Jun 21

Yo voy con Corea del Norte

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: 21/06/2010

Lo que no quiere decir que no apoye a la Roja, ni mucho menos. Hoy se ganará a Honduras, y el viernes a Chile, con lo que clasificaremos sin agobios. Es así. Pero en un Mundial hay que apoyar a otra selección, además de la propia. Normalmente ha sido Portugal, nuestros vecinos -espalda contra espalda-, a pesar de sus muchos brasileños y del mediocre Queiroz que sufrimos los madridistas una temporada enterita. Pero este año los lusos casi se van a mi tercera predilección, porque ha aparecido un equipo simpático de verdad. Supongo que ello me sitúa en pleno Eje del Mal, pero yo voy con Corea del Norte.

No es probable que los chollimas pasen de primera ronda. Ya parece mucho que hayan marcado un gol a Italia -perdón, Brasil-, un equipo ganador de cinco mundiales, con toda la inercia histórica que eso supone. Pero creo que, en el partido frente a Italia -perdón, Brasil-, alcanzaron la cima de su fútbol. No les será tan fácil con selecciones menos soberbias como Costa de Marfil y Portugal -que cuenta con mi total apoyo y, por tanto, con ventaja-. A pesar de su poca pericia futbolística, es innegable que son el equipo más simpático del Mundial. Mucho más que las dos Italias, la azul y la amarilla, mucho más.

Y es que los norcoreanos empezaron bien pronto a exhibir su alteridad. El seleccionador, Kim Jon-Hun, supo sacarse de encima la presión que aflige a cualquier técnico de un combinado nacional recurriendo al ridículo culto a la personalidad vigente en toda dictadura. El verdadero alma y -caro término para los comunistas- guía del fútbol norcoreano es Kim Jong-il, el Gran Dirigente o Querido Líder, según la proximidad emocional. Como su cumpleaños es fiesta nacional, imagino que muchos preferirán la versión más afectuosa. Los prisioneros políticos seguro que tienen otras palabras en mente. El generalote estará contento con el buen rendimiento de sus pupilos en la primera jornada ante Italia -perdón, Brasil-. Y es que Kim Jon-Hun no tiene más papel en la selección norcorana que dar la cara, porque “Él [el general Kim Jong-il] guía el fútbol norcoreano y propone las tácticas de los partidos. No hay otro equipo con semejante dedicación por satisfacer al líder”.

No es que comulgue políticamente con el auténtico seleccionador nacional, ni con el calzonazos del aparente, pero tal servilismo tiene su gracia. No veo a Del Bosque haciendo lo propio con ZP, dado el gafe deportivo del Presidente. Aunque tampoco me extrañaría de Domenech, si los astros lo aprueban. Es posible, además, que sea ya la única manera de salvar el cargo, a Sarkozy le falta poco -algunos artículos de la Constitución de la Cinquième République- para alcanzar en egolatría al Gran Líder. Ignoro si Sarkozy comparte los enormes conocimientos futbolísticos del “Sabio de Viatskoe”, pero es seguro que conseguiría mejor rendimiento para su selección que Domenech y su quiromancia.

Los norcoreanos también trataron de hacer magia. Al igual que Jesús de Nazaret con el agua, que tornó en vino -no sabía nada, el pájaro-, los simpáticos penúltimos comunistas quisieron trocar a su delantero Kim Myong-Won en portero, sin privarle de su condición de punta. Como eso es mucho más difícil que una simple reforma a nivel molecular, FIFA, con su malicia habitual, les paró los pies: sólo podría ponerse bajo palos, como un Higuita cualquiera. A los chollimas les cortaban las alas, y la infalibilidad del Gran Dirigente quedaba en entredicho. Habían intentado metérsela doblada al Máximo Organismo Futbolístico, y como sabemos eso sólo se les permite a Italia -la de azul- y a Argentina -o a Corea, si organiza un Mundial; el Querido Líder ya está en ello, seguro-.

