Dic 29

Picnic en Hanging Rock, de Joan Lindsay

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, El gabinete del dr. Mantell.
Etiquetas: , , , 29/12/2011

Antes de nada, ¡feliz 2012 y que los augurios escatológicos no se cumplan aún!

Hacía años que no escribía un cuento. Ahora no quiero leerlo, porque si lo hago seguro que encontraré errores, defectos y necedades sin cuento y quiero conservar la sensación de escritura satisfactoria que rara vez me acompaña. En general, la acogida ha sido fría. He recibido comentarios parcos, “me ha gustado”, “no me ha gustado”, pero al menos una persona se ha conmovido con su lectura. Negativamente, pero algo ha removido mi ángel en su interior. Juzgo que eso es bueno.

Años, años y años sin hacerlo y ahora he escrito dos. Aunque no tengo mucha experiencia al respecto: la redacción de relatos depende de momentos de intuición fugaz, de estados de ánimo; la expresión “obra de largo aliento” referida a la novela es muy atinada y la “inspiración” no parece tener mucho que ver. Cada día se aprende algo nuevo, normalmente cosas que todos los demás ya saben; no hay que quedarse demasiado atrás.

Escribo estas líneas porque algo había que escribir. Hace tiempo que leí esta novela, al poco de recuperarla Impedimenta. Con lo flaca que es mi memoria creo que habré de inventar demasiado, pero peor será para el dinosaurio un sueño demasiado largo. No había visto la película y sólo la vi después. Es un clásico, dicen. Una obra de culto, etiqueta dúctil que sirve tanto para obras maestras como para fracasos entrañables. La novela es mejor. Hablo de Picnic en Hanging Rock.

Sólo con que la novela nos ahorre esa setentera flauta de Pan de la adaptación de Peter Weir (director que por otra parte me encanta, y Master & Commander es una de mis preferidas; de El club de los poetas muertos él no tiene toda la culpa) ya sería preferible, los restantes méritos de la película, que los hay, son insuficientes frente a ese pitido agudo. La obra de Lindsay, en cambio, carece de defectos, o no los recuerdo, es magnífica en cuanto a intensidad, originalidad y sobriedad.

Otros han descrito y reseñado bien la novela, hace “mucho” que se publicó (el mercado editorial computa el tiempo de manera propia, la novedad dura un par de meses, la vejez llega de poco después). Todos coinciden en lo buena que es y la llaman clásica y obra de culto y aluden a la película que también es ambas cosas y seguro que no mienten ni exageran, es conveniente leerla y disfrutarla. Hala, está dicho. Sin embargo, aún faltan cosas que decir en cuanto a su recepción.

Es exagerado considerarla un clásico porque no es tan conocida ni tan permanente y se recuerda más la película que la novela, no siendo excesivo decir que la consecuencia sostiene a la causa y no al revés. Es más bien lo que se llama un long seller, una categoría inferior a la del clásico. Si debo proponer un motivo, y es así porque de otro modo ni habría comenzado, es que Joan Lindsay fue autora de una única obra relevante. En la cubierta, su nombre está impreso en una tipografía mucho menor que la de el título. Y, a la hora de convertirse en clásico, es tan importante o más el autor que la obra. La historia de la literatura no es justa, pero nadie va a escuchar nuestras quejas.

Su condición de long seller, justamente lograda, descansa sobre un sustrato erróneo. Se alude (correctamente) a la ambigüedad del relato, a su relativa oscuridad, al misterio de la trama desarrollada realistamente pero en medio de una atmósfera fantasmagórica, heredera de la novela gótica. Generaciones de lectores han fantaseado con la idea de que ha de estar basada, necesariamente, en hechos reales. Eso es gran mérito de la autora, sin duda alguna, y un demérito enorme por parte de esas generaciones de lectores inmaduros incapaces de separar realidad de ficción. Toda la investigación en torno a la desaparición de las niñas, y de la profesora (esa iluminación fabulosa, genial), en la novela es registrada por periodistas y autoridades, por lo que no sería difícil encontrar los recortes e informes correspondientes. No es así, así que no cabe la menor duda de que todo es inventado, pero muchos lectores siguen albergando dudas. ¡Qué grande Joan Lindsay! ¿Cómo es que fue autora de una única novela reseñable, más que eso, espléndida? Ese es el gran misterio, y no el destino de las muchachas del Appleyard.

Palabra de María José Sánchez Mayo (La hija del acomodador)

“Joan Lindsay es la mejor guía posible para un relato de misterio propio de oscuras mansiones y bosques ingleses, de una historia de un autor decimonónico, y, sin embargo, llevado a la luz cegadora de las antípodas y concebido en 1967.”

Palabra de Javier BR (Libros y Literaturas)

“¿Dónde reside la fascinación que produce esta historia? Está en lo que no se cuenta, en lo que Joan Lindsay sugiere y el lector imagina. Gracias a un magistral dominio del ritmo de la narración, el lector cae atrapado desde la primera página y ya no puede zafarse hasta el final. Lo más sorprendente es que la autora no recurre a ninguno de los recursos habituales para crear suspense; a ella le basta con salpicar una narración perfecta con unos pocos detalles aparentemente intrascendentes, apenas perceptibles, que siembran la inquietud en el lector y abren las puertas de su imaginación.”

¡Misterio, misterio!

“Se ha sugerido que las chicas fueron misteriosamente atrapadas por un vehículo espacial. Ciertamente, la roca es lo suficientemente peculiar como para servir de faro intergaláctico, como la Torre del Diablo que aparece en la película Encuentros en la tercera fase (1977). La presencia de un OVNI podría explicar el hecho de que los relojes se parasen. Cuando Edith contaba que había visto a miss McCraw, dijo que había percibido una misteriosa nube rosa hacia aquella hora; ¿es esto una prueba de que pudiese haber extraños objetos volantes en el espacio?”

Ficha en la editorial Impedimenta

“Lo que empieza siendo una inocente comida campestre se torna en tragedia cuando tres niñas y una profesora desaparecen misteriosamente entre los recovecos de Hanging Rock, un imponente conjunto de rocas rodeado de la salvaje y asfixiante vegetación australiana. La única chica que logra regresar, presa de la histeria, no recuerda nada de lo sucedido. Considerada una de las más desazonantes novelas de culto de la literatura anglosajona, Picnic en Hanging Rock dio lugar a una aclamadísima película de Peter Weir, que contribuyó a incrementar el éxito de una obra ya mítica. Jamás se reveló si los hechos narrados fueron reales o no, y ese ambiguo e intrigante juego alentó la aparición de una legión de seguidores que afirmaban conocer lo ocurrido aquel aciago día de San Valentín en el sobrecogedor paisaje de Hanging Rock.”

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Dic 15

Némesis, de Philip Roth

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , 15/12/2011

Parece que me ha mirado un tuerto, nada me sale bien. Siempre estoy cansado. He recuperado unas grasas que sólo debí perder. Mi ordenador, después de un rato de uso, huele a chamusquina. Tampoco ganamos al Barça. Ana Botella será mi alcaldesa. No entiendo la poesía latina, ni qué tiene de bueno (excepto Las metamorfosis, Catulo y poco más). He olvidado aquello.  Sigo sin controlar eso.  No llamo a mis amigos. La mente está embotada, ella sabrá. Por favor, que me mire un águila, un lince me vale también.

La impresión general ante la obra reciente de Philip Roth es la de un autor en decadencia. Un autor en sus años provectos que, aun con mucho que decir todavía (la experiencia del envejecimiento, de la disolución, de la proximidad de la muerte) ve agotada su capacidad creativa y no alcanza a plasmar ese material reflexivo y emocional de manera literariamente imponente, como antaño. Un autor que, a pesar de ello y puesto en la balanza junto con sus contemporáneos suele salir airoso, tan corto se escribe ahora o tan bien lo hace, a pesar de todo, el anciano, o ambas; mas, si debe pesarse con su yo pasado, sale indefectiblemente derrotado, ampliamente derrotado. La contravida, La mancha humana, Pastoral americana, El animal moribundo, El mal de Portnoy, Operación Shylock o El teatro de Sabbath no han tenido competencia desde que en 2004 publicara La conjura contra América (que tampoco es su mejor obra, aunque es bien sólida). Hasta Némesis (que, debe decirse, tampoco es su obra maestra).

En Némesis volvemos a “su” Newark natal (pero es una Newark literaria, recuérdese, y es bien triste tener que recordarlo) durante un caluroso verano de los años cuarenta, cerca del final de la II Guerra Mundial, en el que se declara una epidemia sin precedentes de poliomielitis. La polio, como la tos ferina, fueron enfermedades terribles, como puede constatar cualquiera preguntando a sus abuelos. A la mía le causaban verdadero pavor, pese a estar ya erradicadas en el primer mundo. Y a los habitantes de Newark les provocaba semejante reacción. Conforme los niños van enfermando y van siendo conectados a “pulmones de acero” y finalmente muriendo, la población entera va sumiéndose en la desesperación y la locura. Pues, por añadidura, la ignorancia respecto de este mal era casi absoluta: no sabían curarla, pero tampoco cómo se transmitía y por tanto cómo podían evitar el contagio. Se culpaba al aire maloliente que el viento traía de las granjas de cerdos de una población cercana, o a los gargajos de los enfermos (la atmósfera antisemita de la época se plasma en la visita de una pandilla de italianos al barrio judío, con la ingenua intención de transmitirles la polio, que entonces en el barrio italiano, más pobre, causaba estragos, y entre los judíos todavía no), o se culpaba a los perritos calientes del bar, o al exceso de ejercicio físico, o al apretón de manos que exigía quien en España habría sido “el tonto del pueblo”.

