Dic 29

Picnic en Hanging Rock, de Joan Lindsay

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, El gabinete del dr. Mantell.
Etiquetas: , , , 29/12/2011

Antes de nada, ¡feliz 2012 y que los augurios escatológicos no se cumplan aún!

Hacía años que no escribía un cuento. Ahora no quiero leerlo, porque si lo hago seguro que encontraré errores, defectos y necedades sin cuento y quiero conservar la sensación de escritura satisfactoria que rara vez me acompaña. En general, la acogida ha sido fría. He recibido comentarios parcos, “me ha gustado”, “no me ha gustado”, pero al menos una persona se ha conmovido con su lectura. Negativamente, pero algo ha removido mi ángel en su interior. Juzgo que eso es bueno.

Años, años y años sin hacerlo y ahora he escrito dos. Aunque no tengo mucha experiencia al respecto: la redacción de relatos depende de momentos de intuición fugaz, de estados de ánimo; la expresión “obra de largo aliento” referida a la novela es muy atinada y la “inspiración” no parece tener mucho que ver. Cada día se aprende algo nuevo, normalmente cosas que todos los demás ya saben; no hay que quedarse demasiado atrás.

Escribo estas líneas porque algo había que escribir. Hace tiempo que leí esta novela, al poco de recuperarla Impedimenta. Con lo flaca que es mi memoria creo que habré de inventar demasiado, pero peor será para el dinosaurio un sueño demasiado largo. No había visto la película y sólo la vi después. Es un clásico, dicen. Una obra de culto, etiqueta dúctil que sirve tanto para obras maestras como para fracasos entrañables. La novela es mejor. Hablo de Picnic en Hanging Rock.

Sólo con que la novela nos ahorre esa setentera flauta de Pan de la adaptación de Peter Weir (director que por otra parte me encanta, y Master & Commander es una de mis preferidas; de El club de los poetas muertos él no tiene toda la culpa) ya sería preferible, los restantes méritos de la película, que los hay, son insuficientes frente a ese pitido agudo. La obra de Lindsay, en cambio, carece de defectos, o no los recuerdo, es magnífica en cuanto a intensidad, originalidad y sobriedad.

Otros han descrito y reseñado bien la novela, hace “mucho” que se publicó (el mercado editorial computa el tiempo de manera propia, la novedad dura un par de meses, la vejez llega de poco después). Todos coinciden en lo buena que es y la llaman clásica y obra de culto y aluden a la película que también es ambas cosas y seguro que no mienten ni exageran, es conveniente leerla y disfrutarla. Hala, está dicho. Sin embargo, aún faltan cosas que decir en cuanto a su recepción.

Es exagerado considerarla un clásico porque no es tan conocida ni tan permanente y se recuerda más la película que la novela, no siendo excesivo decir que la consecuencia sostiene a la causa y no al revés. Es más bien lo que se llama un long seller, una categoría inferior a la del clásico. Si debo proponer un motivo, y es así porque de otro modo ni habría comenzado, es que Joan Lindsay fue autora de una única obra relevante. En la cubierta, su nombre está impreso en una tipografía mucho menor que la de el título. Y, a la hora de convertirse en clásico, es tan importante o más el autor que la obra. La historia de la literatura no es justa, pero nadie va a escuchar nuestras quejas.

Su condición de long seller, justamente lograda, descansa sobre un sustrato erróneo. Se alude (correctamente) a la ambigüedad del relato, a su relativa oscuridad, al misterio de la trama desarrollada realistamente pero en medio de una atmósfera fantasmagórica, heredera de la novela gótica. Generaciones de lectores han fantaseado con la idea de que ha de estar basada, necesariamente, en hechos reales. Eso es gran mérito de la autora, sin duda alguna, y un demérito enorme por parte de esas generaciones de lectores inmaduros incapaces de separar realidad de ficción. Toda la investigación en torno a la desaparición de las niñas, y de la profesora (esa iluminación fabulosa, genial), en la novela es registrada por periodistas y autoridades, por lo que no sería difícil encontrar los recortes e informes correspondientes. No es así, así que no cabe la menor duda de que todo es inventado, pero muchos lectores siguen albergando dudas. ¡Qué grande Joan Lindsay! ¿Cómo es que fue autora de una única novela reseñable, más que eso, espléndida? Ese es el gran misterio, y no el destino de las muchachas del Appleyard.

