Tardes de lluvia y píxeles (I)

Escrito el 12/11/2010 en K-Saurus, Memoria de estegosaurio.
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En estos días, Taranis ha estado muy afanado desplomando el cielo sobre nuestras cabezas y Poseidón, buen amigo, aprovechando el desconcierto para intentar apropiarse de algunas parcelillas, que planes urbanísticos previos le arrebataron. Pero ya se calman los viejos dioses en este mundo descreído en el que han perdido la voz y se retiran apesadumbrados a su nube y su abismo, cuando han visto en las noticias que no han sido ellos y su furia sino una tal “ciclogénesis” la causante del desaguisado. Nos basta una etiqueta científica para quitarle poesía al asunto, ni tempestad (“¡Vientos, mientras haya mar abierta, reventad soplando!”) ni galerna (“¡Jesús, y adentro!”), sino circulación ciclónica, y la borrasca deja de evocar toda una literatura de rayos, truenos y centellas (“Era una noche de ciclogénesis, en la que sistemas conectivos de mesoescala produjeron las bajas presiones que atrajeron la perturbación sobre los muros del viejo castillo, en cuya puerta resonaron tres golpes temblorosos…”). Contra los dioses vivíamos mejor.

A mí me importa poco que dioses, nuberos o sistemas de presiones provoquen la lluvia, me basta con que llueva al otro lado del cristal, ¡que caigan chuzos de punta o turbonadas! No hay momento mejor que una fría tarde de otoño, plúmbea y lluviosa, con una buena perspectiva ventanal (un frenesí de paraguas en la calle, tropezándose en un baile aturullado), pies calientes y café recién hecho, o incluso chocolate espeso, de ese que hace volar a los personajes de García Márquez. También se puede salir; no en Madrid, claro: en la capital, la lluvia provoca un histerismo semejante al que sufriríamos bajo una erupción volcánica o un terremoto. Pero en una pequeña ciudad del norte, habituada a estos cataclismos, bastan unas buenas botas y un paraguas cumplidor (y una gabardina leal, como un viejo perro, algún día) para chapotear a gusto. Mas lo ideal, en estos casos, es atrincherarse en casa.

Pueden hacerse algunas cosas. Se puede leer; ahora estoy con Nieve de primavera, que no lo hacía desde la universidad. No ha sido intencionado. Lo saqué de su estante porque me lo habían pedido, pero luego el reclamante no se lo llevó y no pude resistir la tentación; hacía tiempo que quería releerlo y lo tenía en la mano. Es un libro apropiado para el otoño, también para el invierno, por su melancólica belleza, por su culto a la muerte del ser hermoso, como en el solsticio se venera al sol muerto y se reza para su resurrección. En la primera lectura me pareció la menos Mishima de sus novelas, pero no me lo parece ahora, es sólo que dejó sus filosofías para otros papeles y el relato gana en agilidad y frescura. Si alguien quiere iniciarse en el mejor escritor nipón, es el título iniciático correcto.

Leer no es, en cambio, lo que más me apetece. Para mí, la lluvia evoca píxeles. Y no sólo por una analogía evidente: no cuesta imaginar nubes pixeladas lloviendo pequeños cuadradillos azules. Es más bien que la nostalgia, esa que emana del follaje moribundo y el capote gris del cielo, de las tardes oscuras y breves, de la lluvia (por supuesto), es que esa nostalgia otoñal que nadie va a descubrir ahora me devuelve a épocas pasadas, a mi infancia jugona, pixelada y consolera. El resto del año no siento el menor interés por los videojuegos, pero entre septiembre y diciembre es casi mi primera necesidad. Peregrinaba entonces a casa de mis amigos con una bolsita de gominolas, que ahora me destrozan el estómago (justicia todo menos poética: no compartía nunca, o de mala gana), y pasábamos esas tardes lúgubres saltando de plataforma en plataforma, abatiendo cazas enemigos o intentando sacar esa “magia” condenada que podía resolver cualquier situación.

