Fiesta de reencuentros. Sonrisas amigas, muchas; alguna enemiga. Abundantes abrazos, sentidos (los hay inauténticos, pero es de gran ruindad); escasas palabras, en general (y repetidas). Confesiones: histórico-fantástica (¡son muy insistentes!). Despedida de oprobio e insatisfacción. Cultivas una pequeña flor que, de tan endeble, no aguanta hasta la siguiente primavera. (A veces, la primavera no llega nunca.) Si no eres buen jardinero, ¿para qué plantar una semilla que has de ver morir? Antes de sucumbir floreció bellamente: ese recuerdo es un tesoro.

Escribo ahora estas líneas, pero acudí ovinamente a la librería el mismo día en que esta novela se ponía a la venta. Cinco minutos después de abiertas sus puertas, ya tenía mi ejemplar en la mano. Dos días después (quizá alguno más) ya la había leído. No me senté a escribir sin más. Pasé notas, elaboré un dossier, aguardé las primeras críticas y valoraciones. Tampoco entonces me puse a escribir. Los enamoramientos me ha dejado una sensación contradictoria, pese al aplauso general (con algunos gruñidos discordantes).
Escribí: “Alcanza una brillantez absoluta en dos de las mejores novelas del siglo XX -y no sólo en lengua castellana-, Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí” (22 de julio de 2007) y cuatro años más tarde no me retracto. Creo que Javier Marías es uno de los grandes autores de nuestra época, pero no ha entrado bien en el siglo XXI. Tu rostro mañana, a falta de ser revisitada, me decepcionó, y en parte lo mismo me ha ocurrido con Los enamoramientos, aunque por motivos diferentes y de forma menos clara.
Recibí con gran disgusto un comentario suyo realizado, como de pasada, en una entrevista promocional de Tu rostro mañana, en el cual sugería que ya no escribiría más novelas porque ya no le quedaba nada que decir. Su magna novela triple no me gustó, quizá porque comparé la emoción que sentí al leer sus obras previas con el resultado pasivo de ésta. Aún así, confiaba en ver incumplida la amenaza, que achacaba al cansancio de tantos años recreando un universo tan desolador. Al enterarme de la existencia de Los enamoramientos me preparé para recuperar a mi autor. Es por eso que, contra mi costumbre, aguardé ansioso su publicación y quise ser de los primeros en leerla, como ya lo fui de Veneno y sombra y adiós (aunque entonces la editorial me lo envió incluso antes de su comercialización, y si no recuerdo mal publicamos la reseña antes que nadie, el mismo día de su publicación o sólo muy poco más tarde). En cierto modo, no mentía en aquella remota entrevista: su nueva novela no dice nada nuevo, aunque haya encontrado un engranaje que le permite poner en marcha, otra vez, sus viejas obsesiones (filosóficas, estilísticas, estéticas, personales). Y fueron esas obsesiones las que me hicieron rogar a Alfaguara por la premura en el envío allá por 2007, y las que me hicieron correr a la librería (Méndez, por supuesto) el pasado abril. Como lo harán en un futuro cuando se anuncie su siguiente trabajo, pues ahora no ha proferido amenazas.
La recepción crítica de Los enamoramientos ha sido, en general, excelente. Los lectores también han respondido, como suelen. Algún comentario superficial, que pone en evidencia más al lector que al autor (es aburrido, se enrrolla), es todo lo que, por negativo, ha sufrido la novela. A Juan Mal-herido no le ha gustado. Dice: “Un colín con mucha levadura: eso es Los enamoramientos”. Y también que es: “como volver a casas del pasado ahora mal decoradas y con los muebles muy baratos, pero con pilares y paredes que parece que aguantan”. Ya sabemos que Juan es un gruñón, y muchas veces superficial, pero en esto último estoy de acuerdo. Pero también lo estoy con quienes, como Ángel Basanta o Justo Serna o Domingo Ródenas han visto en ella una novela brillante, uno de los mejores exponentes de la narrativa contemporánea, por lo ya sabido: “La prosa demorada, de período amplio y de sintaxis retorcida, con su ritmo envolvente y quebrado, su discurrir parsimonioso, sus divagaciones, sus rodeos, sus amplificaciones” (Serna); y la complejidad temática y reflexiva (“La que parecía una obra sobre el amor, la amistad, las relaciones de pareja, el azar, la muerte, la memoria y la culpa, lo cual ya es mucho, ensancha su sentido hasta convertirse en una novela sobre la radical inaprehensibilidad de la realidad, la impunidad y la extrema dificultad de conocer la verdad”, Basanta).
