El otoño vivifica. Será el frío, el aroma de leña en los Austrias, o la luz madura y melancólica, calmada su agresividad estival. También se ha de condensar el ansia en días más cortos, más intensos. Enseguida vendrán las prisas, los agobios, la desesperación; por suerte, eso encoge. Ojos de niño se abren despacio.

Junto con Miyazaki Hayao, fue Kon Satoshi el director de animación más célebre que ha dado Japón al mundo (con permiso de otros grandes como Otomo Katsuhiro o Anno Hideaki o Takahata Isao); el mundo ficcional de Kon es mucho más amargo y duro que el de Miyazaki y su público más adulto. A Kon le interesaba ese fondo oscuro de la mente humana, ignoto y muchas veces tenebroso, y si en Perfect Blue abordaba el asunto de la personalidad doble, en Paranoia Agent el sentimiento de culpa reprimido. Así pues, no es raro que fijara su atención en Paprika, la esperadísima (al menos por mí) novela de Tsutsui Yasutaka sensei. La adaptación de Kon ha tenido una aceptable difusión en Occidente, la mejor del malogrado director nipón, mas quienes se conformen con visionar la (por otra parte excelente) versión animada, se van a perder una experiencia fantástica, en todos los sentidos del término.
Sin embargo, Paprika, la novela, ha de enfrentarse a varios obstáculos para ser reconocida en su justa medida por el público español. Uno de ellos, arriba mencionado, es la existencia de una versión animada (para 2013 se espera otra adaptación cinematográfica, a cargo del desacreditado Wolfgang Petersen). Ello implica una sospecha de infantilismo, totalmente infundada, que acompaña habitualmente a la ficción popular japonesa: en occidente, y en España con mayor intensidad, los dibujos animados y los tebeos (y más si son nipones) son cosa de niños, adolescentes y peterpanes y frikis. Sin contar con que potenciales lectores, perezosos, renuncien a la lectura de la obra madre y se conformen con la adaptación. Pero Paprika no tiene nada de superficial. Maneja temas profundos y complejos, tanto como la dimensión psicológica humana, y la escritura de Tsutsui-sensei tampoco es precisamente infantil. Por otro lado, Kon realizó una adaptación libre, y de la novela apenas conserva el título, una síntesis general y la abrumadora belleza de la protagonista. Todo lo demás pertenece al mundo ficcional de Kon.
Tampoco la ciencia ficción ha contado, tradicionalmente (aunque eso está cambiando), con un reconocimiento cultural apropiado. Se la tiene por un género menor y juvenil, pues el grueso de su producción lo es sin la menor duda. No se mide por el contrario por el mismo rasero a la novela romántica, que sufre similar engordamiento por obras mediocres, pero cuando una novela romántica “seria” hace su aparición se la mantiene a salvo de sus parientes tontos y recibe un juicio ajustado a sus méritos (hablando en general, claro). A pesar de todo, la ciencia ficción ha demostrado ser capaz de enfrentar algunos de los conflictos contemporáneos más graves, especialmente los relacionados con la sobretecnologización de las sociedades industriales desarrolladas, pero también otros de índole política o psicológica. Es cierto que no suelen ser novelas de personajes (en las que la acción depende de los procesos internos de ellos, y no al revés) pero eso es una característica, no un defecto. Los personajes no son ajenos al entorno, lo afrontan y sufren y resultan afectados por él.
Paprika no es pues una obra sencilla y superficial, sino compleja y profunda, y la índole de esta complejidad será otro de los obstáculos de su camino, pues los temas que trata resultan ajenos al lector profundo convencional: son asuntos científicos y psíquicos, cuando éste se encuentra más habituado a asuntos filosóficos y emocionales, es decir, “de letras”. Pero ya sabemos que la distinción artificial entre “ciencias” y “letras” está muerta. Dejémosla pudrirse. Si bien la raíz de la crítica de Paprika es sociológica, es la complejidad y el (des)conocimiento de la psique humana el motor y principal reclamo de la novela.
No he ofrecido una sinopsis de la obra. Los doctores Chiba Atsuko y Tokita Kosaku del Instituto de Investigación Psiquiátrica de Tokio están a punto de recibir el Premio Nobel por sus investigaciones de los trastornos mentales mediante una nueva tecnología que permite penetrar en los sueños de los pacientes, verlos, grabarlos e, incluso, intervenir en ellos. Sin embargo, el problema científico no es el único al que se enfrentan. Cuando les roban el nuevo y poderosísimo dispositivo conocido como Mini DC salen a la luz los movimientos conspiratorios con los que algunos miembros del Instituto tratan de hacerse con su control, para desde ahí imponer su visión de la ciencia y del mundo. La doble vida de la doctora Chiba, que actúa como detective de los sueños bajo la identidad secreta de Paprika, complica la situación, pues dichas actividades son delictivas y puede ser denunciada en cualquier momento (con lo que debería renunciar tanto al Premio como a sus investigaciones), pero al mismo tiempo su relación con varios personajes poderosos, a los que curó como detective de los sueños, la protegen de cualquier ataque de este tipo y resultarán claves en el enfrentamiento con el villano doctor Inui.
La raíz sociológica a la que me refería es esa confrontación de las dos cosmovisiones opuestas (con sus respectivas concepciones de la ciencia) de Chiba y Inui. Aunque su origen sea filosófico, se manifiesta de varias formas. No sólo las consabidas envidia, codicia, ambición y ansia de poder, que saltan rápidamente del individuo al grupo, primero la pareja (Inui y Osanai), luego el caudillo y sus acólitos, por fin el líder y la masa; también se manifiesta en el duelo sexual entre la doctora Chiba y el doctor Inui, con sus amantes en la trinchera, y no menos claramente en la dimensión onírica, en los sueños. Porque esta es una novela que se desenvuelve a medias en la vigilia, a medias en el sueño y, al fin, en un territorio mixto. He ahí el origen de su encanto, aunque el thriller y el erotismo cumplan su parte admirablemente.
En el mundo de los sueños, que lejos de la realidad compartimentada individualmente que imaginamos resulta ser un cosmos amplio, compartido, Chiba e Inui se comportan de maneras divergentes. Paprika lo recorre con curiosidad y generosidad, y como premio recibe satisfacciones no sólo cognitivas. El doctor Inui, en cambio, persigue en todo momento su satisfacción individual. El sueño, nuestro talón de Aquiles como bien sabía Freddy Krueger (porque ahí aún somos niños de teta), es explotado por Inui y sus seguidores para sus bellaquerías, y a través de él su maldad se desborda revelando la endeblez del mundo de la vigila, meramente subsidiario del onírico.
Y finalmente, el desenlace godzillesco, muy japonés. Ah, y salen sociedades secretas.