Palabra de María José Sánchez Mayo (La hija del acomodador)

“Joan Lindsay es la mejor guía posible para un relato de misterio propio de oscuras mansiones y bosques ingleses, de una historia de un autor decimonónico, y, sin embargo, llevado a la luz cegadora de las antípodas y concebido en 1967.”

Palabra de Javier BR (Libros y Literaturas)

“¿Dónde reside la fascinación que produce esta historia? Está en lo que no se cuenta, en lo que Joan Lindsay sugiere y el lector imagina. Gracias a un magistral dominio del ritmo de la narración, el lector cae atrapado desde la primera página y ya no puede zafarse hasta el final. Lo más sorprendente es que la autora no recurre a ninguno de los recursos habituales para crear suspense; a ella le basta con salpicar una narración perfecta con unos pocos detalles aparentemente intrascendentes, apenas perceptibles, que siembran la inquietud en el lector y abren las puertas de su imaginación.”

¡Misterio, misterio!

“Se ha sugerido que las chicas fueron misteriosamente atrapadas por un vehículo espacial. Ciertamente, la roca es lo suficientemente peculiar como para servir de faro intergaláctico, como la Torre del Diablo que aparece en la película Encuentros en la tercera fase (1977). La presencia de un OVNI podría explicar el hecho de que los relojes se parasen. Cuando Edith contaba que había visto a miss McCraw, dijo que había percibido una misteriosa nube rosa hacia aquella hora; ¿es esto una prueba de que pudiese haber extraños objetos volantes en el espacio?”

Ficha en la editorial Impedimenta

“Lo que empieza siendo una inocente comida campestre se torna en tragedia cuando tres niñas y una profesora desaparecen misteriosamente entre los recovecos de Hanging Rock, un imponente conjunto de rocas rodeado de la salvaje y asfixiante vegetación australiana. La única chica que logra regresar, presa de la histeria, no recuerda nada de lo sucedido. Considerada una de las más desazonantes novelas de culto de la literatura anglosajona, Picnic en Hanging Rock dio lugar a una aclamadísima película de Peter Weir, que contribuyó a incrementar el éxito de una obra ya mítica. Jamás se reveló si los hechos narrados fueron reales o no, y ese ambiguo e intrigante juego alentó la aparición de una legión de seguidores que afirmaban conocer lo ocurrido aquel aciago día de San Valentín en el sobrecogedor paisaje de Hanging Rock.”

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Dic 23

¡Feliz Navidad!

Escrito en K-Saurus, Pasitos de diplodocus.
Etiquetas: , , 23/12/2011

A pesar de todo, adoro estas fechas. Creo que puedo hacerlo porque conservo intacto mi niño interior y, si bien sa las hago pasar canutas durante casi todo el año, en navidades deshago sus cadenas y le dejo campar a sus anchas. Me lo paso como un enano decorando el árbol y, hasta hace poco, componiendo la maqueta temporal de la aldea de Belén, año cero de nuestra era.  Problemas de espacio me han privado de ese placer.

La Navidad es algo folclórico que sólo con mucho esfuerzo puede impregnarse de sentido religioso. Hay que estar dotado de una inmensa capacidad de abstracción para conseguirlo, me parece. La Navidad es para los niños, para su goce ingenuo y despreocupado, y los adultos debemos consagrarnos a su felicidad o, si como yo aún podemos, replegarnos a los siete u ocho años y gozar nosotros mismos. Porque luego de esa edad hacemos el Descubrimiento y la infancia comienza a disolverse. Los adultos tenemos el deber de afrontar la realidad de manera crítica, al menos durante cincuenta semanas al año.

Como adulto, hay un par de obras de ficción poco ficcionales que me gusta revisitar cada Navidad. No me refiero a las ineludibles Canción de Navidad y ¡Qué bello es vivir!, que también (aunque es curioso anotar que si ésta última es obligada se debe a un error legal que la dejó, durante años, libre de derechos), y ahora disfruto con mi hija de Jorge el Curioso y de la infinidad de especiales de Disney. Me refiero a un relato autobiográfico de Truman Capote, Una navidad y a la película A Christmas Story (Historias de Navidad) dirigida por Bob Clark.

