Oct 21

Cuaderno de noche de Inka Martí. Guía de lectura

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , 21/10/2011

Me abruma la cantidad de trabajo atrasado. Miro por la ventana, deseo escapar. No lo hago. Sigo un poco más, en realidad me lo estoy pasando bien. Enseguida me tomo un descanso. Pero ojeo las notas acumuladas, los libros por leer, y vuelvo a mirar por la ventana. Sigo escribiendo.

Reseñar un libro de sueños es parecido a reseñar un diario. ¿No? ¿Es lo mismo? Es algo como poco tan extraordinariamente íntimo, quizá más, pues cuando anotamos, al final del día, los sentimientos y reflexiones que los hechos vividos nos han susctiado, somos conscientes de que alguien puede leerlo. Es un fetiche habitual, con su candadito dorado, y pocos se pueden resistir a echarle una ojeada si se presenta la ocasión. En cambio, cuando soñamos estamos seguros de que nadie podrá intervenir ni espiar. Ni nosotros mismos, generalmente, podemos – porque no controlamos lo que sucede, porque lo olvidamos –. Por eso, a nada que Inka Martí se haya limitado a trasladar, sin aditamentos, sus sueños al papel, podemos estar seguros que nos entrega un pedazo muy secreto de su corazón. Y eso es material delicado, muy delicado.

Aquí no compete evaluar el interés o la intención. Nadie obliga a leer un libro así, ni siquiera el crítico puede sentirse obligado, por ser una obra que se sale tanto de lo común – aunque no es única –. Podemos considerar indecente el ejercicio, pero deberíamos guardarnos esa opinión para nosotros, alejándonos del libro. No es que sus sueños se emitan en horario de máxima audiencia. Es sólo un libro más, entre una miríada de novedades y piezas de fondo. Acceder a él y abrirlo, leerlo, supone asumir un acuerdo especial, diferente al de cualquier otro libro. Al hacerlo, renunciamos a una serie de privilegios corrientes en el pacto entre autor y lector, y asumimos otros.

El primero es la sinceridad. No podemos pedirle a ningún autor que sea sincero, ni siquiera en sus diarios; suelen bastar un par de páginas para advertir que, cuando los escribía, el famoso novelista o reconocido poeta ponía sus ojos en los potenciales lectores, no en el sagrado acto de trasladar su yo al papel. El quid de la literatura es la insinceridad, aunque se haya escrito bella palabrería al respecto. Sin embargo, al abrir Cuaderno de noche contamos con que su autora haya sido sincera. Lo contrario sería traición.

Hemos de renunciar al derecho que siempre asiste al lector de criticar la obra, analizarla y evaluarla. Lo cual no quiere decir que los sueños carezcan de contenido o significado. Sólo si, expresamente se nos solicita, podemos hacer tal cosa con una confesión íntima. Un lector, olvídense de la bella palabrería, no es un confidente.

No es necesario leerlo de cabo a rabo, ni de una sentada, y un alma poética, verdaderamente poética, se limitaría a conservarlo, a atesorarlo sin abrirlo, sin retirar su retractilado. Como un cofre del tesoro, emanando misterio por los siglos de los siglos.

Cuando leemos una novela, o un libro de cualquier tipo, no se nos exige una participación especial. Con ello quiero decir, si soy capaz, es que no se nos pone en la tesitura de idear nosotros mismos una historia o investigar un acontecimiento o lo que sea, como si fuera una cadena de relevos. Tampoco se nos exige lo contrario. En cambio, la lectura de Cuaderno de noche sí exige, al menos, una autoexploración onírica, si bien no su escritura y publicación. Exige que el lector, a la luz del ejemplo recibido, se replantee la relación con los propios sueños y los resitúe en la escala de valores. Y que sueñe, o que sea consciente de hacerlo.

No nos es lícito envidiar. Sí lo es, en cambio, hacerlo con la capacidad de un autor para expresar emociones con color, pensamientos con claridad y acciones con fluidez, así como envidiar su talento para crear belleza con palabras. Resulta absurdo envidiar la hermosura de los sueños ajenos.

El lector debe agradecer. No cabe hacerlo con obra alguna de autor alguno, pues se escribe por motivos egoístas – nuevamente, dejemos de lado la bella palabrería –. Sin embargo, debemos agradecer a Inka Martí que nos haya hecho partícipes de su mundo onírico, del rincón más secreto de su corazón.

Cuaderno de noche, editorial Atalanta

Entrevista con Inka Martí

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Oct 18

Jon Bilbao, el narrador distante

Escrito en El T-rex que viene, El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , 18/10/2011

No sé si un escritor debe pedir disculpas a sus lectores por haberlos desatendido un tiempo. A buen seguro que debe enfadarse consigo mismo: culpa, reproche, propósito de enmienda, todo eso. No es que sirva de mucho, porque uno es como es y seguirá siéndolo. He vuelto, por ahora. ¡Aunque no he estado ocioso, que lo sepas!  

Por si acaso: ¡Lo siento! 

 

Haciendo poco ruido mediático, llamando escasamente la atención de la crítica (que desgraciadamente forma parte, aunque irrelevante, del circo mediático), Jon Bilbao ha ido construyendo su reputación a base de sumar lectores. El suyo es un caso no muy distinto al de Alberto Olmos o Juan Aparicio-Belmonte, la nueva generación de narradores (paralela a la nocillera, más promocionada, en proceso de disolución) que ha tenido que trabajarse el reconocimiento en galeras, casi sin ayuda, en sellos muy independientes y ocupando un lugar más que secundario en las góndolas de novedades. Pero los lectores, o al menos un sector suficiente y suficientemente creciente, han respondido. 

Bilbao ha escrito dos libros de relatos, Como una historia de terror y Bajo el influjo del cometa, ambos premiados, una novela también premiada, El hermano de las moscas y una novela corta o nouvelle, la más reciente Padres, hijos y primates. Como en este momento no estoy para cuentos, aparcaré por ahora los dos primeros títulos. En cuanto a sus novelas, son sólo dos y de muy diferente extensión, que no ambición, pero ya se vislumbra en ellas un patrón reconocible. 

  El hermano de las moscas, novela de evidente inspiración kafkiana (hasta el sujeto metamórfico se llama Grego) nos sitúa en una urbanización suburbana de renta elevada, un entorno muy cheeveriano. La aparición de lo sobrenatural, en forma de transformación en insectos (no uno, como en el caso de La metamorfosis, sino en un enjambre entero), nos aleja del ambiente ordinario del maestro norteamericano.

Por su parte, en Padres, hijos y primates no suceden acontecimientos fantásticos, sino extraordinarios, aunque la atmósfera alucinante se mantiene y, quizá, me parece, se instensifica. Sorprendido por un huracán durante una estancia en el Yucatán, Joanes, ingeniero y padre de familia (al igual que en Hermano…) se separa del grupo para encontrarse con una figura paterna, el profesor que, según cree, le arruinó la vida. 

En ambas novelas la naturaleza juega un papel primordial, en cuanto amenaza (en uno de sus cuentos la amenaza la encarnan ardillas, muchas ardillas). Siendo el núcleo familiar una unidad frágil, sujeta a tensiones tanto internas como externas, va a corresponder al padre, al cabeza de familia, el deber de protegerlo de cualquier agresión exterior, bien por parte de los suegros en cuanto “padres ajenos” (figura tópica que en Bilbao cobra una nueva dimensión), bien por parte de ese ente anónimo que es “la sociedad”, bien por parte del ente abstracto, con manifestaciones concretas, que resulta ser la naturaleza. Los ejemplos son numerosos. El mismo argumento de El hermano… manifiesta este temor por lo natural, cuando Grego, aparente sujeto de experimentación evolutiva (aunque no se aclara en ningún momento la causa de la metamorfosis, varios puntos en la novela sugieren que, más que de un hecho mágico, se trata de un hecho natural), comienza a sufrir transformaciones periódicas (una vez al año) en un enjambre de moscas, como preludio de su transformación definitiva en una nueva criatura, como si no lo fuera ya desde su primer episodio mutante. 

Dentro de esta misma novela, la aparición simbólica de la tortuga, atravesando la cerca e invadiendo el jardín propio, juega el papel de sibila. Lo mismo puede decirse, aunque tendrá una posterior incidencia en la trama, del surgimiento de un chimpancé (recordemos, una especie africana) de la selva mesoamericana, al que Joanes atropellará. Pero no sólo la naturaleza ejerce una influencia ominosa sobre el núcleo familiar, especialmente sobre su escudo, el padre (no siendo padre de Grego, sino hermano, Héctor cumple esa función dada la debilidad e indefensión del sujeto metamórfico, devenido en niño y, por ello, privado de libertad y decisión; ya antes de manifestarse su enfermedad era un sujeto infantil, voluble e irresponsable); también la tecnología (los constantes accidentes en la refinería donde trabaja Héctor, los problemas de comunicación y la explosión sufrida por el hijo del profesor en Hijos…) y la sociedad (los competidores en el negocio del aire acondicionado, las conspiraciones en la refinería, las habladurías en la urbanización, la intromisión de las otras figuras paternales).

