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Ejército enemigo, de Alberto Olmos

Ordenando notas hasta las tantas, escribiendo aún más tarde. Mi cerebro ya no está para estos trotes, por eso escribí tanto. Es imposible resumir a las tres de la madrugada: ¿cómo lo hacía en la universidad? ¡Ay juventud, brevísimo defecto!

Ayer terminé de releer Trenes hacia Tokio. Puede que no sea la mejor novela de Alberto Olmos (signifique eso lo que signifique), pero sigue siendo mi preferida. Hay novelas que me gustan y olvido y novelas que me disgustan y olvido y novelas que me dejan indiferente y olvido (la mayoría), pero muy pocas me emocionan y recuerdo. Trenes hacia Tokio está entre estas últimas. Está entre mis novelas preferidas, así, en bruto. Ejército enemigo me gusta, a ratos me emociona (aún es pronto para olvidarla o recordarla); no está entre mis novelas preferidas, aunque eso sólo me importe a mí.

Los lectores de Juan Mal-herido recordarán que amenazó, tiempo ha, con escribir una novela. Pues es ésta. Como sabrán esos mismos lectores, Alberto Olmos no es sino la máscara que Mal-herido se calza para salir al mundo exterior sin armar (demasiado) alboroto. Él es un hikikomori confeso, radical; y su aspecto es inquietante, como el de los villanos de las películas de chinos.

Al final escribió su novela, que no ha resultado pornográfica, aunque su narrador, Santiago, consuma buena parte de sus energías ya no tan juveniles en sites porno (como es sabido, por encima de los treinta sólo los escritores son jóvenes, mientras los futbolistas ya son ancianos; Santiago es publicista). No por ello Ejército enemigo va a circular por nuestras librerías en paz, pues es posible que vean, en manifestaciones y asambleas, pancartas con el rostro público de su autor tachado junto al de banqueros, especuladores y políticos. Es pura elucubración, claro. Pero es verdad que ha soliviantado a algunos de nuestros rebeldes con causa, si bien su dardo tenía como objetivo a quienes carecen de ellas (o quizá a todos y yo me dejé llevar por la bondad). Si no lo creen, lean algunos de los comentarios que le han dejado en su blog. Alberto Olmos ha preferido publicarlos, aunque podría haberlos dejado flotando en el limbo digital, nadie lo habría sabido. Juan Mal-herido no deja comentar en su blog; él es descortés y grosero, pero no se le puede partir la cara.

El lema de la novela, la frase que sirve de eje a la acción superficial del relato, escuece. “La solidaridad ha fracasado”. En estos días la prensa ha exhibido el rostro de un joven estudiante italiano, de buena familia, al que han convertido en emblema de los disturbios ocurridos en Roma durante una manifestación de indignados. Daniel, amigo de Santiago, parece un presagio del fulano incendiario, aunque con una fortuna bien distinta. A Er Pelliccia lo han detenido, sí, pero en cambio se ha hecho famoso, ya puede trabajar para Berlusconi seguramente sin menoscabo de su ideología. En cambio, Daniel es brutalmente asesinado. Daniel había cambiado tras una conversación con Santiago, fulminado por la sentencia mencionada, proferida un poco a la ligera: esa metamorfosis le encaminará hacia a la muerte (más bien apresurará su paso). Poco a poco la zarza de la culpa enraíza y engancha en Santiago y la muerte de Daniel es el detonante de una serie de cambios en su anodina y deprimente existencia, paralela a la de su propio barrio: ambos se descomponen al paso, mas no para renacer como algo distinto, sino en todo similar a lo anterior.

Si con El estatus Alberto Olmos demostró su capacidad para narrar una intriga psicológica, con Ejército enemigo, que puede acometer una trama detectivesca. Es lo que se dice un autor versátil. Relacionando todas sus novelas, la similitud del narrador más reciente con el primero, aquél de A bordo del naufragio, parece evidente y así se ha señalado. Es la rabia. La rabia, sin embargo, nunca ha abandonado a Alberto Olmos. Juan Mal-herido rabia siempre, hasta cuando lee algo que le gusta. David, narrador de Trenes hacia Tokio, también rabiaba, aunque algo menos: le podía la melancolía y la desidia. La rabia motiva a Santiago y le conecta con su barrio, con la tierra, es su enlace telúrico: “Ver la tierra, ver que nuestras vidas se desarrollaban a ciegas a la tierra, ver de lo que estaba hecho mi barrio, de lo mismo de lo que estaba hecho el asentamiento de una tribu salvaje, de lo mismo de lo que estaba hecho un campo de batalla, de tierra y de rabia (…). La rabia nos había traído la tierra” (p. 138).