Roth, como es habitual en su mejor producción economiza medios, se sirve de los recursos más tradicionales y, aparentemente, escribe una novela sencilla (aunque no deja de atisbarse la tramoya), y lo es en la superficie. Aquí el narrador es uno de esos niños enfermos, que al cabo de los años se encuentra con quien fuera su monitor de verano en la escuela, un héroe para aquellos niños. Éste le narra a él, y él a nosotros, cómo lidió con la enfermedad y finalmente la contrajo. Indudablemente, el narrador ya adulto (no es ninguno de los célebres de Roth) pone bastante material literario, no cabe imaginar que Bucky, como efectivamente apodaban a este héroe atlético pero corto de vista, narrara los hechos de la manera en que los leemos. Aquí la interposición de este narrador aleja el punto de vista y permite un relativo enjuiciamiento de los hechos y de las acciones y decisiones (¡ay, las decisiones!) del protagonista, al precio de restar inmediatez al relato. En la obra reciente de Philip Roth no hemos de esperar una estética de vanguardia, ni un empleo audaz de recursos novedosos (aunque en el pasado sí lo hizo mejora cuanto más sobrio), sino la residencia permanente en un universo propio (con Newark y Nueva York como capitales), la reelaboración, según la experiencia de la edad, de unos temas fijos (la necesidad del sexo, la enfermedad y muerte, los males de una sociedad en exceso vigilante y represiva, la impotencia y exposición del ser humano) y un oficio literario fuera de toda duda (de las veintidós mejores novelas estadounidenses entre 1980 y 2005 nada menos que seis son suyas).

En Elegía escribió que “la vejez no es una batalla, es una masacre”, y en Némesis encontramos una ampliación del aforismo. Aquí son masacrados los niños y los jóvenes como Bucky, que no fue aceptado por el ejército pero es un portento físico y un hombre querido y admirado por la comunidad por su valentía, su nobleza y su determinación. Sin embargo, frente a la enfermedad todo se desmorona, también el héroe, que huye de la ciudad a un campamento en el que trabaja su novia, un edén de paz, salud y vida natural, tan lejos de los pulmones de acero que mantienen vivos a los niños de Newark. Acostumbrado a sobreponerse a cualquier revés, Bucky sucumbe ante la imparable potencia de la enfermedad, y lo hace, a partir de ese momento, ante la culpa tanto como ante la polio. He aquí la raíz más profunda de la literatura de Roth, la indefensión del ser humano frente a los hechos, ya sea una enfermedad sin cura o la vejez o una sociedad que decide arrinconar a uno de sus miembros. El individuo puede indignarse, sentirse humillado, enloquecer; puede luchar, enfrentarse, combatir; pero, finalmente, será destruido. También puede rendirse, recluírse, arrinconarse por propia decisión. El optimismo de La conjura contra América ha desaparecido.

Aun con una dosis tal de pesimismo, Némesis supone la recuperación de Philip Roth, que vuelve a dar con un relato capaz de sostener su reflexión y un personaje capaz de fijarla, encarnarla, vivirla y sufrirla de modo memorable. Bucky no es Kepesh ni Zuckerman ni Portnoy, pero casi los alcanza en su condición de héroe trágico, abatido y aniquilado por un rival al que no podía vencer.

Palabra de Javier Avilés (El lamento de Portnoy)

“No sé si he sacado alguna experiencia positiva de la lectura de Némesis. Pero sigo a Zenón y contemplo la gran obra de Roth.”

(Es claro que disentimos en cuanto a la valoración de esta novela, pero el experto en Roth es él, no yo: háganle más caso, siempre.)

Palabra de Rafael Narbona (El Cultural)

“Nos encontramos con el mejor Philip Roth, narrador ágil e intuitivo, capaz de crear personajes y ensartarlos en una trama donde no hay elementos innecesarios ni digresiones que afecten a la unidad del relato.”

Palabra de José María Guelbenzu (Babelia)

“El narrador se descubre a media novela y será decisivo -muestra de la gran sabiduría narrativa de Roth a estas alturas de su vida de escritor- para poder elevar el relato a su mayor altura y poder exponerlo en toda su dimensión trágica.”

Palabra de Silvia Bardelás (El lector perdido)

“Se ve al autor construyendo, manejando el suspense, buscando soluciones, colocando una imagen que arregla un exceso de discurso, utilizando el diálogo para informar. Es difícil entender que Roth haya sido encumbrado como autor universal.”

(Sin desperdicio. Hay que enviársela al Roth, contiene valiosos consejos que le permitirán adecentar su obra y acercarse, al fin, al Nobel.)

Palabra de Juan Marqués (La tormenta en un vaso)

“Su grandeza está en el modo en el que aborda un tema que a otro novelista aparentemente más ambicioso le habría llevado a una novela mucho más gruesa, poliédrica y generalista.”

(El subrayado es mío.)

Palabra de José Lasaga (El imparcial)

“Me atrevería a sugerir que hay un hilo conductor que unifica sus cuatro últimas novelas. Es como si después de haber examinado el valor y sentido de las vidas humanas en su existencia histórica, por ejemplo, en la Trilogía americana, hubiera dado un paso más para adentrarse hacia la desnudez de esas mismas vidas haciendo que sus personajes se enfrenten con las fuerzas últimas que las gobiernan desde su nacimiento: por supuesto, el envejecimiento y la muerte en Elegía (2006) (…); el azar que golpea a ciegas y destruye una vida, no importa lo inmerecido que resulte (Indignación, 2008); la vejez como causa de disolución de la confianza en sí [en uno] mismo (…) (La humillación, 2009) y finalmente esta Némesis (2010), crónica de una “venganza” (…).”

Palabra de Eduardo Lago (El País)

“Llegó octubre de 2010, volvió a sonar su nombre, como cada otoño, entre los candidatos al Nobel. Una vez más, no se le concedió. Lo que sí llegó con la puntualidad de siempre fue una nueva novela, Nemesis, y con ella la sorpresa. A Roth le queda mucho por decir.”

Ficha de la novela en la editorial Mondadori

Entrevista con Philip Roth (El País)

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Dic 02

Escritores, ¿curritos o vividores?

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , , , , 2/12/2011

Una vez al año, hago cola. Y no sé muy bien por qué. Dos horas en pie, en el frío de la mañana, por algo en lo que no creo obtener beneficio. El año próximo, otra vez.

No me ha gustado nada. El libro de Daria Galateria, Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores, no me ha gustado nada (exagero y miento: sí me ha gustado, pero me ha dado rabia). No le falta interés, ciertamente, pero hay en él reproches velados que están fuera de lugar. Como lector, me importa poco si el escritor sufrió o gozó mientras escribía, si su infancia estuvo salpicada de violencia o de cariño, si tuvo que quemarse las pestañas estudiando o los éxitos académicos le llovieron suavemente, si los premios se los conceden o se los gana, si fue afortunado en el amor o en el juego, o desgraciado en ambos, y, en fin, si concentró sus esfuerzos en la escritura o bien precisó de un sostén económico ajeno al literario. Nada de eso me importa ni afecta a la valoración que he de hacer de una obra literaria. Sólo me importa la obra en sí y en absoluto una existencia áspera la hace mejor o más meritoria.

La posición de Galateria es la opuesta. El trabajo dignifica, el trabajo manual dignifica más y el escritor merece más respeto si pasó sus días en la oficina o las noches en la fábrica. Por supuesto, las obras de Gorki, de London o de Marsé (por citar a alguien que Galateria olvidó) no serían lo que son sin su experiencia laboral. Tanto influyó, creo, la opresión paterna en el joven Franz Kafka como sus lecturas de Von Kleist o las jornadas interminables en Assicurazioni Generali, en la conformación de su particular universo narrativo. Pero ya me dirán de qué le serviría a Vila-Matas su alistamiento en la industria química o a Álvaro Pombo su fichaje por la panadería de la esquina.

Indudablemente, se escribe desde la experiencia y diferentes experiencias conducen a diferentes estilos, intenciones y universos. Pero el oficio del escritor es valioso y meritorio en sí mismo. Que el autor, para sostenerse, sableara a sus conocidos, vampirizase a su pareja o dignamente fichara cada mañana en un taller de reparación de automóviles, o que por el contrario pasara hambre canina, son circunstancias que sirven al lector crítico para desentrañar el sentido último de su lectura, pero que por sí mismas no dicen nada del valor del escrito. Es el trabajo con las diferentes herramientas del escritor, las palabras, la sintaxis, las ideas, etc., lo que hemos de valorar y lo que otorgará méritos al esforzado escritor, porque escribir es un duro empeño, una pirueta sin red, una inversión a fondo perdido. Casi se puede decir, contra las tesis de Galateria, que quien busca un empleo al margen de la creación literaria opta por el camino fácil, pues sin reducir el empeño engancha una malla de seguridad bajo el cable tenso de la escritura. Pero también sabemos que no es así. Que son cosas que nada tienen que ver.

Así, negándole a Daria Galateria la mayor, concedámosle la menor: que ha escrito un libro ameno, repleto de curiosidades y anécdotas que no pueden dejar de interesar al lector curioso. Que los autores representados, algunos poco conocidos, se convierten en personajes en estas páginas, personajes carismáticos que estimulan la empatía del lector como ocurre con las reseñas biográficas de Maximo Gorki o Franz Kafka. Y que, si bien la escritura es algo deslavazada y el lector español echará en falta eso, españoles, no dejará de disfrutar esta lectura en la que los célebres, reverenciados, mitificados autores, aparecen con sus monos de trabajo manchados de grasa, el cabello desordenado, bolsas de cansancio bajo los ojos y las uñas llenas de mierda.

Escribir es un tic. Los métodos y las manías de los escritores. Francesco Piccolo, Ariel (2008) / Círculo de lectores (2009).

La escritura es una combinación original de devoción sagrada y mentalidad de empleado”. El librito de Piccolo es lo contrario que el anterior, y permítanme recomendárselo, encarecidamente. Frente a los “trabajos forzados” de Galateria, la cotidianidad del autor, sus rutinas de escritura, su método y sus manías. Aquí los escritores trabajan, con denuedo, en la escritura de libros. Creo que, si el libro de Galateria puede satisfacer algunos egos, éste puede acercar al escritor a sus lectores, lo humaniza y lo dignifica. Sí, el escritor se esfuerza día tras día. No, el escritor no se sienta en su escritorio cuando le apetece (cuando “está inspirado”) y escribe algunas páginas sin esfuerzo antes de regresar a su vida ociosa e, incluso, divina. Todo ello al margen de que pueda gozar con su oficio, claro. Eso sí ocurre, afortunadamente.

