Dic 23

¡Feliz Navidad!

Escrito en K-Saurus, Pasitos de diplodocus.
Etiquetas: , , 23/12/2011

A pesar de todo, adoro estas fechas. Creo que puedo hacerlo porque conservo intacto mi niño interior y, si bien sa las hago pasar canutas durante casi todo el año, en navidades deshago sus cadenas y le dejo campar a sus anchas. Me lo paso como un enano decorando el árbol y, hasta hace poco, componiendo la maqueta temporal de la aldea de Belén, año cero de nuestra era.  Problemas de espacio me han privado de ese placer.

La Navidad es algo folclórico que sólo con mucho esfuerzo puede impregnarse de sentido religioso. Hay que estar dotado de una inmensa capacidad de abstracción para conseguirlo, me parece. La Navidad es para los niños, para su goce ingenuo y despreocupado, y los adultos debemos consagrarnos a su felicidad o, si como yo aún podemos, replegarnos a los siete u ocho años y gozar nosotros mismos. Porque luego de esa edad hacemos el Descubrimiento y la infancia comienza a disolverse. Los adultos tenemos el deber de afrontar la realidad de manera crítica, al menos durante cincuenta semanas al año.

Como adulto, hay un par de obras de ficción poco ficcionales que me gusta revisitar cada Navidad. No me refiero a las ineludibles Canción de Navidad y ¡Qué bello es vivir!, que también (aunque es curioso anotar que si ésta última es obligada se debe a un error legal que la dejó, durante años, libre de derechos), y ahora disfruto con mi hija de Jorge el Curioso y de la infinidad de especiales de Disney. Me refiero a un relato autobiográfico de Truman Capote, Una navidad y a la película A Christmas Story (Historias de Navidad) dirigida por Bob Clark.

Capote era más personaje que autor y, quizá por ello, ese recuerdo navideño de su propia infancia es una de sus mejores piezas. Lo tengo en una edición de Círculo de Lectores, ilustrada por Hans Hillmann, que sisé a mi madre hace años y que no pienso devolver jamás. Dice Matthias Wegner que es “una de las historias de navidad más conmovedoras de la literatura moderna” y he de estar plenamente de acuerdo con él. El relato navideño abunda en mediocridades e imposturas (y, como verán al final del presente texto, yo también voy a contribuir a ensuciar su buen nombre), pero el relato de Capote es sincero, veraz y melancólico. Capote niño solitario, abandonado, nos cuenta cómo Sook, su niñera, salvó su Navidad y su corazón infantil. Está tan bien contado que el personaje de la niñera negra cobra una intensidad emocional tal que lo reconstruye y aísla del tópico.

También es memorística la película de Clark, un director que aquí deja los mejores momentos de su filmografía. La vi de niño, cuando comenzaban las televisiones privadas, enfermos mi hermano y yo, en un pequeño televisor sin colores en nuestra habitación. Desde entonces, no he podido volver a cazarla, sino que me he tenido que conformar con la versión original, pues en Estados Unidos sí goza de cierta fama. Narra la entrañable infancia, durante los años cuarenta, de un niño que desea por Navidad la carabina de aire comprimido que promociona su personaje favorito, un cowboy de la radio. Son, sencillamente, las aventurillas de un niño corriente con una familia algo estrafalaria. A pesar del tiempo transcurrido, no eran hechos tan distintos a los que un niño español pudo vivir en los primeros ochenta, antes de que el siglo XX penetrara completamente en nuestro país.

Si tienen la ocasión de acceder a estas obras maestras navideñas, no lo duden. No hay empalago y sí emoción, no hay milagros ni gordos barbudos y sí ojos de niño abiertos al mundo, desde el suyo propio.

El Dinosaurio que estaba allí les desea felices fiestas. Quiero celebrarlo con un regalo para mis lectores, un cuento navideño, escrito por mi yo adulto, es decir, trágico. En cuanto obsequio se parece a lo que nos atiza el amigo invisible, algo que no queremos ni necesitamos y que seguramente nos hará perder el tiempo. Y aun siendo yo invisible no soy intangible y puedo recibir sus reproches y, en su caso, sus bofetadas. Pido disculpas por adelantado por sus seguros errores, defectos y estupideces.

DESCARGA Cuento de navidad (tragedia)
(En formato PDF de 6″, cómodamente legible en sus dispositivos electrónicos.)

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Dic 11

Real Coyote

Escrito en K-Saurus, Memoria de estegosaurio.
Etiquetas: , , 11/12/2011

Cuando era niño, aunque no nos permitían pasar mucho tiempo ante el televisor, sí que había algunos programas de dibujos animados familiarmente aceptados. Todo lo que fuera Disney, o Looney Tunes (para nosotros, siempre, el Conejo de la Suerte, aunque no apareciera en el episodio), o Tom y Jerry. Ello dejaba fuera de la legalidad cualquier japonismo que no fueran Heidi o Marco o La abeja maya, es decir, Mazinger Z o Comando G, de los que otros niños nos hablaban en el colegio, pero que yo no pude ver jamás. De entre aquellos no sujetos a censura, había algunos que me irritaban. Del mismo modo que era intolerable que los indios consiguieran abatir al vaquero, parecía inadmisible que el Correcaminos derrotara incansablemente al Coyote, o que Jerry hiciera lo propio con el gato Tom. Y era así no por esquivar el esquema corriente, el flujo natural de las cosas, sino porque aquello olía mal. Había trampa en aquella invencibilidad de los supuestos débiles. Una mano negra.

Tanto el felino como el cánido, tradicionales opositores, coincidían en ver frustradas sus biológicas ansias de carnicería (si bien en ocasiones Tom demostraba tener mejor corazón que el infame roedor), y no porque sus rivales poseyeran recursos, poderes o talentos superiores. Sencillamente, les aguardaba la derrota hicieran lo que hicieran. Si, por ejemplo, Jerry para huir del gato se enroscaba en el casquillo de una lámpara, nada le ocurría, pero al ponerle Tom la zarpa encima, recibía este una terrible descarga eléctrica. Y el roedor indemne. Si, como solía, Coyote erigía un recio muro interrumpiendo la carretera y sobre él dibujaba una estampa del paisaje que acababa de bloquear, al llegar el ave a toda velocidad recorría el camino ficticio como si, para él, no hubiera distinción entre fantasía y realidad, entre simulacro y verdad. Por supuesto, si el Coyote intentaba hacer lo mismo se estampaba en la sólida, auténtica pared de ladrillos.

Lo más frustrante de todo esto era que (especialmente Wile E. Coyote) los perdedores demostraban tenacidad, ingenio e inteligencia, todos ellos valores y habilidades admirables, deseables, que los adultos deseaban inculcar a los niños pero que, incomprensiblemente, se nos mostraban como inútiles, como propias del fracasado y no del triunfante. Triunfante porque sí, pues el Correcaminos nada hacía para salirse con la suya. Su superioridad, además de inmerecida, era insultante, era injusta y se debía más a una intercesión cuasidivina que a la velocidad o la astucia del campeón. Aunque el plan y los cachivaches Acme fueran perfectos, los niños sabíamos de antemano el resultado final del empeño.

Hoy, como seguidor del Real Madrid, sufro de similar impotencia. Comenzamos a advertir los madridistas, como aquellos niños de entonces, que sin importar el esfuerzo, la planificación, el arte desplegado, saldremos derrotados en los enfrentamientos frente al Barça. Que, aun cuando se logre neutralizar su juego fabuloso de toque, movimiento y penetración, saldremos derrotados. Que, aun cuando nos adelantemos en el marcador en el primer minuto, saldremos derrotados. Que, aun cuando suframos un comportamiento antideportivo, con fingimientos, engaños y vilezas, saldremos derrotados (y además, incomprensiblemente, señalados como villanos). Que, aun cuando nuestro juego ciertamente más tosco y feo acogote y domine, saldremos derrotados. Porque hay una ley no escrita que dicta el resultado de estos partidos, y sean Xavi o Messi o Iniesta inspirados, sean Pepe o Sergio Ramos o Cristiano despistados, sean los rebotes siempre favorecedores al rival o los árbitos casi siempre parciales y sañudos (presas, igual que tantos aficionados desde que Florentino tomara las riendas del club, y más aún con la llegada arrolladora de Mourinho, de un antimadridismo cerril), sea lo que sea, al final, el Coyote se verá cayendo al abismo, preguntándose qué ha hecho él para merecer el topetazo y qué demonios puede hacer para, en la siguiente ocasión, salir imposiblemente triunfante.

