El duelo no se podía evitar a no ser que contaras con la simpatía del barman, pero eso no era suficiente. Los abusones de recreativa, si eran rápidos, en vez de poner la moneda la echaban por la ranura y entonces el dueño del bar se encogía de hombros, lo que universalmente significa, bien “no puedo hacer nada”, bien “me importa una higa, que también ha pagado”. A veces podías ganarles, claro, pero esos chicos siempre tenían más dinero que tú y volvían a la carga. La única salida era entrenar mucho y ser mejor que ellos, lo cual era harto difícil, porque no sólo eran hábiles y tenían recursos sino que además siempre estaban acechando. Por suerte eran hombres de un sólo título y cambiando de arcade te librabas del acoso. O lo cambiabas por otro, aunque esta especie de abusón solía especializarse en máquinas de lucha o en aquella de cuenta atrás de Nintendo. Como no frecuentaba los salones no puedo decir que sea un experto en abusones. Yo era un jugón de bar, mayormente, aunque ahora lamento no haber conocido bien aquella jungla generalmente tenebrosa que llevaba a la catacumba de los billares, a donde sólo llegué algo más mayor.

Como éramos chicos pacíficos y como en Santander llueve bastante pasábamos más tiempo con nuestras consolas. La primera que tuve, bien chico, fue una que no sé cómo se llamaba y seguro que era una clónica de otra. Tenía unos mandos como calculadoras, solo que donde debía ir la pantalla tenían un stick largo, y en las teclas no había números; sólo uno de ellos difería, que era rojo. Juegos teníamos pocos y si no recuerdo mal todos en el mismo cartucho: uno de boxeo, otro de payasos que se tiraban a unos balancines, otro de sumas y restas y otro que, sobre una pantalla azul, había que hacer un corre que te pillo entre un coche rojo y un asteroide blanco. Con tan poco pasamos muchas horas divertidas. No sé qué fue de ella, pero la echo de menos, leñe. Mientras, algunos amigos tenían ya la Atari 2600, en la que podías jugar al fútbol o al hockey, pero sobre todo a Space Invaders, Pacman y Donkey Kong, uno de los más divertidos que jamás se han programado. Controlabas a “Jumpman”, un carpintero, que con los años mudaría de oficio y de nombre, haciéndose fontanero (da mucha más pasta y prestigio) y nombrándose Mario. No se rompieron mucho la cabeza, porque lo más que podías hacer era avanzar y saltar para tratar de liberar a Pauline de las garras del gorila (al prosperar la dejó por una princesa), que ya entonces despertaba más simpatía que “fat plumber” (Sonic Rules!).

La historia de Jumpman es la historia con la que todo adolescente sueña: liberar a la bella amada de las garras del sucio rival, degradado a la altura de un primate escalador. Como la vida real era mucho menos halagueña y las recreativas abundaban en leones, el débil protoadulto se conformaba con esquivar barriles y trepar escaleras, dejando correr la imaginación con el reencuentro de los enamorados. El componente erótico, insoslayable a esas edades, estaba muy velado en aquellos juegos, y sólo se insinuaba apenas en las felicitaciones de tu “novia”. Muchas veces las mujeres en los juegos, tan raramente protagonistas (al menos hasta Tomb Rider), eran más bien compañeras, como Blaze en Streets of Rage, o rivales, como Chun Li. Siempre me llamó la anteción, entonces, que algunos de mis amigos eligieran reiteradamente jugar con personajes femeninos. Ahora ya no me sorprende tanto, pues sé muchas más cosas de casi todo. Mas, con las hormonas disparadas, no podíamos cerrar los ojos a los encantos de aquellas mujeres sin curvas, pixeladas. Hoy puedes jugar a GTA, entrar en un bar de alterne y pagar a una prostituta para que alivie las tensiones de tu muñeco, pero entonces tales cosas quedaban reservadas para algunos juegos de ordenador.

Había, no sé si ahora también, dos tipos de persona: la que jugaba en la consola y la que jugaba en el ordenador. Bien es cierto que entre la Atari y la Nintendo sólo hubo ordenadores, como Spectrum, Amstrad, Amiga, Commodore o MSX (¡que sigue vivo!), pero eran en realidad videoconsolas, porque raro era que alguien no soviético programara algo en ellos (por entonces enseñaban BASIC en las escuelas; se llama así porque es tan simple que no servía para nada más que para hacer que un payaso guiñara los ojos) y porque se enchufaban al televisor familiar, para enfado de nuestros padres en una época en la que no todo el mundo tenía dos aparatos de televisión. ¡Amo mi viejo Spectrum!, aunque lo vendí por mil duretes, en una transacción habilísima (estaba roto) que no he sido capaz de repetir después, gastadas todas mis energías comerciales en tamaña traición. Los que optaban por pasar sus ratos ante el ordenador (y me refiero al PC y otros formatos que por entonces se daban, allá por el pleistoceno del ordenador personal) solían disponer de acceso a juegos eróticos, algo pardillos, de todos modos. Esta gente, antisociales todos, mucho más que los consoleros, jugaba a marranadas como Emmanuelle, Superdot (un juego tontísimo), pero también a Leisure Suit Larry, que era bastante jugable.

