones dactilares antes de ganar un partido, mientras gira 360º el stick en sentido contrario a las agujas del reloj pulsando a la vez triángulo y círculo y repetidamente los gatillos, tan sólo para lograr un control orientado o una ruleta. Ni tanto, ni tan calvo.

Los arcades cumplen el objetivo de cualquier videojuego. Basta una idea sencilla y un desarrollo de dificultad creciente para conseguir un entretenimiento prolongado. Lo puede hacer una lumbrera solitaria, no hace falta un enorme equipo de diseñadores, programadores y qué se yo cuánta gente. Excepto en juegos flash como los que se encuentran abundantemente en Internet, cuesta imaginar a un Sandy White pergeñando un juegazo como Ant Attack; el camino desde su Antescher hasta el Afganistán de Call of Duty Modern Warfare 2 no lo puede recorrer un soñador solo, ni siquiera acompañado por su novia programadora. Es la diferencia entre una obra de arte y una obra de ingenieros, con todo el respeto para los concienzudos tiralíneas. Me cuesta creer que siga habiendo algún Shigeru Miyamoto destacando entre una pléyade de tecleadores, aunque seguro que los hay.

A veces no nos quedábamos en casa, sobre todo si no llovía. Entre otros entretenimientos inocentes, que éramos niños buenos casi todo el tiempo, nos gastábamos parte de la paga en máquinas recreativas (mis dientes lo agradecían, ahora sé que mi estómago también). Aquello era ya una toma de contacto con la sociedad, pues implicaba recorrer el barrio de bar en bar en pos del juego deseado, ya fuera Street Fighter II en sus muchas versiones o Fatal Fury, o Sunset Riders, o Willow, o Blues Journey (que se podía jugar en aquella consola pija que fue la Neo Geo y que nadie que yo conozca tuvo jamás). Este circuito lo reproducirían años después los mismos niños, ya crecidos, con fines algo distintos (no así en mi caso, que me fui a vivir a otra ciudad y tuve que incorporarme a circuitos que no contribuí a crear). También, saliéndonos del área pixel, podías echar un duro en aquel gravitatorio pasarratos de Recreativos Franco, tan difícil; pero esto sólo ocurría a fin de mes. En aquellos rincones de vino y tabaco ya no estabas en territorio seguro, como era tu propio salón o el de tu amigo (según las madres podía dejar de ser seguro, pero yo tuve suerte), sino que podías enfrentarte a un conflicto nada virtual. De repente llegaba alguien por tu espalda y te ponía una moneda sobre la máquina: te acababan de exigir una satisfacción. Si era mejor que tú, y solía ser, ya te podías ir buscando otro juego.

Mañana, la interesante continuación de esta apasionante aventura…

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Ago 08

Una visitante indeseada

Escrito en Memoria de estegosaurio.
8/08/2009

Habría venido del prado sobre la colina de hierba recién cortada, muy encima del suelo que crepitaba bajo las ruedas del volquete (así llamaba mi abuelo a su carro, que sin embargo era un carro cualquiera, verde y rojo, aunque con ruedas de coche, de un R5, aunque pensándolo bien habrían sido demasiado pequeñas). Ella había venido escondida entre la carga, esperando el momento de salir o bien atrapada bajo todo aquel peso verde. La Rubia tiraba de nosotros con aparente facilidad, con los músculos tensos bajo el espeso pelaje castaño, algo sucio. Era un día cualquiera de verano, cuando pasábamos muchos en casa del abuelo, acompañándole en sus labores aunque (o porque) era bastante gruñón (hoy su carácter se ha dulcificado mucho, y a veces reconoce no tener razón). Yo prefería acompañarle a recoger las vacas, que llevaba cada día a un prado distinto, pero siempre cerca de la casa; entonces me permitía atizarles con la vara de avellano en las ancas mientras les hacía ñek, ñek con la lengua. Por supuesto, no me hacían el menor caso, ni a mí ni a mi vara, pero daba igual. Me convertía en un conductor de ganado, en un cowboy, y eso era suficiente.