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Nov 28

Paprika, de Tsutsui Yasutaka

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , , , 28/11/2011

El otoño vivifica. Será el frío, el aroma de leña en los Austrias, o la luz madura y melancólica, calmada su agresividad estival. También se ha de condensar el ansia en días más cortos, más intensos. Enseguida vendrán las prisas, los agobios, la desesperación; por suerte, eso encoge. Ojos de niño se abren despacio.

Junto con Miyazaki Hayao, fue Kon Satoshi el director de animación más célebre que ha dado Japón al mundo (con permiso de otros grandes como Otomo Katsuhiro o Anno Hideaki o Takahata Isao); el mundo ficcional de Kon es mucho más amargo y duro que el de Miyazaki y su público más adulto. A Kon le interesaba ese fondo oscuro de la mente humana, ignoto y muchas veces tenebroso, y si en Perfect Blue abordaba el asunto de la personalidad doble, en Paranoia Agent el sentimiento de culpa reprimido. Así pues, no es raro que fijara su atención en Paprika, la esperadísima (al menos por mí) novela de Tsutsui Yasutaka sensei. La adaptación de Kon ha tenido una aceptable difusión en Occidente, la mejor del malogrado director nipón, mas quienes se conformen con visionar la (por otra parte excelente) versión animada, se van a perder una experiencia fantástica, en todos los sentidos del término.

Sin embargo, Paprika, la novela, ha de enfrentarse a varios obstáculos para ser reconocida en su justa medida por el público español. Uno de ellos, arriba mencionado, es la existencia de una versión animada (para 2013 se espera otra adaptación cinematográfica, a cargo del desacreditado Wolfgang Petersen). Ello implica una sospecha de infantilismo, totalmente infundada, que acompaña habitualmente a la ficción popular japonesa: en occidente, y en España con mayor intensidad, los dibujos animados y los tebeos (y más si son nipones) son cosa de niños, adolescentes y peterpanes y frikis. Sin contar con que potenciales lectores, perezosos, renuncien a la lectura de la obra madre y se conformen con la adaptación. Pero Paprika no tiene nada de superficial. Maneja temas profundos y complejos, tanto como la dimensión psicológica humana, y la escritura de Tsutsui-sensei tampoco es precisamente infantil. Por otro lado, Kon realizó una adaptación libre, y de la novela apenas conserva el título, una síntesis general y la abrumadora belleza de la protagonista. Todo lo demás pertenece al mundo ficcional de Kon.

Tampoco la ciencia ficción ha contado, tradicionalmente (aunque eso está cambiando), con un reconocimiento cultural apropiado. Se la tiene por un género menor y juvenil, pues el grueso de su producción lo es sin la menor duda. No se mide por el contrario por el mismo rasero a la novela romántica, que sufre similar engordamiento por obras mediocres, pero cuando una novela romántica “seria” hace su aparición se la mantiene a salvo de sus parientes tontos y recibe un juicio ajustado a sus méritos (hablando en general, claro). A pesar de todo, la ciencia ficción ha demostrado ser capaz de enfrentar algunos de los conflictos contemporáneos más graves, especialmente los relacionados con la sobretecnologización de las sociedades industriales desarrolladas, pero también otros de índole política o psicológica. Es cierto que no suelen ser novelas de personajes (en las que la acción depende de los procesos internos de ellos, y no al revés) pero eso es una característica, no un defecto. Los personajes no son ajenos al entorno, lo afrontan y sufren y resultan afectados por él.

Paprika no es pues una obra sencilla y superficial, sino compleja y profunda, y la índole de esta complejidad será otro de los obstáculos de su camino, pues los temas que trata resultan ajenos al lector profundo convencional: son asuntos científicos y psíquicos, cuando éste se encuentra más habituado a asuntos filosóficos y emocionales, es decir, “de letras”. Pero ya sabemos que la distinción artificial entre “ciencias” y “letras” está muerta. Dejémosla pudrirse. Si bien la raíz de la crítica de Paprika es sociológica, es la complejidad y el (des)conocimiento de la psique humana el motor y principal reclamo de la novela.

No he ofrecido una sinopsis de la obra. Los doctores Chiba Atsuko y Tokita Kosaku del Instituto de Investigación Psiquiátrica de Tokio están a punto de recibir el Premio Nobel por sus investigaciones de los trastornos mentales mediante una nueva tecnología que permite penetrar en los sueños de los pacientes, verlos, grabarlos e, incluso, intervenir en ellos. Sin embargo, el problema científico no es el único al que se enfrentan. Cuando les roban el nuevo y poderosísimo dispositivo conocido como Mini DC salen a la luz los movimientos conspiratorios con los que algunos miembros del Instituto tratan de hacerse con su control, para desde ahí imponer su visión de la ciencia y del mundo. La doble vida de la doctora Chiba, que actúa como detective de los sueños bajo la identidad secreta de Paprika, complica la situación, pues dichas actividades son delictivas y puede ser denunciada en cualquier momento (con lo que debería renunciar tanto al Premio como a sus investigaciones), pero al mismo tiempo su relación con varios personajes poderosos, a los que curó como detective de los sueños, la protegen de cualquier ataque de este tipo y resultarán claves en el enfrentamiento con el villano doctor Inui.

La raíz sociológica a la que me refería es esa confrontación de las dos cosmovisiones opuestas (con sus respectivas concepciones de la ciencia) de Chiba y Inui. Aunque su origen sea filosófico, se manifiesta de varias formas. No sólo las consabidas envidia, codicia, ambición y ansia de poder, que saltan rápidamente del individuo al grupo, primero la pareja (Inui y Osanai), luego el caudillo y sus acólitos, por fin el líder y la masa; también se manifiesta en el duelo sexual entre la doctora Chiba y el doctor Inui, con sus amantes en la trinchera, y no menos claramente en la dimensión onírica, en los sueños. Porque esta es una novela que se desenvuelve a medias en la vigilia, a medias en el sueño y, al fin, en un territorio mixto. He ahí el origen de su encanto, aunque el thriller y el erotismo cumplan su parte admirablemente.

En el mundo de los sueños, que lejos de la realidad compartimentada individualmente que imaginamos resulta ser un cosmos amplio, compartido, Chiba e Inui se comportan de maneras divergentes. Paprika lo recorre con curiosidad y generosidad, y como premio recibe satisfacciones no sólo cognitivas. El doctor Inui, en cambio, persigue en todo momento su satisfacción individual. El sueño, nuestro talón de Aquiles como bien sabía Freddy Krueger (porque ahí aún somos niños de teta), es explotado por Inui y sus seguidores para sus bellaquerías, y a través de él su maldad se desborda revelando la endeblez del mundo de la vigila, meramente subsidiario del onírico.

Y finalmente, el desenlace godzillesco, muy japonés. Ah, y salen sociedades secretas.

Ficha en la editorial Atalanta.

Entrevista con Tsutsui-sensei.

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Nov 21

Juego de tronos, de George R. R. Martin

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , 21/11/2011

Las horas nocturnas son breves, oscuras y espesas, pero si todo lo que hay es noche, sólo queda apretar los dientes.

Hace unos días asistí a una curiosa conversación entre no demasiado jóvenes. Versaba sobre Canción de hielo y fuego, la saga de fantasy de moda, y en ella cada participante se posicionaba a favor de un clan, los Lannister, los Baratheon e, incluso, por los Hijos el Hierro (sorprendentemente, ninguno de ellos optó por los Stark de Invernalia). He leído su primer volumen, Juego de tronos, pero en momento alguno se me ha ocurrido identificarme con ninguno de los clanes. Me resulta más que sorprendente tal proceso emocional, al menos en este caso, y de ahí que la conversación me llamara la atención. Y supongo que no será un coloquio inhabitual.

Concibo, sí, la simpatía hacia un personaje determinado, incluso la identificación del lector con él; es uno de los procesos emocionales básicos de la experiencia lectora. Lo que no me extraña tanto es que aquel grupo se sintiera subyugado por el relato de Martin, pues pese a la mala fama crítica que sufre el género (las más de las veces, justificada), se trata de una gran novela de entretenimiento.

No, no es literatura, pero eso no es malo.

Una novela de entretenimiento tiene como único objetivo la satisfacción inmediata del lector. Éste suele aludir a ello diciendo que le ha “enganchado”. Pero, ese lector no se verá afectado profundamente por esa lectura, no será para él un hacha que rompa el mar de hielo que lleva dentro (Franz Kafka). Pasará el rato con ella, olvidará sus problemas o su tedio haciendo suyos los conflictos y emociones de los personajes y luego seguirá adelante con su vida, indemne. Hay quien no necesita hachas literarias, porque gasta de otro tipo, y hay quien alterna lecturas sesudas y profundas con otras sencillas o superficiales. También hay, y son muchos, quienes temen las esquirlas heladas y solamente dejan estar su glaciar, procurando mirarlo poco; en éstos no gastamos un latido neuronal.

Volvamos a Juego de tronos. Al no ser literatura auténtica, resultan absurdas las comparaciones que se hacen con la obra mayor de J. R. R. Tolkien, El señor de los anillos. Ésta sí lo es, y competente, por su ambición literaria. Quienes piensen que es una novela de aventuras, de acción o de fantasy, se equivocan. Es un poema épico en prosa inspirado en literatura muy antigua, y la prueba la lleva Aragorn en su vaina: recorre la peligrosa Tierra Media desarmado, con sólo los restos de una espada quebrada al cinto. Ésto no es propio de un héroe de acción pero sí de uno épico (Sigfrido). Además, a Martin le falta la riqueza poética y simbólica del surafricano (aunque le añade, por contra, violencia y sexo, es decir, contándose lo que se cuenta, realismo). El señor de los anillos tiene más que ver con las grandes epopeyas y poemas épicos del pasado y Canción de hielo y fuego con Los pilares de la Tierra o la saga de Harry Potter.