Claro que los muy degenerados contaban con joyas como La abadía del crimen, que me hizo leer El nombre de la rosa además de hacerme pasar buenos ratos, o The Incredible Machine. Por razones de salud, en el PC había que jugar a estáticas aventuras gráficas o a simuladores. A éstos debo maldecirles, sólo tuve uno y jamás conseguí despegar. Pero aventuras gráficas sí tuve alguna, como Discworld, El día del tentáculo o Alone in the Dark (que no es exactamente una aventura gráfica), inspirado en la obra de H. P. Lovecraft (vale, lo reconozco: yo también jugué en el ordenador). Éste juego es el primero del género survival horror que tanta famahizo con Resident Evil, al que también jugué lo mío en la Playstation, siendo uno de los pocos juegos que lograron provocarme taquicardias. Si las aventuras gráficas de las que nacieron eran para gente con asma (y la mayoría de los jugones de ordenador tenían un inhalador a mano), este tipo de aventura ya no, ya no se puede jugar tranquilamente sentado. De todos modos, cuando salió la Play las cosas estaban cambiando y la barrera entre las dos especies empezaba a difuminarse, así como mi devoción hacia los videojuegos.

Hoy, los mismos juegos que corren en una videoconsola se pueden correr en el PC, y ¡oh traición!, los cartuchos de mis píxeles de mis entrañas pueden jugarse también en el ordenador, en ese birloque llamado “emulador”. Ahora yo también juego en el ordenador, para no estropear mi vieja Megadrive y porque con imprevisión me deshice de alguna de ellas. ¿Dónde estarás, innominada consola, dónde tus boxeadores y tus payasos? ¿Conseguiste, F., hacer funcionar mi Spectrum? ¡Cartucho de Streets of Rage 2, te intercambié por Golden Axe y nunca me lo perdonaste! ¿Qué fue de ti, matón de arcade? ¿Te hiciste profesional de Street Fighter y recorres el mundo embolsándote millones con tu pericia? Tardes de otoño, tardes de Sonic y Mario, de Tetris y Columns, seguid lloviendo, yo seguiré jugando.
El duelo no se podía evitar a no ser que contaras con la simpatía del barman, pero eso no era suficiente. Los abusones de recreativa, si eran rápidos, en vez de poner la moneda la echaban por la ranura y entonces el dueño del bar se encogía de hombros, lo que universalmente significa, bien “no puedo hacer nada”, bien “me importa una higa, que ha pagado como tú”. A veces podías ganarles, claro, pero esos chicos siempre tenían más dinero que tú y volvían a la carga. La única salida era entrenar mucho y ser mejor que ellos, lo cual era harto difícil, porque no sólo eran hábiles y tenían recursos, sino que además siempre estaban acechando. Por suerte, eran hombres de un sólo título, y cambiando de arcade te librabas del acoso. O lo cambiabas por otro, aunque esta especie de abusón solía especializarse en máquinas de lucha, o en aquella de cuenta atrás de Nintendo. Como no frecuentaba los salones, no puedo decir que sea un experto en abusones. Yo era un jugón de bar, mayormente, aunque ahora lamento no haber conocido bien aquella jungla generalmente tenebrosa que llevaba a la catacumba de los billares, a donde sólo llegué algo más mayor.
***
Como éramos chicos pacíficos, y como en Santander llueve bastante, pasábamos más tiempo con nuestras consolas. La primera que tuve, bien chico, fue una que no sé cómo se llamaba y seguro que era una clónica de otra. Tenía unos mandos como calculadoras, solo que donde debía ir la pantalla tenían un stick largo, y en las teclas no había números, sólo uno de ellos difería, que era rojo. Juegos teníamos pocos, y si no recuerdo mal todos en el mismo cartucho: uno de boxeo, otro de payasos que se tiraban a unos balancines, otro de sumas y restas y otro que, sobre una pantalla azul, había que hacer un corre que te pillo entre un coche rojo y un asteroide blanco. Con tan poco pasamos muchas horas divertidas. No sé qué fue de ella, pero la echo de menos, leñe. Mientras, algunos amigos tenían ya la Atari 2600, en la que podías jugar al fútbol o al hockey, pero sobre todo a Space Invaders, Pacman y Donkey Kong, uno de los más divertidos que jamás se han programado. Controlabas a “Jumpman”, un carpintero, que con los años mudaría de oficio y de nombre, haciéndose fontanero (da mucha más pasta y prestigio) y nombrándose Mario. No se rompieron mucho la cabeza, porque lo más que podías hacer era avanzar y saltar para tratar de liberar a Pauline de las garras del gorila (al prosperar la dejó por una princesa), que ya entonces despertaba más simpatía que “fat plumber” (Sonic Rules!).