Dedicado a mis amigos culés, siervos del mal y devotos de inmundas ratas y sucios pajarracos pero afortunados de poder sentir como propio un fútbol tan maravilloso.

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Nov 02

I Want to be British: Solar, de Ian McEwan

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, K-Saurus.
Etiquetas: , , , 2/11/2011

Ahora lo sé. El infierno, ese no-lugar que tanto ha inquietado a la humanidad desde que la Iglesia católica diera con la tecla que garantizaba su futuro; ya sé lo que es. Consiste en llevar un automóvil, buscando un hueco en el que aparcar, esto es, descansar. No hay prisión mayor. No puedes dejarlo en cualquier parte, porque una policía verdaderamente atenta te obligará a retirarte, aunque te hayas escondido, siendo especialmente brusca si lo has hecho. Con cada vuelta que das a la llameante manzana, sabes que decrecen tus oportunidades, porque es menos probable que alguien se marche y deje su plaza al vehículo que, entre impaciente, atemorizado e iracundo, conduces. No hay escape, no hay perspectiva de salvación. Un tormento eterno. Y, entonces, un destello intermitente, unas ruedas que rompen a rodar justo delante tuyo. Sólo era, esta vez, el purgatorio.

Qué rabia, rabia, dan los narradores británicos. Qué bien lo hacen, los cabrones. Los demás sólo pueden envidiarles, porque ellos están en el secreto y la suya es una organización que no admite iniciados. Sencillamente se es uno de ellos. Nadie puede hacerse narrador británico.

Pensaba en esto mientras leía otro de mis muchos libros postergados, Solar, de Ian McEwan. Su apellido es de origen escocés, pero él no lo es. Es inglés, la raza aria de los narradores británicos. Y sí, la forma de narrar de un narrador británico es una forma de totalitarismo, porque (valga la redunciancia) totalizan las virtudes narrativas y las acaparan y privan de ellas a quienes, por lo que fuere, sufren la desgracia de no ser británicos. Joder. Coño.

Es verdad, no hay que nacer inglés, basta con criarse en la isla del té de las cinco. Los hay que nacen en la India y son narradores británicos. Algunos hasta tienen la ocurrencia de nacer en Nagasaki, y a pesar de ello, también pertenecen a la cofradía. Perdón: son de la cofradía. Ello nos lleva a sospechar que el veneno, o virus, capaz de alterar su ADN, se contagia durante los años de formación, que es una cuestión educativa. Puede ser. Pienso en la educación que he recibido o padecido. Claro, siendo español es muy difícil ser narrador británico. Ni siquiera los angloaburridos lo consiguieron, porque se dejaban influenciar y estaban muy satisfechos de confesarse influídos, pero cada uno resultó ser un poco de su casa y otro poco de sí mismo. Ya sabemos algo: ser español te impide ser un narrador británico. Pero esta hipótesis no informa acerca del tema que nos preocupa: cómo lo hacen para narrar como lo hacen.

A ver, ellos como yo nos hemos criado leyendo a Enid Blyton, y a Dickens de mayores. Seguramente, ellos también se han contaminado leyendo a franceses y a norteamericanos. ¿Entonces? Como español, es difícil no sentir la tentación de achacar la lectura de españoles e hispanoamericanos como causa de nuestra incapacidad para ser narradores británicos. Pero a los franceses, que sólo se leen entre ellos y a los británicos en secreto, les ocurre lo mismo. Los pobres sólo pueden ser narradores franceses. Eso les vale, como a nosotros, para escribir bien, cuando lo hacen, pero nada más. Y los ingleses leen el Quijote, bien directamente, bien a través de otros, pero ello no les perturba en lo absoluto. De hecho, probablemente los narradores británicos brotan de Cervantes, antes que de Shakespeare.

Volvemos a Solar, para encontrarnos esa novela total, fabulosa, que sólo desde una perspectiva estética cerrada puede ser juzgada como anticuada. Narrada en tercera persona, según un esquema estructural y cronológico tradicionales, con algunas alteraciones ocasionales poco llamativas y una concesión en el punto de vista, al hacer equisciente a ese narrador. Maneja temas actuales, como el cambio climático o el envejecimiento (literariamente, es lo que se puede decir un tema de moda), y en un nivel inferior el poder de los medios y la frialdad de la ciencia, mientras que en capas profundas nos encontramos con una acendrada crítica social y una valoración de la existencia humana, lo que vienen siendo los temas capitales de la literatura, junto con el amor, también presente. En fin, lo normal. Se ha dicho que es una novela humorística, pero maldita la gracia. Hay algún sketch macabro, muy propio del autor, pero eso es todo lo que encontramos próximo a la comicidad.

En cuanto que narrador británico, y además inglés, McEwan es capaz de plasmar narrativamente una visión del mundo en la que todo tiene profundidad, relieve, textura. Hasta los personajes más nimios, aquellos que aparecen un instante antes de desaparecer entre bastidores, parecen tener un rico pasado y una personalidad definida. Es decir, no nos dicen nada de ellos, pero como con las personas con las que nos topamos en situaciones semejantes, en la vida real, sabemos, estamos seguros, de que ellos también son individuos plenos, personas o seres humanos de pleno derecho.

En Solar, seguimos al doctor Beard, eminente físico, premio Nobel, burócrata aburrido y mujeriego impenitente. No es un antihéroe, es un villano siempre a punto de recibir su merecido, aunque no le faltan desgracias. Así, uno de los personajes le suelta: “Te mereces casi todo lo que te ha sucedido. Así que jódete”. La construcción de este fascinante villano, por encima de la flemática ironía marca de la casa, o del ritmo vivo, o de la reflexión a contracorriente, es lo que hace de esta novela tan sabrosa, tan interesante y tan sugestiva. Sin Michael Beard y sus lorzas, su inmoralidad, su torpeza y su mala suerte, Solar sería una obra errática, con episodios excéntricos y fatuos y hasta resabida. Pero con él es un novelón. Todo cobra sentido, viveza e interés, y hasta nos creemos que sedujera a una mujer con poesía y con el viejo truco de averiguar sus aficiones y afecciones. Hasta aceptamos el cierre rocambolesco y forzado. Porque todo eso le ocurre a Beard.

Es un truco de magia miserable, y maravilloso. Propio de un narrador británico. Qué bien lo hacen. Cómo lo hacen. Cabrones.

Ficha del libro en Anagrama.

Entrevista con el autor.

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Nov 13

Tardes de lluvia y píxeles (II)

Escrito en K-Saurus, Memoria de estegosaurio.
Etiquetas: , 13/11/2010

El duelo no se podía evitar a no ser que contaras con la simpatía del barman, pero eso no era suficiente. Los abusones de recreativa, si eran rápidos, en vez de poner la moneda la echaban por la ranura y entonces el dueño del bar se encogía de hombros, lo que universalmente significa, bien “no puedo hacer nada”, bien “me importa una higa, que también ha pagado”. A veces podías ganarles, claro, pero esos chicos siempre tenían más dinero que tú y volvían a la carga. La única salida era entrenar mucho y ser mejor que ellos, lo cual era harto difícil, porque no sólo eran hábiles y tenían recursos sino que además siempre estaban acechando. Por suerte eran hombres de un sólo título y cambiando de arcade te librabas del acoso. O lo cambiabas por otro, aunque esta especie de abusón solía especializarse en máquinas de lucha o en aquella de cuenta atrás de Nintendo. Como no frecuentaba los salones no puedo decir que sea un experto en abusones. Yo era un jugón de bar, mayormente, aunque ahora lamento no haber conocido bien aquella jungla generalmente tenebrosa que llevaba a la catacumba de los billares, a donde sólo llegué algo más mayor.