Pero los norcoreanos no sólo son picaruelos, también son emotivos, entrañables. Las imágenes de su gran estrella, el ariete Jong Sae-Te, sollozando y lagrimeando -vulgo, llorando a moco tendido-, emocionado al escuchar el Ach’imŭn pinnara -el optimista himno norcoreano que se atribuye a Pak Seyŏng y Kim Wŏn’gyun, pero que con seguridad compuso el Gran Querido Líder Dirigente- han dado varias vueltas al mundo, como la isla de Perdidos. No es el 9 chollima un personaje cualquiera. Aunque ya hace mucho que es costumbre que los aguerridos futbolistas lloriqueen en las despedidas de su club -¿en qué oficio llora uno al jubilarse?-, ahora veremos manadas de llorones durante esa ceremonia previa al encuentro -de hecho, ya ha ocurrido: a ver si adivinan quién, un gallifante para el avispado observador-. La interpretación de los himnos, el intercambio de banderines y el lanzamiento de la moneda por el árbitro, en un Mundial, es casi tan importante como el partido mismo.

¿Qué razones tenía Jong Sae-Te para tan obscena exhibición de sentimientos? ¡El gran orgullo de ser norcorano! Los descreídos españoles, amantes de los reinos de Taifas, no pueden entenderlo. ¿Qué va a entender un pueblo que loolea su himno! A Jong Sae-Te se le inflama el corazón cuando piensa en el Monte Paektu y los cinco mil años de historia norcoreana. Aunque eso signifique pertenecer al eje del mal. Aún habiendo nacido japonés. Aún siendo hijo de surcoreanos. Cualquiera se pierde. Recapitulemos. Jong Sae-Te nació el 2 de marzo de 1984 en Nagoya, lo que significa que tiene 26 años y es japonés. Sus padres eran surcoreanos, ergo el Rooney del pueblo, como le apodan -también es capricho-, es surcoreano. Pero juega con Corea del Norte.

¡Qué simpática es esta gente! Sae-Te sólo ha pisado el país cuya nacionalidad luce para jugar partidos con su selección. Juega en el Kawasaki Frontale de la J-League, y ni se plantea alinearse en equipos como el 25 de abril o el Amrokgang. Allá, en el país de las tres mil leguas de riqueza natural, no podría disfrutar de sus caros deportivos, ni de sus gadgets, ni de su música degenerada. Ni siquiera cambiar de peinado tantas veces como le apetezca -los barberos de Pyongyang sólo saben rapar al estilo Kim, guía y modelo de todos los coreanos del norte-. Su hobby es salir de compras, algo muy japonés pero más bien ajeno a las costumbres norcoreanas, que son más sencillas, como morirse de hambre o alabar al amado líder. Pero el Rooney del pueblo es un chico generoso, que permite a sus compañeros jugar con él unas partidas a la PlayStation -otras fuentes citan a Nintendo como su opción lúdica preferida- o escuchar los últimos éxitos del hip-hop. Lo que no compartirá con nadie, cuando lo consiga, será la novia; el muy zorro cuenta con enamorar a una de las integrantes del grupo de K-pop Wondergirls, algo así como las Pussycat Dolls surcoreanas.

Sin duda, él no iba a ser uno de los que, como todos esperaban, intentara darse a la fuga aprovechando el viaje a tierras sudafricanas. Ocasiones se les habían presentado antes, pues la selección tuvo que cruzar Asia varias veces durante la clasificación para la fase final. Pero las mentes sucias no descansan, y poco después del partido contra Italia -¡ay, Brasil!- se difundió el bulo de que cuatro de los integrantes del combinado nacional norcoreano se habían escapado de la concentración y habían solicitado asilo político. FIFA, tan aficaz como siempre, se apresuró a desmentir el hecho pues un misterioso enlace que tienen dentro les había confirmado que tal cosa era una falsedad. En realidad, fácilmente podían haberse largado y los norcoreanos podían haberles sustituido por otro, utilleros o cualquier miembro del staff: nadie habría advertido la diferencia.

Este fácil chascarrillo no es tan obvio como parece. A muchos sorprendió, y yo lo comenté durante el encuentro con… Brasil, ¿no?, que hubiera tantos aficionados norcoreanos en la grada. ¡Si españoles sólo fueron doscientos! Supusimos que eran altos cargos del Partido, o parientes del Amadísimo Líder. Además, estaban organizados como una orquesta, con lo que parecía un maestro de ceremonias alentando a los menos entusiastas y dirigiendo el coro y sus cánticos. Bueno, eso es relativamente común en los hinchas asiáticos; creo que entre los japoneses ese director tiene hasta denominación propia, pero no la recuerdo. Demasiado bonito para ser verdad. Eran chinos, un millar de aficionados chinos, que podríamos decir profesionales del asunto, pues ya habían seguido a la selección China en otros torneos. Dado que los norcoreanos están muy ocupados pasando hambre y alabando al Líder, la oficina en Pekín del Comité Deportivo de Corea del Norte ayudó a organizar este grupo que seguirá a los chollimas en su periplo mundialista.

