Oct 29

Lagrimilla

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , 29/10/2010

Ahora bajo mucho más tranquilo al buzón. Antes, no hace tanto, lo hacía con la ilusión de un niño la mañana de Reyes: no sabía lo que iba a encontrar, pero previsiblemente sería algo bueno. A veces, claro, me decepcionaba. El buzón podía estar vacío u ofrecer un regalo indeseado, porque en este país algunos tiran papel con una alegría pasmosa; no está bien, por más que puedan pagarlo, y no está de más decirlo.

Ahora, decía, mis excursiones al buzón son cotidianas. Como cualquier otro buzón, el mío arroja ahora menús de restaurante chino, ofertas odontológicas y demás parafernalia publicitaria, junto a facturas que, por su parte, aportan también sus propios prospectos. Por ello, cuando sus majestades de oriente hacen un trabajillo extra y me dejan un preciado regalo en mi receptáculo postal, la cotidiana excursión se convierte en feliz viaje, en un retorno a Ítaca sin pretendientes gorrones.

A pesar de Pérez Reverte, uno se ve incapaz de reprimir la lagrimilla que brota al saberse recordado y reconocido cuando se creía arrinconado. Algunas editoriales han manifestado su intención de seguir contando conmigo; algo habré hecho bien, entonces, pues nada más fácil que borrar mi nombre de la lista -mucho más que cambiar la dirección asociada, sin duda-. El Nadir, Ático de los Libros o Actas así lo han hecho, ellos sabrán. Son todas buenas editoriales que miman su producto, más allá de la limitada difusión que puedan tener: el espacio es el que es y el panículo adiposo lo ocupa casi entero.

Hoy solté una lagrimilla de ésas. En mi buzón encontré El mundo bajo los párpados, ensayo onírico de Jacobo Siruela. Si encontrar un paquetito en el buzón es motivo de alborozo, llevando impreso el nombre de Atalanta junto al de su muy admirable editor, a este humilde garrapateador se le llevan los demonios, varios, entre ellos el de la envidia. Envidia por las enormes lecturas del Conde, por su refugio ampurdanés, porque tuvo las agallas de desprenderse de la editorial que llevaba su nombre y facturaba millones, porque no le dejaba tiempo para leer.

Aún lo tengo envuelto en su celofán, como esas figurillas de acción que se compran y no se tocan esperando que, al cabo de los años, la veneración se trueque en riqueza. Lo abriré, empero, no soy mitómano y sí perseguidor de placeres lectores. Lo haré en su momento, no ahora que sigo dulcemente atascado en mis propias ambiciones. Llevo un mes agotador, pero ojalá pudiera agotarme de la misma manera el resto de mis días, si es que mi ilusión no deviene en decepción.

“El encuentro entre el racionalismo moderno y la otredad es el tema central de la literatura fantástica: en el mundo común y cotidiano, un fenómeno súbito y extraordinario pulveriza en pocos segundos «el orden natural de las cosas». Caillois definió a esta súbita rasgadura de lo real: «irrupción de lo inadmisible». Así, la primera condición de lo fantástico es, como dice Todorov, «la duda del lector». Pues bien, lo curioso del caso es que cada una de estas características del cuento fantástico pueden muy bien aplicarse a buena parte de los «relatos» de este libro, al plantear también en la realidad un radical desplazamiento de sentido, si bien con una notable diferencia: aquí «lo fantástico» no se da en el escenario de las ficciones literarias, sino en el ámbito histórico, en el mundo real, tal como atestiguan las fuentes documentales, que pueden consultarse al final del volumen. Sólo el lector podrá juzgar si todo lo que refieren estas páginas es sólo un relato más o menos literario, o el leve rumor de una realidad ignorada; en definitiva, el viejo dilema de la literatura fantástica.