Como éramos chicos pacíficos y como en Santander llueve bastante pasábamos más tiempo con nuestras consolas. La primera que tuve, bien chico, fue una que no sé cómo se llamaba y seguro que era una clónica de otra. Tenía unos mandos como calculadoras, solo que donde debía ir la pantalla tenían un stick largo, y en las teclas no había números; sólo uno de ellos difería, que era rojo. Juegos teníamos pocos y si no recuerdo mal todos en el mismo cartucho: uno de boxeo, otro de payasos que se tiraban a unos balancines, otro de sumas y restas y otro que, sobre una pantalla azul, había que hacer un corre que te pillo entre un coche rojo y un asteroide blanco. Con tan poco pasamos muchas horas divertidas. No sé qué fue de ella, pero la echo de menos, leñe. Mientras, algunos amigos tenían ya la Atari 2600, en la que podías jugar al fútbol o al hockey, pero sobre todo a Space Invaders, Pacman y Donkey Kong, uno de los más divertidos que jamás se han programado. Controlabas a “Jumpman”, un carpintero, que con los años mudaría de oficio y de nombre, haciéndose fontanero (da mucha más pasta y prestigio) y nombrándose Mario. No se rompieron mucho la cabeza, porque lo más que podías hacer era avanzar y saltar para tratar de liberar a Pauline de las garras del gorila (al prosperar la dejó por una princesa), que ya entonces despertaba más simpatía que “fat plumber” (Sonic Rules!).

La historia de Jumpman es la historia con la que todo adolescente sueña: liberar a la bella amada de las garras del sucio rival, degradado a la altura de un primate escalador. Como la vida real era mucho menos halagueña y las recreativas abundaban en leones, el débil protoadulto se conformaba con esquivar barriles y trepar escaleras, dejando correr la imaginación con el reencuentro de los enamorados. El componente erótico, insoslayable a esas edades, estaba muy velado en aquellos juegos, y sólo se insinuaba apenas en las felicitaciones de tu “novia”. Muchas veces las mujeres en los juegos, tan raramente protagonistas (al menos hasta Tomb Rider), eran más bien compañeras, como Blaze en Streets of Rage, o rivales, como Chun Li. Siempre me llamó la anteción, entonces, que algunos de mis amigos eligieran reiteradamente jugar con personajes femeninos. Ahora ya no me sorprende tanto, pues sé muchas más cosas de casi todo. Mas, con las hormonas disparadas, no podíamos cerrar los ojos a los encantos de aquellas mujeres sin curvas, pixeladas. Hoy puedes jugar a GTA, entrar en un bar de alterne y pagar a una prostituta para que alivie las tensiones de tu muñeco, pero entonces tales cosas quedaban reservadas para algunos juegos de ordenador.

Había, no sé si ahora también, dos tipos de persona: la que jugaba en la consola y la que jugaba en el ordenador. Bien es cierto que entre la Atari y la Nintendo sólo hubo ordenadores, como Spectrum, Amstrad, Amiga, Commodore o MSX (¡que sigue vivo!), pero eran en realidad videoconsolas, porque raro era que alguien no soviético programara algo en ellos (por entonces enseñaban BASIC en las escuelas; se llama así porque es tan simple que no servía para nada más que para hacer que un payaso guiñara los ojos) y porque se enchufaban al televisor familiar, para enfado de nuestros padres en una época en la que no todo el mundo tenía dos aparatos de televisión. ¡Amo mi viejo Spectrum!, aunque lo vendí por mil duretes, en una transacción habilísima (estaba roto) que no he sido capaz de repetir después, gastadas todas mis energías comerciales en tamaña traición. Los que optaban por pasar sus ratos ante el ordenador (y me refiero al PC y otros formatos que por entonces se daban, allá por el pleistoceno del ordenador personal) solían disponer de acceso a juegos eróticos, algo pardillos, de todos modos. Esta gente, antisociales todos, mucho más que los consoleros, jugaba a marranadas como Emmanuelle, Superdot (un juego tontísimo), pero también a Leisure Suit Larry, que era bastante jugable.

Claro que los muy degenerados contaban con joyas como La abadía del crimen, que me hizo leer El nombre de la rosa además de hacerme pasar buenos ratos, o The Incredible Machine. Por razones de salud, en el PC había que jugar a estáticas aventuras gráficas o a simuladores. A éstos debo maldecirles, sólo tuve uno y jamás conseguí despegar. Pero aventuras gráficas sí tuve alguna, como Discworld, El día del tentáculo o Alone in the Dark (que no es exactamente una aventura gráfica), inspirado en la obra de H. P. Lovecraft (vale, lo reconozco: yo también jugué en el ordenador). Éste juego es el primero del género survival horror que tanta famahizo con Resident Evil, al que también jugué lo mío en la Playstation, siendo uno de los pocos juegos que lograron provocarme taquicardias. Si las aventuras gráficas de las que nacieron eran para gente con asma (y la mayoría de los jugones de ordenador tenían un inhalador a mano), este tipo de aventura ya no, ya no se puede jugar tranquilamente sentado. De todos modos, cuando salió la Play las cosas estaban cambiando y la barrera entre las dos especies empezaba a difuminarse, así como mi devoción hacia los videojuegos.

Hoy, los mismos juegos que corren en una videoconsola se pueden correr en el PC, y ¡oh traición!, los cartuchos de mis píxeles de mis entrañas pueden jugarse también en el ordenador, en ese birloque llamado “emulador”. Ahora yo también juego en el ordenador, para no estropear mi vieja Megadrive y porque con imprevisión me deshice de alguna de ellas. ¿Dónde estarás, innominada consola, dónde tus boxeadores y tus payasos? ¿Conseguiste, F., hacer funcionar mi Spectrum? ¡Cartucho de Streets of Rage 2, te intercambié por Golden Axe y nunca me lo perdonaste! ¿Qué fue de ti, matón de arcade? ¿Te hiciste profesional de Street Fighter y recorres el mundo embolsándote millones con tu pericia? Tardes de otoño, tardes de Sonic y Mario, de Tetris y Columns, seguid lloviendo, yo seguiré jugando.

El duelo no se podía evitar a no ser que contaras con la simpatía del barman, pero eso no era suficiente. Los abusones de recreativa, si eran rápidos, en vez de poner la moneda la echaban por la ranura y entonces el dueño del bar se encogía de hombros, lo que universalmente significa, bien “no puedo hacer nada”, bien “me importa una higa, que ha pagado como tú”. A veces podías ganarles, claro, pero esos chicos siempre tenían más dinero que tú y volvían a la carga. La única salida era entrenar mucho y ser mejor que ellos, lo cual era harto difícil, porque no sólo eran hábiles y tenían recursos, sino que además siempre estaban acechando. Por suerte, eran hombres de un sólo título, y cambiando de arcade te librabas del acoso. O lo cambiabas por otro, aunque esta especie de abusón solía especializarse en máquinas de lucha, o en aquella de cuenta atrás de Nintendo. Como no frecuentaba los salones, no puedo decir que sea un experto en abusones. Yo era un jugón de bar, mayormente, aunque ahora lamento no haber conocido bien aquella jungla generalmente tenebrosa que llevaba a la catacumba de los billares, a donde sólo llegué algo más mayor.

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Como éramos chicos pacíficos, y como en Santander llueve bastante, pasábamos más tiempo con nuestras consolas. La primera que tuve, bien chico, fue una que no sé cómo se llamaba y seguro que era una clónica de otra. Tenía unos mandos como calculadoras, solo que donde debía ir la pantalla tenían un stick largo, y en las teclas no había números, sólo uno de ellos difería, que era rojo. Juegos teníamos pocos, y si no recuerdo mal todos en el mismo cartucho: uno de boxeo, otro de payasos que se tiraban a unos balancines, otro de sumas y restas y otro que, sobre una pantalla azul, había que hacer un corre que te pillo entre un coche rojo y un asteroide blanco. Con tan poco pasamos muchas horas divertidas. No sé qué fue de ella, pero la echo de menos, leñe. Mientras, algunos amigos tenían ya la Atari 2600, en la que podías jugar al fútbol o al hockey, pero sobre todo a Space Invaders, Pacman y Donkey Kong, uno de los más divertidos que jamás se han programado. Controlabas a “Jumpman”, un carpintero, que con los años mudaría de oficio y de nombre, haciéndose fontanero (da mucha más pasta y prestigio) y nombrándose Mario. No se rompieron mucho la cabeza, porque lo más que podías hacer era avanzar y saltar para tratar de liberar a Pauline de las garras del gorila (al prosperar la dejó por una princesa), que ya entonces despertaba más simpatía que “fat plumber” (Sonic Rules!).