Juego de tronos, entonces. Una obra de entretenimiento, exigente y de calidad, que destaca por la complejidad de su trama y la abundancia de personajes (aunque sólo he leído, por ahora, el primer libro, sé que más adelante su número crecerá todavía). Es una gran historia, con una construcción ambiciosa, que si peca de escasa raíz, al menos tiene una copa ancha y muy ramificada, de denso follaje (lo que también puede desestabilizar al árbol). El componente mágico de este primer libro es escaso y remoto; aparecen, sí, esas extrañas criaturas irisadas que llaman sencillamente “los Otros” y que por solapamiento con la decepcionante Lost en la adaptación televisiva de Juego de tronos denominan “Caminantes Blancos”. Aunque se sugiere su capital importancia para el devenir de la saga, aparecen poco, y los retales de ambiente mágico son alusiones a un pasado remoto: los dragones se han extinguido, los “Niños del Bosque” han desaparecido y apenas aparecen nigromantes (sólo una mujer-oveja vengativa). El peso de la narración, pues, no recae sobre lo fantástico, sino sobre lo político.

Así es, Juego de tronos versa, como reza su título, sobre las ambiciones y mezquindades que rodean al Trono de Hierro de los Siete Reinos, y las diferentes tretas con las que los clanes de Poniente tratan de hacerse con el poder. Como ha reconocido el autor, esta parte del relato se inspira en la Guerra de las Dos Rosas, conflicto nobiliar inglés del siglo XV. Y es evidente, pues en dicho episodio se enfrentaron, por la corona de Inglaterra, los Lancaster (Lannister) con los York (Stark). La intriga política está manejada con destreza, si bien Martin no abandona los códigos del género y deja bien claro cuáles son “los buenos” (aunque habrá que ver el desarrollo posterior de la saga). Lord Eddard Stark es un modelo de héroe moral irreprochable, de no ser por esa mácula que supone su hijo bastardo Jon Nieve, aunque no se dejan de sugerir posibilidades que dejarían inmaculado el honor del Señor del Norte.

Aunque en general los personajes de esta historia son (o parecen) planos como Lord Stark (es casi inevitable que, en un catálogo tan amplio, abunden éstos), los hay más esponjosos. Martin se ha ocupado de insuflarles vida, lo que tampoco es normal en el género de fantasy ni en el más amplio del bestseller y la ficción de esparcimiento. Así tenemos personajes controvertidos como Catelyn Tully Stark o su oponente la reina Cersei, y otros que se caracterizan por estar “rotos” o “defectuosos”, como Tyrion (enano), Jon (bastardo) y Arya (mujer), que son los más carismáticos y atractivos y, presumiblemente, los que van a tener mayor peso en el relato. Sin olvidar a Daenerys Targaryen, cuya odisea rothraki me parece lo más frágil de la novela (así como la invención de este pueblo nómada guerrero, asimilable a los escitas o a los mongoles, aunque su divinidad mayor resulta ser femenina, estática y agraria, lo que creo un grave error antropológico) pero que apunta a clave de la saga.

En definitiva, no descubriré nada, pero Juego de tronos es una opción a valorar si lo que buscamos es un libro superficial pero exigente con el lector, que permita consumir horas sin dejar la sensación de tiempo perdido o burlado.

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Nov 07

Los enamoramientos, de Javier Marías

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , 7/11/2011

Fiesta de reencuentros. Sonrisas amigas, muchas; alguna enemiga. Abundantes abrazos, sentidos (los hay inauténticos, pero es de gran ruindad); escasas palabras, en general (y repetidas). Confesiones: histórico-fantástica (¡son muy insistentes!). Despedida de oprobio e insatisfacción. Cultivas una pequeña flor que, de tan endeble, no aguanta hasta la siguiente primavera. (A veces, la primavera no llega nunca.) Si no eres buen jardinero, ¿para qué plantar una semilla que has de ver morir? Antes de sucumbir floreció bellamente: ese recuerdo es un tesoro.

Escribo ahora estas líneas, pero acudí ovinamente a la librería el mismo día en que esta novela se ponía a la venta. Cinco minutos después de abiertas sus puertas, ya tenía mi ejemplar en la mano. Dos días después (quizá alguno más) ya la había leído. No me senté a escribir sin más. Pasé notas, elaboré un dossier, aguardé las primeras críticas y valoraciones. Tampoco entonces me puse a escribir. Los enamoramientos me ha dejado una sensación contradictoria, pese al aplauso general (con algunos gruñidos discordantes).

Escribí: “Alcanza una brillantez absoluta en dos de las mejores novelas del siglo XX -y no sólo en lengua castellana-, Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí” (22 de julio de 2007) y cuatro años más tarde no me retracto. Creo que Javier Marías es uno de los grandes autores de nuestra época, pero no ha entrado bien en el siglo XXI. Tu rostro mañana, a falta de ser revisitada, me decepcionó, y en parte lo mismo me ha ocurrido con Los enamoramientos, aunque por motivos diferentes y de forma menos clara.

Recibí con gran disgusto un comentario suyo realizado, como de pasada, en una entrevista promocional de Tu rostro mañana, en el cual sugería que ya no escribiría más novelas porque ya no le quedaba nada que decir. Su magna novela triple no me gustó, quizá porque comparé la emoción que sentí al leer sus obras previas con el resultado pasivo de ésta. Aún así, confiaba en ver incumplida la amenaza, que achacaba al cansancio de tantos años recreando un universo tan desolador. Al enterarme de la existencia de Los enamoramientos me preparé para recuperar a mi autor. Es por eso que, contra mi costumbre, aguardé ansioso su publicación y quise ser de los primeros en leerla, como ya lo fui de Veneno y sombra y adiós (aunque entonces la editorial me lo envió incluso antes de su comercialización, y si no recuerdo mal publicamos la reseña antes que nadie, el mismo día de su publicación o sólo muy poco más tarde). En cierto modo, no mentía en aquella remota entrevista: su nueva novela no dice nada nuevo, aunque haya encontrado un engranaje que le permite poner en marcha, otra vez, sus viejas obsesiones (filosóficas, estilísticas, estéticas, personales). Y fueron esas obsesiones las que me hicieron rogar a Alfaguara por la premura en el envío allá por 2007, y las que me hicieron correr a la librería (Méndez, por supuesto) el pasado abril. Como lo harán en un futuro cuando se anuncie su siguiente trabajo, pues ahora no ha proferido amenazas.

La recepción crítica de Los enamoramientos ha sido, en general, excelente. Los lectores también han respondido, como suelen. Algún comentario superficial, que pone en evidencia más al lector que al autor (es aburrido, se enrrolla), es todo lo que, por negativo, ha sufrido la novela. A Juan Mal-herido no le ha gustado. Dice: “Un colín con mucha levadura: eso es Los enamoramientos”. Y también que es: “como volver a casas del pasado ahora mal decoradas y con los muebles muy baratos, pero con pilares y paredes que parece que aguantan”. Ya sabemos que Juan es un gruñón, y muchas veces superficial, pero en esto último estoy de acuerdo. Pero también lo estoy con quienes, como Ángel Basanta o Justo Serna o Domingo Ródenas han visto en ella una novela brillante, uno de los mejores exponentes de la narrativa contemporánea, por lo ya sabido: “La prosa demorada, de período amplio y de sintaxis retorcida, con su ritmo envolvente y quebrado, su discurrir parsimonioso, sus divagaciones, sus rodeos, sus amplificaciones” (Serna); y la complejidad temática y reflexiva (“La que parecía una obra sobre el amor, la amistad, las relaciones de pareja, el azar, la muerte, la memoria y la culpa, lo cual ya es mucho, ensancha su sentido hasta convertirse en una novela sobre la radical inaprehensibilidad de la realidad, la impunidad y la extrema dificultad de conocer la verdad”, Basanta).

Ya dije que andaba algo confundido.

Tengo claro que la urdimbre supera al acabado. Un único narrador tiñe con su voz las voces de todos los personajes, haciéndose monótono su narrar. Esta rutina estilística (que no recuerdo haber sentido antes, tampoco en Tu rostro mañana) sólo se quiebra con las apariciones de Francisco Rico y de Ruibérriz de Torres, con su deje canalla. Pero Marías insiste en ponerse canalla cuando no le va nada, sus macarras son puros impostores, graduados en Eton que gustan de soltar un taco para sentir la suciedad de la tierra antes de volver a elevarse (y obligar al servicio a eliminar la mácula de realidad). La trama, aunque mínima y bajo capas y capas de discurso, no está nada mal. Y el discurso, tampoco. La prosa hipnótica de Marías ya no me hipnotiza (ya no puedo reunir las condiciones para caer en el frenesí lector y parece que tal acción desbocada y gozosa perteneciera a un pasado remotísimo y, como tal, inaccesible), pero aún me fascina. En realidad, no puedo aportar casi nada a lo que ya se ha dicho de Los enamoramientos, y más abajo listo una serie de enlaces apropiados.

No sé si les ocurre a todos sus lectores, o a alguno más, pero cuando leo cualquier novela suya, especialmente desde El siglo, acostumbro a ver el rostro de Javier Marías en sus narradores. Es igual que visiten a un viejo profesor oxoniense, que huyan al sentir la piel helada de su amante muerta o que, vistiendo gabardina, compren discos de Henry Mancini para hacer tiempo o para disimular. Siempre es Javier Marías. Ahora ese narrador es una mujer, pero la impresión no cambia. Es su rostro el que vi ayer, cuando leí Los enamoramientos, en el cuerpo de María Dolz. Sobre el debate memo de si la psicología de la narradora es femenina o masculina no diré más. Pero sí diré que también vi el rostro de Marías, en seguida, en otro personaje tocayo suyo de la novela, Javier Díaz-Varela. Cuando lo describe físicamente, evoqué de inmediato otra descripción, muy similar, en otro de sus libros que más disfruto, Miramientos.

Dice de Díaz-Varela: “Era varonil, calmado y bien parecido, aquel Javier Díaz-Varela. Aunque afeitado con esmero, se le adivinaba la barba, una sombra brevemente azulada, sobre todo a la altura del mentón enérgico, como de héroe de tebeo (según el ángulo y como le diera la luz, se le veía o no partido). Tenía pelo en el pecho, le asomaba un poco por la camisa con el botón superior abierto, no llevaba corbata (…). Las facciones eran delicadas, con ojos rasgados de expresión miope o soñadora, pestañas bastante largas y una boca carnosa y firme muy bien dibujada, tanto que sus labios parecían los de una mujer trasplantados a una cara de hombre” (Los enamoramientos, p. 110).