Este libro no trata sobre la interpretación de los sueños, explora los diferentes significados que tiene el verbo soñar en relación con la historia, lo sagrado, las dimensiones interiores de la conciencia, las paradojas y complejidades del tiempo y el punzante enigma de la muerte. En el primer capítulo, ciertos sueños (de Aníbal, Von Bismarck, Lincoln, Perpetua o Descartes, entre otros) demandan una nueva categoría histórica: la onírica. El segundo capítulo trata de explicar en qué consistía la incubación de sueños en los antiguos templos de sanación. El tercero es una breve historia del sueño lúcido. El cuarto se adentra en los laberintos del tiempo onírico, dando especial énfasis a los sueños paradójicos que hacen presente el porvenir. El último es una indagación en la metáfora del sueño y su correspondencia con la muerte, en el onirismo de los moribundos y en las visiones científicas y místicas de la otredad.”

El mundo bajo los párpados, Jacobo Siruela, ed. Atalanta.

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Oct 14

Un post estúpido, por pasar el rato

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
14/10/2010

¿Cuántos universitarios son necesarios para cruzar un semáforo?

¿De verdad nunca se ha hecho, amado lector, esta pregunta? ¡No es usted el único! Pero yo intenté resolverla esta tarde.

Avistado en lontananza el semáforo cerrado al peatón, pude observar la gran cantidad de universitarios que se apelotonaban aguardando el momento de pasar a la acera opuesta. ¿Para qué quería el universitario cruzar la calle? ¡Para llegar al otro lado! Bien, continuemos.

Llegado yo también al susodicho elemento urbano, observo que el panel se encuentra iluminado con la leyenda “Peatón, pulse”. A este lado hay seis universitarios. Al otro, cuatro. ¿Por qué sé que eran universitarios? Tengo razones para afirmarlo y pondría la mano en el fuego, pero no lo diré ahora. Diez universitarios en total aguardan para cruzar la calle. Picado por un científico interés, mantengo el dedo a buen recaudo y aguardo, contando, a que un avezado estudiante encuentre la respuesta al problema.

Los chicos despreocupados y las chicas abrazadas a sus carpetas (debe ser lo único que no ha cambiado desde los ochenta) van llegando. Mi experimento va viento en popa. Desbordando todas las previsiones. Ya somos dieciocho, diecinueve si se cuenta el observador. Y en ese momento, todo se viene abajo. Un obrero de la excavación vecina llega, mira y pulsa el botón, arruinando mi ensayo.

En España, el camino de la ciencia es tortuoso y dificil, repleto de obstáculos. En otra ocasión habré de repetir el experimento en condiciones más asépticas. Supongo que esta investigación, aun fracasada, pueda suscitar alguna reflexión sobre el estado de la universidad, de la educación y de España entera. Quien quiera perder el tiempo con ello, puede hacerlo, tiene mi bendición. Pero yo ya he perdido suficiente con esta fruslería.

Mi cerebro, en estos días, no da para más. Quizá algún día vea el fruto de mi esfuerzo. Entonces habrá merecido la pena. Vamos, digo yo.

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Oct 08

Lyckönskningar, don Mario

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , 8/10/2010

Mario Vargas Llosa signing books. Photo taken in Pietrasanta, Italy, on June 13, 2010. Photo: Daniele Devoti, Creative Commons

Por una vez y sin que sirva de precedente, estamos de acuerdo con el Nobel. Y no es un plural mayestático, es que no parece que nadie ose decir que, este año, la Academia Sueca haya resbalado como suele. No es así, porque el Nobel de Literatura carece de criterios claros o evidentes, ni siquiera son fijos; sólo podemos asegurar que un escritor de izquierdas tiene más probabilidades que uno de derechas, de ahí que Gabo lo obtuviera antes que don Mario.

En esta ocasión el premio ha correspondido a alguien que cumple los criterios que todos le supondríamos al ganador del galardón. No es un autor marginal, conocido por cuatro gatos de excelente gusto, sino un maestro internacionalmente reconocido, varias veces reclamado como protagonista en la Sala de Conciertos de Estocolmo. Su obra es mayúscula, leída y apreciada por lectores de todo lugar y condición. Ejerce una gran influencia en creadores de todas las lenguas, especialmente la obra de su primera época, la mejor. Y ha escrito algunas de las novelas mayores del siglo XX. Creo que bastaba con La ciudad y los perros para hacerse digno del galardón (o más bien para hacer digno al premio, muy devaluado por los premiados inmerecidos y equívocos y afectado por los nombres que le faltan).

