Las horas nocturnas son breves, oscuras y espesas, pero si todo lo que hay es noche, sólo queda apretar los dientes.

Hace unos días asistí a una curiosa conversación entre no demasiado jóvenes. Versaba sobre Canción de hielo y fuego, la saga de fantasy de moda, y en ella cada participante se posicionaba a favor de un clan, los Lannister, los Baratheon e, incluso, por los Hijos el Hierro (sorprendentemente, ninguno de ellos optó por los Stark de Invernalia). He leído su primer volumen, Juego de tronos, pero en momento alguno se me ha ocurrido identificarme con ninguno de los clanes. Me resulta más que sorprendente tal proceso emocional, al menos en este caso, y de ahí que la conversación me llamara la atención. Y supongo que no será un coloquio inhabitual.
Concibo, sí, la simpatía hacia un personaje determinado, incluso la identificación del lector con él; es uno de los procesos emocionales básicos de la experiencia lectora. Lo que no me extraña tanto es que aquel grupo se sintiera subyugado por el relato de Martin, pues pese a la mala fama crítica que sufre el género (las más de las veces, justificada), se trata de una gran novela de entretenimiento.
No, no es literatura, pero eso no es malo.
Una novela de entretenimiento tiene como único objetivo la satisfacción inmediata del lector. Éste suele aludir a ello diciendo que le ha “enganchado”. Pero, ese lector no se verá afectado profundamente por esa lectura, no será para él un hacha que rompa el mar de hielo que lleva dentro (Franz Kafka). Pasará el rato con ella, olvidará sus problemas o su tedio haciendo suyos los conflictos y emociones de los personajes y luego seguirá adelante con su vida, indemne. Hay quien no necesita hachas literarias, porque gasta de otro tipo, y hay quien alterna lecturas sesudas y profundas con otras sencillas o superficiales. También hay, y son muchos, quienes temen las esquirlas heladas y solamente dejan estar su glaciar, procurando mirarlo poco; en éstos no gastamos un latido neuronal.
Volvamos a Juego de tronos. Al no ser literatura auténtica, resultan absurdas las comparaciones que se hacen con la obra mayor de J. R. R. Tolkien, El señor de los anillos. Ésta sí lo es, y competente, por su ambición literaria. Quienes piensen que es una novela de aventuras, de acción o de fantasy, se equivocan. Es un poema épico en prosa inspirado en literatura muy antigua, y la prueba la lleva Aragorn en su vaina: recorre la peligrosa Tierra Media desarmado, con sólo los restos de una espada quebrada al cinto. Ésto no es propio de un héroe de acción pero sí de uno épico (Sigfrido). Además, a Martin le falta la riqueza poética y simbólica del surafricano (aunque le añade, por contra, violencia y sexo, es decir, contándose lo que se cuenta, realismo). El señor de los anillos tiene más que ver con las grandes epopeyas y poemas épicos del pasado y Canción de hielo y fuego con Los pilares de la Tierra o la saga de Harry Potter.
Juego de tronos, entonces. Una obra de entretenimiento, exigente y de calidad, que destaca por la complejidad de su trama y la abundancia de personajes (aunque sólo he leído, por ahora, el primer libro, sé que más adelante su número crecerá todavía). Es una gran historia, con una construcción ambiciosa, que si peca de escasa raíz, al menos tiene una copa ancha y muy ramificada, de denso follaje (lo que también puede desestabilizar al árbol). El componente mágico de este primer libro es escaso y remoto; aparecen, sí, esas extrañas criaturas irisadas que llaman sencillamente “los Otros” y que por solapamiento con la decepcionante Lost en la adaptación televisiva de Juego de tronos denominan “Caminantes Blancos”. Aunque se sugiere su capital importancia para el devenir de la saga, aparecen poco, y los retales de ambiente mágico son alusiones a un pasado remoto: los dragones se han extinguido, los “Niños del Bosque” han desaparecido y apenas aparecen nigromantes (sólo una mujer-oveja vengativa). El peso de la narración, pues, no recae sobre lo fantástico, sino sobre lo político.
Así es, Juego de tronos versa, como reza su título, sobre las ambiciones y mezquindades que rodean al Trono de Hierro de los Siete Reinos, y las diferentes tretas con las que los clanes de Poniente tratan de hacerse con el poder. Como ha reconocido el autor, esta parte del relato se inspira en la Guerra de las Dos Rosas, conflicto nobiliar inglés del siglo XV. Y es evidente, pues en dicho episodio se enfrentaron, por la corona de Inglaterra, los Lancaster (Lannister) con los York (Stark). La intriga política está manejada con destreza, si bien Martin no abandona los códigos del género y deja bien claro cuáles son “los buenos” (aunque habrá que ver el desarrollo posterior de la saga). Lord Eddard Stark es un modelo de héroe moral irreprochable, de no ser por esa mácula que supone su hijo bastardo Jon Nieve, aunque no se dejan de sugerir posibilidades que dejarían inmaculado el honor del Señor del Norte.
Aunque en general los personajes de esta historia son (o parecen) planos como Lord Stark (es casi inevitable que, en un catálogo tan amplio, abunden éstos), los hay más esponjosos. Martin se ha ocupado de insuflarles vida, lo que tampoco es normal en el género de fantasy ni en el más amplio del bestseller y la ficción de esparcimiento. Así tenemos personajes controvertidos como Catelyn Tully Stark o su oponente la reina Cersei, y otros que se caracterizan por estar “rotos” o “defectuosos”, como Tyrion (enano), Jon (bastardo) y Arya (mujer), que son los más carismáticos y atractivos y, presumiblemente, los que van a tener mayor peso en el relato. Sin olvidar a Daenerys Targaryen, cuya odisea rothraki me parece lo más frágil de la novela (así como la invención de este pueblo nómada guerrero, asimilable a los escitas o a los mongoles, aunque su divinidad mayor resulta ser femenina, estática y agraria, lo que creo un grave error antropológico) pero que apunta a clave de la saga.
En definitiva, no descubriré nada, pero Juego de tronos es una opción a valorar si lo que buscamos es un libro superficial pero exigente con el lector, que permita consumir horas sin dejar la sensación de tiempo perdido o burlado.