Si juego, lo hago con los viejos, no con los nuevos. Las consolas de séptima generación son máquinas maravillosas, y si ahora fuera adolescente probablemente lograrían arrancarme de la literatura y no sé si de todo lo demás. Pero a estos viejos huesos, tendones y músculos le hacen sus juegos un nudo imposible de desanudar. Es evidente con los simuladores de fútbol, antes arcades de fútbol. Tenía uno en el Spectrum, no recuerdo cómo se llamaba (de vez en cuando el encuentro era interrumpido por un streaker perseguido por su respectivo bobby), que era tan sonso que a las pocas partidas aprendías que desde cierto ángulo del área entraba siempre. Te gastabas dos mil pelas en una cinta, que sabías que iba a durar poco, y tras pasarte diez o quince minutos escuchando chirridos el juego no resultaba ni un reto ni nada, cada partido era una victoria a no ser que fallara la ventosa del joystick, que era lo único que añadía algo de incertidumbre. Por contra, en los actuales, sean de la franquicia FIFA de EA Sports o de Konami (no sé si hay más, en todo caso no cuentan), un treintañero puede sufrir varias luxaciones dactilares antes de ganar un partido, mientras gira 360º el stick en sentido contrario a las agujas del reloj pulsando a la vez triángulo y círculo y repetidamente los gatillos, tan sólo para lograr un control orientado o una ruleta. Ni tanto, ni tan calvo.

Los arcades cumplen el objetivo de cualquier videojuego. Basta una idea sencilla y un desarrollo de dificultad creciente para conseguir un entretenimiento prolongado. Lo puede hacer una lumbrera solitaria, no hace falta un enorme equipo de diseñadores, programadores y qué se yo cuánta gente. Excepto en juegos flash como los que se encuentran abundantemente en Internet, cuesta imaginar a un Sandy White pergeñando un juegazo como Ant Attack; el camino desde su Antescher hasta el Afganistán de Call of Duty Modern Warfare 2 no lo puede recorrer un soñador solo, ni siquiera acompañado por su novia programadora. Es la diferencia entre una obra de arte y una obra de ingenieros, con todo el respeto para los concienzudos tiralíneas. Me cuesta creer que siga habiendo algún Shigeru Miyamoto destacando entre una pléyade de tecleadores, aunque seguro que los hay.

A veces no nos quedábamos en casa, sobre todo si no llovía. Entre otros entretenimientos inocentes, que éramos niños buenos casi todo el tiempo, nos gastábamos parte de la paga en máquinas recreativas (mis dientes lo agradecían, ahora sé que mi estómago también). Aquello era ya una toma de contacto con la sociedad, pues implicaba recorrer el barrio de bar en bar en pos del juego deseado, ya fuera Street Fighter II en sus muchas versiones o Fatal Fury, o Sunset Riders, o Willow, o Blues Journey (que se podía jugar en aquella consola pija que fue la Neo Geo y que nadie que yo conozca tuvo jamás). Este circuito lo reproducirían años después los mismos niños, ya crecidos, con fines algo distintos (no así en mi caso, que me fui a vivir a otra ciudad y tuve que incorporarme a circuitos que no contribuí a crear). También, saliéndonos del área pixel, podías echar un duro en aquel gravitatorio pasarratos de Recreativos Franco, tan difícil; pero esto sólo ocurría a fin de mes. En aquellos rincones de vino y tabaco ya no estabas en territorio seguro, como era tu propio salón o el de tu amigo (según las madres podía dejar de ser seguro, pero yo tuve suerte), sino que podías enfrentarte a un conflicto nada virtual. De repente llegaba alguien por tu espalda y te ponía una moneda sobre la máquina: te acababan de exigir una satisfacción. Si era mejor que tú, y solía ser, ya te podías ir buscando otro juego.

Mañana, la interesante continuación de esta apasionante aventura…

2 comentarios »

  • Comentario by Sergio pérez calleja — 13 Noviembre 2010 @ 8:02

    1

    Da gusto leer como plasmas en palabras tus pensamientos, nada fácil a mi modo ver.


  • Comentario by Nuño Vallés — 13 Noviembre 2010 @ 13:29

    2

    ¡No es tan difícil hacerlo como lo hago, lo difícil es hacerlo bien!

    También pasé alguna tarde en tu casa con tu nintendo de cien juegos, ¡me acuerdo!


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