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La historia de Jumpman es la historia con la que todo adolescente sueña: liberar a la bella amada de las garras del sucio rival, degradado a la altura de un primate escalador. Como la vida real era mucho menos halagueña y las recreativas abundaban en leones, el débil protoadulto se conformaba con esquivar barriles y trepar escaleras, dejando correr la imaginación con el reencuentro de los enamorados. El componente erótico, insoslayable a esas edades, estaba muy velado en aquellos juegos, sólo apenas insinuado en las felicitaciones de tu “novia”. Muchas veces las mujeres en los juegos, tan raramente protagonistas (al menos hasta Tomb Rider), eran más bien compañeras, como Blaze en Streets of Rage, o rivales, como Chun Li. Siempre me llamó la anteción, entonces, que algunos de mis amigos eligieran reiteradamente jugar con personajes femeninos. Ahora ya no me sorprende tanto, pues se muchas más cosas de casi todo. Mas, con las hormonas disparadas, no podíamos cerrar los ojos a los encantos de aquellas mujeres sin curvas, pixeladas. Hoy puedes jugar a GTA, entrar en un bar de alterne y pagar a una prostituta para que alivie las tensiones de tu muñeco, pero entonces tales cosas quedaban reservadas para algunos juegos de ordenador.

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Había, no sé si ahora también, dos tipos de persona: la que jugaba en la consola y la que jugaba en el ordenador. Bien es cierto que entre la Atari y la Nintendo sólo hubo ordenadores, como Spectrum, Amstrad, Amiga, Commodore o MSX (¡que sigue vivo!), pero eran en realidad videoconsolas, porque raro era que alguien no soviético programara algo en ellos (por entonces enseñaban BASIC en las escuelas; se llama así porque es tan simple que no servía para nada más que para hacer que un payaso guiñara los ojos) y porque se enchufaban al televisor familiar, para enfado de nuestros padres en una época en la que no todo el mundo tenía dos aparatos de televisión. ¡Amo mi viejo Spectrum!, aunque lo vendí por mil duretes, en una transacción habilísima (estaba roto) que no he sido capaz de repetir después, gastadas todas mis energías comerciales en tamaña traición. Los que optaban por pasar sus ratos ante el ordenador (y me refiero al PC y otros formatos que por entonces se daban, allá por el pleistoceno del ordenador personal) solían disponer de acceso a juegos eróticos, algo pardillos, de todos modos. Esta gente, antisociales todos, mucho más que los consoleros, jugaba a marranadas como Emmanuel, Superdot (un juego tontísimo), pero también a Leisure Suit Larry, que era bastante jugable.

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Claro que los muy degenerados contaban con joyas como La abadía del crimen, que me hizo leer El nombre de la rosa además de hacerme pasar buenos ratos, o The Incredible Machine. En general, en el PC había que jugar a estáticas aventuras gráficas o a simuladores. A éstos debo maldecirles, sólo tuve uno y jamás conseguí despegar. Pero aventuras gráficas sí tuve alguna, como Discworld, El día del tentáculo o Alone in the Dark, inspirado en la obra de H. P. Lovecraft (vale, lo reconozco: yo también jugué en el ordenador). Éste es el inventor del género survival horror que hizo fama con Resident Evil, al que también jugué lo mío en la Playstation, siendo uno de los pocos juegos que lograron provocarme taquicardias. Si las aventuras gráficas de las que nacieron eran para gente con asma (y la mayoría de los jugones de ordenador tenían un inhalador a mano), este tipo de aventura ya no, ya no se puede jugar tranquilamente sentado. De todos modos, cuando salió la Play las cosas estaban cambiando y la barrera entre las dos especies empezaba a difuminarse, así como mi devoción hacia los videojuegos.

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Hoy, los mismos juegos que corren en una videoconsola se pueden correr en el PC, y ¡oh traición!, los cartuchos de mis píxeles de mis entrañas pueden jugarse también en el ordenador, en ese birloque llamado “emulador”. Ahora yo también juego en el ordenador, para no estropear mi vieja Megadrive y porque con imprevisión me deshice de alguna de ellas. ¿Dónde estarás, innominada consola, dónde tus boxeadores y tus payasos? ¿Conseguiste, F., hacer funcionar mi Spectrum? ¡Cartucho de Streets of Rage 2, te intercambié por Golden Axe y nunca me lo perdonaste! ¿Qué fue de ti, matón de arcade? ¿Te hiciste profesional de Street Fighter y recorres el mundo embolsándote millones con tu pericia? Tardes de otoño, tardes de Sonic y Mario, de Tetris y Columns, seguid lloviendo, yo seguiré jugando.

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Nov 12

Tardes de lluvia y píxeles (I)

Escrito en K-Saurus, Memoria de estegosaurio.
Etiquetas: , 12/11/2010

En estos días, Taranis ha estado muy afanado desplomando el cielo sobre nuestras cabezas y Poseidón, buen amigo, aprovechando el desconcierto para intentar apropiarse de algunas parcelillas, que planes urbanísticos previos le arrebataron. Pero ya se calman los viejos dioses en este mundo descreído en el que han perdido la voz y se retiran apesadumbrados a su nube y su abismo, cuando han visto en las noticias que no han sido ellos y su furia sino una tal “ciclogénesis” la causante del desaguisado. Nos basta una etiqueta científica para quitarle poesía al asunto, ni tempestad (“¡Vientos, mientras haya mar abierta, reventad soplando!”) ni galerna (“¡Jesús, y adentro!”), sino circulación ciclónica, y la borrasca deja de evocar toda una literatura de rayos, truenos y centellas (“Era una noche de ciclogénesis, en la que sistemas conectivos de mesoescala produjeron las bajas presiones que atrajeron la perturbación sobre los muros del viejo castillo, en cuya puerta resonaron tres golpes temblorosos…”). Contra los dioses vivíamos mejor.

A mí me importa poco que dioses, nuberos o sistemas de presiones provoquen la lluvia, me basta con que llueva al otro lado del cristal, ¡que caigan chuzos de punta o turbonadas! No hay momento mejor que una fría tarde de otoño, plúmbea y lluviosa, con una buena perspectiva ventanal (un frenesí de paraguas en la calle, tropezándose en un baile aturullado), pies calientes y café recién hecho, o incluso chocolate espeso, de ese que hace volar a los personajes de García Márquez. También se puede salir; no en Madrid, claro: en la capital, la lluvia provoca un histerismo semejante al que sufriríamos bajo una erupción volcánica o un terremoto. Pero en una pequeña ciudad del norte, habituada a estos cataclismos, bastan unas buenas botas y un paraguas cumplidor (y una gabardina leal, como un viejo perro, algún día) para chapotear a gusto. Mas lo ideal, en estos casos, es atrincherarse en casa.

Pueden hacerse algunas cosas. Se puede leer; ahora estoy con Nieve de primavera, que no lo hacía desde la universidad. No ha sido intencionado. Lo saqué de su estante porque me lo habían pedido, pero luego el reclamante no se lo llevó y no pude resistir la tentación; hacía tiempo que quería releerlo y lo tenía en la mano. Es un libro apropiado para el otoño, también para el invierno, por su melancólica belleza, por su culto a la muerte del ser hermoso, como en el solsticio se venera al sol muerto y se reza para su resurrección. En la primera lectura me pareció la menos Mishima de sus novelas, pero no me lo parece ahora, es sólo que dejó sus filosofías para otros papeles y el relato gana en agilidad y frescura. Si alguien quiere iniciarse en el mejor escritor nipón, es el título iniciático correcto.

Leer no es, en cambio, lo que más me apetece. Para mí, la lluvia evoca píxeles. Y no sólo por una analogía evidente: no cuesta imaginar nubes pixeladas lloviendo pequeños cuadradillos azules. Es más bien que la nostalgia, esa que emana del follaje moribundo y el capote gris del cielo, de las tardes oscuras y breves, de la lluvia (por supuesto), es que esa nostalgia otoñal que nadie va a descubrir ahora me devuelve a épocas pasadas, a mi infancia jugona, pixelada y consolera. El resto del año no siento el menor interés por los videojuegos, pero entre septiembre y diciembre es casi mi primera necesidad. Peregrinaba entonces a casa de mis amigos con una bolsita de gominolas, que ahora me destrozan el estómago (justicia todo menos poética: no compartía nunca, o de mala gana), y pasábamos esas tardes lúgubres saltando de plataforma en plataforma, abatiendo cazas enemigos o intentando sacar esa “magia” condenada que podía resolver cualquier situación.