Ya dije que andaba algo confundido.
Tengo claro que la urdimbre supera al acabado. Un único narrador tiñe con su voz las voces de todos los personajes, haciéndose monótono su narrar. Esta rutina estilística (que no recuerdo haber sentido antes, tampoco en Tu rostro mañana) sólo se quiebra con las apariciones de Francisco Rico y de Ruibérriz de Torres, con su deje canalla. Pero Marías insiste en ponerse canalla cuando no le va nada, sus macarras son puros impostores, graduados en Eton que gustan de soltar un taco para sentir la suciedad de la tierra antes de volver a elevarse (y obligar al servicio a eliminar la mácula de realidad). La trama, aunque mínima y bajo capas y capas de discurso, no está nada mal. Y el discurso, tampoco. La prosa hipnótica de Marías ya no me hipnotiza (ya no puedo reunir las condiciones para caer en el frenesí lector y parece que tal acción desbocada y gozosa perteneciera a un pasado remotísimo y, como tal, inaccesible), pero aún me fascina. En realidad, no puedo aportar casi nada a lo que ya se ha dicho de Los enamoramientos, y más abajo listo una serie de enlaces apropiados.
No sé si les ocurre a todos sus lectores, o a alguno más, pero cuando leo cualquier novela suya, especialmente desde El siglo, acostumbro a ver el rostro de Javier Marías en sus narradores. Es igual que visiten a un viejo profesor oxoniense, que huyan al sentir la piel helada de su amante muerta o que, vistiendo gabardina, compren discos de Henry Mancini para hacer tiempo o para disimular. Siempre es Javier Marías. Ahora ese narrador es una mujer, pero la impresión no cambia. Es su rostro el que vi ayer, cuando leí Los enamoramientos, en el cuerpo de María Dolz. Sobre el debate memo de si la psicología de la narradora es femenina o masculina no diré más. Pero sí diré que también vi el rostro de Marías, en seguida, en otro personaje tocayo suyo de la novela, Javier Díaz-Varela. Cuando lo describe físicamente, evoqué de inmediato otra descripción, muy similar, en otro de sus libros que más disfruto, Miramientos.
Dice de Díaz-Varela: “Era varonil, calmado y bien parecido, aquel Javier Díaz-Varela. Aunque afeitado con esmero, se le adivinaba la barba, una sombra brevemente azulada, sobre todo a la altura del mentón enérgico, como de héroe de tebeo (según el ángulo y como le diera la luz, se le veía o no partido). Tenía pelo en el pecho, le asomaba un poco por la camisa con el botón superior abierto, no llevaba corbata (…). Las facciones eran delicadas, con ojos rasgados de expresión miope o soñadora, pestañas bastante largas y una boca carnosa y firme muy bien dibujada, tanto que sus labios parecían los de una mujer trasplantados a una cara de hombre” (Los enamoramientos, p. 110).
“Autorretrato farsante” en Miramientos: “Con la mirada perdida en el infinito y las pestañas bien visibles y vueltas, la boca de mujer que contrasta con la sombra de cerrada barba (quizá una barba azulada) (…). El mentón más decidido que enérgico y fantasmalmente partido, pero esos labios femeninos siguen restando veracidad a la representación elegida (…). Se adivina mejor la miopía innegable (…). Lo ayuda un poco la cerrada, azulada barba”.
Así, Marías nos ha regalado, mediante la cervantina técnica de la interpolación, un nuevo capítulo de su autorretrato, que entonces detuvo en los cuarenta y cinco años y ahora actualiza con cincuenta y nueve. Es claro que el Marías de papel, unitario por lo común, se ha desdoblado en esta novela, en Javier y en María, y no resulta tan extraño ya que discurseen de forma tan semejante, prolongada y retocida. Sus mundos morales, empero, confrontan y disputan y quizá evoquen las mismas confrontaciones internas del autor, que como todos nosotros las tendrá. Esa confrontación lleva a María a varias reflexiones, pero la central es una vieja conocida en nuestras letras, ya desde el siglo XVII: apariencia y verdad, añadiéndole la cuestión moderna de la imposibilidad del acceso a ésta última. Y no quiero olvidar, que por algo la novela comienza con un finado (como tantas otras de Marías), el contenido reflexivo acerca de la muerte, el más profundo y sentido de los muchos que maneja (como, claro está, el enamoramiento) y que, si bien continúa procesos permanentes en su obra, tengo para mí que el lamentado deceso de su padre impulsó muchos de estos pensamientos. Termino citando un párrafo al respecto, pág. 160:
“Nos permitimos añorarlos porque vamos sobre seguro con ellos: perdimos a tal persona, y como sabemos que no va a presentarse ni a reclamar el lugar que dejó vacante y que ha sido rápidamente ocupado, somos libres de anhelar con todas nuestras fuerzas su vuelta. La echamos de menos con la tranquilidad de que jamás van a cumplirse nuestros proclamados deseos y de que no hay posible retorno, de que ya no va a intervenir en nuestra existencia ni en los asuntos del mundo, de que ya no va a intimidarnos ni a cohibirnos ni tan siquiera a hacernos sombra, de que ya nunca más será mejor que nosotros. Lamentamos sinceramente su marcha, y es cierto que cuando se produjo queríamos que hubiera seguido viviendo; que se hizo un hueco espantoso, y aún un abismo por el que nos tentó despeñarnos tras ellos, momentáneamente”.