Es, pues, el centro de la obra narrativa de Bilbao la familia nuclear y sus demonios, su fragilidad y el cúmulo de amenazas, y la oscuridad que ha de reconocer y abrazar el hombre para mantener a salvo lo único que de valor posee, al precio que sea, arriesgando lo demás (el éxito, la tranquilidad). Ese precio pueden ser mutilaciones o crímenes (en Padres, hijos… Joanes sufrirá unas, provocará otros), pero sobre todo su propia metamorfosis, pues ya nada será igual para el nuevo superhombre, la nueva especie humana.

Bilbao opta, acertadamente, por un estilo frío y distante, quirúrgico. No se compromete a nada con el lector, el cual recibe así un reconocimiento de su libertad. Por supuesto, pocos lectores están dispuestos a ser tan libres, por lo que la obra de Bilbao, pese a lo emocionante de la trama y lo impactante de las imágenes (la sorpresa, la violencia), está destinada a minorías. La suya es una narrativa de escenas, muy cinematográfica, en la que la escritura, al margen de la intencionada desnudez, no recibe un cuidado especial. La estructura, en cambio, sí recibe un cuidado especial (como no podía ser de otro modo en un ingeniero), siendo Padres, hijos… un ejemplo de concentración y El hermano… audaz y ambicioso en su construcción. Y hay que decir que, pese a ser un narrador de lo casual y lo inesperado (con un sentido mucho menos truculento que en el más famoso de los narradores de lo casual, Paul Auster), la estructura resiste bien estas tensiones que, por ser tan naturales (la velada cadena causa-efecto) parecen antinaturales.  

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Jun 08

Arrancad las semillas, fusilad a los niños de Ôe Kenzaburô

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, El gabinete del dr. Mantell.
Etiquetas: , , 8/06/2011

Esta es la tercera novela de Ôe Kenzaburô que tengo la oportunidad de leer. De las anteriores tengo poco que decir. De La presa guardo algunos recuerdos vagos, poco más que la sinopsis y la impresión general, marcada por esa poderosa imagen del soldado negro enjaulado en lo profundo del bosque nipón, vigilado por unos campesinos para quienes los habitantes del valle vecino ya son repugnantes extranjeros y bandidos. De Una cuestión personal, nada en absoluto. Creo recordar que narra algo relacionado con la enfermedad del hijo (Ôe Hikari padece diversas discapacidades desde su nacimiento, y los médicos trataron de convencer a los Ôe de que lo dejaran morir), pero seguramente es un conocimiento obtenido de terceras lecturas (no me equivocaba, lo acabo de comprobar).

Huelga decir, pues, que el Premio Nobel de literatura del año 1994, no es uno de mis autores preferidos. Tampoco siento inclinación alguna hacia los catálogos de horrores que con tanta facilidad se confunden con la buena literatura, o con el buen cine. Sin embargo, he leído Arrancad las semillas… con interés e intensidad, pese a los horrores tan minuciosamente descritos, algunas veces espurios, “error” de novato para escandalizar o exaltar al lector.

El resumen de la acción es de sobra conocido. Hacia el final de la II Guerra Mundial, un grupo de muchachos de un reformatorio es conducido hacia el interior del Japón (un viaje al corazón de las tinieblas), a una remota aldea donde estarán a salvo de los bombardeos norteamericanos. Mas, lo que inicialmente fue entendido por los adolescentes como una ocasión de libertad no tarda en revelarse como una prisión más severa y cruel que la anterior, pues los campesinos con los que se encuentran por el camino les odian con fanático vigor; escapar es imposible, están cercados por una barrera invisible. No mejora su situación al llegar a la aldea, pues no bien el celador parte en busca del siguiente grupo, los aldeanos les encierran sin agua ni comida, y cuando ésta llega resulta ser poco más que deshechos.

Cuando se declara el brote epidémico, los campesinos, siguiendo una costumbre ancestral, parten a una aldea vecina, pero dejan atrás a los muchachos, bloqueándoles el paso para que no puedan seguirles. Pasada la desesperación inicial, advierten que es una ocasión inmejorable para crearse un mundo a su medida. Al igual que en El señor de las moscas el empeño será en vano, aunque por motivos diversos a los reseñados por Golding. Oê parece un firme defensor del mito del buen salvaje, quizá en parte por su hijo enfermo, pero también porque recoge de la tradición intelectual japonesa el rechazo a la “sociedad” como ente abstracto, coercitivo y violento. No resulta incomprensible cuando la cultura japonesa privilegia al grupo sobre el individuo, mientras que la actividad artística es eminentemente individual. Es cuando los chicos deciden celebrar el festival de la caza, cuando al fin se constituyen como una sociedad tribal, cuando sobreviene la desgracia definitiva.

Arrancad las semillas… es una novela que, con sus (escasos) defectos de principiante a cuestas, logra sujetar al lector, o al menos a éste, por la contundencia de sus imágenes y el vigor de la escritura. Obra abierta, de pura acción, que deja al lector toda labor especulativa y no por ello acusa falta de fondo reflexivo, muy en sintonía con la creación literaria japonesa del siglo XX marcada por la brutalidad del capitalismo y del imperialismo impuestos desde arriba, y por la destrucción absoluta de la guerra y la quiebra del sistema de valores de la posguerra. Volveré a leer lo leído, y lo seguiré leyendo; a fin de cuentas, viene avalado por el mismísimo Mishima.

Editorial Anagrama

Ôe Kenzaburô, 1958

Arrancad las semillas, fusilad a los niños (Memushiri kouchi,芽むしり仔撃ち)

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May 24

Defensa del Dios, de Santiago Vilas

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, Zarpazo de velociraptor.
Etiquetas: , , 24/05/2011

Veo Perdidos en la ciudad y no puedo borrarme la sonrisa de la cara. Resulta encantador verles disfrutar (y padecer) las maravillas de la civilización sin contaminarse con sus miasmas… Pero luego habrán de volver y no serán ya los mismos y quizá ya no sean capaces de ser simples salvajes con su vida sencilla y suficiente (se habrán contagiado, entonces), al menos los jóvenes, que los mayores se blindan más fácilmente. Son personas con las emociones a flor de piel, no impostadas como nosotros (todos esos abrazos y besos que es moda compartir, como el llanto diarreico de los futbolistas), se aterrorizan en el museo de cera, se enamoran con suma facilidad, se indignan con nuestras incoherencias.

Incoherencias que también aquí han desatado la indignación. No he estado en Sol, no me gustan las aglomeraciones, aunque simpatizo con el movimiento que no funcionará. Los españoles somos inconstantes y tampoco esta justa indignación tiene visos de perdurar. Además, el movimiento nace marcado por la ineficacia: un sistema sólo puede quebrarse desde fuera con sangre, y nadie quiere eso. Cuánto mejor hacerlo desde dentro, como un virus; aunque se precisa una cepa resistente, el organismo a destruir está más que acostumbrado a desarrollar anticuerpos y vacunas y no bastará la mera infiltración, presión, empuje para batirlo. Por contradictorio que parezca, la forma de cambiar el sistema partidista es mediante la creación de un partido firme y sólido.

**

No es raro que albergue inquietudes a la hora de reseñar un libro. No tanto en lo que se refiere a mi capacidad crítica, claro, o a la pertinencia de mis opiniones, que también, sino que mi inquieta la necesidad de ofrecer valoraciones negativas, quizá debidas a gustos subjetivos, como suele ser, y no tanto a errores o defectos. Recuerdo que muchas novelas malas o mediocres son fruto de una grande y honesta dedicación y me tiembla el pulso a la hora de tijeretear el trabajo ajeno. Al menos, antes me pagaban por ello y el dinero era la justificación. Ya no es así y quisiera poder ser malvado, como Juan Mal-herido, pero no me sale, me tengo que esforzar mucho y ni por ésas.

Pero debo hacerlo.

Si buscan otras reseñas de esta novela, no encontrarán nada. Y si las encuentran, ¡enhorabuena!, son mejores cazadores que yo. Un escritor lo tiene difícil si nadie quiere “escuchar” lo que tiene que decir; al menos, “escúchenlo” antes de rechazarlo. Hay miles de reseñas de novelas horrorosas, y muchas reciben atenciones y miramientos excesivos. Esta descompensación, consecuencia de la mercantilización de la cultura (ya están viniendo los libros digitales para terminar con eso), totalmente ajena a la calidad real de la obra, es sumamente peligrosa. Crea confusión en el lector, que confía intuitivamente en el pedigrí de la novela más publicitada; y no me vengan con que el nuestro criterio nos pone a salvo: ese criterio no puede formarse sin una orientación adecuada (aunque es cierto que también hay quien nace con talento para eso, para formarse su propio criterio; pero son los menos, aunque nos gustaría creer lo contrario).