***
La historia de Jumpman es la historia con la que todo adolescente sueña: liberar a la bella amada de las garras del sucio rival, degradado a la altura de un primate escalador. Como la vida real era mucho menos halagueña y las recreativas abundaban en leones, el débil protoadulto se conformaba con esquivar barriles y trepar escaleras, dejando correr la imaginación con el reencuentro de los enamorados. El componente erótico, insoslayable a esas edades, estaba muy velado en aquellos juegos, sólo apenas insinuado en las felicitaciones de tu “novia”. Muchas veces las mujeres en los juegos, tan raramente protagonistas (al menos hasta Tomb Rider), eran más bien compañeras, como Blaze en Streets of Rage, o rivales, como Chun Li. Siempre me llamó la anteción, entonces, que algunos de mis amigos eligieran reiteradamente jugar con personajes femeninos. Ahora ya no me sorprende tanto, pues se muchas más cosas de casi todo. Mas, con las hormonas disparadas, no podíamos cerrar los ojos a los encantos de aquellas mujeres sin curvas, pixeladas. Hoy puedes jugar a GTA, entrar en un bar de alterne y pagar a una prostituta para que alivie las tensiones de tu muñeco, pero entonces tales cosas quedaban reservadas para algunos juegos de ordenador.
***
Había, no sé si ahora también, dos tipos de persona: la que jugaba en la consola y la que jugaba en el ordenador. Bien es cierto que entre la Atari y la Nintendo sólo hubo ordenadores, como Spectrum, Amstrad, Amiga, Commodore o MSX (¡que sigue vivo!), pero eran en realidad videoconsolas, porque raro era que alguien no soviético programara algo en ellos (por entonces enseñaban BASIC en las escuelas; se llama así porque es tan simple que no servía para nada más que para hacer que un payaso guiñara los ojos) y porque se enchufaban al televisor familiar, para enfado de nuestros padres en una época en la que no todo el mundo tenía dos aparatos de televisión. ¡Amo mi viejo Spectrum!, aunque lo vendí por mil duretes, en una transacción habilísima (estaba roto) que no he sido capaz de repetir después, gastadas todas mis energías comerciales en tamaña traición. Los que optaban por pasar sus ratos ante el ordenador (y me refiero al PC y otros formatos que por entonces se daban, allá por el pleistoceno del ordenador personal) solían disponer de acceso a juegos eróticos, algo pardillos, de todos modos. Esta gente, antisociales todos, mucho más que los consoleros, jugaba a marranadas como Emmanuel, Superdot (un juego tontísimo), pero también a Leisure Suit Larry, que era bastante jugable.
***
Claro que los muy degenerados contaban con joyas como La abadía del crimen, que me hizo leer El nombre de la rosa además de hacerme pasar buenos ratos, o The Incredible Machine. En general, en el PC había que jugar a estáticas aventuras gráficas o a simuladores. A éstos debo maldecirles, sólo tuve uno y jamás conseguí despegar. Pero aventuras gráficas sí tuve alguna, como Discworld, El día del tentáculo o Alone in the Dark, inspirado en la obra de H. P. Lovecraft (vale, lo reconozco: yo también jugué en el ordenador). Éste es el inventor del género survival horror que hizo fama con Resident Evil, al que también jugué lo mío en la Playstation, siendo uno de los pocos juegos que lograron provocarme taquicardias. Si las aventuras gráficas de las que nacieron eran para gente con asma (y la mayoría de los jugones de ordenador tenían un inhalador a mano), este tipo de aventura ya no, ya no se puede jugar tranquilamente sentado. De todos modos, cuando salió la Play las cosas estaban cambiando y la barrera entre las dos especies empezaba a difuminarse, así como mi devoción hacia los videojuegos.
***
Hoy, los mismos juegos que corren en una videoconsola se pueden correr en el PC, y ¡oh traición!, los cartuchos de mis píxeles de mis entrañas pueden jugarse también en el ordenador, en ese birloque llamado “emulador”. Ahora yo también juego en el ordenador, para no estropear mi vieja Megadrive y porque con imprevisión me deshice de alguna de ellas. ¿Dónde estarás, innominada consola, dónde tus boxeadores y tus payasos? ¿Conseguiste, F., hacer funcionar mi Spectrum? ¡Cartucho de Streets of Rage 2, te intercambié por Golden Axe y nunca me lo perdonaste! ¿Qué fue de ti, matón de arcade? ¿Te hiciste profesional de Street Fighter y recorres el mundo embolsándote millones con tu pericia? Tardes de otoño, tardes de Sonic y Mario, de Tetris y Columns, seguid lloviendo, yo seguiré jugando.

Si no recuerdo mal, el Streets of Rage 2 era míoooo, que lo compré en la franquicia de tiendas “Canadian” (hoy desaparecida).Menudo berrinche me cogi…
Por cierto, la consola de los boxeadores la he visto en el Fm/store de segunda (e incluso tercera o cuarta) mano.
¿Tuyo? No lo recuerdo, de verdad que no. Era mío, mío. Sí, la sección se llama “Memoria de estegosaurio”.
¡Sabes dónde encontrarla! ¿Y por qué no la tengo todavía?