Esperemos que sea largo. Tienen difícil pasar la primera fase, pero con la decepcionante Costa de Marfil y un poco de cristianitis en Portugal, es posible. Desgraciadamente, Italia amarilla cuenta con seis puntos, por lo que sólo una de mis segundas preferidas, Portugal o Corea del Norte, podrá jugar los octavos. Tengo el corazón dividido, pues unos son nuestros hermanos -espalda contra espalda- y los otros una auténtica catarata de anécdotas que ojalá dure un poco más. De todos modos, su primer cruce será con España, y ahí está el techo de ambas selecciones de mis sub-amores. Tae-Se llorará de camino a casa, pero mientras sus colegas se quedarán en Pyongyang, con el hambre y las loas, él continuará con sus gadgets y su ropa de marca hasta Narita, donde quizá le aguarde su Wondergirl para apaciguar su amor por el Líder, Gran Dirigente y mejor estratega del fútbol.

PD: previsión para hoy, España 4 – Honduras 0.

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Jun 19

Saramago y los males de la modernidad

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: 19/06/2010

Es posible que el libro que me ha mantenido más absorto, incluso provocando alguna colisión, haya sido el Ensayo sobre la ceguera de José Saramago. Lo leía mientras comía, en el bus, y también caminando. Entonces aún no había desarrollado ese sexto sentido murcielaguesco que me permite intuir las farolas -todavía no puedo esquivar los bolardos destrozatibias de Madrid-, y me llevé algún golpe por ello. Aquella atmósfera asfixiante, la intensidad teatral del espacio cerrado, las limitaciones físicas y metafísicas que la ceguera implica. No podía dejarlo. Luego leí otras novelas suyas, algunas incluso mejores, pero ya no fue lo mismo: la impresión de descubrimiento es irrepetible. Últimamente Saramago había empezado a repetirse. Caín o Las intermitencias de la muerte mostraban a un autor en descenso. Su propia salud estaba muy dañada. Pero, hasta el último día fue fiel a sí mismo, a sus convicciones. Esa es una virtud que no se da mucho en la actualidad. Nos hemos acostumbrado al practicismo de la deslealtad. Por eso, aunque su ideología me pareció siempre ingenua y equivocada, admiré a Saramago. Rectificar es de sabios, pero a veces se necesita mucho valor para negarse a hacerlo, aunque el mundo entero grite en tu contra. Y el mundo lo hizo. Varias veces. Por su apoyo a Castro -luego rectificó, sabiamente-, por sus furibundos ataques al catolicismo -tenía más razón que un santo, ¡qué caray!-. En esos gritos estaba la confirmación se sus razones: que la fuerza se usa para aplastar al débil. Sólo que erraron: Saramago no era débil, aunque nunca abusó de su fuerza. La empleó para resistir. Su arma fue la literatura.

Lee mi despedida en El Confidencial →

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May 01

Cada vez escribo peor

Escrito en K-Saurus.
1/05/2010

Será evidente para quienes me siguen -¡sois pocos, pero sabéis lo que es bueno!- pero a mí se me ha hecho patente en estos días de mudanza, desenterrando viejos papeles y carpetas. Me llevaron éstos hasta Cuanto y por qué tanto, aquél fanzine digital en el que empecé a atormentar a los náufragos de la red con mis reseñas, que no críticas. Creo que entonces disfrutaba verdaderamente escribiendo, que no era una rutina forzosa, o mucho menos -escribía un artículo al mes, no a la semana-, porque de todos modos necesito ese acicate para no procrastinar. Que tenía menos miedo a decir “yo”, a opinar, sabiendo que eran escasos los lectores -no tanto, en realidad, pero eso lo supe después; menos en cualquier caso que en El Confidencial-. Que mi cabeza y mi muñeca eran más jóvenes y frescas y flexibles, quizá más fieles a sí mismas. El caso es que leo aquéllos artículos, los comparo con los actuales, y sólo me apetece dudar del mito de la Edad de Oro, recordando que es un mecanismo psicológico que nos pone a salvo ante la incertidumbre del futuro. Algo a lo que aferrarse, al menos un pasado glorioso. Es lo que me apetece pensar, pero no lo consigo. Lo que no me saco de la cabeza, de la barriga, es que cada vez escribo peor.