Si juego, lo hago con los viejos, no con los nuevos. Las consolas de séptima generación son máquinas maravillosas, y si ahora fuera adolescente probablemente lograrían arrancarme de la literatura y no sé si de todo lo demás. Pero a estos viejos huesos, tendones y músculos le hacen sus juegos un nudo imposible de desanudar. Es evidente con los simuladores de fútbol, antes arcades de fútbol. Tenía uno en el Spectrum, no recuerdo cómo se llamaba (de vez en cuando el encuentro era interrumpido por un streaker perseguido por su respectivo bobby), que era tan sonso que a las pocas partidas aprendías que desde cierto ángulo del área entraba siempre. Te gastabas dos mil pelas en una cinta, que sabías que iba a durar poco, y tras pasarte diez o quince minutos escuchando chirridos el juego no resultaba ni un reto ni nada, cada partido era una victoria a no ser que fallara la ventosa del joystick, que era lo único que añadía algo de incertidumbre. Por contra, en los actuales, sean de la franquicia FIFA de EA Sports o de Konami (no sé si hay más, en todo caso no cuentan), un treintañero puede sufrir varias luxaciones dactilares antes de ganar un partido, mientras gira 360º el stick en sentido contrario a las agujas del reloj pulsando a la vez triángulo y círculo y repetidamente los gatillos, tan sólo para lograr un control orientado o una ruleta. Ni tanto, ni tan calvo.

Los arcades cumplen el objetivo de cualquier videojuego. Basta una idea sencilla y un desarrollo de dificultad creciente para conseguir un entretenimiento prolongado. Lo puede hacer una lumbrera solitaria, no hace falta un enorme equipo de diseñadores, programadores y qué se yo cuánta gente. Excepto en juegos flash como los que se encuentran abundantemente en Internet, cuesta imaginar a un Sandy White pergeñando un juegazo como Ant Attack; el camino desde su Antescher hasta el Afganistán de Call of Duty Modern Warfare 2 no lo puede recorrer un soñador solo, ni siquiera acompañado por su novia programadora. Es la diferencia entre una obra de arte y una obra de ingenieros, con todo el respeto para los concienzudos tiralíneas. Me cuesta creer que siga habiendo algún Shigeru Miyamoto destacando entre una pléyade de tecleadores, aunque seguro que los hay.

A veces no nos quedábamos en casa, sobre todo si no llovía. Entre otros entretenimientos inocentes, que éramos niños buenos casi todo el tiempo, nos gastábamos parte de la paga en máquinas recreativas (mis dientes lo agradecían, ahora sé que mi estómago también). Aquello era ya una toma de contacto con la sociedad, pues implicaba recorrer el barrio de bar en bar en pos del juego deseado, ya fuera Street Fighter II en sus muchas versiones o Fatal Fury, o Sunset Riders, o Willow, o Blues Journey (que se podía jugar en aquella consola pija que fue la Neo Geo y que nadie que yo conozca tuvo jamás). Este circuito lo reproducirían años después los mismos niños, ya crecidos, con fines algo distintos (no así en mi caso, que me fui a vivir a otra ciudad y tuve que incorporarme a circuitos que no contribuí a crear). También, saliéndonos del área pixel, podías echar un duro en aquel gravitatorio pasarratos de Recreativos Franco, tan difícil; pero esto sólo ocurría a fin de mes. En aquellos rincones de vino y tabaco ya no estabas en territorio seguro, como era tu propio salón o el de tu amigo (según las madres podía dejar de ser seguro, pero yo tuve suerte), sino que podías enfrentarte a un conflicto nada virtual. De repente llegaba alguien por tu espalda y te ponía una moneda sobre la máquina: te acababan de exigir una satisfacción. Si era mejor que tú, y solía ser, ya te podías ir buscando otro juego.

Mañana, la interesante continuación de esta apasionante aventura…

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Nov 08

Una nueva esperanza

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, K-Saurus.
Etiquetas: , , , , 8/11/2010

Escribía hace algún tiempo, cuando comenzó el estallido de los e-Reader, ahora realimentado con la irrupción del Tablet PC -especialmente el iPad de Apple-, que el e-book acabaría matando al escritor, al menos al escritor profesional, y mucho antes caerían las editoriales. A menos, escribía, que se inventara algo como el Spotify… Bueno, pues ya está aquí. Se llama 24symbols, es un proyecto español y estará listo en la primavera del año próximo.

Para entender cómo funciona, lo primero es conocer un poco a su modelo musical, Spotify. Se trata de una aplicación sueca para la audición de música vía streaming, es decir, sin descargar el tema a su ordenador, lo que limita la posibilidad de copia -pero no lo impide-. Este programa, gratuito o de pago a nuestra elección, funda su catálogo en acuerdos con las discográficas -podemos escuchar desde un aria de Schubert al último éxito de Lady Gaga-, por lo que es legal en todo caso, si bien algunos músicos han pedido que no se incluya su obra en la base. No es la panacea que va a resolver todos los problemas a la industria, pero es una brillante idea que ahora salta al mundo del libro, como antes lo hizo al audiovisual con Voddler -refrenen sus ansias, aún no está disponible en castellano-.

24symbols ofrecerá libros digitales para todo tipo de soporte, desde un ordenador de sobremesa hasta un móvil, a condición de que el aparato disponga de conexión a internet. Habrá, como en sus modelos, una versión gratuita con publicidad “contextual y no intrusiva” -¿como en las revistas?- y otra premium que, además de librarnos de las molestas cuñas, permitirá continuar leyendo off line. El precio de la suscripción aún está por decidir, pero calculan que cada trimestre cueste lo mismo que un libro en papel, unos dieciocho euros, seis por mes.

La claves del proyecto van a ser dos. Por un lado la distribución de soportes que, en España, aún va algo retrasada. Además, precisamente el aparato mejor diseñado para la lectura, el e-Reader basado en tinta electrónica, es el que presenta más problemas de compatibilidad, aunque solventarlos sólo parece cuestión de tiempo, conforme mejoren su conexiones a internet.

La segunda clave será la amplitud y profundidad de su catálogo. Spotify cuenta con una lista enorme de canciones contemporáneas, pero en cuanto a música clásica el aficionado puede quedar algo decepcionado. Es posible que a 24symbols le ocurra algo parecido, pues no dependen de ellos mismos sino de las titulares de los derechos de las obras, las editoriales. Éstas, monstruos pesados con una inercia genética enorme, llevan manteniendo un modelo de negocio que no ha cambiado en siglos, ni aún con la irrupción del libro digital, pues proyectos como Libranda reiteran la práctica editorial histórica: la venta del libro como objeto, ya sea analógico o digital.

Proyectos como este van en la dirección acertada. Internet ha llegado para quedarse y la industria cultural no puede quedarse cruzada de brazos confiando en que no es más que una moda pasajera y que todo volverá solo a su cauce previo. Y todo lo que sabíamos del consumo y del latrocinio y de su ética y su moral ha cambiado radicalmente, no porque los cínicos que defienden la piratería manejen argumentos válidos, ni porque la industria que se presenta como víctima no haya enseñado sus vergüenzas y abusos, en los que persevera con el mismo cinismo. Si 24symbols funciona, el escritor que quiera ganarse la vida escribiendo podrá seguir haciéndolo, y quien quiera colgar sus contenidos bajo etiquetas como Creative Commons, Copyleft o cualquier otra, no se ve perjudicado en modo alguno. Y el usuario verá aumentada considerablemente la oferta cultural, aunque no tenga acceso a todo en cualquier circunstancia.

Hoy nos movemos en un entorno saturado de publicidad, contra lo que nos advertían los maestros de la ficción distópica. Internet es un claro ejemplo, en el que la publicidad es agresiva y muchas veces hasta delictiva. Sin embargo, parece ser la respuesta a todos nuestros problemas. Pero eso será tema para otra ocasión. Mientras reflexiono sobre ello, me sentaré a esperar una invitación para 24symbols, que tengo ganas de catarlo.