Capote era más personaje que autor y, quizá por ello, ese recuerdo navideño de su propia infancia es una de sus mejores piezas. Lo tengo en una edición de Círculo de Lectores, ilustrada por Hans Hillmann, que sisé a mi madre hace años y que no pienso devolver jamás. Dice Matthias Wegner que es “una de las historias de navidad más conmovedoras de la literatura moderna” y he de estar plenamente de acuerdo con él. El relato navideño abunda en mediocridades e imposturas (y, como verán al final del presente texto, yo también voy a contribuir a ensuciar su buen nombre), pero el relato de Capote es sincero, veraz y melancólico. Capote niño solitario, abandonado, nos cuenta cómo Sook, su niñera, salvó su Navidad y su corazón infantil. Está tan bien contado que el personaje de la niñera negra cobra una intensidad emocional tal que lo reconstruye y aísla del tópico.

También es memorística la película de Clark, un director que aquí deja los mejores momentos de su filmografía. La vi de niño, cuando comenzaban las televisiones privadas, enfermos mi hermano y yo, en un pequeño televisor sin colores en nuestra habitación. Desde entonces, no he podido volver a cazarla, sino que me he tenido que conformar con la versión original, pues en Estados Unidos sí goza de cierta fama. Narra la entrañable infancia, durante los años cuarenta, de un niño que desea por Navidad la carabina de aire comprimido que promociona su personaje favorito, un cowboy de la radio. Son, sencillamente, las aventurillas de un niño corriente con una familia algo estrafalaria. A pesar del tiempo transcurrido, no eran hechos tan distintos a los que un niño español pudo vivir en los primeros ochenta, antes de que el siglo XX penetrara completamente en nuestro país.

Si tienen la ocasión de acceder a estas obras maestras navideñas, no lo duden. No hay empalago y sí emoción, no hay milagros ni gordos barbudos y sí ojos de niño abiertos al mundo, desde el suyo propio.

El Dinosaurio que estaba allí les desea felices fiestas. Quiero celebrarlo con un regalo para mis lectores, un cuento navideño, escrito por mi yo adulto, es decir, trágico. En cuanto obsequio se parece a lo que nos atiza el amigo invisible, algo que no queremos ni necesitamos y que seguramente nos hará perder el tiempo. Y aun siendo yo invisible no soy intangible y puedo recibir sus reproches y, en su caso, sus bofetadas. Pido disculpas por adelantado por sus seguros errores, defectos y estupideces.

DESCARGA Cuento de navidad (tragedia)
(En formato PDF de 6″, cómodamente legible en sus dispositivos electrónicos.)

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Dic 15

Némesis, de Philip Roth

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , 15/12/2011

Parece que me ha mirado un tuerto, nada me sale bien. Siempre estoy cansado. He recuperado unas grasas que sólo debí perder. Mi ordenador, después de un rato de uso, huele a chamusquina. Tampoco ganamos al Barça. Ana Botella será mi alcaldesa. No entiendo la poesía latina, ni qué tiene de bueno (excepto Las metamorfosis, Catulo y poco más). He olvidado aquello.  Sigo sin controlar eso.  No llamo a mis amigos. La mente está embotada, ella sabrá. Por favor, que me mire un águila, un lince me vale también.

La impresión general ante la obra reciente de Philip Roth es la de un autor en decadencia. Un autor en sus años provectos que, aun con mucho que decir todavía (la experiencia del envejecimiento, de la disolución, de la proximidad de la muerte) ve agotada su capacidad creativa y no alcanza a plasmar ese material reflexivo y emocional de manera literariamente imponente, como antaño. Un autor que, a pesar de ello y puesto en la balanza junto con sus contemporáneos suele salir airoso, tan corto se escribe ahora o tan bien lo hace, a pesar de todo, el anciano, o ambas; mas, si debe pesarse con su yo pasado, sale indefectiblemente derrotado, ampliamente derrotado. La contravida, La mancha humana, Pastoral americana, El animal moribundo, El mal de Portnoy, Operación Shylock o El teatro de Sabbath no han tenido competencia desde que en 2004 publicara La conjura contra América (que tampoco es su mejor obra, aunque es bien sólida). Hasta Némesis (que, debe decirse, tampoco es su obra maestra).