Autorretrato farsante” en Miramientos: “Con la mirada perdida en el infinito y las pestañas bien visibles y vueltas, la boca de mujer que contrasta con la sombra de cerrada barba (quizá una barba azulada) (…). El mentón más decidido que enérgico y fantasmalmente partido, pero esos labios femeninos siguen restando veracidad a la representación elegida (…). Se adivina mejor la miopía innegable (…). Lo ayuda un poco la cerrada, azulada barba”.

Así, Marías nos ha regalado, mediante la cervantina técnica de la interpolación, un nuevo capítulo de su autorretrato, que entonces detuvo en los cuarenta y cinco años y ahora actualiza con cincuenta y nueve. Es claro que el Marías de papel, unitario por lo común, se ha desdoblado en esta novela, en Javier y en María, y no resulta tan extraño ya que discurseen de forma tan semejante, prolongada y retocida. Sus mundos morales, empero, confrontan y disputan y quizá evoquen las mismas confrontaciones internas del autor, que como todos nosotros las tendrá. Esa confrontación lleva a María a varias reflexiones, pero la central es una vieja conocida en nuestras letras, ya desde el siglo XVII: apariencia y verdad, añadiéndole la cuestión moderna de la imposibilidad del acceso a ésta última. Y no quiero olvidar, que por algo la novela comienza con un finado (como tantas otras de Marías), el contenido reflexivo acerca de la muerte, el más profundo y sentido de los muchos que maneja (como, claro está, el enamoramiento) y que, si bien continúa procesos permanentes en su obra, tengo para mí que el lamentado deceso de su padre impulsó muchos de estos pensamientos. Termino citando un párrafo al respecto, pág. 160:

Nos permitimos añorarlos porque vamos sobre seguro con ellos: perdimos a tal persona, y como sabemos que no va a presentarse ni a reclamar el lugar que dejó vacante y que ha sido rápidamente ocupado, somos libres de anhelar con todas nuestras fuerzas su vuelta. La echamos de menos con la tranquilidad de que jamás van a cumplirse nuestros proclamados deseos y de que no hay posible retorno, de que ya no va a intervenir en nuestra existencia ni en los asuntos del mundo, de que ya no va a intimidarnos ni a cohibirnos ni tan siquiera a hacernos sombra, de que ya nunca más será mejor que nosotros. Lamentamos sinceramente su marcha, y es cierto que cuando se produjo queríamos que hubiera seguido viviendo; que se hizo un hueco espantoso, y aún un abismo por el que nos tentó despeñarnos tras ellos, momentáneamente”.

Ahora mismo siento el impulso irrefrenable, y no lo voy a reprimir, de leer Corazón tan blanco.

Ver, sospechar, callar, por Domingo Ródenas

Blog El mar de letras

Crítica de Ángel Basanta en El Cultural

Crítica de Justo Serna en Ojos de papel

Crítica de Edmundo Paz Soldán en Letras Libres

Andanada en Lector Mal-herido

Hay muchas más aquí

El fútbol ya no está reñido con las artes; el intelectual hará bien en dejarse de bromas superficiales -“¿El fútbol? Unos millonarios en calzoncillos pateando una tripa de cerdo”, o cualquier otro grotesco chascarrillo, como los que gustaban a Borges o a Cabrera Infante- y reconocer, aun mintiendo, su afición y su filiación futbolera. Atrás quedaron los tiempos en los que, como cuenta Javier Marías que recordó García Hortelano (págs. 85 a 87), se encontraron éste, Querejeta, Benet y Javier Pradera en un estadio para presenciar un Real Madrid–Real Sociedad y tuvieron que inventar un sinnúmero de excusas para no reconocer lo que hoy reconocen tantos y tantos escritores. Algo que no suele darse a la inversa: los futbolistas no suelen hacer gala de su afición lectora. Esto lo contaba Marías en un artículo allá por 1995, y poco después aparecía en Alemania Salvajes y sentimentales (Comprar libro; 17, 50 €), una memorable recopilación de los artículos futbolísticos -tanto como El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, reeditado varias veces- que el madridista confeso publicaba irregularmente, a veces picado por el diario El País para contestar, el día del derbi por antonomasia, al culé Vázquez Montalbán. Alfaguara publica ahora una edición revisada y ampliada, gracias a lo cual recoge aquel impagable artículo Un cuento para releer, escrito tras la final de Alemania 2006, cuando el “archiconocido archivillano Materazzi” recibió un merecido e insuficiente cabezazo de Zinedine Zidane.

“Cuanto se recuerda en la vida adquiere con el tiempo, precisamente por ser recordado, un carácter narrativo, y acaba viéndose, según el caso, como una película, una novela o un relato” (p. 277). Este enfoque permitió al autor de Corazón tan blanco interpretar aquella escena de manera muy diferente a la mayoría, indignada por la reacción del rey caído en desgracia. Con el mismo accidente o hazaña culmina Libro del fútbol (Comprar libro; 22,50€), que en 451 edita el argentino Pablo Nacach. La narración corresponde ahora a Santiago Segurola, que sin embargo no sobrevuela la exégesis común del último remate del francoargelino. Y es que, si Segurola ve las cosas como pocos, Marías las ve como nadie, con esa perspicacia que hace de él uno de los grandes novelistas de todos los tiempos -en un artículo balompédico se deben permitir machadas, segunda acepción-.

Si el volumen que cierra el texto del mítico corresponsal se hubiera limitado a una antología de cuentos futbolísticos la comparación con la antología de Jorge Valdano habría sido inevitable; pero Nacach, de quien ya reseñamos aquí La vida en domingo, se ha propuesto otra cosa. Es una demostración de que el divorcio entre arte y fútbol nunca ha sido tal; que ni siquiera duermen en camas separadas, sino que mantienen una vida íntima atlética y creativa, como recomiendan las revistas femeninas. El libro reúne textos -aunque hace una pequeña trampa: bajo el título de Libro de fútbol se esconde, en pequeñito, y otros juegos de pelota- desde Homero a Vázquez Montalbán, pasando por Nabokov -que fue portero, como Chillida y Albert Camus- pasando por Calderón y Shakespeare. A tan egregios autores les acompañan estampas de arte mueble de diverso origen y material, fotografías, óleos, grabados, bajorrelieves. Sólo faltaría un CD con música -quizá Los Sencillos, quizá Gerry and The Peacemakers- y alguna película -desde Evasión o victoria a Buscando a Eric- para refrendar la pasión artística por el deporte rey.

No sólo el arte, también la Historia está del lado del balompié, aunque es triste escuchar a muchos profesionales una absoluta ignorancia respecto del pasado de su oficio y pasión. J.A. Bueno Álvarez y Miguel Ángel Mateo han escrito una voluminosa Historia del fútbol, (Comprar libro; 33 €) publicada por Edaf. El tomazo recoge toda la historia, incluyendo biografías y fichas de partidos, del noble deporte que naciera el 26 de octubre de 1863 en la Freemason’s Tavern de Londes (p. 9). No descuida aquellos orígenes remotos, en los que no se distinguía apenas del rugby, hasta que se introdujo la regla del fuera de juego, verdadero nervio de este deporte y muestra de su carácter ético original: se apuntó porque un gentleman no se aprovecha del esfuerzo de sus compañeros -el “palomero” no es un caballero, recuérdelo para las pachangas-. Y es que, en sus orígenes, el fútbol era un juego elitista, como indica el nombre de uno de los primeros grandes, el Old Etonians. La narración avanza, el fútbol sale de las Islas y se hace universal; llegan Sindelar, Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona. El Real Madrid gana cinco Copas de Europa. Brasil, cinco mundiales. Desde aquel remoto 1863 hasta hoy la historia del fútbol, al menor detalle, junto con anécdotas intrascendentes y jugosas, se recoge en las 800 páginas -engañosas, las dos columnas y el tamaño de la letra sugieren un equivalente de 1500- de este libro que ningún aficionado se debe perder. Y no se olviden navegar por Youtube, donde hasta se pueden ver goles que nunca se filmaron. Es el complemento perfecto.

Con más sencillez y la apariencia de un almanaque, Alfredo Relaño, director del diario deportivo As, firma 366 historias del fútbol mundial (Comprar libro; 22,50 €). Una anécdota para cada día del año, incluyendo Navidad, fecha en la que se han jugado algunos partidos, como aquel que enfrentó a alemanes e ingleses en 1914 ante sus respectivas trincheras -demostrando que aquella guerra nada tenía que ver con los que sin embargo morían, sino con quienes estaban bien lejos-. El 15 de octubre de 1967, la estrella del Torino -un club maldito-, Gigi Meroni, moría atropellado. El involuntario homicida, como luego confirmaría el juicio, fue, paradójicamente, un gran fan de Meroni, cuya estética imitaba. Hasta llevaba una foto de su ídolo en el manillar de la moto que acabó con su vida. Los hechos cayeron en el olvido, pero hace diez años, tal día como hoy, aquel joven mismo, ya talludito, accedía a la presidencia del Torino. Es entonces cuando revive el fantasma de Meroni, la que fuera novia de éste acusa al club de haber olvidado a su figura y la hinchada no deja de recordarle aquel infausto día cada vez que el Toro no hace las cosas como debe. Así son las historias que Relaño recoge en un libro que, lamentablemente, tendrán que modificar pronto: en el capítulo correspondiente al 11 de julio tendrán que incluir la victoria, al fin, de España en un Mundial. ¡Qué falta de previsión!