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Sep 11

Mentiras y traiciones

Escrito en K-Saurus.
11/09/2010

Debo ser un tipo terrible. Aterrador. Corren rumores de que, si alguien me lleva la contraria, me crecen los comillos y la chepa, mi piel se vuelve lívida y caigo en un ataque arrebatador de furia que decapita a todo títere que se encuentre al alcance de mi ogresco brazo. Cualquiera lo diría, ante mi inofensiva apariencia. Dentro de este cuerpo más bien bajo, no demasiado robusto, detrás de mi mirada huidiza apenas asomada al alféizar de dos gruesos cristales, dormita el alma indomable de un guerrero. O quizá es lo contrario, parezco tan frágil, tan temeroso parapetado tras mi barba, que todos temen herirme. Víctimas de una compasión maternal se apartan a mi paso, temerosos de pisar a tan inocuo ratoncillo.

Por eso mienten, o peor aún, callan. Por eso, compasivos, traicionan. Me decía una vieja maestra en la escuela, a la que siempre intentaba colar alguna bola como excusa por no tener los deberes hechos, que es más fácil pillar a un cojo que a un mentiroso. Siempre me salí con la mía, claro, porque saber que alguien miente es fácil, pero probarlo no lo es en todo caso. Hasta la más ridícula mentira puede resultar irrefutable, ahí está el éxito de las religiones y de las estrellas (humanas).  Otras veces la verdad aparece, y era obvio que iba a aparecer y a ser vista por quien no debía saber nada y debía permanecer ignorante. El cojo cogido. Pero al cojo, seguramente, le da igual. Si mintió, fue por piedad. Si traicionó, fue por compasión. O fue que nada sabía, o también a él lo engañaron.

Últimamente, debido a mi condición de ogro o ratoncillo, juzgaron que debía ignorar. Gracias a eso, mi corazón se mantendría incólume, sin bajas entre los títeres. Mas hoy vi al cojo al doblar la esquina, nos dimos de bruces (y es más bien feo, debo decir; se comprende el secreto). Alguien, corto de vista y entendederas, podría pensar que el silencio y el embuste son disimulo de mala conciencia. De ninguna manera, ingenuo y receloso lector. Sólo se preocupan por mí; amigos hasta la hora de las sombras.

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Ago 04

Cervantes y las despedidas de soltero

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: , , 4/08/2010

Gusta decir que don Miguel condensa las esencias patrias, que es el orgullo de los españoles. Su vida viajera permite señalar, en tantas poblaciones, la “Casa de Cervantes”, aunque en ella sólo residiera un tiempo breve o sólo estuviera de paso. Por supuesto, su obra no se lee, no se leen los clásicos, aburridos y anquilosados. Bueno, se lee el Día del Libro, pero cada lector sólo se aplica sobre un trocito del Quijote. Más, si de la obra cumbre de las letras españolas se habla más que se lee, menos aún son leídas otras menores, incluso fallidas, como La Galatea o Los trabajos de Persiles y Sigismunda, piezas de géneros extintos, tan difíciles de tomar en serio como la novela pastoril o la bizantina. Otra de las olvidadas, Viaje del Parnaso, ha tenido la fortuna de reverdecer en manos de Eduardo Vasco y la Compañía Nacional de Teatro Clásico; una de las mejores veladas teatrales que recuerdo.

Aunque no sea leído, nadie osa despreciar a don Miguel, Príncipe de las Letras, genio irrenunciable de la cultura española. Sin embargo, no lo fue hasta que así lo decidieron los ingleses que fueron, hay que reconocérselo, los primeros en advertir la grandeza literaria de Don Quijote. Aquí no era más que una novela de risas, y la risa, en España, resulta que no es seria. Algún rescoldo de esa amargura católica queda aún; un rescoldo presto a inflamarse, por otro lado: reír es rastrero, propio de la chusma. La gente seria, por supuesto, no ríe -o lo hace en la intimidad, sin ofender a nadie-. Sin embargo, ¿representan Cervantes o don Quijote y Sancho los valores de la sociedad española actual? ¿Tenemos razones para sentirnos orgullosos de don Miguel y de su obra?

Personalmente, me cuesta entender el orgullo ajeno, o la vergüenza ajena. Aunque los sienta. Pero no los entiendo. Supongo que tendrá que ver con alguna forma de empatía, con un error en su gestión psíquica. ¿Qué tuve yo que ver con el hallazgo de un nuevo continente? ¿Y con la victoria de Lepanto? ¿Con la redacción de Don Quijote? ¿Con el triunfo de la selección de fútbol en Sudáfrica? ¿Cómo voy a estar orgulloso de algo en lo que no tuve parte, si acaso beneficio? -Me convierte eso en aprovechado-. Y, al contrario, no me avergüenzo de los crímenes de Pizarro, ni de la tontuna de Fernando VII, o la intromisión de Rouco Varela en la vida civil española. Tengo mis responsabilidades al respecto, por supuesto. Debo conocer ese pasado en el que no tuve parte, pero sí beneficio o perjuicio. Soy, sin duda, consecuencia del viaje de Colón, de la tradición cultural en la que se inserta la obra cervantina, de la necedad del Rey Felón, y debo oponerme a las injerencias de cualquier religión en la vida civil, pública. Pero sentimientos como el orgullo o la vergüenza están fuera de lugar.

¿Y Cervantes? Admirarlo es suficiente. Me es más próximo que Shakespeare, a quien puedo leer a través del filtro de la traducción, a durísimas penas directamente. Más próximo que Dostoievski o Kafka, vedados en su lengua original -intenté aprender alemán, para leer El proceso; no funcionó: todo idioma con declinaciones debería ser prohibido o reformado, autoridades de la UNESCO-. Algo hay del mundo que retrata Cervantes que me es más familiar que una atmósfera petersburguesa, aunque las emociones de Lear o Raskólnikov o los Sutpen sean comunes a todo tiempo y lugar -de ahí que la literatura, por encima de Babel, sea universal-. Pero que el alcalaíno sea modelo de españoles… En su época ya era un resto del pasado, un soldado gentilhombre como los que empezaban a extinguirse, diezmados en los campos de batalla europeos, americanos y oceánicos -sin olvidar la miserable y ruin España de la época, de hambre y enfermedad-, su número ya insuficiente como para garantizar una nueva generación.

Uno de los sucesos más inesperados de la vida de don Miguel ocurre en su juventud, recién llegado a Madrid: Cervantes se bate en duelo con un tal Antonio de Sigura, lo hiere de gravedad y se ve perseguido por la justicia. Se ignora el motivo concreto, si tuvo que ver con sus orígenes plebeyos -su padre no era hidalgo, su madre sí- o con la ligereza moral de su hermana doña Andrea. En cualquier caso, un lance de honor, algo tan habitual en la época, en cualquier sociedad del Antiguo Régimen o de cualquiera de sus regímenes hermanos. Una sociedad muy tribal, todavía -como lo es la nuestra aún en los núcleos menores, aún en los dados en grandes urbes-. Una sociedad del honor y la vergüenza. Nada que ver con la actual. No es una degeneración, ni un avance. Es lo que es, dictado por las condiciones, tanto materiales como históricas. Hoy, los españoles que se dicen herederos de aquéllos -y en verdad lo son- persiguen ser humillados, ofendidos, vilipendiados y explotados. No es un proceso aislado, no es local. Pero lo hacen. Se dejan disfrazar y encadenar en sus despedidas de soltero, o van a programas de televisión donde son objeto de burla, de mofa y befa que decía don Pantuflo Zapatilla de Felpúdez. Con el único acicate de ser objeto de la mirada ajena, como un niño pequeño, al que no le importa su rostro arrasado en llanto y mocos si consigue que los adultos fijen en él su atención. Porque, no es eso tan sano de reírse de uno mismo: es reírse con los que se ríen de uno. Matices, dirán.

A pesar de los siglos pasados, una sociedad más inmadura. Puede que por haber renacido a finales del siglo XX, abolido al fin el Antiguo Régimen de las tribus, la honra y los duelos a espada. Pero en el que el individuo, al menos, conservaba un ápice de dignidad y se permitía defenderla.