En Némesis volvemos a “su” Newark natal (pero es una Newark literaria, recuérdese, y es bien triste tener que recordarlo) durante un caluroso verano de los años cuarenta, cerca del final de la II Guerra Mundial, en el que se declara una epidemia sin precedentes de poliomielitis. La polio, como la tos ferina, fueron enfermedades terribles, como puede constatar cualquiera preguntando a sus abuelos. A la mía le causaban verdadero pavor, pese a estar ya erradicadas en el primer mundo. Y a los habitantes de Newark les provocaba semejante reacción. Conforme los niños van enfermando y van siendo conectados a “pulmones de acero” y finalmente muriendo, la población entera va sumiéndose en la desesperación y la locura. Pues, por añadidura, la ignorancia respecto de este mal era casi absoluta: no sabían curarla, pero tampoco cómo se transmitía y por tanto cómo podían evitar el contagio. Se culpaba al aire maloliente que el viento traía de las granjas de cerdos de una población cercana, o a los gargajos de los enfermos (la atmósfera antisemita de la época se plasma en la visita de una pandilla de italianos al barrio judío, con la ingenua intención de transmitirles la polio, que entonces en el barrio italiano, más pobre, causaba estragos, y entre los judíos todavía no), o se culpaba a los perritos calientes del bar, o al exceso de ejercicio físico, o al apretón de manos que exigía quien en España habría sido “el tonto del pueblo”.

Roth, como es habitual en su mejor producción economiza medios, se sirve de los recursos más tradicionales y, aparentemente, escribe una novela sencilla (aunque no deja de atisbarse la tramoya), y lo es en la superficie. Aquí el narrador es uno de esos niños enfermos, que al cabo de los años se encuentra con quien fuera su monitor de verano en la escuela, un héroe para aquellos niños. Éste le narra a él, y él a nosotros, cómo lidió con la enfermedad y finalmente la contrajo. Indudablemente, el narrador ya adulto (no es ninguno de los célebres de Roth) pone bastante material literario, no cabe imaginar que Bucky, como efectivamente apodaban a este héroe atlético pero corto de vista, narrara los hechos de la manera en que los leemos. Aquí la interposición de este narrador aleja el punto de vista y permite un relativo enjuiciamiento de los hechos y de las acciones y decisiones (¡ay, las decisiones!) del protagonista, al precio de restar inmediatez al relato. En la obra reciente de Philip Roth no hemos de esperar una estética de vanguardia, ni un empleo audaz de recursos novedosos (aunque en el pasado sí lo hizo mejora cuanto más sobrio), sino la residencia permanente en un universo propio (con Newark y Nueva York como capitales), la reelaboración, según la experiencia de la edad, de unos temas fijos (la necesidad del sexo, la enfermedad y muerte, los males de una sociedad en exceso vigilante y represiva, la impotencia y exposición del ser humano) y un oficio literario fuera de toda duda (de las veintidós mejores novelas estadounidenses entre 1980 y 2005 nada menos que seis son suyas).

En Elegía escribió que “la vejez no es una batalla, es una masacre”, y en Némesis encontramos una ampliación del aforismo. Aquí son masacrados los niños y los jóvenes como Bucky, que no fue aceptado por el ejército pero es un portento físico y un hombre querido y admirado por la comunidad por su valentía, su nobleza y su determinación. Sin embargo, frente a la enfermedad todo se desmorona, también el héroe, que huye de la ciudad a un campamento en el que trabaja su novia, un edén de paz, salud y vida natural, tan lejos de los pulmones de acero que mantienen vivos a los niños de Newark. Acostumbrado a sobreponerse a cualquier revés, Bucky sucumbe ante la imparable potencia de la enfermedad, y lo hace, a partir de ese momento, ante la culpa tanto como ante la polio. He aquí la raíz más profunda de la literatura de Roth, la indefensión del ser humano frente a los hechos, ya sea una enfermedad sin cura o la vejez o una sociedad que decide arrinconar a uno de sus miembros. El individuo puede indignarse, sentirse humillado, enloquecer; puede luchar, enfrentarse, combatir; pero, finalmente, será destruido. También puede rendirse, recluírse, arrinconarse por propia decisión. El optimismo de La conjura contra América ha desaparecido.