Tierra y rabia; tribu. Este párrafo alude a una suerte de naturaleza literaria, cierta autenticidad que recopiló y editó en Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder. Literatura en estado adánico, por elaborar, el germen de la literatura. A bordo del naufragio era así, un discurso incontenible, genuino. En Trenes hacia Tokio se contuvo un poco, con el tipo de contención que un karateka aplica a su pierna en una Mawashi geri. En El talento de los demás, en la distancia, encuentro demasiado empeño literario (eso es algo distinto de “voluntad de estilo”; por otra parte, quizá me falle la memoria). El estatus es pura contención. Es su mejor novela. Redonda, perfecta, una obra maestra (esa expresión vacía). Y Ejército enemigo tiene defectos: le sobra crónica, ensayo, cita… y vuelve a ser salvaje, tanto como una estampida de búfalos que se tomara un respiro de vez en cuando. ¿Es un paso atrás desde El estatus? Lo cierto es que tiene un buen puñado de páginas de auténtica literatura, con algunos de los mejores momentos de su obra: los dedicados a su barrio, en especial la persecución final, obra de un gran narrador y no sólo de un gran escritor: “Yo no podía oír otra respiración que la mía, ese aire que tomaba y devolvía, que tramitaba y desechaba, lúbrico y penúltimo”(P230).

Con tanto búfalo, patada y tribu rabiosa podríamos dudar de que Alberto Olmos tenga su corazoncito. Léase Trenes hacia Tokio: lo tiene. Pero no malgasta sensibilidad. El mundo que retrata Ejército enemigo (una novela en la que la realidad se puede mascar, nada que ver con el experimento centroeuropeo de El estatus) está hipersensibilizado, y para hablar de ello se interpone Santiago, un personaje al que identificamos como un caníbal ya en la primera página. Reconoceremos su ácida voz, que no su biografía: tiene el mismo timbre que el narrador innominado de A bordo del naufragio, pero ahora ostenta nombre y apellidos, y hasta pasado. Lo que no está tan claro es que tenga futuro, aunque la novela termina con algo que parece (o he querido que parezca) un destello de esperanza, algo inédito en la obra de Olmos (quizá no tanto: Yuka y Moe le dan a David chocolate de compromiso, pero ésta es esperanza para el mundo; yo me refiero a esperanza para el personaje).

Volviendo a Santiago, es un gilipollas (Alberto Olmos dice que es un hijo de puta; también David de Trenes dice serlo, pero no es verdad). Erotómano, narcisista, cobarde, ingenioso, cínico (“Nunca aportas nada. Sólo quemas”, p. 20, Daniel a Santiago), paranoico (los narradores de Alberto Olmos lo son, por hikikomoris). Para medir cuán odioso puede ser, piénsese en su oficio: es el encargado de llenar nuestras cuentas de correo de anuncios absurdos e innecesarios (es decir: de anuncios). Dice: “Me gusta que mis expectativas de éxito sean casi indistinguibles de mis posibilidades de fracaso” (p. 21).

En ese (este) mundo hipersensibilizado, “la solidaridad ha fracasado” porque “la solidaridad es una forma de ocio, una ficción para el puro entretenimiento de personas con mucho tiempo libre” (p. 77). Quien ha de acarrear cajas sin chistar porque, de otro modo, su familia se muere de hambre, no puede permitirse sentarse tres días en una plaza inventando consignas ni acampar con refugiados a cien mil kilómetros de casa. Aquí se concreta uno de los temas capitales de la narrativa de Olmos, la hipocresía, ahora la de quienes rellenan su vacío con las desgracias ajenas (como en El talento de los demás eran las camarillas de “talentosos” que usan la literatura como excusa de su abulia).

