Recientemente he podido revisitar, sacando minutos de donde no los había, la serie de anime Touch! (Bateadores en España; originalmente era un manga de Adachi Mitsuru, que no he leído ¡Gracias, Santa Claus!). Había en ella dos escenas que, particularmente, me impresionaron en su momento, cuando de niño la vi por televisión. Yo era un crío bastante romántico y la historia me atrajo lo suficiente como para que, años después y en un momento bastante inapropiado, volviera a verla. Esas escenas eran, claro, románticas. En la primera, Minami (en España recibió el absurdo nombre de Bárbara) buscaba bajo la almohada de Tatsuya (absurdamente Carlos) el libro de Juan Salvador Gaviota, pues Tatchan utiliza los libros para dormir con la cabeza bien alta. Dado que él duerme en la litera superior, aprovecha para mirar debajo de las faldas de su preciosa vecina. Debido a esta escena leí la novela de Bach, que por cierto es un tostón mayúsculo: Tatchan le dio un uso apropiado.
La segunda escena hizo que este revisionado me resultara algo frustrante. Porque no la encontré. Es cierto que me salté los resúmenes que preparó Telecinco, pero creo que el resto del metraje lo atendí completamente. Mi memoria es tan flaca como una actriz casi famosa y considero la posibilidad de que perteneciera a otra serie, quizá Kimagure Orange Road (absurdamente Johnny y sus amigos) de la misma época; aunque estoy bastante seguro de que era de Touch!. En esa escena desmemoriada Tatsuya y Minami presenciaban, en la orilla inclinada de un río, un espectáculo de fuegos artificiales, probablemente de algún festival veraniego, y sentados en una manta, compartían comida, puede que Minami le pusiera porciones en la boca a su amigo de la infancia y enamorado inconfesado. No estoy seguro de si había alguien más, por ejemplo la madre de Tatsuya. Pero sí recuerdo la emoción romántica que suscitó en mi joven corazón. Toda la historia, béisbol al margen (hay que reconocer el mérito de haber logrado hacer emocionante ese deporte), está impregnada de esa emoción, tanto la competición entre los hermanos, como la condición de vecinos de los protagonistas, como el carácter dulce y servicial de Minami y el antiheroísmo de Tatsuya.
Pero no conseguí ver esa escena.
También evoqué otra emoción que el anime actual no consigue despertarme pues Japón como el resto de naciones se ha vuelto más cínico y despreocupado. Desde muy pequeño el anime japonés me animó a mejorar. De hecho, es un género entero dentro de la ficción popular japonesa, el de superación. Puede ser de temática deportiva, romántica, musical o combativa, entre otras (incluyendo la panadería), pero siempre funciona de manera similar: el personaje debe dar su mejor esfuerzo (ganbarimasu!), perseverar superando no al rival, que también, sino prioritariamente a uno mismo. Ello siempre renta, y también se consigue a la chica. No es que me llegaran a cambiar profundamente, pero me impulsaban temporalmente: yo también quería ser mejor, al menos mientras me durasen los efectos.
Bueno, quizá no entendí perfectamente bien aquello de “dar el mejor esfuerzo”, cosas del choque de civilizaciones y culturas.
Ahora, si quiero recuperar aquella escena, debo esforzarme al máximo. No puedo fiarme demasiado de mi memoria, que es como debió de ser la del estegosaurio, del tamaño de una nuez. A veces consigo rellenar lagunas, asumiendo que el relleno puede ser ficticio o sólo aproximado. Otras veces acierto. Aquella primera videoconsola que evocaba hace un año, también entre tinieblas, fue hallada finalmente: Interton VC-4000, una máquina de gran éxito en Francia y Alemania y nula distribución en España, no sé cómo mis primos la consiguieron. A punto estuve de comprármela en Ebay, pero mi cuenta corriente logró contenerme (si alguien quiere verme derramar alguna lagrimilla de felicidad, ya sabe qué regalarme, ejem). Pero el caso de la Interton es una excepción. Rara vez puedo reconstruir tan perfectamente un recuerdo, de hecho debería llamarlos olvidos. Soy consciente de que la mayor parte de la humanidad lo experimentará de manera similar, pero tengo un hermano, y algún amigo, con ese tipo de memoria irracional que resguarda todo tipo de datos irrelevantes, horas, fechas, números, colores, todo. La envidia hace su aparición y, aunque sé que debería dar mi mejor esfuerzo, mejorar mis recuerdos y fortalecer mi memoria de estegosaurio, me diluyo y abato y prefiero quejarme y maldecir. Pero así, dentro de un tiempo, cuando ya haya olvidado la totalidad de Touch!, a excepción de un par de escenas, podré volver a verla y seguir buscando mis fuegos de artificio y románticos bocados. Y la redescubriré como si nunca la hubiera visto, o sólo aquellas escenas, por casualidad y sin detenerme.