Pero no todo es fiesta en el fútbol; más allá de los hechos extrafutbolísticos -como los hooligans y otras violencias que sólo tienen en los estadios un escenario-, la propia estructura del fútbol profesional arroja sombras, como se ha encargado de descubrir Declan Hill en un ensayo que ha dado mucho que hablar ya antes de ser publicado, Juego sucio (Comprar libro; 22 €). Y no sólo ha dado palabras. Investigaciones, sanciones y escándalos, de esos que salpican eventualmente el mundo futbolístico; tradicionalmente en Italia, pero ésta vez todo empezó en Alemania y sus ramas y raíces llegan incluso a tapar el sol que más brilla: el de los mundiales, citando explícitamente el Ghana-Brasil de la Copa del Mundo 2006. De España se ocupa poco, mas como advierte que todas las competiciones internacionales cuentan con partidos amañados y árbitros sobornados -suelen animarles con prostitutas-, aunque sea indirectamente cae un velo de sospecha. La UEFA se ha apresurado a organizar un departamento anticorrupción, pero la FIFA ha ignorado complacientemente las advertencias. Ojalá en este Mundial sólo haya deporte y Hill tenga que pasar a ocuparse de otros asuntos, derrotado éste por incomparecencia.

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Nov 02

I Want to be British: Solar, de Ian McEwan

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, K-Saurus.
Etiquetas: , , , 2/11/2011

Ahora lo sé. El infierno, ese no-lugar que tanto ha inquietado a la humanidad desde que la Iglesia católica diera con la tecla que garantizaba su futuro; ya sé lo que es. Consiste en llevar un automóvil, buscando un hueco en el que aparcar, esto es, descansar. No hay prisión mayor. No puedes dejarlo en cualquier parte, porque una policía verdaderamente atenta te obligará a retirarte, aunque te hayas escondido, siendo especialmente brusca si lo has hecho. Con cada vuelta que das a la llameante manzana, sabes que decrecen tus oportunidades, porque es menos probable que alguien se marche y deje su plaza al vehículo que, entre impaciente, atemorizado e iracundo, conduces. No hay escape, no hay perspectiva de salvación. Un tormento eterno. Y, entonces, un destello intermitente, unas ruedas que rompen a rodar justo delante tuyo. Sólo era, esta vez, el purgatorio.

Qué rabia, rabia, dan los narradores británicos. Qué bien lo hacen, los cabrones. Los demás sólo pueden envidiarles, porque ellos están en el secreto y la suya es una organización que no admite iniciados. Sencillamente se es uno de ellos. Nadie puede hacerse narrador británico.

Pensaba en esto mientras leía otro de mis muchos libros postergados, Solar, de Ian McEwan. Su apellido es de origen escocés, pero él no lo es. Es inglés, la raza aria de los narradores británicos. Y sí, la forma de narrar de un narrador británico es una forma de totalitarismo, porque (valga la redunciancia) totalizan las virtudes narrativas y las acaparan y privan de ellas a quienes, por lo que fuere, sufren la desgracia de no ser británicos. Joder. Coño.

Es verdad, no hay que nacer inglés, basta con criarse en la isla del té de las cinco. Los hay que nacen en la India y son narradores británicos. Algunos hasta tienen la ocurrencia de nacer en Nagasaki, y a pesar de ello, también pertenecen a la cofradía. Perdón: son de la cofradía. Ello nos lleva a sospechar que el veneno, o virus, capaz de alterar su ADN, se contagia durante los años de formación, que es una cuestión educativa. Puede ser. Pienso en la educación que he recibido o padecido. Claro, siendo español es muy difícil ser narrador británico. Ni siquiera los angloaburridos lo consiguieron, porque se dejaban influenciar y estaban muy satisfechos de confesarse influídos, pero cada uno resultó ser un poco de su casa y otro poco de sí mismo. Ya sabemos algo: ser español te impide ser un narrador británico. Pero esta hipótesis no informa acerca del tema que nos preocupa: cómo lo hacen para narrar como lo hacen.

A ver, ellos como yo nos hemos criado leyendo a Enid Blyton, y a Dickens de mayores. Seguramente, ellos también se han contaminado leyendo a franceses y a norteamericanos. ¿Entonces? Como español, es difícil no sentir la tentación de achacar la lectura de españoles e hispanoamericanos como causa de nuestra incapacidad para ser narradores británicos. Pero a los franceses, que sólo se leen entre ellos y a los británicos en secreto, les ocurre lo mismo. Los pobres sólo pueden ser narradores franceses. Eso les vale, como a nosotros, para escribir bien, cuando lo hacen, pero nada más. Y los ingleses leen el Quijote, bien directamente, bien a través de otros, pero ello no les perturba en lo absoluto. De hecho, probablemente los narradores británicos brotan de Cervantes, antes que de Shakespeare.

Volvemos a Solar, para encontrarnos esa novela total, fabulosa, que sólo desde una perspectiva estética cerrada puede ser juzgada como anticuada. Narrada en tercera persona, según un esquema estructural y cronológico tradicionales, con algunas alteraciones ocasionales poco llamativas y una concesión en el punto de vista, al hacer equisciente a ese narrador. Maneja temas actuales, como el cambio climático o el envejecimiento (literariamente, es lo que se puede decir un tema de moda), y en un nivel inferior el poder de los medios y la frialdad de la ciencia, mientras que en capas profundas nos encontramos con una acendrada crítica social y una valoración de la existencia humana, lo que vienen siendo los temas capitales de la literatura, junto con el amor, también presente. En fin, lo normal. Se ha dicho que es una novela humorística, pero maldita la gracia. Hay algún sketch macabro, muy propio del autor, pero eso es todo lo que encontramos próximo a la comicidad.

En cuanto que narrador británico, y además inglés, McEwan es capaz de plasmar narrativamente una visión del mundo en la que todo tiene profundidad, relieve, textura. Hasta los personajes más nimios, aquellos que aparecen un instante antes de desaparecer entre bastidores, parecen tener un rico pasado y una personalidad definida. Es decir, no nos dicen nada de ellos, pero como con las personas con las que nos topamos en situaciones semejantes, en la vida real, sabemos, estamos seguros, de que ellos también son individuos plenos, personas o seres humanos de pleno derecho.

En Solar, seguimos al doctor Beard, eminente físico, premio Nobel, burócrata aburrido y mujeriego impenitente. No es un antihéroe, es un villano siempre a punto de recibir su merecido, aunque no le faltan desgracias. Así, uno de los personajes le suelta: “Te mereces casi todo lo que te ha sucedido. Así que jódete”. La construcción de este fascinante villano, por encima de la flemática ironía marca de la casa, o del ritmo vivo, o de la reflexión a contracorriente, es lo que hace de esta novela tan sabrosa, tan interesante y tan sugestiva. Sin Michael Beard y sus lorzas, su inmoralidad, su torpeza y su mala suerte, Solar sería una obra errática, con episodios excéntricos y fatuos y hasta resabida. Pero con él es un novelón. Todo cobra sentido, viveza e interés, y hasta nos creemos que sedujera a una mujer con poesía y con el viejo truco de averiguar sus aficiones y afecciones. Hasta aceptamos el cierre rocambolesco y forzado. Porque todo eso le ocurre a Beard.

Es un truco de magia miserable, y maravilloso. Propio de un narrador británico. Qué bien lo hacen. Cómo lo hacen. Cabrones.

Ficha del libro en Anagrama.

Entrevista con el autor.

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Oct 27

Ejército enemigo, de Alberto Olmos

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , 27/10/2011

Ordenando notas hasta las tantas, escribiendo aún más tarde. Mi cerebro ya no está para estos trotes, por eso escribí tanto. Es imposible resumir a las tres de la madrugada: ¿cómo lo hacía en la universidad? ¡Ay juventud, brevísimo defecto!

Ayer terminé de releer Trenes hacia Tokio. Puede que no sea la mejor novela de Alberto Olmos (signifique eso lo que signifique), pero sigue siendo mi preferida. Hay novelas que me gustan y olvido y novelas que me disgustan y olvido y novelas que me dejan indiferente y olvido (la mayoría), pero muy pocas me emocionan y recuerdo. Trenes hacia Tokio está entre estas últimas. Está entre mis novelas preferidas, así, en bruto. Ejército enemigo me gusta, a ratos me emociona (aún es pronto para olvidarla o recordarla); no está entre mis novelas preferidas, aunque eso sólo me importe a mí.

Los lectores de Juan Mal-herido recordarán que amenazó, tiempo ha, con escribir una novela. Pues es ésta. Como sabrán esos mismos lectores, Alberto Olmos no es sino la máscara que Mal-herido se calza para salir al mundo exterior sin armar (demasiado) alboroto. Él es un hikikomori confeso, radical; y su aspecto es inquietante, como el de los villanos de las películas de chinos.

Al final escribió su novela, que no ha resultado pornográfica, aunque su narrador, Santiago, consuma buena parte de sus energías ya no tan juveniles en sites porno (como es sabido, por encima de los treinta sólo los escritores son jóvenes, mientras los futbolistas ya son ancianos; Santiago es publicista). No por ello Ejército enemigo va a circular por nuestras librerías en paz, pues es posible que vean, en manifestaciones y asambleas, pancartas con el rostro público de su autor tachado junto al de banqueros, especuladores y políticos. Es pura elucubración, claro. Pero es verdad que ha soliviantado a algunos de nuestros rebeldes con causa, si bien su dardo tenía como objetivo a quienes carecen de ellas (o quizá a todos y yo me dejé llevar por la bondad). Si no lo creen, lean algunos de los comentarios que le han dejado en su blog. Alberto Olmos ha preferido publicarlos, aunque podría haberlos dejado flotando en el limbo digital, nadie lo habría sabido. Juan Mal-herido no deja comentar en su blog; él es descortés y grosero, pero no se le puede partir la cara.

El lema de la novela, la frase que sirve de eje a la acción superficial del relato, escuece. “La solidaridad ha fracasado”. En estos días la prensa ha exhibido el rostro de un joven estudiante italiano, de buena familia, al que han convertido en emblema de los disturbios ocurridos en Roma durante una manifestación de indignados. Daniel, amigo de Santiago, parece un presagio del fulano incendiario, aunque con una fortuna bien distinta. A Er Pelliccia lo han detenido, sí, pero en cambio se ha hecho famoso, ya puede trabajar para Berlusconi seguramente sin menoscabo de su ideología. En cambio, Daniel es brutalmente asesinado. Daniel había cambiado tras una conversación con Santiago, fulminado por la sentencia mencionada, proferida un poco a la ligera: esa metamorfosis le encaminará hacia a la muerte (más bien apresurará su paso). Poco a poco la zarza de la culpa enraíza y engancha en Santiago y la muerte de Daniel es el detonante de una serie de cambios en su anodina y deprimente existencia, paralela a la de su propio barrio: ambos se descomponen al paso, mas no para renacer como algo distinto, sino en todo similar a lo anterior.