Me he decidido a escribir acerca de Defensa del Dios precisamente por eso, porque nadie lo ha hecho (que yo sepa, reitero). Aunque no me ha gustado. No me gusta, pero no me atrevo (no es suficiente) a decir que es mala. El autor, Santiago Vilas, ha tomado opciones que me hacen más incómoda la lectura, pero eran las que él deseaba para su relato. El punto de partida, así como su referente, son interesantes. Con Los papeles de Aspern de Henry James como modelo y varios temas en el tintero, la novela narra la conspiración de un productor de cine para conseguir, de manos de una reticente viuda, la última obra de un afamado director de documentales. Para ello recurre tanto al espionaje de la criada como a la infiltración de un guionista, admirador irredento de “nuestro documentalista más internacional”. Mas, a diferencia de la obra de James, el protagonista se encontrará con una atractiva lolita, en vez de una siesa solterona, a la que intentará seducir para obtener de sus manos la soñada cinta.

Son muchos los temas con los que Vilas nutre la trama, aunque la relación entre apariencia y verdad es, a mi juicio, el más relevante. Además de los que ya tocara James, y de los que se beneficia Defensa del Dios, se añaden la mercantilización de la cultura o el amor pedófilo (no podemos dejar de observar el paralelismo entre el protagonista, enamorado de una adolescente, y su héroe, devoto de los niños, y cómo ambos se van solapando hasta confundirse al final), ideas éstas que quizá contribuyan a hacer la novela “ocultable” (p. 216-218). A lo largo de toda la novela encontramos el juego de apariencia y verdad: en la criada, a la vez espía, aunque el guionista lo ignora; en el propio narrador, que se presenta como un escritor que busca un lugar tranquilo para trabajar (lo que no es del todo falso); en la propia imagen pública del director mitificado y en sus películas, etc. El único que se presenta sin doblez es el productor codicioso y mezquino tras la recia máscara de su soez capitalismo.

Con todo este bagaje la novela apunta a una gran complejidad y riqueza, lo que en buena parte se alcanza, pero el equipaje que debería recorgerlo y llevarlo no lo logra. La escritura falla, tanto en el estilo como en la estructura. Ya en las primeras páginas se acogota al lector atropellando y repitiendo la información, explicitando lo implícito, con demasiadas prisas por situar el comienzo de la acción y fijar los antecedentes. Al lector le costará encontrar un resquicio en esta novela que prioriza el decir sobre el mostrar, y aún reitera lo que ya ha mostrado. Aunque la prosa no es mala cuando narra (a pesar de algunos despistes), resulta pesante (más prolija que minuciosa) cuando explica, cuando divaga (p. 190, 191) y cuando divulga, contenido éste que no es ocasional sino habitual, especialmente en las páginas que dedica a desgranar la versión de Batman filmada por Tim Burton en 1989 (y que sirve para situar la acción de la novela en el tiempo). Estas seis páginas (págs. 158 a 164) resultan especialmente arduas, no sólo por lo innecesariamente divulgativas, sino también por ubicarnos en un mundo en el que seducir a una Lolita resulta extraordinariamente sencillo, cuando no debería serlo ni aún atormentada la muchacha por una tía diabólica y moribunda.

Y así llegamos a la principal falla de la novela, la caracterización de personajes, todos ellos demasiado ficcionales, es decir, poco creíbles. El comportamiento del protagonista, aunque lo tiene todo a su favor para seducir a la muchacha, es escasamente seductor, conduciéndose como un “carroza” escasamente elocuente, y ese sospechoso “¿ya no somos amigos?” que pondría en guardia a cualquiera. Quizá sea posible, hoy como en el siglo XIX, seducir a una mujer llevándola en góndola por el Gran Canal o paseando por la Plaza de San Marcos (siempre y cuando no esté todo atestado de turistas o no haya acqua alta), pero es extremadamente difícil seducir a una adolescente utilizando Batman como gancho, aunque sea una gran película. Durante todo el visionado las reacciones de Tina resultan impostadas porque no, una jovencita de finales del siglo XX no se asustaba viendo esas imágenes. El autor ha querido deslumbrar con su análisis del filme, pero no lo ha elegido adecuadamente para hacerlo útil a la trama.

No elegir adecuadamente ha llevado a una novela que partía de buenos mimbres a extraviarse y perder legibilidad. Y si podemos asignar el loable propósito del narrador a su autor (“Mi obra será limpia y coherente, tendrá una razón de ser y podrá servir de algo a alguien”, p. 62), deberemos aguardar un nuevo intento.

Ficha

“<<Defensa del dios>> sigue la trama de <<Los papeles de Aspern>> de Henry James, como guion del que se propusiera extraer nuevos significados en esta versión más desinhibida. Bajo la apariencia de una entretenida novela de subido tono erótico, Santiago Vila escudriña en las complejas relaciones entre maestro y discípulo, la norma y lo prohibido, realidad y fantasía con gran habilidad y hondura. El famoso director de cine Javier Espert ha ocultado las escenas finales de su última película. Un discípulo fascinado por el maestro intentará recuperar las imágenes que esconderían lo mejor de su arte. Pero su viuda, y una seductora adolescente, sobrina del director, guardan celosamente la cinta y para recuperarla, Santiago Vila conduce al lector a una aventura donde no existen trabas ni límites para acceder al secreto”.

Vea la ficha en la editorial El Nadir

Veo Perdidos en la ciudad y no puedo borrarme la sonrisa de la cara. Resulta encantador verles disfrutar (y padecer) las maravillas de la civilización sin contaminarse con sus miasmas… Pero luego habrán de volver y no serán ya los mismos y quizá ya no sean capaces de ser simples salvajes con su vida sencilla y suficiente (se habrán contagiado, entonces), al menos los jóvenes, que los mayores se blindan más fácilmente. Son personas con las emociones a flor de piel, no impostadas como nosotros (todos esos abrazos y besos que es moda compartir, como el llanto diarreico de los futbolistas), se aterrorizan en el museo de cera, se enamoran con suma facilidad, se indignan con nuestras incoherencias.

Incoherencias que también aquí han desatado la indignación. No he estado en Sol, no me gustan las aglomeraciones, aunque simpatizo con el movimiento que no funcionará. Los españoles somos inconstantes y tampoco esta justa indignación tiene visos de perdurar. Además, el movimiento nace marcado por la ineficacia: un sistema sólo puede quebrarse desde fuera con sangre, y nadie quiere eso. Cuánto mejor hacerlo desde dentro, como un virus; aunque se precisa una cepa resistente, el organismo a destruir está más que acostumbrado a desarrollar anticuerpos y vacunas y no bastará la mera infiltración, presión, empuje para batirlo. Por contradictorio que parezca, la forma de cambiar el sistema partidista es mediante la creación de un partido firme y sólido.

**

No es raro que albergue inquietudes a la hora de reseñar un libro. No tanto en lo que se refiere a mi capacidad crítica, claro, o a la pertinencia de mis opiniones, que también, sino que mi inquieta la necesidad de ofrecer valoraciones negativas, quizá debidas a gustos subjetivos, como suele ser, y no tanto a errores o defectos. Recuerdo que muchas novelas malas o mediocres son fruto de una grande y honesta dedicación y me tiembla el pulso a la hora de tijeretear el trabajo ajeno. Al menos, antes me pagaban por ello y el dinero era la justificación. Ya no es así y quisiera poder ser malvado, como Juan Mal-herido, pero no me sale, me tengo que esforzar mucho y ni por ésas.

Pero debo hacerlo.

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May 03

Los autores irreverentes… o no tanto

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, El gabinete del dr. Mantell.
Etiquetas: , , , , , 3/05/2011

Tras tanto clásico (Real Madrid C. F. – F. C. Barcelona) despistante mas escasamente deslumbrante, por parte de ambos contendientes, y a la espera del último y más importante de los encuentros, ya va tocando el retorno a la vida real. Y nunca, como en este momento, ha sido tan palpable la atmósfera ficticia del fútbol. Cuatro son muchos partidos y, si el fútbol es siempre un espectáculo dramático, en esta miniserie se perciben varios aspectos narrativos que refuerzan este carácter teatral, que tan bien han representado Alves y Busquets. Hay una evolución de personajes, incluso, y hemos visto al héroe envilecerse y al villano adquirir trazas de doliente humanidad. Si hace unas semanas el Barça debía ganar por el bien del fútbol, se han vuelto las tornas y el Real Madrid, si bien no alcanza a representar la excelencia deportiva (con Mourinho es imposible), pone rostro estupefacto al Juego Limpio que reclaman los organismos futbolísticos, aunque no les guste y no hagan nada por conseguirlo. El cruce de denuncias, parte relevante de esta intensa película (no falta ni un Al Pacino vociferando y sobreactuando ante el jurado), se ha saldado con más injusticia, más dramatismo y más daño a este espectáculo que un día surgió del deporte. Vuelvo a recomendar la lectura de Juego sucio, y qué certero Declan Hill al advertir el poco ánimo de responsables y aficionados a la hora de reconocer que el fútbol está corrompido hasta lo más hondo; ahora bien, sigue pareciéndome imposible apagar la tele y alejar de mí este fraude tan flagrante en el que el vencedor está decidido de antemano. Lo intentaré pero, Mr. Hill, no puedo prometer nada.