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Mar 12

El camino sin final. Adiós a Miguel Delibes

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: , , , 12/03/2010

La muerte de los escritores no es diferente de la de cualquier otra persona. Los hay que desaparecen por sorpresa, como Francisco Casavella, y otros que se van despidiendo poco a poco, como otro Francisco, Ayala, y hoy Miguel Delibes. Pero los escritores no son sólo personas, son también personajes. También hay muchas maneras de ser personaje. Se puede ser al estilo de Cela, llamativo y zumbón, o discreto y entrañable, como don Miguel.

Donde empieza la persona, termina el personaje. Yo no puedo compartir las emociones de sus amigos y su familia, porque no lo conocí, no conocí a la persona. En mí no puede desencadenar las mismas emociones de pérdida. Yo conocí al personaje, el trasunto cultural de la persona que lentamente paseaba por Valladolid y recibía el cariño de sus habitantes; un cariño que a don Miguel incomodaba, pero que acogía educadamente. Yo conozco al personaje, y lo aprecio sinceramente, mas no de manera diferente a como aprecio a otro don Miguel, muy anterior en el tiempo -la persona-. Ambos, como tantos otros, Cela incluso, son personajes de biografía, y hasta ahí puedo llegar emocionalmente.

No puedo llorar a un escritor, no me es posible. Ni con Salinger, ni con Updike ni con don Miguel. Tampoco con Calderón o Galdós, ni con Mishima o Kafka. Porque todos ellos, a quienes conozco y conocí, siguen ahi, esperando que les llame. Puedo seguir dialogando con ellos de la misma manera, da lo mismo que su trasunto físico viviera en el siglo XIII, o que ni siquiera hollara la tierra jamás, como Homero, o que haya muerto hace unas horas. Yo sólo soy un lector.

Pero yo, hoy, no he sufrido pérdida alguna. Si acaso, puedo sentir la picazón de la codicia, porque Miguel Delibes no escribirá más, no habrá nuevos libros suyos. En ese sentido, es el final del camino. Mas yo siempre podré encontrar al Delibes que conocí. Sólo tengo que dirigirme a la estantería y tomar El hereje, El camino, 377A, El príncipe destronado… Puedo charlar de naturaleza, de religión, del amor, de las cosas de las que hablan los buenos amigos. Siempre tenemos conversaciones diferentes, él siempre tiene algo nuevo que decirme, aunque parece que está ahí aburrido, rodeado de libros que seguramente no le parecen la mejor compañía.

Para nosotros el camino sigue y puedo pedir a don Miguel que me acompañe; con él vienen Pedro, el Nini, Quico, Gervasio de Lastra, Cipriano Salcedo, Paco el bajo y mi amigo de la infancia, el Mochuelo. Para un lector, el camino carece de final; la biblioteca es su camino y, deambulando por ella, quizá me encuentre a don Miguel, dando su paseo.

Ficha de don Miguel en la editorial Destino, con toda su obra, aquí.

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Mar 10

Sobre la redondez en las artes

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: 10/03/2010

Recientemente ha aparecido una etiqueta que viene a lidiar con la de best-seller pero que, dado que aún carece de entrada en Wikipedia, no se puede considerar establecida oficialmente. Long-seller, el corredor de fondo de la producción editorial, la obra que sin alcanzar el marchamo de clásico se sigue reeditando y vendiendo de manera constante. Es el sudoroso hermano menor de Guerra y paz, el envidiado y honesto currante a quien envidia “el libro más vendido del año xxxx”. Además, el concepto tiene una ventaja añadida, a efectos de prestigio social; no es lo mismo citar el superventas del año como último leído, que nombrar un clásico, que pronunciar el título de un long-seller cuando se responde a la pregunta «¿qué estás leyendo?». Al responder «El túnel», el afortunado lector empezará a desprender un brillo apolíneo, cegador para miradas menos preparadas, lectoras de premios y recomendaciones de revista semanal. En el mundo de la música y el cine es algo que lleva muchísimos años en pie, pero la literatura acaba de descubrirlo. Paradójicamente, da menos vergüenza decir que se está leyendo El símbolo perdido que anunciar que te acabas de comprar el último compacto de Bisbal. Así que, si tus gustos musicales van por esos senderos, quizá puedas redondear tu figura con Océano mar o El infierno. Si, en vez de eso, escuchas a The Kinks y tienes DVD’s de Éric Rohmer, más que redondo, eres esférico, como el ser ideal de Platón.