Aun con una dosis tal de pesimismo, Némesis supone la recuperación de Philip Roth, que vuelve a dar con un relato capaz de sostener su reflexión y un personaje capaz de fijarla, encarnarla, vivirla y sufrirla de modo memorable. Bucky no es Kepesh ni Zuckerman ni Portnoy, pero casi los alcanza en su condición de héroe trágico, abatido y aniquilado por un rival al que no podía vencer.

Palabra de Javier Avilés (El lamento de Portnoy)

“No sé si he sacado alguna experiencia positiva de la lectura de Némesis. Pero sigo a Zenón y contemplo la gran obra de Roth.”

(Es claro que disentimos en cuanto a la valoración de esta novela, pero el experto en Roth es él, no yo: háganle más caso, siempre.)

Palabra de Rafael Narbona (El Cultural)

“Nos encontramos con el mejor Philip Roth, narrador ágil e intuitivo, capaz de crear personajes y ensartarlos en una trama donde no hay elementos innecesarios ni digresiones que afecten a la unidad del relato.”

Palabra de José María Guelbenzu (Babelia)

“El narrador se descubre a media novela y será decisivo -muestra de la gran sabiduría narrativa de Roth a estas alturas de su vida de escritor- para poder elevar el relato a su mayor altura y poder exponerlo en toda su dimensión trágica.”

Palabra de Silvia Bardelás (El lector perdido)

“Se ve al autor construyendo, manejando el suspense, buscando soluciones, colocando una imagen que arregla un exceso de discurso, utilizando el diálogo para informar. Es difícil entender que Roth haya sido encumbrado como autor universal.”

(Sin desperdicio. Hay que enviársela al Roth, contiene valiosos consejos que le permitirán adecentar su obra y acercarse, al fin, al Nobel.)

Palabra de Juan Marqués (La tormenta en un vaso)

“Su grandeza está en el modo en el que aborda un tema que a otro novelista aparentemente más ambicioso le habría llevado a una novela mucho más gruesa, poliédrica y generalista.”

(El subrayado es mío.)

Palabra de José Lasaga (El imparcial)

“Me atrevería a sugerir que hay un hilo conductor que unifica sus cuatro últimas novelas. Es como si después de haber examinado el valor y sentido de las vidas humanas en su existencia histórica, por ejemplo, en la Trilogía americana, hubiera dado un paso más para adentrarse hacia la desnudez de esas mismas vidas haciendo que sus personajes se enfrenten con las fuerzas últimas que las gobiernan desde su nacimiento: por supuesto, el envejecimiento y la muerte en Elegía (2006) (…); el azar que golpea a ciegas y destruye una vida, no importa lo inmerecido que resulte (Indignación, 2008); la vejez como causa de disolución de la confianza en sí [en uno] mismo (…) (La humillación, 2009) y finalmente esta Némesis (2010), crónica de una “venganza” (…).”

Palabra de Eduardo Lago (El País)

“Llegó octubre de 2010, volvió a sonar su nombre, como cada otoño, entre los candidatos al Nobel. Una vez más, no se le concedió. Lo que sí llegó con la puntualidad de siempre fue una nueva novela, Nemesis, y con ella la sorpresa. A Roth le queda mucho por decir.”

Ficha de la novela en la editorial Mondadori

Entrevista con Philip Roth (El País)

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Dic 11

Real Coyote

Escrito en K-Saurus, Memoria de estegosaurio.
Etiquetas: , , 11/12/2011

Cuando era niño, aunque no nos permitían pasar mucho tiempo ante el televisor, sí que había algunos programas de dibujos animados familiarmente aceptados. Todo lo que fuera Disney, o Looney Tunes (para nosotros, siempre, el Conejo de la Suerte, aunque no apareciera en el episodio), o Tom y Jerry. Ello dejaba fuera de la legalidad cualquier japonismo que no fueran Heidi o Marco o La abeja maya, es decir, Mazinger Z o Comando G, de los que otros niños nos hablaban en el colegio, pero que yo no pude ver jamás. De entre aquellos no sujetos a censura, había algunos que me irritaban. Del mismo modo que era intolerable que los indios consiguieran abatir al vaquero, parecía inadmisible que el Correcaminos derrotara incansablemente al Coyote, o que Jerry hiciera lo propio con el gato Tom. Y era así no por esquivar el esquema corriente, el flujo natural de las cosas, sino porque aquello olía mal. Había trampa en aquella invencibilidad de los supuestos débiles. Una mano negra.