Y ahora vamos con libros, que también tienen alguna importancia.

Los escritos irreverentes, de Mark Twain

Él no creyó que se pudiera publicar, y su hija Clara no creyó que debiera publicarse, pero hete aquí la sátira bíblica de Mark Twain, y hasta bien traducida al castellano por gentileza de Gabriela Bustelo y Enrique Redel, editor de la magnífica Impedimenta. Los escritos irreverentes no son un conjunto uniforme sino, pese a los esfuerzos de Bernard DeVoto (responsable de la primera edición en inglés que sigue Impedimenta) un irregular amasijo de textos paródicos que padece esta situación tanto como disfruta de la rutilante inteligencia de su creador.

No podía faltar, en la obra del gran satírico de un siglo eminentemente puritano, la demoledora burla de las flagrantes incoherencias religiosas; mas, bien por temor a la reacción del público o por dedicación insuficiente, alumbró Twain una obra inacabada, fragmentaria y, a ratos, mediocre. Por pasar ya el mal trago, el libro se estructura en tres partes (sin contar con la correcta Introducción a cargo de la traductora) de longitud, aspecto y alcance desigual: “Las cartas de Satán desde la Tierra”, “Los apuntes de la familia de Adán” y “Carta desde el Cielo”, siendo la mediana la medianía, a excepción de “La autobiografía de Eva”. Referida ya la sección que podemos esquivar, sin más explicaciones (fíense de mi criterio o pierdan el tiempo, a su elección), pasemos a las partes que hacen pertinente esta traducción y la presencia del título en los catálogos editoriales más allá de la celebridad del autor.

Satán, un personaje tantas veces simpático aunque tan sólo sea por llevar la contraria, es bajo la pluma de Twain un sarcástico subalterno de Dios, primo lejano del Usbek de Montesquieu. Ha viajado a la Tierra para conocer de primera mano el último capricho del Señor: el hombre. Desde nuestro mundo escribe cartas a sus colegas arcángeles, sin perder comba a la hora de burlarse de las prácticas y creencias piadosas del hombre, desde la recreación de un Cielo carente de todos los placeres humanos pero abundante en tormentos, a su idea de Dios, un ser que les fustiga con incansable crueldad pero a quien ellos se resisten a culpabilizar y, por el contrario, idealizan en la forma benéfica que todos conocemos. Es la pieza más demoledora y explícita del conjunto, en la que el recurso a la lógica presta argumentos al ángel caído, que mantiene el pasmo página tras página ante la tozuda ingenuidad humana.

“La autobiografía de Eva” es la parte salvable de una sección acertadamente denominada “Apuntes”, sin que por ello se libre de la fragmentariedad. En ella no sólo se burla de la lógica, ciencia que acababa de utilizar para aniquilar los postulados de la religión cristiana, sino también de la ciencia y del machismo que deja a la mujer en casa, con la pata quebrada. Ella y su marido no son sólo los primeros humanos, también (necesariamente) los primeros científicos, si bien su método es aún imperfecto y concluyen que el agua está formada por átomos de hidrógeno, oxígeno y leche. Aunque el objetivo dde Twain sigue siendo desnudar la incoherencia religiosa y el mito del Edén, al reseñar la sorpresa de la pareja original cuando descubren, en el curso de una de sus investigaciones, que los leones y los tigres son carnívoros, sólo que en el Paraíso están obligados a atiborrarse “de fresas y cebollas”, que no terminan de sentarles bien del todo.

Remata el conjunto una curiosa e hilarante carta celestial que la burocracia angelical dirige a Abner Scofield, “comerciante de carbones”. En ella se le informa del estado de sus cuentas morales con el cielo, con los premios y concesiones que el Cielo tiene con quien parece un buen cristiano (un “cristiano profesional”, de hecho). Se trata de una pieza brillante de paródico estilo administrativo, que centra ahora sus dardos no en la religión, sino en el falso creyente que pretende servirse de la oración para obtener ventajas y beneficios. Sin embargo, como toda sátira, esta carece de toda intención reformista. La sátira se destina al correligionario, que es quien puede reírse con esas bromas, pero carece de efecto sobre el blanco de las saetas. Nadie que sea objeto de burla, aunque tal burla tenga un objeto educativo, va a reconocerse en ella, y por ello el esfuerzo de Twain fue inútil, o en todo caso onanista. Twain afiló su ironía con el tajador de la lógica, pero ante la lógica la religión interpone el muro infranqueable de la Fe. Así pues, la obrita de Twain es ilustrada, pero no irreverente, porque en materia de religión no cabe la irreverencia, ni la blasfemia, si no las lleva a cabo un creyente insatisfecho.

Ficha del libro en Impedimenta

Cordero, de Christopher Moore

La nueva novela de Moore, que narra los años desconocidos u oscuros de Jesús (entre su nacimiento y su muerte, como se sabe) es francamente divertida. Todas las novelas de Moore son sólo eso, francamente divertidas. Pero me gusta el efecto que produce un hombre adulto y barbado riéndose a carcajadas, en un lugar público, con un libro en la mano. Si hay un acto inconformista que uno pueda hacer sin jugarse el pescuezo, es este.

La irreverencia de Moore se reduce a meterse con los ángeles (o con uno de ellos), pero eso ya lo ha hecho antes (El ángel más tonto del mundo); en cambio, su imagen de Jesús es bastante convencional, aunque aprenda artes marciales y faquirismo. La anécdota de la novela es el viaje de Jesús y su mejor amigo Colleja a Oriente en pos de una respuesta a una pregunta muy humana: ¿para qué estoy aquí? El irreverente, de los dos, es Colleja, quien es resucitado en nuestra época para que escriba su Evangelio, dado lo insatisfactorio de los cuatro aprobados por la Iglesia (Evangelios canónicos). Pero no vaya a esperar el lector un Jesús libidinoso, violento o, como sostienen algunos, terrorista (zelote); ni siquiera es el Jesús de los Evangelios apócrifos, casado y con hijos (aunque sí tiene hermanos).

Concentrando la irreverencia en Colleja, Morre escribe una novela irreverente que deja a salvo a Jesús de Nazaret, no tanto a las iglesias que dicen representarlo, y crea en el fiel amigo de Cristo un personaje entrañable, no tan gilipollas como le consideran los demás y superlativamente gracioso. Como el mismo autor reconoce, no pretende inducir la duda en las convicciones de nadie, no espera que ocurra y, si ocurre, no será tanto culpa suya como del lector inseguro de su fe. Lector que haría bien en tomarse esto como un buen chiste bien contado, porque no hay mucho más, aunque se le pudiera pedir.

Ficha del libro en La Factoría de Ideas

Los escritos irreverentes, de Mark Twain

Él no creyó que se pudiera publicar, y su hija Clara no creyó que debiera publicarse, pero hete aquí la sátira bíblica de Mark Twain, y hasta bien traducida al castellano por gentileza de Gabriela Bustelo y Enrique Redel, editor de la magnífica Impedimenta. Los escritos irreverentes no son un conjunto uniforme sino, pese a los esfuerzos de Bernard DeVoto (responsable de la primera edición en inglés que sigue Impedimenta) un irregular amasijo de textos paródicos que padece esta situación tanto como disfruta de la rutilante inteligencia de su creador.

No podía faltar, en la obra del gran satírico de un siglo eminentemente puritano, la demoledora burla de las flagrantes incoherencias religiosas; mas, bien por temor a la reacción del público o por dedicación insuficiente, alumbró Twain una obra inacabada, fragmentaria y, a ratos, mediocre. Por pasar ya el mal trago, el libro se estructura en tres partes (sin contar con la correcta Introducción a cargo de la traductora) de longitud, aspecto y alcance desigual: “Las cartas de Satán desde la Tierra”, “Los apuntes de la familia de Adán” y “Carta desde el Cielo”, siendo la mediana la medianía, a excepción de “La autobiografía de Eva”. Referida ya la sección que podemos esquivar, sin más explicaciones (fíense de mi criterio o pierdan el tiempo, a su elección), pasemos a las partes que hacen pertinente esta traducción y la presencia del título en los catálogos editoriales más allá de la celebridad del autor.