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Jul 13

Tiqui taca y abracadabra

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: 13/07/2010

Parecía que nunca iba a llegar. España alzando una Copa del Mundo de fútbol. El escenario, más que inesperado: África. El finalista, el de siempre, o casi: Holanda. Pero llegó, y Casillas elevó al cielo la ofrenda tan bien y justamente ganada. Vamos a hablar de esto durante mucho tiempo, eso seguro. Han sido tantas decepciones… casi todas autoinfligidas, porque favoritos, lo que se dice favoritos, no fuimos nunca. Creo que sólo en 2002 hubo otro grupo capaz de alzarse con el título, pero desgraciadamente un arbitraje no polémico, sino sencillamente subvencionado -la historia personal de los implicados lo demuestra- nos arrebató la posibilidad de, al menos, intentarlo pues, ¿no era perfectamente asequible Turquía? ¿Se ha visto alguna vez algún Brasil más vencible? -sí, el de 2010-. ¿Y una Alemania en la que el mejor era el portero, y falló de lo lindo? Pero el pasado no tiene remedio. Somos los Campeones del Mundo, con la ayuda preternatural de un pulpo, pero campeones.

Si no me equivoco, somos el segundo país más pequeño que se ha alzado con la Copa tras Argentina. Sí, ya sé que Uruguay tiene dos y que es minúsculo pero, sin restarle méritos, las suyas pertenecen a los tiempos de Maricastaña. Valen las estrellitas, pero en aquel entonces, Brasil no era Brasil, Italia sólo en parte, Alemania era futbolísticamente marginal, casi como Argentina, y los mejores, ingleses y escoceses, se negaban a participar en un torneo francés. De los 193 millones de habitantes de Brasil a los 46 de España va un largo camino -Argentina, gran mérito, cuenta con 41 millones-. Somos pocos, y dicen que mal avenidos, pero eso no se ha reflejado en la Selección, un modelo de unión de principio a fin; una unión que no descarta las diferencias, y así la escuela sevillana de Navas o Ramos y la catalana de Xavi o Iniesta han aportado sus virtudes al conjunto.

Durante años se nos acusó de carecer de estilo. Lo había, pero era bronco y tosco, la Furia en estado puro, el fútbol físico y vertical que gustaba a Clemente, aunque la naturaleza no ornó a los españoles con cuerpos escandinavos, sino con otros más pequeños y nerviosos. Fue lúcido Aragonés, que para algo es Sabio, cuando miró lo que tenía y se limitó a aprovechar sus características. Nació el Tiqui-Taca. Pero eso sólo ha sido el final del camino. Ya hacía algunos años, al menos desde la Quinta del Buitre, que en las escuelas de fútbol -menos quizá en la vasca- se anteponía el toque y la creatividad al músculo y al arrollamiento. Mucho más adecuado para unos cuerpos pequeños como los de Silva o Cesc. Finalmente, adoptamos el estilo que Cruyff trajo de Holanda, por mucho que moleste a Hierro. Así es, la gran tradición del buen fútbol, aquella que iniciara el Wunderteam de Hugo Meisl y Matthias Sindelar, futbolista judío seguramente asesinado por los nazis, que maravillara con el Aranycsapat de Puskás, Kocsis y Czibor y que adoptara nombre propio con el Totaalvoetbal de Cruyff, Neeskens y el resto de naranjas mecánicas de principios de los 70: sus herederos son los españoles, y no esa rara Italia anaranjada que nos encontramos en la final.

Porque, el gran derrotado de este mundial, es Italia -a pesar de Berlusconi, que se ha querido agenciar, como tantas cosas, el título español-. Italias ha habido muchas en este mundial. No sólo la original, que no pudo pasar de la primera fase. Brasil fue Italia. Argentina fue Italia. Holanda, una versión del peor fútbol italiano, marrullero y violento. Fue sumamente extraño ver a una selección simpática, querida y admirada, que siempre ha disfrutado del fútbol -y creo que es mejor perder como Cruyff que ganar como Cannavaro-, arreando patadas voladoras, segando a la altura de las tibias, protestando al árbitro con aspavientos -y tanta queja sólo tendría sentido de haberlo tenido comprado, ¡eh, que para algo pagamos!-. Esa no era Holanda, era Italia disfrazada. Pero Italia ha perdido. Todas lo han hecho. Ganó el equipo de oro español. El Tiqui-Taca, ese apodo ridículo pero exitoso. Y ganamos sin abracadabra, al contrario que en la Eurocopa.

Si el Mundial será leyenda por el título, la Eurocopa lo es por el juego. Aunque la selección que llegó a Sudáfrica era bastante mejor a la de Austria, no estaba en un momento tan bueno. Primero, muchos jugadores estaban tocados; Iniesta se recuperó, pero no Torres. Y es una baja más que sensible. Segundo, todos llegaban físicamente hundidos. Tercero, nos temían. Ningún equipo de los que jugaron con nosotros fue él mismo, sino que jugó en función del temor que inspirábamos. Aún así, nos faltó el abracadabra que sí chispeó en Austria. Xavi, nuestro archimago, llegó mentalmente agotado a Sudáfrica, y sólo muy lentamente se recuperó, alcanzando un nivel aceptable contra Alemania. Nos faltó el sortilegio, y a pesar de todo fuimos campeones, fuimos los mejores, los más atacantes. Los más fallones también. El campeón con menos goles a favor de la historia. Y seguramente uno de los que más ocasiones disfrutó. Cierto es que nuestro juego se desarrolla de otra manera, en horizontal -en realidad, España es un equipo defensivo, sólo que defiende en el área contraria, no en la propia-. Cierto es que jugamos cada partido contra once defensas. Cierto, nos cosieron a patadas desde el primero al último partido, con el ya tradicional conchabamiento arbitral con los violentos -los árbitros, y Blatter, odian el fútbol: son el Enemigo Interior-. Creo que fue el cansancio, con el que cargamos desde esta Liga tan abundante en equipos innecesarios, lo que impidió que se marcaran más goles, porque a pesar de todo, ocasiones hubo todo el campeonato, y muy claras.

Ganó España, y lo hizo intentando jugar bien. Sin abracadabra, pero con tiqui-taca. Todas las dudas, las tensiones, el miedo a los fantasmas que creímos dejar atrás, pero que descubrimos en las maletas tras la derrota frente a Suiza, se han superado. Una España al 70% fue campeona, clara y merecidamente. Hemos acabado con las italias, y los alemanes se están reorganizando bajo nuestro modelo. Alemania será la gran selección del próximo Mundial, puede que ya de la próxima Eurocopa. Pero España no ha dicho la última palabra. Seguimos fabricando buenos futbolistas, nuestro estilo se ha consolidado definitivamente y ya podemos ir sin complejos de ningún tipo en pos de la segunda estrella. Por cierto que debo cambiar de camiseta: la que he llevado desde la Euro 1996 ya no me sirve, le falta la estrella. Ahora vuelve la vida corriente, que durante un mes había dejado de lado. Dentro de cuatro años, volveré a pasar un mes raro, pero hermoso. Puede que haya una segunda estrella. Me conformo con que vuelva el abracadabra, con seguir disfrutando del fútbol.

PD: he encontrado este buen resumen-recreación de la final; los españoles salen un poco raros, pero los holandeses han sido reproducidos con toda fidelidad.

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Jun 21

Yo voy con Corea del Norte

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: 21/06/2010

Lo que no quiere decir que no apoye a la Roja, ni mucho menos. Hoy se ganará a Honduras, y el viernes a Chile, con lo que clasificaremos sin agobios. Es así. Pero en un Mundial hay que apoyar a otra selección, además de la propia. Normalmente ha sido Portugal, nuestros vecinos -espalda contra espalda-, a pesar de sus muchos brasileños y del mediocre Queiroz que sufrimos los madridistas una temporada enterita. Pero este año los lusos casi se van a mi tercera predilección, porque ha aparecido un equipo simpático de verdad. Supongo que ello me sitúa en pleno Eje del Mal, pero yo voy con Corea del Norte.

No es probable que los chollimas pasen de primera ronda. Ya parece mucho que hayan marcado un gol a Italia -perdón, Brasil-, un equipo ganador de cinco mundiales, con toda la inercia histórica que eso supone. Pero creo que, en el partido frente a Italia -perdón, Brasil-, alcanzaron la cima de su fútbol. No les será tan fácil con selecciones menos soberbias como Costa de Marfil y Portugal -que cuenta con mi total apoyo y, por tanto, con ventaja-. A pesar de su poca pericia futbolística, es innegable que son el equipo más simpático del Mundial. Mucho más que las dos Italias, la azul y la amarilla, mucho más.