La casa de los abuelos es enorme. Tanto, que está partida en dos, y en ella vive también otra familia. La hierba la iba dejando ante la cuadra, situada en la parte de atrás, en un edificio anexo bajo sajado por una larga ventana horizontal que se abría directamente sobre el pesebre. Resultaba entonces muy cómodo levantar los postigos y arrojar brazadas de hierba justo bajo las bocas del ganado, que eran vacas de leche -la tan habitual estampa blanquinegra de los prados del norte-. Aquella cuadra olía a leche y a mierda, y sonaba a liga de fútbol a través del transistor del abuelo, que radiaba toda la tarde mientras ponía todo en orden, limpiaba el canal de mierda -y a pesar de ello las vacas siempre se rebozaban bien rebozadas en sus propios excrementos- y ordeñaba un líquido espumoso, fragante y cálido que no nos dejaban beber hasta que la abuela lo hervía en grandes potes.

La leche tiene mejor olor que sabor, o al menos así me parece. Sólo he sido capaz de tomármela sola, sin cacao, ya de mayor, y sólo si está muy fría y estoy muy desesperado y perezoso como para salir a comprar algo más sabroso. El pan también despide un aroma que, luego, decepciona, porque rara vez sabe tan bien como huele, especialmente con el pan congelado que se vende ahora. Entonces tampoco se comía un pan mejor, aunque te lo traían a casa. A mis abuelos se lo dejaban en una bolsa sobre la verja, y yo creo que era de gallofa, porque no pesaba nada y la miga estaba seca como la gomaespuma. Tampoco importaba mucho, porque como mi abuela cocinaba tan bien, el pan se quedaba en poco más que un aperitivo irritante e insignificante, mientras llegaba la gran olla de pollo frito o las hamburguesas con tomate, que son platos sencillos que jamás he vuelto a probar tan ricos, y cuyo sabor aún me impregna evocadoramente las papilas gustativas, llevándome a una melancólica frustración cada vez que los pruebo menos excelentes.

Después de comer salí a jugar, como hacía siempre pese a las advertencias. Teníamos una canasta de alambre, sobre la tejavana de atrás. Era suficiente para un niño de mi edad, que no podía lanzar pesadas pelotas de baloncesto, y debía conformarme con una pequeña, amarilla, que hoy me cabría en la mano. Allí estaba, reptando hacia mí. Aún entonces me pareció pequeña, apenas un hilo grueso, pero era una serpiente, y debía tener veneno. Una picadura y una helada muerte me invadiría. Sudaría la vida que había en mí, como había visto en tantas películas del oeste cuando la terrible cascabel espanta al caballo y muerde, casi siempre en la pierna, al cowboy derribado. Y yo era un cowboy. Me iba a picar aquel monstruo enano, pero terrible, de panza roja y cabeza también encarnada, desmesurada, con cuatro colmillos bestiales que sobresalían como si llevara puesta una dentadura postiza. Venía hacia mí, arrastrándose fría, imperturbable, silenciosa. Muy despacio, porque me habría elegido y no quería alterarme, pero yo también la había visto, viscosa y amenazadora. No conseguí moverme. Sólo la veía crecer, acercarse, con los ojos fijos en mí, sus ojos vacíos amarillos, contoneando su lomo negro reluciente. Su lengua bífida asomando, midiendo, emponzoñando el aire a su alrededor.

Al fin logré desembarazarme de su mirada hipnótica. Se me cayó la pelota y eso me liberó por completo. Entré a la carrera, y ya había empezado a sudar la vida que tenía aunque aún no me había mordido la bicha. Como suele pasar, los mayores no se tomaron muy en serio las tribulaciones de un niño. Pero el monstruo estaba ahí, ahí. Aunque era un crío asustadizo, no solía ver cosas. No había monstruos en mi armario, ni bajo la cama. Pero sabía que estaban en alguna parte, y que cualquier día podían aparecer, como en una pesadilla. Mi tío reaccionó, pero más divertido que otra cosa. Supuso, como ahora me parece evidente, que la serpiente había venido en la hierba, tan cerca de mí, podía haberme picado entonces. Tan próximo a la muerte. Fue a buscar un machete, que me pareció casi como una katana, como los que en la pantalla usaban para abrirse paso en la jungla y trocear grandes constrictores y aún tigres. Eso me infundió algo de valor, pero en realidad no era más que un cuchillo de caza, con las cachas de hueso, que debía emplear para desollar las piezas cobradas.