Satán, un personaje tantas veces simpático aunque tan sólo sea por llevar la contraria, es bajo la pluma de Twain un sarcástico subalterno de Dios, primo lejano del Usbek de Montesquieu. Ha viajado a la Tierra para conocer de primera mano el último capricho del Señor: el hombre. Desde nuestro mundo escribe cartas a sus colegas arcángeles, sin perder comba a la hora de burlarse de las prácticas y creencias piadosas del hombre, desde la recreación de un Cielo carente de todos los placeres humanos pero abundante en tormentos, a su idea de Dios, un ser que les fustiga con incansable crueldad pero a quien ellos se resisten a culpabilizar y, por el contrario, idealizan en la forma benéfica que todos conocemos. Es la pieza más demoledora y explícita del conjunto, en la que el recurso a la lógica presta argumentos al ángel caído, que mantiene el pasmo página tras página ante la tozuda ingenuidad humana.

La autobiografía de Eva” es la parte salvable de una sección acertadamente denominada “Apuntes”, sin que por ello se libre de la fragmentariedad. En ella no sólo se burla de la lógica, ciencia que acababa de utilizar para aniquilar los postulados de la religión cristiana, sino también de la ciencia y del machismo que deja a la mujer en casa, con la pata quebrada. Ella y su marido no son sólo los primeros humanos, también (necesariamente) los primeros científicos, si bien su método es aún imperfecto y concluyen que el agua está formada por átomos de hidrógeno, oxígeno y leche. Aunque el objetivo dde Twain sigue siendo desnudar la incoherencia religiosa y el mito del Edén, al reseñar la sorpresa de la pareja original cuando descubren, en el curso de una de sus investigaciones, que los leones y los tigres son carnívoros, sólo que en el Paraíso están obligados a atiborrarse “de fresas y cebollas”, que no terminan de sentarles bien del todo.

Remata el conjunto una curiosa e hilarante carta celestial que la burocracia angelical dirige a Abner Scofield, “comerciante de carbones”. En ella se le informa del estado de sus cuentas morales con el cielo, con los premios y concesiones que el Cielo tiene con quien parece un buen cristiano (un “cristiano profesional”, de hecho). Se trata de una pieza brillante de paródico estilo administrativo, que centra ahora sus dardos no en la religión, sino en el falso creyente que pretende servirse de la oración para obtener ventajas y beneficios. Sin embargo, como toda sátira, esta carece de toda intención reformista. La sátira se destina al correligionario, que es quien puede reírse con esas bromas, pero carece de efecto sobre el blanco de las saetas. Nadie que sea objeto de burla, aunque tal burla tenga un objeto educativo, va a reconocerse en ella, y por ello el esfuerzo de Twain fue inútil, o en todo caso onanista. Twain afiló su ironía con el tajador de la lógica, pero ante la lógica la religión interpone el muro infranqueable de la Fe. Así pues, la obrita de Twain es ilustrada, pero no irreverente, porque en materia de religión no cabe la irreverencia, ni la blasfemia, si no las lleva a cabo un creyente insatisfecho.

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Abr 14

El mundo bajo los párpados, de Jacobo Siruela

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , , , 14/04/2011

Siempre están ocurriendo cosas, eso es indudable, pero pareciera que en este comienzo de 2011 se han acumulado hechos históricos como para una buena temporada. Y no me refiero sólo a la sobreabundancia de Clásicos, que arrancan este sábado, sino a las revueltas libertarias del mundo árabe (a las que no estamos prestando la atención debida) y al maremoto de Japón o al Anuncio de Zapatero. Si el mundo se termina el año próximo, como dicen los mayas, debe estar entrenándose para la inusitada actividad que deberá acometer en apenas unos meses. Mientras el fin llega me inquietan más mis crisis intrahistóricas, mi inadecuada gestión del tiempo; me lo advirtieron, que los bebés no aman la literatura, pero no lo creí suficientemente. Ahora lo pago con angustia, pero de alguna extraña manera compensa. El misterio de la paternidad.


El mundo bajo los párpados

Todos tenemos uno, o dos, sueños recurrentes, que se nos presentan bajo apariencias diversas mientras dormimos o durante la vigilia. Soñamos con ese objeto o esa persona que nos obsesiona, con ese recuerdo lejano, ya casi olvidado, con ese futuro que no, no puede ser verdad. Estamos familiarizados con los sueños, porque todos, más o menos, soñamos. Sin embargo, nuestra conciencia moderna tiende a menospreciarlos. Nos han enseñado que los sueños vienen a ser los pedos de la digestión del cerebro, que, como el déjà vu, consisten meramente en errores del sistema nervioso y no dicen apenas nada de lo que somos, o de lo que nos rodea. Pero no siempre fue así. Los sueños guiaron los pasos de los imperios del pasado, y son conocidos los casos de científicos que soñaron la respuesta a sus problemas, como Kekulé; muchos individuos en el mundo antiguo y no tan antiguo se guardaban de dar un paso sin antes haberlo soñado, pues los sueños eran mensajes divinos que había que atender necesariamente, porque los dioses no hablan solo por parlotear, como un familiar al teléfono.

El mundo bajo los párpados es un ensayo que acerca información por lo general de difícil acceso, iniciando el recorrido precisamente en el olvido general del sueño como vía de conocimiento de la naturaleza humana. Renombrados autores, desde George Steiner o Walter Benjamin hasta Borges, han pedido una historia de los sueños que, sin embargo, está por hacer (y no es lo que se propone Siruela, sino más concretamente una “fenomenología de los sueños”); y eso que ya Hegel decía que “si reuniéramos los sueños de un momento histórico determinado veríamos surgir una exactísima imagen del espíritu de ese periodo” (p. 14). Material para acometer tal empresa abunda, nada más hay que reparar en la extensa bibliografía manejada por el autor, pero el problema es de índole epistemológica: no se concede al sueño derecho a formar parte de las fuentes del conocimiento.

Estamos dejando de lado uno de los caminos junto con la experiencia sensible, las emociones y la razón, de acercarnos a la complejidad de lo real y, especialmente, a nuestra propia complejidad. Así pues, los sueños vendrían a ser una ventana, durante largos años ciega, a nuestro interior y, a través de ahí, a la vastedad del cosmos. Hoy sabemos (creemos) que el universo es multidimensional y que el tiempo puede ser simultáneo, y eso no son fantasías cuartomilenarias de locos o necios o estafadores, sino “verdades” de la ciencia más avanzada. Y el mundo onírico tiene algo que decir al respecto. En la parte cuarta del ensayo Siruela hace referencia a los sueños premonitorios, uno de los fenómenos oníricos que todos queremos probar por cuanto tiene de fantástico y misterioso (y todos querríamos que Hipnos dictara los números del Euromillón, pero resulta que no funciona así). La precognición onírica está abundantemente documentada, pero el racionalismo grosero ha insistido en arrinconarla bajo el epígrafe de “hechos debidos al mero azar”. Sin embargo, grandes cabezas como la de Schopenhauer o la de Jung reconocieron que se daban con suficiente asiduidad como para intentar, al menos, explicar su existencia. Los sueños premonitorios informan acerca de la estructura del tiempo, si queremos creerlo.

La fenomenología del sueño muestra casos numerosos de sueños premonitorios, pero también de sueños compartidos y de de sueños inspiradores. Ello “nos sumerge en una especie de <<realidad poética>> que borra los límites habituales del mundo” (p. 28). El escéptico, sin embargo, tiene todas las armas del mundo contra esta aseveración. Por cada Cromwell que soñó, de niño, que sería rey de Inglaterra, un millar de Smiths también lo soñaron (pero, al seguir de herrero toda su vida, nunca trascendió); por cada dios que contó en sueños a Aníbal la gran estrategia de su ataque, diez generales le aconsejaron que informara de sus planes a las tropas como si hubiera soñado, a fin de que lo tuvieran en mayor consideración. A pesar de todo, ante un cambio de paradigma (que se viene esperando desde hace cien años pero no termina de llegar) el escéptico, es decir el inamovible, suele disponer de los mejores arsenales para acabar repitiendo la hazaña de Saigón. Siruela, en la línea de Jung y de otros autores citados en el libro, propone iluminar de nuevo el mundo con una luz quizá espectral, pero perfectamente natural en cuanto que surge de nuestro yo más íntimo (y con la que los antiguos se alumbraron sin menoscabo). “Sin embargo, nuestra cultura extrovertida vuelve la espalda a este hecho y deja que la inmensa riqueza que atesora la noche se pierda en la intempestiva sombra del olvido” (p. 64).

El volumen consta de cinco partes, pero a donde parece querer llegar el autor es a la última. La muerte es el territorio ignoto por antonomasia, el lugar inaccesible que todos quieren explorar, eso sí, con billete de retorno. Desde los tiempos más antiguos se asocia el dormir y el morir; así, en la mitología griega el sueño (Hipnos) y la muerte (Tánato) son gemelos, subterráneos y vecinos. A todos nos ha asaltado alguna vez la inquietud ante un rostro dormido, por la semejanza del durmiente con el muerto. Y es que el sueño (como el orgasmo, la petite mort, léase a Julius Evola si hay valor) es, analógicamente, un “morir en vida”, algo que formaba parte de la experiencia vital de los antiguos y les facilitaba el tránsito hacia el más allá.