Tanto el felino como el cánido, tradicionales opositores, coincidían en ver frustradas sus biológicas ansias de carnicería (si bien en ocasiones Tom demostraba tener mejor corazón que el infame roedor), y no porque sus rivales poseyeran recursos, poderes o talentos superiores. Sencillamente, les aguardaba la derrota hicieran lo que hicieran. Si, por ejemplo, Jerry para huir del gato se enroscaba en el casquillo de una lámpara, nada le ocurría, pero al ponerle Tom la zarpa encima, recibía este una terrible descarga eléctrica. Y el roedor indemne. Si, como solía, Coyote erigía un recio muro interrumpiendo la carretera y sobre él dibujaba una estampa del paisaje que acababa de bloquear, al llegar el ave a toda velocidad recorría el camino ficticio como si, para él, no hubiera distinción entre fantasía y realidad, entre simulacro y verdad. Por supuesto, si el Coyote intentaba hacer lo mismo se estampaba en la sólida, auténtica pared de ladrillos.

Lo más frustrante de todo esto era que (especialmente Wile E. Coyote) los perdedores demostraban tenacidad, ingenio e inteligencia, todos ellos valores y habilidades admirables, deseables, que los adultos deseaban inculcar a los niños pero que, incomprensiblemente, se nos mostraban como inútiles, como propias del fracasado y no del triunfante. Triunfante porque sí, pues el Correcaminos nada hacía para salirse con la suya. Su superioridad, además de inmerecida, era insultante, era injusta y se debía más a una intercesión cuasidivina que a la velocidad o la astucia del campeón. Aunque el plan y los cachivaches Acme fueran perfectos, los niños sabíamos de antemano el resultado final del empeño.

Hoy, como seguidor del Real Madrid, sufro de similar impotencia. Comenzamos a advertir los madridistas, como aquellos niños de entonces, que sin importar el esfuerzo, la planificación, el arte desplegado, saldremos derrotados en los enfrentamientos frente al Barça. Que, aun cuando se logre neutralizar su juego fabuloso de toque, movimiento y penetración, saldremos derrotados. Que, aun cuando nos adelantemos en el marcador en el primer minuto, saldremos derrotados. Que, aun cuando suframos un comportamiento antideportivo, con fingimientos, engaños y vilezas, saldremos derrotados (y además, incomprensiblemente, señalados como villanos). Que, aun cuando nuestro juego ciertamente más tosco y feo acogote y domine, saldremos derrotados. Porque hay una ley no escrita que dicta el resultado de estos partidos, y sean Xavi o Messi o Iniesta inspirados, sean Pepe o Sergio Ramos o Cristiano despistados, sean los rebotes siempre favorecedores al rival o los árbitos casi siempre parciales y sañudos (presas, igual que tantos aficionados desde que Florentino tomara las riendas del club, y más aún con la llegada arrolladora de Mourinho, de un antimadridismo cerril), sea lo que sea, al final, el Coyote se verá cayendo al abismo, preguntándose qué ha hecho él para merecer el topetazo y qué demonios puede hacer para, en la siguiente ocasión, salir imposiblemente triunfante.

Dedicado a mis amigos culés, siervos del mal y devotos de inmundas ratas y sucios pajarracos pero afortunados de poder sentir como propio un fútbol tan maravilloso.

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Dic 02

Escritores, ¿curritos o vividores?

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , , , , , 2/12/2011

Una vez al año, hago cola. Y no sé muy bien por qué. Dos horas en pie, en el frío de la mañana, por algo en lo que no creo obtener beneficio. El año próximo, otra vez.