Este año no hay sombra de duda, ni sospechas de aprovechamiento económico (Vargas Llosa no va a ser mucho más conocido por ello, ni sus editores se van a ver especialmente favorecidos por el Nobel: lo eran por tenerle en su catálogo, sin más; tampoco en la Academia se habrán forrado con las apuestas, como en otras ocasiones). Podemos decir que otros se lo merecían más, pero no que él no lo merece. Por ello, y por los millones, felicidades, don Mario.

EDITO: Parece que sí se han forrado con las apuestas, pues Vargas Llosa estaba bastante atrás en las listas de varias casas. Enhorabuena a los premiados. Don Mario sigue elevando la categoría del premio.

Otra más: me entero de que la próxima novela del Nobel está a punto de salir. De nuevo, enhorabuena a los premiados. Don Mario sigue elevando la categoría del premio y de su editorial.

Palabra de Mario Vargas Llosa, sobre la crítica (entrevista a La Nación, 8 de julio de 2007):

“Hizo un tipo de crítica que admiro mucho y que considero necesaria, a pesar de que hoy día está disminuyendo. Hablo del ejercicio del crítico que es puente entre la literatura viva y el lector, el crítico de revistas, de periódicos, que sigue la actualidad a la vez que la ordena, discrimina, establece jerarquías, orienta al lector en el bosque de la proliferación bibliográfica. Ese tipo de crítica es indispensable porque hay una gran confusión. La falta de ese crítico precisamente ha contribuido a esos falsos valores y a esa literatura basura que a veces tiene un enorme público, un público que, a veces, por pura desinformación, lee autores de segunda y de tercera, y no la gran literatura.”

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Oct 05

Los españoles, ¡qué chulos!

Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: , , 5/10/2010

Me las prometía muy felices.  Leer Guerra y paz con  un bebé en la barriga (no como los caníbales, encima) me hizo creer que podría repetirlo. Bien sea porque fue sólo casualidad o porque los mamones sólo se relacionan con las obronas de la historia de la literatura, con Alba Cromm, que sí, que finalmente me ateví, con la revista-novela de Vicente Luis Mora no lo tuve tan fácil. Y eso que no está nada mal; ya escribiré algo extenso más adelante, cuando mis obligaciones me permitan ordenar pensamientos y notas. Durante un mes no he podido hacer nada más que mecer un cuerpecillo de casi cuatro kilos, apretando los dientes para no rendirme antes que ella, para comenzar con pie firme la senda de la paternidad. Y uno piensa en las juvermamás y las supermamás y los megapapás, que también debe haberlos, o en general en esos tipos sobrehumanos que, por ejemplo, escriben buenas novelas sin dejar de leer y reseñar, acudir a congresos, responder entrevistas y vivir, además. Y no encuentro qué es lo que falla, cómo consiguen estirar ese tiempo que suponemos el mismo para todos y yo no, si es que renuncian a algo para mí insospechado o si han vendido su alma en términos mejores. Saber negociar, al final el éxito en la vida se reduce a eso.

Bravuconadas de los españoles

Los españoles somos chulos. Gallitos. No tanto quizá como italianos o franceses, pero lo somos siempre que tenemos ocasión y rechazamos el papel de víctimas (nuestro favorito). Antes de la magnífica actual generación de futbolistas de la absoluta, hubo otra, no menos excelente en su juego (aunque ahora la hayamos olvidado, por su derrota) que, fantasmeando, se burló de la selección francesa, aún capitaneada por Zidane. Venían de fascinar en la fase de grupos del Mundial 2006, mientras que los gabachos paseaban sus achaques con más pena que gloria. Parecían una víctima propicia, un oso beodo. Luego, como sabemos, nos tocó volver a casa llorando, humillados. No menos célebre fue el “chorreo” del infame ex-presidente del Real Madrid por cuyo nombre no quiero preguntar a Google.