“La huida constante de la muerte es la evidencia más sangrante del fracaso existencial del mundo moderno. El gran espíritu extrovertido, impulsor de las más brillantes conquistas del conocimiento, contrasta vivamente con la falta de sentido que se respira en todo el mundo que ha creado, y el punto en el que confluyen todas las coordenadas de esa dolorosa pérdida de significado se condensa en la ansiedad que produce esperar la muerte. Sin una visión espiritual de nuestra condición perecedera, la vida gira ciegamente sin eje. Los sueños del ego crecen, se multiplican, y se hacen tan grandes y ocupan tanto lugar que no dejan ningún espacio de silencio para iniciar siquiera un diálogo con nuestro ser interior, que se encuentra en la otra orilla, allí desde donde brotan los mitos, los sueños y las experiencias íntimas con la otredad. Vestigios de una consciencia opaca, subyacente y atemporal. Nada de lo que cuenta ésta ofrece la más mínima certidumbre empírica, sin embargo, está llena de sentido, pues proclama una verdad interior que sólo el alma puede entender” (p. 307).

Las ideas expuestas en El mundo bajo los párpados me han resultado tan impactantes como sugerentes. Por un lado me resisto a abandonar posturas que reconozco como sencillamente cómodas. Es cierto que la ciencia deja espacios ignotos en donde no puede ofrecer respuesta. No obstante, ha acreditado su capacidad de responder a las inquietudes del ser humano, ocupando progresivamente los viejos agujeros, mientras en su expansión va creando nuevas oquedades que, temporalmente, se rellenan con otras explicaciones. Por otro lado, la necesidad emocional de encontrar un “algo más” a la realidad, que comparto, se ve satisfecha con la propuesta no dogmática ni fantástica, sino racional, flexible y equilibrada, que Jacobo Siruela desgrana en este ejercicio de erudición e ilusión que no puedo menos que recomendar a toda mente inquieta y no monolítica.

Sobre el libro:

Elegido entre los diez mejores libros 2010 de la revista “Qué leer”.
Elegido en segundo lugar en el apartado de ensayo de los mejores diez del 10, de “Babelia”, El País.
En séptimo lugar en la lista de los destacados de 2010 del periódico Reforma de México.

El mundo bajo los párpados, Jacobo Siruela, ed. Atalanta. 352 págs., 23 €


Imaginatio vera

14×22
Cartoné
352 págs
23,00 euros

Elegido entre los diez mejores libros 2010 de la revista “Qué leer”.

Elegido en segundo lugar en el apartado de ensayo de los mejores diez del 10, de “Babelia”, El País.

En séptimo lugar en la lista de los destacados de 2010 del periódico Reforma de México.

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Ene 27

El otro fuego, de Inés Mendoza

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
27/01/2011

Vale, esto no se actualiza como debiera. Mea culpa. Yo mismo no me actualizo como debiera, es verdad. Tengo propósito de enmienda y hasta algo de energía. En este tiempo he visto con interés decreciente The Walking Dead, tengo gran simpatía por los muertos vivientes, quizá porque me he criado viendo cine estadounidense, en el que los malos siempre son zombis. He leído revistas atrasadas y terminado El mundo bajo los párpados. Me cargaré la caja “Leyendo”, porque está ahí muchas veces para nada, porque debería ser actualizada convenientemente y no lo hago y no lo haré, me conozco. También la publicidad. No la quiero y no produce, nunca estuve convencido de ponerla. ¿Qué más? Me encanta la ley “antitabaco”. Ahora puedo tomarme un café sin respirar humos ponzoñosos (de tabaco, de automóvil por ahora no hay escapatoria) ni apestarme la ropa y puedo observar desde las alturas de la victoria una polémica nada inesperada pero no por ello menos estrambótica. Aunque tampoco puedo dejar de pensar en el relato de Yasutaka Tsutsui, “El último fumador” (recogido en Hombres salmonela en el planeta Porno, Atalanta, 2008).


El otro fuego

Resulta intimidatorio, a la hora de reseñar un texto, que este ya haya sido comentado por alguna lumbrera; si ese comentario acompaña, como es el caso, el volumen a reseñar, de forma que el lector (del comentario) no puede obviar la duplicidad de las valoraciones, y tampoco evitar comparar la puntería y pertinencia de las mismas, entonces el segundo opinador, sin duda ninguna mucho menos refulgente que el primero, se encuentra ante un difícil reto que puede llevarle a embrollarse como en el presente párrafo, arriesgarse con sintaxis forzadas y puntuación discutible, y hasta con afirmaciones defensivas temerarias, como la que sigue: por fortuna, Eloy Tizón ha escrito un prólogo convencional, de puro trámite, que lo mismo habría servido para este volumen que para otro cualquiera, y cabe preguntarse por qué puso su talento al servicio de un desinterés tan injusto, si es que fue tal, o si por el contrario le salió así sin más, pues hasta las lumbreras pueden tener un mal día, digo yo, que no lo soy y no puedo imaginar cómo sería de serlo.

El otro fuego contiene dos tipos de relatos. El segundo grupo lo conforma un puñado de piezas que, por encima de todo, sirven para demostrar la variedad de registros y recursos de la autora, desde el minitexto poético y la alegoría al relato distópico. Bravo y olé. Pero no son esos los que harán mella en el lector, al menos no en éste. Son los otros, los que aluden al “otro fuego” del título, los que contienen el aliento literario de la obra. El otro fuego, ese ardor secreto, tan familiar y tan ignorado, que de cuando en cuando nos recuerda que pudimos haber llevado otra vida, más intensa, más plena, quizá más feliz, “El fuego rutilante de una luz de bengala que se enciende y se apaga cada día” (p. 24). A sus personajes les quema su vida corriente y gris, les quema el ansia de cambiar, y el fuego es maestro a la hora de alterar el estado de los elementos sobre los que actúa.

No deja de ser una imagen común la del fuego como pulsión interior, pero no por ello pierde vigor. Fuego o alma, ardor o anhelo de otra vida, insatisfacción esencial que ha de resolverse en el aniquilamiento del individuo y su posterior resurrección. El tedio ante una vida distinta a la soñada es una de las fuentes por antonomasia de la literatura; fue lo que impulsó a don Alonso Quijano, o Quijada, o Quesada, a forrarse de metal y echarse a los polvorientos caminos de Castilla; fue lo que llevó a Anna Bovary de abrazo en abrazo en pos de un amor imposible. Dentro de estos personajes insatisfechos ardía el otro fuego, el que consume sin inmutarse los bocados cotidianos sin ver calmado su apetito, antes bien, sintiéndolo crecer.

Ese fuego, que para Tizón puede ser la literatura (p. 10, “En el cofre más recóndito de todos está la literatura, ese otro fuego”), para la editorial Páginas de Espuma es “el otro fuego de la búsqueda, del dolor, la imperiosa llama del deseo: el fuego alquímico de la transformación”. Ambos tienen razón, claro, pero es más concreta la contracubierta, ese pringoso anzuelo, pues el fuego al que Mendoza hace referencia es ese que debe arder en nuestro interior y que lo mismo nos hizo inventar la rueda, reglar la vida monástica, cruzar el océano sobre un cascarón de nuez o escribir El otro fuego. A este respecto, el relato paradigmático es “Origami”, que se abre con una cita de H. G. Wells: “No hay inteligencia allí donde no hay cambio ni necesidad de cambio”. Su protagonista y narrador es uno de estos personajes insatisfechos, pero no aplacados: “Me he despertado muchas madrugadas con la sensación de ser un fantasma en mi propia vida, sintiéndome un cobarde, un fracasado, maldiciendo en secreto cada día que me amenaza con su rutina cándida y glacial” (p. 27). En cambio, por la noche -cuando desaparecen las rutinas- es diferente, está activo y creativo. Duerme a ratos, mas la presión social -lo cotidiano, las rutinas- viene aquí marcada por la exigencia de familia y amigos de tener “un sueño reparador”, aunque hasta ese momento no lo necesitó y estaba satisfecho con su forma de dormir.

En su noche epifánica reina una simbólica niebla. Por una vez decide salir al mundo nocturno, y al hacerlo rompe con la cotidianidad: no reconoce su ciudad, se ha dejado las llaves en casa y no puede volver; se siente amenazado, huye aunque no hay peligro -como el recién nacido que llora al salir al mundo-. Descubre que la ciudad tiene su propia vida nocturna, al margen de la cotidianidad diurna. Y en ese mundo nuevo descubre a su doble -un recurso, el del doppelgänger, al que la autora recurre varias veces en el libro-, un origamista de mercadillo que quizá lleva la vida que él quiso llevar. El fuego, que era apenas un rescoldo próximo a extinguirse por las pautas de la vida burguesa, ha prendido en una llama tímida pero viva.