No me ha gustado nada. El libro de Daria Galateria, Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores, no me ha gustado nada (exagero y miento: sí me ha gustado, pero me ha dado rabia). No le falta interés, ciertamente, pero hay en él reproches velados que están fuera de lugar. Como lector, me importa poco si el escritor sufrió o gozó mientras escribía, si su infancia estuvo salpicada de violencia o de cariño, si tuvo que quemarse las pestañas estudiando o los éxitos académicos le llovieron suavemente, si los premios se los conceden o se los gana, si fue afortunado en el amor o en el juego, o desgraciado en ambos, y, en fin, si concentró sus esfuerzos en la escritura o bien precisó de un sostén económico ajeno al literario. Nada de eso me importa ni afecta a la valoración que he de hacer de una obra literaria. Sólo me importa la obra en sí y en absoluto una existencia áspera la hace mejor o más meritoria.

La posición de Galateria es la opuesta. El trabajo dignifica, el trabajo manual dignifica más y el escritor merece más respeto si pasó sus días en la oficina o las noches en la fábrica. Por supuesto, las obras de Gorki, de London o de Marsé (por citar a alguien que Galateria olvidó) no serían lo que son sin su experiencia laboral. Tanto influyó, creo, la opresión paterna en el joven Franz Kafka como sus lecturas de Von Kleist o las jornadas interminables en Assicurazioni Generali, en la conformación de su particular universo narrativo. Pero ya me dirán de qué le serviría a Vila-Matas su alistamiento en la industria química o a Álvaro Pombo su fichaje por la panadería de la esquina.

Indudablemente, se escribe desde la experiencia y diferentes experiencias conducen a diferentes estilos, intenciones y universos. Pero el oficio del escritor es valioso y meritorio en sí mismo. Que el autor, para sostenerse, sableara a sus conocidos, vampirizase a su pareja o dignamente fichara cada mañana en un taller de reparación de automóviles, o que por el contrario pasara hambre canina, son circunstancias que sirven al lector crítico para desentrañar el sentido último de su lectura, pero que por sí mismas no dicen nada del valor del escrito. Es el trabajo con las diferentes herramientas del escritor, las palabras, la sintaxis, las ideas, etc., lo que hemos de valorar y lo que otorgará méritos al esforzado escritor, porque escribir es un duro empeño, una pirueta sin red, una inversión a fondo perdido. Casi se puede decir, contra las tesis de Galateria, que quien busca un empleo al margen de la creación literaria opta por el camino fácil, pues sin reducir el empeño engancha una malla de seguridad bajo el cable tenso de la escritura. Pero también sabemos que no es así. Que son cosas que nada tienen que ver.

Así, negándole a Daria Galateria la mayor, concedámosle la menor: que ha escrito un libro ameno, repleto de curiosidades y anécdotas que no pueden dejar de interesar al lector curioso. Que los autores representados, algunos poco conocidos, se convierten en personajes en estas páginas, personajes carismáticos que estimulan la empatía del lector como ocurre con las reseñas biográficas de Maximo Gorki o Franz Kafka. Y que, si bien la escritura es algo deslavazada y el lector español echará en falta eso, españoles, no dejará de disfrutar esta lectura en la que los célebres, reverenciados, mitificados autores, aparecen con sus monos de trabajo manchados de grasa, el cabello desordenado, bolsas de cansancio bajo los ojos y las uñas llenas de mierda.

Escribir es un tic. Los métodos y las manías de los escritores. Francesco Piccolo, Ariel (2008) / Círculo de lectores (2009).

La escritura es una combinación original de devoción sagrada y mentalidad de empleado”. El librito de Piccolo es lo contrario que el anterior, y permítanme recomendárselo, encarecidamente. Frente a los “trabajos forzados” de Galateria, la cotidianidad del autor, sus rutinas de escritura, su método y sus manías. Aquí los escritores trabajan, con denuedo, en la escritura de libros. Creo que, si el libro de Galateria puede satisfacer algunos egos, éste puede acercar al escritor a sus lectores, lo humaniza y lo dignifica. Sí, el escritor se esfuerza día tras día. No, el escritor no se sienta en su escritorio cuando le apetece (cuando “está inspirado”) y escribe algunas páginas sin esfuerzo antes de regresar a su vida ociosa e, incluso, divina. Todo ello al margen de que pueda gozar con su oficio, claro. Eso sí ocurre, afortunadamente.

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