Otra preocupación de Olmos, que ocupa aquí largas páginas, es la modernidad. El ser moderno. Es célebre su artículo Por qué no leer a los clásicos, en el que defendía su lectura, pese a lo que diga el título, pero anteponiendo la obra más contemporánea, aquella que dialoga con el presente (pero los clásicos lo son porque, pese a su vejera, aún nos hablan a los lectores de hoy; de otro modo, pese a los intentos de resucitarlos al estilo von Frankenstein, se olvidan). En Trenes hacia Tokio se citaban artefactos tecnológicos al uso en el País del Sol Naciente, pero que al lector español casi le sonaban a ciencia ficción. En Ejército enemigo la reflexión sobre cómo nos ha cambiado internet, en concreto nuestros conceptos de intimidad y pudor, se hace a través del hábito pornógrafo de Santiago, de su inserción en redes sociales (una de invención olmesca, pero no descabellada, ChatChinko; la perturbadora ChatRoulette) y de su obsesión acosadora, al intentar reventar los correos electrónicos de sus conocidos.

Esta preocupación por la modernidad también se observa en el lenguaje. Su habitual cuidado estilístico, la excelencia de su sintaxis y la riqueza de su expresión le han valido el reconocimiento de Ricardo Senabre en sus entrañables codas gramaticales. En este aspecto, Ejército enemigo no es diferente al resto de su obra, si bien sí se aprecia un perfeccionamiento progresivo del que ésta más reciente se beneficia. Nunca le ha temblado el pulso a la hora de escribir términos urbanos, contemporáneos, quizá perecederos, cuando tantos escritores toleran sólo lo inmanente. Creo que Alberto Olmos es el único escritor del mundo que ha empleado el término colajet en una novela: lo he comprobado en Google Books, si me equivoco es su culpa. Este atrevimiento entra ahora en ebullición: mailmarketing, in, on, cool, fashion, friki, trendy, postpunk, putting edge, trash, bukake, bondage, forward, nickname, microblog, photolog, start ups, newsletter, MDMA, raccord, prepa, strapon, denim, storytelling, hoodie, asl, teoría queer, sin olvidarnos de las consabidas marcas (Nike, Adidas, Converse, Reebok). Por supuesto, el asunto de la solidaridad es tan actual como que se ha desbordado después de haber sido escrita la novela.

Sin embargo, los temas apuntados me parecen superficiales; no que hayan sido tratados superficialmente, sino que me parece encontrar otro más íntimo y permanente, la soledad. Santiago es, ante todo, un solitario. Quizá el más radicalmente solitario sea el narrador de A bordo del naufragio, pero los narradores de Alberto Olmos son solitarios, padecen soledad, y quizá de ahí la rabia y el cinismo y el atrincheramiento. Como la psicología no es lo mío, lo dejaré aquí, no sin antes apuntar un lamento de Santiago, página 102: “Su intimidad muerta puede a mi intimidad viva”.

Este larguísimo ensayo ha llegado a su fin (debo comprarme unas tijeras mentales).

Actualización, 1 de noviembre de 2011: Me dices que habiéndome gustado y emocionado, no parece que me haya hecho pensar. Que una buena novela debe hacer reflexionar, y nada he dicho sobre eso.  Es obvio que una novela que plantea temas candentes como ésta excita el pensamiento, y no es necesario ser muy explícito al respecto. Ya has visto el papiro que me ha salido siendo muy general, como para ir concretando. Cuando me encarguen la edición crítica, sólo entonces, lo haré.

Como habrás leído por ahí, se trata de una novela polémica en el plano reflexivo que  propone un replanteamiento de lo que entendemos como conciencia social, solidaridad y, aunque el movimiento no existía cuando la novela se escribió,  de la indignación popular suscitada por la crisis. Sin duda,  son éstas cuestiones sobre las que he estado día a día, no he necesitado leer Ejército enemigo para caer en ello, como tampoco tú, aunque es posible que las ideas expuestas te provoquen rechazo, al contrario que a mí, que soy parcialmente coincidente (mejor hacer algo que nada, sean cuales sean los motivos que mueven a la acción; la calidad de esos motivos puede afectar a la valoración de los actos). Quizá sí debí aclarar que las reflexiones “políticamente incorrectas” de la novela pueden producir, antes que un debate, un repliegue del lector. Como cuando tocas a un caracol. Pero eso no es culpa del autor, cuya misión es plantear la cuestión, no resolverla.

Entrevista con Alberto Olmos (El Cultural de El Mundo)


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