Si con El estatus Alberto Olmos demostró su capacidad para narrar una intriga psicológica, con Ejército enemigo, que puede acometer una trama detectivesca. Es lo que se dice un autor versátil. Relacionando todas sus novelas, la similitud del narrador más reciente con el primero, aquél de A bordo del naufragio, parece evidente y así se ha señalado. Es la rabia. La rabia, sin embargo, nunca ha abandonado a Alberto Olmos. Juan Mal-herido rabia siempre, hasta cuando lee algo que le gusta. David, narrador de Trenes hacia Tokio, también rabiaba, aunque algo menos: le podía la melancolía y la desidia. La rabia motiva a Santiago y le conecta con su barrio, con la tierra, es su enlace telúrico: “Ver la tierra, ver que nuestras vidas se desarrollaban a ciegas a la tierra, ver de lo que estaba hecho mi barrio, de lo mismo de lo que estaba hecho el asentamiento de una tribu salvaje, de lo mismo de lo que estaba hecho un campo de batalla, de tierra y de rabia (…). La rabia nos había traído la tierra” (p. 138).

Tierra y rabia; tribu. Este párrafo alude a una suerte de naturaleza literaria, cierta autenticidad que recopiló y editó en Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder. Literatura en estado adánico, por elaborar, el germen de la literatura. A bordo del naufragio era así, un discurso incontenible, genuino. En Trenes hacia Tokio se contuvo un poco, con el tipo de contención que un karateka aplica a su pierna en una Mawashi geri. En El talento de los demás, en la distancia, encuentro demasiado empeño literario (eso es algo distinto de “voluntad de estilo”; por otra parte, quizá me falle la memoria). El estatus es pura contención. Es su mejor novela. Redonda, perfecta, una obra maestra (esa expresión vacía). Y Ejército enemigo tiene defectos: le sobra crónica, ensayo, cita… y vuelve a ser salvaje, tanto como una estampida de búfalos que se tomara un respiro de vez en cuando. ¿Es un paso atrás desde El estatus? Lo cierto es que tiene un buen puñado de páginas de auténtica literatura, con algunos de los mejores momentos de su obra: los dedicados a su barrio, en especial la persecución final, obra de un gran narrador y no sólo de un gran escritor: “Yo no podía oír otra respiración que la mía, ese aire que tomaba y devolvía, que tramitaba y desechaba, lúbrico y penúltimo”(P230).

Con tanto búfalo, patada y tribu rabiosa podríamos dudar de que Alberto Olmos tenga su corazoncito. Léase Trenes hacia Tokio: lo tiene. Pero no malgasta sensibilidad. El mundo que retrata Ejército enemigo (una novela en la que la realidad se puede mascar, nada que ver con el experimento centroeuropeo de El estatus) está hipersensibilizado, y para hablar de ello se interpone Santiago, un personaje al que identificamos como un caníbal ya en la primera página. Reconoceremos su ácida voz, que no su biografía: tiene el mismo timbre que el narrador innominado de A bordo del naufragio, pero ahora ostenta nombre y apellidos, y hasta pasado. Lo que no está tan claro es que tenga futuro, aunque la novela termina con algo que parece (o he querido que parezca) un destello de esperanza, algo inédito en la obra de Olmos (quizá no tanto: Yuka y Moe le dan a David chocolate de compromiso, pero ésta es esperanza para el mundo; yo me refiero a esperanza para el personaje).

Volviendo a Santiago, es un gilipollas (Alberto Olmos dice que es un hijo de puta; también David de Trenes dice serlo, pero no es verdad). Erotómano, narcisista, cobarde, ingenioso, cínico (“Nunca aportas nada. Sólo quemas”, p. 20, Daniel a Santiago), paranoico (los narradores de Alberto Olmos lo son, por hikikomoris). Para medir cuán odioso puede ser, piénsese en su oficio: es el encargado de llenar nuestras cuentas de correo de anuncios absurdos e innecesarios (es decir: de anuncios). Dice: “Me gusta que mis expectativas de éxito sean casi indistinguibles de mis posibilidades de fracaso” (p. 21).

En ese (este) mundo hipersensibilizado, “la solidaridad ha fracasado” porque “la solidaridad es una forma de ocio, una ficción para el puro entretenimiento de personas con mucho tiempo libre” (p. 77). Quien ha de acarrear cajas sin chistar porque, de otro modo, su familia se muere de hambre, no puede permitirse sentarse tres días en una plaza inventando consignas ni acampar con refugiados a cien mil kilómetros de casa. Aquí se concreta uno de los temas capitales de la narrativa de Olmos, la hipocresía, ahora la de quienes rellenan su vacío con las desgracias ajenas (como en El talento de los demás eran las camarillas de “talentosos” que usan la literatura como excusa de su abulia).

Otra preocupación de Olmos, que ocupa aquí largas páginas, es la modernidad. El ser moderno. Es célebre su artículo Por qué no leer a los clásicos, en el que defendía su lectura, pese a lo que diga el título, pero anteponiendo la obra más contemporánea, aquella que dialoga con el presente (pero los clásicos lo son porque, pese a su vejera, aún nos hablan a los lectores de hoy; de otro modo, pese a los intentos de resucitarlos al estilo von Frankenstein, se olvidan). En Trenes hacia Tokio se citaban artefactos tecnológicos al uso en el País del Sol Naciente, pero que al lector español casi le sonaban a ciencia ficción. En Ejército enemigo la reflexión sobre cómo nos ha cambiado internet, en concreto nuestros conceptos de intimidad y pudor, se hace a través del hábito pornógrafo de Santiago, de su inserción en redes sociales (una de invención olmesca, pero no descabellada, ChatChinko; la perturbadora ChatRoulette) y de su obsesión acosadora, al intentar reventar los correos electrónicos de sus conocidos.

Esta preocupación por la modernidad también se observa en el lenguaje. Su habitual cuidado estilístico, la excelencia de su sintaxis y la riqueza de su expresión le han valido el reconocimiento de Ricardo Senabre en sus entrañables codas gramaticales. En este aspecto, Ejército enemigo no es diferente al resto de su obra, si bien sí se aprecia un perfeccionamiento progresivo del que ésta más reciente se beneficia. Nunca le ha temblado el pulso a la hora de escribir términos urbanos, contemporáneos, quizá perecederos, cuando tantos escritores toleran sólo lo inmanente. Creo que Alberto Olmos es el único escritor del mundo que ha empleado el término colajet en una novela: lo he comprobado en Google Books, si me equivoco es su culpa. Este atrevimiento entra ahora en ebullición: mailmarketing, in, on, cool, fashion, friki, trendy, postpunk, putting edge, trash, bukake, bondage, forward, nickname, microblog, photolog, start ups, newsletter, MDMA, raccord, prepa, strapon, denim, storytelling, hoodie, asl, teoría queer, sin olvidarnos de las consabidas marcas (Nike, Adidas, Converse, Reebok). Por supuesto, el asunto de la solidaridad es tan actual como que se ha desbordado después de haber sido escrita la novela.

Sin embargo, los temas apuntados me parecen superficiales; no que hayan sido tratados superficialmente, sino que me parece encontrar otro más íntimo y permanente, la soledad. Santiago es, ante todo, un solitario. Quizá el más radicalmente solitario sea el narrador de A bordo del naufragio, pero los narradores de Alberto Olmos son solitarios, padecen soledad, y quizá de ahí la rabia y el cinismo y el atrincheramiento. Como la psicología no es lo mío, lo dejaré aquí, no sin antes apuntar un lamento de Santiago, página 102: “Su intimidad muerta puede a mi intimidad viva”.

Este larguísimo ensayo ha llegado a su fin (debo comprarme unas tijeras mentales).

Actualización, 1 de noviembre de 2011: Me dices que habiéndome gustado y emocionado, no parece que me haya hecho pensar. Que una buena novela debe hacer reflexionar, y nada he dicho sobre eso.  Es obvio que una novela que plantea temas candentes como ésta excita el pensamiento, y no es necesario ser muy explícito al respecto. Ya has visto el papiro que me ha salido siendo muy general, como para ir concretando. Cuando me encarguen la edición crítica, sólo entonces, lo haré.

Como habrás leído por ahí, se trata de una novela polémica en el plano reflexivo que  propone un replanteamiento de lo que entendemos como conciencia social, solidaridad y, aunque el movimiento no existía cuando la novela se escribió,  de la indignación popular suscitada por la crisis. Sin duda,  son éstas cuestiones sobre las que he estado día a día, no he necesitado leer Ejército enemigo para caer en ello, como tampoco tú, aunque es posible que las ideas expuestas te provoquen rechazo, al contrario que a mí, que soy parcialmente coincidente (mejor hacer algo que nada, sean cuales sean los motivos que mueven a la acción; la calidad de esos motivos puede afectar a la valoración de los actos). Quizá sí debí aclarar que las reflexiones “políticamente incorrectas” de la novela pueden producir, antes que un debate, un repliegue del lector. Como cuando tocas a un caracol. Pero eso no es culpa del autor, cuya misión es plantear la cuestión, no resolverla.

Entrevista con Alberto Olmos (El Cultural de El Mundo)

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Oct 21

Cuaderno de noche de Inka Martí. Guía de lectura

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , 21/10/2011

Me abruma la cantidad de trabajo atrasado. Miro por la ventana, deseo escapar. No lo hago. Sigo un poco más, en realidad me lo estoy pasando bien. Enseguida me tomo un descanso. Pero ojeo las notas acumuladas, los libros por leer, y vuelvo a mirar por la ventana. Sigo escribiendo.

