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Real Coyote

Cuando era niño, aunque no nos permitían pasar mucho tiempo ante el televisor, sí que había algunos programas de dibujos animados familiarmente aceptados. Todo lo que fuera Disney, o Looney Tunes (para nosotros, siempre, el Conejo de la Suerte, aunque no apareciera en el episodio), o Tom y Jerry. Ello dejaba fuera de la legalidad cualquier japonismo que no fueran Heidi o Marco o La abeja maya, es decir, Mazinger Z o Comando G, de los que otros niños nos hablaban en el colegio, pero que yo no pude ver jamás. De entre aquellos no sujetos a censura, había algunos que me irritaban. Del mismo modo que era intolerable que los indios consiguieran abatir al vaquero, parecía inadmisible que el Correcaminos derrotara incansablemente al Coyote, o que Jerry hiciera lo propio con el gato Tom. Y era así no por esquivar el esquema corriente, el flujo natural de las cosas, sino porque aquello olía mal. Había trampa en aquella invencibilidad de los supuestos débiles. Una mano negra.

Tanto el felino como el cánido, tradicionales opositores, coincidían en ver frustradas sus biológicas ansias de carnicería (si bien en ocasiones Tom demostraba tener mejor corazón que el infame roedor), y no porque sus rivales poseyeran recursos, poderes o talentos superiores. Sencillamente, les aguardaba la derrota hicieran lo que hicieran. Si, por ejemplo, Jerry para huir del gato se enroscaba en el casquillo de una lámpara, nada le ocurría, pero al ponerle Tom la zarpa encima, recibía este una terrible descarga eléctrica. Y el roedor indemne. Si, como solía, Coyote erigía un recio muro interrumpiendo la carretera y sobre él dibujaba una estampa del paisaje que acababa de bloquear, al llegar el ave a toda velocidad recorría el camino ficticio como si, para él, no hubiera distinción entre fantasía y realidad, entre simulacro y verdad. Por supuesto, si el Coyote intentaba hacer lo mismo se estampaba en la sólida, auténtica pared de ladrillos.

Lo más frustrante de todo esto era que (especialmente Wile E. Coyote) los perdedores demostraban tenacidad, ingenio e inteligencia, todos ellos valores y habilidades admirables, deseables, que los adultos deseaban inculcar a los niños pero que, incomprensiblemente, se nos mostraban como inútiles, como propias del fracasado y no del triunfante. Triunfante porque sí, pues el Correcaminos nada hacía para salirse con la suya. Su superioridad, además de inmerecida, era insultante, era injusta y se debía más a una intercesión cuasidivina que a la velocidad o la astucia del campeón. Aunque el plan y los cachivaches Acme fueran perfectos, los niños sabíamos de antemano el resultado final del empeño.

Hoy, como seguidor del Real Madrid, sufro de similar impotencia. Comenzamos a advertir los madridistas, como aquellos niños de entonces, que sin importar el esfuerzo, la planificación, el arte desplegado, saldremos derrotados en los enfrentamientos frente al Barça. Que, aun cuando se logre neutralizar su juego fabuloso de toque, movimiento y penetración, saldremos derrotados. Que, aun cuando nos adelantemos en el marcador en el primer minuto, saldremos derrotados. Que, aun cuando suframos un comportamiento antideportivo, con fingimientos, engaños y vilezas, saldremos derrotados (y además, incomprensiblemente, señalados como villanos). Que, aun cuando nuestro juego ciertamente más tosco y feo acogote y domine, saldremos derrotados. Porque hay una ley no escrita que dicta el resultado de estos partidos, y sean Xavi o Messi o Iniesta inspirados, sean Pepe o Sergio Ramos o Cristiano despistados, sean los rebotes siempre favorecedores al rival o los árbitos casi siempre parciales y sañudos (presas, igual que tantos aficionados desde que Florentino tomara las riendas del club, y más aún con la llegada arrolladora de Mourinho, de un antimadridismo cerril), sea lo que sea, al final, el Coyote se verá cayendo al abismo, preguntándose qué ha hecho él para merecer el topetazo y qué demonios puede hacer para, en la siguiente ocasión, salir imposiblemente triunfante.

Dedicado a mis amigos culés, siervos del mal y devotos de inmundas ratas y sucios pajarracos pero afortunados de poder sentir como propio un fútbol tan maravilloso.


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