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Dic 21

Aritmofobia (El juego de la ciencia, de Carlo Frabetti)

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: , , , , 21/12/2009

Más que al coco, al monstruo de debajo de la cama o al sacamantecas, el temor más extendido entre los niños es el miedo a las matemáticas. No deja de ser sorprendente, en una civilización que debe buena parte de su desarrollo a los números, este pavor, que Carlo Frabetti denomina “aritmofobia”. Lo hace en su último libro -que en realidad no es tal, pero lo es, sin dejar de no serlo-, El juego de la ciencia. Aunque se refiere a los adultos y, más aún, a una actitud “cultural” -en realidad, “anticultural”- de todo nuestro mundo occidental.

Cubierta de El juego de la cienciaSi bien desde que se nos enseñan los primeros rudimentos del conocimiento se insiste en la importancia del número y la vida numérica, es cierto que queda fuera del ámbito de la cultura. La cultura es el arte, la literatura, la historia, en fin, todo aquello susceptible de ser narrado o preguntado en una partida de Trivial Pursuit. Las matemáticas, entonces, quedan del lado de los saberes prácticos, como la cocina o la ebanistería, donde ocupa la cúspide.

La ciencia matemática es un saber práctico, tanto como teórico. Se estudian matemáticas para algo, para hacer algo con ellas. La cultura, por el contrario, se obtiene por su valor intrínseco. ¿Es realmente así? Cuando de niños aprendemos las operaciones básicas, se nos señala su utilidad cotidiana; cuando, algo más creciditos, nos ilustran acerca de operaciones complejas, como cálculo probabilístico o trigonometría, la practicidad de estos conocimientos está ligada a posibilidades laborales o de progresión en los estudios. Sin embargo, no se dan razones por las que haya que conocer el esfumato de Leonardo, el monólogo de Segismundo o la fecha de las Navas de Tolosa. Son saberes valiosos, y punto.

Ello lleva a una separación bastarda entre “ciencias” y “letras”, saberes mutuamente excluyentes y hostiles entre sí. El de “letras” difícilmente reconocerá la importancia de la geometría fractal -al margen de sus representaciones plásticas- y el de ciencias negará rotundamente que el conocimiento de las Partidas de Alfonso X, en cuanto código normativo extinto, sea relevante. Por eso, individuos híbridos como Frabetti, tanto en su faceta narrativa como ensayística o periodística, son tan necesarios. Esa fractura debe ser reparada, porque es absurda, porque es nociva.

Ya no estamos en una época en la que un individuo pueda acaparar todo el conocimiento humano. El último de esos individuos, según dicen los anglosajones, fue John Stuart Mill -aunque en realidad este tipo de ser humano no existió jamás, ni puede existir; y, en el sentido que se le da a la expresión, seguramente fue Goethe-. Pero eso no quiere decir que podamos rechazar parcelas tan amplias, y relevantes, del mundo. Porque “quienes dan la espalda al pensamiento cuantitativo se pierden nada menos que la posibilidad de leer el Libro del Universo, que como dijo Galileo, y antes que él Leonardo, está escrito en el lenguaje de los números” (p.58).

Aunque El juego de la ciencia es un libro interesantísimo por muchos motivos, a mí me parece que la aritmofobia es el gran enemigo a batir. Y soy reo de ella, lo he sido siempre. Me resulta reconfortante que Frabetti culpe al sistema educativo, pero no puedo menos que reconocer mi porción de responsabilidad. Los animales se paralizan ante las amenazas, pero el ser humano tiene el deber de enfrentarse a sus miedos, y vencerlos. Mas, no sólo es por orgullo de especie dominante. El conocimiento de la ciencia -y la ciencia también entra con letra- está lleno de momentos satisfactorios, de misterios tan emocionantes como los que pueden saltar mientras exploramos un viejo archivo.

Quizá la mayor dificultad sea idiomática: la ciencia se escribe en ese idioma tan imponente que son las matemáticas, que tan diferente es de nuestra lengua materna. Por fortuna, toda lengua puede ser aprendida -la lengua de la ciencia, como la lengua del arte, incluso la lengua de los chinos-. Y,como sabemos, otra de las asignaturas que más hostilidad produce es la del segundo idioma; como las matemáticas, se estudia poco y se aprende mal. ¿Será cierto que la causa de todo es la mala disposición del sistema educativo?