“Y aunque el viento intentaba, una y otra vez, apagar la llama con toda su furia invisible, esa luz seguía alumbrando la penumbra, como el amanecer ilumina a pesar de todo, la oscuridad de los ciegos” (p. 100).

Sobre Inés Mendoza

Inés Mendoza es arquitecta y escritora. Nació en Venezuela, aunque reside en Madrid desde hace diez años. Ha colaborado con artículos, reseñas y relatos en medios nacionales e internacionales de prensa (Copenague, Chicago, Caracas, Madrid) y en publicaciones especializadas de arquitectura.
Su trabajo como cuentista ha sido galardonado en el XI Concurso de Narraciones Cortas Villa de Torre Pacheco 2004 y en el Concurso Internacional de Cuento Casa de Teatro 2005, entre otros.
También ha sido incluida en las antologías Voces Nuevas (Caracas, 1995), Tifoidea y otros cuentos” (República Dominicana, 2005), y Parábola de los Talentos (Madrid, 2007).

http://www.conoceralautor.com/autores/ver/NDQy

Sobre El otro fuego

“Definitivamente, el protagonista de este primer libro de cuentos de Inés Mendoza es el fuego. ¿Cuál fuego? el fuego de la búsqueda, del dolor, la imperiosa llama del deseo: el fuego alquímico de la transformación.
Sus personajes, verdaderos militantes de aquel grito del Romanticismo histórico que reclamaba el reencantamiento urgente del mundo, no son seres pasivos a los que “les ocurren” cosas inusuales, sino que tienden a convertirse, más bien, en rastreadores del oro del cambio, hombres y mujeres que fuerzan los confines de lo posible tras el temblor de una realidad otra. Toda una galería de personajes y universos, acompañados por una atmósfera turbadora y por el vigor lírico de la alusión, contribuyen a crear la poética del ímpetu que atraviesa esta colección de cuentos. Una poética que se aleja de la fórmula de “lo fantástico”, para endeudarse con el rico legado simbólico del Romanticismo y el clima mágico de la literatura latinoamericana.
El otro fuego es un libro habitado por lo nocturno, la rebeldía, la nostalgia del infinito y el fulgor de lo imaginario. Y también por lo único que, según dijo Oscar Wilde, ha de buscar el arte en cualquier época: la excepción y la intensidad.”

http://www.ppespuma.com/

Inés Mendoza es arquitecta y escritora. Nació en Venezuela, aunque reside en Madrid desde hace diez años. Ha colaborado con artículos, reseñas y relatos en medios nacionales e internacionales de prensa (Copenague, Chicago, Caracas, Madrid) y en publicaciones especializadas de arquitectura.

Su trabajo como cuentista ha sido galardonado en el XI Concurso de Narraciones Cortas Villa de Torre Pacheco 2004 y en el Concurso Internacional de Cuento Casa de Teatro 2005, entre otros.

También ha sido incluida en las antologías Voces Nuevas (Caracas, 1995), Tifoidea y otros cuentos” (República Dominicana, 2005), y Parábola de los Talentos (Madrid, 2007)

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Dic 07

Kanikosen, de Kobayashi Takiji

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , 7/12/2010

Últimamente he andado algo displicente, vago. Ahí sigue la caja de “leyendo…” con Nieve de primavera, terminada hace tiempo. No he escrito nada en semanas. He estado haciendo otras cosas, claro. Ahora mi casa tiene colores y más aspecto de hogar, y más espacio para mis libros. Podré recuperar algunos mal almacenados y darles un lugar digno en el que enmohecerse. Vamos al asunto, que sigo perezoso.

Kanikosen, el pesquero.

¿Quién no ha oído hablar de Kanikosen, la breve novela de Kobayashi Takiji, a estas alturas? Se trata de uno de los más recientes fenómenos editoriales, que partiendo del Japón ha alcanzado ya buena parte del mundo. ¿Por qué ha vuelto a la palestra esta novelita, bastante corriente, de principios del siglo XX (1929)? Un retorno completamente inesperado, tras años de olvido. Shinchosha, una de las más potentes editoriales niponas, planeó reeditar esta obra en 2008 coincidiendo con el septuagésimo quinto aniversario de la muerte del autor, con una tirada de 7000 ejemplares; a día de hoy ha vendido más de 1600000 ejemplares, adaptaciones cinematográfica y manga mediante, y el “Fenómeno Kanikosen” no se ha detenido en el País del Sol Naciente, sino que continúa más allá de sus fronteras.

Dicen que Kanikosen es una historia basada en hechos reales. El catálogo de horrores narrado lo desmiente. Se trata, más bien, de una ficción que recrea un drama concreto imaginado dentro de un marco documental general, el de los abusos del capitalismo salvaje que imperaba en la época, no sólo en Japón. Que hubiera efectivamente un pesquero japonés llamado Hakko maru, en el que se diera una rebelión proletaria, no desmiente lo anterior. Tampoco tiene la menor importancia que el autor fuera fiel a unos hechos o imaginara, recolectando horrores de diversa procedencia. Su intención, bien cumplida, fue la de difundir un mensaje socialista de esperanza a través de una narración, como hicieron Fadeiev o Bogdánov, entre otros.

A comienzos del siglo XX Japón, que desde la Restauración Meiji es un país fuertemente occidentalizado, ha conocido sin embargo pocos avances sociales, como los que empezaban a darse en el resto del mundo civilizado. La situación en las islas principales del archipiélago es dura, con los obreros luchando por sus derechos bajo una intensa represión, pero aún hay algunos límites. No ocurre lo mismo en Hokkaido, la isla norte aún salvaje en muchos aspectos. Hasta allí no ha llegado el manto protector de los sindicatos y los trabajadores son tratados peor que ganado, pues salen mucho más baratos que “cobayas” o que el papel higiénico, idea que se repite en la novela (págs. 30 y 68). Esa deshumanización atroz es la que padece la tripulación del Hakko maru, pesquero especializado en la captura del célebre cangrejo de Kamchatka, un manjar para los japoneses. Durante su periplo sufren abusos y castigos que llegan a provocar más de una muerte. El patrón, representante de la empresa, es quien, personalizando el sistema capitalista entero, aflige a los trabajadores, y la connivencia del Estado es representada por la acción de la Marina Imperial que, contra lo esperado por los trabajadores, se pone de parte del opresor (con quien comparte borracheras). Una trama sencilla y eficazmente narrada, de manera algo plana y grosera, que tiene un fuerte dramatismo y una gran pertinencia como aviso de lo que puede volver a ocurrir si los ciudadanos consienten el constante recorte de derechos que padecen.

Dice el profesor Koeda Hirokazu, para explicar la inexplicable resurrección de la obrita de Kobayashi, que “ya no existen los empleos para toda la vida y no está claro que la gente vaya a cobrar sus pensiones”. La anomalía japonesa se deshace y los jóvenes nipones, que hace no mucho tenían una vida ordenada y clara (infancia dorada, dura adolescencia, fácil universidad y carrera vitalicia como salaryman con ascensos pronosticados hasta una semijubilación generosa) y que ven cómo todas sus seguridades se desvanecen. El país ha perdido la confianza en sus próceres, quienes son en realidad los encargados, de acuerdo con los capitostes de las grandes compañías, de marcar el devenir económico del país. O lo eran, hasta que la economía de mercado hizo presa de la economía japonesa tras la crisis de los noventa. Ahora el seudocomunismo japonés ha dejado de funcionar y los poderes públicos no pueden exigir a sus ciudadanos unos esfuerzos cuya recompensa ya no es de cobro seguro. En esta coyuntura, la rebelión de los marineros, pescadores y obreros del Hakko Maru ha supuesto un espejo de sufrimiento en el que mirarse y, de algún modo, encontrar consuelo.

Esto para los japoneses. ¿Y los occidentales? No es sólo el prestigio de la literatura japonesa, ni el tratarse de una traducción que faltaba (en España). En Occidente el padecimiento de los proletarios del pesquero atrae de similar manera, pero creo que aquí ponemos el acento en un punto distinto del relato. La novela, de 142 páginas, tiene el primer conato de rebelión en la 109. ¡Más de cien páginas de paciente soportar por parte de la tripulación! Creo que eso es lo que atrae a los japoneses, mientras que aquí, en la tierra de los ojos redondos y las grandes narices, nos atre la maldad pura de los “poderes fácticos”, sea la empresa y sus representantes o el Estado represor, y en concreto todas las brutalidades cometidas por Asakawa. Es decir, aquí triunfa Kanikosen por el mismo motivo que los informativos de Antena 3 o todos esos programas de interés social consagrados a infundir todos los terrores imaginables en la población, que recibe con agrado la comezón del miedo.

