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Definiciones, I

Cuesta salir de la burbuja o cascarón cuando uno está convencido de la inviolabilidad de sus cerrojos. No son tan firmes, empero. Mas al guardián le place pensar que se mantiene firme en su puesto, aunque los galos hayan invadido el Capitolio por otra puerta. No me hagáis caso. Mientras tanto, ando completamente desconectado de la actualidad literaria (no la echo de menos), algo desencantado (más) con el fútbol (no quiero regalos para ellos, tampoco para nosotros), se me acaba The Walking Dead y hago algunos progresos, lentos, pero habituales. Cada vez estoy más cerca.

Vamos a definir (cuestión de tiempo).

1. Las guardianas del tabú, Javier Lorenzo, Planeta (2007)

Novela pseudohistórica, bien editada, bien impresa y bien encuadernada. Intenta narrar la última rebelión de los cántabros antes de que, como pueblo, se sumieran en las sombras de la historia. Honor (vergüenza), valor (temeridad) y audacia (estupidez) guían a sus personajes principales contra las águilas de Roma en dos escenarios principales, Cantabria, escenario bélico, y Córcega, donde el autor intenta imaginar una conversación entre Agripa (general romano encargado del genocidio cántabro) y Estrabón (geógrafo griego, autor del casi único retrato etnográfico contemporáneo de los cántabros); ambos personajes están, pese a su historicidad, igual de mal construidos que los imaginarios. Continuacióa histórica de El último soldurio, no tuvo, ni remotamente, la misma aceptación ni el mismo éxito. Debo añadir que la presencia de algunas notas a pie de página insisten en romper el sueño de la ficción, pero el relato mismo también lo consigue.

2. La gran Armada, Geoffrey Parker, Planeta (2011)

Monografía de historia militar sobre la famosa Armada Invencible, menos extenso que voluminoso (gracias, Planeta, por acordarte de los cortos de vista, pero malhaya, Planeta, por olvidar sus bolsillos), que se presenta como estudio definitivo del acontecimiento. Su tesis es la siguiente: todos los españoles, menos Felipe II, sabían que se dirigían a la derrota. En cambio, los ingleses no estaban muy seguros, pero acaban percatándose de ello. Luego, se crea o no en divinidades parciales e interesadas como árbitros, la desgracia se cebó con los supervivientes del combate arrojándolos al fondo marino o a las rocas y arrecifes británicos, bien a las cárceles inglesas, bien a la rapacidad de los salvajes irlandeses. Por una vez a Geoffrey Parker se le escapan algunos momentos de alborozo patriótico, pero permitámosle esos ocasionales asomos de humanidad a tan grande historiador. Lo mejor, el periplo de quienes, a pesar de todo, lograron volver, tras muchas e interesantes peripecias.

3. Baroni, un viaje, Sergio Chejfec, Candaya (2010)

Novela de autoficción o de docuficción, más bien participa de ambas etiquetas, pues el narrador “coincide” con el autor y el objeto del relato, la escultora venezolana Rafaela Baroni, es un ser de existencia real, física. La editorial, inspirada en el eslogan de una conocida marca de cervezas, sostiene que esta es, probablemente, la mejor novela de Sergio Chejfec; Baroni, un viaje, es básicamente lo mismo que Mis dos mundos: mismo estilo, misma técnica, mismo narrador, misma estructura. Un crítico convencional habría concluido, probablemente, que Baroni es, de nuevo (aunque sea anterior), una maravilla*. En cuanto a la escritura, Chejfec es un portento. La riqueza de su prosa, su amplitud sintáctica, la perspicacia de sus ideas y la persistencia de sus obsesiones; todo eso se mantiene. Sin embargo, encuentro Baroni falto de vida. Quizá es que la atmósfera del romántico parque brasilero resultaba más cautivadora que los descampados andinos del estado de Trujillo. Quizá es una falta de equilibrio, pesando más ahora el estatismo y la descripción externa que la interna: Chejfec es más un descriptor que un narrador. Describe objetos, paisajes, pero también estados mentales y aún acciones, anécdotas. Uno se pregunta, ¿por qué tengo que seguir leyendo esto? ¿A qué viene? Pero no viene por nada, sólo está ahí.

* Para este definidor, la crítica responde también, necesariamente (como la lectura, en general), a estados de ánimo, a momentos interiores.

4. Introducción a El agente secreto de Joseph Conrad, por Dámaso López García, Cátedra (1995)

Ineficaz y extraviada introducción que, sólo de costado y a disgusto explica lo que debe explicarse: por qué El agente secreto de Conrad sigue editándose, leyéndose y siendo objeto de estudio y fascinación. En escasas ocasiones se habrá errado más a la hora de encargar una edición, pues es evidente que al profesor López esta novela, y aún el mismo Conrad, le desagradan. Tanto rechazo parte de una supuesta falta de sutileza por parte del anglopolaco, que presentó al anarquismo como una trágica estupidez, como si la novela tuviera que ser necesariamente un estudio de filosofía política. Y en tan desafortunado empeño no podía faltar el teletubbie morado: al profesor López le parece una “insinuación suficientemente clara” de incesto el que Winnie se llevase al niño Stevie a su cama cuando éste estaba aterrorizado, cuando si Conrad insiste en algo es en la relación de índole maternofilial entre ambos.

5. La isla del día de antes, Umberto Eco, Círculo de lectores (1997)

Exhibicón lingüística y filosófica y erudita, que sin embargo pierde vigor por una acusada irregularidad en el ritmo narrativo. Un narrador escasamente fiable – asegura haber encontrado los papeles de Roberto, aunque no puede justificar su origen ni autenticidad ni cómo llegaron a sus manos; cuando le conviene, reconstruye o inventa un texto tan inseguro y arcano como el supuesto original: “No consigo explicar, y un poco me lo invento…” (p. 286) – reconstruye el mundo intelectual barroco, desde el lenguaje a la filosofía, sin obviar el tema fundamental del momento: la consistencia de la realidad, que aparece tanto en la reflexión metaliteraria, abundantísima, como en el tema reiterado del doble. Siento tanta angustia como envidia por la traductora, pues ha debido pasarlo en grande con esta novela, aunque haya sido un proceso durísimo. La lectura es algo menos difícil, lo que no significa que sea fácil, ni mucho menos, pero sí es en cambio gratificante y estimulante.


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