¿Que por qué El juego de la ciencia es un libro y no lo es? Esto es una tontería, es un libro, un sólido compuesto de celulosa, gomas y tinta, con páginas, cubiertas; con letras, con números. Pero tiene, también, una existencia incorpórea, digital. El juego de la ciencia es la columna que Carlo Frabetti tiene en Público (http://blogs.publico.es/ciencias/tag/frabetti), cuyos primeros 44 artículos se han recogido en un volumen, aunque “No creo que tenga mucho sentido publicar recopilaciones de artículos periodísticos, y menos aún si todos proceden de un mismo periódico y están disponibles en su página web”. Para felicidad de su editor, Frabetti no sólo encuentra innecesario el libro, sino que da las indicaciones necesarias para leerlo gratis.

Entonces, ¿por qué aceptó publicarlo? La respuesta la he hallado en la página 51; dijo Isaac Asimov que el dispositivo de lectura ideal debía: consumir la menor cantidad de energía posible, activarse con la mirada, adaptarse automáticamente al ritmo de lectura del usuario, ser barato, ser fácilmente transportable, resistir los golpes, etc. Es decir, el libro. De la misma manera que es absurda la guerra de los sexos, o la guerra de las ciencias y las letras, lo es la guerra entre internet y el libro. Sólo son formas de lo mismo.

El juego de la ciencia, Carlo Frabetti. Lengua de trapo, Madrid, 2009. 208 páginas, 18,60 €.

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Nov 20

Libropesía y otras adicciones

Escrito en El museo, K-Saurus.
Etiquetas: , , 20/11/2009

Todo amante de la lectura, ame o no al libro, pasará por momentos de fiebre lectora, por fases más o menos agudas de libropesía. Y otros momentos en los que se preguntará, como Alberto Manguel,  ¿Por qué leer? (p. 9). Le responde Gustave Flaubert, “Para vivir” -y asiente Bioy Casares, en silencio-.

libreroPara estos aquejados de libropesía o bibliomanía o furor libresco debe evitarse el tratamiento de choque -relatado por Cervantes en el capítulo VI de la Primera Parte de Don Quijote, y de nulos efectos en el paciente- y probar, mejor, con píldoras como Libropesía y otras adicciones, que publica Libros del Silencio como “ofrenda en forma de libro para los amantes y los enfermos del libro”; la variedad de sus principios activos y su sabor, delicado y lleno de matices, hacen de éste remedio una grata elección, aunque de filo doble: se sabe que hay quien ha visto agravarse la enfermedad, lanzándose a devorar tomo tras tomo.

Lee el artículo completo en El Confidencial…

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Nov 15

El otoño otra vez, en seco

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: , , 15/11/2009

Estación de las nieblas y fecundas sazones,
colaboradora íntima de un sol que ya madura,
conspirando con él cómo llenar de fruto
y bendecir las viñas que corren por las bardas,
encorvar con manzanas los árboles del huerto
y colmar todo fruto de madurez profunda;
la calabaza hinchas y engordas avellanas
con un dulce interior; haces brotar tardías
y numerosas flores hasta que las abejas
los días calurosos creen interminables
pues rebosa el estío de sus celdas viscosas.

Así le cantaba Keats al otoño. La primavera es la estación predilecta de los poetas, y el otoño, con sus tinieblas, su frío, su echarse a dormir, parece ser un preludio del fin de los días propios. Un presagio de muerte.

Hoy siento en el corazón
un vago temblor de estrellas,
pero mi senda se pierde
en el alma de la niebla.
La luz me troncha las alas
y el dolor de mi tristeza
va mojando los recuerdos
en la fuente de la idea.

rain-on-table-480_225x316Rosas blancas desencadenaba el otoño en el corazón de Federico García Lorca. Pero prefiero, con mucho, la mirada tierna de Keats, que supo encontrar las bondades de la estación de las castañas. El otoño es una estación de recuerdos, aunque el recuerdo esté empañado de dolor -el recuerdo habita el pasado, y el pasado quedó definitivamente atrás-. Somos una consecuencia de decisiones y fracasos, no podemos olvidar eso sin mutilarnos gravemente. Dejemos entonces que el abrazo nostálgico de noviembre nos infunda su frescor cargado de rumores.

