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La mano cortada

Escribir estas líneas me está costando un poco. Un dedo molesta a otro, pulsa teclas indeseadas y las deseadas quedan indemnes. No es una dificultad creativa, sino física. Tengo un punto en un dedo y pavor a verlo desgarrado. Mi mano izquierda ha dicho “O. K.” durante dos días.

No es gran cosa, es verdad. Un punto, nada más, sin afectación de huesos ni tendones, ni apenas del tejido muscular. Un corte desafortunado o más bien estúpido, en una zona incómoda y en un vaso activo. No es precisamente una mutilación. Un compañero del colegio, por un descuido de la dirección, recibió un buen corte en la mano. Se le veía el hueso, aunque apenas sangraba. Si hubiera ocurrido hoy, el colegio habría sufrido una demanda terrible (un hierro oxidado y cortante en un patio de juego), pero eran otros tiempos. Eso fue una herida. Mi hermano se cascó la pierna. Chillaba como un gorrino, seguramente con razón. Pero lo mío no es gran cosa, sólo es incómodo.

Es que no estoy familiarizado con el dolor físico. Me resulta tan ajeno como el miedo a volar o el placer del agotamiento, como el que experimentan los aficionados a correr. Suelo hacer transcurrir mi vida sin sobresaltos, evitando en lo posible todo aquello que implique sufrimiento físico. En nuestra época, por alguna razón que se me escapa, en cambio, se persigue. Tatuajes, piercings, gimnasios, depilación laser o tradicional, no parece que el dolor físico sea una de las preocupaciones de mis coetáneos. Muchos lo buscan o lo exageran para recabar afectos, compasión y compañía. Por mi parte, prefiero evitarlo o, de sentirlo, me resulta muy vergonzoso y prefiero disimular.

Marguerite Yourcennar (“la tan babeante como luego babeada”, según Javier Marías) insistía en que la insistente persecución del dolor por parte de Yukio Mishima coincidía con la persecución de una suerte de confirmación de su propia existencia, de su presencia real en el mundo, de su materialidad. No lo recuerdo bien, pero creo que el doctor Vallejo-Nájera estaba de acuerdo. En ese sentido, el placer valdría lo mismo, creo yo, y es cierto que, en algunos seres humanos, ambas experiencias se confunden. Inmediatamente nos viene a la mente el Marqués de Sade, de quien no sé demasiado, aunque me vienen a la memoria órganos humanos (y no precisamente los sexuales) empleados como consolador. O, en palabras de Frida Kalho: “La angustia y el dolor, el placer y la muerte, no son más que un proceso para existir”.

Esa relación inextricable entre dolor y placer ha preocupado intensamente a la humanidad, pues no sólo pertenece a personalidades retorcidas o artísticas, sino a cualquiera, pues ¿qué amante no ha dado, al menos, unos azotes o unos mordisquitos o unos pellizcos, siquiera inocentes y castos? Por supuesto, hay abundante literatura metafísica (impagable Julius Evola) y psicológica al respecto, y la base fisiológica es bien conocida. Todo eso, miles de años de reflexión y poesía, el inevitable “lado oscuro” del alma, la conciencia del cosmos y del abismo que procura el dolor, todo eso lo aparto de mí: creo que me siento bastante vivo y completo sin necesidad de sentir cómo una aguja y su cola de nylon se abren paso a través de mi carne.


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