Ahora mismo siento el impulso irrefrenable, y no lo voy a reprimir, de leer Corazón tan blanco.
Ver, sospechar, callar, por Domingo Ródenas
Crítica de Ángel Basanta en El Cultural
Crítica de Justo Serna en Ojos de papel
Crítica de Edmundo Paz Soldán en Letras Libres
Hay muchas más aquí
El fútbol ya no está reñido con las artes; el intelectual hará bien en dejarse de bromas superficiales -“¿El fútbol? Unos millonarios en calzoncillos pateando una tripa de cerdo”, o cualquier otro grotesco chascarrillo, como los que gustaban a Borges o a Cabrera Infante- y reconocer, aun mintiendo, su afición y su filiación futbolera. Atrás quedaron los tiempos en los que, como cuenta Javier Marías que recordó García Hortelano (págs. 85 a 87), se encontraron éste, Querejeta, Benet y Javier Pradera en un estadio para presenciar un Real Madrid–Real Sociedad y tuvieron que inventar un sinnúmero de excusas para no reconocer lo que hoy reconocen tantos y tantos escritores. Algo que no suele darse a la inversa: los futbolistas no suelen hacer gala de su afición lectora. Esto lo contaba Marías en un artículo allá por 1995, y poco después aparecía en Alemania Salvajes y sentimentales (Comprar libro; 17, 50 €), una memorable recopilación de los artículos futbolísticos -tanto como El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, reeditado varias veces- que el madridista confeso publicaba irregularmente, a veces picado por el diario El País para contestar, el día del derbi por antonomasia, al culé Vázquez Montalbán. Alfaguara publica ahora una edición revisada y ampliada, gracias a lo cual recoge aquel impagable artículo Un cuento para releer, escrito tras la final de Alemania 2006, cuando el “archiconocido archivillano Materazzi” recibió un merecido e insuficiente cabezazo de Zinedine Zidane.
“Cuanto se recuerda en la vida adquiere con el tiempo, precisamente por ser recordado, un carácter narrativo, y acaba viéndose, según el caso, como una película, una novela o un relato” (p. 277). Este enfoque permitió al autor de Corazón tan blanco interpretar aquella escena de manera muy diferente a la mayoría, indignada por la reacción del rey caído en desgracia. Con el mismo accidente o hazaña culmina Libro del fútbol (Comprar libro; 22,50€), que en 451 edita el argentino Pablo Nacach. La narración corresponde ahora a Santiago Segurola, que sin embargo no sobrevuela la exégesis común del último remate del francoargelino. Y es que, si Segurola ve las cosas como pocos, Marías las ve como nadie, con esa perspicacia que hace de él uno de los grandes novelistas de todos los tiempos -en un artículo balompédico se deben permitir machadas, segunda acepción-.
Si el volumen que cierra el texto del mítico corresponsal se hubiera limitado a una antología de cuentos futbolísticos la comparación con la antología de Jorge Valdano habría sido inevitable; pero Nacach, de quien ya reseñamos aquí La vida en domingo, se ha propuesto otra cosa. Es una demostración de que el divorcio entre arte y fútbol nunca ha sido tal; que ni siquiera duermen en camas separadas, sino que mantienen una vida íntima atlética y creativa, como recomiendan las revistas femeninas. El libro reúne textos -aunque hace una pequeña trampa: bajo el título de Libro de fútbol se esconde, en pequeñito, y otros juegos de pelota- desde Homero a Vázquez Montalbán, pasando por Nabokov -que fue portero, como Chillida y Albert Camus- pasando por Calderón y Shakespeare. A tan egregios autores les acompañan estampas de arte mueble de diverso origen y material, fotografías, óleos, grabados, bajorrelieves. Sólo faltaría un CD con música -quizá Los Sencillos, quizá Gerry and The Peacemakers- y alguna película -desde Evasión o victoria a Buscando a Eric- para refrendar la pasión artística por el deporte rey.