Aunque todas estas explicaciones me convencen poco. Tampoco la calidad de la obra merece el fenómeno. En absoluto Kanikosen me parece una gran novela. Más bien regular, con un único personaje definido, el demoníaco Asakawa, un personaje sin dobleces, el ser mezquino por antonomasia, demasiado grotesco para resultar creíble, enfrentado a un único montón de personajes anónimos formado por los cuatrocientos trabajadores del pesquero, perfectamente intercambiables (la masa trabajadora). Es más un reportaje, le falta sutileza y distancia (pero quizá no era el momento para tales cosas) y le sobra discurso panfletario. También puede que su lenguaje expresionista y su sencillez narrativa haya obrado en su favor, aunque no faltan las típicas imágenes de la buena prosa nipona, siempre algo forzadas pero sin llegar a romper la cuerda de la credibilidad; así, en la “letrina”, la cámara donde se hacinaban los pescadores, éstos “bullían como gusanos” (seguida del contraste con el capitán, quien “preocupado por las puntas de su bigote, se pasaba constantemente un pañuelo por el labio superior” (p. 18).

Empleando recursos sencillos y claros, como querían Lenin y compañía, Kobayashi escribe una novela accesible, que comienza con una expresión profética, “Vamos hacia el infierno”, y continúa describiendo la infernal situación de las clases bajas japonesas: “Todos habían llegado allí porque a pesar de trabajar en el campo de sol a sol no podían ganarse la vida. Habían dejado sus parcelas a cargo de sus primogénitos, sus mujeres habían tenido que buscar trabajo en las fábricas y los segundos y terceros hijos varones habían tenido que marcharse a otros lugares para trabajar y aún así no podían comer”(p. 14). Pero los engaños con los que fueron atraídos al buque factoría pronto resultan evidentes, y la desesperanza es una opresión más al lado del látigo de Asakawa: “Aquí nadie tiene planes para el futuro. Se trata de morir o vivir” (p. 140). Parece no haber salida: “estaban todos enfadados, pero no podían hacer nada, así que se rieron” (p. 27); y luego: “como no podían hacer nada mejor, se echaban a reír” (p. 73). Sin embargo, todo cambia cuando uno de los botes de pesca se extravía (por supuesto, por culpa de la tozudez criminal de Asakawa) y llega a Kamchatka, en territorio ruso: “Si lo que había dicho el ruso era «rojo», parecía justo. Fuera como fuera, la idea les resultaba atrayente” (p. 51).

Irónicamente, Asakawa empuja a los obreros hacia el sindicalismo, algo que tanto temía al inicio del periplo y contra lo que apelaba al patriotismo de sus empleados: “Si alguno imita esas cosas tan de moda que ahora hacen los ruskis y crea problemas, estará traicionando a la patria” (p. 19). Kobayashi se vale de esa costumbre burguesa de apelar al patriotismo para justificar los sufrimientos de otros: “«Los japoneses somos extraordinarios». El extenuante y cruel trabajo de cada día les parecía así algo heroico, y eso les consolaba” (p. 80), y eso, unido a la acción represiva de la Marina Imperial, le vale para denunciar la actitud de los poderes públicos que, en vez de ponerse de parte del débil y del oprimido, lo hace del lado del fuerte y opresor. Una situación que experimentaría en sus propias carnes. Como se cuenta en el Epílogo incluido en la edición de Ático de los libros, el 21 de febrero de 1933 Kobayashi fue apresado por la policía nipona, que le torturó hasta la muerte, convirtiéndolo en mártir del socialismo, algo que quizá ha tenido que ver en la pervivencia de su obra.

Ficha en la editorial Ático de los libros

Sobre el autor

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Nov 25

Día contra la violencia doméstica

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, Mirada de troodon.
25/11/2010

“Indajit se enfureció al ver las fuerzas guerreras de los monos. Desenvainó su espada y cogió a Sītā del cabello, luego la abofeteó con fuerza frente a todos y ella gritó:

- ¡Oh, Rāma! ¡Rāma!

Hanumān estaba fuera de sí y reprendió con gran enfado a Indrajit.

-¡Infeliz rufián! ¡Malévola criatura! ¡Acabas de invocar tu propia destrucción al coger a Sītā del cabello! ¡Naciste en un linaje de sabios soberanos aunque hayas salido del útero de una rākṣasī! ¡Maldito seas! ¡Tus poderes están enraizados en la injusticia! ¿Quién si no el más vil y el más deshonesto haría algo así? ¡Sītā no tiene un hogar ni un rey, tampoco a Rāma! ¿Qué te ha hecho para que quisieras matarla? ¡Si matas a Sītā, morirás pronto, tu vida estará en mis manos! ¡Y mereces la muerte por esta terrible acción! ¡Morirás y acabarás en el infierno reservado a los asesinos de mujeres, aquellos infiernos son vilipendiados incluso por lo más bajo de lo bajo!”.

Rāmāyaṇa, edición de Atalanta (2010), pág. 507. Traducción de Roberto Frías según la versión inglesa de Arshia Sattar.

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Nov 08

Una nueva esperanza

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, K-Saurus.
Etiquetas: , , , , 8/11/2010

Escribía hace algún tiempo, cuando comenzó el estallido de los e-Reader, ahora realimentado con la irrupción del Tablet PC -especialmente el iPad de Apple-, que el e-book acabaría matando al escritor, al menos al escritor profesional, y mucho antes caerían las editoriales. A menos, escribía, que se inventara algo como el Spotify… Bueno, pues ya está aquí. Se llama 24symbols, es un proyecto español y estará listo en la primavera del año próximo.

Para entender cómo funciona, lo primero es conocer un poco a su modelo musical, Spotify. Se trata de una aplicación sueca para la audición de música vía streaming, es decir, sin descargar el tema a su ordenador, lo que limita la posibilidad de copia -pero no lo impide-. Este programa, gratuito o de pago a nuestra elección, funda su catálogo en acuerdos con las discográficas -podemos escuchar desde un aria de Schubert al último éxito de Lady Gaga-, por lo que es legal en todo caso, si bien algunos músicos han pedido que no se incluya su obra en la base. No es la panacea que va a resolver todos los problemas a la industria, pero es una brillante idea que ahora salta al mundo del libro, como antes lo hizo al audiovisual con Voddler -refrenen sus ansias, aún no está disponible en castellano-.

24symbols ofrecerá libros digitales para todo tipo de soporte, desde un ordenador de sobremesa hasta un móvil, a condición de que el aparato disponga de conexión a internet. Habrá, como en sus modelos, una versión gratuita con publicidad “contextual y no intrusiva” -¿como en las revistas?- y otra premium que, además de librarnos de las molestas cuñas, permitirá continuar leyendo off line. El precio de la suscripción aún está por decidir, pero calculan que cada trimestre cueste lo mismo que un libro en papel, unos dieciocho euros, seis por mes.

La claves del proyecto van a ser dos. Por un lado la distribución de soportes que, en España, aún va algo retrasada. Además, precisamente el aparato mejor diseñado para la lectura, el e-Reader basado en tinta electrónica, es el que presenta más problemas de compatibilidad, aunque solventarlos sólo parece cuestión de tiempo, conforme mejoren su conexiones a internet.

La segunda clave será la amplitud y profundidad de su catálogo. Spotify cuenta con una lista enorme de canciones contemporáneas, pero en cuanto a música clásica el aficionado puede quedar algo decepcionado. Es posible que a 24symbols le ocurra algo parecido, pues no dependen de ellos mismos sino de las titulares de los derechos de las obras, las editoriales. Éstas, monstruos pesados con una inercia genética enorme, llevan manteniendo un modelo de negocio que no ha cambiado en siglos, ni aún con la irrupción del libro digital, pues proyectos como Libranda reiteran la práctica editorial histórica: la venta del libro como objeto, ya sea analógico o digital.

Proyectos como este van en la dirección acertada. Internet ha llegado para quedarse y la industria cultural no puede quedarse cruzada de brazos confiando en que no es más que una moda pasajera y que todo volverá solo a su cauce previo. Y todo lo que sabíamos del consumo y del latrocinio y de su ética y su moral ha cambiado radicalmente, no porque los cínicos que defienden la piratería manejen argumentos válidos, ni porque la industria que se presenta como víctima no haya enseñado sus vergüenzas y abusos, en los que persevera con el mismo cinismo. Si 24symbols funciona, el escritor que quiera ganarse la vida escribiendo podrá seguir haciéndolo, y quien quiera colgar sus contenidos bajo etiquetas como Creative Commons, Copyleft o cualquier otra, no se ve perjudicado en modo alguno. Y el usuario verá aumentada considerablemente la oferta cultural, aunque no tenga acceso a todo en cualquier circunstancia.

Hoy nos movemos en un entorno saturado de publicidad, contra lo que nos advertían los maestros de la ficción distópica. Internet es un claro ejemplo, en el que la publicidad es agresiva y muchas veces hasta delictiva. Sin embargo, parece ser la respuesta a todos nuestros problemas. Pero eso será tema para otra ocasión. Mientras reflexiono sobre ello, me sentaré a esperar una invitación para 24symbols, que tengo ganas de catarlo.

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