Y es que los norcoreanos empezaron bien pronto a exhibir su alteridad. El seleccionador, Kim Jon-Hun, supo sacarse de encima la presión que aflige a cualquier técnico de un combinado nacional recurriendo al ridículo culto a la personalidad vigente en toda dictadura. El verdadero alma y -caro término para los comunistas- guía del fútbol norcoreano es Kim Jong-il, el Gran Dirigente o Querido Líder, según la proximidad emocional. Como su cumpleaños es fiesta nacional, imagino que muchos preferirán la versión más afectuosa. Los prisioneros políticos seguro que tienen otras palabras en mente. El generalote estará contento con el buen rendimiento de sus pupilos en la primera jornada ante Italia -perdón, Brasil-. Y es que Kim Jon-Hun no tiene más papel en la selección norcorana que dar la cara, porque “Él [el general Kim Jong-il] guía el fútbol norcoreano y propone las tácticas de los partidos. No hay otro equipo con semejante dedicación por satisfacer al líder”.

No es que comulgue políticamente con el auténtico seleccionador nacional, ni con el calzonazos del aparente, pero tal servilismo tiene su gracia. No veo a Del Bosque haciendo lo propio con ZP, dado el gafe deportivo del Presidente. Aunque tampoco me extrañaría de Domenech, si los astros lo aprueban. Es posible, además, que sea ya la única manera de salvar el cargo, a Sarkozy le falta poco -algunos artículos de la Constitución de la Cinquième République- para alcanzar en egolatría al Gran Líder. Ignoro si Sarkozy comparte los enormes conocimientos futbolísticos del “Sabio de Viatskoe”, pero es seguro que conseguiría mejor rendimiento para su selección que Domenech y su quiromancia.

Los norcoreanos también trataron de hacer magia. Al igual que Jesús de Nazaret con el agua, que tornó en vino -no sabía nada, el pájaro-, los simpáticos penúltimos comunistas quisieron trocar a su delantero Kim Myong-Won en portero, sin privarle de su condición de punta. Como eso es mucho más difícil que una simple reforma a nivel molecular, FIFA, con su malicia habitual, les paró los pies: sólo podría ponerse bajo palos, como un Higuita cualquiera. A los chollimas les cortaban las alas, y la infalibilidad del Gran Dirigente quedaba en entredicho. Habían intentado metérsela doblada al Máximo Organismo Futbolístico, y como sabemos eso sólo se les permite a Italia -la de azul- y a Argentina -o a Corea, si organiza un Mundial; el Querido Líder ya está en ello, seguro-.

Pero los norcoreanos no sólo son picaruelos, también son emotivos, entrañables. Las imágenes de su gran estrella, el ariete Jong Sae-Te, sollozando y lagrimeando -vulgo, llorando a moco tendido-, emocionado al escuchar el Ach’imŭn pinnara -el optimista himno norcoreano que se atribuye a Pak Seyŏng y Kim Wŏn’gyun, pero que con seguridad compuso el Gran Querido Líder Dirigente- han dado varias vueltas al mundo, como la isla de Perdidos. No es el 9 chollima un personaje cualquiera. Aunque ya hace mucho que es costumbre que los aguerridos futbolistas lloriqueen en las despedidas de su club -¿en qué oficio llora uno al jubilarse?-, ahora veremos manadas de llorones durante esa ceremonia previa al encuentro -de hecho, ya ha ocurrido: a ver si adivinan quién, un gallifante para el avispado observador-. La interpretación de los himnos, el intercambio de banderines y el lanzamiento de la moneda por el árbitro, en un Mundial, es casi tan importante como el partido mismo.

¿Qué razones tenía Jong Sae-Te para tan obscena exhibición de sentimientos? ¡El gran orgullo de ser norcorano! Los descreídos españoles, amantes de los reinos de Taifas, no pueden entenderlo. ¿Qué va a entender un pueblo que loolea su himno! A Jong Sae-Te se le inflama el corazón cuando piensa en el Monte Paektu y los cinco mil años de historia norcoreana. Aunque eso signifique pertenecer al eje del mal. Aún habiendo nacido japonés. Aún siendo hijo de surcoreanos. Cualquiera se pierde. Recapitulemos. Jong Sae-Te nació el 2 de marzo de 1984 en Nagoya, lo que significa que tiene 26 años y es japonés. Sus padres eran surcoreanos, ergo el Rooney del pueblo, como le apodan -también es capricho-, es surcoreano. Pero juega con Corea del Norte.

¡Qué simpática es esta gente! Sae-Te sólo ha pisado el país cuya nacionalidad luce para jugar partidos con su selección. Juega en el Kawasaki Frontale de la J-League, y ni se plantea alinearse en equipos como el 25 de abril o el Amrokgang. Allá, en el país de las tres mil leguas de riqueza natural, no podría disfrutar de sus caros deportivos, ni de sus gadgets, ni de su música degenerada. Ni siquiera cambiar de peinado tantas veces como le apetezca -los barberos de Pyongyang sólo saben rapar al estilo Kim, guía y modelo de todos los coreanos del norte-. Su hobby es salir de compras, algo muy japonés pero más bien ajeno a las costumbres norcoreanas, que son más sencillas, como morirse de hambre o alabar al amado líder. Pero el Rooney del pueblo es un chico generoso, que permite a sus compañeros jugar con él unas partidas a la PlayStation -otras fuentes citan a Nintendo como su opción lúdica preferida- o escuchar los últimos éxitos del hip-hop. Lo que no compartirá con nadie, cuando lo consiga, será la novia; el muy zorro cuenta con enamorar a una de las integrantes del grupo de K-pop Wondergirls, algo así como las Pussycat Dolls surcoreanas.

Sin duda, él no iba a ser uno de los que, como todos esperaban, intentara darse a la fuga aprovechando el viaje a tierras sudafricanas. Ocasiones se les habían presentado antes, pues la selección tuvo que cruzar Asia varias veces durante la clasificación para la fase final. Pero las mentes sucias no descansan, y poco después del partido contra Italia -¡ay, Brasil!- se difundió el bulo de que cuatro de los integrantes del combinado nacional norcoreano se habían escapado de la concentración y habían solicitado asilo político. FIFA, tan aficaz como siempre, se apresuró a desmentir el hecho pues un misterioso enlace que tienen dentro les había confirmado que tal cosa era una falsedad. En realidad, fácilmente podían haberse largado y los norcoreanos podían haberles sustituido por otro, utilleros o cualquier miembro del staff: nadie habría advertido la diferencia.

Este fácil chascarrillo no es tan obvio como parece. A muchos sorprendió, y yo lo comenté durante el encuentro con… Brasil, ¿no?, que hubiera tantos aficionados norcoreanos en la grada. ¡Si españoles sólo fueron doscientos! Supusimos que eran altos cargos del Partido, o parientes del Amadísimo Líder. Además, estaban organizados como una orquesta, con lo que parecía un maestro de ceremonias alentando a los menos entusiastas y dirigiendo el coro y sus cánticos. Bueno, eso es relativamente común en los hinchas asiáticos; creo que entre los japoneses ese director tiene hasta denominación propia, pero no la recuerdo. Demasiado bonito para ser verdad. Eran chinos, un millar de aficionados chinos, que podríamos decir profesionales del asunto, pues ya habían seguido a la selección China en otros torneos. Dado que los norcoreanos están muy ocupados pasando hambre y alabando al Líder, la oficina en Pekín del Comité Deportivo de Corea del Norte ayudó a organizar este grupo que seguirá a los chollimas en su periplo mundialista.

Esperemos que sea largo. Tienen difícil pasar la primera fase, pero con la decepcionante Costa de Marfil y un poco de cristianitis en Portugal, es posible. Desgraciadamente, Italia amarilla cuenta con seis puntos, por lo que sólo una de mis segundas preferidas, Portugal o Corea del Norte, podrá jugar los octavos. Tengo el corazón dividido, pues unos son nuestros hermanos -espalda contra espalda- y los otros una auténtica catarata de anécdotas que ojalá dure un poco más. De todos modos, su primer cruce será con España, y ahí está el techo de ambas selecciones de mis sub-amores. Tae-Se llorará de camino a casa, pero mientras sus colegas se quedarán en Pyongyang, con el hambre y las loas, él continuará con sus gadgets y su ropa de marca hasta Narita, donde quizá le aguarde su Wondergirl para apaciguar su amor por el Líder, Gran Dirigente y mejor estratega del fútbol.

PD: previsión para hoy, España 4 – Honduras 0.

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