Reseñar un libro de sueños es parecido a reseñar un diario. ¿No? ¿Es lo mismo? Es algo como poco tan extraordinariamente íntimo, quizá más, pues cuando anotamos, al final del día, los sentimientos y reflexiones que los hechos vividos nos han susctiado, somos conscientes de que alguien puede leerlo. Es un fetiche habitual, con su candadito dorado, y pocos se pueden resistir a echarle una ojeada si se presenta la ocasión. En cambio, cuando soñamos estamos seguros de que nadie podrá intervenir ni espiar. Ni nosotros mismos, generalmente, podemos – porque no controlamos lo que sucede, porque lo olvidamos –. Por eso, a nada que Inka Martí se haya limitado a trasladar, sin aditamentos, sus sueños al papel, podemos estar seguros que nos entrega un pedazo muy secreto de su corazón. Y eso es material delicado, muy delicado.

Aquí no compete evaluar el interés o la intención. Nadie obliga a leer un libro así, ni siquiera el crítico puede sentirse obligado, por ser una obra que se sale tanto de lo común – aunque no es única –. Podemos considerar indecente el ejercicio, pero deberíamos guardarnos esa opinión para nosotros, alejándonos del libro. No es que sus sueños se emitan en horario de máxima audiencia. Es sólo un libro más, entre una miríada de novedades y piezas de fondo. Acceder a él y abrirlo, leerlo, supone asumir un acuerdo especial, diferente al de cualquier otro libro. Al hacerlo, renunciamos a una serie de privilegios corrientes en el pacto entre autor y lector, y asumimos otros.

El primero es la sinceridad. No podemos pedirle a ningún autor que sea sincero, ni siquiera en sus diarios; suelen bastar un par de páginas para advertir que, cuando los escribía, el famoso novelista o reconocido poeta ponía sus ojos en los potenciales lectores, no en el sagrado acto de trasladar su yo al papel. El quid de la literatura es la insinceridad, aunque se haya escrito bella palabrería al respecto. Sin embargo, al abrir Cuaderno de noche contamos con que su autora haya sido sincera. Lo contrario sería traición.

Hemos de renunciar al derecho que siempre asiste al lector de criticar la obra, analizarla y evaluarla. Lo cual no quiere decir que los sueños carezcan de contenido o significado. Sólo si, expresamente se nos solicita, podemos hacer tal cosa con una confesión íntima. Un lector, olvídense de la bella palabrería, no es un confidente.

No es necesario leerlo de cabo a rabo, ni de una sentada, y un alma poética, verdaderamente poética, se limitaría a conservarlo, a atesorarlo sin abrirlo, sin retirar su retractilado. Como un cofre del tesoro, emanando misterio por los siglos de los siglos.

Cuando leemos una novela, o un libro de cualquier tipo, no se nos exige una participación especial. Con ello quiero decir, si soy capaz, es que no se nos pone en la tesitura de idear nosotros mismos una historia o investigar un acontecimiento o lo que sea, como si fuera una cadena de relevos. Tampoco se nos exige lo contrario. En cambio, la lectura de Cuaderno de noche sí exige, al menos, una autoexploración onírica, si bien no su escritura y publicación. Exige que el lector, a la luz del ejemplo recibido, se replantee la relación con los propios sueños y los resitúe en la escala de valores. Y que sueñe, o que sea consciente de hacerlo.

No nos es lícito envidiar. Sí lo es, en cambio, hacerlo con la capacidad de un autor para expresar emociones con color, pensamientos con claridad y acciones con fluidez, así como envidiar su talento para crear belleza con palabras. Resulta absurdo envidiar la hermosura de los sueños ajenos.

El lector debe agradecer. No cabe hacerlo con obra alguna de autor alguno, pues se escribe por motivos egoístas – nuevamente, dejemos de lado la bella palabrería –. Sin embargo, debemos agradecer a Inka Martí que nos haya hecho partícipes de su mundo onírico, del rincón más secreto de su corazón.

Cuaderno de noche, editorial Atalanta

Entrevista con Inka Martí

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Oct 18

Jon Bilbao, el narrador distante

Escrito en El T-rex que viene, El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , 18/10/2011

No sé si un escritor debe pedir disculpas a sus lectores por haberlos desatendido un tiempo. A buen seguro que debe enfadarse consigo mismo: culpa, reproche, propósito de enmienda, todo eso. No es que sirva de mucho, porque uno es como es y seguirá siéndolo. He vuelto, por ahora. ¡Aunque no he estado ocioso, que lo sepas!  

Por si acaso: ¡Lo siento! 

 

Haciendo poco ruido mediático, llamando escasamente la atención de la crítica (que desgraciadamente forma parte, aunque irrelevante, del circo mediático), Jon Bilbao ha ido construyendo su reputación a base de sumar lectores. El suyo es un caso no muy distinto al de Alberto Olmos o Juan Aparicio-Belmonte, la nueva generación de narradores (paralela a la nocillera, más promocionada, en proceso de disolución) que ha tenido que trabajarse el reconocimiento en galeras, casi sin ayuda, en sellos muy independientes y ocupando un lugar más que secundario en las góndolas de novedades. Pero los lectores, o al menos un sector suficiente y suficientemente creciente, han respondido. 

Bilbao ha escrito dos libros de relatos, Como una historia de terror y Bajo el influjo del cometa, ambos premiados, una novela también premiada, El hermano de las moscas y una novela corta o nouvelle, la más reciente Padres, hijos y primates. Como en este momento no estoy para cuentos, aparcaré por ahora los dos primeros títulos. En cuanto a sus novelas, son sólo dos y de muy diferente extensión, que no ambición, pero ya se vislumbra en ellas un patrón reconocible. 

  El hermano de las moscas, novela de evidente inspiración kafkiana (hasta el sujeto metamórfico se llama Grego) nos sitúa en una urbanización suburbana de renta elevada, un entorno muy cheeveriano. La aparición de lo sobrenatural, en forma de transformación en insectos (no uno, como en el caso de La metamorfosis, sino en un enjambre entero), nos aleja del ambiente ordinario del maestro norteamericano.

Por su parte, en Padres, hijos y primates no suceden acontecimientos fantásticos, sino extraordinarios, aunque la atmósfera alucinante se mantiene y, quizá, me parece, se instensifica. Sorprendido por un huracán durante una estancia en el Yucatán, Joanes, ingeniero y padre de familia (al igual que en Hermano…) se separa del grupo para encontrarse con una figura paterna, el profesor que, según cree, le arruinó la vida. 

En ambas novelas la naturaleza juega un papel primordial, en cuanto amenaza (en uno de sus cuentos la amenaza la encarnan ardillas, muchas ardillas). Siendo el núcleo familiar una unidad frágil, sujeta a tensiones tanto internas como externas, va a corresponder al padre, al cabeza de familia, el deber de protegerlo de cualquier agresión exterior, bien por parte de los suegros en cuanto “padres ajenos” (figura tópica que en Bilbao cobra una nueva dimensión), bien por parte de ese ente anónimo que es “la sociedad”, bien por parte del ente abstracto, con manifestaciones concretas, que resulta ser la naturaleza. Los ejemplos son numerosos. El mismo argumento de El hermano… manifiesta este temor por lo natural, cuando Grego, aparente sujeto de experimentación evolutiva (aunque no se aclara en ningún momento la causa de la metamorfosis, varios puntos en la novela sugieren que, más que de un hecho mágico, se trata de un hecho natural), comienza a sufrir transformaciones periódicas (una vez al año) en un enjambre de moscas, como preludio de su transformación definitiva en una nueva criatura, como si no lo fuera ya desde su primer episodio mutante. 

Dentro de esta misma novela, la aparición simbólica de la tortuga, atravesando la cerca e invadiendo el jardín propio, juega el papel de sibila. Lo mismo puede decirse, aunque tendrá una posterior incidencia en la trama, del surgimiento de un chimpancé (recordemos, una especie africana) de la selva mesoamericana, al que Joanes atropellará. Pero no sólo la naturaleza ejerce una influencia ominosa sobre el núcleo familiar, especialmente sobre su escudo, el padre (no siendo padre de Grego, sino hermano, Héctor cumple esa función dada la debilidad e indefensión del sujeto metamórfico, devenido en niño y, por ello, privado de libertad y decisión; ya antes de manifestarse su enfermedad era un sujeto infantil, voluble e irresponsable); también la tecnología (los constantes accidentes en la refinería donde trabaja Héctor, los problemas de comunicación y la explosión sufrida por el hijo del profesor en Hijos…) y la sociedad (los competidores en el negocio del aire acondicionado, las conspiraciones en la refinería, las habladurías en la urbanización, la intromisión de las otras figuras paternales).

Es, pues, el centro de la obra narrativa de Bilbao la familia nuclear y sus demonios, su fragilidad y el cúmulo de amenazas, y la oscuridad que ha de reconocer y abrazar el hombre para mantener a salvo lo único que de valor posee, al precio que sea, arriesgando lo demás (el éxito, la tranquilidad). Ese precio pueden ser mutilaciones o crímenes (en Padres, hijos… Joanes sufrirá unas, provocará otros), pero sobre todo su propia metamorfosis, pues ya nada será igual para el nuevo superhombre, la nueva especie humana.

Bilbao opta, acertadamente, por un estilo frío y distante, quirúrgico. No se compromete a nada con el lector, el cual recibe así un reconocimiento de su libertad. Por supuesto, pocos lectores están dispuestos a ser tan libres, por lo que la obra de Bilbao, pese a lo emocionante de la trama y lo impactante de las imágenes (la sorpresa, la violencia), está destinada a minorías. La suya es una narrativa de escenas, muy cinematográfica, en la que la escritura, al margen de la intencionada desnudez, no recibe un cuidado especial. La estructura, en cambio, sí recibe un cuidado especial (como no podía ser de otro modo en un ingeniero), siendo Padres, hijos… un ejemplo de concentración y El hermano… audaz y ambicioso en su construcción. Y hay que decir que, pese a ser un narrador de lo casual y lo inesperado (con un sentido mucho menos truculento que en el más famoso de los narradores de lo casual, Paul Auster), la estructura resiste bien estas tensiones que, por ser tan naturales (la velada cadena causa-efecto) parecen antinaturales.  

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