Pero el recuerdo viene disuelto en agua. No concibo un otoño de secano. Miro al cielo, busco los nimbostratos cargados de los besos azules de Lorca, y sólo está la frente despejada del frío. La lluvia no llega. El tiempo, en Madrid, es indiferente. Es verdad lo que decía Borges, que la lluvia sucede en el pasado. Recuerdo aquéllas tardes de otoño, el frío fuera y yo dentro, mirando el diluvio que enseñoreaba el mundo al otro lado del cristal; hombres, animales y vehículos, bajo su poderoso ejército, retrocedían y en su huída se enfangaban, ¡se rendían! Había fuego en la estufa que, voraz, no dejaba de pedir alimento. Tenía mis libros, mi videoconsola, mi ordenador -soy un hombre de mi tiempo-. Era la pluviosa Montaña y allí sigue manando, aunque, ¿qué me importa a mí que caiga ése solitario árbol?

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.

(…)

La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne.

(…)

¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes!

(…)

¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante;
das al alma las mismas nieblas y resonancias
que pones en el alma dormida del paisaje!

Era Lorca de nuevo, que sabía que el Leteo es un cauce seco.

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May 17

Qué difícil es…

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: , 17/05/2009

 … mantener actualizado un blog, encontrar ideas y energías para darle lo que reclama, en forma de palabras, con la continuidad que precisa para no morir de sed (es como una planta).

Uno abre este cuerno de Amaltea pensando en los premios que de él van a salir, pero no imagina, durante el mágico momento de la concepción, que Audrey Jr. reclamará su alimento. Al principio son sólo unas gotas de sangre, apenas el sobrante que a veces se va solo por las narices, en la noche. Y se da con gusto, viéndola crecer, engordar. Las visitas de los diversos insectos, de alas más o menos brillantes, coloreadas (a veces con un perverso aguijón), son una fiesta de orgullo paternal.

this-is-audrey-jr- Lo estoy criando yo solo, con mi propia sangre.

Mas, pronto la criatura exige un sacrificio mayor. Frankenstein lo sabe bien. No basta con crear: el acto de la creación no es estático, sino constante. Las hordas de aldeanos asaltarán el castillo y querrán desmembrarlo. Después de todo, rechazó a aquella niña tan hermosa. El monstruo debe satisfacer a las hijas de todos, incluso las que sólo aguardan para burlarlo. Para algo se le dotó de tan titánica virtud. Y las niñas del pueblo siempre quieren más, persiguen al monstruo que, estorbado por las raíces, apenas les puede dar esquinazo fingiéndose alcornoque o membrillo.

Quizá un alma anémica como la mía no debería haber plantado nunca esta semilla, pero ¿es esa acaso una opción? ¿Eligió Seymur cultivar la planta? No, fue el amor por Audrey lo que le empujó a sus execrables crímenes. ¿Acaso no fue Boris Karloff el que obligó al buen Víctor a construirlo, para vengarse de Bela Lugosi?

Dice el famoso proverbio del poeta chino Gustave Flaubert, “Ten cuidado con tus sueños: son la sirena de las almas”. Pero si no te has atado a tiempo al mástil de tu navío, ya no te queda sino danzar.

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Mar 01

Kindle Killed de Writer Star

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: , , , 1/03/2009

 

Hablan por mi boca Fobos, Bali y Quentin Beck. El fondo del saco del alma, la parte que no ve la luz y no quiere verla. Leo la euforia que producen los avances tecnológicos en torno al libro, especialmente el Kindle de Amazon, el súper libro, el Aleph que se compra por 300 dólares y nos hace invulnerables al látigo de la ignorancia. Lo leo y me aterro. Se va cumpiendo aquello que avanzó el raro de Iván Illich, de que la pantalla se comería al libro. La tinta digital (e-ink) es el veneno que faltaba. Vale, admitámoslo, un aparato basado en la tinta electrónica, capaz de contener toda nuestra biblioteca deseada, los miles de libros que queremos leer, es la panacea del lector que, además, cuenta con la potencia del hipertexto. Y la aparición del Kindle de Amazon puede ser el golpe definitivo: “el primer dispositivo que rompe la maldición del libro electrónico y lo convierte en algo que desplazará a la lectura de libros físicos en un segmento significativo de usuarios en los próximos pocos años” (Enrique Dans). No puedo negar que el libro electrónico favorece al lector. Lo hace. Al escritor, que parece una parte relevante en esto de la literatura, lo matará.

Los libros arden en el patio de Alonso Quijano.