La venenosa criatura seguía allí, como si me hubiera estado esperando. Yo iba detrás del tío, que le mordiera a él primero aunque era tan pequeña y escurridiza que bien se le podía colar entre las piernas e ir a por mí antes, aunque esperé que fuera suficientemente lista: era él quien iba armado, no yo. Con mucha sangre fría, se le acercó tanto que yo me quedé atrás; se le puso al lado y, apoyando el filo tras la cabeza, murmuró: Es sólo una culebra. Y apretó el cuchillo tan fuerte que la cabeza se separó con un muy leve chasquido, y se quedó fija con las mandíbulas abiertas, mientras la cola, o cuerpo, se retorcía salpicando muy poca sangre, muy poca, durante poco rato, hasta que sólo temblaba levemente, y por fin se detuvo. Mi tío lo pinchó todo con el puñal, primero el cuerpo y luego la cabeza, que quedó ahí ensartada. Para asustarme, me la puso ante las narices pero, por alguna razón, aunque sus colmillos goteaban brillante ponzoña, ya no tuve más miedo. Su mirada ya no era fría y vacía, sino triste, y creí ver algo allí, el asomo de un alma.

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Abr 23

¿Qué libro ha marcado mi vida?

Escrito en El gabinete del dr. Mantell, El museo, Memoria de estegosaurio.
Etiquetas: , , 23/04/2008

EL AMANTE DE LADY CHATTERLEY, D. H. Lawrence

Seguro que, al elegir un título, estoy obrando de manera injusta porque habré olvidado el que realmente marcó mi vida, pues la forma de pensar o interpretar la realidad se adquiere de forma sutil, casi imperceptible y de muy diversas fuentes. Pero si tengo que elegir uno habrá de ser El amante de Lady Chatterley (comprar libro), de David Herbert Lawrence, pues su lectura me ligó, indefectiblemente, a la literatura. No acudí a él, sin embargo, por motivos estrictamente literarios; en plena edad del pavo buscaba más su erotismo o, en rigor, las guarradas. Pero las tribulaciones de Constance no tardaron en desviar mi atención, obligándome a leer algunas páginas atrás, y luego otras más –creo que es la única novela que he leído al revés– buscando la raíz de su renuncia al sacrificio, de su camino de liberación espiritual a través del cuerpo, seducido por la poderosa metafísica del sexo de Lawrence, su profundidad psicológica y su vivísima prosa: “¡El tiempo es ido! ¡Se ha agotado el tiempo de Sir John y la pequeña Lady Jane! ¡Poneos la túnica, Lady Chatterley! Podrías ser cualquiera así como estás, sin nada encima y con sólo algunos harapos de flores”.

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May 05

Nos ha dejado el Nene

Escrito en El museo, Memoria de estegosaurio.
Etiquetas: 5/05/2005

En toda ciudad hay ciertos tipos populares, personajes que forman parte del paisaje urbano tanto como los monumentos, que forman parte de la tradición común tanto como el barquillero o el fabricante de botijos (más específicamente, ésos que lucen el miembro de la benemérita); personajes puede que contrahechos, siempre con el rostro desencajado, mostrando cicatrices más interiores que exteriores; personajes provinentes de ignotos pozos de marginalidad o que han caído en ellos accidentalmente (recordándonos de paso que nadie está a salvo de un traspiés); personajes que, en definitiva, nos muestran que el hombre es frágil, la sociedad cruel, y la naturaleza traicionera, y que pese a todo ello podemos encontrar consuelo en una sonrisa y una muestra de afecto. Famosos eran los tipos populares del XIX santanderinos, cantados por José María de Pereda y su plano costumbrismo, «El Pulga» y «Pichucas el del muelle» (que ha legado a la posteridad la expresión despectiva «ser más tonto que Pichucas»), pero como ellos los sigue habiendo, en la ciudad de mis paisanos y en otras, los hubo ayer y los habrá mañana.

Hay uno que compra cada día una botella de agua, la vacía, la corta por la mitad, llena la improvisada hucha de dinero y se lanza a la consecución de monedas de euro (antes eran de a ciento, sólo acepta lo que pide, de a ciento o, desde el cambio europeo, de a euro; no acepta otra participación en su manía). Hay otro que se disfraza con lo que pilla en la basura y ofrece caramelos a los niños, o estuches para lápices que, fuera de su mente, son carátulas vacías de obsoletas cintas de vídeo; éste es más sórdido que el otro, cuenta con denuncias por pederastia (aunque yo lo recuerdo más bien inofensivo, los crueles niños le escupíamos desde las escaleras del colegio, que no se atrevía a subir; sin moco, pues aún no sabíamos).