No sólo el arte, también la Historia está del lado del balompié, aunque es triste escuchar a muchos profesionales una absoluta ignorancia respecto del pasado de su oficio y pasión. J.A. Bueno Álvarez y Miguel Ángel Mateo han escrito una voluminosa Historia del fútbol, (Comprar libro; 33 €) publicada por Edaf. El tomazo recoge toda la historia, incluyendo biografías y fichas de partidos, del noble deporte que naciera el 26 de octubre de 1863 en la Freemason’s Tavern de Londes (p. 9). No descuida aquellos orígenes remotos, en los que no se distinguía apenas del rugby, hasta que se introdujo la regla del fuera de juego, verdadero nervio de este deporte y muestra de su carácter ético original: se apuntó porque un gentleman no se aprovecha del esfuerzo de sus compañeros -el “palomero” no es un caballero, recuérdelo para las pachangas-. Y es que, en sus orígenes, el fútbol era un juego elitista, como indica el nombre de uno de los primeros grandes, el Old Etonians. La narración avanza, el fútbol sale de las Islas y se hace universal; llegan Sindelar, Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona. El Real Madrid gana cinco Copas de Europa. Brasil, cinco mundiales. Desde aquel remoto 1863 hasta hoy la historia del fútbol, al menor detalle, junto con anécdotas intrascendentes y jugosas, se recoge en las 800 páginas -engañosas, las dos columnas y el tamaño de la letra sugieren un equivalente de 1500- de este libro que ningún aficionado se debe perder. Y no se olviden navegar por Youtube, donde hasta se pueden ver goles que nunca se filmaron. Es el complemento perfecto.
Con más sencillez y la apariencia de un almanaque, Alfredo Relaño, director del diario deportivo As, firma 366 historias del fútbol mundial (Comprar libro; 22,50 €). Una anécdota para cada día del año, incluyendo Navidad, fecha en la que se han jugado algunos partidos, como aquel que enfrentó a alemanes e ingleses en 1914 ante sus respectivas trincheras -demostrando que aquella guerra nada tenía que ver con los que sin embargo morían, sino con quienes estaban bien lejos-. El 15 de octubre de 1967, la estrella del Torino -un club maldito-, Gigi Meroni, moría atropellado. El involuntario homicida, como luego confirmaría el juicio, fue, paradójicamente, un gran fan de Meroni, cuya estética imitaba. Hasta llevaba una foto de su ídolo en el manillar de la moto que acabó con su vida. Los hechos cayeron en el olvido, pero hace diez años, tal día como hoy, aquel joven mismo, ya talludito, accedía a la presidencia del Torino. Es entonces cuando revive el fantasma de Meroni, la que fuera novia de éste acusa al club de haber olvidado a su figura y la hinchada no deja de recordarle aquel infausto día cada vez que el Toro no hace las cosas como debe. Así son las historias que Relaño recoge en un libro que, lamentablemente, tendrán que modificar pronto: en el capítulo correspondiente al 11 de julio tendrán que incluir la victoria, al fin, de España en un Mundial. ¡Qué falta de previsión!
Pero no todo es fiesta en el fútbol; más allá de los hechos extrafutbolísticos -como los hooligans y otras violencias que sólo tienen en los estadios un escenario-, la propia estructura del fútbol profesional arroja sombras, como se ha encargado de descubrir Declan Hill en un ensayo que ha dado mucho que hablar ya antes de ser publicado, Juego sucio (Comprar libro; 22 €). Y no sólo ha dado palabras. Investigaciones, sanciones y escándalos, de esos que salpican eventualmente el mundo futbolístico; tradicionalmente en Italia, pero ésta vez todo empezó en Alemania y sus ramas y raíces llegan incluso a tapar el sol que más brilla: el de los mundiales, citando explícitamente el Ghana-Brasil de la Copa del Mundo 2006. De España se ocupa poco, mas como advierte que todas las competiciones internacionales cuentan con partidos amañados y árbitros sobornados -suelen animarles con prostitutas-, aunque sea indirectamente cae un velo de sospecha. La UEFA se ha apresurado a organizar un departamento anticorrupción, pero la FIFA ha ignorado complacientemente las advertencias. Ojalá en este Mundial sólo haya deporte y Hill tenga que pasar a ocuparse de otros asuntos, derrotado éste por incomparecencia.