Según Javier Celaya (editor de Dosdoce.com; uno de tantos Gmork de este Devorador que es el libro electrónico; otros son Michael Hart o Kevin Kelly), con el libro digital el autor recibe el 80% de los ingresos. No está nada mal, contando con que los ingresos pueden ser nulos -otros no son tan optimistas; José Antonio Millán tiene un artículo excelente a este respecto en su blog, donde señala un porcentaje menor: entre el 30 y el 40 %-. La mayor parte de nada sigue siendo la mayor parte, diría Pangloss. Más aún, este leibniziano editor considera que, frente a la esperable piratería, “hay tecnología suficiente para proteger la obra”. Eso mismo debían pensar las discográficas, antes de arrancarse los pelos a puñados. En su análisis, pierden sólo los intermediarios entre el tándem autor-editor y el lector, pero este dinosaurio, que es más de Heguesías que de Leibniz, ve la irrefrenable muerte del editor -sí, me atrevo a contradecir a Jason Epstein- y la más que posible del autor, aunque con matices. Escribir sólo escribirá aquél que lo desee por encima de todo, y siempre y cuando cuente con una forma de ingresos alternativa a la escritura, porque nadie -o sólo alguno- paga por lo que puede obtener gratis. Sólo aquellos que admitan escribir en sus ratos libres -nos perderíamos a Flaubert- o que vivan de rentas se podrían permitir la escritura. Esto vuelve a beneficiar al lector, o al menos no le perjudica más de la cuenta. Pero a muchos posibles escritores les refrena y limita, quizá de manera definitiva.

Portable Content

En cuanto a la posible desparición del libro de papel, dudo mucho que esto llegue a ocurrir. Pasará que el libro tradicional se convertirá en un objeto de lujo, de coleccionista, para enamorados no tanto de la lectura como del ente libro. Para quienes disfrutan de su olor y tacto tanto como de su lectura. Pero está claro que, conforme las generaciones se hagan progresivamente más geek, el papel se irá restringiendo cada vez más a círculos elitistas. Hablemos también de precios. Un ebook cuesta, para quien decida pagarlo, unos 9 dólares (Amazon). El mismo libro, el tradicional objeto de papel, barniz, cola, cartón e hilos, unos 12 dólares. La diferencia no es mucha -aunque hay casos en los que es mucho más barato-, pero con el ebook el soporte lo pone el comprador. Y, al margen de valoraciones personales, vuelve a aparecer el fantasma de Drake y sus modernos seguidores: el ebook puede estar accesible por nada. ¿Para qué pagar cuando puedo no hacerlo? Porque no hay diferencia alguna entre el libro electrónico sisado y el pagado, a diferencia del libro tradicional, que es algo sólido que ninguna versión pirática puede ofrecer.

Otro aspecto negativo es que el libro entra en la dinámica de renovación y obsolescencia informáticos. Cada dispositivo sólo lee algunos archivos, luego éstos cambian y el aparato, carísimo, deja de ser útil (Miguel Ángel Criado, diario Público). La aparición de nuevos soportes deja fuera de juego a los anteriores. El ordenador, sapientísimo y vertiginoso, que aún no hemos terminado de pagar, ya está viejo y no tolera el nuevo ingenio de Bill Gates. Y sin embargo la edición Príncipe del Quijote aún se puede leer, si te la dejan. Incluso la piedra de Rosetta se puede leer, si el lector sabe algo de griego; y tiene más de dos mil años, mientras que mis caducos disquetes hace tiempo que pasaron a peor vida.

Biblioteca del Trinity College (Fuente: http://artedfactus.wordpress.com)

Está claro que el libro electrónico no sólo es posible: ya está aquí, y viene para quedarse y hacernos la vida imposible. Pero, señores editores, no se suiciden. No colaboren con el régimen de Barbanegra y, de paso, entreguen a los honrados escritores a Grendel, que los va a dejar mondos y ni las plumas va a escupir. ¿Hay alguna esperanza? En mi opinión, Spotify ha sido un paso asombroso en lo referente a la música. Con Spotify se vuelve innecesaria la descarga ilegal de música. Sólo falta que haya algo parecido para cine y, quizá, libros, para que la piratería reciba un duro golpe. Porque confiamos en la naturaleza humana, bondadosa y cándida, en que prefiere “hacer lo correcto” -como en las series yanquis- antes que rapiñar. Espero que mi maestro Heguesías no se enfade por este arranque roussoniano.

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