El ámbito deportivo se presta a alardes fatuos, como los de los boxeadores, con su juego de mirada de lobo previo al combate, que es sin duda la parte más emocionante de este deporte: ¿cómo pueden no reírse? (el boxeo mejora muchísimo en la gran pantalla, al contrario que el fútbol). Pero no es el único. Tenemos más que recientes las bravatas de nuestros presidentes electos, desde las ingenuas de Zapatero a las canallescas del canallesco Aznar (quien por cierto ha alcanzado ayer el segundo puesto en la lista de ex-presidentes mundiales cutres y viles, elaborada por la revista Foreign Policy). Eurovisión lo ganamos cada año, hasta que el mutuo rascarse en la espalda de los eslavos deshace la fantasía. Y no olvidemos al hispánico “latin lover“, el fantasma amatorio por execelencia que, como Othar, allá por donde pasa no vuelve a crecer la hierba: cinco sin sacarla. Don Juan sólo hubo uno, aunque el italiano Casanova aportara sus encantadoras ensoñaciones al catálogo de jactanciosos de la historia.

Algunas de las leonerías más célebres las protagonizaron los Tercios destinados en Flandes.

Si creemos que esto es algo nuevo, propio de un país pequeño rodeado de otros mayores, habremos errado. Ya en el siglo XVI, cuando éramos la principal potencia de Europa, o lo parecíamos, éramos célebres por nuestras bravuconadas. Tanto, que un caballero francés, un aventurero curioso y parlanchín, ocupó el tiempo muerto de una convalecencia (muy largas e inciertas, en la época) en redactar un anecdotario de las “rodomontadas” que a aquellos españoles dominadores había escuchado. Pierre de Bourdeille, Señor de Brantôme, no era un buen escritor y sí tan bravucón y fardón como sus desapercibidos protagonistas. Y a pesar de ello, si hemos de creerle, debía tener una abundantísima obra, por suerte o por desgracia perdida en buena parte, aunque se conservan unas cuantas. Su celebérrima obra, Rodomontades et jurements des Espagnols, carece por completo de orden y concierto, pero recoge algunas de las jactancias de los soldados de los tercios que la Monarquía tenía repartidos por toda Europa.

El postinero Conde-Duque de Olivares pergeñó una de las más afortunadas petulancias de nuestra historia: el Salón de Reinos.

Boudeille no esconde la admiración que él, como tantos otros personajes (ilustres o no) de la época, sentía por los soldados españoles. Y eso es porque, las más de las veces, sus bravuconadas eran sostenidas por hechos, y así da crédito a la guarnición que, cercada sin esperanza, advierte a sus sitiadores que mientras queden ladrillos habrá que comer y no se rendirán. Sin embargo, y aunque Brantôme comienza su librito señalando a los españoles como a los más bravucones, leeremos enseguida cómo los franceses no se quedan atrás, ni los italianos, en cuanto a “rodomontadas”. Este es un término que extrae del Orlando enamorado, en su personaje de Rodomonte, un temerario de libro, por partida doble) y que más que a simples chulerías, alude a valentonadas ingeniosas, perspicaces o cumplidas.

En castellano tenemos dos ediciones, al menos dos recientes. Una, la que áun se puede encontrar “fácilmente” (todo lo sencillo que resulta hallar un título con más de tres meses de edad) en las librerías, es la de Áltera, a cargo de Pío Moa. Por mi parte desconfío del señor Moa, como desconfío siempre de quien salta de un extremo al otro obviando todos los medios; estaré siendo injusto, seguramente, pero la verdad es que no me importa. Esta versión tiene una clara intención política, pues con ella el conservador ensayista pretende demostrar la hispanicidad de algunos pueblos hoy discrepantes (y es cierto que los vascos del libro se proclaman españoles, pero no recuerdo exactamente si ello ocupa dos o tres líneas del total). Prefiero la más vieja de Mosand, probablemente inencontrable excepto en Iberlibro, si bien su aparato de notas es algo molesto, pues explica cada hecho histórico mencionado, desde el minúsculo y olvidado al mayúsculo y famosísimo.

No creo que los bravucones de Brantôme nos sirvan para conocernos mejor, pues mucho ha llovido desde entonces y ya no ocupamos el mismo lugar en el mundo que en el XVI. Nuestros objetivos vitales son otros y nuestra relación con nuestros vecinos muy diferente, por fortuna. Mas nada de lo ocurrido deja de tener incidencia sobre lo que nos sucede ahora. Y la verdad es que algunas de las bizarrías de aquellos valentones tienen su gracia.

Algunas de las leonerías más célebres las protagonizaron los Tercios destinados en Flandes.

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