Pero no todos son ricos excéntricos, supuestos villanos o borrachuzos impenitentes; los hay que son, sencillamente, parte entreñable del alma urbana, personas a quienes la vida no trató bien o no gozaron de buena fortuna o de afecto incondicionado cuando lo precisaron. Personas cuya única extravagancia es no hallarse sumidos en la monotonía cotidiana del trabajar para vivir tranquilo y un poquito de ocio y preparar el terreno para una aceptable jubilación. De ellos, cuyos rostros nos son tan familiares, apenas sabemos nada; se rumorea sobre su vida, su pasado, cómo llegaron a ese desconsuelo plácido; sabemos muchas veces de dónde sacan el dinero para vivir, y dónde viven; pero desconocemos qué hacen tras los muros de su hogar, si lloran o permanecen risueños también cuando están solos, y cómo es su casa, si limpia y ordenada o vacía y desconchada.

Intenté escribir un articulejo sobre el querido «Nene», personaje o tipo popular santanderino, que hace poco nos dejó. Quise decir mucho sobre él, pero en seguida me di cuenta de que ya estaba dicho, y mucho mejor, en el emilio que me fue enviado al exilio madrileño por mi amigo Miki Arriola, quizá quien más afecto sentía por el «Nene» o «Perro» o «Niño» (tenía muchos nombres). Esto le ocurre muchas veces a los aspirantes a escritores, que se sienten inmensos por sus «cualidades» pero muchas veces deben admitir que los sentimientos puros siempre acabarán venciendo a su supuesta y más deseada que obtenida pericia lingüística. Por eso, y con tu permiso, tomo prestadas tus palabras y las reproduzco aquí:

«A las duras y a las maduras. De las cosas feas también se debe hablar.

»Pues no es broma, no. Ese pequeño ser que tanto nos ha aportado, sea amplia parte de nuestro, cada vez mas triste, vocabulario, sean unas simples risas una de tantas noches de alcohol y drogas, nos ha dejado para siempre.

»Personalmente creo que nos seguirá vigilando desde lo alto (o lo bajo, o lo medio, o lo que fuere) señalándonos con ese dedo índice amenazador, como para hacerle un piquete de ojos a San Pedro en las mismas puertas, si es que no le deja entrar en el bar nebuloso que regenta, a tomarse un chupito de avellana de esos que le privan, por no llevar zapatos, no medir lo suficiente, o llevar calcetines blancos con tomates. Pues mejor. Ojalá no te dejen entrar Nene Perro, y así te vuelves con los que ya te echamos en falta.

»Realmente creo que es la única persona que he conocido en mi vida de la que jamás he oído hablar mal, ni siquiera regular. Y es que es realmente imposible que nadie lo hiciera, pues de la que se te cuelga del cuello notas al instante el enorme peso que, pienso, no solamente viene de su prominencia estomacal sino también de un alma (o lo que sea eso que llevamos dentro) realmente bonita y verdaderamente cálida como unas bravas de La Rana Verde.

»No sé qué pensaréis vosotros que estáis lejos y metidos en vuestros asuntos, pero yo estuve con él hace bien poco y de verdad que desde hace tres días apenas me sale nuestro “¡neneee!” de la boca.

»No os pido que recéis por él porque sinceramente no creo que lo vaya a oír, pero sí estaría bien que cada uno recuerde un momento de nuestro Nene. Y es que cada uno tiene alguna historia con el Nene. Ahí estaba su gracia. Cada uno le llamaba a su manera y le trataba como le parecía. Él, en cambio, trataba a todos igual. No vi nunca que no cediese su dedo cómplice a quien le incitase, incluso después de haberle quemado a lo perra varias veces él te venía otra vez a prestarte su más preciado tesoro, su dedo índice. Y es que no sé si habéis visto la pintura de La Creación, ésa en la que se da a entender que la vida se creó con el dedo índice de Dios; pues que cada uno saque sus conclusiones. La mía es que, aún siendo más ateo que el mayor de ellos, por una vez, creo que un cuadro de este tipo nos muestra una clara realidad: el Nene va a llegar al cielo y le va a decir a Dios: “¡Neneeee!”. Con saludo de índices incluido, claro. Entonces Dios le mirará, se descojonará un rato y, tras invitarle a un trago de ese licor de avellana dirá: “¡Ese Neneee!”. A partir de aquí todo empezará a ir mejor, puesto que Dios no va a dejar nunca que el Niño Perro se vaya de su lado; contrato indefinido. Y ya se sabe, cuatro ojos ven mas que dos, con lo cual el mundo estará mucho mejor vigilado porque Dios se ha hecho de un fiel servidor, un pequeño Sancho Panza, llegado de la lejana Tierruca».

Léelo en Cuanto y por qué tanto…

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